Jakob Lorber

El Gran Evangelio de Juan

Tomo 2

Obra recibida mediante la Voz Interior

Índice

Capítulo 1: Sobre el castigo de los delincuentes

Capítulo 2: Judas Iscariote acusado de ladrón de oro

Capítulo 3: Aplicación justa del poder de hacer milagros y del de curar

Capítulo 4: Visita y descripción de una caverna de estalactitas

Capítulo 5: Historia de los tesoros encontrados

Capítulo 6: Formación y hundimiento de la caverna de estalactitas

Capítulo 7: Fausto encuentra los tesoros en el almacén, ordenados y custodiados

Capítulo 8: Sobre el Reino de los Cielos

Capítulo 9: El Señor pone ejemplos sobre las peculiaridades del Cielo y del infierno

Capítulo 10: La ley del orden

Capítulo 11: El Señor y sus discípulos emprenden el viaje a Nazaret (Mt 13, 53)

Capítulo 12: Segunda resurrección de Sara

Capítulo 13: Escena entre Jairo y su esposa

Capítulo 14: Diferencias entre el poder humano y el divino

Capítulo 15: Testimonio de Filopoldo sobre la Divinidad de Jesús

Capítulo 16: El Señor se presenta en la sinagoga (Mt 13, 54)

Capítulo 17: El Señor explica un texto de Isaías

Capítulo 18: La naturaleza de Dios y su verdadera adoración

Capítulo 19: Insolencia y desorientación de los fariseos, espiritualmente ciegos

Capítulo 20: Temor de los del Templo ante el juicio de Roma

Capítulo 21: Cirenio y los del Templo

Capítulo 22: Curación de un paralítico. Testimonio de los nazarenos sobre Jesús

Capítulo 23: Reprimenda a los nazarenos (Mt 13, 57)

Capítulo 24: Discurso de Cirenio sobre los nazarenos

Capítulo 25: Sobre la falta de dignidad del pueblo (Mt 13, 58)

Capítulo 26: Indicaciones para los legisladores

Capítulo 27: Las leyes humanas dañan la naturaleza del alma

Capítulo 28: Sobre la libertad del espíritu

Capítulo 29: La bendición del libre desarrollo

Capítulo 30: El desarrollo y la ley

Capítulo 31: Sermón de Jairo sobre las obras milagrosas

Capítulo 32: Rasgos fundamentales de la naturaleza de Dios

Capítulo 33: Curación de los familiares enfermos de un anciano judío

Capítulo 34: Escena entre los fariseos avariciosos y el yerno del anciano

Capítulo 35: Los fariseos leen el salmo 37. Sabio consejo de Robano

Capítulo 36: Robano, el más viejo de los fariseos, en casa de Jesús

Capítulo 37: El viejo judío Josa da las gracias al Señor

Capítulo 38: La naturaleza humana y la naturaleza divina del Señor

Capítulo 39: Influencia de los ángeles sobre los hombres

Capítulo 40: El amor al Señor

Capítulo 41: La naturaleza del amor verdadero

Capítulo 42: Sobre día del juicio final

Capítulo 43: El Señor Jesús y los suyos durante la pesca

Capítulo 44: Asuntos personales de Boro

Capítulo 45: Sobre la naturaleza interior de los ángeles

Capítulo 46: El amor al prójimo de los médicos

Capítulo 47: Recomendaciones a Jairo sobre las ceremonias externas

Capítulo 48: La herencia de Jairo

Capítulo 49: Dimisión de Jairo. El Señor en la sinagoga

Capítulo 50: Conversaciones de los ancianos sobre la situación del judaísmo

Capítulo 51: Testimonio del orador sobre el Arca de la Alianza

Capítulo 52: Discurso defensivo de los ancianos

Capítulo 53: Chiwar da testimonio de los hechos y de la vida de Jesús

Capítulo 54: Consejo de los ángeles a los sacerdotes convertidos

Capítulo 55: Relación entre los pueblos y sus regentes

Capítulo 56: Robano y Kisiona cuentan sus aventuras

Capítulo 57: Servicios de los ángeles en los mundos. Un cúmulo cósmico globular

Capítulo 58: Relación de los seres humanos con el Padre celestial

Capítulo 59: Sobre la gran lucha interior del hombre

Capítulo 60: Utilidad de las pasiones

Capítulo 61: Sobre el valor del libre albedrío

Capítulo 62: Pensar con el corazón

Capítulo 63: Sobre la recuperación del que está perdido

Capítulo 64: Sobre las características, vida y trabajo de los espíritus naturales

Capítulo 65: Leyendas sobre los espíritus de las montañas. Sobre la magia

Capítulo 66: Sobre magos y adivinos

Capítulo 67: El Señor cura a un rabioso

Capítulo 68: Un evangelio para los acomodados

Capítulo 69: En la sepultura de Jairo

Capítulo 70: La resurrección de Josoé

Capítulo 71: Bab y su mujer se asombran del milagro. Promesa de inmortalidad a Josoé

Capítulo 72: El verdadero culto a Dios

Capítulo 73: Cena en casa de María

Capítulo 74: Disputa entre Judas y Tomás

Capítulo 75: Amonestación del Señor a Judas

Capítulo 76: La humildad y la abnegación

Capítulo 77: Una medida para las tres clases de amor

Capítulo 78: Astuto plan de Josoé

Capítulo 79: Dos ángeles ofrecen sus servicios a Josoé

Capítulo 80: Cirenio acoge a Josoé

Capítulo 81: Relato de Robano acerca del nuevo superior

Capítulo 82: El fin de Juan Bautista (Mt 14, 1-12)

Capítulo 83: Escena en Nazaret con el nuevo superior del Templo

Capítulo 84: Testimonio de Chiwar sobre Juan y Jesús

Capítulo 85: El Señor elogia a Robano y a Chiwar

Capítulo 86: Chiwar y el nuevo superior Kora en la sinagoga de Nazaret

Capítulo 87: Chiwar y Kora: sobre la resurrección de Sara

Capítulo 88: Opinión de Chiwar sobre el Templo

Capítulo 89: Conversación entre Kora y Chiwar sobre el Mesías. Satanás desafía a Chiwar

Capítulo 90: Kora recuerda cuando el Señor limpió el Templo de Jerusalén

Capítulo 91: Los amigos de Jesús en casa de Boro

Capítulo 92: Misericordia del Señor con la humanidad

Capítulo 93: Boro habla de la naturaleza del ser humano

Capítulo 94: Los amigos del Señor conviven en Nazaret

Capítulo 95: El milagro de la curación y de la multiplicación de los panes y los peces

Capítulo 96: Los discípulos en el mar tempestuoso

Capítulo 97: Judas alaba los milagros de los esenios

Capítulo 98: Juan y Bartolomé explican a Judas los milagros aparentes de los esenios

Capítulo 99: La filosofía de los esenios

Capítulo 100: Los discípulos atemorizados en el mar

Capítulo 101: La fe de Pedro, a prueba (Mt 14, 25-33)

Capítulo 102: Llegada a la ciudad de Genesaret (Mt 14,34)

Capítulo 103: El Señor y los suyos con el tabernero Ebalo

Capítulo 104: El Señor bendice a la familia de Ebalo y amonesta a los esenios

Capítulo 105: El Señor y el capitán romano

Capítulo 106: La experiencia sobre el mundo del capitán romano

Capítulo 107: El Señor da algunas indicaciones al capitán sobre su naturaleza y su misión

Capítulo 108: La relación de un profeta con Dios y con los hombres

Capítulo 109: Los profetas como mensajeros de Dios y su diferencia

Capítulo 110: La pradera bendita. Paseo sobre las aguas del mar

Capítulo 111: La oración verdadera

Capítulo 112: Orden doméstico y amor

Capítulo 113: El elogio justo y peligros de los elogios

Capítulo 114: Yara habla sobre sus experiencias al orar

Capítulo 115: Yara ve los Cielos abiertos

Capítulo 116: Las enseñanzas de Jesús han de ser un bien común

Capítulo 117: Llegan enfermos a casa de Ebalo. Los huéspedes de Jerusalén y su misión

Capítulo 118: Escena entre el capitán y los del Templo

Capítulo 119: El poder del Amor

Capítulo 120: Los sueños de Yara sobre la Crucifixión y la Resurrección del Señor

Capítulo 121: Conversación entre el capitán Julio y el Señor sobre la maldad

Capítulo 122: Muchos enfermos se curan con sólo tocar la orla de la túnica del Señor

Capítulo 123: El Señor y el superior de los fariseos (Mt 15, 1-9)

Capítulo 124: Serias palabras de Julio sobre la Bendición del Señor

Capítulo 125: Tres documentos (Mt 15, 10-14)

Capítulo 126: Advertencia del Señor sobre la astucia de los del Templo

Capítulo 127: El Señor habla sobre el espíritu del Amor

Capítulo 128: Conversación entre los del Templo y los esenios (Mt 15, 15-20)

Capítulo 129: El Señor y los dos esenios

Capítulo 130: La maravillosa ascensión al monte

Capítulo 131: En la cima de la “Cabeza Matutina”

Capítulo 132: La naturaleza del miedo

Capítulo 133: Cristo, mediador entre el Cielo y la Tierra

Capítulo 134: El Mar de Galilea es levantado al cielo

Capítulo 135: Una prueba de amor para Yara

Capítulo 136: El poder de los ángeles. Visita a una estrella

Capítulo 137: La facultad interior de contemplar la Creación

Capítulo 138: Una escuela de abnegación en el Más Allá

Capítulo 139: Una ojeada al orden cósmico

Capítulo 140: Las etapas evolutivas en el Más Allá

Capítulo 141: Sobre la grandeza del espíritu humano

Capítulo 142: Sobre la verdadera grandeza espiritual

Capítulo 143: Los discípulos despiertan del sueño

Capítulo 144: Palabras de alabanza de Yara

Capítulo 145: La realidad del sueño común

Capítulo 146: Yara enseña los recuerdos

Capítulo 147: La comunicación entre los creyentes y el Señor a través del corazón

Capítulo 148: Los fenómenos naturales y su analogía espiritual

Capítulo 149: Contemplación de una salida del Sol. Fenómenos matutinos

Capítulo 150: El Señor encarga a los esenios que creen escuelas

Capítulo 151: El desayuno bendito en el monte

Capítulo 152: Satanás aparece en el monte

Capítulo 153: La bajada del monte

Capítulo 154: Una curación milagrosa en el albergue de Ebalo

Capítulo 155: Sobre el celo del amor

Capítulo 156: Sobre el sexo de los ángeles de la Creación primaria

Capítulo 157: Sobre la limosna y la celebración de los días de fiesta

Capítulo 158: El salmo 47 de David

Capítulo 159: Sobre el amor a los enemigos

Capítulo 160: Los marineros relatan lo que les pasó la noche anterior

Capítulo 161: El marinero y Rafael

Capítulo 162: El recibimiento de los fariseos en Genesaret

Capítulo 163: Julio, el capitán, relata algunas acciones de los del Templo

Capítulo 164: Sobre la imitación de Jesús

Capítulo 165: Escena entre Rafael y Yara

Capítulo 166: Sobre el amor, la mansedumbre y la paciencia

Capítulo 167: Despedida del Señor y salida hacia Sidón y Tiro (Mt 15,21)

Capítulo 168: Escena con la mujer cananea en el término de Tiro (Mt 15, 22-29)

Capítulo 169: Sobre la posesión

Capítulo 170: El manantial milagroso

Capítulo 171: El gran milagro de curación sobre el monte (Mt 15, 30-31)

Capítulo 172: Profecía del Señor sobre el futuro de su Enseñanza

Capítulo 173: La segunda multiplicación milagrosa de los panes (Mt 15, 32-39)

Capítulo 174: Unos fariseos y saduceos tientan al Señor (Mt 16, 1-12)

Capítulo 175: El Señor en una choza en el término de Cesárea de Filipo (Mt 16, 13)

Capítulo 176: Testimonio de los discípulos sobre Cristo (Mt 16, 13-20)

Capítulo 177: El hombre de la choza cuenta historias crueles del Templo

Capítulo 178: Una historia sobre el Templo

Capítulo 179: Excitación de los discípulos a causa de la historia sobre el Templo

Capítulo 180: La pesca bendecida. Sobre el estiércol del Templo

Capítulo 181: Marco y los cazadores de diezmos

Capítulo 182: El Señor anuncia su muerte y resurrección

Capítulo 183: Se anuncia la visita de Cirenio

Capítulo 184: Marco recibe y saluda a Cirenio

Capítulo 185: El método de enseñanza del ángel

Capítulo 186: Un regalo de Cirenio para Marco

Capítulo 187: Asamblea en el mar

Capítulo 188: Explicación de Juan sobre la diferencia entre el entendimiento humano

Capítulo 189: Se acerca un navío militar. La pesca abundante

Capítulo 190: Los nuevos huéspedes

Capítulo 191: Sobre el método de enseñanza de los ángeles

Capítulo 192: Sobre el pago de tributos al Templo

Capítulo 193: El tratamiento a los malhechores y poseídos

Capítulo 194: Observaciones de Yara

Capítulo 195: Materia y espíritu

Capítulo 196: Yara desata el nudo gordiano de Josoé

Capítulo 197: Sobre la limitación de conocimientos del ser humano

Capítulo 198: ¿Qué es la Verdad?

Capítulo 199: El misterio del primario fondo eterno de toda Verdad

Capítulo 200: La conversación entre Josoé y Yara

Capítulo 201: Las observaciones de Yara en su pequeña huerta

Capítulo 202: Interpretación de la alegoría expuesta por Yara

Capítulo 203: El materialismo y sus representantes

Capítulo 204: Josoé y Yara hablan de Judas

Capítulo 205: Cada pueblo debe guiarse a sí mismo

Capítulo 206: Declaración y excusas de Josoé

Capítulo 207: Josoé da su opinión sobre la esclavitud

Capítulo 208: El cumplimiento de la ley y el amor al prójimo

Capítulo 209: Sobre la pureza interior

Capítulo 210: Características de la materia y del alma

Capítulo 211: Reflexiones de Cirenio sobre lo material y lo espiritual en el hombre

Capítulo 212: Hacer de necesidad virtud

Capítulo 213: Consecuencias del bienestar

Capítulo 214: Las contradicciones del Génesis

Capítulo 215: La creación del primer hombre

Capítulo 216: El proceso evolutivo del grano de trigo como analogía de la evolución humana

Capítulo 217: El desarrollo espiritual del hombre

Capítulo 218: Alma y cuerpo

Capítulo 219: La Creación del cielo y de la tierra

Capítulo 220: La Tierra y la Luz

Capítulo 221: Separación de la luz y las tinieblas

Capítulo 222: Razón y finalidad de la Creación

Capítulo 223: Testimonio de Cirenio sobre el Génesis

Capítulo 224: La caída de los ángeles, la caída de Adán y el pecado original

Capítulo 225: El poder de la herencia

Capítulo 226: Las preocupaciones mundanas y sus consecuencias nefastas para el alma

Capítulo 227: La caída de los espíritus

Capítulo 228: Fuerza y resistencia

Capítulo 229: Características del ser satánico

Capítulo 230: La enseñanza de los espíritus primitivos

Capítulo 231: Consecuencias de la caída de Lucifer

Capítulo 232: Envoltura y alma

Capítulo 233: Sobre el saber

Capítulo 234: Opinión de Marco sobre el prójimo

Capítulo 235: Marco socorre a unos fariseos náufragos

Capítulo 236: Los fariseos critican a Julio

Capítulo 237: La decisión de los fariseos

Capítulo 238: Consejo y advertencia del Señor sobre el amor al prójimo

Capítulo 239: Julio da a los fariseos el mejor de los consejos

Capítulo 240: Yara da testimonio del Señor

Capítulo 241: Los fariseos confiesan las intenciones del Templo

Capítulo 242: El milagro de la piedra del arcángel Rafael

Capítulo 243: El joven fariseo pide disculpas

Capítulo 244: Julio da a los fariseos las últimas explicaciones

Información

Capítulo 1. Sobre el castigo de los delincuentes

1. Al atardecer llegaron los tesoros que se habían sacado de la caverna de Kisiona consistentes en oro, plata y una pesada carga de piedras preciosas, talladas y sin tallar, de gran valor. Había como tres libras de diamantes pulidos más unas siete libras sin pulir, así como igual cantidad de rubíes y otro tanto de esmeraldas, jacintos, zafiros, topacios y amatistas, además de casi cuatro libras de perlas del tamaño de guisantes grandes. El oro pesaba más de veinte mil libras y la plata cinco veces más.

2. Fausto, al ver estas tremendas riquezas, se quedó estupefacto y exclamó: «¡Oh Señor! Siendo yo hijo de uno de los patricios más ricos de toda Roma, tuve muchas ocasiones de ver grandes tesoros. Pero esto nunca lo han visto mis ojos. Esto supera las riquezas de los faraones e incluso a las del legendario Creso quien, no sabiendo qué hacer con tantos tesoros, se habría construido un palacio de oro si un enemigo suyo no le hubiese arrebatado todo lo que le sobraba.

3. Ahora, dime Tú, Señor que sabes todas las cosas, a mí, pobre pecador, cómo habrán conseguido estos doce siervos de Satanás tal cantidad de riquezas. ¡Imposible que haya sido honradamente, ni tampoco en poco tiempo! ¿Cómo lo habrán hecho?».

4. «Amigo, ¡no te preocupes por eso!», le respondí. «No vale la pena ni nombrar a esta escoria de Satanás. Puedes estar seguro que ni la pieza más insignificante ha sido recaudada honradamente y que esta camada de culebras se ha apoderado de todo mediante las más diversas canalladas. Pero no nos perdamos en detalles.

5. No hay duda alguna que son unos sinvergüenzas extraordinariamente astutos; pero no conviene divulgar sus infames fechorías. Según las leyes de Roma ya merecen diez veces la muerte sólo por el robo criminal de la caravana recaudadora imperial. A lo que se agrega este otro latrocinio de tesoros inestimables, no menos importante, aunque no tan conocido.

6. Aunque supieras todo lo concerniente a este asunto, no les podrías castigar más de una vez con la pena de muerte. Podrías aumentar sus torturas, pero ¿para qué? Hablando a vuestra manera judicial, la mayor tortura es la pena de muerte, o sea, acabar con la vida; el criminal no sentirá una tortura más lenta aunque menos dura mucho más que tú la picadura de una mosca. Pues cuando el alma, por materialista que sea, teme la muerte del cuerpo, se va retirando a sus moradas más internas, empezando a desprenderse voluntariamente del mismo, pues sabe que ya no se podrá quedar en él. En ocasiones así el cuerpo se vuelve totalmente insensible. Puedes torturarlo cuanto quieras, que muy poco sentirá, o incluso nada. Si por el contrario sometes el alma a un gran dolor, no lo podrá soportar por mucho tiempo y se desprenderá violentamente del cuerpo en un instante. Entonces ya puedes arrojar este cuerpo muerto al agua hirviendo o al fuego, pues no sentirá nada.

7. Por eso no estoy a favor de la pena de muerte, pues ni tiene trascendencia para el muerto ni sirve para nada a la justicia: matas a uno, pero miles te jurarán venganza. Para ser fiel al Orden divino necesario prefiero, con mucho, someter al criminal a la disciplina de duros castigos y continuarlos hasta que no demuestre que su conducta se ha enmendado totalmente. Un castigo justo aplicado de forma justa y en el momento justo, es mejor que todo el oro del mundo. Pues limpia al alma cada vez más de su materia, haciendo que por fin se dirija al espíritu. Cuando un castigo consigue lo dicho, ha salvado también un alma de su perdición y, por lo tanto, al hombre entero de su muerte eterna.

8. Por ello todo juez que siga el Orden divino no debería condenar a la pena de muerte a ningún criminal, por infame que sea, pues no sirve para nada; debería por el contrario someterle siempre a un castigo a medida del crimen cometido. Será así un juez para hombres que irán al Cielo; si no, será un juez que enviará a los hombres al infierno, por lo que no podrá esperar nunca recompensa alguna de Dios, sino más bien de aquel reino a donde su sentencia ha enviado a los hombres.

Ahora ya sabes bastante. ¡Manda guardar los tesoros! En cuanto mañana lleguen los de Corozaín, hay que empezar inmediatamente a repartirlos y a trasladar a esta escoria satánica. Pero ahora, ¡vayamos al comedor! La cena nos está esperando. Francamente, toda esta historia me fatiga y ¡ya es hora de que me vaya a Nazaret!».

9. «Señor», respondió Fausto, «comprendo perfectamente que esta historia miserable te canse sobremanera; pero ¿qué se puede hacer cuando se presenta un asunto así? Por lo demás te pido, mi Señor y mejor amigo, que no te marches de aquí sin mí; pues sin Ti, primero no puedo hacer nada y, segundo, me moriría de tedio pese a que tengo conmigo a mi querida esposa. Por ello te ruego que no te marches de este lugar antes de que haya acabado con esta historia aborrecible. Con tu ayuda espero haberlo terminado todo mañana a medio día».

10. «¡Está bien! Pero no quiero saber nada más de todos estos tesoros ni de los once fariseos, pues me producen más asco que el olor a carroña».

11. «¡De eso me ocupo yo!», respondió Fausto.

Capítulo 2. Judas Iscariote acusado de ladrón de oro

1. Entramos en el comedor, donde nos esperaba una abundante cena. Pero apenas empezamos a cenar, dos subalternos trajeron a la sala a Judas Iscariote, informando al juez supremo que este discípulo, o lo que fuese, había intentado robar algunas barras de oro y le habían sorprendido con las manos en la masa. Le habían quitado el oro robado trayéndole hasta aquí para que rindiera cuentas.

2. Judas, tremendamente avergonzado, se defendió diciendo: «Ni mucho menos tuve la intención de apoderarme del oro sino que cogí algunas barritas sólo para ver si verdaderamente pesaban tanto como se dice. ¡Estos idiotas me apresaron de inmediato arrastrándome hasta aquí como a un ladrón vulgar! Te ruego, Fausto, que me ayudes para que quede limpio de esta mancha».

3. «¡Dejadle marchar!», dijo Fausto a los servidores. «Es un discípulo del Señor, por eso quiero dejarle en paz». Y, dirigiéndose a Judas, continuó: «En cuanto a ti, ¡no vuelvas nunca más a tocar ninguna barra de oro, sobre todo de noche, porque salvo si fueras tasador del emperador, serías juzgado por robo con premeditación, por lo que inevitablemente se te impondría el castigo legal! ¿Has comprendido bien a Fausto, el juez supremo?».

4. Sumamente avergonzado Judas insistió: «Señor, te puedo asegurar sinceramente que no tuve la menor intención de robar, pues en verdad sólo quise probar el peso de una barra de oro, aunque ciertamente en momento inapropiado».

5. A eso intervine Yo: «¡Márchate y busca un sitio para dormir! Pues a causa del mal por el que todos los ladrones mueren a mano de Satanás, tú también morirás dentro de no mucho tiempo, pues has sido, eres y serás un ladrón. Mientras te atemorice el rigor de la ley, todavía no serás ladrón consumado. Pero ya lo eres en tu corazón hace tiempo. Si todas las leyes fueran abolidas hoy, tú serías el primero en meter la mano en los tesoros de ahí fuera. Pues tu corazón es ajeno a cualquier ley justa. ¡Lástima que bajo tu cabeza no palpite un corazón más honesto! ¡Vete ahora a dormir y mañana tendrás la mente más despierta!».

6. Con esta advertencia Judas salió muy avergonzado del comedor y se dirigió a su cuarto para acostarse. Estuvo pensando casi durante dos horas en cómo evitar lo que Yo le había anunciado. Mas no encontró en su corazón ninguna solución, pues su voz interna, ávida de oro, volvió a levantarse. Y así se quedó dormido. Nosotros también nos retiramos al descanso nocturno porque las dos noches anteriores habíamos estado demasiado ocupados. Sin embargo, la alborada no tardó mucho en llegar.

7. Cuando Fausto quiso darse la vuelta para dormir un poquito más, llegaron quienes habían de transportar los tesoros de Corozaín, despertándole para que hiciera su trabajo, es decir, para que inspeccionase el material, lo tasase y confirmara su recepción. Cuando acabó, nosotros también nos habíamos levantado, dirigiéndonos al comedor para tomar el desayuno, pescado fresco ricamente cocinado, que ya estaba preparado en varias mesas. Fausto llegó al comedor cogido del brazo de su joven esposa y ya bastante cansado de su trabajo, y se sentó a mi lado.

8. Acabado el desayuno, en el que no faltó un buen vino, Fausto me contó que su trabajo de esta mañana, que le habría llevado normalmente varias semanas poniendo todo su empeño en él, ya se había terminado y que todo había salido hacia su lugar de destino. Todos los documentos estaban ordenados sobre la mesa del gran despacho y los escritos judiciales adjuntos todos en orden. El tesoro de la caverna de Kisiona, junto con las respectivas guías de acompañamiento, se había repartido correctamente, igual que la recaudación de impuestos, así como el gran tesoro del templo de Corozaín. Con ello, todo estaba enviado. En el amplio despacho sólo habían quedado muchas herramientas de carpintero que todavía no habían sido reclamas por propietario alguno.

9. «Ahí, en el extremo de la mesa, al lado de la madre María, están sentados dos hijos de José, llamados Joel y Joses», dije. «¡Ellos son los propietarios! Se los confiscaron junto con la pequeña vivienda en Nazaret, y hay que devolvérselos».

10. Fausto se sobresaltó, diciendo: «¡Señor, con la vivienda además! Oh, Señor y amigo mío, ¡cuánta aflicción me han causado ya esos hipócritas! Sin embargo, esa ley tan infortunada estaba siempre a su favor y no había manera de atraparles por ningún motivo. Han cometido delante de mis ojos las más horribles injusticias, pero no pude hacer nada pese a todos los poderes que ostento. Aunque aquí Satanás los ha abandonado, pues tengo en mis manos una prueba contra esos infames que les hará temblar como una hoja al viento. El informe dirigido al gobernador Cirenio es una obra maestra que, legalizado, se enviará inmediatamente a Roma junto con los impuestos. Saliendo de Tiro, Sidón y Cesárea el barco imperial provisto de veinticuatro remos, de una vela fuerte y de un timón, si el viento sopla a su favor llegará en doce días a la costa romana, es decir, a las manos del mismo emperador. ¡Veréis lo que os espera, hipócritas, en otros doce días! ¡Os pararán los pies por vuestra soberbia!».

11. «Amigo, no te alegres tan pronto. ¡Un cuervo no le saca los ojos a otro! Donde no les irá bien a los once fariseos hipócritas será dentro de los muros del Templo. Aunque no los castiguen con la pena de muerte, los encerrarán en celdas de castigo el resto de sus días. Pero en la defensa pública ante Roma saldrán indemnes, blancos como la ropa blanqueada; sólo entonces te pedirán el resto de los informes y no será fácil para ti responder satisfactoriamente todas las preguntas del juez de Roma. Aunque no te pasará nada, no podrás librarte de dificultades si no eres capaz de aportar testigos y otras pruebas. Por eso quiero que Pilah te acompañe, te prestará un buen servicio. Pero ten en cuenta que le tendrás que poner pronto vestidos romanos para que sus colegas estacionados en Cafarnaúm no le reconozcan. Te puedo asegurar que ni Satanás tiene organizado su ejército de manera tan astuta como esta ralea de culebras. ¡Además de ser manso como la paloma procura también ser astuto como la serpiente, de lo contrario, no podrás arreglártelas con esta clase de gente!».

12. «Te estoy eternamente agradecido por el consejo», respondió Fausto, «pero debiéramos dar ya este asunto por zanjado y dedicarnos a otra cosa más agradable».

13. «Está bien, ya estoy en ello. Sólo esperamos a Kisiona que pronto habrá acabado de cerrar la caja».

Capítulo 3. Aplicación justa del poder de hacer milagros y del de curar

1. Al cabo de un rato llegó Kisiona, nos saludó muy tierna y amablemente, y luego dijo: «¡Mi queridísimo amigo Jesús! Te llamo así sólo externamente, porque Tú mismo sabes qué y quién eres para mí. ¡Sólo a Ti debo mi agradecimiento por todo esto! Sólo borré voluntariamente del libro de deudas de los ciudadanos pobres de Caná una pequeña suma de cinco mil libras. Y Tú, por el contrario, me has hecho llegar cincuenta mil, sin contar el valor inestimable de los tesoros que quizás valen otro tanto. Por el gran amor que te tengo, prometo utilizar todo esto para el bien de los pobres y de los necesitados de manera que las barras de oro, esta escoria satánica, se convierta al final en oro para los Cielos de Dios.

2. Sin embargo, no daré a los hombres el oro y la plata en mano, pues sería un veneno que incitara sus débiles corazones terrenales. Mejor compraré casas y tierras libres de impuestos para los pobres y para los sin techo, y les procuraré ganado, pan y ropa. Pero predicaré tu Palabra a quienes favorezca, y pronunciaré tu nombre para que claramente sepan a quién se lo deben todo, y que yo mismo no soy sino un humilde y pobre servidor Tuyo. Pero Tú, Señor, ¡fortaléceme en todo momento para que pueda seguir sirviendo en tu nombre! Y si acaso alguna vez los apetitos de mis sentidos me arrastran al mundo, ¡haz que se desvanezcan mis fuerzas para que me de cuenta que soy un hombre débil, incapaz de realizar nada por mí mismo!».

3. Entonces coloqué mi mano sobre su corazón diciéndole: «¡Amigo y hermano mío! Guárdame siempre ahí, en tu interior y así nunca te faltarán fuerzas para hacer buenas obras. Si mantienes vivos la fe y el amor puro hacia Mí, teniendo siempre en mente hacer el bien a los hombres en mi nombre, podrás incluso mandar a los elementos y te obedecerán. Los vientos escucharán tu llamada y el mar comprenderá tu intención. Y cuando digas a una montaña: “¡Levántate y tírate al mar!”, así lo hará.

4. Pero si alguien te pide un milagro para creer, ¡no le hagas caso! Quien no quiera aceptar la Verdad por sí misma ni le resulte señal suficiente, más vale que siga en su ceguera, porque si un milagro le obliga a reconocerla y después no actúa como la misma enseña, el milagro será un doble juicio para él. Por un lado, le obliga a conocer la Verdad, la acepte o no. Por otro, es obvio que si no actúa de acuerdo con la Verdad que la fuerza del milagro le inculcó en su interior, conforme al Orden divino, tendrá que caer en un doble juicio. De todas formas, reconozca la verdad como tal o no, el milagro le ha proporcionado una prueba inequívoca. Comprender la Verdad o no justifica a nadie.

5. Alguien puede desear que una señal le confirme la Verdad, y decirse: “Aunque no comprendo el motivo de la Verdad que me explican y enseñan, como realmente me la han confirmado con un milagro, la aceptaré íntegramente”. Así pues, cuando se muestra una señal a un incrédulo, ello le fuerza de tal manera que no le queda otro remedio sino aceptar la verdadera enseñanza, la comprenda o no; el milagro es su aval irrefutable.

6. Pero como a causa de su ceguera no puede llegar al fondo de la Verdad y cree que comportándose según la enseñanza verdadera se le pueden presentar demasiadas incomodidades inusuales en su vida diaria, pensará: “Algo de verdad habrá en todo esto, porque si no, aunque ignore los motivos, no habría sido posible el milagro. Pero si actúo de acuerdo con ello, tendré que sacrificarme mucho. Así que prefiero no hacerlo y seguir con mi vida habitual, que me va muy bien aunque no haya milagros en ella”.

7. Precisamente en eso consiste el juicio que el incrédulo se prepara a sí mismo por haber pedido tanto una señal. Cuando para que pueda orientar su vida hacia la Verdad eterna se le da una irrefutable a la que nada puede objetar, continua su modo de vida erróneo y se vuelve beligerante contra la Verdad eterna que le resulta molesta, pues, una vez dada, ya no podrá librarse de ella como si nunca hubiera habido milagro. Por esto es por lo que es incomparablemente mejor no servirse nunca de un milagro para llevar a alguien a la Verdad.

8. Sin embargo, puedes hacerlos en beneficio de los hombres, en silencio y sin que te lo pidan, tantos cuantos quieras. Esto nunca se volverá contra ti como pecado y menos todavía como juicio. Si haces un milagro para bien de los hombres, podrás enseñarles luego si así lo desean. Pero si no lo desean, limítate sólo a advertirles seriamente sobre el pecado sin decirles más. Aquellos a quienes has ayudado te verán exclusivamente como un médico prodigioso y el milagro no les hará daño alguno.

9. Todos aquellos a los que les haya sido dado el poder de hacer milagros en caso de necesidad, deberán seguir fielmente mi Consejo si verdaderamente quieren hacer el bien.

10. Pero os advierto: ¡cuidado con hacer un milagro en un momento de enfado o arrebato! Pues toda señal puede y debe ser realizada únicamente con toda humildad y por el amor más puro y verdadero. Si se realiza con enfado o rabia, lo que también puede ocurrir, entonces participa el infierno en ella. Una señal así no sólo dejará de actuar como una bendición sino que incluso obrará como una maldición.

11. Tened en cuenta que ya os he mandado en varias ocasiones bendecir a los que os maldicen. Así que menos aun debéis hacer mal a los ciegos de espíritu, que simplemente se acercan a vosotros en la ceguera de su corazón, pero que no os maldicen.

12. Si siempre pensáis en ello y actuáis así, repartiréis bendición a todos, aunque no sea totalmente según el espíritu, pero sí para el bien del cuerpo, tal como Yo mismo lo hice y lo sigo haciendo. Pues hacer el bien directamente al cuerpo de un hombre que sufre, muchas veces produce más efecto en su corazón y en su espíritu que la mayoría de las mejores enseñanzas sobre la virtud. Corresponde al Orden divino transmitir el Evangelio mediante obras beneficiosas para el cuerpo, llegando así al corazón de los que sufren, y predicárselo luego cuando se sientan mejor. Si no, se causaría a los pobres enfermos un verdadero juicio, es decir, una miseria todavía mayor que la que padecían antes cuando sólo se trataba del cuerpo.

13. Cuando te llamen para visitar un enfermo, antes de predicarle imponle tus manos para que sienta alivio. Si después te pregunta: “Amigo, ¿cómo te ha sido posible hacer tal cosa?”, respóndele entonces: “Por tu viva fe en el nombre de Aquél que fue enviado por Dios desde el Cielo, para la verdadera bienaventuranza de todos los hombres”. Si continua preguntando por el nombre, entonces explícale tanto como sea capaz de entender para poder empezar a vislumbrar la posibilidad del fenómeno.

14. Cuando llegues a ese punto, puedes irle dando poco a poco más explicaciones de manera dosificada. Y si ves que su corazón se anima cada vez más con esta conversación, entonces le podrás decir finalmente todo y seguro que lo aceptará, creyendo cada una de tus palabras. Pero si le das demasiado de una sola vez, le confundirás de tal manera que tu trabajo con él será muy difícil.

15. Igual que no damos a un niño el alimento de un adulto porque le haríamos daño, tampoco se debe dar al neófito el alimento espiritual de aquel que está maduro, sino sólo el que corresponda a su desarrollo espiritual; una saturación le perjudicaría. Después sería demasiado difícil volver a reavivar su espíritu. ¿Lo habéis comprendido bien?».

16. Todos contestaron con el corazón conmovido: «¡Sí, Señor, todo está claro para nosotros como el sol del mediodía; lo cumpliremos fielmente!».

17. «Entonces, vayamos a la caverna en la que los fariseos escondieron sus tesoros; pues hay en ella otra que queremos examinar. ¡Llevad antorchas en cantidad suficiente así como pan y vino, pues nos encontraremos allí con seres muy hambrientos!».

Capítulo 4. Visita y descripción de una caverna de estalactitas

1. Kisiona mandó traer todas las provisiones que hubiera. También Baram, que todavía no quería separarse de nosotros, mandó a su gente para que trajesen las provisiones sobrantes de pan y vino. Jairo y Jonael, quienes tampoco se separaron de Mí, me pidieron igualmente participar en la expedición.

2. «¡Por supuesto, pues sois necesarios!», les dije. «Y Arquiel nos hará, a su modo, un buen servicio. Pero os diré otra cosa: En estos momentos se nos acerca un grupo de vuestros enemigos, mortales como decís, de Sicar, que quieren convenceros para que volváis lo más rápidamente posible. Pues el pueblo se ha levantado contra ellos tras expulsar hace dos días al sacerdote recién instituido. El mismo viene con la delegación que llegará aquí esta misma noche. Entonces les podremos dar una lección que no olvidarán. Pero ¡vayamos ya!».

Algunos jóvenes y mujeres me pidieron participar en la expedición.

3. Pero Yo les dije: «¡Queridas hijas mías! Esto no es una excursión para vosotras; mejor es que os quedéis en casa y nos preparéis una cena adecuada para cuando volvamos».

Las mujeres, también María, se conformaron y se quedaron al cuidado de la casa. A Lydia, sin embargo, le hubiera gustado mucho venir con nosotros, pero como vio que no era mi Voluntad, se quedó igualmente para ayudar a las demás.

4. Nos pusimos en camino y en un par de horas llegamos a la caverna, adentrándonos en ella con las antorchas encendidas. Kisiona se sorprendió mucho ante el gran espacio y las interesantes formaciones de estalactitas que había; las más notables de toda Asia Menor que, por cierto, cuenta con muchas cuevas así. Ante los tímidos visitantes se presentaban figuras gigantescas de todo tipo.

5. El mismo Fausto, a quien normalmente no le faltaba la valentía de un héroe romano, dijo muy impresionado: «Sin duda se podría pensar que aquí, bajo tierra, viven una especie de dioses que han construido con una fuerza inmensa estas obras gigantescas. Aquí hay figuras de hombres, de animales y de árboles, pero ¡de qué tamaño! ¿Qué son frente a ellas los inmensos templos y las grandes estatuas de Roma? ¡Mirad ese beduino tan bien hecho! Si alguien quisiese subir hasta su cabeza por los peldaños, verdaderamente necesitaría para ello una hora entera. ¡Sólo mirarla me da vértigo pese a que está sentado! ¡Esto, en verdad, es memorable y digno de verse! ¡No es posible que sea obra de la casualidad! ¡Ahí también hay un grupo de guerreros con espadas y lanzas! Más Allá, en el fondo, nos hace una mueca un elefante gigantesco. ¡Su diseño no deja nada que desear! Oh, Señor, ¿cómo se ha podido producir todo esto de manera tan milagrosa?».

6. «Amigo, observa bien todo lo que se presente ante tus ojos y no preguntes tanto. La explicación natural vendrá después. Todavía sucederán cosas aquí que te sorprenderán aún más; pero ¡tampoco preguntes entonces! En cuanto salgamos de esta caverna, os lo explicaré todo claramente».

7. Seguimos nuestro camino y llegamos a una sala alta de grandes dimensiones que no estaba oscura sino iluminada de forma adecuada. Pues había en la caverna varios manantiales de petróleo que, para que la misma atuviera luz, habían sido encendidos por los hombres que la habitaron. Desde entonces siguieron ardiendo con llamas de distinta intensidad que iluminaban diferentes partes de la vasta sala. Además, a través de una abertura bastante grande de la inmensa cúpula, penetraba luz de día lo suficientemente intensa para alumbrarla.

8. En el suelo de esta sala subterránea se podían ver todo tipo de figuras, como por ejemplo serpientes, sapos gigantes y otros animales, más o menos bien formados, así como también una gran cantidad de grandes y pequeñas formaciones cristalinas de todos los colores. Todo ello ofrecía un aspecto inesperado y extraordinariamente hermoso.

9. Fausto tomó la palabra: «Señor, ¡aquí hay tal cantidad de tesoros y decoraciones tan valiosos que ni un emperador se habría atrevido nunca a soñarlos! ¿No será esto una especie de Tártaro como el que describe el mito griego? Solamente faltan la laguna Estigia, el viejo Caronte, y los tres inexorables y conocidos jueces del reino de las almas: Minos, Ecus y Radamantis. También el perro de tres cabezas, Cerbero, y algunas furias; y, finalmente, Plutón con la bella Proserpina. Y ¡ya está completo el Tártaro de las torturas! Todas estas llamas que salen del suelo y de las paredes, estas horrendas figuras bestiales sobre el suelo, aunque estén muertas y petrificadas, y las demás cosas infernales, nos muestran muy gráficamente que o bien ya estamos en el Tártaro o por lo menos en camino. O, lo que me parece más probable, que esta u otra caverna parecida, sea la que haya originado el mito griego del Tártaro».

10. Le respondí: «Lo último que dices tiene mucho de verdad aunque no es enteramente cierto. Pues los sacerdotes de todos los puebles han sabido explotar y utilizar siempre con su astucia estos fenómenos naturales en provecho propio. También han sido utilizados así en Grecia y en Roma donde, además, dejaron un amplio margen de libertad a su fantasía malvada, con lo que acabaron de persuadir a más y más pueblos, deslumbrándolos hasta nuestros tiempos. Y así seguirán haciéndolo, unas veces más y otras menos, hasta el fin del mundo.

11. Mientras la enorme y necesaria diversidad de formaciones de la Tierra pueda mostrarnos estos fenómenos sorprendentes, los hombres, que son espiritualmente ciegos y huyen de la luz, también crearán todo tipo de imágenes fantasmagóricas en su imaginación, fomentada por el intelecto, atribuyéndoles fuerzas extraordinarias y actuaciones divinas. Como son ciegos no pueden comprender la verdadera causa de tales fenómenos.

12. Pero, mira, ahí tienes tu Estigia, al barquero Caronte y, al otro lado del río, que sólo tiene doce brazas de ancho y quizás una vara de hondo por lo que más bien un lago que puede incluso cruzarse andando por el sitio menos profundo, ves en la penumbra también a tus tres jueces, algunas furias, a Cerbero y a Plutón con Proserpina. Sin embargo, esas formaciones se parecen a dichos personajes sólo desde una cierta distancia; acercándose y con más luz se verá que son otra cosa completamente distinta de lo que la fantasía humana ha hecho de ellas. Pero vayamos andando hacia allí sin tener que pagar el pasaje a Caronte y contemplemos el Tártaro un poco más desde ese sitio».

13. Fuimos caminando, y cruzamos la tal laguna Estigia por un sitio poco profundo, llegando al Tártaro a través de una hendidura muy estrecha. Iluminado por nuestras antorchas, el Tártaro nos mostró un gran tesoro que los fariseos habían escondido. Así destapé lo que estuvo oculto hasta ese momento.

Capítulo 5. Historia de los tesoros encontrados

1. Fausto, enormemente sorprendido, llamó a Pilah diciendo: «¿No sabías nada de todo esto?, ¡nunca me dijiste lo más mínimo! ¡Habla, si no, no sé qué haré contigo!».

2. «Señor», respondió Pilah, «¡lo ignoraba por completo! Nunca me he adentrado en esta cueva tanto como hoy. Probablemente los ancianos sí lo sabrían. Pero lo habrán ocultado para poder pagar rescate si alguna vez los encarcelaban por algo. ¡Hazte cargo de todo ello! ¡A partir de ahora todo es tuyo gracias a Dios!».

3. Cuando Fausto me preguntó si Pilah había dicho la verdad, se lo confirmé. «Amigo, cuando alguien se casa con la hija de una familia muy respetada, tiene derecho a esperar una dote. Este asunto te ha dado mucho trabajo y, en cambio, no te tocó nada cuando se repartieron los bienes. Por lo tanto, coge el tesoro entero y considéralo legítimamente tuyo. Los hombres estimarían su valor en un millón de libras.

4. Lo más valioso son las perlas enormes, cada una de las cuales es como un huevo de gallina. Hay una gran caja de hierro, lo bastante grande para contener mil dracmas, que está llena de estas perlas de valor inestimable. Tales perlas ni se encuentran ni se encontrarán nunca más en la Tierra, pues los crustáceos que las produjeron se han extinguido al igual que muchos otros animales del mundo primitivo. Aunque precisamente estas tampoco salieron del mar, sino que el Rey Ninias, también llamado Nino, las encontró bajo tierra durante las excavaciones que hizo para construir la ciudad de Nínive. Una parte de ellas acabó llegando a manos de David, y otra, mayor, a la Jerusalén de Salomón. Finalmente acabaron en esta caverna cuando los romanos, tras conquistar Palestina, se apoderaron de una gran parte de Asia.

5. Los sumos sacerdotes conocían la caverna desde hacía mucho, así que cuando se produjo la invasión romana, recogieron inmediatamente los tesoros de mayor tamaño que podían transportarse y los trajeron aquí. Los leones de oro que sostenían el trono de Salomón y guardaban los escalones, se perdieron entre las ruinas de Jerusalén al ser destruida por los babilonios. Cuando la reconstruyeron fueron encontrados de nuevo y utilizados en el Templo por los sacerdotes. Aquí están la mayoría de ellos, pues aquí se trajo lo más valioso de todo lo que pudieron salvar a toda prisa durante la invasión romana. Con la de los babilonios, entonces muy poderosos, ocurrió lo mismo: trasladaron una gran cantidad de tesoros del Templo a la conocida cueva de Corozaín, aunque, pese a ello, los babilonios todavía encontraron suficientes cosas de valor para llevarse a su país, sobre todo vasijas y tesoros dedicados al servicio del Templo. ¡Manda pues que tu gente saque todo lo que hay en la caverna! Después, Arquiel deberá cerrar y sellar su entrada de manera tal que nunca más pueda entrar nadie».

6. Inmediatamente, Fausto dio la orden correspondiente a los criados. Pero cuando empezaron a levantar las cajas de hierro, no tuvieron fuerzas suficientes para ello debido a su peso enorme y me pidieron ayuda.

7. Me dirigí a Arquiel y le dije: «¡Coge inmediatamente toda esa basura y encárgate que llegue al gran almacén de Kis!». En ese mismo momento desaparecieron todas las pesadas cajas, y Arquiel estuvo de vuelta en un instante, de manera que nadie se percató de su ausencia.

8. «¡Esto sí que es un milagro fabuloso!», dijo Fausto. «Mis criados habrían necesitado por lo menos tres días, y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, no ha quedado ni una sola caja. Desde luego no hay necesidad de preguntar cómo ha sido posible, porque para entender y poder estimar correctamente lo sucedido hace falta un sentido divino».

9. «Sí, sí, tienes razón», respondí. «Tampoco sería bueno para el hombre comprender todo lo que sucede. Pues escrito está: “Si comes el fruto del árbol de la sabiduría, morirás”. Por lo tanto, más vale aceptar cualquier suceso milagroso tal como se presenta, que no querer indagar las razones por las que sucede, porque después de la explicación no sabréis más que antes. Sin embargo nunca deberíais olvidar que para Dios nada es imposible.

10. Basta que veas que la Tierra está ahí sosteniendo y alimentado a los hombres. Si supieras cómo ha sido creada, perdería el atractivo para ti y ya no te gustaría. Más bien se te despertarían las ansias de querer investigar profundamente otra Tierra cualquiera; y cuando descubrieras la misma creación, formación y existencia en no importa cuántas Tierras o planetas, perderías el interés por seguir investigando. Te sentirías decepcionado, desganado, incluso despreciarías la vida y te enojarías y maldecirías la hora en que empezaste a adquirir semejantes conocimientos. Un estado así sería para tu alma como la muerte misma.

11. El Orden divino lo ha dispuesto todo de manera que tanto el hombre como los espíritus angélicos puedan comprender la naturaleza divina en sí mismos y en todas las cosas creadas, poco a poco e incluso sólo hasta un cierto grado. Así se mantendrán en el hombre, siempre crecientes, las ganas de vivir y el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo único que le salva y le salvará eternamente. ¿Puedes entenderlo?».

12. «Si, mi Señor y amigo», me respondió Fausto, «lo entiendo perfectamente. Por ello no volveré a preguntarte más cómo se han formado las figuras de la caverna».

Capítulo 6. Formación y hundimiento de la caverna de estalactitas

1. Yo continué: «Eso, ciertamente, no tiene mucha importancia. Saberlo o no, no enriquecerá ni empobrecerá tu vida. Sin embargo, te digo que nunca la mano del hombre tuvo nada que ver con ello: las figuras fueron hechas sólo por la naturaleza y sus elementos. Las montañas absorben continuamente humedad del aire, la cual actúa como disolvente. A ello se agregan las lluvias, la nieve y las nieblas que envuelven sus cumbres. La mayor parte de toda la humedad que se ha depositado sobre las mismas, va penetrándolas a través de tierras y piedras hasta llegar a algunas cavidades interiores. Las gotas acumuladas contienen casi una mitad de cal disuelta. O van cayendo y penetrando cada vez más profundamente, o se evaporan en ellas. Posteriormente, la masa de cal pastosa se va compactando, y así el continuo arrastre de cal compone múltiples formas diferentes que se parecen a una u otra de las figuras que conocemos en la Tierra. Así, de esta manera totalmente natural, es como se han ido formando las figuras que vemos en la caverna, aunque también es de suponer que los siervos de Satanás, con el propósito de confundir a hombres débiles, han puesto otro tanto de su parte para completar más esmeradamente las múltiples figuras humanoides.

2. Por ello, y con el fin de evitar que siga favoreciendo la lúgubre superstición de los humanos, es mejor que nunca se pueda entrar en esta caverna . Salgamos pues para permitir que Arquiel haga su trabajo».

3. Fausto me dio las más sinceras gracias por estas explicaciones: «Ahora comprendo las causas del fenómeno con más claridad, aunque, como hipótesis, ya se las había escuchado a los romanos que estudian la naturaleza. El comentario sobre la actuación de Satanás tiene mucha importancia. Pues el adversario de la vida, seguramente que no desaprovecha cosas así; ya estamos viendo sus consecuencias negativas en tres continentes1. ¡Todo está claro como el sol! Sólo una cosa no me entra en la cabeza: es sobre la felicidad de Dios.

4. Dime, ¿qué satisfacción puede encontrar Dios en su propia vida indestructible, si conoce eterna y completamente el sentido más profundo de todo lo existente? Si Él no varía nunca tampoco, ¿cómo puede alegrarle una situación tan clara e inmutable, cosa que normalmente aburre a cualquiera?».

5. «¡Mira los seres humanos!», le respondí. «Ellos son la alegría de Dios si vuelven a ser aquello a lo que están destinados según el Orden divino. Dios encuentra de nuevo en ellos a sus semejantes. Su continuo progreso en el conocimiento de todas las cosas, con todo amor, sabiduría y belleza, es la alegría y felicidad indestructible de Dios. Pues todo lo que abarca la infinitud sólo existe eternamente a causa del pequeño ser humano y en beneficio suyo. ¡Ahora ya los sabes también! Pero, repito, ¡salgamos de la caverna para que Arquiel pueda hacer su trabajo lo más pronto posible!».

6. Salimos aprisa de la caverna. Entonces hice una señal a Arquiel y en el mismo momento se produjo un gran estruendo. La entrada, bastante amplia, se transformó en un alto muro de granito para impedir la entrada a cualquier mortal por más que lo intentase. Pero eso no fue todo. Cuando nos alejamos tres mil pasos de allí, se produjo un corrimiento de tierras que hizo que el nivel del suelo se hundiera bajo la antigua entrada cien veces la altura de un hombre. Para poder llegar a ella se necesitaría ahora una escalera más de cien veces más alta que un hombre. Aunque tampoco esto serviría porque la misma entrada se había convertido en una firme y abrupta pared rocosa.

7. Cuando Fausto y los demás presentes vieron los cambios, el primero dijo: «¡Señor y amigo mío! Verdaderamente me he quedado sin palabras. Estos fenómenos tienen una envergadura similar a los de la misma Creación y superan por completo mi capacidad de comprensión. Ya no sé si vivo o estoy soñando. Aquí pasan cosas tan enigmáticas y maravillosas que uno se siente, aun estando completamente sobrio, como un borracho que no fuera capaz de saber si es hombre o mujer. ¡Mirad esta imponente pared! ¿Dónde estaba antes, cuando pudimos entrar en la caverna por un camino bastante cómodo?

8. Pero lo más sorprendente de todo este movimiento de tierras, de más de mil yugadas de superficie, es que no hay ni rastro de destrucción violenta. Parece que nada hubiera cambiado aquí desde que la Tierra se creó. Verdaderamente, si hubieran trabajado mil hombres durante cien años, sería dudoso que pudieran desplazar una masa semejante de tierra y que pudieran construir esta pared rocosa de más de ciento cincuenta veces la altura de un hombre y de más de una hora de camino de ancha. A decir verdad, ¡estos es inaudito! Tengo curiosidad por saber qué cara pondrán los muchos navegantes que pasan por este lugar, antes bosque frondoso y ahora rocosa pared gigante. Muchos no sabrán dónde están, y otros mirarán aturdidos como un buey ante una entrada nueva que no conoce todavía».

9. «Por eso os digo a todos que guardéis silencio sobre lo que ha pasado y no contéis nada, ni siquiera a vuestras mujeres», les advertí. «No las dejé venir con nosotros pues, cuando ocurren fenómenos extraordinarios, nunca obedecen ni guardan silencio pese a todas las prohibiciones. Así que os ruego que no les contéis nada sobre los acontecimientos extraordinarios aquí sucedidos. Únicamente podéis hablarles de la forma de la caverna y de los nuevos tesoros que hemos encontrado, pero ¡ni una palabra más!».

Todos me lo prometieron con seriedad y luego seguimos tranquilamente nuestro camino hacia Kis. Llegamos justo a la puesta del sol. Las mujeres salieron corriendo a recibirnos preguntándonos impacientes por las cosas maravillosas que habíamos visto. Les respondimos que no preguntasen más porque toda la historia se reducía a que habíamos encontrado otro tesoro que los fariseos tenían escondido. Con ello quedaron contentas y no siguieron preguntando.

10. Como ninguno de los que habían venido había podido comer nada, todos estaban bastante hambrientos y deseando tomar una buena cena. Así que nos fuimos enseguida a cenar.

Capítulo 7. Fausto encuentra los tesoros en el almacén, ordenados y custodiados

1. Acabada la cena, mandé a Fausto que fuera al gran almacén para ver si los tesoros que Arquiel había trasladado a Kis desde la caverna, se encontraban allí y estaban en orden. Y los encontró tal y como se habían hallado en la caverna, acompañados, además, por una larga lista de cada uno de ellos con sus valores respectivos. Fausto preguntó a los vigilantes quién había hecho la lista.

2. «Señor», respondieron los vigilantes, «así lo hemos encontrado todo cuando llegamos. No podemos decirte quién lo ha hecho».

3. «¡Decidme entonces cómo han llegado los tesoros hasta aquí y quién los ha traído!».

4. «Tampoco lo sabemos. Sólo vino un hombre joven, al que ya habíamos visto días antes junto al médico de Nazaret, ordenando que vigiláramos los tesoros. Entonces el juez romano nos mandó guardarlos, lo que hacemos hace ya dos horas. No sabemos nada más de esta historia».

5. Fausto cogió la lista y se dirigió al juez subalterno y a los vigilantes para preguntarles sobre el asunto. Pero nadie sabía nada más. Como Fausto vio que sus indagaciones no tenían éxito, se dijo para sus adentros: «Como nadie sabe nada sobre los pormenores de esta historia, no llamaré más la atención sobre ella para que no se divulgue inútilmente entre el pueblo».

6. Tranquilizado por su decisión, volvió a casa donde le esperaba su joven esposa con los brazos abiertos. Aunque antes de irse a descansar, vino a verme pues deseaba comentar conmigo todavía algunas cosas importantes. Pero le indiqué que volviera a la mañana siguiente y que fuera a descansar cuerpo y alma, pues, como a todos, le hacía mucha falta. Así lo hizo.

7. Sucede que cuando uno duerme bien, la noche acaba rápidamente. Todos creían que se habían quedado dormidos sólo hacía unos minutos, cuando los despertó una mañana radiante animándolos a abandonar el dulce lecho y a empezar las tareas del día.

A todos los sacó de sus respectivos dormitorios el desayuno, preparado desde muy temprano. Nos dirigimos al gran comedor en el que habíamos desayunado los días anteriores. Una vez acabada la comida, todos me manifestaron su agradecimiento y alabanzas en nombre de Jehová, a la manera de David que dijo2:

8. «Alegraos, justos, en Yavé; bien está en los rectos la alabanza. Alabad a Yavé con la cítara, ensalzadle con el arpa de diez cuerdas. Cantadle canción nueva, tañed bien la lira con júbilo. Porque recta es la palabra de Yavé, y toda su obra con verdad. Él ama justicia y juicio, de la misericordia de Yavé está llena la Tierra. Por la palabra de Yavé fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el aliento de su boca. Él junta como en un odre las aguas de la mar, deja los abismos ocultos. Tema a Yavé toda la Tierra, témale todo lo que vive en la Tierra. Porque dijo Él, y fue hecho; lo mandó, y así fue. Frustra Yavé el parecer de las gentes, anula las maquinaciones de los pueblos. El consejo de Yavé permanece para siempre; los designios de su corazón, de generación en generación. Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Yavé, el pueblo que Él eligió para sí por heredad. Mira Yavé desde lo alto de los Cielos, ve a todos los hijos de los hombres. Desde la morada en que se asienta, mira a todos los habitantes de la Tierra. Él hizo todos los corazones y conoce a fondo todas sus obras. No salva al rey la muchedumbre de los ejércitos, ni se libra el guerrero por su mucha fuerza. Vano es el caballo para salvarse, su gran vigor no le libra. He aquí el ojo de Yavé sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus almas de la muerte, para darles vida en el hambre. Nuestra alma espera en Yavé; Él es nuestra ayuda y nuestro escudo. En Él se regocija nuestro corazón, en su santo nombre está nuestra confianza. Sea, Yavé, sobre nosotros tu Misericordia, como esperamos de Ti».

Capítulo 8. Sobre el Reino de los Cielos

1. Nada más pronunciarse esta alabanza matutina, Fausto, quien, por supuesto, estuvo presente durante el desayuno y la oración, me preguntó: «¿Dónde han aprendido tus discípulos esta maravillosa oración de alabanza, tan verdadera y digna de Ti? Nunca he oído nada tan sublime».

2. «Pide la Escritura Sagrada a los fariseos y lee los salmos del rey David», le respondí. «Allí lo encontrarás todo. Jairo, el director de la escuela y la sinagoga de Cafarnaúm, con quien tenemos que vernos hoy, te la procurará. Murió su hija y hace dos días que la enterraron. Él se ha arrepentido profundamente del pecado cometido contra Mí. Por eso hay que ayudarle, pues no debe perderse su alma para el Reino de los Cielos».

3. «Señor, ¿qué reino es ese y dónde está?», me preguntó Fausto.

4. «Mi querido amigo, para los verdaderos amigos de Dios el verdadero Reino de los Cielos está en todas partes, pero para sus enemigos en ninguna. Pues para ellos es infierno todo lo que puedan ver sus ojos y percibir sus sentidos. Arriba lo mismo que abajo. Pero para buscar el reino no alces tu mirada hacia las estrellas pues son astros como este que pisas, ni mires hacia la Tierra pues está condenada como tu carne, que un día morirá y se pudrirá3. Escudriña e indaga afanosamente en tu corazón, ahí encontrarás lo que buscas porque en el corazón de cada hombre ha sido puesta la semilla viva de la cual florecerá la aurora verdadera de la Vida eterna.

5. El espacio en el que flota la Tierra así como el Sol inmenso, la Luna y las innumerables estrellas, que también son soles y planetas, es infinito. Si pudieras abandonar esta Tierra con la velocidad del pensamiento y volar en línea recta con la misma velocidad, nunca llegarías al final, aun después de muchas eternidades, ni aun desplazándote eternamente así. Aunque en todas partes encontrarías creaciones de formas sublimes y maravillosas que llenan de vida el espacio infinito.

6. Después de la muerte de tu cuerpo saldrás a través de tu corazón al espacio infinito de Dios y, según la condición de tu corazón, ese espacio será para ti un Cielo o un infierno.

7. No hay en ninguna parte ni un Cielo ni un infierno creados sino que todo proviene del corazón del hombre. Según el hombre haga el bien o el mal, así se prepara en su corazón el Cielo o el infierno; y tal como cree, quiere y actúa, así vivirá, según su fe, la cual alimenta su voluntad y termina en sus obras.

8. Por lo tanto es preciso que cada cual examine las tendencias de su corazón para comprender qué espíritu vive en él. Si las tendencias de una persona y sus afanes tienden al mundo, si desea llegar a ser alguien importante y con prestigio, si la soberbia le hace despreciar a sus semejantes y desea dominar sobre los demás sin haber sido elegido por Dios, entonces la semilla del infierno ya está en su corazón. Si no lucha contra ella ahogándola en su origen, el hombre puede estar seguro de encontrar el infierno tras la muerte física.

9. Pero un hombre con un corazón humilde, feliz de ser el menor entre ellos y de poder servirles a todos, que por amor a sus hermanos y hermanas no se enaltece, que obedece voluntariamente a sus jefes en las cosas buenas para el prójimo y que ama a Dios sobre todas las cosas, hará crecer en su corazón la semilla celestial creando para él el Cielo verdadero y eterno. El hombre que, lleno de verdadera fe, esperanza y amor puros, ya lleva de esta manera la plenitud del Cielo dentro de sí, puede estar seguro de que su alma llegará al Reino de Dios al fallecer su cuerpo. Si reflexionas sobre lo que te he dicho, sabrás a qué atenerte referente al Reino de los Cielos y al infierno».

10. «Mi amado amigo, tus palabras contienen verdaderamente toda la sabiduría», dijo Fausto. «Sin embargo, ahora no las entiendo en toda su profundidad. Que el Cielo y el infierno puedan estar juntos en un mismo lugar, como penetrándose uno a otro, es para mí, hombre de pensamientos todavía muy materialistas, totalmente imposible. Todavía menos comprensible es que al final de mi vida mi corazón pueda prepararme un espacio infinito de completa felicidad o de completa desdicha. Por eso he de pedirte que me des explicaciones más claras. De lo contrario, pese a toda la luz del mediodía, saldré de aquí como un ciego».

Capítulo 9. El Señor pone ejemplos sobre las peculiaridades del Cielo y del infierno

1. Entonces le di las siguientes explicaciones: «Escucha bien, pues deseo que vuelvas a casa siendo vidente.

2. Imagínate que en una casa viven dos hombres. Uno está contento con todo lo que ha obtenido de la tierra con el sudor de su frente y la Bendición de Dios. Disfruta contento y satisfecho el escaso rendimiento de su trabajo, y su mayor alegría es poder compartir con sus semejantes más pobres las provisiones tan penosamente obtenidas. Cuando llega alguien con hambre, le alegra poder saciarle y nunca pregunta irritado el motivo de su pobreza. Tampoco le prohibe que vuelva si alguna vez tiene otra vez hambre.

3. No se deja importunar por las instituciones estatales y, como Job, dice cuando le exigen pagar algún impuesto: “Señor, Tú me lo has dado; todo es Tuyo. Puedes volver a tomarlo, hágase sólo tu santa Voluntad”.

4. Pues bien, a este hombre nada le puede sacar de su alegría; nada estorbará su amor y confianza en Dios ni tampoco su amor al prójimo. Ira, envidia, disputas, odio o soberbia son palabras desconocidas para él.

5. Por el contrario su hermano es el hombre más desgraciado del mundo. No cree en Dios alguno y dice: “Dios es una palabra vacía que sirve a los hombres para designar a un hipotético personaje terrestre adornado con todas las cualidades en grado supremo. Sólo un imbécil puede ser feliz en la pobreza, como lo son los animales, sin capacidad de razonar ni entender, cuando reciben el mínimo que necesita su grosero instinto. Pero el hombre, muy por encima del animal, no tiene por qué contentarse con la bazofia ordinaria ni escarbar la tierra con sus manos, como los animales o los esclavos, porque está destinado a algo mejor. Hay por el contrario que empuñar la espada y levantarse como poderoso capitán que triunfa y conquista las grandes ciudades del mundo. La tierra ha de temblar bajo las pisadas del caballo suntuosamente adornado con oro y piedras preciosa, que cabalga el general de los poderosos ejércitos”.

6. El hombre que piensa así maldice en su corazón la precariedad su existencia y cavila cómo podría conseguir grandes tesoros y riquezas para poner en práctica sus ideas y satisfacer sus ansias de poder.

7. Desprecia a su hermano feliz y aborrece a todo el que es más pobre todavía. Piensa que la misericordia es una ridícula cualidad de esclavos cobardes y de quienes viven en sociedad. Opina que el hombre debe ser generoso, pero lo menos posible. Cuando se le acerca un pobre lo aborda con múltiples improperios, por ejemplo: “¡Apártate de mí con tus harapos, bestia perezosa, monstruo tragón! ¡Trabaja, animal, si quieres comer! ¡Vete con mi fracasado hermano que nada tiene que ver con mi elevado espíritu! Trabaja como burro de carga para sus semejantes y es misericordioso como un necio adicto a la sociedad. Soy generoso y por esta vez te perdono la vulgar vida de gusano que llevas”.

8. Estos dos hermanos, hijos del mismo padre y de la misma madre, viven juntos en la misma casa. El primero es un ángel, el segundo casi un diablo. Para el primero, la humilde casa es como el Cielo; para el segundo la misma casa, idéntica en todo, es el mismo infierno repleto de las más amargas torturas. ¿Ves como Cielo e infierno pueden estar juntos en un solo sitio?

9. Naturalmente pensarás: “Permite que el déspota suba a un trono: seguramente será capaz de proteger al pueblo y abatir a los enemigos”. Sí, cierto, podría ser. Pero ¿dónde está la medida que le señale hasta dónde puede llevar sus planes dominantes? ¿Qué hará con los hombres que no quieran someterse de ninguna manera a su poder? Los martirizará de manera cruelísima pues para él una vida humana no vale más que una hierba pisoteada. ¿Qué es un hombre así? ¡Un perfecto Satanás!

10. También hacen falta en la Tierra soberanos y generales. Pero entiéndelo: Tienen que ser elegidos y designados por Dios y descendientes de reyes ungidos. Y ¡ay de aquel que abandona precipitadamente su casa para conseguir por todos los medios el cetro del poder! Verdaderamente, ¡sería mejor para él no haber nacido!

11. Te pondré otro ejemplo del Reino de Dios. El Reino de Dios es como un terreno de buena tierra en el que crecen y maduran uvas buenísimas junto a espinos y cardos. La única diferencia estriba en el uso de la tierra: la cepa la convierte en una cosa buena, pero no el espino y el cardo que nada útil ni provechoso producen para el hombre.

12. El Cielo se derrama de la misma manera tanto sobre el diablo como sobre los ángeles de Dios. Pero cada uno de ellos lo usa diferentemente.

13. El Reino de Dios también se parece a un manzano cargado de frutas buenas y dulces. Entre la gente que llegan a deleitarse con la fruta, hay algunos que todavía están en ayunas. Comen agradecidos sólo lo necesario para satisfacer su necesidad. Otros, sin embargo, los que comen la fruta sólo por su buen sabor, no quieren dejar nada en el árbol sino que se lo van comiendo todo avariciosamente, hasta la última manzana, no sea que los pobres quieran coger de nuevo alguna fruta. Como consecuencia, los glotones se ponen enfermos y mueren, mientras que los pobres, que comieron la fruta con moderación, se sienten muy bien y reconfortados. Y sin embargo, ambos han comido del mismo árbol.

14. El Reino de Dios se parece también a un buen vino que reconforta al hombre moderado pero destruye al intemperante. El mismo vino es para uno el Cielo y para otro el mismo infierno. Sin embargo han bebido de la misma bota.

15. Dime, amigo, ¿has entendido ahora qué es el Cielo y qué el infierno?».

Capítulo 10. La ley del orden

1. Fausto me respondió: «Señor, ahora empiezo a ver más claro. En todo el infinito sólo hay un Dios, una Fuerza y una Ley del Orden eterno. Para la persona que hace enteramente suya esta ley, el Cielo está en todas partes. Pero para quien, con su libre albedrío, se opone a ella, el infierno, el sufrimiento y los tormentos están en todos sitios».

2. «Cierto, así es», afirmé Yo. «El fuego es un elemento extraordinariamente útil. Resulta de gran provecho para quien lo utiliza de forma ordenada, sabia y adecuada: sería demasiado largo enumerar todas las ventajas que pueden obtenerse sirviéndose prudentemente de él. Pero si, por el contrario, se utiliza de forma descontrolada e irresponsable, por ejemplo encendiendo hogueras en los techos de las casas o en los bosques, ese mismo fuego será causa de destrucción.

3. En invierno a todo el mundo le gusta acercarse a la chimenea para calentarse. Pero si alguien se cae en las llamas, se quemará gravemente.

4. Te diré aún más: Los hombres de este mundo tienen que pasar por el agua y por el fuego para llegar a ser verdaderos hijos de Dios. Fuego y agua constituyen la naturaleza primaria del Cielo. Lo que no es afín al agua, será destruido por ella, y lo que no es fuego, no podrá subsistir en él».

5. Fausto continuó preguntando: «Señor, esto tampoco lo entiendo. ¿Cómo puede comprenderse que uno llegue a ser agua y fuego al mismo tiempo? Todos sabemos que son elementos totalmente contrarios, el uno destruye al otro. Si le echamos agua a un fuego poderoso, esta se convierte rápidamente en vapor; pero si el agua es más poderosa que el fuego, lo apaga en cuanto lo inunda. Si para parecerse al Cielo hay que ser agua y fuego al mismo tiempo, es decir, que al final uno se disolvería o desaparecería, ¿en qué queda entonces la vida o la existencia eterna?».

6. «¡Buena pregunta! Ambas cosas tienen que estar siempre equilibradas en la justa medida. Entonces ambas se generan y se mantienen mutuamente. Pues si no hubiese fuego en y alrededor de la Tierra, tampoco habría agua. Pero si no hubiese agua, tampoco habría fuego, porque continuamente ambos se producen uno a otro de manera recíproca».

7. «¿Por qué? ¿Cómo es eso?».

8. «Retira enteramente el fuego del que procede todo el calor de la Tierra, y esta se convertirá en una bola de hielo, fría como un diamante, donde no podrá desarrollarse vida alguna. Pero retira toda el agua de la Tierra, y entonces se convertirá en polvo. Pues sin agua no se puede mantener ningún fuego, muy necesario para las nuevas formaciones de la tierra. Y donde no se puedan generar formaciones nuevas, reinarán la putrefacción y la muerte.

9. Piensa en un árbol que ha perdido la savia y verás que en poco tiempo se pudrirá y morirá. ¿Lo entiendes?».

10. «Sí, mi Señor», respondió Fausto, «ahora entendemos también esto y reconocemos que Tú estás pleno del Espíritu divino y eres el Creador mismo de todas las cosas. Pues no hay hombre que pueda saber cómo está hecha la creación y qué leyes la rigen. Sólo puede comprenderlo en toda su amplitud aquel que lleva el Espíritu divino dentro de sí, por el cual se crearon y se mantienen todas las cosas. Yo, pobre hombre pecador, no puedo hacer sino darte las gracias desde el fondo de mi corazón, lleno de amor por Ti, por todos los favores materiales y espirituales que he recibido de Ti, Señor de todo el universo».

11. «Estás en lo cierto, pero te advierto que, por ahora, mantengas en secreto todo lo que sabes y has visto aquí; no hables de Mí antes de tiempo ni tampoco olvides a los pobres ahora que disfrutas de la felicidad terrenal. Pues todo lo que hagas por ellos en mi nombre, a Mí me lo haces y te será premiado en el Cielo. Bueno, como ya hemos terminado todo lo que era preciso hacer aquí en Kis, emprendamos el viaje a Nazaret».

Capítulo 11. El Señor y sus discípulos emprenden el viaje a Nazaret (Mt 13, 53)

1. Fausto me preguntó: «¿Tengo que mandar entonces que lleven mis cosas a los barcos?».

2. «¡Ya está todo hecho! Como tus barcos no han sido suficientes, Baram y Kisiona han prestado los dos suyos grandes, de manera que todo está listo para partir».

3. «Que todo sea como lo dices, ya no me extraña. Pues para el Todopoderoso nada es imposible».

4. En este momento se acercaron Jonael y Jairo, junto con Arquiel, dándome las gracias por todo. Mientras se despedían para emprender la marcha a Sicar, llegó la delegación que Yo ya les había anunciado, saludándoles respetuosamente y pidiéndole encarecidamente a Jonael que volviera a aceptar el cargo de sumo sacerdote. Jonael y Jairo recordaron en ese instante todo lo que Yo les había anunciado anteriormente.

5. Una vez concluidas mis explicaciones sobre el Reino de los Cielos (Mt 13,53), me despedí de los sicarenses y de Kisiona, a quien prometí volver pronto pues, de acuerdo con mi consejo, se quedó en casa sin acompañar a Fausto. Nos embarcamos unas dos horas antes del mediodía y, junto con Fausto y su joven esposa, pusimos rumbo a Cafarnaúm que es el lugar habitual de desembarco tanto para esta ciudad como para Nazaret, situada no lejos de allí.

6. Cuando desembarcamos, Fausto se dirigió a Mí: «Señor, iré contigo a Nazaret para devolverles la casa a tu madre y a tus hermanos y hermanas terrenales».

7. «Esto también ha sido hecho ya. En tu casa y en tu circunscripción todo ha quedado perfectamente en orden, pues mi amigo Arquiel ha solucionado todos los asuntos por ti. Vete tranquilo a Cafarnaúm. Cuando te encuentras con Jairo, superior de los fariseos, lo cual sucederá necesariamente, y te cuente su dolor, dile que me quedaré un tiempo en Nazaret. Si necesita algo, que venga a verme. Pero ¡díselo sólo a él!».

8. «¿Tampoco yo le puedo acompañar?».

9. «Naturalmente que sí, pero sólo tú». Con estas palabras, nos despedimos.

10. Entonces, acompañado por muchos discípulos míos, partí hacia Nazaret, mi patria terrenal, mientras Fausto mandó llamar a varios porteadores, empaquetadores y carros de carga que tuvieron que transportar a su casa de Cafarnaúm los tesoros que traía. La gente quedó muy asombrada cuando vio llegar al juez mayor acompañado por su joven esposa y por semejante cargamento de riquezas. No menos sorprendente resultó también que el superior de los fariseos de aquel lugar, Jairo, el cual sabía algunos detalles sobre el viaje de los doce fariseos a Jerusalén y que ese fue el motivo por el que Fausto tuvo que desplazarse a Kis, saliera a su encuentro, .

11. Fausto le recibió con todo respeto y comentó: «Se salvó a un hombre honrado, y los “impuestos” abusivos con los que estos fariseos habían extorsionado clandestinamente a los pobres judíos les han sido devuelto hasta la última moneda; once fariseos están ya en el Templo de Jerusalén que, a su manera, se ocupa de darles su merecido por sus fraudes y robos. Sería demasiado largo contarte todas las fechorías que han hecho. Cuando tengas un rato, ven y lee tú mismo las numerosas actas levantadas; no saldrás de tu asombro. Pero dejemos esto ahora.

¿Cómo está tu querida hija? ¿Vive todavía o ha fallecido?».

12. Jairo, muy afligido, contó la historia con lágrimas en los ojos: «Oh, amigo mío, ¿porqué me lo recuerdas? Lamentable y tristemente ha muerto, pues ningún médico pudo ayudarla. El único que podía haberlo hecho, Boro, se negó a ello pues, según dijo, yo había pecado mucho contra su amigo Jesús, su Maestro. Se me rompió el corazón viendo como mi hija moribunda llamaba a Jesús para que le ayudase, afeándome, incluso en su agonía, que tuviese que morir por culpa de mi grave pecado contra el mayor benefactor de la pobre humanidad sufriente. Yo, sin embargo, empleé todas mis fuerzas en encontrar a Jesús, pero Él no quiso escuchar a mis mensajeros pese a que ya me había arrepentido miles de veces. Ahora todo se acabó. Ya lleva cuatro días en el sepulcro y huele que apesta. ¡Que Jehová tenga misericordia de su buen alma!».

13. «Amigo mío, lo siento de todo corazón, pero te digo que Jesús, nuestro Señor todopoderoso, está en estos momentos en Nazaret. Según mis repetidas experiencias te puedo asegurar que para Él nada es imposible. Podrías ir a verle, pues te digo que tiene todo el poder para resucitar a tu hija y devolvértela viva».

14. «Aunque lo último que dices ya no es posible, quiero ir a pedirle mil veces perdón por lo que le ofendí y le entristecí, aunque fuera de forma obligada y no voluntaria».

15. «Bien, entonces ven conmigo», le respondió Fausto. «Le encontraremos en Nazaret en casa de su madre. Pero, como me pidió, nadie debe acompañarnos.

Jairo, esperanzado, aceptó inmediatamente la propuesta. Prepararon unos mulos adecuados para el viaje y partieron. Llegaron a Nazaret unas horas antes de la puesta del sol y, dejando los mulos en un albergue, fueron enseguida a casa de mi madre, donde me encontraron junto con Boro, que había sido uno de los primeros de Nazaret que vino a recibirme con los brazos abiertos en cuanto supo mi llegada.

16. En cuanto Fausto y Jairo entraron en la habitación, este último empezó a llorar, se arrodilló ante Mí y me pidió perdón por el gran pecado que había cometido contra Mí.

17. Pero Yo le dije: «¡Levántate! Tu pecado te está perdonado, ¡pero no peques más! Dime, ¿dónde está enterrada tu hija?».

18. «Señor, ya sabes que mandé construir cerca de aquí una escuela y una pequeña casa de oración para los niños de estos lugares. En la casa hice un sepulcro para mí; pero como mi hija falleció antes, mandé que la llevaran allí, donde ningún muerto había sido enterrado antes. Está sólo a unos dos mil pasos de aquí. Si Tú, Señor, quisieras verla, me harías muy feliz y me sacarías de mi profunda tristeza».

19. «Pues bien, condúceme hasta él. ¡Pero que no venga nadie más que tú y Fausto!».

20. Los apóstoles me preguntaron si ellos podían acompañarnos.

21. «Esta vez que no venga nadie más que los dos que he nombrado», les respondí.

22. Boro: «Señor, Tú me conoces y sabes que puedo ser mudo como un pez. ¿Qué mal hay en que yo, médico, os acompañe?».

23. Pero Yo insistí: «Mantengo mi palabra: ¡Sólo nosotros tres y nadie más!».

Capítulo 12. Segunda resurrección de Sara

1. Nadie se atrevió a preguntar otra vez. Fuimos andando hasta el sepulcro donde vi el cadáver que ya olía muy mal. Pregunté a Jairo si creía sinceramente que su hija estaba muerta sólo en apariencia.

2. Jairo: «Señor, ni la primera vez lo creyó mi corazón, pues demasiado sabía que mi querida hija Sara estaba muerta. Fui instigado a dar falso testimonio contra Ti y, si no lo hubiese firmado, te habrían perseguido todavía más, cosa que nunca hubiera permitido. Pero, como lo firmé, sólo vieron en Ti un haragán vagabundo que curaba alguna gente aquí y allí y que pretendía hacerse famoso en Israel como profeta llamado por Dios, o incluso ser el mismo Mesías prometido. Desde luego, todos los fariseos ricos y prestigiosos temen sobremanera al Mesías prometido, pues escrito está que si viene a la Tierra el sumo sacerdote según el eterno orden de Melquisedec, todos los demás terminarán, pues el nuevo Melquisedec reinará eternamente con sus ángeles sobre todas las generaciones de la Tierra.

3. Te digo que ni los sumos sacerdotes ni los sacerdotes inferiores temen al fuego ni a la gran tormenta que pasó por la cueva donde estuvo escondido el gran profeta Elías. Pero los atemoriza la suave brisa que sopla encima de ella recordando continuamente que el Mesías vendrá, en silencio como un ladrón en la noche según dice Melquisedec, quitándoles todo lo que hasta entonces adquirieron. Por eso ningún sacerdote desea presenciar la llegada del Enviado de Dios sino aplazarla a un futuro lejano.

4. Pero como no hay duda que todos los sacerdotes, especialmente los más ancianos, presienten algo así debido a tus extraordinarios hechos y enseñanzas, intentan acabar contigo por todos los medios. Si no les resultara posible porque Tú fueras verdaderamente Aquél que sospechan, harían penitencia con saco y cenizas por sus malvadas acciones, esperando con gran temor el golpe todopoderoso que desde siempre han temido, el golpe que les haría perder todo. De lo contrario, no habrían lapidado a casi todos los profetas. Así que preferí declararte vagabundo y no Aquél que seguramente eres. Los hombres nunca pueden resucitar a sus muertos, sólo lo puede el Espíritu de Dios que, como creo, mora y actúa a través de Ti».

5. «Como Yo conocía los motivos por los que me negaste», le respondí, «vine a socorrerte en tu gran pesadumbre y a prestarte ayuda nuevamente. Esta es también la verdadera razón por la que no quise que viniera nadie más que vosotros dos. Cuando llegue el momento apropiado, también los demás conocerán el Poder y la Gloria de Dios que vosotros veréis ahora».

6. Me incliné entonces y miré dentro de la tumba donde estaba la joven Sara envuelta en paños de lino, y le dije a Jairo: «Ya se ha hecho de noche y el farolillo de la tumba apenas alumbra. ¡Acércate a la escuela y pídele al vigilante una lámpara más fuerte! Cuando ella vuelva a la vida, necesitará luz para poder salir de ahí».

7. Jairo: «Oh Señor, ¿será eso posible? La descomposición ya está muy avanzada. Pero creo que para Dios todo es posible, así que voy corriendo a traer una lámpara más fuerte».

8. El vigilante de la casa no le pudo dar la luz que le pidió pues se le había apagado la lumbre; tuvo que hacer un nuevo fuego frotando entre sí largo tiempo dos maderas hasta que prendieron.

9. Pero Yo, sin esperar más, tan pronto como Jairo se alejó resucité a Sara y la levanté de la tumba.

10. La joven resucitada, todavía un poco torpe, se dirigió a Mí: «¡Por el amor de Jehová! ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha sucedido? Estaba en un hermoso jardín en compañía de muchas otras muchachas, y ahora, de repente, me encuentro en esta incómoda cámara oscura».

11. «¡Estate contenta y tranquila, Sara!», le dije. «Mira, Yo, Jesús, que te resucité de la muerte por primera vez hace unas semanas, volví a hacerlo de nuevo, dándote una vida vigorosa. De ahora en adelante ninguna enfermedad podrá atacarte y, cuando llegue tu tiempo pasados muchos años, Yo mismo descenderé de los Cielos, vendré y te conduciré a mi Reino que nunca tendrá fin».

12. Al oír mis palabras, Sara revivió por completo y dijo con la más amorosa voz del mundo: «¡Oh, amor único de mi joven vida! Ya sabía yo que quien te ama sobre todas las cosas no ha de temer la muerte. Enfermé debido a mi gran amor hacia Ti, Tú, mi primer resucitador, pues no podía saber dónde habías ido. Cuando, con el corazón lleno del más ardiente amor para contigo, pregunté dónde estabas, me contestaron para tranquilizarme, hundiendo al mismo tiempo mi ánimo por completo, que te habían apresado como a un criminal y te habían entregado a la severa justicia. Eso me partió el alma y enfermé gravemente, muriendo por segunda vez.

¡Oh, qué feliz soy ahora por tenerte otra vez, Tú, mi único y más extraordinario amor!

13. Cuando yacía en mi lecho de muerte, me decía: “Si mi divino Jesús sigue vivo, no dejará que me pudra en la fría tumba”. Y todo ha sucedido como me anunciaba el corazón. Vivo nuevamente y estoy en los brazos de mi amado y divino Jesús. Desde ahora en adelante nada me separará de tu divino lado. Quiero seguirte a donde vayas como la más humilde servidora».

14. Mientras Sara abría así su corazón hacia Mí, llegó por fin Jairo con una lámpara para alumbrar la tumba. Entonces Yo me dirigí a Sara: «¡Mira, ahí viene tu padre! Escóndete detrás de Fausto para que no te descubra de golpe, pues perjudicaría su salud. Pero cuando te llame, entonces sal rápidamente con cara sonriente y alegre. Eso no le hará daño». Sara obedeció inmediatamente y cuando Jairo apareció en la cámara, ya se había escondido detrás de Fausto.

15. Jairo llegó disculpándose por haber tardado tanto en traer la luz pedida.

16. Pero Yo le dije: «¡No tiene importancia! Nadie peca por algo que es imposible, y quien está muerto, un cuarto de hora después no estará más muerto que antes, sino, si las condiciones para la vida están todavía presentes, más vivo».

17. «Oh Señor», contestó Jairo, «si yo, pobre pecador, puedo atreverme a pedirte algo, entonces te ruego que seas misericordioso, no conmigo, pues soy indigno de ello, sino con Sara que te ama sobre todas las cosas».

18. «Sí, pero con la condición de que no la resucito para ti sino únicamente para Mí. Desde ahora en adelante ella me seguirá a Mí y no a ti. Pero si de vez en cuando quieres acompañarnos, también estarás cerca de tu hija».

19. «¡Todo sea según tu Voluntad», respondió Jairo, «con tal que mi única hija vuelva a la vida!».

20. «Pues bien, ¡alumbra la tumba con tu lámpara!».

21. Jairo se acercó suspirando al borde de la misma pero, por más que miraba, no veía sino los paños de lino, los pañuelos y las cintas, todos amontonados. Al no encontrar a su hija muerta, se entristeció y me preguntó: «Señor, ¿qué ha sucedido? ¡Todavía queda el olor, pero nada más! Si alguien ha robado el cadáver, ¿por qué no se ha llevado también el sudario?».

22. «Porque la que ahora está viva, ya no lo necesita».

23. Jairo gritó de alegría y su dolor se desvaneció inmediatamente: «¿Cómo? ¿Qué? ¿Dónde está Sara? ¿Está viva?».

24. Entonces llamé a Sara y le dije: «¡Sara, sal fuera!».

25. En este instante salió la bellísima Sara por detrás de Fausto, diciendo con voz clara y vigorosa: «¡Aquí estoy, viva y sana! Pero ya no te pertenezco a ti sino solamente a Jesús, mi Señor. El amor de mi corazón hacia Jesús, Señor de la vida y de la muerte, por el que quisieron culparme de gran pecadora, mató mi débil cuerpo por segunda vez. Pero este mismo amor poderoso me ha devuelto la vida. Mira, padre Jairo, tú me llamas hija tuya y sólo me has dado la vida una vez. ¿Qué es entonces Aquél que me ha dado dos veces la vida, y qué soy yo para Él? ¿Quién de vosotros dos es mi verdadero padre?».

26. Jairo: «¡Tienes razón! Obviamente quien te ha dado dos veces la vida. Yo ya no puedo pedirte tu amor. Por lo tanto, de ahora en adelante sigue enteramente a tu corazón; yo te acompañaré de vez en cuando. ¿Estás contenta así, tú, que lo fuiste todo para mí en esta Tierra y que ahora vuelves a serlo junto a Jesús, el Señor?».

27. «Sí, padre Jairo, ¡estoy plenamente contenta!».

28. «Y yo también», intervine. «Pero ¡vayamos ahora a mi casa donde nos espera una buena cena con la que mi hija Sara pueda recuperar fuerzas! Su reanimado cuerpo necesita ahora un buen alimento. ¡Vámonos ya!».

Capítulo 13. Escena entre Jairo y su esposa

1. Jairo cerró tras nosotros la puerta por la que se podía entrar en la cámara de la tumba, y nos acompañó. El pequeño piso del vigilante que le dio la lámpara a Jairo estaba a unos setenta pasos detrás de la escuela.

2. Como la luna creciente iluminaba la noche, el vigilante pronto vio a la pequeña hija de Jairo que andaba alegremente a mi lado vestida con su atuendo blanco. Aterrado preguntó a Jairo: «¿Qué pasa aquí? ¿Qué veo? ¿No es Sara, tu hija muerta? ¿También ha sido esta vez una muerte aparente?».

3. Jairo le respondió: «Sea lo que fuere, no preguntes nada y, si no quieres perder tu trabajo, guarda mutismo total sobre todo lo que has visto. Sin embargo, ¡entérate bien de lo que te voy a decir, piénsalo, entiéndelo y recuérdalo: Para Dios todas las cosas son posibles! Aunque se necesita una gran fe y una viva confianza. ¿Has comprendido?».

4. «¡Sí, reverendísimo señor!».

5. «En el futuro», continuó diciendo Jairo, «no vuelvas a tratarme así y habla conmigo como con un hermano. Como ya no tienes que vigilar ningún cadáver, vete a Cafarnaúm, pero no cuentes a nadie lo que has visto, ni siquiera a mi esposa. Sin embargo, dile que vaya contigo, a ser posible inmediatamente, a la casa de José, el carpintero de Nazaret, porque tengo que decirle cosas muy importantes. Coged un par de mulos fuertes para llegar antes».

6. El vigilante preparó un burro de paso rápido que tenía, y partió sin demora hacia Cafarnaúm para transmitir el mensaje a la esposa de Jairo. La afligida mujer se preparó rápidamente para salir junto con el mensajero. Gracias al buen paso de los mulos llegaron en menos de una hora a Nazaret, a la casa de María, mi madre carnal, que estaba muy contenta por poder disponer nuevamente de la casa de José como suya propia. Cuando la esposa de Jairo entró en la habitación en la que estábamos tomando una buena cena, preparada esta vez por el amigo Boro, vio con sorpresa a Sara que, alegre y contenta, estaba sentada a mi lado comiendo con gran apetito un buen pescado aderezado con sal, aceite y vinagre de vino.

7. La mujer no podía creer lo que estaba viendo y, al poco, se dirigió a Jairo, tocándole el hombro: «Jairo, esposo mío, aquí ha llegado tu afligida esposa, a la que has llamado con un mensajero, por lo visto para hablar cosas importantes con ella. Pero ya veo lo más importante de todas las cosas importantes. ¡Dime, por favor! ¿Estoy soñando o es real? La niña de aspecto maravilloso sentada al lado de Jesús ¿no es la viva imagen de nuestra querida Sara muerta? ¡Oh Jehová! ¿Por qué me has quitado a mi Sara?».

8. Jairo, todo emocionado: «¡Queda tranquila, amada esposa mía! Esta niña no sólo se parece en todo a nuestra querida Sara sino que ¡es ella misma! El Señor Jesús, pleno del Espíritu divino, la ha resucitado una segunda vez tal como lo hizo hace algunas semanas. Que presente tan buen aspecto, debido a la Fuerza divina de Jesús, es inconcebible. Pero no la entretengas ahora que come, pues ya ayunó bastante tiempo».

9. La mujer, pudiendo apenas contener su sorpresa y su alegría, dijo a Jairo: «Entonces dime ahora, hombre sabio de Israel, ¿qué piensas de este Jesús? Cada vez creo con más certeza que, pese a su humilde cuna, es efectivamente el Mesías prometido. Milagros semejantes nunca los hizo profeta alguno y menos aún ningún hombre».

10. «Sí, ¡así es efectivamente!», contestó Jairo. «Sin embargo, Él mismo nos ha pedido que guardáramos silencio absoluto sobre lo sucedido. Porque si esto se difundiese, pronto tendríamos tras nosotros a toda Jerusalén y a toda Roma y lo pasaríamos muy mal, si Él no les opone su Poder divino. Por ello, mujer, ¡permanece callada como una tumba! Sara estará un año bajo su custodia o bajo la de su sabia madre María, precisamente para no denunciar con su presencia al Maestro divino, así como para fortalecer más su salud. Nosotros la visitaremos de vez en cuando. En el fondo ya no tenemos ningún derecho sobre ella. Sólo le hemos dado una vida miserable, enfermiza, debida a un acto carnal realizado sólo para nuestro placer, sin pensar en las consecuencias. Esta hija maravillosa nos fue dada como un regalo que Dios dotó de un alma perfectamente sana, mientras que nosotros sólo le proporcionamos un cuerpo débil y enfermizo. Dos veces murió y se habría perdido totalmente para nosotros en esta Tierra si las dos veces Él no le hubiera devuelto una nueva vida sana.

La pregunta es: ¿Quiénes son más padre y madre suyos, Él o nosotros, dos pobres pecadores?».

11. «Sí, tú eres sabio y conoces la ley y todos los profetas», dijo la madre de Sara. «Por eso siempre tienes razón en todo. Yo ya soy sumamente feliz sabiendo que vive y que tenemos la suerte de poder verla y hablarle de vez en cuando».

12. Jairo: «Callemos ahora pues la cena ha acabado y quizás Él desee decirnos algo».

13. Entonces llamé a Fausto y le dije: «Amigo y hermano, lamento mucho que no puedas pasar hoy la noche en mi casa. Sé que en la tuya te esperan importantes trabajos, así que tengo que dejarte marchar por unos días. Pero ¡vuelve después aquí! Si se habla de Mí, ya sabes lo que tienes que decir».

14. Fausto: «Señor, Tú me conoces mejor que yo mismo. Por eso puedes confiar en mí, pues un auténtico romano no es una vara débil que pueden doblar los vientos. Si yo digo sí, ni la muerte podrá hacerme decir no. Me voy; mi mulo ya está preparado y llegaré en menos de una hora. En tu nombre, mi gran amigo Jesús, podré acabar felizmente la tarea que me espera. Me encomiendo totalmente a tu Amor, Sabiduría y Poder divino». Fausto se despidió con estas palabras y salió con pasos apresurados.

15. En ese momento se acercó la madre de Sara, dándome las gracias con gran arrepentimiento y confesando que era indigna de recibir tal Gracia.

16. Pero Yo, consolándola, dije a Sara: «Hija mía, ¡aquí está tu madre!».

17. Sara se levantó ágilmente saludándola con cariño, pero diciendo al mismo tiempo que se quedaría conmigo porque me amaba tanto que no se separaría de Mí. Entonces la madre y el juez superior de los fariseos, Jairo, su padre, elogiaron a su cariñosa hija, pidiéndole también que no los olvidara por completo. Sara les aseguró de todo corazón que ahora los amaba más que antes. Con esto ambos quedaron contentos, se tranquilizaron y expresaron su amor acariciándola.

Capítulo 14. Diferencias entre el poder humano y el divino

1. Un día se me acercó el griego Filopoldo de Caná, en Samaria, diciéndome: «Señor, llevo ya tres días junto a Ti, pero no consigo hablar contigo ni un momento para decirte todo lo que he puesto en orden según tu Voluntad y para contarte que todos aquellos a los que hablé de Ti después que saliste de Caná, se convirtieron a tu Doctrina. Parece que ahora tienes un momento de reposo y espero que puedas escucharme».

2. «Mi gran y estimado amigo Filopoldo», le contesté, «¿no crees que hace tiempo que te habría preguntado por los acontecimientos de Caná si no supiese cómo están las cosas? Observa cómo me comunico con todos mis hermanos: ¿Cuántas veces les hablo? Durante muchos días no les dirijo ni una sola palabra, pero me comunico internamente con su espíritu a través del corazón. Nadie se queja diciendo: “Señor, ¿por qué no hablas conmigo?”. Repito lo que ya les he dicho a todos: No acepto discípulos para hablar con ellos de cosas absurdas, sino para que oigan mis Enseñanzas y sean testimonios de mis hechos. Pues lo que ellos saben, Yo lo sabía desde hace mucho tiempo, y lo que ellos necesitan saber en particular, lo anuncio a sus corazones en el momento oportuno. Pregúntate a ti mismo: ¿para qué necesitan mis discípulos iniciados la conversación exterior? Ahora también tú eres discípulo mío y por ello debes aceptar la organización de mi escuela.

3. Sin embargo, debo intercambiar palabras exteriormente con otros hombres que no son mis discípulos más allegados, pues sus corazones mundanos no me comprenderían. Aunque también hablo con mis discípulos cuando lo exigen las circunstancias, no por ellos sino a causa de los que no lo son. Dime, ¿lo has comprendido?».

4. Filopoldo: «Sí, mi Señor, tu Misericordia ha hecho que lo comprenda enteramente y te agradezco tan clara explicación. Pero, Señor, veo a esta joven Sara, bellísima como los ángeles del Cielo, y me parece imposible que haya estado muerta y enterrada en la tumba aunque sólo haya sido un minuto. Nunca vi una vitalidad como la suya. Sin embargo, ¡cierto es que Tú la has resucitado de la muerte dos veces! Ahora sí que ardo en deseos de saber cómo has podido hacerlo».

5. Yo le contesté a media voz: ¿Has pensado si en Caná llegaste o no a saber suficientemente quién soy? Si lo sabes, ¿por qué preguntas cómo he podido resucitar a un muerto? ¿Acaso el Sol, la Luna y todas las estrellas, así como esta Tierra, no proceden de Mí y no los he poblado con innumerables criaturas? Y si desde el principio he podido darles la existencia y la vida misma, ¿cómo no voy a poder hacer con una joven lo que puedo hacer, desde la eternidad, con innumerables seres? Pero si lo sabes, y, además, has sido instruido por el ángel, ¿por qué preguntas todavía?

6. Incluso la piedra con la que tropieza tu pie, es mantenida sólo por mi Voluntad. Si la dejara fuera de mi Voluntad, que todo lo crea y mantiene, dejaría de existir en el mismo instante.

7. Puedes triturar la piedra, incluso disolverla mediante el fuego convirtiéndola en polvo tal como enseña el arte de la alquimia. Pero ello sólo es posible, tanto con la piedra como con cualquier otra materia, porque Yo lo permito para bien y provecho de los hombres. Si no lo hiciera, al igual que no puedes levantar una montaña, tampoco podrías alzar del suelo ni el guijarro más pequeño. Cuando tiras una piedra al aire, llegará a una altura determinada según tu fuerza y agilidad; después caerá en seguida de nuevo al suelo. Todo ello sucede según mi Voluntad y mi permiso y sólo hasta un cierto grado en el hay que decir: ¡hasta aquí y no más!

8. Tirar una piedra te muestra sensiblemente hasta dónde llega la fuerza y la voluntad del hombre. Al cabo de unos instantes la débil voluntad humana es recogida por la mía y devuelta al Orden determinado por Mí desde la eternidad, Orden que está medido hasta la partícula más ínfima a través de todo el infinito. Repito: Si todo esto depende únicamente de mi Voluntad, ¿cómo no me iba a ser posible hacer volver a la vida a una niña muerta?

9. Te ruego que me traigas un trozo de madera y una piedra para que te pueda mostrar cómo todo es posible para Mí, gracias a la fuerza del Padre en Mí».

10. Filopoldo trajo rápidamente una piedra y un trozo de madera medio podrida. Yo, a media voz, le dije: «Mira, levanto la piedra y la suspendo libremente en el aire sin que se caiga. ¡Trata de moverla!».

Filopoldo lo intentó pero la piedra no se movió del sitio.

11. «Ahora permitiré que puedas moverla como quieras. Pero tan pronto la sueltes, volverá a su sitio anterior y, tras vibrar un poco o de manera repentina, volverá a quedar fija en este lugar».

12. Filopoldo: «Señor, ¡no hagas la prueba! Me basta tu Palabra santa».

13. «Bueno. Ahora quiero que la piedra desaparezca y que esta madera reverdezca produciendo hojas, flores y frutos según su especie». La piedra desapareció al instante y la vieja madera, que procedía de una higuera, empezó a florecer echando hojas verdes e higos maduros.

14. Las personas que nos rodeaban empezaron a fijarse en nosotros. La mayoría de mis discípulos estaban ya dormidos. Jairo y su mujer no se hartaban de colmar de caricias a su hija. Yo y Filopoldo habíamos hecho nuestros experimentos en una pequeña mesa algo apartada, bajo la luz de una débil lámpara. Así que la mayoría de la gente no se preocupó de nosotros hasta que Filopoldo expresó su sorpresa más vehementemente, llamando así la atención de la multitud. Sin embargo, Yo les recomendé tranquilidad, y pronto se calmó todo.

15. Entonces mandé a la piedra que volviera a aparecer y, efectivamente, volvió a estar en la mesa. Dejé la rama con los higos para que Sara pudiera comérselos a la mañana siguiente.

16. Pregunté a Filopoldo si ahora lo tenía todo más claro. Se inclinó humildemente diciendo: «Señor, ¡ahora estoy totalmente en casa!».

17. «Pues bien», le dije, «vayamos entonces a descansar».

Capítulo 15. Testimonio de Filopoldo sobre la Divinidad de Jesús

1. Filopoldo se fue a acostar, pero no pudo conciliar el sueño porque los sucesos del día le habían impresionado mucho. Además, las camas no eran buenas porque los inquilinos a quienes los fariseos habían arrendado la casa se llevaron casi todas las cosas al marcharse, dejándola literalmente vacía. Aunque mientras Yo resucitaba a Sara, Boro, mis hermanos y muchos otros discípulos estuvieron muy ocupados volviendo a equipar la casa con camas, mesas, bancos y utensilios de cocina en cantidad suficiente, no había sido posible procurarse en tan poco tiempo todo lo necesario para varios centenares de personas, muchas de las cuales se habían acomodado tanto al aire libre como en otras casas.

2. Debido a ello Yo mismo pasé la noche en un banco con algo de paja debajo de la cabeza, y Filopoldo en el suelo y sin paja. Por eso él fue uno de los primeros en levantarse. Cuando Jairo, que con su esposa y su hija Sara había dispuesto de un lecho de paja bastante cómodo, le preguntó cómo había podido descansar sobre el duro suelo, Filopoldo le contestó:

3. «Como me lo ha permitido el suelo. Todo depende de cómo te acostumbras. Seguro que al cabo de un año el cuerpo se habrá familiarizado con él más que en una sola noche».

4. Jairo: «¿Por qué no me has dicho nada? ¡Teníamos paja en cantidad suficiente!».

5. «¡Fíjate en el Señor», contestó Fausto, «al que obedecen los Cielos y todos los mundos y cuya Voluntad acatan todos los ángeles! Su lecho no ha sido mejor que el mío».

6. Jairo, que todavía conservaba una buena proporción de fariseísmo, le contestó: «Amigo, ¿no te pasas un poco en lo que dices? Ciertamente no se puede negar que Jesús está lleno del Espíritu divino, más que cualquiera de los profetas antiguos, pues sus hechos sobrepasan en mucho las obras de Moisés, de Elías y de todos los demás profetas, grandes y pequeños. Pero afirmar que en Él está presente toda la plenitud de la Divinidad, me parece un gran atrevimiento. Los profetas, mediante el Espíritu divino que habitaba en ellos, también resucitaron muertos. Sin embargo, nunca se atrevieron a atribuirse los resultados a sí mismos sino sólo a Dios. De lo contrario, se habrían cargado con una gran culpa contra Dios, que les habría quitado la fuerza del espíritu. Pero Jesús todo lo hace como Señor de su misma Fuerza y Voluntad, y parece que sólo es eso lo que habla a favor de tu atrevida suposición. En cierto sentido pienso como tú, pero ¡con mucha cautela! También podría ser una prueba que nos mandan desde arriba para que nos demos cuenta si verdaderamente creemos en un Dios único. Si la plenitud de la Divinidad habita realmente en Jesús, entonces tendremos que aceptar su testimonio como eternamente verdadero en cualquier circunstancia. ¿Qué piensas sobre esto?».

7. Filopoldo: «Estoy totalmente convencido de lo último que has dicho y creo que su testimonio acerca de la plenitud de la Divinidad que habita en Él, es absolutamente verdadero. ¡Es Él mismo y ningún otro!

8. Es difícil de explicar este asunto, especialmente en estos tiempos nuestros tan milagrosos en los que se oye decir aquí y allá: “He visto unos magos que han hecho milagros extraordinarios, sin olvidar que los antiguos profetas también resucitaron muertos; uno de estos magos incluso envolvió un montón de huesos con carne y le dio vida. Por ello, los milagros no son ni mucho menos una demostración que el milagrero sea un dios al que debamos adorar”.

9. Sin embargo, con Jesús, el Señor, es completamente distinto. Todos los profetas tenían que rezar y ayunar previamente antes que Dios los considerase dignos de hacer milagros. Los magos necesitan una vara mágica y numerosos signos y fórmulas, además de ungüentos, aceites, aguas, metales, piedras, hierbas y raíces cuyas fuerzas ocultas conocen y aplican en sus actuaciones. Pero no hemos visto que Jesús, el Señor, necesite nada de esto. Nada de oraciones ni de ayunos, al menos durante el poco tiempo que tengo la gracia de conocerle. ¡Y mucho menos todavía varita u otros remedios mágicos!

10. Además, todos y cada uno de los profetas siempre han hablado y escrito en un lenguaje secreto de imágenes, y quién no era de su escuela no podía entenderlos. Aunque sea griego, vuestra escritura no me es desconocida; también conozco a Moisés y a todos vuestros profetas. Quien los sepa comprender cabalmente, en verdad tiene que descender de padres muy especiales.

11. Sin embargo Jesús explica las cosas más ocultas con tal claridad que incluso las puede entender un niño. Explicó la creación de tal manera que hasta yo me creí casi capaz de crear un mundo. ¿Dónde está el profeta o maestro de magos que tenga un lenguaje como el de Jesús?

12. ¿Quién puede entender ni una palabra de lo que el mago dice durante sus actuaciones? Su lenguaje es totalmente impenetrable y, aunque en los sermones de los profetas se ve algo de luz de vez en cuando, casi nadie se entera tampoco totalmente de lo que dicen. Pero lo que Jesús habla es claro como el día mismo; todo es Sabiduría divina, lisa y llana para que la comprenda cualquiera. Y lo que Él quiere, se cumple en un instante.

13. Pasando todo esto con Jesús, no veo razón alguna para dudar que Él sea verdaderamente el Señor del Cielo y de la Tierra al que quiero amar y honrar sobre todas las cosas.

14. ¡Mira sobre la mesa! La rama fresca de la higuera y sus frutos maduros son una demostración viva que Él me hizo ayer, cuando, mientras vosotros dormíais, le pregunté cómo era posible para Él resucitar a un muerto. Me mandó traer una rama seca y le llevé lo que pude encontrar en la oscuridad de la noche. Ni siquiera tocó la madera podrida sino que sólo le dio la orden, y la rama empezó a brotar y florecer: ahí tienes los frutos maduros. ¡Cógelos y dáselos a la querida Sara, que le gustarán mucho!».

Capítulo 16. El Señor se presenta en la sinagoga (Mt 13, 54)

1. Jairo, cuando vio que Sara se despabilaba, la despertó del todo ofreciéndole la rama cargada de higos. La niña se alegró mucho y no tardó en comerse los frutos dulces como la miel. También Yo me desperté y me levanté del banco.

2. Sara fue la primera que me dio cariñosamente los buenos días y le pregunté si le habían gustado los higos. Ella con mucha alegría: «¡Oh, Señor, estaban muy ricos y dulces como la miel! Filopoldo, tu amigo, me los dio en tu nombre y me los comí todos. ¡Seguramente los has traído para mí!».

3. «Mi querida Sara, sí, para ti», le confirmé. «Pues tú fuiste la causa por la que ayer noche tuve que reavivar una rama podrida de higuera para que produjera otra vez buenos frutos y poder demostrar así al amigo Filopoldo cómo resucito a los muertos. Has hecho bien en comértelos, pues fortalecerán tu salud. Pero vámonos fuera hasta que recojan y limpien las habitaciones y podamos desayunar. Después nos ocuparemos de las tareas del día».

4. Todos salieron conmigo al aire libre, regocijándose de la maravillosa mañana, clara como el cristal.

5. Jairo se acercó a Mí, diciendo: «Señor, no puedo dejar de agradecértelo infinitamente. Antes de volver a dejarme tentar para actuar contra Ti, abandonaré mi trabajo y te seguiré como un fiel aprendiz de tu sagrada enseñanza. Que Filopoldo sea mi amigo toda la vida, pues a él tengo que agradecerle haberme aclarado sobre Ti. Aunque sea griego, conoce nuestra escritura mucho mejor que yo y todos los escribas de Judea, Galilea, Samaria y Palestina. En resumen, ahora lo sé todo sobre Ti y todo es efectivamente tal como siempre lo pensé para mis adentros. Pero tengo que partir ya para Cafarnaúm donde me esperan mis ocupaciones. Mientras tanto te encomiendo a mi esposa y mi hija Sara por el tiempo que creas conveniente, pues ni en el Cielo estarán mejor protegidas. Si puedo, volveré por la tarde con Fausto y Cornelio, quizás también con el anciano Cirenio que llegará probablemente hoy a Cafarnaúm. Así que me encomiendo a tu Amor, Paciencia y Misericordia». Con esto se despidió de su esposa y de su amada Sara, pidiendo que le trajeran sus mulos más rápidos para elegir entre ellos el más fuerte y salir a toda prisa.

6. Entonces los reuní a todos para ir a las habitaciones ordenadas y limpias donde Boro nos había preparado un buen desayuno.

7. Una vez acabado el desayuno, Boro se acercó a Mí apartándome un poco para decirme algo en secreto: «¡Mi más amado amigo! Sé que Tú seguramente conoces hace tiempo lo que quiero hablar contigo confidencialmente. Entre tus discípulos hay algunos que, a mi parecer, no tienen por qué saber lo que vamos a hablar entre nosotros. Por eso te he pedido que te apartaras un poco».

8. «No es necesario», le respondí, «pues lo que tú me quieres contar, ya lo he comunicado de forma explícita a los discípulos en Kis y he expresado claramente mi conocimiento de ello. Todo lo saben, por lo que no hace falta guardarlo en secreto».

9. «¡Bien, si es así, te hablaré abiertamente!».

10. Así que volvimos a reunirnos con los demás y Yo le dije a Boro: «Amigo mío, lo que me quieres decir lo sé y también lo saben todos los discípulos. Por lo tanto demos el asunto por zanjado. Tú, griego, que profesas libremente el judaísmo pero que no estás sometido a la ley judía, puedes hablar fácilmente con los fariseos. Si fueses un verdadero judío por la circuncisión y la ley, tendrías que cuidar mucho tus palabras. Así que has hablado bien y podemos dar el asunto por terminado. Pero ahora llévame a la sinagoga de Nazaret para que pueda enseñar al pueblo a fin que comprenda en qué tiempo vivimos» (Mt 13,54).

11. En esto, mi madre María me preguntó si pensaba volver a casa a medio día.

12. «¡No te preocupes si vengo o no! Basta con que Yo cargue con todas las preocupaciones. Por la tarde sí que volveré».

13. Sara me preguntó si podía acompañarme a la sinagoga.

14. «Bueno, puedes venir», le contesté, «aunque según la ley la mujer no debe entrar en la sinagoga acompañada por un hombre. Pero de ahora en adelante todo ha de cambiar, porque la mujer tiene el mismo derecho que el hombre a recibir mi Amor y mi Gracia que procede de Dios, nuestro Padre, a través de Mí. Por lo tanto, ven conmigo tranquila y alegremente confiada, para que puedas comprender bien en qué tiempo estamos viviendo. Pero mantente a mi lado, podrás servirme de testigo convincente. Quédate también con el sudario, que me servirá para el mismo propósito. ¡Vayamos pues!».

15. Dicho esto, nos fuimos inmediatamente a la sinagoga.

Capítulo 17. El Señor explica un texto de Isaías

1. Cuando entramos en la escuela, unos diez ancianos de Nazaret y algunos fariseos y escribas estaban sentados alrededor de una gran mesa , discutiendo sobre los versos de Isaías que uno había leído y que decían (Isaías 1, 16—24): «“¡Lavaos, limpiaos, quitad de mis ojos la iniquidad de vuestras acciones! ¡Dejad de hacer el mal! ¡Aprended a hacer el bien, buscad lo justo, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano y amparad a la viuda! Venid y entendámonos”, dice luego Yavé, “aunque vuestros pecados fueran rojos como la grana, como la nieve serán blanqueados. Aunque fuesen granates como la púrpura, vendrán a ser como la lana. Si oís y queréis, comeréis el bien de la Tierra. Si os rebeláis y no queréis, seréis devorados por la espada; os lo dice la boca de Yavé”.

Y: “¿Cómo te has vuelto ramera, oh Sión, ciudad fiel? Llena estaba de justicia, antes moraban en ti la equidad, más ahora los asesinos. Tu plata se ha vuelto escorias, tu vino mezclado está con agua. Tus príncipes, prevaricadores y compañeros de ladrones. Todos aman el soborno y van tras los presentes. No hacen justicia al huérfano, ni la llega a ellos causa de la viuda. Por tanto el Señor, Yavé Sebaot, el Fuerte de Israel, proclama: ¡Me vengaré de mis adversarios, tomaré revancha de mis enemigos!”».

Y estuvieron discutiendo sobre el sentido de estos versículos sin llegar a conclusión clara.

2. Entonces me acerqué a ellos: «¿Cómo podéis deliberar sobre cosas que son en verdad tan claras como el día? ¡Mirad vuestros huérfanos y vuestras viudas! ¿Cómo les va? En lugar de cuidar de ellos, les quitáis lo que tienen. Y vendéis como esclavos los pobres huérfanos a los paganos, tal como hubierais hecho hace unos días si el aduanero Kisiona no os lo hubiese impedido enérgicamente.

3. Bien dice el Señor: “Aunque vuestros pecados fueran rojos como la grana, como la nieve serán blanqueados. Aunque fuesen granates como la púrpura, vendrán a ser como la lana”.

Pero Yo pregunto ¿cuándo y cómo? ¿Qué hay de vosotros y de la ciudad fiel, la “Ciudad de Yavé”? ¿Cuántos cruentos pecados que claman al Cielo se han cometido y se siguen cometiendo en ella?

4. “¡Lavaos, limpiaos, quitad de mis ojos la iniquidad de vuestras acciones!”, dijo Yavé a través de boca profética. Aunque lavéis vuestro cuerpo siete veces al día, aunque lavéis vuestros vestidos y aunque blanqueéis las tumbas de vuestros muertos dos a tres veces al año, vuestros corazones permanecen obstinadamente llenos de inmundicia. Por eso sois como vuestras tumbas blanqueadas, por fuera limpias y hermosamente adornadas, pero por dentro malolientes, llenas de pestilencia y de huesos de muertos.

5. El profeta habló de la purificación de vuestros corazones advirtiéndoos que quitarais el pecado del ojo de Dios, que todo lo ve. Pero nunca habéis entendido el sentido verdadero; limpiáis sólo la piel de vuestro cuerpo dejando que vuestro corazón se hunda en la inmundicia del infierno. ¡Ay, engendros del abismo! ¿Quién os enseñó todo eso?

6. Aunque digáis: “Hasta ahora, según a la ley de Moisés y de Aarón, el chivo expiatorio carga cada año con todos los pecados de Israel, y luego es sacrificado y arrojado al Jordán” (Lev 16). ¡Os digo que sois ciegos! ¿De qué puede servir un chivo expiatorio si vosotros seguís pecando sin enmendar vuestros corazones?

7. El chivo no es sino un símbolo del que tendríais que haber aprendido que sólo representa vuestras apetencias y afanes mundanos: la soberbia, terca y maloliente como el chivo; vuestra fornicación e inmundicia en todo; vuestra avaricia y vuestra envidia. Acabando con el emisario tendríais que haber acabado para siempre con el chivo que hay en vuestro corazón. Así habríais cumplido el mandamiento de Moisés y de Aarón y os habríais asegurado infaliblemente su bendición. Sin embargo, matáis los chivos sin sacar provecho ninguno de ello, porque vuestros corazones pecaminosos no cambian. Por eso, Yavé os ha advertido y os seguirá advirtiendo hasta que vuestra medida se colme.

8. Son ahora los gentiles quienes tienen que hacer justicia al pueblo cuidando sus viudas y sus huérfanos. Así se ha confirmado lo que dice el profeta: “Me consolaré por los enemigos que son los paganos, y me vengaré a través de ellos”. ¿Dónde fueron vuestro poder y fuerza? Un reducido grupo de paganos domina hoy el pueblo de Dios antaño tan poderoso. ¡Qué vergüenza e ignominia! Los hijos de la serpiente son más sabios y justos que vosotros, hijos de la Luz.

9. Por eso sucederá en breve que esta tierra santa pasará a manos de los paganos y vosotros no tendréis ni tierra ni rey; habréis por el contrario de servir como esclavos a tiranos extranjeros, vuestras nobles hijas cohabitarán con los paganos y sus siervos, y el fruto de su vientre será odiado como ralea de sierpes y víboras.

10. Discutís las palabras que el profeta escribió para vuestro corazón, y debatís sobre cómo hacer más brillante las ceremonias del necio lavado y limpieza de vuestros cuerpos, vestidos y tumbas, para recaudar más ofrendas. Y perdidos en eso no os dais cuenta de lo que verdaderamente alegra a Dios. ¡Ay de vosotros, esclavos del diablo! A él es a quien servís con vuestras ceremonias y él, tal como os merecéis, os dará vuestra recompensa en el infierno.

11. El cuerpo se limpia cuando lo necesita, incluso una, dos o tres veces al día; y se lavan las ropas cuando están sucias; así lo mandó Moisés para la salud corporal. Y también por ello se cubren las tumbas con adobe, blanqueándolas con una o varias manos de cal cuando están secos, evitando así que se produzcan grietas a través de las cuales pueden salir al exterior, especialmente durante los primeros años de la descomposición, los vapores nocivos que causan múltiples enfermedades tanto a personas, como a animales y plantas.

12. Estas son las razones, totalmente obvias, por las que se blanquean las tumbas ¿Cómo es posible que hayáis convertido semejante trabajo en una ceremonia religiosa? ¡Ay de vosotros, necios! ¿De qué le servirá todo ello al alma del muerto?».

Capítulo 18. La naturaleza de Dios y su verdadera adoración

1. Continuó el Señor: «Cuando el hombre muere, su alma sale del cuerpo y va, como cuerpo íntegro, etéreo y libre, a un lugar que corresponde totalmente a su modo de vivir, donde sólo su libre albedrío y su amor le servirán de ayuda. Si la voluntad y el amor son buenos, también será bueno el destino que el alma se preparará mediante la Fuerza y el Poder de Dios en ella. Pero si su voluntad y amor son malos, sus frutos o sus obras también lo serán, de manera parecida a como en la Tierra un árbol malo no puede dar frutos buenos ni uno bueno darlos malos. Adornad un zarzal con oro y piedras preciosas y ved si por ello da uvas. Y si cubrís una cepa con oro, tampoco las uvas que os dé serán por eso ni mejores ni más dulces.

2. ¡Preguntaos a vosotros mismos de qué les sirve a las almas de los muertos que se blanqueen sepulturas en las que no hay sino huesos podridos y olores pestilentes!

3. ¿Creéis seriamente que Dios es tan necio e insensato que quiere que le sirvan con la materia y con la pompa vana de la materia?

4. Yo os digo que Dios es espíritu y que quienes deseen servirle deben hacerlo con el espíritu y la verdad plena y viva de sus corazones, pero no en la materia y con la materia, que no es sino la Voluntad del Padre omnipotente coagulada por cierto tiempo.

5. ¿Qué le diríais a un hombre que llega pidiendo una recompensa por haber destrozado vuestra siembra, creyendo firmemente que os ha prestado un buen servicio?

El Padre os dirá en el Más Allá lo mismo que vosotros le diríais a semejante necio atrevido. Tendréis que alejaros de Él y seréis arrojados a las tinieblas donde vuestra recompensa será el llanto y el crujir de dientes.

6. La primera prueba de cómo os preocupáis por las viudas es mi madre María a la que le habéis quitado todo, como a muchas otras a las que habéis tratado y seguís tratando igualmente mal.

7. ¿No clama al Cielo que las mujeres judías tengan que defender sus derechos acudiendo a los paganos, y que estos los defiendan efectivamente? ¿No disfrutará grandemente Satanás con el hecho de que sus hijos superen grandemente en derecho y justicia a los hijos de Dios? Cierto es que más adelante los hijos del mundo también se volverán hijos de Dios, pero vosotros siempre seguiréis siendo hijos de aquel a quien habéis servido fielmente.

8. Ya que estáis leyendo a Isaías, ¿no habéis encontrado la siguiente cita:

9. “Disfruto con la misericordia pero no me agradan los holocaustos”, y también: “Este pueblo me alaba con los labios, pero su corazón está lejos de Mí”?

10. Si afirmáis: “Es lo que dijo Dios por boca de los profetas”, ¿cuál es el respeto que le manifestáis dando siempre prioridad a vuestras vanas reglamentaciones y utilizándolas para vuestro provecho mundano, en vez de cumplir sus mandamientos, los cuales pisoteáis con los pies? ¡Ay malvados, siervos eternos de Satanás! ¿Cómo resistiréis el juicio divino? En verdad, mejor les irá los sodomitas que a vosotros. Pues si entonces hubiera habido los signos que han sucedido ante vosotros, habrían hecho penitencia con sacos y cenizas y Dios no los habría castigado con el fuego que les envió desde el cielo. ¡Ay de vosotros! El tiempo se aproxima, y os sucederá lo que he profetizado».

Capítulo 19. Insolencia y desorientación de los fariseos, espiritualmente ciegos

1. Los ancianos, los fariseos y los escribas se levantaron muy enojados, diciendo: «¿Cómo te atreves, imprudente, a discutir con nosotros? ¿Qué signos han sucedido aquí?».

2. Puse ante todos estos doctos y sabihondos a Sara, a la que todos conocían bien, y les pregunté: «¿Conocéis a esta joven y sabéis lo que le ha pasado por segunda vez?».

3. Todos quedaron atónitos, extrañándose sobremanera y murmurando entre sí: «¡Oh Cielos! ¿No es esta la hija del superior de los fariseos “vivita y coleando”? ¿Quién le ha devuelto a la vida y cómo ha sucedido? Si efectivamente ha sido Él quien la ha resucitado, entonces ya es la segunda vez. ¿Qué podemos a hacer? Parece ser que Jairo está con Él, si no, no le habría confiado su amada hija. O ¿acaso no sabe nada de esto y nosotros debemos informarle? ¿Quizá este hijo de José la ha resucitado en secreto y quiere devolvérsela a Jairo en la próxima ocasión que se presente? ¡Este asunto es demasiado sospechoso! ¡Pero ella es efectivamente; sin ninguna duda! Sin embargo, estuvimos todos en su entierro, igual que antes cuando murió en Cafarnaúm. ¿Qué podemos hacer si este dios—hombre realiza cosas inauditas como esta, con un arte o poder que desconocemos?». Aquí se callaron.

4. Pero Yo les reprendí: «¿Qué dice ahora vuestro corazón malvado? ¿Acaso esta señal no es suficiente para confirmar la verdad de lo que os he dicho?».

5. «No somos ni médicos ni boticarios», contestaron los ancianos, «que saben investigar las fuerzas de la naturaleza para utilizarlas en su arte; ni tampoco estamos familiarizados con la magia, gran pecado ante Dios, que sólo se puede aprender del diablo. Por eso desconocemos con qué arte o poder la has resucitado. Está claro que tales signos no confundirán nuestra fe en Moisés y en los profetas ni la interpretación de las escrituras que hace el Templo, aprobada bajo juramento en nombre del Cielo. Actualmente hay varios magos, algunos procedentes de Oriente y otros de Egipto, que realizan prodigios y cosas milagrosas que ningún judío entiende, ni tampoco quiere ni debe entender, porque todos ellos proceden del diablo. Con esto está dicho claramente que tus señales, cuya causa es la magia, no tienen ningún valor para nosotros porque sólo nos dicen que tú las sabes hacer con éxito y que eres un maestro perfecto en tal arte. Pero que a causa de tus milagros tengamos que aceptar tu enseñanza, la cual nos repugna, ¡ni hablar! Un médico no es sacerdote y menos aún profeta. Y Tú mucho menos todavía, porque te conocemos, y a tu padre, desde hace casi treinta años. ¡Así que procura irte de aquí cuanto antes, junto con los holgazanes que te acompañan, para que no tengamos que echaros a la fuerza!».

6. Sara intervino preocupada: «Señor, te ruego que dejes a estos malvados. Son más tercos que las piedras, más negros que la noche misma y más inexorables que un abismo. Me has devuelto dos veces la vida y para estos miserables eso no es nada. Lo consideran un acto de magia que ofende a Dios y, en su gran ceguera, incluso se atreven a expulsarte de la escuela. ¡Señor, esto es demasiado! ¡Vámonos, vámonos! Cuando estoy cerca de estos miserables me parece que son el diablo mismo».

7. «Mi querida Sara», le contesté, «¡tranquilízate! Nos quedaremos aquí tanto como Yo quiera, pues Yo soy el Señor. ¿No se llaman “señores” los poderosos de la Tierra pese al poco poder que tienen? Yo tengo todo el Poder sobre el Cielo, el infierno y toda la Tierra; por eso soy Señor y Amo y nadie puede ordenarme nada. Lo que Yo hago, lo hago con toda libertad».

8. Al escuchar esto, los ancianos se rasgaron las vestiduras gritando: «¡Fuera de aquí, fuera! Hemos escuchado claramente como blasfemas. Tus obras las realizas con ayuda de Belcebú, queriendo apartar de Moisés y de Dios a los pueblos mediante tus enseñanzas. ¡No nos queda otro remedio que echarte de aquí a pedradas!».

Capítulo 20. Temor de los del Templo ante el juicio de Roma

1. En todas las escuelas y sinagogas, también en el Templo, había piedras para este fin, así que también las había en la sinagoga de Nazaret. Los ancianos, los fariseos y los escribas del lugar, enfurecidos a causa de su ceguera, echaron mano de ellas para lanzarlas contra Mí. Inmediatamente todos los discípulos se levantaron amenazándolos. Ellos, a su vez, empezaron a gritar, dispuestos a tirármelas. En ese momento entraron en la gran sala Fausto, Cornelio, Jairo y el anciano Cirenio.

2. Cuando los energúmenos vieron entrar a estos señores a quienes respetaban mucho y a los que conocían muy bien, no tardaron en abandonar sus instrumentos de castigo, saludándolos con profundas reverencias.

3. Jairo corrió hacia Mí y hacia Sara y, abrazándome, dijo a Cirenio en voz alta: «¡Aquí está Él, el gran Hombre de los hombres, y aquí mi amada hija Sara a la que ha resucitado de la muerte por segunda vez!».

4. En esto, se acercó el anciano Cirenio y con lágrimas en los ojos exclamó: «¡Oh, mi Dios y Señor! Yo, pobre hombre débil, no tengo palabras para agradecerte tanta merced como me has hecho. ¡Qué feliz soy por poder verte una vez más, Tú, mi venerable amigo! Desde hace más de veinte años no he vuelto a saber nada de Ti, pese a que cada día pensaba en Ti y pese a que preguntaba por Ti muchas veces.

5. ¡Si supieras qué tristeza me abrumó hace pocos días, cuando el emperador me exigió seriamente los malditos dineros de la contribución procedentes del Ponto y de Asia Menor, que yo ignoraba dónde habían ido a parar! ¡Y qué alegría tan inmensa hace unos tres días, cuando mis fieles amigos Fausto y Cornelio me enviaron no sólo los impuestos perdidos sino una cantidad todavía mayor de tesoros en oro, plata, perlas y piedras preciosas, y todo ello gracias a tu santa providencia!

6. Dime, por favor, mi venerable amigo Jesús, qué debo hacer para pagarte sólo un poco de esta inmensa deuda mía. Si quisieras aceptar mi corona de gobernador, ¡con qué gran alegría y reverencia la colocaría ante tus sagrados pies!

7. Señor, como Tú seguramente sabes, es totalmente cierto que no me interesan en absoluto los vanos tesoros del mundo. Si todo lo que ya he ido enviando a Roma fuese mío, se habría podido ayudar a muchos miles de pobres. Pero todo era para el emperador y yo estaba obligado a hacérselo llegar. ¿Cómo me habría sido posible sin Ti y, después, sin mi querido amigo Fausto y el hermano Cornelio? ¡Qué carga tan pesada me habéis quitado de encima! Ahora se trata de corresponder en todo lo que pueda. ¡Habla y dime Tú, amigo santo de los hombres, qué es lo que debo hacer!».

8. Al escuchar el brillante discurso que Cirenio me dirigió, los que antes querían apedrearme, se pusieron blancos como la pared y empezaron a temblar como si les hubiese entrado una gran fiebre. Pues creían que me vengaría de ellos acusándoles ante Cirenio, a quien temían más que a la muerte porque no solía andarse con bromas. Como se sabe, los jueces romanos eran siempre muy severos en la ejecución de las órdenes y sentencias que dictaban, por lo que los judíos los temían enormemente, en particular estos ancianos, fariseos y escribas de Nazaret, algunos de los cuales conocían el robo de los impuestos romanos.

9. Pero Yo contesté con gran amabilidad a Cirenio: «¿Crees acaso que el varón haya olvidado lo que tú hiciste por él siendo niño, cuando tuvo que abandonar Belén para ir a Egipto huyendo de Herodes? Pues no, Yo ahora soy adulto, pero me acuerdo perfectamente de todo lo que por Mí hiciste sin interés alguno, porque me amabas. ¿Cómo voy a pedirte recompensa ninguna? ¡Ni hablar! Pero ya que gobiernas Asia como representante del emperador, manda a estos rebeldes siervos de Satanás y no de Dios, que guarden silencio completo sobre todo lo que he hecho aquí. Si no lo hacen, serán escarmentados duramente. Pues todo aquel que levante una piedra contra su prójimo, recibirá el castigo correspondiente».

10. «¿Es verdad», preguntó Cirenio, «que estos miserables han tenido la osadía de levantar piedras contra ti?».

11. Contestó Sara: «¡Sí, sí, gran Cirenio! Estos miserables han querido lapidar al Señor por haberles dicho la verdad. Afirman que son “servidores de Dios”, pero en realidad son unos grandísimos ateos. Sólo cumplen sus propias disposiciones egoístas y tiránicas mediante infames actos de violencia, a los que pretenden dar carácter divino.

12. A quien no se deja engañar por esa apariencia ficticia, le ciegan a la fuerza, quitándole toda libertad. Basta leer a Moisés y a los profetas para encontrar fácilmente lo que yo ya encontré hace tiempo, cuando apenas era una niña de dieciséis años. Verdaderamente, el mayor enemigo de todos estos es quien sigue a Moisés y a los profetas. Le condenan a diario, como a los samaritanos, fieles seguidores de Moisés y discípulos de los profetas que, por ello, no reciben sino el odio del Templo, de manera que su nombre en boca de un judío es la mayor maldición.

13. Pero esta joven muchacha pregunta: ¿así es la palabra de Dios y eso es servir a Dios? Jesús les ha demostrado claramente que eso sólo pueden ser palabras del infierno y un servicio como sólo lo puede exigir Satanás. Quisieron lapidarle por haber dicho la verdad ante el pueblo, temiendo que, finalmente, sus abundantes ingresos pudieran menguar.

14. ¡Oh, noble Señor! Estuve dos veces en el otro mundo y sé lo que ha visto mi alma. Vi a Moisés y a todos los profetas buenos. Tenían la paz; su gran alegría es el tiempo al que llaman “el Gran Día del Señor”. Pero no vi ni un solo fariseo ni un sólo escriba entre los santos de Israel. Así que pregunté dónde estaban.

15. Apareció un ángel luminoso y me invitó a seguirle. Lo hice. Pronto nos encontramos en un lugar horriblemente oscuro como noche tormentosa. En la lejanía había un lugar ardiente y el ángel me dijo: “Mira, allí está el lugar detestable donde habitan los que has mencionado”. Cuando dirigí mis ojos hacia él no vi sino diablos y pregunté al ángel: “¡Mensajero del Señor! Sólo veo a diablos, nada más. ¿Dónde están los que busco?”. El ángel contestó: “Son los mismos que ves”.

16. Me asusté mucho y me acordé de mi padre, superior de los fariseos; pero el ángel vio la causa de mi susto y dijo: “¡No te preocupes! Tu padre hallará el camino recto y tú le servirás de guía en la Tierra”.

17. Esto lo vi y lo oí, y por tal razón no lo sé de segunda mano sino por experiencia propia. No necesito aprender nada de estos servidores estúpidos y malvados de Satanás. Vi y aprendí la verdad única y por tal motivo soy testigo de la Verdad eterna, enseñada por Jesús, soy testigo de que todo lo que dicen y enseñan estos malvados maestros es una pura mentira.

¡He dicho!».

Capítulo 21. Cirenio y los del Templo

1. Dijo Cirenio: «Habéis oído la acusación que presenta contra vosotros una mujer resucitada de la muerte, más grave que la de no importa qué robo o asesinato. ¿Qué debo hacer ahora? ¡Crucificaros sería demasiado poco! Azotaros todo el día y ejecutaros a continuación, no sería bastante. ¡Ya sé lo que haré con vosotros; podéis daros por contentos!». Ante estas palabras, todos palidecieron de terror y empezaron a llorar implorando clemencia.

2. Sin embargo Cirenio me preguntó secretamente si, además de ordenarles que mantuvieran silencio total sobre todo lo que había ocurrido, debía castigarles en serio.

3. «Sólo que guarden silencio», le dije, «y una seria amonestación; si no la cumplen, habrán de sufrir las consecuencias sin consideración alguna. Después déjalos marchar».

4. Cirenio ordenó silencio: «¡Escuchadme malvados! Precisamente a este, a quien queríais apedrear por haberos dicho la verdad, es a quien debéis agradecer que no os expulse al desierto y os castigue sentándoos con los ojos vendados sobre las rocas que hay junto a los barrancos. Pero si tan sólo uno de vosotros se atreve a divulgar una palabra de lo que ha sucedido aquí en la escuela, ya sea oralmente, por escrito o incluso con gestos, mímica o señales manuales, a ese se le aplicará sin piedad el más severo de los castigos.

5. También seréis castigados si llego a saber que oprimís al pueblo con extorsiones ilegítimas o que, debido a vuestras ordenanzas egoístas y malvadas, perseguís la Verdad divina. ¡Instruid al pueblo sobre Dios, sus leyes y el cumplimiento de las mismas, y se os respetará como a este Hombre divino, Jesús! Él no explica a la gente, a quienes vosotros habéis llevado a la confusión más profunda, una ley nueva sino la doctrina ancestral sobre Dios, de manera sencilla y verdadera. Pues Él es en espíritu Aquel que, según vuestra doctrina, dio las leyes a Moisés en el monte Sinaí hace casi mil años. Yo lo comprendo perfectamente pese a que soy un pagano declarado según decís; pero vosotros no queréis entenderlo. Así que ¡guardaos de perseguir a este Santo! Pues tal persecución os costará la vida por partida doble, aquí físicamente y en el Más Allá espiritualmente. ¿Me habéis entendido?».

6. Contestaron todos los concernidos: «Sí, noble señor, haremos todo lo que nos pides. Pero tú sabes que somos hombres con muchas debilidades y no dioses. Por eso, si en algún momento alguien quebrantara tus mandatos y puesto que tú también eres sólo un hombre, te rogamos que nos hagas justicia humanamente».

7. Cirenio: «Los comerciantes y tenderos griegos suelen llegar a arreglos negociando mutuamente, pero los romanos nunca. Debéis tenerlo en cuenta y actuar de acuerdo con ello. Así no precisaréis indulgencia alguna. Los hombres se fortalecen y se convierten en campeones del orden sólo mediante leyes tajantes e inexorables. El afán por cumplir los reglamentos, consigue su unanimidad.

8. Si el soldado no recibiese órdenes estrictas e implacables, se convertiría en un cobarde y el enemigo lo pasaría con lo que a la hora de perseguir, luchar y vencer al enemigo, en la hipotética defensa de la patria habría gato encerrado. Pero si una ley férrea le dicta lo que tiene que hacer con el enemigo so pena de vida o muerte, indudablemente lo cumplirá, pues de lo contrario, su recompensa sería la ejecución. Sin embargo, mientras cumpla las órdenes, puede salir ileso de la batalla como vencedor y como héroe laureado.

9. Una regla estricta de Roma dice que una ley tajante hace que los hombres se vuelvan rigurosos y ordenados. Por eso no permitimos la menor negociación con nosotros, pues cada cual está ante la ley sin consideración a su rango. Ahora conocéis mi opinión sobre las leyes. ¡Actuad conforme a ello y seréis libres legítimamente! De lo contrario la ley, precisamente porque es ley, os juzgará sin piedad.

10. Toda la Tierra y lo que hay encima y bajo ella, sólo existe gracias a la invariable Voluntad divina. Si Dios permitiera que negociáramos con Él, ¿qué pasaría después con la Tierra y con los hombres? ¡Todo se trastornaría!

11. Lo mismo ocurriría con las instituciones de un pueblo. Si el estado osara aflojar una sola ley, las demás también perderían su fuerza y su rigor y todo el conjunto estatal se derrumbaría muy pronto. Por lo tanto, la advertencia que os he hecho antes permanece en vigor».

12. Los ancianos y los fariseos se atemorizaron enormemente ante estas palabras decididas del gobernador, y uno de ellos tomó la palabra expresando apasionadamente su dolor: «¡Oh, Roma, oh Roma! ¡Eres tremendamente dura e implacable! ¡Jehová! Libraste a tus hijos de la esclavitud babilónica cuando se arrepintieron y te lo pidieron. ¿No nos librarás a nosotros de esta esclavitud mil veces más dura?».

13. «Si seguís siendo como sois y no os enmendáis totalmente», les contesté, «no solamente seguiréis siendo eternamente súbditos de Roma, sino que Roma acabará con vosotros como los buitres con la carroña. Dentro de poco la paciencia de Dios se habrá colmado. Después será echada la suerte sobre vosotros y os sucederá lo que ya he profetizado. Seréis perseguidos hasta que se acabe el mundo. Pero ahora, ¡id y no guardéis rencor!».

14. Ante estas palabras mías todos se fueron a sus aposentos. Nosotros nos quedamos en la escuela a la que, al poco, acudieron muchos nazarenos que querían ver los nobles señores de Roma. Finalmente tuvimos que subirnos a los bancos y a las mesas para no ser aplastados ofreciendo así al pueblo, descaradamente curioso, la oportunidad de que nos viera.

Capítulo 22. Curación de un paralítico. Testimonio de los nazarenos sobre Jesús

(Mt 13, 55—56)

1. Boro trajo consigo a un hombre paralítico cuyos manos y pies estaban tan rígidos y torcidos que ningún médico mortal hubiera podido curarle ni con todos los remedios del mundo.

2. Me lo traían dentro de un cesto y, cuando atravesaban la muchedumbre, Boro dijo en voz alta ante el pueblo: «Sólo Dios puede ayudar a este enfermo. Como sabéis soy uno de los más experimentados médicos de toda Galilea. Vienen a verme enfermos de Jerusalén y de Belén y yo les puedo ayudar. Pero no puedo curar a este pobre desgraciado. Por eso te pido, mi santo amigo Jesús, para quien, según sé y creo, no hay nada imposible, que, si es tu Voluntad, vuelvas a este hombre a su estado normal».

3. «Amigo mío», le respondí, «hay aquí demasiados incrédulos, lo que dificulta enormemente una curación. Por eso le curaré en tu casa a solas».

4. Algunos de la muchedumbre empezaron a murmurar al escuchar estas palabras: «¡Vaya listo que es el hijo del carpintero! Este enfermo es demasiado para él, por eso quiere mejor curarle en secreto, y así no veremos si mejora o no».

5. Pero oí las palabras de estos insolentes y les dije: «¡Oh insensatos! ¿No conocéis la niña que está al lado de Jairo? ¿No es acaso su hija, la que murió dos veces? ¿Quién le ha devuelto la vida? ¡Qué necios sois! Si el Hijo del hombre tiene el poder de devolver la vida a los muertos, también tendrá Poder para decirle a este enfermo: “¡Levántate y anda!”. Para que veáis que efectivamente lo tengo, ¡a ti, paralítico, te mando que te levantes y andes con tus miembros totalmente curados!».

6. En ese mismo instante, un fuego atravesó los miembros del enfermo, el cual se sintió inmediatamente curado. Se levantó y dio alegremente unos pasos hacia Mí. Sus piernas habían recuperado su vitalidad, lo mismo que sus músculos y huesos. Después de recuperarse de su enorme sorpresa, me dijo con el corazón agradecido: «¡Esto sólo lo puede hacer Dios! Sin medicamentos, sin imposición de manos, curar instantáneamente sólo con la Palabra, ¡es inaudito! Señor Jesús, yo confieso y creo ahora totalmente que Tú eres el Hijo de Dios, e incluso Dios mismo que ha tomado forma humana. Creo que mi deber es adorarte».

7. «Déjalo, no armes revuelo alguno», le respondí. «Pero lo que sientes ahora, ¡guárdalo fielmente en tu corazón! Tiempo vendrá en que lo necesitarás; entonces rezarás al Padre en el Cielo que ha dado este Poder a su Hijo». Tras estas palabras, el hombre curado se calló.

8. Sin embargo, el pueblo se alborotó todavía más, diciendo: «¿De dónde le viene a este hombre tal sabiduría, y por añadidura el don de realizar semejantes hechos y maravillas? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Jacob y José, Simón y Judas? (Mt 13,55) ¿No están todas sus hermanas aquí con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene este todas esas cosas?» (Mt 13, 56).

9. Muchos se enojaron y preguntaban discutiendo entre sí: «¡Esto es para volverse loco! Nuestros hijos han ido a estudiar a Jerusalén y han aprendido toda clase de ciencias y artes; también han estudiado en la escuela las enseñanzas de los profetas; además, han aprendido los conocimientos egipcios para interpretar los signos. Y este carpintero, que evidentemente nunca ha ido al colegio y a quien hemos visto trabajar sólo con el hacha y el serrucho, nos está poniendo en ridículo a nosotros y a nuestros hijos de tal manera que incluso las altas personalidades del gobierno quedan atónitas, tomando a este torpe carpintero casi por un dios. ¡Es atroz! Él es todo en todo, habla todas las lenguas como si fuesen la suya materna, es un profeta de primer orden y realiza milagros y hechos de los que ningún dios se podría avergonzar. Sin embargo nuestros hijos, e incluso nosotros que también aprendimos en su tiempo bastantes cosas, estamos aquí como si no pudiéramos ni contar hasta cinco. ¿Acaso alguno de entre nosotros sabe cómo este carpintero ha adquirido toda esta sabiduría?».

10. Otros decían: «¿Dónde habrá aprendido tales cosas? Salvo unos cuantos meses, siempre estuvo en su casa o trabajando con su padre y sus hermanos, aquí o en otros lugares. Nunca vimos nada especial en Él. Siempre fue parco de palabras, y cuando se le preguntaba, no daba contestación alguna o lo hacía lacónicamente, de modo que le considerábamos un majadero. Y ahora aparece como un varón al que todo el mundo quiere ver. Esto resulta incomprensible para el sentido común.

11. ¿Qué ha pasado con este hombre? Dicen que tenía capacidades especiales cuando todavía era un niño que apenas sabía hablar. Sus padres siempre creyeron que de este hijo saldría algo grande. Sin embargo, esas capacidades esperanzadoras se fueron perdiendo a lo largo de los años y nunca más se pudo descubrir ni rastro de ellas. Nunca, ni de niño, quiso ir al colegio, así que siempre ha sido un simple carpintero sin formación científica alguna. Muchas veces preguntaba yo al viejo José qué tal iba Jesús y si en la casa también era tan callado. “¡Más reservado aún que fuera de casa!”, me dijo, y sus hermanos lo confirmaron. Pero si es así, ¿de dónde saca estas capacidades?».

Capítulo 23. Reprimenda a los nazarenos (Mt 13, 57)

1. Como por todo lo que habían visto ya me tomaban por un profeta, un anciano nazareno dijo: «Una vez oí de un babilonio que, como acostumbra esta gente, viajaba como mendigo visitando nuestros pueblos para hacer todo tipo de magia y adivinaciones por algunas monedas, una profecía que dijo en casa de un vecino:

2. “Nazaret, en tus muros vive un hombre a quien no conoces. Es callado y de pocas palabras. Pero cuando llegue su tiempo, ante Él y sus Palabras se inclinarán las montañas. Le obedecerán mares y vientos, la muerte se estremecerá y no tendrá poder ninguno sobre Él. La gente de esta ciudad se asombrará y se irritará, pero nadie podrá enfrentar su Poder. La muerte huirá ante Él como la gacela atemorizada que persigue el león. Pero cuando vaya a abandonar este mundo para ascender a los Cielos, dejará que le maten sus enemigos y muerto estará durante tres días. Al tercer día vencerá la muerte por su propio Poder y resucitará con Fuerza y Gloria, ascendiendo en carne y hueso a los Cielos. ¡Ay, entonces, de aquellos que le han perseguido! Su suerte será el juicio de un fuego horroroso como nunca lo ha habido en la Tierra. ¡Ay de todos los soberbios judíos! En adelante no tendrán patria alguna sobre la Tierra y se dispersarán por todo el mundo, errantes como res perdida en el desierto; en vez de pan comerán rastrojos, espinas y cardos y no podrán saciar su hambre sino que morirán”.

3. Esto fue lo que dijo el babilonio hace unos tres años. En verdad es muy asombroso ver como este Jesús representa al personaje dentro de nuestros muros, porque sus palabras y sus hechos confirman casi por completo todo lo que el babilonio profetizó. ¿Qué haremos? Si se ha cumplido una de las cosas vaticinadas, la otra, el juicio, también se cumplirá. Por ello soy de la firme opinión de dejarle actuar como quiera, desee y pueda. Sería demasiado complicado ponernos a luchar contra Él, porque quien es capaz de resucitar a los muertos, también es capaz de hacer cosas mayores. Malamente venceremos a Aquel ante quien se inclinan las montañas y se callan vientos y mares. ¡Así que dejemos que se vaya! Con mayor motivo porque, como habéis visto vosotros mismos, siguen su Doctrina con cuerpo y alma varias centenas de personas que le consideran el Mesías prometido».

4. Tras las palabras del viejo nazareno, se enfurecieron más personas todavía. Pero nadie se atrevió a decir nada.

5. Yo, sin embargo, vi que no había nada que hacer con esta gente, porque no tenía ni fe ni confianza. Por eso dije brevemente, pero en voz alta para que todos me pudieran escuchar: «¿Por qué os escandalizáis? ¿Nunca habéis escuchado lo que ya se decía antaño: “Un Profeta sólo es despreciado en su patria y en su casa”? (Mt 13,57) Si así lo demuestra la experiencia, ¿por qué os escandalizáis? Queréis ser astutos, pero Yo os digo que sois ciegos, sordos y necios. Yo soy el que soy, y mis palabras y hechos lo demuestran, ¿por qué no los creéis? ¿Es acaso preciso que un profeta venga de países lejanos para que le escuchéis y creáis en él? ¿Por qué tiene que ser desconocido el sitio donde nació y extraña su lengua?

6. Si Yo hubiese venido de Persia o de la India, haciendo los milagros que estoy haciendo ahora y que nadie antes de Mí ha realizado, entonces os hincaríais de rodillas ante Mí exclamando: “Dios nos castiga, somos grandes pecadores y estamos enfermos. ¿Quién nos protegerá de su ira?”. Pero como soy el hijo del carpintero que conocéis, no comprendéis de dónde viene mi Poder. ¡Oh, ciegos necios! ¿No es acaso este suelo también tierra de Dios como la de Persia o la de la India? ¿No brilla aquí el mismo Sol y crecen y maduran múltiples plantas y frutos por la Fuerza y el Poder ilimitados de Dios? ¿Son acaso la Luna y las estrellas y el Sol y esta Tierra menos divinos que en los países que he nombrado?

7. Si aquí todo es indudablemente de Dios y divino igual que en otros países lejanos, ¿por qué no lo sería también el hombre? Sin embargo, si ante vuestros ojos realizo ahora hechos que ningún persa ni indio pudo hacer jamás, ¿cómo no podré conseguir que Me respetéis y tengáis confianza en Mí, igual que en un enojoso persa o hindú? Verdaderamente, si fuese hoy a visitar a griegos y romanos, ¡me edificarían templos y altares!

8. Pero como he crecido entre vosotros y me conocéis desde niño, os escandalizáis, preguntando de dónde le vienen a este bobo, hijo de carpintero, tales poderes. Pero ¡cuidadito!, ¡el “bobo” ha dejado de ser bobo!. Os hizo mucho bien antes de “bobo”, y ahora de Maestro y Redentor aún mucho más, ¡pero en adelante se cuidará de hacerlo!».

9. Tras estas palabras, los nazarenos se irritaron todavía más y abandonaron la sinagoga.

Capítulo 24. Discurso de Cirenio sobre los nazarenos

1. Entonces Cirenio tomó la palabra: «Señor y Maestro, me parece que aquí se trata más de necedad que de maldad. Los nazarenos, con pocas excepciones, tienen fama de necios, y a un necio es muy difícil aclararle las ideas. Poca educación, ninguna experiencia, normalmente pobres, escaso comercio y poco cambio. Viven generalmente de su pequeña agricultura y ganadería y casi nunca, quizás sólo una vez al año, van a Jerusalén, donde no sólo no ganan en educación sino que incluso la pierden. ¿Cómo obtendrán entonces un mayor entendimiento para poder asimilar tu Enseñanza y tus hechos divinos? Habitualmente las personas necias son también envidiosas, porque, como he notado, estos se han irritado sobre todo porque han enviado a sus hijos a todo tipo de escuelas y, sin embargo, nunca los mismos consiguieron alcanzar tu Sabiduría, Conocimiento y Fuerza de acción perfecta. No quiero atribuirles maldad alguna sino simplemente una necedad total, que, a veces, también puede degenerar en maldad. Esto no es demasiado perjudicial porque el tonto actúa demasiado tontamente para hacer verdaderamente daño a alguien. Así que dejémoslos que se vayan.

2. Pero si alguna vez alguien quisiera hacerte daño, no me daría miedo. Pues, primero, posees la Fuerza divina suficiente para derrotar a todo un ejército bien armado, y mucho más aún a estos necios integrales y, segundo, nos tienes completamente a tu lado a nosotros, las máximas autoridades romanas de toda Asia, por lo que en ningún momento te faltará una buena protección. Si aquí te persiguiesen, ya sabes dónde están Sidón y Tiro. Ve allí y estarás seguro ante cualquier persecución.

3. Que estos ciudadanos de Nazaret son gentes sin educación, se ha demostrado también porque han venido a la escuela empujados por la pura curiosidad, sólo a mirar, y no nos han saludado con el menor gesto ni a mí ni a las otras autoridades presentes. Han entrado como borregos, actuando como si fueran los señores del mundo. A estos hombres no les puedo atribuir pecado alguno porque son demasiado necios e incultos. Creo, mi Señor y Maestro, que Tú, que los conoces mucho mejor, tampoco los culparás de pecado alguno».

4. «De eso puedes estar seguro», le respondí, «sobre todo en cuanto a Mí se refiere. Sin embargo, todo depende, y especialmente su vida eterna, de si reconocen en su corazón quién soy Yo en verdad. Si no me reconocen, tampoco podrán reconocer a Aquel que me ha enviado a este mundo, y mucho menos que Yo y Aquel que me ha enviado, somos el Mismo. Y mientras no lo reconozcan, no me han acogido en su interior ni tampoco han acogido la vida eterna: están muertos espiritualmente. Pues Yo mismo soy la Vida eterna y soy el Camino hacia ella, mediante el cumplimiento de mis Enseñanzas.

5. Por lo tanto, quien no me acepta a Mí ni a mis Enseñanzas, tampoco acepta la Vida eterna; su destino será la muerte eterna.

6. Pero aun así no debo obligar a nadie a creer, porque toda obligación acabaría en un juicio4 para el espíritu, obligación que le causará la muerte, ni más ni menos que la misma falta de fe. Lo que significa que incluso para Dios es una dificultad impedir que el alma del hombre sufra daño. Porque si se obliga al hombre a algo mediante un poder, por secreto que sea, el hombre seguirá moviéndose dentro del juicio. Pero si no se le obliga a nada y sigue siendo incrédulo y dudando de todo, muestra que está muerto espiritualmente. ¿Quién o qué vivificará su espíritu?

7. Ese hombre ni acepta mi Palabra vivificante ni tampoco a Mí, que soy la única Fuente de toda la Vida en toda la eternidad. Ahora pregúntate, ¿de qué otra parte, podrá sacar la Vida que Yo he dado y seguiré dando a todos los hombres?».

8. Cirenio: «Sí, claro, esto lo entiendo perfectamente y ni dudo de ello, porque te conozco desde hace treinta años y sé Quién eres. Pero ¡dejemos esto ahora! Ya conseguiré algún día que estos hombres se conviertan. Sigamos andando para ver dónde pueden darnos comida porque ya es bastante tarde».

Entonces abandonamos la escuela y la ciudad para dirigirnos a mi casa donde nos esperaba una buena comida que recibimos con gran satisfacción; estuvimos contentos toda la tarde.

Capítulo 25. Sobre la falta de dignidad del pueblo (Mt 13, 58)

1. Se hablaba abundantemente sobre los acontecimientos de Zoán, en Egipto, donde había pasado mi infancia, y mi madre conversaba mucho, disfrutando de la charla del virrey de Asia como llamaban a Cirenio.

2. Jacob, el hijo de José, buen conocedor de la Escritura, sacó del armario un rollo bastante voluminoso y se lo entregó a Cirenio diciendo: «Noble señor, aquí lo he escrito todo, desde su nacimiento hasta la edad de quince años, aunque, con mayor precisión, su mayor actividad la desarrolló sólo hasta los doce años. Después, sus poderes divinos se fueron perdiendo, así que no pudimos observar nada. Los tres años que van desde los 13 a los 15 están en blanco porque, aparte de pronunciar algunas palabras muy sabias, no ocurrió nada llamativo. Por esta razón no consideré necesario ir anotando los sucesos humanos cotidianos más allá de sus quince años, por lo que esta descripción de su juventud debe considerar acabada5.

3. No obstante, aparte de mis anotaciones, existen todavía múltiples leyendas falsas, seguramente obra de algunas viejas pescadoras desocupadas. Por eso pido a todo el mundo que considere esta descripción mía como la única verdadera y completa. Si puedo darte el placer, venerable señor, de ofrecértela como una pequeña atención en agradecimiento por todos los beneficios caritativos que nos has hecho, entonces te ruego que tengas a bien aceptar mi humilde obra».

4. Cirenio cogió el rollo con gran alegría, ojeándolo un poco y leyendo algunos relatos en voz alta de manera que todos se regocijaron, especialmente la encantadora Sara y su madre.

5. A Sara se le llenaban los ojos de lágrimas de alegría y exclamó excitada: «¡Qué más hace falta para creer con los ojos cerrados lo que yo comprendí ya desde mi primera curación! ¡Oh Dios! ¡Estos hechos, estas señales, y todavía nada de fe, nada de lucidez, nada de comprensión de que aquí se trata de lo único verdaderamente divino! Señor, siendo yo ante Ti una pobre pecadora débil, te ruego que no sigas dándonos más señales. Pues esta gente de Nazaret, salvo muy pocas excepciones, no es digna de ser considerada y mucho menos de oír tus santas palabras o ver tus hechos. Confieso abiertamente que si tuviese algún poder, los dejaría ayunar, pasar hambre y los azotaría hasta que entraran en razón y comprendieran cuánto han pecado por no haber aprovechado este santo tiempo de Misericordia que les ha deparado el destino».

6. «Hija mía, ¡no te irrites con estos necios y ciegos!», le respondí, «Los conozco y sé de su falta de fe. Tal como me lo has pedido, no volveré a dar ninguna señal ante estos incrédulos. Y tú, mi escribano Mateo, anota que tuve que dejar de hacer milagros en la patria de mis padres terrenales a causa de la falta de fe de sus ciudadanos, para que en los tiempos venideros todo el mundo sepa qué clase de cabezas duras e incrédulas eran los nazarenos durante mi vida aquí. Pero todavía nos quedaremos algunos días aquí de “ociosos” como nos llama la gente, para “pasarlo bien”, Ya que se irritan a causa de nosotros, que se fastidien también; así estarán antes maduros para Satanás y su reino maldito».

7. Cirenio: «Siento mucho no poder quedarme más de un día debido a mis importantes obligaciones de gobierno. Pero si puedo hacer algo por Ti, Señor, escarmentando a uno u otro de este pueblo terriblemente incrédulo, dímelo, por favor, para poder actuar inmediatamente. Si es tu Voluntad, castigaré a todo el pueblo con azotes».

8. «¡Dejemos todo esto!», le dije. «Ya están suficientemente castigados con no creer en Mí, porque su falta de fe será para ellos en un tiempo futuro un juez implacable ante el que no podrán justificarse en manera alguna. En verdad te digo que más fácilmente entrarán en el Reino de Dios los libertinos, los adúlteros y los ladrones, que estos burros incrédulos. Puedo asegurarte, y lo sé demasiado bien, que estos burros no son tan incrédulos como aparentan. No quieren creer sólo para poder pecar con más libertad. Porque si mis milagros los obligaran a aceptar mi Enseñanza, crecería en ellos la conciencia que les impediría cometer sus malvados actos. Prefieren ignorarlo todo, rechazando cualquier cosa que se manifieste como Verdad, para poder hacer libremente lo que sus malvadas intenciones les indican. Amigo, se podría hablar mucho sobre esto. Pero mejor es callar. Así que dejémosles como son. Es muy difícil transformar de manera ordenada lo satánico en divino».

Capítulo 26. Indicaciones para los legisladores

1. Cirenio: «Celebro saberlo ahora; lo demás ya se verá. Como no aceptan tus lecciones, les prepararé otras. Voy a proclamar unas órdenes imperiales que ya fueron sancionadas por Roma hace seis meses con la intervención de Fausto y sus servidores. Quizá el evangelio de Roma les infunda más respeto que el Tuyo de los Cielos. El reglamento contiene cien leyes, cada una de las cuales lleva aparejada como sanción la cruz o el azote. La poligamia será abolida, la prostitución y la impudicia castigadas con la flagelación, el adulterio con la cruz, el robo y el fraude con la cruz, el contrabando con la flagelación y una multa de cien libras de plata. Hay, además, un gran número de leyes sobre la propiedad, cuya violación será castigada también con la flagelación y una multa de cien libras de plata. También quedará estrictamente prohibido viajar sin permiso, el cual se podrá obtener pagando cien libras de plata. Sí, todo esto haré; aplicaré rigurosamente estas nuevas leyes a las ciudades de Galilea para ver si a este pueblo le queda o no algo de conciencia».

2. «Eso es competencia de tu gobierno», respondí, «por eso no puedo contestarte ni que sí ni que no. Haz lo que creas conveniente, pero no nos dificultes con ello, ni a Mí ni a los Míos, los viajes que nos son necesarios».

3. Cirenio: «¡Ni mucho menos! Quedan exonerados los artistas, los médicos, los sabios y los profetas. Sus testimonios, hechos y discursos son el permiso de viaje más fehaciente para ellos y nadie podrá ponerles impedimento alguno. A Ti te otorgaré inmediatamente un salvoconducto personal de manera que nadie te detendrá cuando lo muestres».

4. «Tu buena voluntad me alegra. Pero no te molestes en ello. Pues mientras siga queriendo viajar, ningún poder del mundo me lo podrá impedir. Por otro lado, cuando quiera sacrificarme por la humanidad entera, tampoco ningún poder del mundo podrá ofrecerme protección alguna. Y aunque me la ofreciera, no la aceptaría. ¿No crees, amigo mío, que Ese, al que obedecen Cielo y Tierra, será mucho más poderoso que todos los hombres de esta Tierra que no es más que un escabel para mis pies? Así que puedes hacer lo que quieras, poco resultado te dará. Por muy perfecta que sea la ley que promulgues, muy pronto verás con qué astucia los hombres la eludirán sin que tú puedas hacer nada contra ello.

5. En verdad los mandamientos de Dios dados al pueblo por Moisés, son tan completos como lo puede ser una ley exhaustiva. Pero los hombres, tal como muestran los tiempos actuales, han sabido transformarlos con tal astucia en sus propias leyes malvadas, que las personas ya no tienen conciencia de ellos y los infringen sin escrúpulos; lo importante es que cumplan las leyes del mundo.

6. Y si los hombres hacen esto con la rama verde, ¿qué no harán con un palo seco de Roma? Obra como te parezca, no te lo impido. Aunque también te digo:

7. ¡Cuantas más leyes se dicten, más criminales habrá y, con el tiempo, no tendréis suficientes cruces ni látigos!».

8. «Todo lo que me dices es indiscutiblemente cierto», respondió Cirenio. «Pero te preguntaré algo más para mi propia instrucción: ¿Qué puede hacerse contra la rebeldía de hombres que, como estos nazarenos, no creen en Dios ni en manifestación elevada alguna, burlándose de los mandamientos divinos con cada uno de sus actos? ¿Hay que dejarlos incluso sin las rigurosas leyes terrenales para que puedan abandonarse libremente y sin escrúpulos a sus perversas concupiscencias? Más aún cuando ya hace tiempo que no cumplen ningún mandamiento divino y se comportan con sus semejantes más cruelmente que los chacales del desierto. Por eso opino que unas estrictas leyes terrenales están perfectamente indicadas para volver a conducir a estos salvajes al orden, desde el arrepentimiento hasta Dios».

9. «Cierto es», le repliqué, «porque no hay otro camino posible ni imaginable sino la obligación mediante las leyes del mundo. Sin embargo, depende mucho de qué leyes se den los hombres.

10. Para ello hace falta un profundo conocimiento de la naturaleza humana, además de no perder nunca de vista el motivo verdadero por el cual la humanidad ha sido conducida a la degradación. Si no, ocurrirá como con un médico que quisiera curar todas las enfermedades que aparecen entre los hombres con la misma medicina, sin pensar en que enfermedades distintas tienen también orígenes y causas muy distintos. Tal médico quizás encontrará de vez en cuando un enfermo para cuyo mal la medicina sea adecuada y le curará. Pero a otros cientos cuyas enfermedades tienen otra naturaleza, esta medicina no les curará: empeorarán e incluso podrán morir.

11. Pero si ya es difícil determinar un medicamento adecuado para un cuerpo enfermo al que todo médico puede ver y palpar, ¡cuánto más difícil será encontrar la medicina correcta para un alma enferma!

12. Es cierto que la ley, acompañada por la correcta doctrina de cómo y por qué hay que cumplirla, será la medicina adecuada; sin embargo piensa:

13. Puedes encontrarte con un alma colérica o con una temerosa; aquí con una pendenciera, y allí con una envidiosa, avara o tramposa; por un lado darás con un alma buscadora y por otro con una inerte y somnolienta; en una casa habrá cuatro obedientes y humildes y en otra cinco revoltosas, y así una multitud de particularidades, debilidades y pasiones.

14. A estas numerosas clases de almas les quieres dar ahora una misma ley. ¿Les servirá a todas por igual? ¿Cómo reaccionarán? El temeroso se desesperará, el colérico buscará venganza y victoria, el tibio seguirá siendo tibio, el buscador perderá el ánimo y detendrá su buen trabajo, el avaricioso se volverá más tacaño todavía, el soberbio se juntará con el colérico y el astuto se enfrentará a ambos.

15. Considera primeramente estas y miles otras consecuencias lamentables que resultarán de una ley burda, falta de sabiduría. Así comprenderás que, aparte de la necesidad de una ley, sobre todo hace falta reflexionar muy cuidadosamente si esa ley, por rigurosa que sea, es o no verdaderamente provechosa para todo tipo de caracteres.

16. Si no se examina detenidamente la ley en este sentido, mejor es no imponerla a los hombres porque, evidentemente, se hará más daño que provecho.

17. Ves que Dios, el Creador omnisapiente, ha establecido desde las profundidades infinitas de su Sabiduría sólo diez leyes, provechosas para todos los tipos de almas, que cualquier hombre puede cumplir fácilmente si quiere. Pero si Dios mismo sólo establece diez leyes que están en beneficiosa concordancia con la naturaleza y particularidad de cada alma humana, ¿cómo será posible que un emperador pagano de Roma pueda encontrar hasta cien leyes que, si se cumplen, sirvan de salvación para las almas de los hombres?».

Capítulo 27. Las leyes humanas dañan la naturaleza del alma

1. Continúa el Señor: «Te digo que mientras el pueblo judío fue dirigido por los jueces, que sólo tenían las leyes de Dios, el orden perfecto de Dios, salvo casos aislados, rigió durante mucho tiempo la vida, el comercio y todas las actividades. Pero posteriormente, cuando el pueblo judío pudo contemplar la magnificencia de los reyes paganos, cómo vivían en sus grandes palacios suntuosos, y cómo los pueblos se inclinaban servilmente ante ellos, esto al ciego pueblo judío le gustó tanto que, considerándose el pueblo más poderoso de la Tierra, pidió un rey a Dios. Dios no quiso sin embargo satisfacer inmediatamente su necio deseo, sino que le advirtió y le mostró todo lo que tendría que soportar bajo un rey. Pero los profetas enviados por Dios predicaron a oídos sordos y no hubo remedio: el pueblo quería a toda costa un rey.

2. Entonces Dios le dio al rey Saúl, ungiéndole mediante Samuel, anciano y fiel servidor. En cuanto el pueblo tuvo rey, que inmediatamente les impuso leyes de difícil cumplimiento, empezó a hundirse más y más en sus errores hasta llegar a la completa aberración actual.

3. ¿Cuál ha sido la principal causa de la misma? Las torpes leyes hechas por hombres que ni conocían su propia naturaleza ni, mucho menos, la de sus semejantes. Estas leyes imperfectas, estatuidas sólo en el propio beneficio, dañaron totalmente la vida interna de las almas.

4. Escucha y reflexiona sobre el ejemplo siguiente. En un sitio hay un delicado mecanismo artesanal que siempre funcionó perfectamente a voluntad del constructor, y que un día se paró porque se le estropeó una pieza. Llega entonces un hombre engreído y presuntuoso y le dice al propietario de la máquina: “Dame el aparato, voy a arreglarlo”. El dueño se lo da, confiado en que el bocazas conoce el oficio. ¿Qué crees que pasará cuando ponga sus torpes manos a la obra? ¿No será que quiere sacarle algunas monedas de oro al propietario y que, por no saber nada de mecánica, estropeará aún más la máquina en vez de arreglarla? ¿No la deteriorará completamente, de manera que incluso su verdadero constructor casi no podrá arreglarla?

5. Esto sucede con una simple máquina, cuyas piezas son fácilmente accesibles y pueden verse con una sola ojeada, condición necesaria para que un ignorante presuntuoso se atreva con ella. Pero el ser humano, con todos sus componentes, es la más sabia y compleja máquina viva, cuya naturaleza, global y en detalle, sólo la conoce Dios. ¡Cuánto le perjudicará un legislador ignorante y egoísta que quiera mejorarle mediante leyes torpes y contraproducentes! Y más aún sin tener ni la menor idea sobre lo que se necesita para enmendar a un hombre ni, como se dice, para que crezca un solo pelo en su cabeza.

6. Así que, Cirenio, amigo mío, deja tus cien leyes en casa, pues con ellas no corregirás verdaderamente a nadie. Haz por el contrario que rijan los mandamientos de Dios y defiéndelos. Su cumplimiento podrá convertir a las máquinas humanas en verdaderos seres humanos.

7. Podrás explicarles las necesidades del estado cuando se hayan convertido en hombres sensatos; cuando ya sean juiciosos harán voluntariamente mucho más que siendo esclavos oprimidos por el yugo de leyes duras y torpes.

8. Recuerda lo que te digo: Sólo está bien hecho, y traerá provecho de una u otra manera, lo que el hombre hace según su libre albedrío, según su entendimiento libre y correctamente formado. Todo trabajo o acto obligatorio no vale ni un denario porque, en esas condiciones, la rabia y la venganza contra el opresor también entran en acción, lo que nunca resultará beneficioso.

9. Mi querido Cirenio, si meditas bien estas palabras mías, comprenderás que he dicho la pura verdad».

10. Cirenio: «Mi noble amigo divino, no hace falta que reflexione mucho; tus palabras son tan claras y verdaderas como el sol de mediodía. Haré lo que me has aconsejado. Acataré de nuevo la Ley de Moisés y mandaré al pueblo que la cumpla fielmente. Mi noble amigo, si esa es tu Voluntad, también me gustaría proclamar a los griegos, con tu ayuda espiritual, la Ley de Moisés, que conozco bien. No me faltará para ello algún pretexto político porque, como es sabido, existen discrepancias entre judíos y griegos a causa de las diferentes creencias religiosas y de sus distintas interpretaciones. Los judíos insisten en lo suyo a vida o muerte, mientras que los griegos, que los superan mucho en dialéctica, los hacen callar con su facilidad de palabra, de manera que no son capaces de responder ni de mil veces una. Por eso no son raros los enfrentamientos sangrientos entre ambos bandos, lo que, a decir verdad, no es una consecuencia deseable de las diferencias existentes en asuntos de leyes divinas y fe.

11. Así que si también mando cumplir a los griegos la Ley del Dios de los judíos, sancionándola por motivos políticos, entonces, como he dicho, seguro que podré evitar tan desafortunadas discrepancias. Señor y Maestro, ¿acierto en esto? Si lo hago, dime desde tu Sabiduría infinita cómo debo proceder para conseguir el buen fin que pretendo».

Capítulo 28. Sobre la libertad del espíritu

1. Así contesté Yo a Cirenio: «Amigo, tu voluntad es buena, pero la carne es débil. Tus loables propósitos quizás puedan realizarse a lo largo de un siglo y, por añadidura, seguramente conseguirás otros objetivos buenos. Sin embargo, ten cuidado en no emplear el poder romano en asuntos de índole espiritual, pues la opresión daña al hombre más de lo que puede serle útil. Cualquier imposición equivale a un juicio que no otorga libertad alguna. La libertad de un hombre respecto a las cosas divinas es el mejor campo abonado para que la semilla de la vida pueda germinar, crecer y dar finalmente un hermoso fruto maduro.

2. Escucha, si coges un pájaro pequeño que acaba de salir del cascarón y le das de comer para que crezca más rápidamente, pero a la vez que le alimentas bien, le recortas las alas, ¿crees que alimentarle mejor le servirá para algo? El pájaro seguirá viviendo como pueda, pero mientras le sigas recortando las alas, tendrá muchísimas dificultades para volar libremente.

3. Pues así como el pájaro no puede volar sin alas, el espíritu del hombre nunca llegará tampoco a actuar libremente cuando se le corten a la fuerza las alas del libre albedrío. Sin libertad, el espíritu está muerto porque carece de lo que intrínsecamente le da la vida y la sustenta.

4. Puedes dar al hombre mil leyes para su vida mundana y puedes castigar su incumplimiento. Haciéndolo dañarás su espíritu mucho menos que si sancionas un sólo mandamiento de Dios con medidas mundanas.

5. Lo espiritual debe ser libre para que su libre albedrío pueda adoptar o no íntimamente las sanciones y el estado de juicio correspondiente. Sólo así puede alcanzar la perfección de la vida por su propio esfuerzo.

6. Los conocimientos sobre lo bueno y lo verdadero, libremente obtenidos, son la luz vital del espíritu; basándose en estos conocimientos el espíritu determina las leyes que le son afines. Estas leyes serán entonces leyes libres, las únicas eternamente compatibles con la libertad de la vida; y la eterna necesidad de actuar conforme a la libre voluntad es la sanción eterna, pues ningún espíritu puede actuar de manera diferente de aquello a lo que su libre voluntad le incita.

7. Y aquí tenéis el ejemplo de cómo se mantiene el Orden en Dios: determinándose eternamente a sí mismo..., pues, por supuesto, sobre Él no hay otro legislador.

8. La Voluntad absolutamente libre de Dios determina en Él mismo la ley según sus conocimientos eternamente perfectos, y la sanciona con la necesidad de proceder conforme a su Voluntad absolutamente libre, necesidad que es la causa de todas las cosas terrenales creadas, incluso de su conservación, en tanto que esta sea necesaria para la formación y purificación del espíritu6, a través de su consolidación7 y, finalmente, a través de su proyección en un estado de libertad absoluta8.

9. El espíritu del hombre debe volverse, por diligencia propia, tan perfecto como lo es el Espíritu primario de Dios, también por su propia diligencia; de lo contrario el espíritu del hombre, encontrándose en el juicio, no sería espíritu sino mera muerte.

10. Pero para que el espíritu del hombre pueda volverse perfecto como el Espíritu primario de Dios, hay que darle la oportunidad de poder desarrollarse dentro de lo temporal al igual que el Espíritu divino se ha desarrollado en Dios durante la eternidad.

11. Mira, Yo tengo desde la eternidad el Poder suficiente para obligar con una fuerza interna irresistible a que todos los hombres actúen fielmente según una ley dada sin que puedan desviarse de ella ni un ápice. Pero entonces el hombre dejaría de ser hombre, convirtiéndose en un animal cualquiera del gran reino de los animales. Naturalmente realizaría su trabajo muy concienzudamente, pero no podría descubrirse diferencia alguna entre ese trabajo y el de las abejas que construyen panales, o el de cualquier otro trabajo de distintos animales, grandes o pequeños.

12. Y si quisieras educar a esos hombres—animales para algo a tu entender más elevado, no conseguiría mejores resultados que si quisieras llevar las abejas a una escuela para que aprendieran a construir los panales de manera más adecuada.

13. Por ello no debes considerar la tendencia de los hombres a pecar como una cosa imperfecta y criminal, pues sin esta posibilidad de poder actuar contra las leyes dadas, el hombre se parecería al animal.

14. Te lo repito: El pecado es para el hombre una prueba que le muestra que es hombre; si no, sería un animal».

Capítulo 29. La bendición del libre desarrollo

1. El Señor: «Es bueno y justo castigar a los pecadores cuando se desvían demasiado del Orden que Dios mismo ha establecido para llegar a la perfección del modo más rápido y seguro. Sin embargo, no se debe imponer a nadie que no peque. Pues en verdad te digo que prefiero a un pecador que hace penitencia por su propia decisión, que noventa y nueve justos que respetan la ley y nunca han necesitado hacer penitencia. El primero es un hombre entero, los demás sólo la mitad.

2. Naturalmente no quiero decir con esto que prefiero a un pecador antes que a un justo, porque seguir estando en el pecado también significa convertirse en un animal que pasa su vida vegetando, guiado por el instinto. Estoy hablando de un pecador que confiesa libremente el error de haber actuado contra la ley, pero que empieza a orientar nuevamente su vida según el Orden divino reconocido, convirtiéndose en un hombre que ha pasado por todas las fases de la escuela de la vida.

3. Un espíritu así será capaz de llevar a cabo en su día cosas mucho mayores en mi Reino que aquél que nunca se ha desviado de la ley y que, temeroso como una esclavo y ante la obligación de cumplir la ley, se ha rebajado a ser una máquina sin voluntad propia, actuando física y espiritualmente como tal.

4. ¡Toma una piedra y tírala al aire! Según la ley necesaria que reside en ella, y en toda la Tierra, caerá inmediatamente al suelo. Pero ¿hay que felicitar a la piedra por haber cumplido tan fielmente la ley? En verdad puedes hacer con la piedra muchas cosas diferentes sobre una superficie firme. Pero intenta que la piedra pueda realizar alguna actividad libre y verás como se queda quieta como un muerto.

5. Por ello no debes convertir a los hombres en piedras mediante una ley impuesta, sino educarlos en su libertad: así actúas cabalmente según el Orden divino.

6. Si los seres humanos ocupan una posición relevante en el mundo no fueran tan irreflexivos como son —salvo pocas excepciones—, habrían podido darse cuenta fijándose un poco que cuando el hombre ha alcanzado un cierto nivel de formación, ya no se contenta con la uniformidad del instinto animal. Ya no construye su casa con ramas, paja y adobe, sino que talla las piedras y fabrica ladrillos de barro para construir una hermosa casa rodeada de muros, e incluso con torres de defensa para otear desde sus almenas si en la lejanía se acercan enemigos.

7. Miles de hombres bien preparados seguramente construirán así miles de casas, ninguna de las cuales se parecerá a otra ni en su forma ni en su equipamiento interior. Observa por el contrario los nidos de los pájaros o las guaridas de los animales, y apenas encontrarás diferencias entre ellos. Mira los nidos de la golondrina y el gorrión, o la red de la araña, el panal de la abeja o los productos y obras de muchos otros animales: nunca descubrirás que ninguna de estas obras suyas mejore o empeore. Si, por el contrario, te fijas en las obras del hombre, verás una multitud casi infinita de variaciones que provienen siempre de los mismos hombres, que a menudo las han hecho con mucho esfuerzo creativo.

8. De esto se puede deducir fácilmente que Dios, quien dio al hombre un espíritu similar al Suyo, no le ha creado para que sea igual que un animal sino para que sea un ser totalmente libre y susceptible de transformarse en un ser divino».

Capítulo 30. El desarrollo y la ley

1. El Señor: «Pero si el hombre, sin distinción de sexo, raza o nivel social, es creado por Dios para cumplir esta función elevada, cosa que ahora entiendes cabalmente, no podemos forzar su parte espiritual con una ley impuesta si queremos conseguir que se convierta en lo que Dios ha previsto para él. Cualquier ley tendría de ser más bien un “debiera”, y sólo habría que aplicar castigos adecuados, para que los evidentemente malintencionados enemigos del libre albedrío se corrijan voluntariamente.

Aunque este castigo no debiera ser establecido arbitrariamente, sino que tendría que ser una consecuencia necesaria de haber dejado de cumplir la ley del orden. De este modo el espíritu del hombre llegaría a pensar por sí mismo, convertiría la ley dada en algo propio, y actuaría según ella. Mientras que un castigo impuesto arbitrariamente endurecerá y amargará el ánimo humano, haciendo que el diablo se manifieste en el hombre.

No cesarán sus ansias de venganza hasta haberla cumplido, en este mundo o en el Más Allá, cosa que habrá que permitirle porque de otra manera nunca podrá enmendarse a causa del infierno que hay en su propio corazón.

2. El legislador y el juez siempre han de tener en cuenta que no se puede matar al espíritu del hombre, sea bueno o malo, sino que el mismo vivirá eternamente. Mientras sea visible en el mundo, podrás enfrentarte a él y deshacerte de él si te persigue. Pero una vez que haya salido del cuerpo, se te podrá acercar de mil maneras para hacerte daño a cada paso que des, sin que lo veas ni lo sientas. Dime, ¿qué arma utilizarás entonces para enfrentarte a él?

3. Sólo debes la mala suerte, que sin mi ayuda te habría destruido, a aquellos espíritus que has convertido en enemigos irreconciliables aplicando frecuentemente con demasiada rigidez las leyes romanas. Así que lleva esta enseñanza detallada mía a tu corazón para que dé frutos y te conviertas en un buen trabajador de la viña del Señor. Pues no te faltan ni poder, ni medios, ni una constante buena voluntad. Y lo que te faltaba, lo acabas de recibir de Mí. ¡Aplícalo pues devotamente y la recompensa en bendiciones no te faltará!».

4. Completamente emocionado por mis explicaciones llenas de sabiduría práctica, Cirenio exclamó: «¡Oh, Dios de mi corazón! Ahora sí que he comprendido. A mi memoria acuden miles de acontecimientos de mi vida y veo que he pecado contra el Orden divino mucho más de lo que creía, pese a mi sincera buena voluntad, contra aquellos a quienes lamentablemente apliqué todo el rigor de las leyes. ¿Cómo puedo reparar ahora estos graves pecados contra Ti, Señor?».

5. «Amigo, ¡tranquilízate! Para Dios no hay nada imposible. Hace tiempo que ya lo he reparado todo por ti, de otro modo no estarías conmigo».

Capítulo 31. Sermón de Jairo sobre las obras milagrosas

1. «Sí, sí, poderoso Cirenio», dijo Jairo, «tienes razón en decir que se han aclarado todas tus ideas. También yo, y seguramente todos nosotros, hemos comprendido el fondo de estas incuestionables verdades acerca de cómo están constituidas todas las cosas, incluido el hombre. Pero ¿qué podemos hacer? La humanidad ha caído tanto que ya no entiende una enseñanza libre y suave. En verdad es una lástima gastar el tiempo en balde para conseguir sólo resultados escasos. Las amonestaciones suaves no tienen éxito a mi modo de ver, por lo menos en el caso de los judíos, a los cuales conozco bien.

2. Pero enseñar al pueblo mediante milagros es ineficaz por dos razones: por un lado, porque el hombre al que el milagro incita a aceptar la Verdad no es libre sino que está coaccionado: no cree en la Verdad de las palabras sino porque han sido confirmadas por el poderoso milagro, no actúa desde una convicción interior y por determinación propia, sino sólo por el temor a un castigo inesperado.

Y si hay alguien sabe rebatir hábilmente el milagro, no tardará en rechazar rápidamente la enseñanza oída, renegando alegremente de su fe. Por otro lado, las enseñanzas confirmadas por milagros son malas porque el milagro en sí no es duradero y su fuerza no se transmite a las generaciones venideras: un milagro simplemente contado, no vivido, no tiene ni puede tener otro valor que el de una fantasía.

3. Si, no obstante, se pudiera prolongar el efecto del milagro o si se concediera a los divulgadores de las verdades aquí escuchadas y enseñadas la capacidad de hacer milagros a todas horas, pronto la razón humana los clasificaría entre los fenómenos naturales habituales y perderían su fuerza demostrativa. Y si los hicieran de manera habitual, serían considerados trucos mágicos de un hechicero corriente, aunque yo mismo no sepa imitarlos ni cómo ni con qué medios los hacen. Si estas cosas se ven demasiadas veces, pierden el valor de lo maravilloso, y se transforman en algo cotidiano y corriente.

4. ¿No es milagro sobre milagro todo lo que nos rodea diariamente? ¿No son milagros todo lo que oímos, vemos, sentimos, olemos y gustamos? Pero como es habitual y continuo, pierde su carácter maravilloso y no estimula la fe de nadie. Sólo se ocupan de ello algunos científicos como, por ejemplo, cuando ponen su oído en el suelo tratando de escuchar cómo crece la hierba. Pese a todo no consiguen averiguarlo, por lo que, finalmente, ponen cara de sabios y hacen como si lo entendieran. Pero como tampoco pueden hacer crecer la hierba, aprenden viejos trucos para persuadir con ellos a los torpes y para hacer reír a quienes son más espabilados que los que se dejan engañar de manera tan tonta.

5. Así que, tal como os he explicado, los milagros sirven de poco para el desarrollo del hombre y, en la mayoría de los casos, de nada. Habitualmente despiertan mucha curiosidad y expectación en quienes los ven; sin embargo sólo amedrentan el alma, sin lograr ablandar el corazón endurecido. Los curiosos siempre son los mismos y, a lo sumo, sólo quieren saber cómo el mago ha podido realizar semejante prodigio. Y los más ignorantes sólo ven en quien los hace la imagen del diablo y sus obras.

6. Si, según tus claras explicaciones, los milagros dan tan pocos frutos, la imposición de las leyes todavía los dan menos y peores, y apenas cinco de mil personas entienden la enseñanza, creo que es lícito plantear otra vez la importante pregunta: ¿Qué hemos de hacer cuando enseñamos a la gente? El milagro empeora la situación, la ley rigurosa también, y la enseñanza libre a partir de la profundidad de la Sabiduría divina hay muy pocos hombres que la entiendan. ¿Cómo podemos pues salir de este dilema? ¿Cómo se puede pasar con un barco por los conocidos Escila9 y Caribdis10 sin ser tragado por uno ni estrellarse contra el otro?».

Capítulo 32. Rasgos fundamentales de la naturaleza de Dios

1. «Amigo mío», le contesté, «has hablado correctamente. Sin embargo, has olvidado el detalle fundamental de que para Dios son posibles muchas cosas que los humanos consideran imposibles. ¡Mira a mis discípulos y cuéntalos! Muy pocos de ellos han ido a la escuela. Pero Yo les he atraído hacia Mí llamándoles primero por mi Palabra. Sólo entonces les he mostrado palpablemente el anunciado Poder de la Palabra divina. Cuando se hace un prodigio después de la Palabra pura que le ha precedido, ya no es un juicio sino una afirmación de la Palabra.

2. Pero Yo no me sirvo de los milagros que hago para probar la Fuerza de la Palabra sino que los coloco ante la Luz de la Palabra y digo: El que viva totalmente de acuerdo con mi Palabra, llegará a tener la convicción viva de que mis palabras no son humanas y vanas, sino palabras divinas.

3. En verdad os digo que aquel que no llegue a comprender esta demostración en su corazón, de muy poco o de nada le servirán todas las demás pruebas. Pues mis palabras son Luz, Verdad y Vida.

4. Por eso, quien escucha mi Palabra, la acepta y vive según ella, me ha acogido a Mí en su corazón. Y quien me acoge a Mí, acoge también a Aquel que me ha enviado a este mundo y está totalmente unido a Mí. Pues lo que es mi Voluntad es también su Voluntad. Él no es otro sino Yo y Yo no soy otro sino Él, hasta la misma esencia que nos envuelve a ambos. Por lo tanto, aquél en quién habitan el Amor y la Sabiduría, ese es como Yo y como Aquél que me ha enviado a este mundo para salvar y redimir a todos los que crean en el Hijo del hombre. ¿Lo habéis comprendido?».

5. «Sí, Señor», respondieron muchos. Pero algunos contestaron: «Señor, es la primera vez que nos enseñas algo tan complicado y apenas entendemos su sentido. ¿Cómo es posible que Tú y tu Palabra seáis la misma cosa?».

6. «Os digo que si no sois capaces de comprender lo que es tan claro como el Sol, ¿cómo podréis entender cosas más elevadas? Si no comprendéis lo terrenal, ¿cómo vais a entender lo celestial? ¿Quién es el Padre? Escuchad pues: ¡El Amor eterno en Dios es el Padre! ¿Quién es el Hijo? Pues lo que emana del fuego del Amor, la Luz que es la Sabiduría de Dios. Pero puesto que el Amor y la Sabiduría son una sola cosa, también son Uno mismo el Padre y el Hijo.

7. ¿Quién de entre vosotros no tiene un cierto amor y, al mismo tiempo, una cierta inteligencia? ¿Es por eso un ser doble? Si tenéis una lámpara con una llama resplandeciente que es fuego puro, ¿hemos de encender una lámpara en cada parte de la habitación para poder ver de noche? ¿No da suficiente luz una sola llama resplandeciente para que poder ver todos sus rincones? ¿Acaso no sale toda la luz de la llama, que es fuego? La luz que sale de la llama, ¿es por eso algo distinto de la llama misma? ¡Qué ciegos sois! Si no sois capaces de entender cosas tan naturales, ¿cómo queréis comprender después las celestiales?

8. Si alguno de vosotros no está a gusto conmigo, que se vaya a casa y haga lo que crea y le parezca bueno y justo. Cada cual es libre de vivir según su creencia. Y los hechos que haga según su fe y su amor, serán sus jueces.

9. Pues Yo no juzgaré a nadie sino que el juez del hombre será, tal como acabo de explicaros, la magnitud de su propio amor».

10. Tras estas palabras se acercaron aquellos que no me habían comprendido antes, pidiéndome quedarse. Manifestaron que percibían una chispa de lo que Yo les había explicado y querían esforzarse por entenderlo.

11. Les dije: «Sabed que no os he apartado de Mí. Sólo he aconsejado que se fueran, por su bien, a quienes se enojan a causa mía. Quedaos pues conmigo si vuestro corazón está libre de enojo». Con estas palabras se sintieron satisfechos y volvieron a su sitio.

Capítulo 33. Curación de los familiares enfermos de un anciano judío

1. De pronto entró en la habitación un anciano judío de los alrededores de Nazaret preguntando respetuosamente por Mí. Cuando los discípulos le trajeron ante Mí, se puso de rodillas diciéndome con voz temblorosa:

2. «¡Querido Maestro, hijo de mi viejo amigo José! He oído hablar de las curaciones maravillosas que haces. Por eso he venido hasta aquí con mi gran dolor, pues me dijeron que estabas en Nazaret.

3. Ya tengo noventa años y estoy muy cansado; pero tengo hijos y nietos que me han cuidado siempre con gran amor y dedicación. Les ha sobrevenido una enfermedad desconocida y están todos en cama; el único que se ha salvado soy yo, un anciano sin fuerzas, y no sé cómo auxiliarles. Recé a Dios, nuestro Señor, para que me ayudara, incluso con la muerte si es su Voluntad.

4. Cuando estaba rezando de esta manera, llegó un hombre a mi ventana diciéndome: “¿Por qué te desesperas estando el socorro tan cerca? ¡Ve a casa de José! Allí está Jesús, el Salvador, que es el único que te puede ayudar”. Así que me animé y, reuniendo todas mis fuerzas, vine hasta aquí, encomendando todos mis enfermos, a quienes de todas formas no puedo ayudar, a Dios nuestro Señor. ¡Qué feliz estoy de encontrarte aquí, Tú, buen y amado Salvador! Te ruego con todas las fuerzas de mi corazón que vayas a ayudar a mis diecisiete enfermos, que sufren tremendamente por esa dolencia desconocida».

5. «Me había propuesto», le repliqué, «no volver a hacer ningún milagro en esta comarca por su gran falta de fe. Pero si tú crees que tengo el Poder de ayudar, entonces vuelve a casa, y ¡sea según tu fe!».

6. Ante estas palabras, el anciano, lleno de emoción, me dio las gracias y regresó a su casa. Al llegar, él mismo fortalecido, vinieron los otros diecisiete a saludarle cariñosamente, tan sanos como si nunca hubiesen estado enfermos, asegurándole que hacía media hora que se sintieron curados de pronto, teniendo más fuerzas al levantarse que cuando estaban sanos. Inquietos por él, le habían estado buscando por todas partes.

7. Cuando el anciano escuchó estas palabras, se dio cuenta que la maligna enfermedad había abandonado a sus familiares en el momento en que Yo le dije en mi casa: “¡Sea según tu fe!”.

8. Una vez entró en su casa, los suyos le preguntaron dónde había estado. Él les contestó: «Había oído que el salvador Jesús, conocido por todo el mundo, se encontraba en Nazaret. Entonces fui a buscarle. Él me escuchó y sólo me dijo: “¡Sea según tu fe!”. Estas palabras suyas os han curado al instante. Decidme, ¿cuándo se ha visto nunca en Israel un suceso tan maravilloso?».

9. «Escucha, padre», respondieron los que se habían curado, «si es así, entonces Él debe ser mucho más que un médico milagroso. Probablemente sea, una vez más, un gran profeta, incluso mayor que Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, y quizás tan importante como Moisés, Aarón y Elías. Sólo a ellos les fue posible hacer milagros semejantes con la ayuda de Jehová: todos los espíritus, tanto los de debajo de la tierra como los de encima, los del agua y los del aire le obedecían totalmente. Y si ahora obedecen a este profeta tan importante, ello prueba que puede realizar al instante todo lo que está en su Voluntad.

10. Pero ¿cómo es posible que el hijo del carpintero haya alcanzado esta inmensa Misericordia de Dios? Todos le conocemos bien. Apenas hace tres años que trabajaba con sus hermanos en la carpintería y no vimos en él nada especial. ¿Acaso ha recibido el don hace poco? Verdad es que siempre fue una persona muy devota y se comportaba muy educadamente; era un trabajador silencioso y hablaba sólo lo más esencial; casi nunca se le veía reír pero tampoco estaba triste. Será por eso por lo que Jehová ha tenido en cuenta sus virtudes y le ha concedido ahora esa gran Misericordia. Pues Jehová no tiene en cuenta el prestigio terrenal de la persona, sino que sólo mira su corazón puro e irreprochable».

11. «Sí, sí, quizás tengáis razón», respondió el anciano. «Pero si efectivamente es así, debemos ir a verle mañana temprano para darle las gracias y alabarle, porque ante un profeta escogido por Dios y ungido por su Espíritu es preciso doblar las rodillas respetuosamente, porque no es él sino Dios mismo quien habla y actúa a través de la boca y el corazón del profeta».

12. «¡Amén!», exclamaron todos, «¡que esa sea nuestra primera y más importante obligación!». Con estas palabras toda la familia entró en la casa y los jóvenes prepararon una cena porque todos tenían mucha hambre.

Capítulo 34. Escena entre los fariseos avariciosos y el yerno del anciano

1. Los fariseos de Nazaret supieron que los habitantes de esta casa eran enfermos incurables. Eso les sirvió de pretexto para presentarse en ella con el fin de concertar de antemano el diezmo de la herencia y para disponer el próximo entierro, porque cuando un judío fallecía sin asistencia “espiritual”, después ya nadie tenía derecho alguno sobre la herencia que, en casos así, pasaba al Estado. Así que cuando, ya muy tarde, los fariseos llegaron a la casa, donde ya habían cenado y se disponían a acostarse, estos avariciosos “despachantes de almas a la otra vida” se quedaron blancos de estupor viendo a la gente en plena salud, cuando pensaban que por lo menos la mitad estarían muertos ya.

2. El primero que entró preguntó, conteniendo la respiración: «¿Qué pasa aquí? ¿Todavía estáis vivos? Creíamos que por lo menos la mitad de vosotros habíais fallecido y acudimos para bendecir vuestras almas y enterrar vuestros cuerpos según la tradición de nuestros padres. ¿Quién os ha curado? ¡Boro seguramente no! Sabemos que no vino cuando se le llamó porque, igual que nosotros, tenía mucho miedo a vuestra enfermedad contagiosa. ¿Quién ha sido pues vuestro médico?».

3. El yerno del anciano, un hombre fuerte tanto en su trabajo como en el lenguaje, tomó la palabra: «¿Por qué preguntáis? Vosotros no nos habéis ayudado, así que tampoco os debemos nada. Sé que no habéis venido por nuestra salud sino por el diezmo de la herencia, así que marchaos de aquí. Si ni habéis querido ni os habéis atrevido a venir para ayudar a una familia en peligro, entonces no nos hacéis falta para nada, ni ahora ni nunca. Con vuestra manera de actuar demostráis que sois peores que las lombrices que no hacen sino comerse las raíces y las plantas causando la perdición de lo que crece. ¡Apartaos de mi vista, de lo contrario no sé lo que haré con vosotros!».

4. «Bueno, nos iremos», dijo uno de los fariseos, «pero ¿no podéis hacer el favor de decirnos quién os ha ayudado? Hemos rezado por vosotros siete horas cada día, y por eso nos gustaría saber si el milagro de vuestra curación lo han causado nuestras oraciones, porque en ningún caso habría sido posible ayudaros con medios naturales. ¡Decídnoslo, no os cuesta nada!».

5. «¡Quitaos de mi vista, mentirosos!», respondió el yerno, «está claro que no habéis venido para saludarnos y felicitarnos por nuestra curación; más probable es que hayáis rezado siete horas al día por nuestra muerte para poder calcular la décima parte de la herencia y tomar posesión de ella una vez todos muertos. ¡Miserables! ¡Bien os conozco a vosotros y a vuestras oraciones. Desapareced de aquí, de lo contrario tendré que usar mi derecho de amo de casa. No merecéis siquiera ni pronunciar el nombre de Aquel que nos ha ayudado».

6. Volvió a intervenir el fariseo: «Bueno, quizás somos como dices. Pero también podemos ser de otra manera o convertirnos en otras personas. Puesto que ha sucedido un milagro, esto también puede cambiar nuestra manera de pensar y de actuar. ¡Así que decídnoslo!».

7. El yerno se enfureció: «¡Nada os hará cambiar en este mundo, ni siquiera Dios! Ya habríais tenido tiempo de hacerlo si hubieseis querido. Tenéis a Moisés y a todos los profetas, y no les hacéis caso. Vuestro dios es Mamón, oro y plata vuestros guías. Servís a ese dios en vuestro corazón, mientras que os vestís con el traje de Moisés y de Aarón, disfrazados como lobos con piel de cordero para sorprender, despedazar y devorar los rebaños de ovejas.

8. Sin embargo, Jehová os conoce bien y no tardará en daros la recompensa que merecéis desde hace mucho tiempo. Dios ha llamado a Jesús, el hijo del carpintero José, igual que antaño a Moisés, y este Jesús es quien nos ha curado instantáneamente a distancia mediante su Palabra poderosa. También os dirá cuántos méritos tenéis ante Dios, porque en Él habita el Espíritu de Dios; en vosotros, sin embargo, habita el espíritu de Satanás. ¡Os digo por última vez que os vayáis de esta casa y no volváis a ella nunca más!».

9. Tras estas palabras, los fariseos abandonaron la casa cavilando sobre Jesús que había vuelto a entrometerse en sus asuntos, y reflexionando sobre cómo podían deshacerse de Él, porque de otro modo habría que temer que en poco tiempo pusiera a todos los judíos contra ellos, tal como había hecho con esta familia.

10. Cuando daban vivamente curso a estos pensamientos malvados, sonó repentinamente detrás de ellos un estallido tan fuerte como un trueno que los asustó sobremanera, haciendo que continuaran hacia la ciudad a paso ligero, y sin hablar.

Capítulo 35. Los fariseos leen el salmo 37. Sabio consejo de Robano

1. Al llegar a su casa, abrieron rápidamente al azar el libro de los Salmos de David y se encontraron con el salmo 37. El más viejo empezó a leer:

2. «Escrito: “No te impacientes por los malvados, no envidies a los que hacen el mal. Porque, como el heno, presto se mustiarán, y cual la hierba verde se agostarán. Espera en Yavé y obra el bien; vivirás en la Tierra y en verdad serás alimentado. Haz de Yavé tus delicias, y te dará lo que tu corazón desea. Encomienda a Yavé tus caminos, espera en Él, y Él obrará. Y exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía.

3. Aquiétate en Yavé y espera en Él; no te alteres por quien prospera en su camino, por los que obran la iniquidad. Depón el enojo y deja la cólera. No te excites en manera alguna a hacer lo malo. Porque los malvados serán talados, pero los que esperan en Yavé heredarán la Tierra.

4. Pues de aquí a poco, y el impío ya no será; le buscarás en su lugar, y no estará. Pero los mansos poseerán la Tierra y se recrearán con abundancia de paz. Maquina el impío contra el justo y rechina sus dientes sobre él. El Señor se reirá de él, porque ve que viene su día. Desenvainaron los malvados su espada y tensaron su arco, para derribar al pobre y al menesteroso, para asesinar a los de camino recto. Pero su espada entrará en su mismo corazón, y se quebrarán sus arcos.

5. Mejor es lo poco del justo que la riqueza de muchos pecadores. Porque los brazos de los impíos serán quebrados, mientras que Yavé sostendrá a los justos. Conoce Yavé los días de los perfectos, y la heredad de ellos será para siempre. No serán avergonzados en los tiempos malos, y en los días de hambre serán hartos. Más los impíos perecerán, y los enemigos de Yavé, como la grasa de los carneros serán consumidos, se desvanecerán como humo. Toma prestado el impío y no paga, el justo es misericordioso y da”».

6. Tras este versículo, uno de los fariseos se levantó y dijo al que leía: «¡Qué necedades está leyendo! ¿No te das cuenta que todo lo negativo del texto es contra nosotros y lo bueno se refiere al hijo del carpintero? Esto es un maldito testimonio en contra nuestra; no obstante, tú lo lees tan ingenua y alegremente como si fuera un escrito del sumo sacerdote de Jerusalén cantando nuestras alabanzas».

7. «Amigo», intervino el anciano, «no nos viene nada mal que este texto nos ilumine un poco. Es mejor que reconozcamos nuestras equivocaciones aquí entre nosotros antes de que todo el mundo nos descubra después como impostores, nos desprecie y nos abandone. Al fin y al cabo sólo depende de Dios cuánto seguiremos existiendo sin que se descubra nuestro actual modo de proceder. Así que sigo leyendo este salmo notable».

8. «Tienes razón», afirmaron algunos de ellos, «hazlo así».

9. El anciano siguió leyendo:

10. «“Porque los benditos de Yavé heredarán la Tierra, mientras que sus malditos serán exterminados”».

11. «¿Quiénes son los benditos y quiénes los malditos?», preguntó uno de los fariseos presurosamente.

12. «Está completamente claro que nosotros no somos los benditos a juzgar por la persecución cada vez más intensa que los romanos ejercen contra nosotros. De lo contrario Dios no habría enviado esa plaga inaudita a nuestra bendita tierra. Todo lo demás te lo puedes imaginar tú mismo. Pero sigo leyendo:

13. “Por Yavé son ordenados los pasos del hombre, y aprueba su camino. Si cae, no quedará postrado, porque Yavé sostiene su mano. Mozo fui y ya soy viejo, y no he visto justo desamparado, ni a su simiente mendigar el pan. En todo tiempo tiene misericordia y ayuda al pobre, y su simiente es para bendición.

14. Apártate del mal y haz el bien, y vivirás para siempre. Porque Yavé ama la rectitud y no desampara a sus santos. Para siempre serán guardados. Más la simiente de los impíos será extirpada. Los justos heredarán la Tierra y para siempre morarán en ella.

15. La boca del justo hablará sabiduría, y su lengua proclama la justicia. La ley de Dios está en su corazón, sus pasos no vacilan. Acecha el impío al justo y procura matarle. Yavé no le dejará en sus manos, ni le condenarán cuando le juzguen.

16. Espera en Yavé y guarda su camino, y Él te ensalzará para que poseas la Tierra, verás cuando sean talados los pecadores.

17. Vi yo al impío sumamente ensalzado, se extendía como un laurel verde. Pero pasé de nuevo, y he aquí que no aparece. Le busqué y no fue hallado.

18. Considera al íntegro y mira al justo, que la postrimería de ellos es paz. Pero la salvación de los justos es de Jehová y Él es su fortaleza en el tiempo de angustia. Y Jehová les ayudará, y los liberará, los liberará de los impíos y los salvará, porque en Él esperaron”».

19. Acabada la lectura del salmo, el fariseo reprendió furiosamente gritándole al anciano: «¡Viejo idiota! ¿No te das cuenta de que este salmo nos tilda de impíos y llama justos a quienes siguen a Jesús? ¿No te das cuenta que nos eliminarán a nosotros y ellos poseerán la Tierra? ¿No estamos buscando la forma de matarle y Dios le salva? ¡Vaya un precioso salmo hecho a nuestra medida!».

20. «Yo no lo he escrito», respondió el anciano, «está así en el libro. Y si seguimos siendo como somos, tendremos que soportarle. ¿Comprendes esto y no ves en ello el Poder de Dios?».

21. «Este asunto lo entiendo mejor que todos vosotros», intervino otro. «Nuestro amigo Robano ha sido obligado a leer este salmo. Le ha obligado el hijo del carpintero con su poder mágico, por supuesto un gran enigma para nosotros. Pues igual que ha curado con una sola palabra a toda la familia a la que en vano hemos intentado sacarle oro y plata, así es también capaz de inducirnos a leer esta clase de salmos que obviamente hablan contra nosotros, al igual que testimoniaron antaño contra los enemigos de David.

22. Parece que es verdad que el viejo José desciende en línea directa de David y, además es hijo de María, la segunda esposa de José, también de la misma estirpe: por eso llaman a Jesús “hijo de David”. Esta es la razón por la que el viejo José, que siempre fue un zorro listo, habrá hecho que su hijo aprenda secretamente toda clase de artes que le permitan tapar la boca con sus magias a los supersticiosos griegos y romanos, y presentarse a continuación como hijo de Júpiter o Apolo para que le proclamen emperador. Y si los señores que viven en Roma son tan ciegos como estos que gobiernan Asia, a los que Jesús ya tiene fascinados, no faltará mucho para que en breve dicte sus leyes a los romanos. Así estaremos todos servidos».

23. «Pero tal empresa», añadió otro, «será fácil de impedir con un escrito confidencial al emperador, ¿no?».

24. «No creas que será tan fácil obstaculizar al que con su visión mágica todo lo ve, por más que tú quieras mantenerlo en secreto», le replicó el primero. «¿Quién si no Él nos ha aterrorizado a nuestro regreso a casa con un estallido estruendoso, porque supo lo que hablábamos contra Él? ¿Y quién si no Él ha hecho que leamos el salmo que nos denuncia abiertamente? ¿Y porqué? Porque seguramente sabía lo que tramamos contra Él. ¡Ve e inténtalo con un escrito confidencial al emperador! Estoy convencido de que, a causa de su increíble poder mágico, o no serás capaz de escribir ni una sola palabra o te verás forzado a escribir un cruel testimonio contra ti mismo .

25. Incluso nuestro superior Jairo ya está embobado en cuerpo y alma con Él y le apoya en todo lo que desea porque resucitó dos veces a su hija. Por eso no podremos hacer nada contra Él en Jerusalén. Estamos atrapados por todos lados sin poder enfrentarle en modo alguno. Me parece que lo mejor es poner a mal tiempo buena cara, e incluso declararnos finalmente discípulos suyos. No podemos hacer contra Él cosa de más provecho, porque cualquier asunto que pensemos en secreto lo sabrá al instante».

26. «Soy de la misma opinión», respondió Robano, «no nos queda otro remedio sino permanecer totalmente indiferentes o adherirnos a su doctrina haciendo lo que Él nos aconseje o mande; otra arma contra Él no tenemos».

27. Todos asintieron diciendo: «Lo mejor será mantenerse indiferentes, así no nos enemistamos ni con Roma ni con Jerusalén. Esta es la prudencia que hemos de aplicar siempre».

28. Tras este debate, todos se fueron a descansar, cada uno con sus pensamientos particulares sobre cómo resolver el asunto de la mejor manera posible.

Capítulo 36. Robano, el más viejo de los fariseos, en casa de Jesús

1. Por la mañana vino a verme Robano solicitando hablar conmigo.

2. «Sé lo que quieres decirme», le dije, «pero tú no sabes lo que Yo te voy a decir, por lo tanto, puedes escucharme si quieres».

3. «Por favor, habla», pidió Robano, «quiero escucharte».

4. «Ayer leíste el salmo 37 que os ha afectado mucho, tanto a ti como a tus colegas. Os ha hecho reflexionar sobre vosotros mismos y habéis discutido si os mantendréis indiferentes hacia Mí o me seguiréis como discípulos. Finalmente os habéis decidido por la indiferencia. Sin embargo, tú has reflexionado durante la noche pensando si no sería preferible convertirte en discípulo mío y por eso has venido a verme.

5. Yo no te digo ni sí ni no; si quieres quedarte, quédate, y si quieres irte, vete. Tengo discípulos suficientes. Las habitaciones de esta casa están llenas de ellos. Ahí afuera ves tiendas: todas albergan a discípulos míos. Al lado de este pequeño cuarto se encuentra la gran estancia que sirve tanto para trabajar como de comedor. Como es muy temprano, ahí descansan todavía los grandes señores de Roma, los cuales también son mis discípulos. En el pequeño cuarto de al lado vive Jairo, vuestro superior, con su mujer y su hija a la que he resucitado por segunda vez de la muerte; también él es discípulo mío. Como a todos ellos los tengo por discípulos, no hay nada contra que tú también lo seas. Pero como ves, no te lo suplico. Eres libre de decidir. Si quieres quedarte, quédate; si no quieres, puedes irte».

6. «Señor, me quedo», contestó Robano. «Además, es muy probable que vengan también algunos colegas míos para quedarse. Pues estoy empezando a comprender que en Ti hay algo más que el mero arte mágico de cualquier mago de Oriente. Tú eres un profeta ungido por Dios, de una clase tal como nunca lo hubo antes. Por eso me quedo.

7. Aunque escrito esté que de Galilea nunca saldrá un profeta, no hago caso de ello. Para mí valen más las obras que las palabras enigmáticas de escrituras que nadie es capaz de comprender en su profundidad. Además, según sé no eres siquiera oriundo de Galilea sino de Belén; así que tu lugar de nacimiento no es obstáculo para que seas un profeta. Deseo quedarme porque me siento muy atraído por Ti y tu cercanía me reconforta. No tengo grandes posesiones, pero lo que tengo es suficiente para que todos nosotros podamos vivir de ello durante treinta años. Si me pides dinero a cambio, pongo a tu disposición la mitad de mis posesiones».

8. «Ve y pregunta a mis discípulos cuánto me pagan por las enseñanzas y el sustento. Lo mismo me puedes pagar tú también».

9. Robano preguntó inmediatamente a algunos de los discípulos presentes. Pero estos le dijeron: «Nuestro Maestro santo nunca nos ha pedido ni una sola moneda a pesar de que constantemente nos atiende en todo. A ti tampoco te pedirá más de lo que nos pide a nosotros. Fe y amor es todo lo que nos exige».

10. «¿Entonces, ya sois capaces de hacer cosas especiales, incomprensibles para el entendimiento humano? Y si es así, ¿comprendéis también cómo son posibles?».

11. «Si hace falta», respondió Pedro, «podemos hacer cosas así por la fuerza del Maestro en nosotros; también comprendemos enteramente cómo han sido posibles. Si quieres convertirte en un verdadero discípulo suyo, entonces llegarás a ser capaz de lo mismo y lo entenderás. Pues aquí el Amor pone la ley y la Sabiduría la ejecuta».

12. Robano siguió preguntando: «¿No has notado nunca que Satanás tenga algo que ver con esas cosas extraordinarias?».

13. «¡Qué pregunta más errónea, pobre hombre ciego! ¿Cómo va a tomar parte Satanás en estas obras, en las que el Cielo entero ejerce su insuperable influencia todopoderosa? Yo y todos nosotros hemos visto el Cielo abierto, del que bajan a la Tierra los ángeles de Dios en gran multitud. Vimos cómo le servían a Él y a nosotros. ¿Cómo suponer que Satanás tenga parte en ello?

14. Si no me crees, ve a informarte a Sicar preguntando a Jonael, el sumo sacerdote y a Jairut, el gran comerciante, que ahora vive en las afueras de Sicar, en el conocido castillo de Esaú. Ellos, que son amigos nuestros, te confirmarán quién es Aquél cuyos discípulos somos, gracias a una gran merced suya que no merecemos. Allí encontrarás, junto a Jonael, y también con Jairut, a unos ángeles servidores en forma humana».

15. Cuando Robano escuchó estas palabras, se acercó a Mí muy respetuosamente, preguntándome si Yo no tenía nada contra que él hiciese un viaje a Sicar.

16. «¡Ni mucho menos! Ve y entérate de todo. Cuando vuelvas, cuéntale a tus hermanos y colegas todo lo que oigas y veas. Una vez que hayas cumplido esta misión de forma efectiva, vuelve y sígueme. Ya sabrás a dónde me dirigí entre tanto. Pero una vez atravesada Sibara, el primer paso aduanero desde aquí, y si después de Kis y Caná te preguntan en Samaria a dónde vas y en nombre de quién haces este viaje, di mi nombre y te dejarán seguir tu camino libremente. Pero no viajes con hábitos de fariseo, con ellos no llegarás muy lejos. Ponte ropa sencilla de ciudadano normal y así no te molestarán en Samaria».

17. Tras escuchar estas explicaciones, Robano se preparó inmediatamente para hacer el viaje, cuyo fin era buscar y conocer lo que tan cerca tenía en su patria.

18. Aunque en todas partes brilla el mismo Sol, siempre hay personas y espíritus que piensan que en el extranjero se puede ver, saber y aprender más que en el país propio. Cierto es que en el extranjero pueden conocerse otras regiones, otros hombres, otras costumbres y otras lenguas. Pero que con ello el corazón gane algo, es harina de otro costal.

19. Quien va al extranjero por pura curiosidad, para divertirse, poco ganará en la formación de su alma; pero gran provecho tendrá quien vaya para ser útil y llevar una luz nueva a sus habitantes.

20. Todo profeta obtiene una cosecha mejor en el extranjero que en su propia patria.

Capítulo 37. El viejo judío Josa da las gracias al Señor

1. Tras la salida de Robano llegó el anciano, que se llamaba Josa, junto con sus hijos y nietos que se habían curado durante la noche, dándome las gracias, alabándome y honrándome. Me preguntó si, con los suyos, podía quedarse todo el día junto a Mí.

2. Le dije: «¡Haz lo que desees hacer! Ayer tuviste que soportar una disputa con los fariseos por mi causa, y todos vosotros os habéis mantenido firmes en mi Nombre. Por ello, en el futuro quedaréis libres de tales sufrimientos: ningún fanático os importunará más en vuestra casa. Id pues con mis discípulos; ellos os instruirán sobre lo que habréis de hacer y creer a partir de ahora».

3. Tras estas palabras llegó Pedro para llevar a toda la familia junto a Mateo, el escribano, quien les fue leyendo todo lo que había sucedido con mis discípulos y lo que Yo les había enseñado.

4. Tan pronto como se les dio lo que necesita el espíritu, Cirenio, Cornelio, Fausto y el superior Jairo, acompañado de su mujer y su hija, salieron de sus habitaciones saludándome todos de la manera más cariñosa y dándome las gracias por tan reconfortante descanso y por los maravillosos sueños que habían tenido durante la noche. Les devolví el saludo y les presenté a la familia recién llegada, la que había sido curada.

5. Cirenio se acercó a ellos preguntándoles todos los detalles de lo sucedido. Pero cuando escuchó los incidentes habidos durante la noche con los fariseos, se puso furioso y exclamó: «¡No, Señor!, por tu santo nombre, ¡esto no se lo puedo perdonar a esos hijos de Satanás! Es preciso que los castigue, aunque tenga que perder mi vida por ello. ¿No son lobos, hienas y zorros, como no los hay peores en toda Palestina ni en toda Asia? ¿Cuál es la diferencia entre ellos y los peores ladrones callejeros? ¡Oh malvados! Os llamáis servidores de Dios y por eso exigís que os honren y alaben durante el día. Sin embargo salís a buscar vuestra presa por la noche. Pero ¡esperad! Os quitaré vuestra afición al bandolerismo nocturno de manera que no olvidaréis nunca».

6. Ante estas palabras airadas del gobernador Cirenio le dije: «Amigo, déjalo. Pues lo que deseas hacer ya lo he hecho Yo en el espíritu durante esta noche, de manera mucho más efectiva. El resultado de ello será que pronto todos aceptarán mi Doctrina. Su superior, el anciano Robano, ya estuvo aquí esta mañana y ya aceptó mis enseñanzas. Por eso le he enviado a Sicar, donde verá y aprenderá muchas cosas, como un discípulo mío. Volverá dentro de dos días y hará que sus colegas también entren bajo mi techo. Esto es mejor que el látigo, la cruz o el hacha».

7. «Si es así», respondió Cirenio algo más calmado, «retiro mis palabras y no los someteré a ningún juicio riguroso y humillante. Pero tendrán que dar cuenta de lo que ha sucedido».

8. «¡Pero no por la mañana, sino sólo por la tarde! Esas hermosas horas las pasaremos en algo mejor. Vayamos ahora a tomar el desayuno».

9. Entretanto Boro había mandado colocar al aire libre una gran cantidad de mesas, trabajo en el cual le habían ayudado mis hermanos carpinteros. Como era antesábado, había que tomar el desayuno al aire libre igual que cualquier día festivo. Habían dispuesto casi cincuenta mesas con sus bancos, todas repletas de vino y platos de comida. ¡Qué emocionante ver los cientos de invitados sentados alrededor de ellas, cantando salmos de alabanza y comiendo los bien preparados alimentos! En el centro se había montado una especie de tribuna con una mesa donde nos sentamos Cirenio, Cornelio, Fausto, Jairo con su esposa e hija, mi madre, los doce apóstoles y Yo. Tomamos el desayuno que Fausto y Boro habían preparado, conversando de la manera más agradable y alegre.

10. Sin embargo, faltaba Lydia, la joven esposa de Fausto, a la que este, debido a los numerosos asuntos que tenía que solucionar, había dejado en casa en Cafarnaúm, pese a que a ella también le habría gustado mucho venir a Nazaret. Mi madre se lo reprochó con dulzura, por lo que se arrepintió sinceramente y decidió ir a buscarla de inmediato.

11. Pero le dije: «¡Déjalo! Si Yo quiero, ella estará aquí antes de mediodía». Fausto me lo pidió y le prometí hacerlo así.

12. De repente aparecieron dos jóvenes sumamente hermosos, vestidos con ropajes de color celeste, que se inclinaron ante Mí diciendo: «Señor, tus servidores esperan con toda humildad tus órdenes sagradas».

13. «Id a buscar a Lydia», les dije, «para que pueda estar con nosotros».

14. Los dos desaparecieron y Cirenio me preguntó con gran asombro: «Amigo, ¿quiénes eran estos dos encantadores y hermosos jóvenes? Nunca había visto antes figuras tan sublimes».

15. «Todo señor tiene sus servidores, y cuando los llama han de aparecer y servirle. Como Yo también soy amo y señor, tengo mis servidores que comunican mis órdenes a todo el universo. Tú no puedes verlos pero Yo sí; y en donde nada supones, un sinnúmero de legiones espera mis señales. Por añadidura, tales servidores míos tienen fuerza suficiente, por frágiles que parezcan, para destruir esta Tierra si Yo se lo ordenara.

Pero mira, allí vuelven con Lydia».

16. Casi todos los de mi mesa se quedaron atónitos y Cirenio preguntó: «¿Cómo es posible? Estos dos se habrán alejado a lo más quinientos metros, Cafarnaúm está a dos horas de camino, ¡y ya están aquí de vuelta! ¡No lo entiendo!».

17. Después que Lydia fuera recibida tiernamente por Fausto y conducida a nuestra mesa, Cirenio le preguntó: «Lydia, ¿cómo has llegado tan rápidamente desde Cafarnaúm? ¿Ya estabas en camino?».

18. «¿No ves a los dos ángeles de Dios?», contestó Lydia. «Me han traído aquí en un abrir y cerrar de ojos. En el camino no vi tierra ni aire; allí y aquí fue un momento, y ahora, aquí estoy. Pero pregúntales a ellos, ellos te darán una respuesta mejor».

Capítulo 38. La naturaleza humana y la naturaleza divina del Señor

1. Cirenio se dirigió a los dos ángeles y les preguntó cómo era posible tal cosa. Estos, sin embargo, con sus delicadas manos me señalaron respetuosamente, diciendo con voz purísima y armoniosa: «La Voluntad del Señor es nuestro ser, nuestra fuerza y nuestra rapidez. Con nuestra sola fuerza no podemos hacer nada, pero si Él lo quiere, asimilamos su Voluntad y entonces somos capaces de realizar cualquier cosa. Nuestra belleza que ciega tus ojos, es nuestro amor hacia Él; este amor no es sino su Voluntad en nosotros.

Si queréis ser semejantes a nosotros, aceptad entonces su Verbo; y cuando Él os llame para actuar según su Voluntad, os será posible realizar todas las cosas y podréis conseguir y hacer más que nosotros, pues vosotros procedéis puramente de su Amor, mientras que nosotros procedemos sólo de su Sabiduría. Ahora ya sabes cómo nos ha sido posible hacer fácilmente lo que tanto te asombra. En el futuro, obra enteramente según su Verbo y también te será posible realizar cosas maravillosas».

2. Con mirada de asombro, Cirenio dijo: «¿Entonces tengo razón al considerar a Jesús como al Dios y Creador único de todo el universo?».

3. «Tienes razón, sin duda», contestaron los ángeles, «pero no hables demasiado alto de ello. Y si notas algo humano en Él, no te molestes, pues todo lo que es humano no lo sería si no hubiese sido divino desde la Eternidad. Por lo tanto, si Él se mueve aquí de una forma natural, no se trata de nada indigno de Él, porque cada forma y cada pensamiento estaban antes en Él, antes de que su Voluntad los hubiera proyectado fuera de Él en una existencia autónoma en la que comenzaron a desarrollar una voluntad totalmente independiente.

En toda la infinitud, en todo el cosmos, no hay ser alguno que no haya tenido su origen en Él. Esta Tierra y todo lo que existe en ella y sobre ella no es sino su Pensamiento eternamente fijado, que por su Verbo se hizo realidad. Si, por lo tanto, Él abandonase esta idea básica, lo que le sería muy fácil de hacer, en el mismo instante no habría más Tierra ni cosa alguna de las que en ella ves.

4. No obstante, la Voluntad del Señor no es semejante a la del hombre, que muchas veces cambia sus intenciones. La Voluntad del Señor es eternamente inmutable y no hay cosa alguna que pueda influir o cambiar esta Voluntad en el Orden fijado desde la Eternidad. Sin embargo, dentro de este Orden existe la máxima libertad y el Señor puede hacer lo que quiera, al igual que todo ángel y hombre. Que esto es así, puedes comprobarlo fácilmente contigo mismo y en mil otras cosas.

5. En tu forma personal puedes hacer lo que quieras. Sólo puede impedírtelo tu voluntad; pero la misma forma personal no tolera alteración alguna porque está sujeta al Orden divino fijado.

6. Puedes modificar considerablemente la superficie exterior de la Tierra; puedes nivelar montes, desviar ríos, secar lagos y hacer surgir otros; puedes construir puentes por encima de los mares y, con diligencia y esfuerzo, transformar los desiertos en un paraíso bendito y fértil; en pocas palabras, puedes efectuar en la Tierra un sinnúmero de transformaciones. Pero no puedes conseguir aumentar el día ni acortar la noche, ni tampoco dominar los vientos ni las tempestades.

7. Tienes que soportar el frío del invierno y el calor del verano; nunca puedes modificar la forma ni la constitución de las criaturas. Del cordero no harás un león ni del león un cordero; en esto puedes comprobar el Orden divino.

8. Aquí, delante de ti, se encuentra El que desde la eternidad fundó tal Orden; sólo Él puede disolverlo cuando quiera. Al igual que tú eres libre en tu pensamiento, en tu obrar y en tu querer dentro de este Orden divino inmutable, que determina tu ser y todo lo que te rodea, el Señor lo es todavía más y puede hacer lo que quiera.

9. Por esto te repetimos: No te molestes si el Señor se mueve de forma humana ante vosotros, porque sin duda alguna cada forma es su propia obra».

Capítulo 39. Influencia de los ángeles sobre los hombres

1. Cuando Cirenio recibió estas enseñanzas de los ángeles, supo de pronto que todo era cierto y que no tenía que dudar sobre si Yo era un ser divino o no. Totalmente convencido de ello, se acercó a Mí diciendo: «Señor, ahora lo entiendo todo: ¡Eres Tú!

2. Mi corazón ya me lo decía desde hace tiempo, pero como veía que siempre te comportabas de forma humana, me asaltaban las dudas una y otra vez. Sin embargo, ahora se han desvanecido todas mis vacilaciones y, ocurra lo que ocurra, me mantendré firme en mi fe. ¡Oh, qué feliz soy ahora, que incluso mis ojos físicos pueden ver a Aquél que me ha creado y que me mantiene, ahora y eternamente!».

3. «¡Querido amigo!», le contesté, «lo que tienes ahora, permanecerá contigo eternamente. Pero guárdalo de momento para ti y no hables de ello nada más que a tus amigos más íntimos, pues de lo contrario harías más daño que bien a mi causa y a los hombres. Por otro lado, cuando notes algo de humano en Mí, ¡no te enojes! Pues antes de que existiesen los ángeles y criaturas, Yo fui el primer hombre proveniente de la eternidad, y por tal razón tengo también derecho a seguir siendo hombre entre mis hijos creados».

4. «¡Haz lo que quieras!», dijo Cirenio, «para mí, sin duda alguna, seguirás siendo eternamente lo que ahora eres. Me gustaría tener a estos dos ángeles conmigo hasta el fin de mi vida terrestre. ¡Son tan hermosos, amables y sabios…!».

5. «No puede ser», le expliqué, «porque no soportarías verlos en persona, ni tampoco sería útil para tu alma. Sin embargo, aunque tus sentidos terrestres no los perciban, continuarán siendo protectores tuyos como lo han sido desde que naciste. Como van a estar aquí visibles todo el día, podrás estar más tiempo con ellos.

6. Y cuando no los veas, podrás hablar con ellos y preguntarles lo que quieras; ellos pondrán la respuesta en tu corazón, donde la percibirás como un pensamiento claro. Esto es mucho mejor que hablar con ellos de palabra. Una palabra puesta por un ángel en tu corazón es más eficaz y útil para tu alma que miles que tus oídos escuchen del exterior, porque lo que sientes en el corazón es cosa tuya propia, mientras que lo que recibes del exterior has de convertirlo en tuyo con hechos.

7. Si tienes la Palabra en el corazón y, pese a ello, pecas de vez en cuando con tu ser exterior, entonces tu corazón no está conforme y te fuerza a reconocer tu pecado y a arrepentirte del mismo tan pronto como sea posible, con lo que ya no eres pecador. Si recibes la Palabra por el oído y no la tienes en el corazón sino sólo en el cerebro, y pecas, entonces también peca tu corazón vacío y no te fuerza ni a reconocer tu culpa ni a arrepentirte, con lo que seguirás siendo culpable ante Dios y ante los hombres.

8. Por lo tanto, amigo mío, mejor es que no veas a tus protectores espirituales mientras tengas que permanecer en tu cuerpo. Cuando más tarde tengas que abandonarlo, entonces tú mismo, como espíritu, no sólo verás a estos dos sino a muchos más».

9. «Estoy muy contento con todo esto», contestó Cirenio, «pero aprovecharé el día de hoy para hablar con ellos sobre cosas espirituales».

10. «¿Pero cómo vas a hacerlo? ¿No habías avisado a los tercos y malvados fariseos que recibirían una seria advertencia en mi Nombre? Esto te impedirá estar con los ángeles, ¿no?».

11. «Cierto, casi lo había olvidado. ¡Qué fastidio! ¿Qué voy a hacer ahora?».

12. «¿Y si Yo te libro de tu juramento y retiras totalmente la advertencia a los fariseos? Ya tienen bastante con tu amonestación de ayer».

13. Cirenio: «Señor, si es tu Voluntad retiro con gusto la advertencia en la que pensaba, dejándolo todo en tus manos y confiando en que el anciano Robano los llevará al buen camino dentro de unos días».

14. «Nada tengo que oponer a ello», le contesté, «pues ya dije que hablarías con los fariseos por la tarde porque sabía que cambiarías de parecer. Como el día está tan hermoso, vayamos al mar a pescar algunos peces para nuestro almuerzo y cena. Que venga con nosotros quien quiera».

Capítulo 40. El amor al Señor

1. Pedro y Natanael me preguntaron: «Señor, no traemos ningún avío para pescar. ¿Qué haremos? ¿Quieres que pidamos a los pescadores que nos los presten?».

2. «No hace falta», les contesté, «aunque sí hace falta otra cosa: memoria. Parece que olvidáis constantemente que Yo soy el Señor y que para Mí no hay cosa imposible. Por eso no os apartéis de nosotros y, durante la pesca, explicad al viejo Josa y a su familia que la Fuerza y el Poder de Dios también están en el hombre».

A estas palabras mías, ambos se retiraron reflexionando sobre su ceguera por haberme planteado cuestiones tan mundanas. Incluso Josa dijo que cómo me habían podido preguntar eso.

3. «Amigo», respondió Natanael, «nosotros somos hombres como tú y por eso estamos acostumbrados a las circunstancias terrenales; así que es fácil que cometamos de vez en cuando alguna tontería así. Pero en el futuro te prometo que nos controlaremos. Piensa que somos pescadores desde nuestra juventud y cuando oímos algo sobre la pesca, caemos de nuevo en las antiguas preocupaciones, olvidándonos de lo espiritual».

4. En este momento llegó Sara y me pidió ir con nosotros.

5. «¡Naturalmente!», le respondí. «Precisamente es para ti para quien organizo estas tareas. No te preocupes, tú eres y sigues siendo mi querida amiga. ¿Por qué no te has sentado a mi lado durante el desayuno?».

6. «Oh, Señor, no me atreví. Piensa, ¡los tres gobernadores más importantes de Roma a tu lado, y yo solamente una pobre doncella! ¡No tuve valor para ello!».

7. «Querida niña», le contesté, «me di perfectamente cuenta de que hubieras preferido sentarte a mi lado. No me pasa inadvertida cosa alguna que ocurra en el corazón de cualquier ser humano.

8. Pero dime, Sara, ¿no te gustan estos dos jóvenes? ¿No los prefieres a Mí? Mi figura no es tan hermosa como la suya».

9. «¡Pero, Señor, mi amor único y eterno! ¿Cómo puedes pensar tal cosa de mí? No cambiaría el Cielo lleno de ángeles mil veces más hermosos por un pelo de tu cabeza, ni tampoco ninguno de estos dos por tu persona. Aunque son hermosos, me pregunto: ¿Quién les dio tal belleza? Fuiste Tú. Pero, ¿cómo podrías haberles dado tal belleza si antes no hubiese estado en Ti?

10. Así que te digo: Tú eres para mí todo en todo y nunca te abandonaré, aunque me ofrecieras todos los Cielos llenos de los ángeles más sublimes».

11. «Lo que dices es justo; así debe ser», le respondí. «Quien me ama debe amarme enteramente y sobre todas las cosas si también quiere ser amado sobre todas las cosas por Mí. Cierto es que estos dos ángeles son sumamente hermosos; sin embargo, ahora te prefiero a los ángeles más puros y por ello, quédate conmigo. Entre muchas, tú eres para Mí una novia verdadera. ¿Lo comprendes?».

12. «Señor, esto no lo comprendo. ¿Cómo puedo ser tu novia? ¿Cómo puedo ser para Ti lo que mi madre es para mi padre? Tú eres el Señor del Cielo y de la Tierra y yo soy sólo una criatura tuya. ¿Cómo es posible que el ser más ínfimo se una con el más noble y altísimo?».

13. «Es muy fácil; es por la sencilla razón de que el ser más ínfimo al que te refieres también surgió del Altísimo y, por lo tanto, también forma parte de Este.

14. Yo soy el Arbol de la Vida y tú eres su fruto. Aparentemente el fruto es menor y menos consistente que el árbol; pero en su centro existe una semilla alimentada y madurada por el mismo fruto. A su vez, esta semilla contiene árboles de la misma especie capaces de producir los mismos frutos con semillas vitales de las cuales han surgido.

15. De esto puedes deducir fácilmente que la diferencia entre el Creador y la criatura en cierto aspecto no es tan grande como supones; pues la criatura es la Voluntad del Creador, la cual, sin duda alguna, es enteramente buena y digna. Si esta Voluntad libre, emanada del Creador y enteramente idéntica a su forma reconoce libremente lo que en el fondo del fondo es, y obra según ello, entonces se iguala al Creador y en su pequeña medida es enteramente lo que el Creador es en su plenitud infinita. Y aunque esta partícula liberada de la Voluntad divina no lo reconozca así, no por ello deja de ser lo que es, aunque no podrá alcanzar su máximo destino hasta que no acepte lo que realmente es.

16. Para facilitar el trabajo de reconocerse, el Creador ha dado en todos los tiempos desde los Cielos revelaciones, leyes y enseñanzas a esas partículas liberadas que se llaman “criaturas” u “hombres”. Incluso ahora el Creador mismo ha descendido del Cielo a la Tierra y se ha encarnado en Mí, su Hijo, para ayudar a los hombres a reconocerse a sí mismos y para darles más Luz, aliviando sus esfuerzos.

17. Ahora comprenderás cómo están relacionados el Creador y la criatura. También entenderás con facilidad como tú, completamente idéntica a Mí, podrás ser mi novia y mi esposa, unida a Mí por tu gran amor. ¿Comprendes ahora lo que te he revelado?».

Capítulo 41. La naturaleza del amor verdadero

1. Dijo Sara: «Sí, ahora lo comprendo mejor que antes. ¿Pero entonces todas las hijas de Eva tienen el mismo derecho que yo a poseerte?».

2. «Así es», le respondí, «si son como tú eres; sin embargo, si no lo son, pueden llegar a ser mis servidoras y hasta mis novias, pero no mis esposas. Verdad es que mi patriarca terrenal, David, tenía muchas esposas y era un hombre según el corazón de Dios. ¿Por qué Yo no iba a tener el mismo derecho a poseer muchas esposas si soy más que David? Además, Yo tengo riqueza para hacer felices a tantas mujeres como granos de arena hay en el mar o hierbas en la tierra, y para que cada una sea abastecida de tal manera que jamás pueda tener deseo alguno que no sea satisfecho a la perfección. Mas si esto es así, ¿te molestará que Yo quiera dar a muchas la felicidad que te doy a ti en superabundancia?».

3. «Sólo Tú eres el Señor», respondió Sara, «eres el Amor ilimitado y la Sabiduría misma, y lo que Tú haces, está hecho sabiamente; sin embargo, no es culpa mía amarte tan intensamente y, por lo tanto, quererte poseer para mí sola. Señor, perdónaselo a mi corazón infantil».

4. «Eso es totalmente justo. Quien no me ama celosamente como tú, y quien no quiere poseerme exclusivamente en su corazón, ya no tiene el verdadero amor vivo hacia Mí. Y si no tiene ese amor, tampoco tendrá en sí la abundancia de la vida; porque Yo soy la Vida verdadera del hombre, producida en su alma por el amor para conmigo, y este amor es mi Espíritu que se halla en cada hombre.

5. Quien, por ejemplo, despierta su amor hacia Mí, despierta también el Espíritu que Yo le he dado. Como este Espíritu soy y debo ser Yo mismo, porque fuera de Mí no hay otro Espíritu eternamente, él también tendrá la Vida eterna a través de Mí y jamás podrá morir ni ser destruido, ni siquiera por mi Omnipotencia, porque es uno conmigo. Pues tampoco Yo me puedo destruir a Mí mismo porque mi Ser infinito no puede transformarse en la nada. Por lo tanto, no pienses que tu amor hacia Mí sea una necedad, es precisamente tal como debe ser. Si permaneces en él no verás ni sentirás la muerte nunca, eternamente».

6. Estas palabras mías la hicieron tan feliz, que me abrazó con todas sus fuerzas y empezó a acariciarme.

7. La madre de Sara le regañó diciendo: «Pero Sara, esto no es decente, eres una niña traviesa».

8. Sara, defendiéndose, le contestó: «¿Qué dices? ¿Decente o indecente? Tampoco es decente morirse, pero cuando viene el Señor para resucitar al muerto sacándole de la tumba, lo que no es habitual, ¿es decente ante el mundo? Oh, madre, amar al Señor sobre todas las cosas del mundo debería ser lo más decente para cualquier ser humano. ¿No es eso así, mi Señor Jesús?, ¿estoy en lo cierto?».

9. «Es cierto y totalmente verdadero», le respondí. «A quien en el mundo tenga reparo en amarme abiertamente sobre todas las cosas, también Yo tendré reparo en amarle ante todos los Cielos y en despertarle a la Vida eterna el día del juicio final».

Capítulo 42. Sobre día del juicio final

1. En este momento preguntaron algunos cuándo sería el día del juicio final11.

2. Les expliqué: «Cuando un día ha acabado, siempre le sigue otro. Y como no puedo resucitar a nadie el día pasado, habrá que hacerlo el día más reciente. ¿Acaso no es cada uno de los días que vivís el día más reciente? ¿O, acaso alguien puede presenciar un día más reciente que el actual? Os digo que todos moriréis en un día más reciente y, necesariamente, será en un día más reciente cuando resucitaréis de la muerte a la vida. Para cada cual, el día que le toque será el más reciente. Qué día será no lo he predeterminado Yo ni ángel alguno, pues cada día venidero vale para ello. ¿Lo entendéis?».

3. Sorprendidos de mis explicaciones, los que había preguntado se retiraron diciendo: «Verdaderamente, ¿cómo hemos podido ser tan tontos estando el asunto tan claro como el agua? Es totalmente lógico: Igual que hablamos de días pasados y de días anteriores, también hay días más recientes. ¡Qué estúpidos hemos sido! ¡Cuánta paciencia infinita para aguantarnos está demostrando Él en su gran Sabiduría!».

4. Sara dijo sonriendo: «Sí, el Señor tiene la máxima paciencia con todos nosotros. Pero lo que es el día del juicio final, o sea, el día más reciente, eso yo ya lo sabía de pequeña. Y cuando alguien me preguntaba por ello, le contestaba: “¡Mañana será el día más reciente!”. En serio, ¿no lo sabíais?».

5. «Sí, sí», contestaron los demás, «hemos sido verdaderamente tontos. Pero es que siempre tuvimos mucho miedo a ese día venidero. Ahora lo tenemos completamente claro. Estamos avergonzadísimos por no habernos dado cuenta de una cosa tan clara y que todo el mundo entiende».

6. «No os preocupéis», les dije, «pues esta es una piedra en la que todavía tropezarán muchos miles de personas, y sobre la que discutirán, escribirán y sermonearán al pueblo ciego.

7. Pero puesto que hemos llegado a la orilla del mar, ocupémonos de los peces. Aquí hay barcas, redes y demás aparejos para ponernos inmediatamente a trabajar. Los dos jóvenes con quienes Cirenio está discutiendo todavía pueden ayudarnos muy bien».

Capítulo 43. El Señor Jesús y los suyos durante la pesca

1. Al ver que habíamos llegado al mar sin haberse enterado, todos se sorprendieron mucho.

2. Por eso les dije: «¿Cómo es posible que todavía os sorprendáis? ¿No os han sucedido ya otras veces cosas parecidas estando conmigo? Es comprensible que el viejo Josa, sus hijos y sus nietos se impresionen; pero en vuestro caso, discípulos míos desde hace mucho, que habéis pasado muchas experiencias conmigo, es incomprensible que aún os asombréis. Deberíais saber que nada es imposible para Mí.

3. No digo incomprensible en balde: cualquier tipo de asombro ante algún hecho extraordinario que Yo haga, presupone también un poco de incredulidad escondida en el alma. El hombre siempre duda que un hecho o un fenómeno extraordinario sean posibles. Pero cuando pese a sus dudas suceden, el propio testigo se queda pasmado y pregunta: “¿cómo ha sido posible? ”.La pregunta muestra que el hombre dudaba de la posibilidad del éxito y, sin embargo, se logró. Eso le parece extraño e increíble.

4. Por lo tanto es comprensible que un neófito se asombre. Pero cuando los ya iniciados todavía se sorprenden de mis hechos, muestran con ello que ellos mismos siguen siendo neófitos. Así que, en adelante, no manifestéis vuestro asombro ante extraños cuando realice un hecho extraordinario, no sea que os consideren también neófitos».

5. «Señor», respondieron los discípulos, «Tú sabes de sobra que te amamos sobre todas las cosas y que sabemos muy bien Quién eres. A pesar de ello, a veces nos quedamos sorprendidos cuando ocurre un nuevo milagro, porque tus hechos maravillosos suceden casi siempre tan inesperadamente que, aun teniendo una fe firme, uno se queda atónito. Todos los hombres han visto muchas veces amaneceres y atardeceres. Pero ¿quién que tenga una cierta sensibilidad no queda conmovido con cada nuevo amanecer? A nosotros nos pasa, Señor. Y Tú eres infinitamente más que todos los amaneceres juntos. Por eso te rogamos que nos perdones estos errores en los que caemos una y otra vez pese a nuestros corazones llenos de amor por Ti».

6. «Bueno, bueno, está bien», les contesté, «sin embargo, os recuerdo que, frente a extraños, pongáis en práctica mis consejos para que vean en vosotros a verdaderos discípulos míos. Pero ¡vamos ya a pescar! Seguramente allí ocurrirán también algunos pequeños milagros. ¡Que los extraños juzguen por sí mismos si son hechos normales o extraordinarios!».

7. Una vez escuchada esta necesaria advertencia, los discípulos subieron rápidamente a las barcas para tender las redes sobre el agua según el arte de los pescadores. Hacían una redada tras otra pero la captura era escasa.

8. Pedro comentó que el fuerte viento de oeste era desfavorable porque hacía que los peces se fueran al fondo.

9. Otro, opinó a su vez que no tendrían mucho éxito antes del atardecer, pues el Sol era demasiado fuerte y los peces se refugiaban en las profundidades porque no soportaban una luz tan fuerte.

10. En ese momento los dos jóvenes subieron también a una de las barcas, tendieron una gran red y se adentraron en la mar.

11. Andrés, también experto en la pesca, dijo: «Si estos no cogen con su red los peces de forma milagrosa mediante su fuerza espiritual, ya pueden estar diez años en alta mar que no pescarán ni una sola pieza».

12. Los dos jóvenes tiraron fuertemente de la red y en seguida volvieron a tierra trayendo treinta piezas muy buenas.

13. «Aunque no sea un milagro, tiene un gran mérito haber traído de alta mar treinta siluros de los grandes», dijo Andrés.

14. Finalmente, Yo también me subí a una barca y la valiente Sara a otra. Tendimos una red grande sobre el agua. Al poco de alejarnos de la orilla tiramos de ella, y ya estaba llena con unas quinientas piezas entre salmones y siluros, de manera que los dos jóvenes tuvieron que acudir a ayudar a Sara que no podía sostenerla. Una vez en tierra, colocaron los peces en unas barricas dispuestas para ello.

15. Los discípulos habían hecho otra redada; pero al llegar a tierra no encontraron en la red sino algunos peces pequeños.

16. Pedro, algo decepcionado, dijo: «¡Por hoy he terminado! Verdaderamente, a un viejo pescador con experiencia no le vale la pena ni subirse a una barca para traer sólo esto». Una vez que lo dijo, quiso echar otra vez los pequeños a la mar.

17. Sin embargo, Yo le dije: «Guarda lo que has pescado, pues los peces pequeños muchas veces son sabrosísimos y los prefiero a los grandes, que acostumbran a tener una carne dura y difícil de digerir. Y recuerda siempre esta analogía.

18. Cuando pesques hombres, no te decepciones si caen en la red del Evangelio sólo peces pequeños. En verdad te digo que los prefiero a los grandes. Todo lo suntuoso y valioso ante el mundo es para Mí, en cierta medida, un horror. Pero volvamos ya a casa: tenemos suficiente para hoy y para mañana. El domingo ya veremos si hace falta abastecernos de nuevo».

19. Cuando recogieron las redes, todavía sacaron más pescados de clases diferentes que echaron en barricas, las cuales transportaron a mi casa en carros, guardando los peces en un gran recipiente que José mismo había preparado a su tiempo.

Capítulo 44. Asuntos personales de Boro

1. Cuando, una hora después de mediodía, volvimos de pescar, nos esperaba una buena comida que había hecho preparar Boro, razón por la que no nos había acompañado a la mar. Su mayor alegría era poder ofrecer, con ayuda de sus cocineros y cocineras, buenos banquetes a muchas personas, sobre todo al aire libre. Como Kisiona, era lo suficientemente rico para dar de comer y beber diariamente por lo menos a seis o siete mil personas.

Pues, primero, era hijo de un griego muy rico de Atenas que también poseía en Asia grandes extensiones de tierra, siendo incluso dueño de varias pequeñas islas. Segundo, era el único heredero de todas estas propiedades y, tercero, con ventaja, el médico más experimentado de toda Judea, ganando con su arte enormes sumas de oro y plata, especialmente de los poderosos y de los ricos. En compensación, trataba y cuidaba gratuitamente a los enfermos pobres, por lo que estos lo consideraban como el mayor benefactor del país.

2. Además no tenía ni mujer ni hijos, era soltero. Su mayor alegría consistía en poder unir a hombres jóvenes pobres con muchachas jóvenes y sanas, bendecirles de palabra y darles una buena dote. Así que estaba de muy buen humor porque pensaba que Yo iba a casarme con la bellísima y delicada Sara.

3. Cuando estábamos todos sentados alrededor de la mesa, comiendo y bebiendo en un ambiente relajado y alegre, vino hacia Mí preguntándome en secreto si de este asunto podría salir algo positivo.

4. «Amigo y hermano mío, conozco de sobra tu corazón bondadoso y noble», le respondí, «y sé que sólo eres verdaderamente feliz cuando puedes hacer feliz a otros. Apenas piensas en ti. Como te has dado cuenta del gran amor que existe entre la hermosa Sara y Yo, y como esta mañana hemos hablado de novia y esposa, has pensado secretamente que la hermosa Sara y Yo podríamos unirnos en matrimonio. Pero estás en un error. Todas las mujeres que han vivido, viven y vivirán en la Tierra y llevan una vida pura, son más o menos mis novias o mis esposas. Pero aún la unión más tierna conmigo no les impedirá llegar a ser la mujer de un hombre honrado. Esta relación íntima espiritual es la que existe entre la preciosa Sara y Yo. Pero en manera alguna es un obstáculo para que sea tu mujer, aunque eternamente sea mi verdadera esposa en espíritu.

5. Y ahora te digo: Puesto que has ayudado a tantos hombres honrados, por pobres que fueran, a encontrar a unas mujeres buenas y virtuosas, lo que para los apasionados jóvenes significaba una gran felicidad, también Yo te quiero ayudar a encontrar esa misma felicidad. Precisamente esta bellísima Sara será tu mujer. Tú me defendiste cuando ella yacía otra vez en el lecho de muerte después de su primera resurrección, y Yo la he vuelto a resucitar para ti, destinándola desde entonces a recompensa tuya. El mismo aspecto que tiene ahora también lo tendrá a los setenta años, porque esta niña no envejecerá en esta Tierra. Mira los dos ángeles con quienes habla Cirenio, ¿no son tan hermosos como esta doncella? Dime sinceramente, ¿no has mirado ya algunas veces a esta deliciosa Sara y tu corazón no ha sentido algo?».

6. «Señor, es totalmente imposible ocultar nada ante Ti», contestó Boro algo azorado. «Así que prefiero confesarlo abiertamente: Sara es el único ser humano de la Tierra que quisiera tener yo mismo antes que ayudar a alguien a tenerla. Cierto es que ya paso de los treinta años y ella tendrá solamente dieciséis primaveras. Pero parece que mi corazón apenas haya alcanzado su maravillosa edad. Si resultara posible que fuera mi mujer, la amaría miles de veces más que a mi propia vida».

7. Sara había escuchado a escondidas esta conversación. Cuando le pregunté si le había gustado lo que habíamos estado hablando, bajó la mirada avergonzada y dijo al poco: «Pero ¿es que tienes que darte cuenta de todo? Sólo he mirado al amable Boro una vez y muy rápidamente porque es un hombre muy agradable y servicial».

8. En un tono algo jocoso le dije: «Pero, si no me equivoco, en tu corazón le has mirado ya muchas veces, ¿no?».

9. Sara, escondiendo su rostro cada vez más, me contestó: «Señor, estás empezando a hacerte pesado. ¿Por qué tienes que saberlo todo?».

10. «Sara, escúchame: Si te pidiera encarecidamente tu mano, ¿se la negarías?».

11. Sara, agradablemente sorprendida por la pregunta, me respondió: «Si no la rechazara, ¿cómo podría ser esposa tuya? Sólo te puedo amar a Ti, aunque he de confesar que aprecio mucho a un hombre tan bueno como Boro. Me parece que es el mejor ser humano de toda Judea, pese a que es griego por nacimiento; sólo hace poco que se ha convertido en judío, y ello por ley, no por circuncisión».

12. «Bueno», le dije, «ya se arreglará todo. Pero reflexiona un poco. Mira, ahí está Lydia que sigue siendo espiritualmente mi esposa, y que sin embargo pertenece corporalmente al honrado Fausto. Eso no es obstáculo ninguno para nuestra relación. Lo mismo ocurrirá en tu caso: Tú serás siempre mi novia y mi esposa según el espíritu».

13. Al cabo de un rato dijo Sara: «Aunque yo aceptase dar mi mano al bueno de Boro porque a Ti te agrada, no sé qué dirán mis padres terrenales. ¡Tendría que preguntárselo antes a ellos!».

14. «No temas», le respondí, «ya han sido preguntados y están de acuerdo conmigo. Pero Yo no quiero obligarte, ni mucho menos. Tu voluntad es totalmente libre».

15. Sara, cada vez más confusa, contestó: «Oh, Señor, ya lo sé. Pero yo, yo..., sí quisiera, pero... ¡todavía no!».

16. «¿Qué es lo que no quieres?», le pregunté.

17. «¡Vaya, me estás poniendo en un gran aprieto! Ay, ¡ojalá no hubiese mirado nunca al bueno de Boro!».

18. «Bueno, pero todavía no me has dicho qué es lo que no deseas. ¡Anda, Sara, sé valiente y di lo que de ninguna manera quieres!».

19. «Pero, Señor», respondió Sara, «¿cómo me preguntas todavía? Tú ya sabes lo que no quiero. Déjame adivinar lo que Tú crees, y yo asentirá con mi cabeza para decirte que estás en lo cierto».

20. «Bueno, como quieras. Te dejaré adivinar lo que Yo creo que tu no quieres. Escucha: No quieres que el bueno de Boro caiga enfermo por la pena que podría darle si no le concedes tu mano».

21. A esto, se levantó Sara golpeándome sobre el hombro y fingiendo un cierto enfado: «¡Eh, eh! ¿Esto es dejarme adivinar y ya sales con…? ¡Ay, casi me descuido!».

22. «Bien, ¡explícate!».

23. «Pues que Tú mismo ya lo has dicho todo. Salir enseguida con toda la verdad no es “dejar adivinar”».

24. «Pues mira», le respondí, «Yo sabía que tú sientes más de lo que aparentas por mi amigo Boro. Es muy correcto. La muchacha cuyo corazón siente una inclinación especial por un hombre no debe manifestarla hasta el último momento. Sólo cuando la cosa va en serio, debe abrir su corazón al hombre que desea tomarla como mujer. De no ser así le seduce antes de tiempo. Y si se presentaran obstáculos, le causaría tristeza e inquietudes, lo que le produciría un gran daño».

25. «Pero Señor, ¡yo no he hecho nada de eso!».

26. «¡No, Sara, no! Por eso también te he elogiado como ejemplo. Pero ahora ya puedes decir al bueno de Boro qué es lo que de verdad siente tu corazón».

27. «No, todavía no se lo digo. Tiempo sobrado tendré para decírselo cuando sea mi esposo».

28. «Pero si, por ejemplo, ya fuera tu esposo debido a mi intervención, ¿qué pasaría entonces?».

29. Sara, sorprendida, pero con alegría en su corazón: «Bueno pues, entonces… entonces claro… entonces tendría que abrirle mi corazón de verdad».

30. Entonces me dirigí a Boro: «¿No ves lo indeciblemente buena que es? Tómala como esposa, ámala y cuídala como a la más tierna planta. Yo te la doy como un regalo del Cielo. ¡Id a ver a los padres para que os bendigan, y a continuación volved hacia Mí para que os bendiga de nuevo!».

31. Boro me dio las gracias sin poder hablar de tanta alegría como le embargaba, mientras que Sara se levantó educadamente diciendo con voz temblorosa de emoción: «Señor, lo acepto porque Tú lo deseas así. Si tu Voluntad se hubiera opuesto, yo habría luchado contra mi corazón. Pero siendo así, te lo agradezco porque me has dado el mejor marido de toda Judea».

32. Tras estas palabras, ambos se fueron a ver a los padres para pedirles su bendición, que le dieron con mucha alegría. A continuación volvieron a Mí y les di mi Bendición para un matrimonio válido ante el Cielo, lo que me agradecieron con toda el alma.

33. De esta manera se celebró una boda excepcional que podría considerarse como una de las más felices de la Tierra. De ello se puede deducir que uno nunca pierde lo que me sacrifica enteramente, sino que lo recibe de nuevo lleno de la bendición más sublime cuando menos lo espera. Boro estaba sumamente enamorado de Sara y habría dado por ella todos los tesoros del mundo si se los hubiesen pedido.

Su belleza maravillosa, sobre todo después de la segunda resurrección, era algo que Boro no podía describir y, sin embargo, me la ofrecía enteramente y quería celebrar mi supuesto día de bodas con todo lo que tenía a su disposición. También Sara, aunque sentía mucho por Boro, quiso ofrecérmelo todo a Mí. Pero entonces Yo di otro rumbo a las cosas y les devolví a ambos lo que ellos me habían dado con todo el alma. A quienes actúan como ellos dos, les correspondo de la misma manera.

34. Que esta enseñanza sirva para todos los que la oigan o la lean. Al que todo lo sacrifica por Mí, por ese también Yo lo sacrifico todo. Y a quien sacrifica mucho, pero retiene sin embargo mucho para sí mismo, sólo le será devuelto lo que ha sacrificado.

Capítulo 45. Sobre la naturaleza interior de los ángeles

1. Después de este acontecimiento maravilloso, Cirenio se dirigió a Mí, diciendo: «Señor, he conversado con los dos ángeles sobre diversas cosas; pero de todo lo que me han dicho no he aprendido más de lo que ya sabía por tu Bondad y por tu Gracia. Lo que me ha sorprendido es que ambos jóvenes, tan hermosos, parecen muy fríos y desinteresados de todo lo que ocurre. Hablan llenos de la sabiduría más profunda, y su voz sobrepasa la bellísima armonía del arpa; en sus rostros sonríe continuamente la aurora purísima; su aliento despide un perfume de rosas, jazmín y ámbar; su cabello es como oro puro y sus manos, blancas como alabastro, son tan tiernas y perfectas que no encuentro comparación alguna; su pecho es como el de una virgen y sus pies tan hermosos como fuertes.

En suma, se podría enloquecer de puro amor por estos dos seres. Sin embargo, pese a todas estas cualidades indescriptibles de las que no emana sino amor, son tan desinteresados y fríos como una estatua de mármol. Eso me enfría del mismo modo.

2. Verdad es que no hay cosa alguna repugnante ni en su comportamiento ni en lo que dicen, pero nada les hace salir de su imperturbable indiferencia hacia todo lo que es y hacia todo lo que ocurre. Sobre Ti mismo se expresan con una profunda sabiduría pero parece como si leyeran una carta en un idioma que no comprenden.

3. Dime, por favor, ¿cómo es posible una cosa semejante en dos seres puramente celestiales? ¿Así son los espíritus en tus Cielos?».

4. «No, de ninguna manera», le respondí, «pero estos dos se comportan así porque así deben hacerlo aquí, pese a que su voluntad es libre y a que tienen un corazón lleno de un amor tan intenso que, si te lo mostrasen, te consumiría al instante.

5. Verdad es que el hombre terrenal puede soportar la más elevada sabiduría de los ángeles; pero para que también pueda soportar su amor, el amor del corazón del hombre tiene que haberse igualado antes al de ellos.

6. Lo puedes comprender fácilmente mirando el fuego y su luz. Soportas la luz que sale de la llama; pero ¿podrás soportar la llama misma, la que da la luz?

7. Sin duda alguna, el Sol posee la luz más poderosa del mundo y puedes soportarla cómodamente. Cuando al aumentar la luz también se intensifica el calor, soportarás la luz con mayores dificultades; pero ¿puedes existir corporalmente en la atmósfera ardiente del Sol, como puede hacerlo un ángel? Te digo que la atmósfera solar destruiría instantáneamente toda la Tierra y todo lo que contiene, de manera parecida a como se destruye una gota de agua que caiga en una chapa metálica incandescente.

8. Quien quiera existir en tal luz y en tal fuego, antes debe ser la misma luz y el mismo fuego. Y esa es la razón por la que estos dos ángeles no deben manifestar su amor en tu presencia, porque ese amor poderoso suyo te consumiría. ¿Lo entiendes ?».

9. «Sí, casi», respondió Cirenio, «aunque no del todo, como también me ocurre con otras cosas. Dime, ¿cómo puede matarme un amor inmensamente grande?».

10. «Bueno, intentaré explicártelo más claramente», le dije. «Tienes un hijo y una amabilísima hija a los que amas con un cariño muy grande. Tienes tanto amor en el corazón que apenas puedes apreciar cuánto los amas; ellos te devuelven ese amor con igual intensidad. Ahora imagina que tus hijos han muerto y pregunta a tu corazón si es capaz de soportar el dolor de la pérdida. Sólo con pensarlo ya tiemblas de horror, y es sólo un ejemplo. ¿Qué pasaría si ocurriera de verdad? Tal como Yo te conozco, no soportarías el dolor ni tres horas; caerías enfermo y morirías de sufrimiento.

11. Pero ¿qué es el amor y la ternura de tus hijos comparados con el amor y la ternura de estos dos mensajeros celestiales? Si te miraran tan sólo un poquito con ojos amorosos y te dieran tan sólo uno de sus dedos para que lo acariciaras, el amor crecería de tal manera en tu corazón que no podrías soportarlo mucho tiempo. Y si los ángeles te abandonaran después, aunque sólo fuera aparentemente, te invadiría una tristeza tan grande que morirías de pena.

12. Y por hermosos que sean estos dos ángeles favoritos míos, su belleza no es nada comparada con la que tienen cuando su ser, en sus corazones, queda penetrado enteramente por mi Amor. Te digo que las más hermosas y amorosas cosas que puede ofrecer el mundo no son nada en comparación. Creo que ahora ya me has entendido, ¿no?».

Capítulo 46. El amor al prójimo de los médicos

1. «Sí, mi Señor y verdadero Dios», respondió Cirenio, «ahora comprendo que su aparente frialdad es, sin embargo, puro amor.

2. Me viene a la memoria una leyenda sobre una doncella que, gracias a unas fuerzas milagrosas de la naturaleza, era increíblemente hermosa y atractiva, hasta tal punto que los jóvenes, los adultos y los ancianos que la veían empezaron a pelearse por ella para que la pelea decidiera con quién se casaría. Sin embargo, la cantidad de contendientes aumentaba día tras día, lo que para ellos era una fatalidad.

Finalmente comprendieron que luchando a vida o muerte nunca conseguirían el objetivo que pretendían. Así que llegaron a la convicción de que tal ser no podía pertenecer a la Tierra sino a los Cielos sublimes, y que, por lo tanto, debía ser una diosa. Convinieron entonces que para llegar a una solución habría que ofrecerle grandes sacrificios y concluyeron que aquel a quien la doncella diera su mano podría tenerla para siempre como mujer.

Tras esta conclusión trajeron tesoros inconmensurables de todas partes y se los ofrecieron como sacrificio, venerándole como a un ser divino. La adoración de la hermosa mujer llegó a tal extremo que se abandonó por completo la de los dioses, por lo que estos se enfurecieron y concedieron a la bella doncella más atractivos todavía, aunque convirtieron su aliento en veneno. A cualquiera que se acercaba a ella y le llegaba su aliento, aunque sólo fuera un instante, caía al suelo y quedaba inconsciente durante horas. Además, dotaron su lengua con un aguijón venenoso con el que podía matar a quien se acercaba a su boca.

3. Un día llegó un joven encantador de hermosa y atractiva figura que conmovió vivamente el corazón de la doncella. Pero ¿qué podía hacer ella para demostrarle su amor? Si le miraba, su amado caería inconsciente al suelo. Si le daba un beso, moriría. Así que, por su gran amor y para evitarle la muerte, se alejó de él y se comportó fríamente para que no se acercara a su boca. Así siguió amándole: aparentando la mayor frialdad.

4. Estos dos jóvenes aman también a los hombres de esta Tierra miserable con una frialdad aparente como la de la fábula, porque de sobras saben que no soportarían el amor ardiente de sus corazones celestiales».

5. «Sí, eso es cierto», afirmé, «con la diferencia de que su aliento no es venenoso ni su lengua tienen un aguijón mortal; por el contrario su hálito vivifica y su lengua bendice la Tierra».

6. Entonces Boro y Sara se acercaron a Mí y él me preguntó qué debía hacer aún para poder mostrar su inmensa gratitud por la gracia tan grande que les había tocado.

7. «Pero dime, amigo y hermano», le respondí, «¿quién ha mostrado desde su niñez más afecto hacia Mí que tú? De muchacho ya eras mi compañero diario y hacías todo lo que podía agradarme. Ibas cada año con tu familia a su finca de Grecia; cuando volvías al cabo de unas semanas, Yo era el primero a quien visitabas, llevándome diversos regalos, muchas veces muy preciosos y hermosos. Y no te enfadaste cuando una vez destruí a martillazos una figura de plata de la diosa Diana con la que me obsequiaste, prohibiéndote hacerme este tipo de obsequios.

8. Cuando Yo era joven y casi nadie me prestaba atención, tú eras el único que continuaba igual; y como siempre has sido, así seguirás. De esta manera te pago un favor que te debía desde hace muchos años. Has recibido la esposa más hermosa y espiritualmente más avanzada, y Sara ha recibido el mejor esposo, el más rico y el más célebre. Nunca os faltará mi Bendición y serás el mejor médico no sólo de este país sino de todo el mundo. Pienso que así podréis vivir bien sin tener preocupaciones.

9. Pero no olvidéis nunca a los verdaderamente pobres. No aceptes que un pobre te pague, y menos aún un criado, sea con dinero, con servicios, con grano o con ganado, por tu arte de poder curar todas las enfermedades, arte inalcanzable para un hombre mortal.

10. Pero cóbralo justamente y con derecho a los grandes poseedores de dinero, a los usureros y los cambistas, a los comerciantes y los grandes terratenientes; pues quien posee mucho y quiere vivir, debe hacer de vez en cuando algún sacrificio por su vida.

11. Un médico como tú vende vida a los hombres, la cual constituye el sumo bien, especialmente para los hombres mundanos. Por ello deben dar también a cambio una buena cantidad de dinero, y aún deben estar muy contentos de que haya en la Tierra un hombre a quien puede comprársele vida.

12. Pues te digo que curar instantáneamente todas las enfermedades —desde la posesión diabólica hasta un ligero resfriado, incluidas todas clase de pestes, limpieza de leprosos, hacer ver a los ciegos, oír a los sordos, andar a los cojos y enderezar a los tullidos— sólo con la palabra, la voluntad y, de vez en cuando, imponiendo las manos y, además, anunciar a los pobres el Evangelio y el reino de los Cielos, es un verdadero arte, un arte primordial y sumamente grande que nunca podrá ser aprendido por ningún hombre del mundo. Amigo, ve por toda la Tierra y encuentra un hombre que sea capaz de hacer todo eso. Te digo que, salvo tú y Yo, no hay ningún otro.

13. He establecido también a un médico en Sicar, dándole el poder de realizar curaciones notables. Sin embargo, no puede desprenderse enteramente de sus cocciones de hierbas, razón por la cual no llega a tu nivel.

14. Dentro de unos años, mis discípulos, aunque no todos los que están aquí, también te igualarán.

15. Sara deberá aprender igualmente un arte, el de comadrona. Pues es un servicio muy valioso ante Dios ayudar a las mujeres que dan a luz con muchos dolores. Y así ambos estaréis muy bien preparados y cuidados como nunca lo estará ni una pareja real.

16. Además, te doy el consejo siguiente: Si un enfermo viene a ti o te llama, pregúntale siempre con la mayor seriedad: “¿Crees que puedo ayudarte en nombre de Jesús, el Salvador que viene de los Cielos?”. Si el enfermo te contesta: “¡Sí, lo creo!”, entonces ¡cúrale! Pero si duda, no le cures hasta que tenga fe en que puedes sanarle en mi nombre. Ahora, una palabra para ti, Jairo».

Capítulo 47. Recomendaciones a Jairo sobre las ceremonias externas

1. «Dime, Señor», respondió Jairo, «te escucharé y todo lo haré según tu Voluntad».

2. «Pues bien, si haces lo que te digo, la felicidad te acompañará durante toda tu vida.

3. Tú eres jefe de los fariseos y director de las sinagogas en toda la región de Nazaret, Cafarnaúm y Corozaín, en Caná de Galilea, y en muchos otros pueblos y aldeas. Por ello tienes una gran reputación, no menor que la del Sumo Sacerdote de Jerusalén. Sin embargo, toda tu reputación no sirvió para salvar a tu hija de la muerte, ni mucho menos para resucitarla cuando estaba muerta.

4. Ya ves que por importante que sea tu puesto, no sirve sino para aumentar todavía más el orgullo del alto funcionario e incrementar sus necesidades materiales de bienestar. Sin embargo, para hacer el bien y ayudar verdaderamente al prójimo, un puesto así hace que se debiliten la capacidad y la disposición de ayudar, de manera que el funcionario se vuelve tan débil e incapaz como los necesitados.

5. Por eso es por lo que un alto puesto como el tuyo no tiene gran valor. ¿Qué te parece si renuncias al mismo ante el Sumo Sacerdote de Jerusalén y te vas a vivir con tu yerno, donde estarás mucho mejor atendido y serás más útil de lo que lo eres ahora en esa ciudad ciega? Podrías introducir paulatinamente a Boro en la Escritura que dominas bien y que le sería de gran utilidad; él podría enseñarte a cambio muchas cosas de medicina. Sin embargo, no te lo impongo, tienes libre albedrío. Si quieres seguir mi consejo, harás bien; si no, tampoco pecarás».

6. «Señor, te has adelantado a mi propio deseo», reconoció Jairo. «Ya hace tiempo que deseo dejar este puesto mío tan pesado. Así que como ahora todo me está yendo tan maravillosamente bien, mañana mismo enviaré un mensajero a Jerusalén pidiendo mi dimisión y que den mi puesto a otra persona. Para estos cargos siempre hay allí suficientes aspirantes que pagan al Templo numerosas tasas por conseguirlos. A los señores del Templo les encantará recibir la noticia, puesto que incluso piden a quienes ocupan un alto puesto que lo dejen, porque así se ofrece la oportunidad a un nuevo aspirante que, por ello, aportará al Templo más plata y oro. Con estos puestos hacen en Jerusalén un negocio bastante lucrativo».

7. «Conozco muy bien lo que pasa en Jerusalén», respondí. «Sólo se da importancia a la plata y al oro, a las perlas y a las piedras preciosas, pero nunca al espíritu del hombre. Si te presentas en el Templo como profeta, predicando al igual que Moisés y Elías, te harán gustar rápidamente las piedras con las que han apedreado a la mayoría de los profetas. Pero si llegas con diez mil libras de oro, te brindarán los más altos honores. Trae sólo dos hermosos bueyes al Templo y verás cómo los prefieren a Moisés y a Elías. ¡Pero dejemos esto! No pasará mucho tiempo sin que los del Templo y toda Jerusalén reciban la recompensa que merecen. La gente ya no permanecerá mucho tiempo contemplando estas inmundicias.

¡Pero hablemos de otra cosa!

8. ¿Qué sabéis de Juan? ¿Sigue todavía preso de Herodes?».

9. «No he oído nada de que le hayan puesto en libertad», dijo Jairo. «Pero, si es de tu agrado, haré que me informe el mensajero que va mañana a Jerusalén por el asunto del que hemos hablado».

10. «Déjalo», le avisé, «Herodes es un zorro astuto, y tu mensajero podría tener dificultades porque es galileo. De todas formas, Yo ya veo en espíritu cómo le va a Juan. Pasado mañana tendremos tristes noticias de las que nadie, ni Yo mismo, se puede alegrar».

11. Después de estas palabras, Cirenio y Cornelio me preguntaron si era de mi deseo que ellos también abandonasen sus altos cargos.

12. «Ni mucho menos», les dije. «Vuestros cargos son de otra índole, necesarios y de gran importancia. Sin embargo, ejercedlos siempre justamente y mantened la igualdad de todos ante la ley. Además, como ya sabéis por Mí, dejad que el amor prevalezca siempre sobre la ley y pensad que el pecador, al que le es muy fácil actuar contra gran cantidad de leyes debido a su ignorancia, también es un ser humano destinado a la Vida eterna en el Reino de Dios. Mientras siempre apliquéis así vuestras leyes, actuaréis igual que los ángeles, que son siervos de Dios al igual que vosotros lo sois del emperador».

13. «Eso es lo que queremos y lo que haremos», contestó Cirenio. «Pero ahora tenemos otra pregunta muy importante: Como ya sabes somos romanos y por lo tanto, paganos como decís vosotros. ¿Debemos continuar siendo lo mismo exteriormente, es decir paganos, o debemos renunciar públicamente al paganismo y someternos a la circuncisión?».

14. «Ni lo uno ni lo otro. El que, como vosotros, está circunciso en su corazón por la fe y el amor a Dios, no necesita nada más para alcanzar la Vida eterna. De todas formas, pasados unos años, vendrán mis discípulos, que están plenos del Espíritu divino, para bautizaros con el Espíritu de Dios. Con ello recibiréis todo lo que os hace falta. Ahora ya lo sabéis todo. Como no tardará mucho en anochecer y como hoy es antesábado, nos acostaremos un poco antes que de costumbre por deferencia hacia los judíos. Así que después de la cena no trataremos más asuntos».

15. En esto se me acercaron los dos ángeles con profundo respeto, pidiéndome quedarse unos días más conmigo de forma visible, pues era la mayor felicidad que habían sentido nunca.

16. Les contesté en voz alta: «Desde siempre tenéis libertad total, así que podéis hacer lo que os plazca. No olvidéis sin embargo el servicio que tenéis que cumplir. Los Soles centrales necesitan un cuidado importante y vosotros sabéis cuántos existen en el espacio infinito de Dios».

17. «Señor», respondieron los dos ángeles, «todo está ya arreglado y seguiremos ocupándonos de ello».

18. «Sí, sí, lo sé. Por eso podéis quedaros según deseáis. Pues el más humilde de estos seres humanos que están en mi entorno es más que el conjunto de los innumerables Soles centrales más sus Soles planetarios. Pero puesto que los Soles fueron creados para los hombres, deben ser atendidos con el máximo cuidado». Los ángeles se inclinaron muy felices ante Mí y volvieron junto a mis discípulos con los que siguieron conversando sobre muchas cosas del mundo, dándoles consejos muy importantes.

19. Boro, a su vez, fue corriendo a casa con el fin de disponer de todo lo necesario para una buena y abundante cena.

Capítulo 48. La herencia de Jairo

1. Tras la cena, que duró más de una hora, Cornelio preguntó a Cirenio: «Querido hermano, ¿qué crees que debemos hacer? ¿Seguir aquí o quizás partir debido a los importantes asuntos que nos esperan? Me someto totalmente a tu juicio».

2. Cirenio: «Yo ya debería haber salido esta mañana temprano porque me aguardan algunos asuntos urgentes. Pero dime: ¿Quién se irá, sabiendo lo que tiene aquí? Difícilmente se abandona a un emperador amable cuando te dice: “Si quieres quedarte, ¡quédate!”. Y ¿qué es un emperador comparado con el Creador del Cielo y de la Tierra, que está aquí como hombre entre hombres, además con sus ángeles? Además, sus ángeles también han recibido permiso para quedarse más tiempo y nosotros todavía podemos aprender mucho de ellos.

Así que de aquí no me saca nadie ¡ni por todo el imperio romano! ¡Pase lo que pase! ¡Quédate tú también! Tienes mi permiso. Aunque se presente algo concreto, la Tierra no se hundirá por unos cuantos días. Además, creo que estamos mucho mejor atendidos aquí, junto al Señor, que en Roma. Y si se presentara algo urgente, el Todopoderoso tiene suficientes medios a mano para poder arreglar en un instante incluso lo más urgente».

3. «Estimado hermano», contestó Cornelio, «estoy completamente de acuerdo con lo que acabas de decir, porque a mí tampoco me apetece abandonar este lugar. Además sólo hice la pregunta por guardar las formas. Sin embargo, quizás fuera oportuno mandar los vigilantes a la ciudad, para que se enteren secretamente qué es lo que comenta la gente sobre nuestra presencia aquí».

4. «Si es del agrado del Señor», replicó Cirenio, «podemos ordenar tal cosa. Pero opino que con los dos ángeles aquí, y sobre todo con el Señor, disponemos de una policía secreta óptima y no necesitamos otra mientras sigamos aquí. Cuando estemos lejos de estos acompañantes santos de los Cielos, no tendremos más remedio que servirnos nuevamente de espías para conseguir noticias fidedignas sobre las opiniones de la gente y poder tomar medidas de precaución cuanto haya alguna conspiración contra el estado. Pero como ya he dicho, si le agrada al Señor y lo desea, estoy dispuesto a ordenar lo necesario».

5. «Déjalo», dije a Cirenio, «pues Yo ya sé de cabo a rabo todo lo que se habla en la ciudad a favor y contra nosotros. No hay peligro alguno pues este pueblo es demasiado ciego y necio incluso para las maldades. Así que dejad todo eso. Podéis estar seguros que en Nazaret nunca habrá un motín.

Por cierto, mi amigo Boro también es un policía secreto óptimo; no se le pasa nada por alto, lo que ciertamente no es tan difícil en una ciudad pequeña. Además, puede encomendar la vigilancia a mis ángeles, de manera que sabréis instantáneamente más cosas que las que hubieran descubierto los más astutos espías durante diez años. Pero, como he dicho, no hace falta aquí ni lo uno ni lo otro; así que podemos retirarnos a descansar sin cuidado. Jairo tiene que mandar todavía un mensajero a Jerusalén para comunicar su dimisión, pues mañana tendremos otros asuntos diferentes de los que ocuparnos».

6. Jairo, muy triste por tener que dejar la compañía de este grupo de amigos, dijo: «Señor, ¿no sería posible expedir aquí el documento y enviarlo desde aquí a Jerusalén con un mensajero? De todas formas la casa de Cafarnaúm y todo lo que hay dentro es de mi propiedad. A los sacerdotes no nos estaba permitido poseer terreno alguno, ni campos ni pastos, de modo que todas mis propiedades están en esa casa que Tú conoces bien.

Así que no tengo nada importante que hacer en Cafarnaúm, ni ahora ni tampoco en el futuro. Cedo inmediatamente mi casa y todo lo que hay en ella a mi querido yerno. Con un escrito mío y asistencia judicial podrá ocuparla directamente, al igual que un heredero tras mi fallecimiento: ni yo ni mi mujer somos necesarios. Los amigos de Cafarnaúm están todos aquí. De los que todavía quedan allí y se consideran amigos míos no vale la pena despedirse porque su corazón es más que indiferente: sólo son amigos en apariencia».

7. «Bueno, quédate tú también», le dije, «en tu lugar enviaré a Jerusalén uno de los mensajeros míos aquí presentes. Despachará el mensaje mejor que un enviado tuyo. Pero ya no hoy, sino mañana que es sábado».

8. «Pero el sábado es el día menos indicado, porque el Sumos Sacerdote y los jefes de los fariseos dan mucha importancia a que se respete estrictamente la fiesta del sábado», replicó Jairo.

9. «¡No te preocupes por eso! Sólo dan tanta importancia a la celebración del sábado porque, como necesariamente hay que infringir con frecuencia esta prescripción, debido a que cualquier persona puede necesitar solucionar el sábado algo importante, tienen más oportunidades de poner fuertes multas a quienes no cumplen la regla.

10. Sin embargo llévales el sábado tanto oro y plata como puedas, e inmediatamente quebrantarán la ley del sábado y aceptarán encantados tu oro y plata. Así que no te preocupes por el sábado del Templo. Mi mensajero cumplirá su misión perfectamente.

11. ¿Acaso crees que a los fariseos no les gusta que alguien profane el llamado día del Señor a causa de alguna ocupación importante? ¡Qué va! Mientras más casos de profanación haya —sobre todo por parte de los ricos—, más satisfechos están, aunque lo disimulen.

12. Por eso te repito que no tengas reparos. Mi mensajero será acogido mañana maravillosamente, incluso durante la ceremonia de sacrificio que se celebra cada sábado. Entrará en el Templo cargado con un buen montón de oro, y los fariseos le recibirán con los brazos abiertos y su más amable sonrisa. Además ya hay unos diez aspirantes esperando poder ocupar un puesto superior, por el que ofrecen grandes sumas. Por lo tanto tu dimisión caerá muy bien, sobre todo a los del Templo.

13. No tardarán en interrumpir la ceremonia del sábado para pasar inmediatamente a subastar el puesto de superior en Cafarnaúm. Incluso podrás conocer el nombre de tu sucesor cuando vuelva el mensajero.

14. Así están las cosas en la casa de Dios en Jerusalén, llamada “la Ciudad de Dios”, aunque en realidad es una ciudad de Satanás. Como ya todo está perfectamente organizado, vayamos a descansar porque mañana el día empezará muy temprano para nosotros».

Capítulo 49. Dimisión de Jairo. El Señor en la sinagoga

1. A estas palabras mías, todo el mundo se fue a descansar. Sólo mis hermanos, mi madre María y Boro siguieron ocupados en la cocina, preparando lo necesario para el día siguiente, sábado. Sara y Lydia, muy diligentes, ayudaron a María. Una vez todo preparado, se acostaron también. A la mañana siguiente, María fue la primera en levantarse como era habitual, despertando antes de amanecer a todas las personas que necesitaba para, según la costumbre judía, tenerlo todo dispuesto antes que alboreara el día. Boro se puso inmediatamente a trabajar de modo que cuando los demás se levantaron, ya estaban puestas las mesas para el desayuno.

2. Mientras se disponían en las mesas los alimentos y las bebidas —pescado bien preparado, pan y vino—, se cantaron los salmos matutinos al aire libre.

3. Una vez tomado el desayuno, mandé el mensajero a Jerusalén con el encargo. Jairo estuvo esperando su vuelta bastante preocupado. El mensajero no tardó más de lo humanamente necesario para negociar con los del Templo. Pero como la negociación llevó unas dos horas, no volvió sino transcurridas las mismas, con gran alegría por parte de Jairo. Además de la aceptación de la dimisión, también le trajo un lisonjero mensaje de agradecimiento por haber desempeñado sus funciones fielmente. Incluso se le indicó el nombre de su sucesor, con el ruego de que le prestara la asistencia adecuada cuando la necesitara.

4. Jairo, sumamente feliz, me dijo: «Señor, te agradezco de todo corazón esta maravillosa liberación de un cargo que, obviamente, me habría hecho caer un día en manos de Satanás a causa de sus negativas condiciones de trabajo, contrarias a las leyes divinas».

5. «¿No te lo dije?», le respondí, «cuando se trata de los brillantes negocios del Templo, la ceremonia del sábado puede interrumpirse a cualquier hora del día. De ello puedes deducir fácilmente la importancia que Dios y sus santas leyes tienen para el Templo.

6. Pero vayamos ahora a la sinagoga, a causa del pueblo, y veamos lo que hacen y enseñan los fariseos. Nos sentaremos muy atrás para que los engreídos fariseos y los ancianos del pueblo no nos vean a la primera».

7. «Yo no iré», dijo Jairo, «porque me conocen hasta los niños. Si entro en la sinagoga, tendría que sentarme delante, en el presbiterio de los superiores, y con ello os delataría».

8. «No te preocupes», le respondí, «si Yo os aconsejo algo, podéis hacerlo tranquilamente. En verdad no te pasará nada. Así que salgamos todos ya».

9. Llegamos al poco y, al entrar, vimos que la sinagoga estaba casi vacía. Sólo ocupaban el presbiterio los fariseos que estaban de servicio. Poco a poco fueron acudiendo algunos viejos judíos, los cuales se sentaron en sus bancos para disfrutar el placer de una cabezadita matutina.

10. Una vez consumado el sacrificio, murmurando torpemente de forma profesional las leyes, algunos salmos y el Cantar de los Cantares de Salomón, un orador subió a la tribuna para pronunciar su sermón con voz ronca: «Queridos hermanos: en nombre de nuestros padres Abraham, Isaac y Jacob. Estamos viviendo tiempos muy turbulentos, parecidos a los de cuando Noé, por mandato de Jehová, construyó el arca y se encerró en ella con su familia. Nos encontramos ahora en el lugar sagrado profetizado por Daniel. Vemos los horrorosos presagios de la devastación, tal como los esclavos encadenados de la bruja pagana Megera tuvieron que contemplar las torturas de sus hermanos, esperando con desconsuelo que también los arrojaran al mineral hirviente.

No tenemos salida ni por un lado ni por otro. Estamos tan solos como el tocón de un árbol muerto sobre un pico rocoso, el cual pone de manifiesto de manera terrorífica que antaño también hubo en esas alturas frondosos bosques. La gran pregunta es: ¿qué podemos hacer? ¡Coronado sea quien pueda dar una respuesta útil! Pero que tenga muy en cuenta la difícil situación que atravesamos, totalmente atados con todas las cadenas del mundo.

11. Por un lado los romanos pesan sobre nuestras espaldas como si fueran el monte Sinaí y, por otro, el hijo del carpintero se ha transformado de repente, como caído del cielo, de torpe e inútil que era, en un profeta tal que, desde Abraham, nunca lo hubo igual entre los judíos. Todo el mundo le sigue: grandes y pequeños, jóvenes y viejos.

Si hoy mismo bajara Jehová a la Tierra, habría que ver si Él sería capaz de hacer cosas mayores. Cura cualquier enfermedad sólo con la Palabra a distancia, llama a los muertos de sus tumbas y les devuelve una vida completamente sana; también manda a los vientos y a las olas del mar, que le obedecen como un esclavo a su amo. Cuando habla, manifiesta la Sabiduría divina más profunda; todo el mundo está entusiasmado con el poder de su Palabra, y le sigue de una ciudad a otra. Además, tiene totalmente a su lado a los grandes de Roma, quienes, si hiciera falta, le servirían con legiones de soldados. Por el contrario nosotros estamos al borde del más horroroso abismo, listos para ser tragados en cualquier momento. No tenemos de nuestra parte ni a un sólo ser humano, salvo estos viejos dormilones de la sinagoga. Por eso pregunto nuevamente: ¿Qué podemos hacer?

12. ¿De qué nos sirven Moisés y todos los profetas? Incluso el mismo Jehová, el que habló a través de Moisés y los profetas, permite desde hace un siglo que nos hundamos en el barro. Y aunque gritemos tan fuerte que se oiga hasta en las estrellas, ningún dios nos escucha y somos avergonzados más denigrantemente que un novio adúltero que abandona a la pobre novia infeliz, mil veces seducida por él. Por si fuera poco, llevamos además el honorífico nombre de “pueblo de Dios”, mientras que los paganos, de quienes se dice que no tienen Dios, viven con la mayor honra y poseen todo el poder y todas las riquezas de la Tierra, tal como Jehová auguró a David según las Escrituras, cosa que nunca se cumplió.

13. Pomposas palabras divinas dicen: “¡Y tu reino no tendrá fin!”. Miremos más de cerca este reino eterno de David. ¡Oh, mentira maravillosa de un profeta que aduló a David! ¡Cuántas veces el reino de David ha llegado ya a su fin! El mismo David tuvo el placer de vivir este fin al lado de su hijo; y si un alcornoque no hubiera descabezado a este hijo suyo, el buen David podría haber seguido cantando todavía miles de salmos a su dulce Jehová, pero Absalón se habría sentado de todas formas en el trono. Dejemos el pasado tranquilo y veamos lo que nos ofrece el reino eterno profetizado por David. ¡Qué bonito! Quizá el alma de David se ha encarnado en los césares de Roma, cuyo reino es ahora mucho más poderoso y consistente que el pequeño mundillo del gran hombre del agrado de Dios. Hermanos, ¿no os dais cuenta que toda nuestra antigua enseñanza no es sino pura fábula que no contiene más que nombres antiguos inventados? Y nosotros somos tan necios que creemos en ella y todavía esperamos que nos llegue alguna clase de salvación. ¿Seremos tan imbéciles que desearemos llevar viejos harapos, pudiendo conseguir a cambio de ellos diez trajes nuevos de la mejor tela?

14. La historia y la experiencia propia nos muestran claramente que de todas las enseñanzas de Moisés y de los profetas no queda nada importante; sin embargo nos aferramos a ella como si fueran axiomas matemáticos y, anquilosados por una insoluble necedad inveterada, no cambiamos aunque el agua nos llegue al cuello.

15. Por eso, hermanos, unámonos al hijo del carpintero y así estaremos protegidos. Porque Él hace ante de nuestros ojos lo que los antiguos contaban de Jehová a quien, al igual que nosotros, tampoco vieron nunca. Creo haber respondido con este discurso la difícil pregunta que había planteado. ¡Actuad según ello y a todos nosotros nos irá física y moralmente mucho mejor!

16. Robano, nuestro maestro, nos ha dado buen ejemplo. Sigámosle y no nos arrepentiremos. Quizá el carpintero Jesús, aunque nunca gozara de gran consideración, es precisamente el más adecuado para restaurar, al menos durante un cierto tiempo, el desdichado reino de David que debiera durar eternamente. Pues su increíble poder mágico, con el que no hay poder mundano que se mida, puede ciertamente imponer respeto a los supersticiosos romanos, de manera que no le quedará a sus poderosas legiones otro remedio que echar a correr».

17. Tras estas palabras, ancianos, escribas, fariseos y levitas se levantaron diciendo: «Entiendes muy mal las escrituras si eres capaz de pronunciar semejante discurso herético, aunque puede que, en sentido terrenal, haya algo de cierto en lo que dices; pero su sentido espiritual es un gran crimen contra la indiscutible majestad de Dios. Por ello, y para nuestro bien, nos vemos obligados a excluirte de nuestra comunidad. ¡Vete con los paganos!».

18. «¿Creéis acaso que eso es un castigo para mí? ¡Estáis en un gran error! Si queréis seguir siendo necios y morir en la oscuridad de vuestra ceguera, ¡adelante! No os lo impido. Mostradme un solo ejemplo de un predicador de Dios que haya resucitado a un muerto como lo hizo este carpintero nuestro».

19. «Eso lo hará Dios el día del juicio final», respondieron los ancianos.

20. «Vuestro Dios», continuó el orador, «os dirá el día del juicio final lo que quiera. Nadie sabe que Jehová, tal como lo conocemos por las escrituras, haya resucitado nunca a un hombre. Como nadie ha visto nunca una cosa así y como lo único seguro que hay es la muerte eterna al final de nuestra corta vida terrenal, todos se preguntan llenos de temor y tristeza: “¿Quién soy? ¿A dónde voy después de mi vida en la Tierra?”. Puesto que los siervos de Dios, como nos llaman y tenemos el dudoso honor de ser, nunca fuimos escasos, hubo que inventar algo para consolar a los muchos que preguntaban y para, por nuestro propio bien, tranquilizar a los innumerables críticos. Así se inventó la resurrección de los muertos el día del juicio final que, seguramente, los Cielos nunca dejarán que ocurra. Y nosotros, necios eruditos, nos dejamos convencer, permaneciendo ciegos ante los verdaderos hechos y sucesos increíbles que pasan delante de nuestros ojos, narices y oídos. ¿Es algo muy honroso que, ni siquiera anciano, pueda un hombre librarse de enmohecidos cuentos de viejas?

21. Decidme, ¿qué esperáis todavía de esas viejas leyendas judías que, teniendo en cuenta la ilustración actual de los pueblos, ya no aguantarán ni medio siglo? Desde luego no seré yo el tonto que espere el final de sus ciegas lecciones de catequesis en las que no hay nada sustancioso, sino sólo nombres históricos sin contenido o cuentos de hadas que habrán contado de memoria las amas de cría a sus bebés. En base a ellas es como, cuando llegan a adultos, elaboran enseñanzas fabulosas sobre Dios que no tienen ni sistema ni rastro alguno de lógica a la manera griega.

22. Si Jehová realmente no fuera capaz de hablar y enseñar con la lógica de un pobre filósofo griego, tendría que ir a estudiarla con ellos antes de querer enseñar la Verdad, el Orden y la Sabiduría a pueblos que, por lo general, no son tan tontos como parece.

23. ¡Lejos de mí pensar que Jehová es menos sabio que un profeta instruido por su nodriza, profeta que, pese a su falta de luces, todavía tiene ingenio bastante para difundir intencionadamente una doctrina tan oscura que el primero que no la comprende es él mismo: ¡bien seguro estará que nadie más la puede comprender! ¡Dejadme tranquilo con vuestro Jehová! Si quiero ser un hombre honrado, en verdad debo empezar a avergonzarme de mí mismo por haber podido seguir una doctrina semejante, tan increíblemente estúpida.

24. Si desde el principio hubo algo verdadero en la doctrina de Moisés, ese algo está hoy muy tergiversado por las más mezquinas influencias humanas, de modo que no nos queda quizás sino el nombre, si es que no está tergiversado también.

25. Por eso seré discípulo del carpintero Jesús. Él es bueno y seguramente no rechazará, como vosotros, a un tipo honrado».

Capítulo 50. Conversaciones de los ancianos sobre la situación del judaísmo

1. Los ancianos, estupefactos por las palabras del orador, montaron en cólera: «¡Ateo! ¡Blasfemo! ¿Sabes que mereces ser apedreado inmediatamente, precisamente según las reglas de Moisés, por este discurso blasfemo? ¿Cómo te atreves a atacar la fe firme del prójimo, sólo porque tú no la tienes, y hacerles dudar de Dios y de Moisés?

2. ¿Es posible que tu entendimiento sea tan corto que no comprendas que la vida de una persona no basta para adquirir estos conocimientos por sí misma, ni siquiera a través de varios miles de años de experiencia, y sólo creas lo que has experimentado? Dios enseñó las letras a los hombres mediante su Espíritu para que pudieran anotar para sus descendientes todo lo que vivieron y que, probablemente, ellos nunca podrán volver a vivir, con el fin de que les sirviera como sana instrucción sobre sucesos que apenas podrán conocer en su tiempo. Porque cada tiempo hace surgir cosas nuevas, cosa que aprendemos durante nuestra corta vida en la Tierra, pues ningún año, mes, semana o día es igual a otro. Busca en las crónicas y te recompensaremos cumplidamente si eres capaz de mostrarnos que ya pasó antes algo igual a lo que estamos viendo y oyendo ahora.

3. Las cosas de la Tierra son indiscutiblemente así y no de otro modo. ¿Qué pretendes con tus burdas acusaciones contra las Escrituras, legado sagrado dejado por los patriarcas a sus descendientes para enseñarnos claramente todo lo que vivieron como hombres piadosos y devotos, y cuáles fueron las medidas que tomaron para que podamos llevar más fácil y ordenadamente una vida como Dios manda, lo que seguramente no fue su caso?

4. ¿Crees en verdad que somos tan estúpidos que no sabemos valorar lo que pasa ante de nuestros ojos? Te equivocas. Pero nos guiamos por la sabiduría de nuestros padres quienes, antes de aceptar que lo que se presentaba era verdadero, lo sometían durante muchos años a una rigurosa verificación.

5. Si nuestros antepasados hubiesen sido tan crédulos como tú, seguro que no habrían apedreado a los profetas. Pero cuando veían que un profeta no se desdecía un ápice de lo dicho ni ante la mortal lluvia de piedras, entonces su mensaje adquiría otra dimensión y lo aceptaban como palabra proveniente de Dios.

6. Si tomaron tantas precauciones antes de admitir una nueva revelación de la Voluntad de Dios divulgada a través de un profeta, ¿acaso puede pensarse que nuestra doctrina sea tan sólo un conjunto de leyendas antiguas, escritas por gente burlona cuya única diversión fuera tomar el pelo a las generaciones venideras?

7. Dices que somos imbéciles y necios. La cuestión, sin embargo, es si tú no serás el mayor imbécil de todos nosotros. Porque juzgar tan negativamente a los hermanos no corresponde a un hombre de la estirpe de Leví.

8. Si con tu desgraciado discurso sólo has querido ponernos a prueba, saber si teniendo en cuenta los acontecimientos extraordinarios de estos tiempos, todavía somos los judíos auténticos que deberíamos ser, has elegido un modo equivocado: sólo has conseguido revelar ante nosotros lo que en verdad eres en tu corazón.

9. Las pasiones ciegas delatan a los hombres y muestran su verdadero ánimo porque, cuando es víctima de ellas, expresa libremente sus ideas favoritas, sus sentimientos y su forma de pensar.

10. Y el oyente sensato se forma su propio criterio, teniendo así la ventaja de conocer más profundamente al amigo.

11. ¿Crees en verdad que ignoramos los abusos que ha padecido nuestra doctrina sobre Dios, especialmente la manera de practicarla, que han ido envolviendo poco a poco en espesas nubes a Moisés y a los profetas? Sin embargo, la escritura pura y verdadera no puede ser tapada con esas nubes, y un escriba genuino siempre sabrá distinguir cuál es la auténtica verdad.

12. Todos vemos, como tú, que estos abusos acabarán finalmente con la verdadera doctrina de Dios entre los hombres, al igual que los gusanos acaban con un árbol verde. Pero sólo entre los hombres parecidos a ti. La doctrina en sí permanecerá pura y tendrá seguidores verdaderos y fieles en todo tiempo.

13. ¿Nunca has visto un árbol en cuyas ramas se han ido asentando gran cantidad de parásitos que chupan de él, llevándolo finalmente a la perdición? ¿Deja por eso el árbol de ser de la especie que es?

14. Los hombres no podemos comprender el motivo de estas aberraciones con nuestro entendimiento limitado. Sin embargo, nosotros creemos que es imposible que se hubieran producido si Dios poderoso y omnisciente no lo hubiese permitido. ¿Por qué existen los lobos? ¿Sólo para devastar los rebaños de pacíficos e inocentes corderos y saciarse con su carne y con su sangre? ¿Por qué el león, el oso, el tigre, la hiena y otras fieras o, junto a la mansa paloma, la poderosa águila rapaz? Son misterios inescrutables que los hombres, de corto entendimiento, no podemos descifrar.

15. Un labrador trabaja su campo que promete una abundante cosecha. Amplía sus almacenes para poder guardarla toda. Pero llega repentinamente una espantosa tormenta y la destruye por completo. No podríamos preguntar: “Señor, si hubieses querido que este campo no diera fruto alguno, quizás porque el labrador es un pecador, ¿no habrías podido destruir la semilla, ahorrándole así gastos y esfuerzos?”. Esto sucede muy frecuentemente ante nuestros ojos y nadie es capaz de dar una explicación razonable.

16. También vemos las aberraciones que, en una u otra medida, se dan en la práctica, tanto sobre la doctrina de Moisés como en lo que respecta a sus seguidores. Vemos quienes andan caminos erróneos; vemos una gran cantidad de plantas parásitas en el viejo árbol de la vida. ¿Es acaso culpa nuestra? Ni somos la causa ni lo hemos querido: así nos lo hemos encontrado y hemos de soportarlo, por muy mal que nos sepa.

17. Pero ello no fuerza a nuestro espíritu a que acepte las plantas parásitas del árbol de la vida como parte del mismo. Nos quedamos con el árbol como lo que es y consideramos los parásitos como lo que son. Ningún Dios puede objetar nada contra esta filosofía de sentido común. ¿No sería Dios necio si dijera a cada uno de nosotros: “¡Ve y destruye el Templo porque está lleno de inmundicia!, porque Yo, Dios, tengo un gran disgusto por sus atrocidades?”. El hombre, pequeño y débil, podría entonces responder a su Dios: “Señor, qué cosa tan absurda pides a tu pobre criatura; si mi existencia te molesta, basta con un sólo pensamiento tuyo para que deje de existir. Pero exigir de mí un imposible semejante es lo mismo que ordenar a un mosquito que cargue un elefante sobre sus espaldas con sus propias fuerzas”.

18. Nosotros, sin embargo, creemos que Dios es demasiado sabio para ignorar que el hombre no puede nadar contra corriente.

19. Dinos ahora si entiendes la plena verdad de nuestras palabras. Entonces te perdonaremos de todo lo que nos has acusado en tu ceguera y necedad».

Capítulo 51. Testimonio del orador sobre el Arca de la Alianza

1. Tras haber escuchado este serio y aleccionador discurso, el orador no perdió ni un momento su compostura, verdaderamente estoica, y dijo: «¡Queridos amigos y hermanos! Lo que acabáis de explicarme ya lo sabía yo igual que vosotros. Aunque me alegro de haber tenido la suerte, por primera vez en el tiempo que vivo entre vosotros, de haber podido darme cuenta que no sois tan torpes como parecía. Lo que habéis dicho es la verdad. Pero mi pregunta no ha quedado contestada con ello.

2. Cierto es lo que decís y lo entiendo muy bien. Con mis críticas sólo quise provocaros un poco para haceros hablar. Y lo logré, pues es la primera ocasión en los veinte años que hace que estoy con vosotros, que habéis hablado abiertamente conmigo.

3. Sin embargo, ni mi comprensión ni la vuestra puede disminuir el mal en el que nos encontramos actualmente. Es y sigue siendo la gran pregunta esencial: ¿Qué haremos?

4. Yo, hijo de un sumo sacerdote de Jerusalén, crecido y educado en el Templo, sé perfectamente lo que ocurre con el Arca de la Alianza. La madera, la plata y el oro siguen siendo los mismos; pero la vara de Aarón, siempre verde, está ahora tan seca como el polvo, las tablas de la Ley están rotas, maná ya sólo queda en la imaginación. ¿Y la columna de fuego? Se sabe por la Escritura que cualquier impuro que tocaba el Arca sin autorización, perdía la vida. Y ahora uno puede subirse a ella y tocarla cuanto quiera: ningún fuego mortífero sale de ella.

5. Cuando llegan forasteros que quieren visitarla y ver el viejo milagro, los autorizan, por mucho dinero y bajo juramento de discreción, pero no antes del día siguiente. Primero se vuelve a reconstruir artificialmente la columna de fuego, aunque no sobre la verdadera Arca antigua sino sobre una caja de metal imitada a propósito. Esta arca lleva un cubilete negro incorporado a la tapa, cuyo borde superior coincide con la superficie del arca y resulta invisible en la oscuridad del Santuario debido a la llama resplandeciente que sale. El cubilete se llena con un fino aceite etéreo de nafta mezclado con otros aceites olorosos y se enciende una hora antes de la visita. Así se produce una llama de unos seis palmos de alto que equivale a la columna de fuego.

6. Cuando los curiosos han contemplado con gran satisfacción esta bonita columna ardiente y deseen ver a continuación el interior del arca, con gran ceremonial y oraciones hueras se coloca cuidadosamente la tapa y su columna de fuego sobre un pedestal dorado, y se muestran a los espectadores las nuevas tablas de Moisés como si fueran las auténticas. Lo mismo pasa con el maná recién preparado, la vara de Aarón reverdecida y todo lo demás que hay en el arca.

7. Algunos espectadores se emocionan mucho; sin embargo otros, especialmente los griegos, salen del santuario diciendo con sonrisa disimulada: “¡Vaya teatro sofisticado y bien hecho!”. Y la mayoría lamenta que el resto del Templo esté tan sucio y descuidado. Incluso apostaría que ahora ya se ha eliminado definitivamente la antigua Arca de la Alianza para ser sustituida por la nueva de metal.

8. Si no me creéis, vayamos a Jerusalén, disfrazados, por ejemplo, de romanos, y entremos en el Templo como cualquier otro forastero. Inmediatamente llegará un servidor amable preguntándonos todos los detalles: De dónde venimos, qué buscamos en Jerusalén, cuánto tiempo queremos quedarnos en la “Ciudad de Dios”, a dónde iremos después, si llevamos mucho dinero, si tenemos oro o plata para vender y si queremos ver el santuario, pagando una cantidad insignificante. Si le preguntamos cuánto, nos hablará de cien libras de plata. Diremos que es demasiado, que tampoco tenemos mucho interés en ver esas cosas, pero que si fuera posible por unas diez libras, podríamos hacerlo. Así que todos entraremos en el santuario por esas míseras diez libras, aunque no antes de jurar solemnemente al vigilante que en manera alguna contaremos a nadie lo que hemos visto, ni en Judea ni en otro lejano país extranjero, ni tampoco diremos que hemos entrado en el santuario. Esto es fácil de prometer; así que podremos entrar en el santuario como falsos romanos y podréis convenceros vosotros mismos si he dicho ni una sola mentira en lo que os he contado.

9. Queridos amigos y hermanos, cuando, teniendo un juicio sano, se han visto por sí mismo las cosas que pasan en el santuario, donde uno mismo ha servido como asistente suficientemente despabilado en esas ocasiones, a un hombre honrado le resulta verdaderamente una pesadilla saber que está engañando al pueblo como un embaucador a sueldo. Muchas veces pensaba para mis adentros: “Si el santuario vivo en el que se basan toda la doctrina divina y todas las leyes es en realidad puro engaño, ¿qué valor tendrán entonces la doctrina y las leyes?”. Ya he hablado. ¿Qué me podéis decir vosotros? Os escucho».

10. Uno de los ancianos preguntó: «¿Estás autorizado a descubrir ese secreto? ¿No has jurado silencio total antes de abandonar el Templo como iniciado?».

11. «Cierto», afirmó el orador, «pero ahora me siento libre para romper ese juramento que ni tiene ni puede tener ya valor alguno para mí, y para advertir al mundo entero cómo ha sido engañado. De todas formas, aquí, en Nazaret, no le damos demasiada importancia a estas cosas; por lo tanto me puedo permitir romper este juramento fraudulento sin tener mala conciencia».

Capítulo 52. Discurso defensivo de los ancianos

1. «Comprendemos», respondieron los ancianos, «que tienes razón en cierto sentido, sin embargo, no enteramente. Eres demasiado joven y te faltan todavía, por lo menos, veinte años de experiencia. Aunque en el Templo pase lo que tú dices, no siempre fue así. Si puedes pensar lógicamente, tendrás que admitir que es irrefutable que si nunca hubiera habido algo verdadero y real, a nadie se le habría ocurrido fabricar nada falso y engañoso. ¿Por qué pueden conseguirse en estos días nuestros, tiempos de artes muy hábilmente desarrolladas, diamantes, perlas y también oro y plata falsificados?

2. Sabemos que los persas fabrican los mejores y más finos chales y otros tejidos preciosos, teñidos con colores resistentes según un arte secreto, debido a lo cual valen mucho. Pero si hoy en día vas al mercado de Jerusalén, de Sicar o incluso a Damasco, tienes que ser un buen conocedor para no caer en la trampa de comprar, carísimos por lo general, tejidos falsificados y malos, hechos en nuestra tierra, en vez de los auténticos tejidos persas. ¿Qué se puede deducir de ello?

3. Si nunca hubiesen existido diamantes, perlas, oro y plata auténticos, ni artísticos tejidos persas, entonces nunca se le habría ocurrido a nadie falsificar tales cosas. Y si lo auténtico no tuviese un elevado valor, tampoco tendría interés imitarlo. A nadie se le ocurrirá imitar y falsificar piedra caliza, cuando tanta cantidad hay de la auténtica. Parece pues totalmente lógico pensar que nunca se habría construido un arca falsificada con su columna de fuego, si antes no hubiera habido una maravillosa y verdadera».

4. «Bien, eso está claro», respondió el orador, llamado Chiwar, «pero, ¿qué ha pasado para que la antigua Arca de la Alianza haya muerto, por así decirlo? En realidad existe todavía, y de vez en cuando está en el santuario, en el sitio de la falsificada, aunque cada vez en menos ocasiones debido a las numerosas visitas. Se sabe perfectamente que hace apenas treinta años, nadie tenía permiso para entrar en el santuario salvo el sumo sacerdote que, según el reglamento, podía sentarse en el sillón de Aarón sólo dos veces al año y, en casos extraordinarios, podía entrar tres o cuatro veces.

5. ¿Qué ha sucedido para que el santuario no sea ya un lugar sagrado y su importancia más o menos la de esta sinagoga ordinaria?».

6. Uno de los ancianos con más experiencia respondió: «Cuáles hayan sido los motivos y la causa lo ignoro, como lo ignora cualquier iniciado en toda Israel. Lo cierto es que la columna de fuego se extinguió tras el malvado asesinato del sacerdote Zacarías que tuvo lugar entre el altar de los sacrificios y el santuario. A partir de entonces no volvió a producirse pese a una gran cantidad de oraciones y peticiones.

7. Sin embargo, comprenderás que no se podía informar al pueblo pues se habría producido un gran tumulto. Además, los romanos estaban en el país. ¡Qué baño de sangre y qué devastación como consecuencia!

8. Aparte de nosotros, los iniciados, nadie sabe nada de ello en todo el país. Estos galileos que duermen aquí no oyen nuestros murmullos y, aunque los oyeran, no les importaría, puesto que no tienen mucha fe debido a que son más griegos que judíos, y a que su vida práctica se rige por este único principio: “La religión es necesaria para mantener sometido al pueblo y para que la minoría inteligente pueda servirse ventajosamente de él; así que el misterio en el que esté basada la religión carece de importancia”.

9. ¿Qué le importa a un notable galileo que el Arca sea auténtica o falsa, con tal que surta el efecto necesario sobre el pueblo, crédulo y fácilmente engañadizo? Por ello aquí en Nazaret, en Cafarnaúm y en Corozaín podemos ser, sin causar daño alguno, bastante abiertos con amigos y buenos conocidos. Los griegos y los romanos, ya sabemos como son.

10. A Juan el predicador, que durante varios años ha hecho de las suyas en Betania, le han encarcelado temiendo que, por ser hijo de Zacarías, el cual siempre habló mal de los sacerdotes de Jerusalén, pudiera saber algo sobre la falsificación del arca e informar al pueblo de ello.

11. Esta es también la razón por la que se persigue tanto al carpintero. Teniendo en cuenta sus dones proféticos, temen que pueda revelar algo a la gente. Así que esta historia debe seguir siendo un secreto entre nosotros; no debemos ceder fácilmente».

12. «Ciertamente una historia delicada», respondió Chiwar, «¡esperemos que los de allí de la entrada no hayan escuchado nuestras conversación!».

13. «De todas formas no hemos hablado sino en murmullos», contestó el anciano, «y no nada habrán oído. Y aunque hayan escuchado algo, como la mayoría son griegos y romanos, no comprenderán de qué discutíamos».

14. «Pero entre ellos he visto a Jesús, el hijo del carpintero, al gobernador Cirenio, a Jairo, el superior de los fariseos, a Cornelio, otro jefe, a Fausto y a más personas conocidas», respondió Chiwar.

15. «Esas son personas», replicó el anciano, «de las que no podemos protegernos en manera alguna. Si han escuchado o no, no importa. Si quieren decírselo al pueblo, no necesitan discutirlo con nosotros porque hace tiempo que, sin nuestro concurso, saben muy bien qué es lo que sucede en el Templo con el arca. Si no lo quieren hacer, entonces nuestras aclaraciones tampoco cambiaran nada. No hemos de preocuparnos por ellos. Sin embargo, tengamos cuidado de que este asunto no se haga público por nuestra culpa. Y si un día tiene que ser así, habremos de extremar las precauciones al máximo».

Capítulo 53. Chiwar da testimonio de los hechos y de la vida de Jesús

1. Entonces Chiwar tomó la palabra: «Desde luego tengo que elogiar vuestra sabiduría. Durante el tiempo que hemos vivido y trabajado juntos nunca tuve ocasión, compañeros, de poder conoceros algo mejor. Me alegro mucho de teneros a mi lado como seres humanos y no como simples siervos del Templo. Pero, por otro lado, el carpintero es lo más extraordinario que los hombres han podido ver desde que la Tierra está habitada por seres humanos. Adán, con todas sus vivencias y visiones de miles de años, no es nada comparado con Él. Enoc sólo forma parte de un pueblo de mendigos espirituales. Abraham, Isaac y Jacob, Moisés, Aarón y Elías son mendigos frente a nosotros. Un sólo día ofrece hoy más maravillas nunca vistas que todas las que nuestros patriarcas experimentaron jamás.

2. Yo mismo me erigí ayer y hoy en observador de todo lo que sucedía dentro y fuera de la casa del viejo José. Os digo que sólo milagros tras milagros. Le servían dos ángeles visibles plenos de vida. La mujer de Fausto estaba en Cafarnaúm y el carpintero quiso tenerla en la mesa del desayuno. Para que llegara a Nazaret hubieran hecho falta unas cuatro horas. ¿Qué paso? El carpintero hizo una señal a los dos ángeles que desaparecieron un instante y trajeron inmediatamente a la hermosa Lydia. ¿Qué decís ahora? ¿No supera todo esto nuestro entendimiento?».

3. «¿Y qué más has visto?», preguntaron los ancianos.

4. «Conocéis a la hija de Jairo», respondió Chiwar, «y también sabéis que murió dos veces y que la segunda vez estuvo algunos días en la sepultura. Pero ignoráis que esta misma Sara, la bellísima hija de Jairo, es ya la esposa de Boro. ¿No es extraordinario que una mujer dos veces muerta llegue a ser esposa de un hombre, y que la boda transcurra de manera nunca vista en la Tierra? Cuando recibía la Bendición del carpintero, ella vio el Cielo abierto, y un sinnúmero de ángeles llenó el aire alabando a Dios, que había manifestado y otorgado esta honra y gracia a los hombres de la Tierra. Después que la pareja fue bendecida por Jesús, los Cielos se cerraron a una seña del carpintero, quedando sólo los dos ángeles, como eran antes y como los podéis ver aquí en la sinagoga, cerca de la puerta, en forma de dos jóvenes celestiales de una belleza indecible. Miradlos y decidme si pueden proceder de otro lugar que no sean los Cielos.

5. Ahora bien, si todo sucedió tan milagrosamente, lo que ninguno de nosotros puede negar, ¿por qué no hemos de considerar al hijo del carpintero como algo superior a un alumno esenio, a los que jamás ha podido ver, pues, a lo que sé, nunca se ha ausentado de esta región salvo las raras veces que fue con su padre y sus hermanos a Jerusalén, y, si mal no recuerdo, una vez a Sidón para construir una casa?

6. Se sabe que era un trabajador callado y ensimismado y que se le tenía por poco inteligente; pero también se sabe que, desde que nació hasta que cumplió doce años, ocurrieron sucesos extraordinarios en su alrededor; dicen que incluso su nacimiento fue maravilloso, según lo que me contó hace poco en Cafarnaúm el jefe romano llamado Cornelio.

7. Teniendo en cuenta todo lo ocurrido, me pregunto seriamente por qué tenemos todavía reparo en aceptar que este Jesús sea, por lo menos, Hijo de Dios. Pues por las obras que realiza, por cómo manda a los ángeles y estos le obedecen, se puede concluir que este Jesús está lleno del Espíritu divino.

8. Si aceptamos todo lo que sus obras y enseñanzas nos muestran, entonces no sé por qué razón dependemos todavía de la vieja arca muerta, teniendo aquí ante nuestros ojos al arca viva. Podemos disimular ante el pueblo y seguir manifestándonos como somos para que no se produzca alboroto alguno. Pero, de corazón, deberíamos estar firmemente a su favor».

9. «Todo o nada», replicó el sabio anciano, «Si lo Divino está en Él, no es compatible con medias tintas. Pero si no fuera el caso, mejor será entonces, antes que aceptar algo que desconocemos, quedarse con el arca muerta, al menos como recuerdo viviente de su existencia anterior».

10. «Por eso debemos investigar el asunto en vuestro interés», continuó Chiwar, «pues a mí no me hace falta averiguar nada. Lo tengo claro y sé perfectamente qué es lo que haré si le sigo».

11. «Pero ¿crees tú», replicó el anciano, «que el Templo no tomará medidas si comunidades y pueblos, uno tras otro, van abandonándolo? Creo que no tardará mucho en enviar sus sacerdotes punitivos a todos sitios. ¡Ay de los apóstatas!, ¡les espera un futuro amargo! Mejor les irá a quienes han abrazado la sabia doctrina de los griegos que a estos discípulos de Jesús, ni totalmente judíos ni mucho menos griegos, pero que deben estar familiarizados, por lo menos algunos de ellos, con las vanas y pésimas exigencias del Templo y sus misterios sagrados.

12. Os digo que nada causa mayor inquietud a los del Templo que la presencia profética de Jesús y sus discípulos, inquietud que, por supuesto, mantendrán en total secreto. Y Satanás mismo aprovechará esa intranquilidad para hacer degenerar las enseñanzas, lo que significaría la ruina total para el Templo.

13. ¿Acaso no habéis visto lo que el año pasado hicieron los del Templo a un griego que dijo al pueblo que mientras antes sólo la moneda de Aarón, y ninguna otra, servía para pagar la contribución, ahora ya aceptaban también en el Templo monedas romanas de plata y oro? Le convencieron para que fuera al Templo prometiendo recompensarle y, cuando le capturaron de este modo artero, le asesinaron, cosa que no tiene igual en la historia de Israel. Por lo tanto hay que ser muy precavidos. Debemos convertirnos en griegos para unirnos a continuación a los discípulos de Jesús en cuerpo y alma, o bien seguir siendo lo que somos: con medias tintas no hacemos nada».

14. «En eso tienes razón», afirmó Chiwar, «en tanto y cuanto se trata de una precaución mundana. Pero, digámoslo abiertamente: Si este aparente carpintero fuera realmente el Mesías prometido —y por consiguiente Jehová mismo, como David le llama con profundo respeto—, ¿habríamos de convertirnos en discípulos suyos de manera disimulada, o deberíamos enarbolar abiertamente desde ahora a su estandarte celestial, sin dejarnos atemorizar por la astucia de Satanás? Gracias a Él podemos estar seguros de la Vida eterna, aunque nos cueste esta pequeña y pobre vida terrenal que de todas formas dura poco».

15. Tras esta proposición de Chiwar, todos quedaron desconcertados sin saber qué decisión tomar.

Capítulo 54. Consejo de los ángeles a los sacerdotes convertidos

1. Los dos ángeles se acercaron y dijeron: «Por un lado Chiwar ha hablado correctamente, y también tú, anciano, tienes razón en que uno debe darse a Dios totalmente porque Él aborrece las medias tintas. Sin embargo nosotros, como testigos suyos de los Cielos, os decimos que no temáis a los que no pueden dañar a vuestra alma, sino a Aquel que es Señor de toda la vida y sin el cual no existe vida alguna ni en los Cielos ni en la Tierra. Por eso, como verdaderos testigos suyos de los Cielos, os recomendamos hacer lo que os ha propuesto el amigo Chiwar».

2. El anciano preguntó: «¿Quiénes sois, amables jóvenes, ya que os presentáis como “testigos de los Cielos”?».

3. «Preguntad a Chiwar que nos vio traer de Cafarnaúm a la mujer de Fausto; él os dirá quiénes somos».

4. «Si es así, no tendremos reparo alguno en dar la espalda al Templo», dijo el anciano.

5. «¡De ninguna manera!, queridos amigos; ¡el Señor siempre dispone lo más conveniente en todas las cosas! Si le pertenecéis a Él de corazón y creéis en Él totalmente, confiando que sólo por Él se cumplirá y se cumplió ya en parte la Escritura, hacéis suficiente. Por lo demás, seguid siendo como sois, de modo que no despierten antes de tiempo los siervos del mundo y del diablo, de los que está lleno el Templo. Transmitid al pueblo las enseñanzas de Moisés y de los profetas y cuidad que cumpla los verdaderos mandamientos de Dios. Sin embargo, no deis demasiada importancia a los reglamentos mundanos del Templo; así seréis discípulos del Señor, iguales a aquellos a los que Él ha llamado y elegido entre los pescadores.

6. Dentro de dos días tendréis un nuevo superior en Jerusalén que, al principio, será partidario del Templo. Pero más tarde podréis negociar con él; fácilmente concederá dispensas porque él mismo no cree en el Templo: no tendréis dificultades con él. Jairo, a su vez, se ha jubilado y vivirá en la casa de su yerno. Pero no le contéis al nuevo superior nada de los acontecimientos maravillosos que han sucedido aquí».

7. Chiwar dijo con profundo respeto: «¡Siervos de Dios del Reino de la Luz y de la Vida eterna! Está bien hacer lo que nos habéis aconsejado según la Gracia del Señor. Sin embargo, para mí mismo deseo algo más: Quisiera ser ya un discípulo más».

8. «Todo hombre de esta Tierra es libre y puede hacer, creer y decir lo que desea», respondieron los ángeles. «Pero si a alguien —como es vuestro caso— se le da desde los Cielos la Gracia de recibir un consejo, hará bien en seguirlo. Pues vendrán tiempos de grandes tentaciones para los discípulos que acompañan ahora al Señor, en los que serán puestos a prueba no solamente en espíritu sino también corporalmente: muchos se debilitarán y caerán. Sin embargo, vosotros lo tendréis más fácil y podréis alcanzar con toda tranquilidad lo que los discípulos habrán que conseguir bajo grandes temores y persecución. Chiwar, tú puedes decidir ahora lo que desees. Sin embargo, será mejor para ti que te quedas en tu puesto».

9. «Sí, me quedaré», respondió Chiwar. «Sin embargo, quisiera permanecer al lado del Señor mientras Él se encuentre aquí, para escuchar y ver lo que dice y hace. ¿Puedo hacerlo?».

10. «Desde luego que puedes hacerlo», le contestaron los dos ángeles, «aunque el Señor no dirá ni hará aquí nada especial porque los hombres de este lugar no son creyentes y le toman por un mago. Sin embargo, suficientes ocasiones habrá para enseñar a la gente y convencerla de lo verdadero. El Señor no dejará de recompensaros. Esta tarde llegará también Robano y os traerá testimonios importantes de Jesús, el Señor. Como Robano es uno de los espíritus más fuertes entre vosotros, en él tendréis un maestro sabio y prudente». Tras estas palabras, los ángeles se retiraron, uniéndose otra vez a nosotros.

Capítulo 55. Relación entre los pueblos y sus regentes

1. Cirenio me preguntó si sería aconsejable liberar de la dura ley decretada sobre ellos a los fariseos, a los ancianos, a los levitas y a los escribas, que, a su juicio, se habían convertido totalmente.

2. Yo le dije: «Un legislador nunca debe dictar una ley nueva de manera precipitada. Pero una vez dada, menos todavía debe revocarla de repente. Para ello es necesario que el Consejo de los más entendidos indique lo que conviene. Cuando promulgas una nueva ley tienes en contra todos aquellos a los que les es impuesta. Si después la derogas, nadie te lo agradecerá; por el contrario te llamarán débil y dirán triunfantes: “¡Ahí tenéis al tirano! Como ve que sus enemigos son mayoría, quiere buscar los favores del pueblo derogando la dura ley. Pero no encontrará muchos amigos entre el pueblo, porque quien es tirano una vez lo será doblemente cuando vuelva al poder.”

3. Por eso es mejor mantener una ley dada, aunque su rigor pueda irse suavizando poco a poco: mejor es ser clementes cuando haya violaciones de la misma, dictando sentencias no demasiado rigurosas. El regente que venga después es libre de derogar todas las leyes de su antecesor y de promulgar otras más suaves de acuerdo con el espíritu del pueblo. Puedes eliminar la parte más rigurosa de la ley si te lo piden, pero siempre con la reserva de volver a renovar su rigor en cuanto se vean indicios de una violación malintencionada de la buena causa por la cual se dictó.

4. Si un regente desea gobernar felizmente su pueblo, tendrá que servirse de esta prudencia. Un regente tibio y negligente se convencerá tristemente en poco tiempo que el pueblo se le sube a las barbas a causa de una tolerancia inadecuada.

5. Pues los pueblos se comportan frente a sus regentes como los niños frente a sus padres. Unos padres rigurosos, pero también sabios, tendrán hijos buenos, obedientes y diligentes, que los aman y los honran. Por el contrario, los hijos de unos padres demasiado transigentes muy pronto se les subirán a las barbas y harán con ellos lo que quieran.

6. El amor, unido a la seriedad y a la sabiduría, es una ley eterna. Quién actúa según ella no falla, y sus frutos serán buenos y abundantes. ¿Me has entendido?».

7. «Sí, Señor, totalmente», respondió Cirenio, «Así ha pasado siempre en el mundo. Un regente demasiado benévolo e indulgente no reinará mucho. Pero tampoco durará mucho otro que sea tiránico y excesivamente riguroso. Creo que la sabiduría, la felicidad, y la duración segura de ambas están en un adecuado término medio. ¿Es así?».

8. «Sí, así es», afirmé, «en el buen término medio como te acabo de explicar. Pero vayamos ahora a casa, que ya se ha hecho tarde».

9. «Pero, Señor, estos ancianos ¿van a quedarse aquí durmiendo? Podrían hacer su merecido descanso sabático en casa para evitar que molesten a los presentes roncando tan ruidosamente. Esta gente ronca de manera insufrible, cosa que me resulta muy desagradable. Soy capaz de soportar muchas molestias, pero el ronquido de uno que duerme me puede sacar de quicio».

10. «Bueno, bueno, ¡no es para tanto!», le dije, «mientras ronquen no pecan. Está bien que ahora ronquen porque si hubiesen estado despiertos, habrían sabido algunas cosas que les habrían enfurecido. Y eso no sería bueno. Pero como han estado durmiendo, ni se han enterado de nada ni tampoco se han disgustado. Eso está bien. Pero vámonos y dejémoslos dormir».

11. Cuando nos acercábamos a la puerta, llegaron corriendo los fariseos y los ancianos y abrieron la gran puerta de par en par mientras decían : «Señor, escrito está: “¡Abrid los portales de par en par y alzad las puertas del mundo, que va a entrar el Rey de la Gloria! ¿Quién es el Rey de la Gloria? ¡Es Jehová Sebaot!”. ¡A Él toda alabanza, honra y gloria, de eternidad en eternidad!».

12. Cirenio con un gesto amable asintió: «¡Sí, así es y lo será siempre! El Señor esté siempre con vosotros».

13. «Y con tu espíritu», exclamaron ellos, «para que tanto tú como Él seáis benevolentes con nosotros. Pues hasta ahora tus leyes nos han oprimido más duramente que la muerte misma. Pero como nos hemos convertido en sus discípulos y nos las imponemos nosotros mismos, las duras leyes de tu gobierno ya no existen para nosotros. Aunque te las agradecemos, porque sin ellas habríamos podido convertirnos en traidores a esta causa sagrada. Por ello tampoco te pedimos ya que las derogues pues nosotros mismos, que pensamos, creemos y actuamos igual que tú, las abolimos para siempre con nuestra manera de actuar».

14. «En este sentido», contestó Cirenio, «la ley también ha sido anulada por mi parte, y tengo fundadas esperanzas de que nunca necesitaré renovarla. Así que no os dejéis tentar nunca y cumplid fielmente lo que los dos ángeles de Dios os han aconsejado. De esta manera seremos siempre los mejores amigos de Dios, el Señor, y mi gobierno no os oprimirá. Pero si el nuevo superior de vuestras escuelas quisiera perseguiros por ser amigos de Jesús, el Señor de la Eternidad, y también amigos de los romanos benévolos hacia vosotros, espero que vengáis a buscarme rápidamente. Ya encontraremos medidas que protejan vuestros derechos tanto físicos como, sobre todo, espirituales. ¡Que el Señor esté con vosotros!».

15. Y todos contestaron: «¡Y con tu espíritu, siempre!».

16. Entonces todos se inclinaron profundamente ante nosotros y fuimos pasando por la gran puerta abierta de par en par, para irnos a casa donde nos esperaba una buena comida con pan, vino y variados frutos dulces y maduros. Sentados en las mesas y dando gracias, fuimos comiendo todo lo que había, quedándonos allí hasta la puesta del Sol, entretenidos con agradables y reconfortantes conversaciones.

Capítulo 56. Robano y Kisiona cuentan sus aventuras

1. Después de la puesta del sol llegaron a mi casa Robano y Kisiona, que venían de Kis. Robano saludaba a todos los que encontraba, mientras que Kisiona vino hacia Mí con los brazos abiertos, saludándome con lágrimas de alegría en los ojos. Sólo después saludó a su hija que ya le había cogido la mano y se la besaba efusivamente. A continuación cumplimentó a su suegro, llamado Cornelio; pero cuando se enteró que el noble romano sentado a mi lado era el gobernador Cirenio, le pidió perdón por no haberle tenido en cuenta.

2. Pero Cirenio le cogió la mano, apretándola contra su pecho y diciendo en voz alta: «No, tú no me tienes que pedir perdón a mí, sino yo a ti por no haberte saludado antes: no te conocía personalmente. Aparte del Señor Jesús, a quien corresponde naturalmente toda alabanza y honra, te estoy infinitamente agradecido: eres un hombre fiel y justo. Entre todas las personas de aquella región eres la que más has contribuido a salvarme de un aprieto que probablemente me habría costado la vida. Por fin tengo la gran alegría de poder conocerte personalmente, estimado amigo mío».

3. Kisiona se alegró mucho y empezó a contar lo que le había pasado entre tanto. En Sicar había visitado al noble y anciano Robano, conversando también allí con Jonael, Jairut y Arquiel, el cual vivía y actuaba de forma totalmente natural, como cualquier hombre, de modo que un forastero nunca hubiera podido reconocer al ser espiritual puro que había en él.

4. Había visitado igualmente en su espléndida casa al médico Joram y a su maravillosa y amable esposa, y había sabido por ellos hechos sorprendentes. Robano, habiéndolo escuchado con los ojos y los oídos muy abiertos, quedó tan impresionado y maravillado que no pudo repetir otra cosa sino: «Sí, sí, ¡sangre y vida para el Maestro divino de Nazaret! No es un hombre corriente sino Dios mismo, de lo contrario no sería posible que realizara tales cosas».

5. Mientras Kisiona contaba, Robano se acercó y me dijo: «Señor, tuyo soy; ningún poder excepto tu Voluntad me podrá separar de Ti».

6. «Ya sabía desde el principio», le dije, «que serías uno de los Míos. Lo que ignoras todavía es que tus hermanos y colegas, sin dejar de ser ante el mundo lo que han sido anteriormente, también pertenecen a los Míos. Por el momento también tú lo seguirás siendo hasta que se haya adaptado el nuevo superior de la escuela que vendrá a ocupar el puesto de Jairo.

7. Tus hermanos te instruirán sobre todo lo que debes hacer y hablar y cómo debes comportarte ante el nuevo superior. Al principio intentará imponerse, levantando un gran revuelo, pero al cabo de medio año podréis conseguir de él todo lo que deseáis a cambio de algo de dinero, puesto que no cree en el Templo sino, sobre todo, en el dinero. Cuando pase un poco también será capaz de creer en algo más elevado. Y ahora ve con tus hermanos y cuéntales lo que has visto y oído».

8. Tras estas palabras mías Robano se despidió de Kisiona, dándole las gracias por todo lo bueno que le había dado, diciendo finalmente: «Me parece que en la Tierra no habrá muchos más hombres como tú, Kisiona. Eres el único que ha tocado y se ha apoderado de mi corazón. ¡El Señor te bendiga por todo lo bueno que me has concedido a mí y a miles de otras personas!». Tras estas palabras se inclinó profundamente ante nosotros para unirse a sus hermanos que estaban todavía reunidos en la sinagoga, de la que, entretanto, habían desalojado a los dormilones. Su acogida fue sorprendentemente afectuosa y, en un ambiente desenfadado y alegre, todos se fueron contando con fascinación lo que habían visto y oído.

9. Para gran alegría nuestra, Kisiona no vino solo sino con unos mozos que traían varios mulos cargados de vino, harina, queso, pan, miel y una gran cantidad de pescado ahumado selecto, de modo que la madre María apenas tuvo sitio para almacenar todas esas provisiones.

10. Por ello se pidió a un vecino que guardara lo que sobraba en su enorme despensa. Así lo hizo, aunque no de buena gana pues era un hombre avaricioso. Pero como Kisiona le dio unas monedas de oro como pago por las molestias que se tomaba para hacernos el favor, se puso muy contento y fue diligente. Al transportar los sacos con rapidez, tropezó fuertemente en la penumbra con el discípulo Juan. Este le dijo: «Amigo, ten más cuidado, de lo contrario puedes hacerte daño o hacérselo a otros. Más felicidad tendrías, y no tropezarías con nadie, si fueses tan diligente para el Reino de Dios, ahora tan cerca de ti, como lo eres para hacer tu trabajo por las dos miserables monedas de oro. ¡Ay, la gran ceguera que no puede ni quiere reconocer lo supremo!».

11. El vecino, sin embargo, no se dejó desconcertar y siguió haciendo su trabajo sin inmutarse.

12. Al verlo, Juan me preguntó: «Señor, ¿cómo es posible que un hombre pueda ser tan estúpido en cuerpo y alma?».

13. «Déjale tranquilo», contesté, «hombres así, más estúpidos y tercos que una mula, hay muchos miles en Judea. La recompensa que merecen es por ello tan sólo la de una mula».

14. Estas palabras hicieron reír a la gente que estaba allí, risa que Filopoldo aumentó todavía más con acertadas observaciones demostrando que habitualmente el hombre puede ver mejor lo que le rodea que la mosca que está posada en la punta de su nariz. Todos admiraron su excelente dialéctica.

15. Tras esta escena, todos nos levantamos de la mesa y nos fuimos a descansar.

Capítulo 57. Servicios de los ángeles en los mundos. Un cúmulo cósmico globular

1. Todos se fueron a dormir y no despertaron antes del amanecer. Yo también dormí unas horas. Sin embargo los dos ángeles estuvieron ocupados durante la noche con la regencia de los universos, uniéndose a nosotros a la salida del Sol. Se acercaron a Mí, dándome las gracias y diciendo: «Señor, todo está en su perfecto orden en el gran hombre cósmico. Los Soles centrales principales están en su posición correcta, y su rotación continúa estable. Las órbitas de los Soles centrales de segundo grado siguen siendo correctas. También las de los Soles centrales de tercer grado, girando cada uno de ellos alrededor de su Sol central de segundo grado. Asimismo los Soles centrales de cuarto grado —y el millón de Soles planetarios que giran alrededor de ellos— describen su órbita dentro del Orden, que Tú, Señor, has dispuesto desde el origen. Los innumerables Soles planetarios —juntos con sus pequeños planetas generalmente sin luz propia, más sus lunas— dependen del orden del gran Sol central respectivo que los lleva. De modo que en el cúmulo cósmico globular12 que nos ha sido confiado para su custodia todo está en perfecto orden. Así podremos pasar otro día lúcido contigo, Padre santo, y con tus hijos amados».

2. «Muy bien», les contesté, «pero aprovechad cada minuto para instruir a mis hijos amados, porque todavía lo necesitan bastante».

3. Los dos ángeles se retiraron alegres y felices, saludando a María y después a los discípulos, a Cirenio, a Cornelio, a Fausto, a Jairo, a Kisiona y a Boro. Pero Cirenio, que había escuchado algo sobre los muchos Soles, aprovechó inmediatamente para preguntarle a ambos de qué Soles hablaban conmigo, puesto que él sólo conocía uno.

4. «Querido amigo y hermano en el Señor», respondieron los dos con mucho cariño, «no quieras saber lo que en modo alguno puedes comprender y de lo que tampoco depende la salvación de tu alma. Si entendieras y vieras lo que hemos hablado con el Señor como nosotros lo entendemos y lo debemos ver siempre, morirías. Todas las estrellas que ves en una noche clara y muchas más todavía que tu ojo no puede divisar por su inmensa distancia, son mundos solares de un tamaño que tu entendimiento no puede abarcar. El único Sol que contemplas es uno de los Soles planetarios más pequeños; sin embargo, es más de un millón de veces más grande que la Tierra. Ahora imagínate un Sol central tan sólo de cuarto grado, alrededor del cual giran por lo menos diez veces cien mil Soles planetarios en extensas órbitas junto con sus planetas o pequeñas Tierras sin luz propia, como la que habitas. ¡La circunferencia de este Sol de cuarto grado ya es mil veces mayor que la suma de todas las circunferencias de todos los Soles planetarios y sus Tierras y Lunas que giran alrededor suyo! Dinos, amigo, ¿puedes hacerte una idea de semejante magnitud?».

5. «Amables siervos de Dios», respondió Cirenio, «os ruego que no me habléis más de estos temas. Empiezo a marearme. ¿Quién podría imaginárselo ni en sueños? ¿Y vosotros podéis abarcar todo eso de una sola ojeada? ¡Qué poder y qué profundidad de Sabiduría divina debe haber en vosotros! Pero como aún tengo curiosidad, decidme: ¿qué es lo que, en general, hay en este sinnúmero de grandes Soles?».

6. «Lo que puedes encontrar en esos mundos solares es lo mismo que puedes ver en esta Tierra», explicaron los dos, «y cosas parecidas, naturalmente de una manera mucho más noble y más gigantesca. Hay hombres, animales y plantas de todas clases, además de unos edificios enormes e indescriptiblemente hermosos, frente a los cuales el Templo de Jerusalén y el palacio del emperador de Roma no son sino casitas de muñecas. Y en todas partes el Dios único es el Señor y Creador, de eternidad en eternidad».

Capítulo 58. Relación de los seres humanos con el Padre celestial

1. Tras haber escuchado estas palabras Cirenio, sobrecogido por un gran respeto, dijo: «¡Amigos y siervos del Señor, ahora sé Quién es el Señor y quién soy yo! Yo no soy nada de nada, y Él lo es eternamente todo. No entiendo nuestra inmodestia humana que se atreve hablar con Él sin más, como si tuviese delante a un igual».

2. «Él mismo lo quiere así», contestaron los ángeles, «pues desde la eternidad, los hijos tienen derecho a hablar con el Padre como el corazón les dice. Por eso no preguntes cosas inútiles. Que seas un hombre no depende de ti sino sólo de Aquel que te ha creado de sí mismo tal como eres, sin seguir el consejo de nadie sino el Suyo propio. ¿Cómo hubiese podido preguntar a alguien sino a sí mismo, si antes de Él no había ser alguno en todo el espacio infinito?

3. Si hablas con Él como con tus semejantes, entonces haces bien porque Dios, fuera de Él, no tiene ser alguno con quien hablar. Pero las criaturas procedentes de Él son tan libres que pueden hablar con Dios, y Dios con ellas, como un hombre con otro. Está justificado que tú hables con Él como con tus semejantes, porque la criatura es tan digna de su Creador como el Creador digno de su criatura.

4. Cada criatura, por supuesto, testimonia la Omnipotencia, la Sabiduría y el Amor de Dios; y, sin el Poder de Él, ningún espíritu, por poderoso que sea, sería capaz de crear algo por sí mismo. Esto sólo lo puede hacer Dios. Como cada criatura testimonia la Omnipotencia, la Sabiduría y el Amor divinos, ¿cómo no iba a ser digna de su Creador? ¿Lo entiendes?».

5. «Oh vosotros, siervos sabios de Dios todopoderoso», exclamó Cirenio, «¡qué clara y comprensible es vuestra enseñanza llena de sabiduría! Verdaderamente es así. El hombre no debe avergonzarse de lo que es porque, si vive conforme a la Voluntad de Dios libremente aceptada, es realmente la obra maestra de su Creador. Pero pienso que si actúa contra la Voluntad divina, se destroza a sí mismo, sin poder igualar lo que fue originalmente y lo que hubiera debido seguir siendo eternamente.

6. De modo que lo veo así: En lo que se refiere a la formación de su idiosincrasia, el hombre es creador de su propia naturaleza, que debe volverse semejante a Dios. Por ello, el hombre se destroza a sí mismo pecando contra el Orden de Dios y, por su propia culpa, se vuelve indigno de ser una criatura del Maestro eterno, todopoderoso».

7. «En eso tienes razón», respondieron los ángeles. «Cada hombre sigue siendo una obra maestra digna de Dios porque por su forma, habilidad, capacidad y libertad, es una maquinaria adecuada a través de la cual el espíritu puede expresarse libre y vivamente.

8. Pero en lo que concierne a la educación moral de sí mismo, de su corazón y su alma, inevitablemente dejada al criterio del hombre, es capaz de envilecerse hasta convertirse en un monstruo del infierno, cometiendo así el mayor de los pecados. Porque al profanar su propio fuero interno, también hizo que la mayor Obra maestra de Dios degenerara en una chapuza indigna de Él. Incluso a Dios le costará un gran esfuerzo y una paciencia infinita volver a convertir la obra arruinada en una Obra maestra.

9. Precisamente a causa de tantas obras malogradas vino justo ahora el mismo Maestro a este mundo a arreglarlas para siempre. Sin embargo, puesto que se seguirán abismando las obras, Él fundará en este mundo una institución mediante la cual todas estas obras malogradas podrán reformarse por su propio esfuerzo. Quien, deliberadamente, no quiera servirse de la institución, quedará perdido eternamente, a no ser que su voluntad cambie. ¿Lo entiendes?».

10. «También lo comprendo», respondió Cirenio, «y por eso opino que se debería obligar a los hombres, mediante leyes escogidas pero rigurosas, a que hagan uso completo de tal institución».

11. «Aunque se hiciera así», dijeron los ángeles, «a la humanidad no le serviría. Pues al hombre sólo le sirve aquello que hace libremente por sí mismo. Todo lo demás le perjudica.

12. Si se tratara de perfeccionar al hombre a la fuerza —desde dentro o desde fuera— tenemos poder más que suficiente para sujetarles y obligarles a todos, de manera que nunca podrían actuar contra una ley. Pero así convertiríamos al hombre, que debe volverse semejante a Dios de manera totalmente libre, en un vegetal incapaz de determinarse a sí mismo para cualquier actividad autónoma y útil, como la espada de la justicia que, por muy afilada que esté, sólo servirá si está llevada por una mano hábil.

13. De ello puedes deducir claramente que la imposición nunca consigue nada, sino sólo una buena instrucción y, después, la determinación libre de actuar y vivir según la enseñanza recibida, que indica ampliamente a cada cual el camino iluminado por el Orden divino. ¿Has comprendido?».

Capítulo 59. Sobre la gran lucha interior del hombre

1. «Sí, por desgracia, esto también lo entiendo», respondió Cirenio. «Pero veo que pocos resultados buenos trae. ¿Dónde están los hombres y cuántos de ellos hay capaces de aceptar una enseñanza y comprenderla totalmente? ¿Y cuántos de los enseñados poseen la voluntad férrea para poner en práctica la enseñanza recibida y comprendida? Pongamos por caso mil hombres bien instruidos; ¿habrá entre ellos, especialmente entre la masa popular fanáticamente supersticiosa, acaso diez que tengan la voluntad y el coraje necesarios para poner en obra la enseñanza recibida y comprendida? Además, ¿de qué les serviría poner en obras las enseñanzas de la clara Verdad eterna, si son liquidados de manera terrible al día siguiente por crueles y fanáticos egoístas?

2. Aunque vosotros seáis servidores poderosos y sabios del Altísimo, os digo como hombre de Estado experimentado que, sin imposición ninguna, esta enseñanza verdaderamente divina encontrará poca aceptación entre la gente. Al menos es preciso eliminar la superstición fanática con todo el poder de la coerción. De otro modo será tiempo perdido divulgar la enseñanza aunque sólo sea en las cercanías.

3. Nosotros, naturalmente, creemos firmemente en esta pura Verdad eterna que nos es revelada aquí ampliamente, aunque no sin imposición. Pues vosotros dos, el Señor y sus Obras, no son ciertamente medios insignificantes de imposición, falto de los cuales no se habrían reunido aquí más de mil oyentes y seguidores. Pero al igual que este medio de coacción considerable no nos ha transformado todavía en máquinas muertas, como os muestran palpablemente mis palabras encendidas, así creo yo que un medio de coacción meramente externo no causará demasiado daño a los hombres que han de transformarse en verdaderos hijos de Dios según esta nueva enseñanza de los Cielos».

4. «En un aspecto tienes razón», respondieron los ángeles, «pues no faltan medios de coacción externos. Sin embargo, te convencerás que una imposición externa es peor en el fondo que una interna invisible. Pues Satanás también se sirve de medios de coacción externos para mantener la fe equivocada, la superstición. Pero si finalmente también nos servimos de medios indignos, de Satanás, para difundir la enseñanza de los Cielos, estaremos siguiendo sus pasos: “¿Servirá esto para salvar al hombre?”.

5. La fe herética siempre se ha abierto camino para entrar en los pueblos con el fuego, la espada y baños de sangre. Pero si la pura Palabra de Dios se abriera camino de la misma manera, ¿sería posible que un hombre de cierta inteligencia pudiese aceptarla como la divina Palabra de paz de los Cielos? Seguro que diría: “¿No te basta, Dios, con que Satanás torture a la humanidad de forma espeluznante para que también Tú, Todopoderoso, te acerques a nosotros, pobres y débiles humanos, por los caminos de Satanás?”.

6. Escucha, amigo, ¿no te parece disparatado que Dios, el Señor, tenga que servirse para difundir su Enseñanza de la salvación eterna de los hombres, de medios que ha utilizado siempre el infierno para acceder al mundo y ganar terreno entre los hombres?

7. Tiempos vendrán, por desgracia, en que se predicará entre los pueblos la enseñanza falseada de Jesús, el Señor, con fuego y espada, lo que causará mucha calamidad a los hombres. ¿Lo comprendes?».

8. «Esto, también por desgracia, lo comprendo», respondió Cirenio, «y sigo preguntándome si no podría el Cielo todopoderoso impedir esas calamidades externas, y por qué se ha querido permitir que, de modo general, el mal entre en este mundo».

9. «Amigo y hermano», contestaron los ángeles, «si posees algo de lucidez, juzga por ti mismo si es posible que exista cosa alguna a favor sin otra en contra. ¿Cómo podría un hombre llegar a héroe sin lucha? ¿Pero habría habido lucha alguna entre los hombres si todos hubieran sido mansos corderos? ¿Cómo probarás tu fuerza si no hay objetos que se resistan a ella? ¿Puede jamás existir un camino hacia arriba si no lo hay hacia abajo? ¿Puedes hacer bien a alguien si nadie lo necesita? ¿Qué sería entonces una buena obra si nadie la precisa? ¿Cómo instruirás a alguien si ya lo sabe todo?

10. En un mundo donde el hombre ha de convertirse por su propio esfuerzo en un verdadero hijo de Dios, deben ofrecérsele también todas las oportunidades posibles, buenas y malas, para poder poner en práctica la Enseñanza divina en su totalidad.

11. Debe hacer frío y calor para que el rico tenga la oportunidad de dar ropa a sus hermanos pobres y desnudos; también debe haber pobres para que los ricos puedan practicar la misericordia y los pobres la gratitud. Igualmente debe haber fuertes y débiles, para que los fuertes tengan la oportunidad de sostener y ayudar a los débiles, y los débiles reconocer humildemente en su corazón que son débiles. También debe haber tontos y sabios, de lo contrario la lucidez mental de los sabios no serviría de nada.

12. Si no hubiese malos, ¿con qué medida podría medirse el bueno para saber hasta qué punto es efectivamente bueno?

13. En esta escuela en la que los hombres se educan por sí mismos para convertirse en verdaderos hijos libres de Dios, el Altísimo, debe haber muchas alternativas a favor y en contra, entre las cuales los hijos puedan ejercitarse y formarse completamente.

14. Recuerda que mientras que un hombre no pueda expulsar a Satanás con su propia fuerza del campo de batalla en todas las cosas y relaciones posibles, todavía le falta mucho para obtener la filiación de Dios. Sin embargo, ¿cómo vencerá a este enemigo, si se le priva de toda ocasión de entrar contacto con él? La verdad es que para ganaros la plena libertad de la Vida eterna, debéis tener la oportunidad de elegir entre Cielo y el infierno, y de luchar por el verdadero Reino de Dios».

Capítulo 60. Utilidad de las pasiones

1. Dijeron los ángeles: «Ya sabes que al hombre le dominan diversas pasiones. Algunos, por ejemplo, sienten la necesidad de poseer todo lo que tenga valor; evidentemente, esto es avaricia, es decir un vicio. Pero a este vicio se debe la navegación, pues sólo hombres sumamente avaros y codiciosos pudieron ser asaltados por la tentación de arriesgar su vida y hallar medios con los que atravesar los grandes mares para averiguar si todavía había tierras que quizás poseyeran grandes riquezas. Después de pasar muchas calamidades y peligros, tras muchos esfuerzos, llegaron finalmente a un país totalmente deshabitado. Los grandes peligros que habían pasado atemperaron mucho su codicia y les desanimaron a regresar. Así que colonizaron allá a donde el viento les había llevado, construyeron sus casas y sus chozas, y de esta manera poblaron tierras nuevas, antes despobladas. Juzga tú mismo: ¿habrían descubierto los hombres tierras lejanas si no hubieran tenido las pasiones de la codicia y el afán de lucro?

Tomemos la voluptuosidad. Imagínate que esta pasión no existe, que la humanidad es celestemente casta: la vida pura y casta de los célibes, hasta bien avanzada la edad, te impresionará. Y ahora imagínate que todos los hombres están en ese estado sumamente casto y pregúntate a ti mismo: ¿qué pasará con la procreación humana requerida por el Orden divino? Verás que el hombre también debe poseer esta pasión, de lo contrario la Tierra pronto estaría despoblada. Cierto es que, por desgracia, algunos se exceden como muestra la experiencia diaria, y que tal degeneración siempre es contraria al Orden de Dios y constituye un pecado. Sin embargo, la degeneración y el exceso de esta pasión, contrarios al Orden divino, son mucho mejor que la extinción total de la misma.

Todas las fuerzas dadas al hombre que se manifiestan principalmente como pasiones desenfrenadas deben poder ir hacia el bien o hacia el mal, de lo contrario el hombre parecerá agua tibia y caerá en la ociosidad más detestable.

Y te digo que nada podrá suministrarte un testimonio más cierto del destino divino del hombre que los mayores vicios, contrapuestos a las virtudes más elevadas; pues sólo así podrás apreciar las facultades ilimitadas que han sido dadas al hombre de esta Tierra. El camino del hombre va desde el infierno más profundo hasta el Cielo más sublime de Dios, el cual incluso es inaccesible para nosotros los ángeles; si no fuese así, nunca el hombre podría alcanzar la filiación de Dios.

5. Nosotros tenemos que ver con seres de un sinnúmero de otros mundos; pero ¡qué gran diferencia entre estos de aquí y los de allá donde existen barreras tanto físicas como espirituales, difícilmente franqueables! Vosotros, los hombres de esta Tierra, tenéis tan pocas limitaciones como el Señor mismo y podéis hacer lo que queráis. Podéis elevaros hasta la morada íntima de Dios; pero por eso también podéis caer tan profundamente como el mismo Satanás13, el cual en otros tiempos fue también un espíritu libre de Dios en sumo grado; pero como cayó, necesariamente tuvo que caer en la profundidad más profunda de toda la perdición, de la que difícilmente hallará un camino de regreso, porque Dios ha dado la misma infinita capacidad de perfeccionamiento tanto al vicio como a la virtud».

Capítulo 61. Sobre el valor del libre albedrío

1. Dijeron los dos ángeles: «Por eso, en la Tierra, todo depende del libre albedrío del hombre y de una instrucción lo más libre posible, instrucción que ha sido presentada por el Señor de manera suficientemente comprensible para el entendimiento humano con sólo explicarla una vez, razón por la cual nadie tiene la excusa de no haberla comprendido. Por ejemplo, el mandamiento “Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”, ciertamente lo comprende cualquiera. Y si alguien cumple esta enseñanza escueta y comprensible que todo lo abarca, entonces el Señor lo llenará de toda la sabiduría posible a través del corazón, con lo que él mismo podrá servir posteriormente de maestro para sus semejantes. De este modo uno puede preparar a otro hasta que el Señor mismo se haga cargo de él y le eduque para ser un verdadero hijo de Dios.

2. Esta es la manera más conveniente para divulgar la Doctrina sagrada dentro del Orden divino; todo lo que hay por encima o por debajo no sirve, pues trae poca o ninguna bendición para los hijos en evolución. ¿Has entendido todo esto?».

3. «Sí, todo», respondió Cirenio. «Veo claramente qué destino tan elevado ha preparado Dios para esta Tierra y sus hombres. La única fatalidad es que al lado de los hijos de Dios también se educa en la misma escuela los hijos del infierno, cada uno en su propio ámbito. Pero también comprendo que, desde el punto de vista de la Sabiduría celestial más elevada, no puede ser de otra manera. Sin embargo el Señor es tan sabio, bueno y todopoderoso que algún día puede dar también al infierno un rumbo distinto. La eternidad perdura y podrán tomarse todas las disposiciones necesarias para que, finalmente, los hijos del infierno se sometan junto con su seductor y maestro».

4. «Tu suposición va más allá de nuestro propio horizonte», dijeron los ángeles. «Pero tú, como hijo del Señor, estás más cerca de tu Padre que nosotros, seres puros. Por lo tanto puedes alimentar en tu corazón un deseo puramente divino más fácilmente que nosotros. También sabemos que para Dios no hay nada imposible. Pero no podemos decirte sobre esto.

5. Si quieres recibir explicaciones más profundas, dirígete al Señor mismo. Él conoce todo lo que se oculta tras las nubes eternas. Sin embargo creemos que, teniendo en cuenta los finos oídos de Satanás, no revelará nada sobre ello a ningún mortal. El adversario tiene oídos en todas partes y hay que ser cuidadoso con las palabras si uno no quiere aumentar su maldad».

6. «Entiendo», respondió Cirenio. «No hablaré al Señor de estos temas».

7. «No hace falta que hables en voz alta», intervine, «pues Yo oigo todo lo que digas y preguntes en tu corazón».

Capítulo 62. Pensar con el corazón

1. Dijo Cirenio: «Señor, eso de pensar con el corazón no funciona conmigo; me parece imposible porque desde mi juventud me han acostumbrado a pensar con la cabeza. ¿Cómo hay que hacerlo?».

2. «Es fácil y muy natural», le respondí. «Todo lo que quieres y eres capaz de pensar con tu cerebro viene del corazón. Pues cada pensamiento, por leve que sea, necesita primeramente un impulso que lo genere. Una vez que, por una necesidad cualquiera, el pensamiento es generado e implantado en el corazón, sube hacia el cerebro para que el alma lo considere y, a continuación, ponga en movimiento los miembros del cuerpo con el fin de que se manifieste en palabras o hechos. Por lo tanto, es totalmente imposible que un hombre pueda pensar sólo con la cabeza porque un pensamiento es una creación puramente espiritual y, por ello, no puede nacer sino en el espíritu del hombre, el cual tiene su sede en el corazón del alma, desde donde vivifica al hombre entero. ¿Cómo podría desarrollarse nunca creación alguna a partir de una materia, por sutil que sea? Toda materia —por lo tanto también el cerebro del hombre— es sólo materia, por lo que no tiene capacidad creadora: sólo es cosa creada.

¿Lo comprendes y quizá ya sientes que nadie puede pensar sólo con la cabeza?».

3. «Señor», respondió Cirenio, «me doy cuenta plenamente. Pero ¿cómo funciona esto? Ahora me parece que desde siempre he pensado con el corazón. ¡Esto es muy raro! Estoy sintiendo palpablemente las palabras dichas en el corazón y ya no me parece posible poder formular un pensamiento en la cabeza».

4. «Ello es la consecuencia natural de que tu espíritu está cada vez más despierto en el corazón, porque ha sido alimentado por el amor hacia Mí y, a través de Mí, a todos los hombres.

5. Y te diré, para que lo sepas, qué es lo que pasa con los hombres en los cuales ese amor aún no está despierto. También en ellos los pensamientos se forman en el corazón, pero este no los percibe porque es demasiado material. Los mismos sólo toman forma perceptible en el cerebro, pues ya son más materiales debido al impulso para la acción que implican. Ahí se mezclan posteriormente con imágenes del mundo exterior ya grabadas en las células cerebrales, percibidas mediante los sentidos exteriores físicos como el oído y la vista. Así, y esto ante los ojos del alma, los pensamientos se corrompen, volviéndose materialistas y malvados. Estos pensamientos corruptos son la principal causa de las acciones viles de los hombres.

6. Por eso, ante que nada, todo hombre ha de renacer en el espíritu dentro de su corazón; de lo contrario no podrá entrar en el Reino de Dios».

7. Entonces preguntó Cirenio a Pedro que estaba a su lado: «¿Entiendes eso del renacimiento del espíritu en el corazón y qué es y dónde está el Reino de Dios del que Él y los dos ángeles hablan continuamente, prometiéndonoslo como término futuro de nuestra fe?».

8. «Sí, lo entiendo», contestó Pedro, «si no lo entendiese no estaría aquí sino en mi casa, ocupándome de otros asuntos. Busca tú mismo en tu propio corazón, noble señor, en él encontrarás en corto tiempo más de lo que yo pueda explicarte en cien años.

9. Obsérvanos a nosotros, los primeros discípulos y testigos del Señor, y mira si hablamos externamente con Él. Sin embargo, hablamos más con Él que tú y que muchos otros con palabras. Hablamos con Él sólo con el corazón, le preguntamos muchas cosas y Él nos responde en forma de pensamientos claros y bien expresados. Así ganamos doblemente. Porque una respuesta del Señor en el corazón del hombre ya forma parte de su verdadera Vida, mientras que para que la palabra exterior pueda volverse parte de su verdadera Vida, se necesita que el alma la practique antes continuamente.

10. También puedes preguntar a tu corazón, noble señor, sobre el asunto de Satanás. El Señor pondrá silenciosamente la respuesta correcta en tu corazón, de modo que será imposible que Satanás la oiga. Igualmente podrás preguntar también al Señor sobre el renacimiento del espíritu en el corazón y sobre el Reino de Dios: Él te contestará claramente».

11. «Ahora comprendo por qué casi nunca habláis con el Señor», dijo Cirenio. «Bien, voy a probarlo. Si el Señor es tan misericordioso con vosotros, también lo será conmigo pues el propio hecho de que en cierto modo he renunciado a ocuparme de los asuntos de gobierno que me conciernen, que me quedo junto a Él y fortifico mi alma con cada palabra que sale de su boca, ya demuestra que le amo sobre todas las cosas.

12. También creo que he podido hacer mucho más por amor puro hacia Él que todos vosotros. Le conocí cuando niño y, en un país extranjero pagano, pude cuidar de Él, de sus padres y de sus hermanos. Mientras vosotros no teníais que ofrecerles sino vuestras redes, yo estoy dispuesto, si Él lo acepta, a renunciar inmediatamente a todas mis dignidades mundanas, a seguirle fielmente como uno de los más humildes de todos vosotros, y a arriesgar mi vida por Él y por todos vosotros, como ya lo he hecho algunas veces, sin tener en cuenta las posibles consecuencias que ello me hubiera podido acarrear por parte de Roma.

13. Si hago todo esto por amor puro hacia Él, entonces supongo que me concederá el mismo favor y gracia que os otorga a vosotros tan abundantemente».

14. «Ya lo tienes, querido amigo y hermano mío», le contesté. «Lo que ya tienes no necesitas buscarlo. ¡No te inquietes por lo que crees que no tienes! Prueba a preguntarme algo con tu corazón y pondré clara, audible y comprensiblemente la respuesta en ese corazón que me ama sobre todas las cosas».

Capítulo 63. Sobre la recuperación del que está perdido

1. Siguiendo mi consejo, Cirenio me preguntó qué le sucederá finalmente a Satanás y si un día volverá.

2. Yo puse la siguiente respuesta en su corazón: «Al que está perdido se le busca. Al enfermo se le ofrece medicina, pero aun así su voluntad es y debe seguir siendo libre. Pues frenar su libre albedrío significaría convertir a la totalidad de la creación material infinita, junto con todos sus elementos, en piedra dura donde no es posible que se manifieste la vida. Toda la creación material representa el gran espíritu14 que se encuentra en el juicio. Este espíritu está a su vez subdividido en incontables mundos cuyo conjunto, aún así, constituye su entidad completa. Pero de esta entidad están separándose miríadas de miríadas de seres —como la mayoría de los hombres de esta Tierra— y Dios, mediante su Fuerza, su Poder, su Amor y su Sabiduría, los transforma en seres semejantes a Él. ¡Esto es una vuelta cierta de ese uno, del gran espíritu!

3. Pero cuando la sustancia de todos los mundos y Soles se haya convertido en hombres, de ese uno no quedará ya nada, a no ser su mero “yo” que, en su completa soledad, tendrá que aceptar finalmente la conversión si no quiere estar perdido eternamente. Entonces ya no girarán en el infinito espacio eterno Tierras materiales ni Soles materiales, sino que habrá una nueva creación espiritual, maravillosa, con unos seres libres y felices que llenarán el universo eterno. Yo seré eternamente Dios y Padre de todos los seres y este estado bienaventurado no tendrá fin. Habrá un único rebaño y Yo seré su pastor.

4. Pero cuándo sucederá todo eso —medido en años terrestres— no se puede determinar. Y aunque te dijese la cifra, no la podrías entender. Aun cuando te dijera que pasarán tantas veces mil eras de mil años como granos de arena hay en tierra y mar, briznas de hierba en los prados y en todas las montañas de la Tierra, gotas en los océanos, lagos, ríos, riachuelos y fuentes, no podrías hacer la cuenta para averiguar la cifra de años que tardará la liberación.

5. Por ello tranquilízate con lo siguiente: Busca sobre todo el Reino de Dios y su verdadera Justicia, y te resucitaré a la Vida eterna tras tu muerte física. En el Reino de los espíritus puros, mil años terrestres son como un día.

6. Además, querido amigo, en mi Reino del Espíritu, todo lo que aquí te parece infinito ocurrirá, en la plenitud de la mayor felicidad, de manera fácil y breve. Ahora ni tú ni ninguno de mis discípulos podéis ser conducidos a la Sabiduría de los Cielos. Pero será posible cuando dentro de pocos años seáis bautizados con el Espíritu santo de Dios, quien os conducirá a todos a la plena Sabiduría de los Cielos. Y todo lo que ahora te parece oscuro y confuso, entonces lo verás en la luz más clara. Lo que te revelo ahora debes guardarlo para ti sin divulgarlo a nadie, pues ha de ser mantenido en secreto todavía mucho tiempo».

7. Tras haber escuchado estas palabras, Cirenio se quedó estupefacto y, al cabo de un momento de reflexión, dijo: «En efecto, he percibido ahora clara y correctamente tu Palabra en mi corazón. Pero ¿es realmente preciso mantener totalmente en secreto lo último que me has dicho? ¿No podría confiarse, al menos parte de ello, a personas creyentes de pensamientos nobles y honestos? Esta enseñanza no puede hacer daño a nadie».

8. Le respondí en voz alta: «Sí, amigo, a una persona que, como tú, lo recibe por el camino interior, no le puede hacer daño, de lo contrario no te lo habría revelado. Pero a muchos que oyeran algo como esto mediante sus sentidos exteriores, les causaría un grave perjuicio. Mis ángeles ya te lo han explicado suficientemente, así que dejemos el tema. Hay todavía muchas otras cosas de gran importancia que debemos solucionar y que tienen preferencia sobre tu pregunta, cuya respuesta se concretará en la eternidad».

Capítulo 64. Sobre las características, vida y trabajo de los espíritus naturales

1. Cirenio se dio por contento con esta explicación. Pero Kisiona se levantó para preguntarme sobre lo que pasó una vez que Yo di una orden que no se cumplió.

2. «¡Habla, amigo de amigos y enemigos!», le dije.

3. «Cuando estuvimos en la cueva de aquellos montes míos sacando los restos de los tesoros», dijo Kisiona, «Tú nos mandaste llevar pan y vino en abundancia, pues íbamos a encontrar muchos hambrientos y sedientos. Lo organicé todo inmediatamente, esperando luego al lado de la caverna por si llegaba alguien que necesitara dichos alimentos. Pero, Señor, no vino nadie a quien poder dar lo que habíamos traído.

4. Pero cuando terminamos con la caverna y Tú la tapiaste para siempre, gracias a tu Poder manifestado en Arquiel, el pan y el vino habían desaparecido por completo, y ninguno de los portadores pudo decirnos quién se lo había llevado. En aquellos momentos no me percaté plenamente de lo ocurrido. Al día siguiente, cuando te fuiste de Kis, toda mi familia no hablaba sino de Ti y, siendo los hombres como son cuando ocurre algo sorprendente, contaron muchas más cosas que las que Tú habías hecho en realidad. Desmentí muchas de las obras que la gente decía haberte visto hacer, explicándolas como invenciones de su fantasía acalorada, más bien como mentiras piadosas. Sin embargo, la desaparición del pan y del vino me sorprendió también a mí enormemente, porque ninguno de nosotros lo había cogido».

5. «Ya sabía Yo que esta cuestión te inquietaba todavía. Aunque no es tan espectacular como te imaginas. Pero, puesto que has venido para aclarar lo ocurrido, te lo explicaré.

6. En las montañas, así como en el aire, en la tierra, en el agua y en el fuego, viven ciertos espíritus naturales que aún no han pasado por la carne, es decir, que todavía no han tenido la oportunidad de poder encarnarse mediante el acto de procreación humano y nacer a través de una mujer. En todos los elementos de la naturaleza hay una gran cantidad de estas almas no encarnadas.

7. Ahora bien, los espíritus naturales que moran en las montañas han adquirido una mayor consistencia a través del aire. No tienen el menor deseo de encarnarse a través de la carne y nacer de una mujer. Debido a su inteligencia, a veces bastante aguda, prefieren seguir permaneciendo en estado libre. También poseen el sentido de la justicia, temiendo al Espíritu divino que perciben con bastante claridad, al menos los más viejos. Los espíritus jóvenes de este colectivo son habitualmente bastante hoscos y, a veces, malvados: podrían causar muchas calamidades si los mayores no los retuvieran. Su tarea principal es formar y ordenar los diversos metales en las galerías y grietas de las montañas.

8. Estos seres también toman a veces alimentos de la naturaleza, aunque sólo del reino vegetal. Lo hacen cuando trabajan duramente transformando rocas, separando grandes partes montañosas, sacando el agua sobrante de las cuevas, y tareas parecidas. Frecuentemente están implicados en tales trabajos agotadores para que se les pase su amor a las montañas y para que acaricien la idea de ser engendrados en la carne; sobre todo porque, a partir de ahora, ningún espíritu alcanzará la plena bienaventuranza si no ha pasado por el camino de la carne.

9. Estos espíritus, mi querido Kisiona, sobre todo los que se ocupan de tus montes, tuvieron que ser fortalecidos con pan y vino porque tuvieron un trabajo sobremanera duro para tapiar la caverna. Y a ellos me refería cuando dije que encontraríamos muchos hambrientos y sedientos que necesitarían esos alimentos. Así que fueron consumidos sin que sobrara nada y se pudo hacer perfectamente el trabajo que ordenó mi ángel. ¿Has entendido la respuesta dada a tu pregunta?».

Capítulo 65. Leyendas sobre los espíritus de las montañas. Sobre la magia

1. «Sí, Señor, la he entendido perfectamente, sobre todo porque también mis mineros me han contado muchas veces cosas parecidas: que había desaparecido pan y vino sin que pudiera saberse quién se había permitido semejante broma. Cuando los mineros hambrientos se enfadaban, no pocas veces oían risas maliciosas, e incluso algunos pretenden haber visto como pequeñas figuras humanoides de color azul, rojo, verde, amarillo y también negro, que brincaban delante de ellos.

2. Hace poco, el minero mayor me contó igualmente que un hombrecillo azul le había aconsejado que trajera siempre el pan y el vino en un bolso de cuero colgado al hombro, puesto que de esta manera los gnomos de la montaña no podían quitárselo. También le dijo que nadie hablara demasiado alto en las galerías de las montañas, ni silbase o blasfemase o se riera a carcajadas. Pues los gnomos no lo pueden soportar y harán daño a quien no guarde esta regla. Pero que si mis mineros quisieran dejarles pan y vino a los gnomos, estos lo agradecerían y les ayudarían a encontrar metales nobles en abundancia.

3. Solía yo tomar estas narraciones por fábulas pues nunca me pasó nada parecido, pese a haber entrado muchas veces en las galerías. Pero ahora, después de haber escuchado tu bondadosa explicación, todo se me ha aclarado. Lo único que no logro entender todavía es cómo pueden consumir estos gnomos, que en realidad son espíritus, un alimento material. ¿Cómo comen y beben estos misteriosos seres?».

4. «De manera parecida a como el fuego consume las cosas que están a su alcance», le respondí. «Echa una gota de vino o un trocito de pan al fuego, y verás lo rápidamente que desaparece. De esta manera consumen también el alimento natural los espíritus o gnomos de las montañas. Disuelven la materia rápidamente y absorben en un instante la sustancia espiritual en su propio ser anímico. Ahora ya lo sabes y no tienes que preocuparte más por ello».

5. Kisiona: «Señor, gracias por tu explicación, la cual me alegra mucho porque veo ahora más claramente que todo lo que me rodea no es sino pura vida».

6. «Está bien, amigo mío. Sin embargo, te pido como siempre que mantengas en secreto lo que has oído, pues saberlo no es beneficioso para todo el mundo. Los magos egipcios y persas están frecuentemente en comunicación con los espíritus y gnomos, realizando con su ayuda toda clase de magia. Sin embargo, toda esa brujería es un horror para Dios, y quien la hace difícilmente entrará en su Reino. Pues estos magos bloquean el camino de la encarnación a esos espíritus y, cuando dichos magos mueran, se volverán dependientes de esas almas inmaduras debido a que seguirán absorbiendo esencia natural de ellas. Por este motivo les resultará extremadamente difícil separarse de ellas. ¡Ay de los magos! Nunca se ha visto que un mago haya conseguido un objetivo bueno con su brujería. En todas partes manifiestan por el contrario una gran avaricia y el más infame afán de dinero y de poder. Estos hombres tendrán su recompensa humillante en el más profundo infierno».

7. «Oh, Señor, Señor», intervino Fausto, «entonces los muchos magos y adivinos del gran imperio romano no están de suerte. En Roma son considerados como dioses y tienen tal poder que, con una palabra, pueden anular las órdenes del emperador así como las de cualquier héroe, por poderoso y valiente que sea. Naturalmente también consiguen lo contrario, es decir, pueden animarlos de tal manera que se sientan capaces de hacer temblar a las montañas con su valor».

8. «Ciertamente, amigo, día llegará en que estos hombres que actúan como semidioses lo pasarán mal. Saben que engañan a los no iniciados en su arte, induciéndoles con frecuencia a que cometan atrocidades diversas. Por eso y porque venden nada por mucho dinero, causando pecados y daños para la perdición de los hombres, les espera un futuro poco afortunado».

9. «Pero si se enmendaran», preguntaron algunos presentes, «¿no podrían salvarse también?».

10. «Sí, sí», les contesté, «si se enmendaran, podrían salvarse. Pero lo triste es que justo esas personas rectifican difícilmente su comportamiento. Más fácil es que se conviertan los asesinos, los atracadores, los ladrones, los fornicadores y los adúlteros, o que abdique un rey, que un mago se separe de su varita mágica. Sus cómplices invisibles no se lo consentirán tan fácilmente, y si se le ocurriera separarse de ellos, no le dejarían hacerlo.

11. Por eso repito: Maldita sea la magia, porque a través de ella llegaron los pecados a este mundo.

12. Quien quiera realizar milagros debe recibir primero la fuerza interna de Dios. Después, sólo debe hacerlos en casos de necesidad extrema.

13. Por supuesto que quien hace milagros falsos, actuando como los adivinos mediante símbolos y fórmulas mágicas, ya está condenado por su propia voluntad. ¡Guardaos pues de esa magia malvada y de las adivinaciones, porque acarrean las más graves consecuencias al espíritu del hombre!».

14. Todos los que escucharon estas palabras quedaron profundamente atemorizados tras oírlas y preguntaron si tampoco debía hacer caso de los pronósticos climáticos, utilizados desde siempre y basados en la experiencia.

15. «Naturalmente que sí», respondí, «cuando se basan en datos puramente científicos. Pero si esto no es así, hasta eso resulta entonces un pecado, porque con ello el hombre adopta una segunda fe que debilita la verdadera fe en la providencia divina resultando que, finalmente, cree más en los signos que en el único Dios verdadero, poderoso.

16. Quien se mantiene en la fe pura puede pedir, que le será dado aunque digan lo contrario las más adversas señales de la tierra y del aire, confirmadas por la experiencia. Pero a aquel que confía en ellas le sucederá lo que le han indicado. Los fariseos se apoyan en esas señales y dejan que la gente les consulte a cambio de mucho dinero. ¡Tanto mayor será por ello la perdición que un día los golpeará!

17. ¿Acaso no ha sido Dios quien ha creado todo aquello que le sirve como señal al hombre? Como Él fue quien todo lo hizo, seguirá siendo Señor y Guía de todas las cosas. ¿Cómo podrían las señales indicar algo sin que Él lo hubiera dispuesto? Como sin la intervención de Dios las señales no pueden indicar nada, ¡que el hombre se dirija directamente a Dios —que todo lo puede— y no haga caso a las señales que pueden indicar lo uno o lo otro! ¿No es esto un consuelo mayor que todas las interpretaciones de las señales juntas?».

18. «Señor», dijeron todos los presentes en mi mesa, «cierto es y verdadero. Si Tú quisieras que todo el mundo pensara y actuara así, entonces sería otra cosa. Para los que estamos aquí reunidos contigo resulta fácil porque te tenemos a Ti, principio de todo ser y de toda formación. Sin embargo, miles de millones de personas no tienen la suerte inestimable de poder estar cerca de tu santa presencia y escuchar de tu boca palabras de Vida. Seguro que esas personas, al igual que nosotros, también suspiran por Aquel de quien toda la Creación da un testimonio más que evidente. No pueden descubrirte mirando a las estrellas y su gran anhelo no encuentra satisfacción. Por eso no es sorprendente que los magos, las señales, y sus intérpretes, tengan una gran aceptación, porque ofrecen a los hombres ansiosos de cosas divinas algo que, aun erróneo, tiene un cierto carácter divino».

Capítulo 66. Sobre magos y adivinos

1. A partir de aquel momento, Cirenio volvió a hablar para sus adentros. Y con gran seriedad me dijo: «Señor, es totalmente verdad que Tú eres Aquel que hemos reconocido en Ti desde hace tiempo y nadie nos lo puede discutir. Sin embargo, debo confesar abiertamente que en tus explicaciones sobre magos, videntes y adivinos no he notado ni una pizca de tu Amor y Misericordia habituales. En estas circunstancias y situaciones todo depende de Ti, pues Tú mismo golpeas al hombre con golpes que duelen. Pero ¡ay del hombre castigado cuando empieza a gritar de dolor! No sé si esto es justo.

2. Cierto es que la mayoría de los seres humanos de la Tierra es ciega y necia, y, por eso, también malvada. Pero pregunto: ¿dónde está la culpa y qué es lo que causa el mal? Y al igual que lo pregunto yo, seguramente lo preguntan cientos de miles de romanos que no son nada inmaduros.

3. No hay que suponer que el hombre haya salido malvado de tu Mano desde el principio, como tampoco un niño nace al mundo hecho ya un diablo. Pero si el primer hombre fue bueno, ¿cómo llegaron a ser malos el segundo o el tercero? ¿Fue tu Voluntad o la voluntad de aquel que lo procreó después? Todo lo que existe debe haber venido a ser según tu Voluntad. Y si todo es conforme a tu Voluntad, ¿por qué se condena tan duramente a estas personas que, en el fondo, han querido salvar a la pobre humanidad de la desesperación porque Tú no quisiste acudir a su llamada? Por eso te ruego que seas justo, pero no demasiado duro. Pues la criatura no tiene arma alguna contra su Creador; sólo puede pedir, resignarse, sufrir y desesperarse».

4. «¡Pero amigo Cirenio! ¿Ya has olvidado todo lo que has escuchado tanto de Mí como de los dos ángeles? ¿He dicho Yo acaso que juzgaría o condenaría a estas personas? ¿No quisiste, hace unos días, castigar a los fariseos porque deseaban lapidarme, y Yo no te dejé? Ahora parece que quieres tomar partido por ellos. ¿O acaso sabrías tú constituir mejor al hombre, de manera que, aún en semejantes condiciones, podría volverse hijo de Dios tan sólo cuando quisiera? ¡Qué confundido estás todavía!

5. ¿Conoces acaso de modo magistral toda la historia general de la humanidad para poder reprocharme que Yo me preocupe sólo ahora de los que buscan y aclaman, y antes no?

6. ¿No tuvieron los primeros hombres siempre contacto conmigo? ¿Quién fue, desde Noé hasta Moisés, el sumo sacerdote de Salem llamado Melquisedec, al mismo tiempo un verdadero Rey entre reyes? ¿Quién fue después el Espíritu del Arca de la Alianza? Y como el Espíritu del Arca entró en Mí, te pregunto: ¿Quién, entonces, soy Yo?

7. Los que clamaban por Mí querían, por supuesto, que bajase desde las estrellas porque cuando estaba entre ellos les parecía demasiado corriente y poco divino debido a que no quise brillar como las estrellas.

8. Lo que te ha movido ahora es totalmente erróneo. Satanás, a quien no se le ha escapado que llevas dentro de ti el secreto sobre él, ha querido ponerte a prueba y tú has caído, empezando a ir contra Mí. Piensa pues si llevas razón en lo que estás diciendo.

9. ¿Puedo Yo ser acaso duro o injusto con alguien? ¿Acaso soy injusto si a cambio del oro adulterado os ofrezco el puro? ¿Debería dejaros por ventura en vuestra antigua superstición mala e inútil? ¿No tendría Yo más derecho que tú a castigar a los fariseos rebeldes? Pero dime en verdad ¿acaso los he juzgado? Si no los hubiese salvado Yo habrían caído presos de su propio juez interno.

10. ¡Qué poca visión tienes! Amigo, creo que todo lo que has visto y oído ya debería haberte aclarado más las cosas».

11. Cirenio y todos los demás me pidieron perdón, y reconocieron su punto de vista erróneo. Pero les consolé y les dije: «Muchas veces tendréis que pasar todavía por pruebas aún más conflictivas. No olvidéis entonces lo que ha pasado ahora ni la enseñanza que os he dado. Porque de lo contrario, pese a que todos vosotros me habéis visto y hablado, podríais caer en tentaciones aún mayores, incluso apartaros de Mí y volver a entregaros al mundo, sus mentiras y sus engaños. Con lo que podríais volveros iguales a aquellos de los cuales dijisteis que me habían buscado y llamado, pero que Yo —para poder condenarlos después tanto más fácilmente— les había mandado en vez de a Mí, a magos e intérpretes de señales».

Todos volvieron a pedirme perdón y Yo les bendije.

Capítulo 67. El Señor cura a un rabioso

1. Al cabo de un rato llegó una multitud de la ciudad anunciando que un hombre estaba como poseído.

2. Yo les pregunté qué querían que hiciera con él.

3. «Sabemos», respondieron los ciudadanos, «que Tú eres un médico milagroso. Los fariseos nos contaron que curaste a la familia del viejo Josa solamente con tu Voluntad y que Tú eres más que simplemente el carpintero Jesús al que conocemos muy bien. Por eso te rogamos, paisano, que cures a este hombre rabioso».

4. «¿Cómo le ha sobrevenido la enfermedad?», les pregunté.

5. «Querido Maestro», contestaron los ciudadanos, «esta le ha sido transmitida por un perro rabioso. Hasta ahora ningún médico ha podido curarla, pues es un mal terriblemente peligroso. Le hemos encerrado en su casa para que no salga y no cause ningún daño porque si toca a alguien, también será atacado por la rabia. Si muere, toda su casa ha de ser quemada. Querido Maestro, ¡líbranos de esta plaga!».

6. «Bueno», dije, «traedle aquí, y también a todos los que contagió cuando le cogieron y le encerraron en su casa, para que les cure».

7. «Oh, Maestro, ¿quién le traerá? El que le toque está en peligro de muerte».

8. «Si no tenéis fe ni confianza, entonces no puedo ayudarle ni a él ni a vosotros».

9. «Maestro, pudiste ayudar a la familia de Josa que sufría una enfermedad parecida y no te trajeron los enfermos. ¡No podrías ayudar también al rabioso sin necesidad de que lo traigamos?».

10. «Josa tuvo fe», les contesté, «pero vosotros no creéis. Más bien habéis venido por las dudas que tenéis; para ponerme a prueba y ver qué es lo que haré con este enfermo incurable. Por eso os digo de nuevo: ¡Traedle aquí, así será ayudado y vosotros también! Todos estáis ya contagiados y la enfermedad no tardará mucho en manifestarse también en vosotros. Pero por vuestra fe y confianza trayéndole, el veneno satánico será eliminado».

11. Tras mis palabras, se marcharon y poco después trajeron atado al rabioso. Tenía un horroroso aspecto salvaje y rugía como un león hambriento. Todos mis invitados se atemorizaron tremendamente al ver al poseso, y las mujeres se refugiaron en la casa; nadie era capaz de mirar esta figura convulsa que rugía horriblemente. Mis discípulos se alejaron prudentemente, Judas buscó seguridad detrás de un árbol e incluso mi madre se escondió en la casa. Sólo Cirenio, Fausto, Cornelio, Kisiona y Boro se quedaron fielmente junto a Mí.

12. Entonces dije a la gente: «¡Soltadle y dejadle libre!».

13. «¡Señor, si lo hacemos, estamos perdidos!», gritaron aterrorizados.

Tampoco se atrevieron a hacerlo porque todos, incluso los discípulos, gritaban demasiado.

14. Entonces le dije a Boro: «¡Ve y desátale! Pues ya está curado en mi nombre y no puede dañar a nadie».

15. Boro se armó de valor y, acercándose al poseído, dijo: «El Señor Jesús está contigo, estás curado en su nombre».

16. En ese instante el rabioso se tranquilizó, y el color de su cara, antes casi negro, se volvió normal. Con un gesto de agradecimiento pidió a Boro que le quitara las sogas que le apretaban duramente. Lo sorprendente fue que las mismas estaban totalmente limpias, sin manchas de baba. El curado se acercó a Mí y, fervorosamente, me agradeció la inmensa Gracia que le había concedido, pidiéndome también que el mal no le volviera a atacar nunca más.

17. «Tú y todos los demás, que habrían terminado como tú porque les contagiaste, estáis completamente curados», dije, «¡pero de ahora en adelante no seáis amigos de los perros sino de los hombres! ¿Para qué tenéis tantos perros? Perros deben tener sólo aquellos que los precisan para cazar animales salvajes, o los pastores de grandes rebaños de ovejas para protegerse de los lobos, los osos y las hienas, pero nadie más; y si alguien tiene un perro, que lo sujete con una cadena para no atemorizar a los pobres que vienen a pedir limosna a vuestras casas. El que no quiera seguir este consejo, recibirá de sus perros la misma recompensa que tú.

18. Más vale que acojáis en vuestras casas a los hijos de padres pobres en vez de a perros inútiles y peligrosos. Así no seréis atacados nunca por esta nefasta rabia, procedente del veneno de Satanás que llevan los perros en su interior».

19. Tras estas palabras todos me prometieron que ese mismo día matarían sus perros y no volverían a tener nunca más a dichos animales en casa. Algunos incrédulos me preguntaron, una vez más, si estaban totalmente libres del mal para siempre.

20. «¡Oh, incrédulos! ¿No veis que el que habéis traído aquí está totalmente curado? Si él fue ayudado, vosotros mucho más porque la rabia no os atacó directamente. Si Yo puedo llamar a los muertos para que salgan de su tumba, estos males no serán peores que la muerte misma. El tiempo os convencerá que estáis totalmente sanos. Ahora podéis volver tranquilamente a casa. Pero id también a ver a los ancianos y a los fariseos para mostrarles que habéis sido curados, dejando vuestra ofrenda en el altar tal como Moisés mandó que hicieran los leprosos cuando también lo fueron».

21. Tras estas palabras, todos me dieron las gracias fervorosamente, preguntándome qué podían ofrecerme a Mí para agradecerme el bien que les había hecho.

22. «Creer y hacer lo que los fariseos y escribas os enseñarán», les respondí.

23. Tras haber escuchado estas palabras, emprendieron el regreso contentos, y se dirigieron inmediatamente a la sinagoga para contar a los fariseos todo lo que había sucedido y para entregar una generosa ofrenda.

24. Los fariseos, que no sabían nada del caso de este poseído, se maravillaron a su vez sobremanera, diciendo: «Verdaderamente, esta curación sólo le es posible a Dios. Nunca se ha oído cosa semejante en Israel. En verdad este hombre hace cosas que nunca hizo ni el mayor de los profetas. No existe enfermedad que no sea capaz de curar ni muerto alguno en la tumba que no pueda resucitar. Es un hombre como nunca lo ha habido en la Tierra. Id a casa y volved mañana para seguir hablando de Él con vosotros».

Capítulo 68. Un evangelio para los acomodados

1. Cuando la gente volvió a la ciudad se dirigió a la casa del enfermo, devolviéndole el padre a los niños y un marido completamente curado a la afligidísima esposa que, al principio, no podía dar crédito a sus ojos, pero al rato rompió en lágrimas de gratitud y de alegría. Enseguida salió, junto con sus diez hijos, para dirigirse corriendo hacia Mí, agradeciéndome de rodillas el gran bien que les había hecho. Al mismo tiempo me pidió servir a toda mi casa en todo lo que estuviera en su poder y también a quienquiera que Yo le indicase.

2. «Lo que en mi nombre hagas por los pobres, será como si me lo hicieses a Mí», le dije. «Y mi casa tiene todo lo que necesita durante el poco tiempo que todavía estaré aquí. Cuando regrese, ya lo sabrás».

3. La mujer, con lágrimas de alegría y agradecimiento, respondió: «¡Señor, Tú eres evidentemente para nosotros el verdadero Maestro de los Cielos! Tengo una gran fortuna, la mitad de la cual entregaré inmediatamente a los realmente pobres, administrando la otra mitad para que tengan siempre recursos cuando los necesiten. Creo que procedo justamente, porque sé que los pobres no saben administrar grandes bienes: por lo general gastan demasiado de una sola vez y no les queda nada para los tiempos difíciles».

4. «Hazlo así, querida mujer», le dije. «Así debieran proceder todos los ricos; entonces los pobres nunca sufrirían necesidad. La miseria es una mala cosa que frecuentemente arrastra al hombre a vicios mayores que las riquezas. El rico mantiene por lo menos su honra ante el mundo, pero un pobre ocasiona más de un disgusto porque la miseria le empuja a los peores hechos. Aunque el rico despiadado que utiliza a los pobres para poder satisfacer sus vicios es, pese a toda su honra mundana, mil veces peor que un pobre depravado. El pobre se hace vicioso a causa de su miseria, mientras que el rico crea el vicio empujado por sus riquezas inagotables.

5. La forma, mi querida mujer, como deseas utilizar tus riquezas es una auténtica bendición de los Cielos que producirá eternamente el mayor beneficio a los administradores temporales de las mismas. Por ello, quien quiera actuar virtuosamente, que ahorre y administre sus bienes de forma adecuada para poder ayudar a los pobres y a los débiles en tiempos de necesidad.

6. A todos os digo: Que el amor hacia vuestros hijos brille como una luz. Pero que el amor hacia los hijos ajenos de padres pobres sea como una gran hoguera. Pues no hay nadie más pobre en el mundo que una niña o un niño pobre y abandonado. Quien acoge y cuida física y espiritualmente en mi nombre a uno de esos niños como si fuera de su propia sangre, acoge a Aquel que me ha enviado a este mundo y está perfectamente unido a Mí.

7. Si queréis cultivar en vuestras casas la Bendición de Dios como se cultiva un campo bien labrado para una buena cosecha, entonces haced de ellas un vivero para niños pobres, es decir, un lugar adecuado para su desarrollo y educación. Así seréis agraciados con abundantes bendiciones, de manera parecida a cuando un río caudaloso inunda las llanuras depositando en ella un fértil limo. Pero si rechazáis a los niños pobres y hambrientos, riñéndoles además como si os hubiesen causado un daño irreparable, la Bendición desaparecerá de vuestras casas como desaparece el día ante la noche que se acerca a pasos acelerados. ¡Ay de aquellas casas que la noche haya envuelto en su oscuridad y en las que nunca volverá a amanecer! Pero vuelve a casa, mi querida mujer, haz lo que te has propuesto, y no olvides nunca a las pobres viudas y a los huérfanos».

8. La mujer, tras haber escuchado esta enseñanza, me dio otra vez las gracias y exclamó: «¡Oh, Dios de Abraham, Isaac y Jacob! Eres grande, bondadoso y santo, poderoso y sabio. Nos diste a nosotros, pobres pecadores, un Hombre de tu aptitud, capaz de curar física y espiritualmente todas nuestras dolencias. ¡Únicamente para Ti, santo Padre, toda alabanza, todo amor y todo honor, eternamente! ¡Oh, Padre querido, qué bueno eres con todos los que sólo confían en Ti! Verdad es que castigas severamente a quienes no cumplen tus mandamientos, pero siempre que un pecador arrepentido te implora: “¡Querido Padre santo, perdona a este pecador que soy yo!”, le prestas oídos y con tu brazo omnipotente le socorres de toda miseria.

9. ¡Hombres, que yo os sirva de ejemplo! También fui pecadora y Dios me tomó poderosamente bajo su férula siempre santa; pero mi confianza en Dios no vaciló, me arrepentí de mis pecados y rogué fervorosamente al Padre en los Cielos. Y Él atendió mis súplicas y me salvó de la gran miseria.

10. Confiad sólo en Él. Pues cuando el hombre ya no es capaz de ayudar, Dios viene y ayuda al desesperado. ¡Que todo el mundo le alabe sin cesar! Sólo Él puede ayudar y socorrer verdaderamente a cualquier criatura. A Ti, amado enviado de los Cielos, te doy otra vez las gracias, porque Tú mismo debes ser un instrumento santo en la mano omnipotente de Dios».

11. Esta exclamación, que me concernía sólo a Mí, me hizo verter, sin que la mujer lo supiera, muchas lágrimas de una emoción tan profunda que tuve que apartar mi rostro.

12. Sin embargo, Cirenio lo vio y me preguntó: «Señor, ¿qué ocurre, por qué lloras?».

13. «Amigo», respondí, «en la Tierra hay pocas criaturas como esta. ¿Acaso Yo, como Padre al que acaba de alabar con todo fervor, no debiera estar conmovido con lágrimas de alegría? Te aseguro que ¡más que cualquier otro padre! Como ella debieran ser todos, pues Yo tengo un placer inmenso en ella. ¡Aún conocerá la importancia de que Yo haya derramado lágrimas de alegría a causa de ella!».

14. Una vez secos mis ojos, dije a la mujer que ardía de amor a Dios: «Querida mujer, como tu amor a Dios y tu fe en Él son tan poderosos, lo que se ve muy raras veces, no puedo despedirte sin más ni más. Por ello di a tu hijo mayor que busque a tu marido porque todavía tengo cosas importantes que hablar con él».

15. A estas palabras, el muchacho fue corriendo a la ciudad y al poco rato volvió con el padre curado.

16. Entonces me dirigí a él: «Amigo, he hecho que te llamen para que no sólo tu cuerpo sino sobre todo tu alma, que vivirá eternamente, sane por completo; también para que comprendas todo lo que ha sucedido aquí. Ante todo, esta tarde serás mi invitado con tu esposa y tus hijos. En segundo lugar, verás y escucharás aquí todavía algunas cosas por las que podrás deducir fácilmente Quién es El que te ha curado. Una vez que tú y tu esposa seáis conscientes de ello, sentiréis un gran alivio en vuestra mente y tú mismo notarás que realmente estás completamente sano.

17. Pero antes de que llegue la hora de la cena, demos pequeño paseo hasta la nueva sinagoga que Jairo ha construido. ¡Que nos acompañen Jairo, su esposa, su hija y su esposo Boro, Cirenio, Cornelio, Fausto, Kisiona, tu esposa y tus hijos! Te mostrarán allí algo que fortalecerá tu fe».

18. El hombre curado que se llamaba Bab dijo: «Maestro, sea todo según tu Voluntad. Estoy dispuesto a seguirte hasta el fin del mundo».

19. Tras estas palabras de Bab, emprendimos el camino a la sinagoga que estaba a un cuarto de hora a buen paso y a media hora andando plácidamente.

Capítulo 69. En la sepultura de Jairo

1. Llegamos a la sinagoga y nos dirigimos a la sepultura en la que había estado enterrada Sara durante más de cuatro días. Todavía quedaban allí las cintas mortuorias y los sudarios que la habían envuelto. En la misma sepultura se encontraba también el cadáver del hijo de uno de los amigos de Jairo: un joven de doce años de edad que había fallecido de una enfermedad maligna hacía año y medio. Estaba en un ataúd de cedro y le encontraron enteramente putrefacto salvo los huesos.

2. Al ver el ataúd, Jairo comenzó a llorar y dijo con lágrimas en los ojos: «¡Qué doloroso es este mundo! Hace que nazcan las flores más delicadas y ¿cuál es su destino? ¡Morir y perecer! El balsámico perfume de la rosa se convierte en hedor fétido y el tierno y puro lirio desprende un olor apestoso.

3. Este muchacho era un ángel, por decirlo así. Ya desde la cuna su alma estaba impregnada por el temor a Dios y con diez años de edad entendía la Escritura. Observaba los mandamientos como un judío adulto y piadoso; en pocas palabras, su modo de vida puro e intachable y sus facultades espirituales justificaban las mayores esperanzas. Pero, de repente, cayó gravemente enfermo y no hubo médico que pudiese ayudarle. Con su muerte murió todo lo que podía esperarse de él razonablemente.

4. En este caso debe preguntarse: ¿Por qué Dios, el Señor, lleno de Amor y Misericordia, da un destino así a hombres que esperan y confían en Él? Miles de pobres criaturas vagan errabundas sin tener morada ni educación alguna y Dios no las llama; pero aquellos cuyos padres tienen bienes para educarlos de manera agradable a Dios, mueren generalmente en la flor de la vida. ¿Por qué?

5. Si Dios se complace en poblar la Tierra con criaturas salvajes incapaces de pronunciar ni cinco palabras seguidas, entonces hará bien en llevarse rápidamente de ella a todo aquel que empiece a mostrar una capacidad mayor, dejando vivir solamente a los tontos. Pero si se preocupa por tener en esta Tierra hombres despiertos en espíritu, devotos y piadosos, entonces, creo yo que debería tener con esos hijos más consideración que la mostrada hasta ahora».

6. «Amigo mío», le dije, «hablas de manera humana como mejor lo entiendes. Pero Dios actúa de manera divina como Él lo entiende y sabe, y como lo debe entender y saber desde la eternidad; de lo contrario ni tú ni nada de lo que existe tendría existencia. Pese a ello discutes con Dios injustamente.

7. Si Dios llamase a todas las criaturas que desde muy temprano manifiestan inteligencia y talento, todos los que me rodeáis ya estaríais en la tumba. También vosotros manifestasteis temprano cierto grado de inteligencia y vuestros padres no eran pobres. A pesar de ello Dios no os ha llamado, aunque con la disentería y otras enfermedades malignas se haya llevado de esta Tierra a muchos miles de hijos de pobres paganos, razón por la que sus padres tuvieron que sufrir lo mismo que los de este muchacho, los cuales viven todavía y, en su lugar, han adoptado tres niños pobres. Los tres son sucesores realmente dignos de este muchacho que con el tiempo habría sido extremadamente mimado a causa de su talento y, en definitiva, no habría respondido a las elevadas esperanzas de los padres. Se habría vuelto orgulloso y ningún escriba habría podido enseñarle.

8. Previéndolo, Dios le tomó de esta Tierra en el momento oportuno y le entregó a los ángeles para que recibiera una educación mejor y, a su tiempo, pudiera alcanzar el destino que le había fijado Dios.

9. Al mismo tiempo Dios también previó que su Nombre sería glorificado ahora ante vosotros, que sois pocos. Y por tal razón Dios hizo que el muchacho muriera hace ya año y medio para que, cuando el Señor viniera a resucitarle, se encontrara en plena putrefacción. Sacad el ataúd y abridlo».

Capítulo 70. La resurrección de Josoé

1. Tras estas palabras, Boro y Kisiona bajaron inmediatamente al sepulcro para levantar el ataúd. Sin embargo no fueron capaces de moverlo pues pesaba mucho por estar fabricado de madera maciza de cedro y por los muchos adornos de metal, oro y plata que llevaba. Al cabo de varios intentos Boro dijo: «Señor, el ataúd pesa demasiado para sacarlo con nuestras propias fuerzas. A lo que sé, fue bajado mediante unos aparejos; por lo tanto habrá que sacarlo de igual forma».

2. «Entonces salid del sepulcro», le dije, «y que lo saquen los dos jóvenes que están aquí». Cuando Boro y Kisiona salieron, los dos jóvenes sacaron el ataúd tan fácilmente como si se tratara de una pluma.

3. Bab, sumamente sorprendido por la fuerza increíble de los dos jóvenes, dijo: «¡Esto sí que es tener una fuerza impresionante! Estos dos tiernos muchachos que no tendrán más de quince años, han jugado con este peso —que la fuerza de dos hombres robustos no puede mover— como juega el viento con una pluma. ¡Esto sí que no tiene precedentes!».

4. «Permanece tranquilo», le dije, «serás testigo de cosas todavía más sorprendentes. Sin embargo, os digo a todos seriamente que nunca habléis de esto a nadie, ni siquiera a mis discípulos. Pues para ellos el tiempo aún no es venido. Cuando sea oportuno todos sabrán lo que ha pasado. Ahora abrid el ataúd para ver hasta qué punto ha llegado la descomposición».

5. El ataúd fue abierto y Boro, con manos hábiles, quitó las vendas del muchacho que, salvo los huesos más grandes, estaba totalmente putrefacto. Todos se estremecieron ante el aspecto tan lamentable del esqueleto.

6. Fausto dijo: «¡Ecce homo! ¡Esto también es un hombre! ¡Qué destino el de la carne humana! Una calavera de aspecto horripilante con unos cuantos cabellos pegados. La piel reseca del pecho es de un color marrón verdoso y está agujereada por algunas costillas medio podridas. Sobre la columna vertebral, renegrida, se ven algunos restos de intestinos cubiertos de moho. Los pies, totalmente deformados, están descompuestos y enmohecidos. Nuestras narices ya perciben que no nos encontramos precisamente en el puesto de un vendedor de perfumes; el hedor es más desagradable de lo que habría cabido esperar. Desde luego, esto vale perfectamente para que el hombre desprecie su existencia: a todos nos espera finalmente igual destino. Prefiero con mucho que los cadáveres sean incinerados que no enterrados».

7. «Pero si el Hijo del hombre tiene el Poder de resucitar a tales muertos», le respondí, «y también a todos los que desde la época de Adán yacen totalmente descompuestos en la tierra, ¿deben ser un horror para los hombres de la Tierra imágenes así? ¿Puede tener la muerte algo espantoso si existe un amo que la domina? Este muchacho os servirá de testigo para que todos los que estáis aquí veáis que Yo, como Hijo del hombre en esta Tierra, tengo precisamente el poder de resucitar también a tales cuerpos, de vivificarlos y de hacerlos inmortales».

8. Acto seguido, Yo dije al muchacho: «¡Josoé, levántate y vive, y da testimonio de que Yo tengo el poder de resucitar a muertos como tú!».

9. En este momento se produjo una fuerte corriente de aire; desapareció el moho; se completó la piel sobre los huesos y, bajo de ella, el cuerpo empezó a rellenarse. Pasados unos instantes, el muchacho se levantó del ataúd abierto. De inmediato reconoció a Jairo, a Fausto y a Cornelio, a los cuales ya conocía bien de Nazaret, y preguntó, especialmente a Jairo: «Querido tío, ¿cómo llegué a este ataúd? ¿Qué ha pasado conmigo? Estaba en una compañía agradable y no sé cómo he llegado aquí».

10. «Querido Josoé», dijo Jairo, «¡mira a este hombre que está a tu lado! Es el Señor de la Vida y de la muerte. Estabas muerto físicamente y yacías en este ataúd desde hace año y medio. Ningún poder humano en esta Tierra era capaz de devolverte la vida. Pero Éste, que aunque tenga apariencias de hombre es mucho más que un hombre, te ha traído nuevamente de la muerte a la vida. Sólo a Él debes darle las gracias más sinceras desde el fondo de tu alma por tu nueva vida».

11. El muchacho me miró detenidamente de arriba abajo, y al cabo de un momento de reflexión y, recordando, dijo: «Es precisamente El que me llamó cuando estaba en la agradable compañía que os he referido, diciéndome: “Josoé, ven conmigo, tienes que servirme como testigo de que me ha sido dado todo el Poder tanto en el Cielo como en la Tierra!”.

12. Y le seguí de buen grado, pues al instante sentí que Él había salido de Dios y que poseía el Poder divino sobre todas las cosas, tanto en el Cielo como en la Tierra. Tal como está aquí, así le vi antes en el mundo espiritual, en el que sin duda alguna me encontraba cuando fui llamado por Él para volver a este.

13. Ahora caigo en la cuenta y todo me resulta claro. También recuerdo ahora que ya viví en esta Tierra y de que fallecí, aunque no recuerdo cómo fue la muerte. Apenas dejé este mundo, no sé cómo ni de qué manera, me encontré inmediatamente en una casa bonita en agradable compañía. De vez en cuando veía a mis padres y hermanos y discutíamos asuntos religiosos y divinos, los cuales me fueron enseñados por compañeros muy experimentados y sabios. Pero a este Santo de los santos nunca le había visto antes, sólo ahora, unos momentos antes de volver a este mundo».

14. Tras estas palabras dije a los dos jóvenes: «Traed un vestido y pan y vino para él, para que su cuerpo vuelva a recuperar fuerza y pueda venir con nosotros a Nazaret». Al instante llegaron los dos y trajeron lo que les había pedido.

Capítulo 71. Bab y su mujer se asombran del milagro. Promesa de inmortalidad a Josoé

1. Lo sucedido fue demasiado para Bab y su mujer, la cual dijo a su marido: «Querido Bab, ¿te das cuenta que somos ambos grandes pecadores y que en este Jesús está la plenitud de Dios? ¿No es este Aquel sobre quien han profetizado todos los profetas, hasta Zacarías y su hijo Juan? ¿No es Él a quien David llamó “su Señor” cuando dijo: “El Señor habló a mi señor”? ¿No es Aquel del que habla precisamente este gran David cuando dice: “¡Abrid los portales de par en par y alzad las puertas del mundo, que va a entrar el Rey de la Gloria! ¿Quién es el Rey de la Gloria? ¡Es Jehová Sebaot!”. Querido marido, quien está aquí es Jehová y no otro. Somos pecadores indignos de estar ante Él. ¡Vayamos a purificarnos según la ley de Moisés! Sólo después podremos volver y acercarnos a Él».

2. Entonces les dije a ambos: «Quien es capaz de resucitar a los muertos, también puede purificaros sin Moisés. Quedaos, pues Moisés no es más que Yo ni que Aquel que le hizo como fue. Vuestros pecados os son perdonados; así que estáis limpios y no necesitáis a Moisés, que sin Mí no es nada».

3. «Si así es», respondió Bab, «y en absoluto dudo de ello, entonces nos quedamos porque Moisés no puede purificarnos más de lo que el mismo Todopoderoso nos ha purificado».

4. «Como yo de todos modos soy sierva tuya», respondió la mujer, «¡sea todo según tu voluntad y tu entender! Pero me abruma la presencia santísima de Dios».

5. «Mujer», le dije, «conozco tu amor a Dios. Todo lo que has visto aquí lo he hecho sobre todo por ti. Por eso serás capaz de soportar mi presencia. Y os digo a todos que a nadie contéis ni una palabra de lo sucedido, y no por Mí ni por vosotros, sino para que los incrédulos no crean en el Hijo del hombre obligados: cuando les sea predicado el Evangelio, que lo hagan libremente .

6. Porque un milagro así forzaría a los hombres de ahora creer en Mí con una fe impuesta, lo que les perjudicaría seriamente. Y si el milagro fuese transmitido oralmente a sus descendientes, tampoco estos lo aceptarían porque lo considerarían una exageración y una pura fábula de la fantasía humana, rechazando con ello la Enseñanza pura y la Verdad eterna. Así que mejor es que se guarde secreto absoluto sobre esta clase de hechos míos, pues a nadie le serviría conocerlos, especialmente durante estos primeros tiempos de mi enseñanza.

7. Tú, Jairo, cuando sea oportuno, lleva Josoé a sus padres y explícales muy detalladamente cómo han de interpretar este suceso. Deben ser conscientes de lo que pasó, ¡pero que no se cree expectación ante nadie! Como este muchacho ha resucitado, ha pasado por la descomposición y ya no morirá físicamente sino que, cuando llegue su tiempo, será llamado por un ángel, le seguirá libremente, y nunca más será visto por mortal alguno en la Tierra.

8. Como ya se ha comido el pan y se ha bebido el vino, y como está cayendo la tarde, vayámonos a casa».

9. Jairo y Boro rogaron a los dos jóvenes que volvieran a meter el ataúd en el sepulcro, cosa que hicieron en un instante. Jairo lo cerró y en seguida salimos todos de la sinagoga.

Capítulo 72. El verdadero culto a Dios

1. Estando ya al aire libre, Cirenio me dijo: «Señor, si esto sucediese en Roma, incluso las piedras caerían ante de Ti para adorarte fervorosamente. Y nosotros nos comportamos como si lo sucedido fuese algo habitual. Señor, por favor, ten paciencia con nuestra debilidad y estupidez».

2. «Si fuera eso lo que deseara», le respondí, «habría nacido en Roma y no en Nazaret. ¡Haced sólo lo que Yo os pido! Todo lo demás es propio de paganos y pecado. ¿Acaso ignoras todavía que “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo” es inmensamente más que erigir unos pobres templos de piedra y madera en honor del Señor de los cielos y la Tierra?

3. Como dijo Salomón, cielos y Tierra son demasiado pequeños para abarcar la majestad de Dios. ¿De qué sirve un miserable edificio de piedra cuando la Tierra toda y todo el infinito son creación de Dios?

4. ¿Qué diría un padre a sus hijos si estos fueran tan necios como para construir con los excrementos del mismo una casita de muñecas, después un muñeco que representara al mismo padre y, una vez todo terminado, arrodillarse ante esa casita fecal para venerarle así? ¿Qué harías si tus hijos se comportaran de manera parecida? ¿Y si ya los hubieras censurado porque eso es estúpido, asqueroso e indigno de ti, y encima se apegasen aún con más afán al templo fecal y a la imagen tuya que han hecho de la misma sustancia? ¿Y si, totalmente en contra de tu Voluntad, obligaran a los demás hermanos de inteligencia algo más lúcida, incluso amenazándoles con la pena máxima, a que hicieran lo mismo? Dime, ¿qué harías? ¿Acaso una veneración tan bestialmente estúpida por parte de tus hijos sería de tu agrado?

5. Tu corazón niega enérgicamente. Pues Yo te digo que esta clase de veneración de hijos necios frente a su padre terrenal es todavía mucho mejor que la que los hombres profesan a Dios en los templos. Pues, al fin y al cabo, los hijos utilizaron para construir el templo aquello de lo que el padre recibió su alimento. Pero los hombres se sirven de los excrementos de Satanás y en ellos adoran a su Dios y Padre. Dime, ¿te gusta esta clase de veneración y adoración a Dios?».

6. «Señor», contestó Cirenio, «si es así, me gustaría ordenar que miles de rayos destruyeran de golpe todos los templos de la Tierra. O mejor que lo hicieran tus dos ángeles, porque a ellos no les costaría nada pulverizarlos».

7. «Amigo», le contesté, «lo que dices ya ha sucedido, sucede ahora y sucederá en el futuro todavía muchas veces; pero no por eso los hombres dejarán de construir templos. El Templo de Jerusalén será arrasado, de los templos paganos no quedará nada. Pese a ello, mientras los hombres habiten la Tierra, construirán templos, grandes o pequeños, buscando en ellos su salvación. Pero muy pocos construirán un templo vivo en su corazón, único lugar donde se puede y debe venerar y adorar dignamente a Dios, condición previa para la Vida eterna del alma.

8. Mientras los hombres vivan en palacios y se hagan honrar y adular por aquellos que no pueden tenerlos, aún se construirá algún templo cerca de los palacios para algún dios. Y si en dicho templo no se adora a este dios, al menos se honrará y se adulará en él a los amos de los palacios y los templos.

9. De esta manera llegará un día en el cual los hombres se atribuirán a sí mismos la veneración que debieran tributar a Dios. Pero la recompensa por sus obras se limitará a lo que ya han tenido. En el Más Allá no se les conocerá y vivirán en grandes tinieblas dónde sólo habrá llanto y crujir de dientes por sus continuas disputas y querellas con otros como ellos. Por eso dejémoslo todo de momento tal como está: todos los nudos serán desatados completamente en el Más Allá».

Capítulo 73. Cena en casa de María

1. Mientras Yo iba hablando así a Cirenio, llegamos a casa donde nos estaba esperando una buena cena que, como de costumbre, consistía en pan, vino y una gran cantidad de pescado bien preparado. El muchacho Josoé tenía muchas ganas de comer pescado y mostró gran alegría al ver las mesas bien preparadas.

2. Sin embargo, Jairo le advirtió: «Querido sobrino, no debes tomar la cena con tanta ansia porque tu estómago, que acaba de volver a entrar en función, aún no sería capaz de digerir demasiada cantidad de alimentos terrenales».

3. «No te preocupes, querido tío», dijo el muchacho, «El que me ha resucitado no habría dado a mi estómago tantas ganas de comer si ello fuera perjudicial. Pues no es broma para un hombre haber estado muerto año y medio sin ingerir alimento alguno. Si hubieses pasado la experiencia y tuvieras ahora un nuevo estómago como yo, entonces comprenderías mis ganas de comer. Pero como no a todos le ha pasado lo que a mí, no discutiremos sobre esto. Aparte de Aquel que me ha resucitado, yo sé mejor que nadie cómo me encuentro; por eso no te preocupes de que algún pescado, un trozo de pan o un vaso de vino puedan hacerme daño».

4. «Yo», contestó Jairo, «lo acepto de todo corazón; sólo quise advertirte por tu bien».

5. Tras esta pequeña conversación entre Jairo y su sobrino Josoé nos sentamos a la mesa y tomamos la cena en un ambiente alegre y animado. Se habló mucho sobre lo sucedido y sobre lo que dirían en Jerusalén al respecto.

6. Los discípulos, sin saber cómo entender esta historia, querían informarse sobre el muchacho, qué tenía de particular. Pues sabían que el Señor nunca se ocupaba especialmente de muchachos corrientes. Por eso preguntaron tanto a Jairo como al mismo Josoé, e, igualmente, a los dos jóvenes que también estaban sentados en nuestra mesa. Pero las preguntas de los discípulos fueron en balde porque nadie les dio una respuesta satisfactoria.

7. María, notando su impaciencia, les dijo: «No seréis privados de lo que necesitéis. Pero, ¿por qué preguntáis lo que obviamente no os hace falta? Haced lo que Él os dice y no queráis saber más de lo que Él os revela por ser necesario para vosotros. Así viviréis y actuaréis según su Voluntad y recibiréis la recompensa eterna. Todo lo que está contra su Voluntad, es pecado contra el Maestro, vuestro Salvador de cuerpo y espíritu. ¡Acordaos de esta enseñanza!».

8. Aceptando esta sabia advertencia de la madre María, los discípulos dejaron de preguntar sobre el muchacho, y se pusieron a conversar entre sí. Pedro se dirigió a Juan, preguntándole qué pensaba sobre el caso.

9. Pero Juan le dijo: «¿No has oído las palabras acertadas de la querida madre? ¿Por qué tienes todavía curiosidad por saber más cosas que las que el Señor, por sus sabias razones, quiere revelarnos? A mí no me pica la curiosidad. Sabemos lo que sabemos y eso basta. Querer saber lo que el Señor sabe más que nosotros, sería una estupidez mayúscula, no mereceríamos ser sus discípulos».

10. «Sí, sí, tienes razón», respondió Pedro. «Pero el ansia de saber también es un gran bien que el Señor mismo ha puesto en el corazón del hombre. Pues si el hombre no tuviese este noble afán, sería igual que un animal que, a lo que sé, no lo tiene en absoluto. El afán de saber es como si el alma tuviera en sueños mucha sed y, para apaciguarla, consumiera grandes cantidades de agua o vino mientras sueña; sin embargo sigue sedienta como antes pese a que cada vez consume mayores cantidades de bebidas refrescantes: no se sacia. También nuestro afán insaciable de saber nos dice claramente que en Dios debe residir una plenitud infinita de sabiduría, la cual nunca podrá ser agotada por ningún espíritu curioso. Por eso, querido hermano, pienso que mi actual afán de saber no es un pecado.

11. Mira, a mí y a varios de nuestros hermanos nos pasa lo mismo que a los niños golosos: mientras no conocen la existencia de otras golosinas ni las ven, tampoco las desean. Pero si los sientas a una mesa llena de ellas y les prohibes que cojan algo, verás como se les hace la boca agua y pronto empezarán a llorar. De todas formas tienes razón. Porque así como un padre sabio presentará a sus hijos de vez en cuando algunas golosinas, prohibiéndoles su consumo para ejercitarles en la tan importante virtud de la renuncia, así parece que nuestro Padre celestial nos ofrece, también de vez en cuando, alimentos espirituales de los que todavía no debemos disfrutar antes de haber llegado a un cierto grado de abnegación. En cuanto, dentro su Orden, hayamos alcanzado este grado que Él nos ha fijado para bien de nuestra alma, también nos dará el alimento para que podamos disfrutarlo. De modo que por hoy y por el tiempo que Él quiera, nos conformaremos con lo que sabemos y tenemos, y con que siempre se haga su Voluntad santa».

12. «Querido hermano Simón Judá», le dije, «eso está bien y es cierto. No todos los conocimientos y experiencias sirven para despertar el espíritu y animar el alma. Pues escrito está que Dios dijo a Adán: “¡Si comes del árbol del conocimiento, morirás!”. Y así es.

13. En el conocimiento están la ley y el juicio. Mientras no se te haya dado una ley, tampoco habrá juicio que la sancione. Por eso no quieras saber más de lo que te manifiesto, ello te bastará. Cuando llegue el tiempo, todo te será manifestado».

Capítulo 74. Disputa entre Judas y Tomás

1. Todos los discípulos, menos Judas, quedaron satisfechos con esta explicación y alabaron mi Bondad, mi Sabiduría y el Poder divino que actuaba a través de Mí. Judas refunfuñaba sin embargo, diciéndose a sí mismo en voz alta: «Echa pestes contra los fariseos porque permiten que, pagando mucho, los extranjeros visiten secretamente el “santísimo”. Pero si Él mismo muestra su “santísimo” a los extranjeros, excluyendo a sus hijos naturales: ¡es más que perfecto y corresponde al Orden divino! ¿Acaso alguno de nosotros ha visto algo parecido? Cuando lo hacen los de Jerusalén, entonces está mal hecho ante el Cielo y la Tierra. Pero cuando Él hace prácticamente lo mismo, entonces está bien hecho y es según el orden de Melquisedec. Naturalmente, no se puede hacer nada en contra, pero es para indignarse».

2. Tomás, el discípulo que observaba continuamente a Judas Iscariote, dijo: «¡Pero bueno! ¿Otra vez algo con lo que no estás conforme? Me extraña que no hayas discutido hace tiempo con el Señor por haber colocado el Sol tan lejos de la Tierra, por lo que no puedes cocer tus vasijas con su inmenso calor, más barato que el fuego normal de leña.

3. ¡Qué bien estaría poder volar como los pájaros! Ciertamente ya me ha asaltado algunas veces el deseo de querer volar con una bandada de grullas que pasan por aquí. Lo intenté, pero mi pesado cuerpo no quiso elevarse ni una vara sobre el suelo.

4. Sin embargo, me quedé tranquilo y contento, pensado que si Dios hubiese querido que los hombres volaran como los pájaros, les habría dotado también de unas alas apropiadas. Pero como Dios vio que eso traería al hombre más perjuicios que beneficios, prefirió darle un par de fuertes pies con los que puede moverse de un sitio a otro. También le proporcionó, además, un amplio entendimiento y un par de manos muy útiles, con todo lo cual puede procurarse miles de comodidades placenteras mejor que con unas alas, por útiles que sean. Dudo mucho que los pájaros sepan apreciar tanto sus alas como el hombre sus pies, sus manos y su cabeza.

5. Tampoco puede el hombre avanzar muy rápidamente en el agua, porque no tiene ni membranas interdigitales. Sin embargo, gracias al talento que Dios le dio, sabe construir barcos con los que puede hacer viajes más largos que un pez al que le sirve de hogar un charco del que no se puede alejar mucho. Y podemos suponer con toda seguridad que nuestros descendientes progresarán más que nosotros en el arte de construir barcos. ¡Quién sabe si un día cualquier sabio no logrará fabricar unas alas artificiales con las que, como los viejos hindúes, se elevará por los aires!».

6. Aquí Judas interrumpió a Tomás, diciéndole algo molesto: «¿Acaso has sido alguna vez mayordomo para que me sermonees continuamente? Guarda tu sabiduría para ti y para tus hijos y déjame en paz, de lo contrario me obligarás a cerrarte la boca de una manera más contundente. Ten en cuenta que nunca te he dicho una palabra descomedida en todas tus charlas y actuaciones, libres como las mías, por lo que no sé verdaderamente por qué tienes que corregirme constantemente. ¡Barre delante de tu propia puerta que ya me preocuparé yo de la mía! Si algo no me gusta, es sólo asunto mío y no tiene por qué afectarte a ti. ¡Nada tengo que ver contigo, ni ahora ni nunca! ¿Entiendes?

7. Acuérdate cuando el Señor solucionó en Kis la disputa que hubo entre nosotros. Esto nos debe bastar y no hay nada más que hablar. Si te pregunto alguna vez algo, me puedes responder, suponiendo que seas capaz. Pero seguramente no tendré ese honor en breve».

8. «Pero, hermano Judas», respondió Tomás, «¿cuándo te he insultado para que te pongas así conmigo? ¿No es acaso cierto que, según sé, has reprochado muchas veces a Dios, el Señor, haber colocado el Sol tan lejos de la Tierra y no haberte dado alas para volar por el cielo como a los humildes pájaros?».

9. Como Judas Iscariote no quiso contestar, Tomás siguió diciendo: «Si quieres enfadarte conmigo, ¡enfádate sin razón ni motivo! Esta enemistad entre hermanos no es muy loable ante el Señor. Un carácter como el tuyo no debiera estar entre los discípulos del Señor, y sería mejor que te volvieras a tu casa, a tu alfarería, en lugar de molestar por nada a esta comunidad de Dios, ensuciándola con tu comportamiento blasfemo. ¿Has olvidado ya totalmente el Sermón de la Montaña del Señor, cerca de Sicar en Samaria, en el que el nos mandó amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y hacer el bien a los que nos hacen mal?

10. Pero si no quieres cumplir la Palabra de Dios y no quieres practicar la abnegación en cada caso que se presente, entonces ¡pregúntate a ti mismo, en el nombre de Dios, para qué molestas a nuestra comunidad con tu presencia!

11. No hablas con ninguno de nosotros durante muchos días; si alguien te pregunta, o no le contestas nada o le increpas bruscamente, de modo que no vuelve a dirigirte ni una palabra más. ¿Es esto un comportamiento correcto para un discípulo del Señor? ¡Avergüénzate y no sigas así! De otro modo ¡vete con los indigentes!

12. Verdaderamente, estoy tan arrepentido de haberte traído a esta comunidad como si hubiese cometido un asesinato. Le pediré al Señor de rodillas que, si no te vas por las buenas, te aleje de nosotros con su gran poder».

13. Judas contestó por fin sonriendo hipócritamente, pero con ira visiblemente contenida: «Ni tú ni el Señor me podéis mandar que me vaya o que me quede. Soy un hombre libre como cualquiera de vosotros y puedo hacer lo que me plazca. Si no supiera que te resulto tan antipático, ya me habría ido de vuestra comunidad y me habría buscado otra. Pero me quedo para poder fastidiarte hasta que revientes. Así te sirvo para que compruebes hasta qué punto llega tu paciencia y tu amor a los enemigos y para poder aprender de ti la puesta en práctica del Sermón de la Montaña.

¿Me has entendido, sabio Tomás?».

14. «Señor», dijo Tomás dirigiéndose a Mí, «yo y todos nosotros te rogamos que alejes de nosotros a esta oveja negra. Es imposible convivir fraternalmente con él y tampoco con él se puede poner en práctica tu santa Enseñanza. Es y siempre será un provocador y un traidor. ¿Por qué ha de estar entre nosotros, si no sólo ignora tu santa Enseñanza, sino que también se ríe de nosotros porque nos esforzamos por vivir y actuar conforme a tus palabras?».

Capítulo 75. Amonestación del Señor a Judas

1. Así que me dirigí a Judas: «El hermano Tomás acaba de censurarte justamente. ¡Te digo que te recojas en tu corazón y te conviertas en un hombre! Si quieres ser un diablo, te aborrezco: puedes marcharte. En mi comunidad, que es sagrada porque en ella sopla el Espíritu de Dios, no puede ni debe permanecer diablo alguno».

2. Estas palabras hicieron efecto: Judas se puso enseguida de rodillas ante Tomás y le pidió perdón.

3. Sin embargo, Tomás dijo: «Amigo, no debes pedirme perdón a mí sino a Aquel contra cuya santa Enseñanza has actuado hablándome así».

4. Acto seguido Judas se levantó y se puso de rodillas ante Mí, pidiéndome perdón.

5. Pero le dije: «¡Exhórtate a ti mismo en tu corazón! Pues el mero sonido de tus palabras no tiene el menor valor ante Mí sin que en ese corazón tuyo haya un verdadero arrepentimiento. Lo miro y veo que es malo. La amable forma exterior es como una serpiente que engaña a los pájaros con sus gráciles movimientos para que caigan ciegamente en sus fauces. Así que te advierto: ¡Ten cuidado de no caer preso en las garras de Satanás, pues Satanás no suelta fácilmente lo que ha capturado!».

6. Tras estas palabras Judas se levantó y me dijo: «Señor, Tú resucitas muertos de las tumbas, y ellos viven. ¿Por qué permites que mi corazón se pierda miserablemente? Quiero ser mejor y no puedo porque no soy capaz de cambiarlo. Por eso te pido que lo cambies Tú, así seré otro hombre».

7. «Precisamente ahí reside el misterio de la autoeducación del hombre», le respondí. «Hagas lo que hagas a favor del hombre, sigue siendo un hombre. Y el corazón es suyo por lo que, si quiere prepararse para la Vida eterna, lo tiene que formar él mismo. Si Yo lo modificara, el hombre perdería su independencia y se convertiría en una máquina. Al hombre se le enseña cómo formar su corazón para Dios, y cómo modificarlo y reformarlo siguiendo voluntariamente la Enseñanza que ha recibido.

8. Una vez adecuadamente reformado y purificado su corazón, Yo, en el Espíritu, entro en él y tomo morada en su interior. El hombre así renacido espiritualmente, ya no puede fracasar nunca porque se ha vuelto uno conmigo, como Yo mismo soy Uno con el Padre del que he salido, viniendo a este mundo para mostrar y allanar el camino a todos los hombres para que lleguen a Dios en toda la plenitud de la Verdad.

9. Por lo tanto, primero debéis poner manos a la obra de purificar vuestros corazones, de lo contrario estaréis perdidos aunque os resucitara mil veces de la tumba».

10. «Señor», suspiró Judas, «entonces estoy perdido. Pues mi corazón es muy reacio y no soy capaz de remediarlo».

11. Pero le respondí: «Pues escucha a tus hermanos y no te irrites cuando te amonesten de manera amable, ayudándote así a transformarlo.

12. Mira a Tomás, que no se cohibe en amonestarte pese a toda la grosería que manifiestas cuando das rienda suelta a tu malvado corazón. Escucha las reprimendas que te dirige, motivadas por su preocupación por ti, y poco a poco tu corazón se corregirá. Pero si, como hasta ahora, sigues despreciando lo que se te dice, pronto perecerás, es decir, te volverás presa de Satanás. Y entonces ya no seré Yo quien habite tu corazón, sino el mismo Satanás.

13. ¡Guárdate sobre todo de la ira y de la codicia, de lo contrario serás hijo de la muerte eterna! El arrepentimiento y la penitencia en el lecho de muerte valen poco y son inútiles para un alma impura y ensombrecida. ¡Vete y reflexiona bien sobre estas palabras mías!».

14. Judas se fue pensativo y casi decidido enmendarse. Por eso dijo a Tomás: «Ya verás, hermano, cómo Iscariote será ahora otro hombre y quizás incluso un ejemplo para vosotros. Pues Iscariote puede mucho si quiere, y ahora efectivamente quiere y eso traerá gran beneficio».

15. «Hermano», respondió Tomás, «si te apresuras a vanagloriarte, seguro que los actos se retrasarán. También darás ejemplo, pero negativo; así difícilmente lograrás corregirte en esta vida.

16. Si quieres llegar a ser mejor que nosotros, que conocemos nuestras grandes debilidades sin necesitar tu ejemplo y sabemos lo míseros y vanos que somos ante el Señor, entonces tendrás que considerarte todavía más insignificante que tus hermanos ante Él y, además, ni siquiera deberías soñar con servirnos de modelo sino tenerte por el último y peor de todos. Entonces serás realmente —sin habértelo propuesto— lo que ahora tus vanidosas palabras dicen que serás. Vive según esta regla, que no es de mi cosecha sino del suelo fértil de las santas Enseñanzas del Señor, cuya base son la humildad y la abnegación verdaderas. Entonces conseguirás, según el Orden divino, lo que pretendes obtener. ¡Ve ahora al Señor y pregúntale si mis explicaciones son o no son justas y correctas!».

Capítulo 76. La humildad y la abnegación

1. Acto seguido Judas se dirigió a Mí y me preguntó: «Señor, ¿es cierto lo que Tomás me acaba de decir, por cierto en tono bastante dominante?».

2. «Sí, así es», le respondí. «Quien más se humille ante sus hermanos será el primero en el Reino de Dios; en cambio todos los que se vanaglorian pensando que son mejores que los demás, se quedarán atrás y serán los últimos.

3. Si todavía alguno de vosotros nota en sí mismo sentimientos de grandeza o de sublimidad y, debido a ello, cree que es mejor que los demás, entonces no estará libre del ávido y codicioso infierno que todo lo consume: pasará mucho tiempo hasta que sea enviado al Reino de Dios, porque su espíritu no es libre.

4. Pero si alguien se humilla rebajándose ante todos sus hermanos y está dispuesto a servirles a todos según sus capacidades, entonces será el primero en el Reino de Dios y todos los demás podrán tomarle como ejemplo. Sólo quien tiene un verdadero espíritu divino es capaz de humillarse ante toda criatura humana».

5. «Entonces, el primero en el Reino de Dios, ¿sólo será quien mejor sepa humillarse ante los demás? Porque si se empeña en servir a los demás según su capacidad, los otros deben hacerle primero el favor de dejarse servir por él para facilitarle así la prioridad en el Cielo. ¿Pero qué pasará si los demás no quieren aceptar sus servicios o son ellos mismos quienes los ofrecen buscando también esa prioridad celeste? ¿Quién será entonces el primero en el Reino de Dios?».

6. «Todos los que se esfuerzan en hacerlo con un corazón sincero», le respondí. «Quienes, en cierto modo por puro egoísmo, no acepten los servicios de un hermano para quitarle la oportunidad de poder ser el primero en el Reino de Dios, sin que ellos mismos aspiren a conseguirlo, esos hombres serán los últimos, y el hermano será el primero porque, por puro amor y humildad, quería verdaderamente estar al servicio de todos.

7. Otra cosa sería que alguno quisiera ser inferior y servidor de todos pensando sólo en la futura prioridad celestial; también este sería uno de los últimos en el Reino de Dios. En el otro mundo, en el Más Allá, todo será pesado mediante una balanza muy sensible y exacta. Siempre que aparezca algo de egoísmo, el fiel de la balanza no se moverá ni llegará a la marca de los Cielos. Por ello debes incubar la verdad sinceramente y sin segundas intenciones: de lo contrario no podrás entrar en el Reino de Dios. Sólo la Verdad pura, sin falsedad, sin engaño y sin mentiras insidiosas, os hará libres ante Dios y ante todas sus criaturas. ¿Lo entiendes?».

8. «Sí, lo comprendo», respondió Judas Iscariote, «pero al mismo tiempo creo que es imposible cumplirlo, porque el hombre no puede abandonar todo amor a sí mismo. ¿No ha de comer, beber, tener vivienda y ropa, todo lo cual es también una forma de egoísmo? Uno elige una esposa amable y desea tenerla para sí solo. ¡Ay de aquel que se atreva a desear la esposa de su prójimo! ¿No es también esto una forma de egoísmo?

9. Si, por ejemplo, tengo un terreno bien cultivado y llega el tiempo de la cosecha, será difícil decir a mi vecino de manera totalmente abnegada y altruista: “Amigos míos, id y cosechad todo lo que han producido mis campos, porque yo he trabajado sólo para vosotros, como el más humilde de entre vosotros y como siervo vuestro sin mérito alguno ante vosotros”.

Supongo que la abnegación y el desprecio de sí mismo —efectivamente loables— deben tener sus límites, sin los cuales sería imposible predicar tu Enseñanza a los hombres porque, predicándola, uno manifiesta que considera a sus hermanos más necios y ciegos que a uno mismo. Y considerarse mejor en espíritu que sus hermanos, ¿no equivale a un cierto grado de soberbia? Si nos comportáramos con una abnegación y desprecio de sí mismo totales, veríamos cómo estaría la humanidad cuando pasaran cien años. Comería hierba como el ganado, no quedaría ni rastro de idioma ninguno, ni tampoco casas, y mucho menos ciudades. ¿Hasta donde, pues, debe llegar el amor propio?».

Capítulo 77. Una medida para las tres clases de amor

1. «Pues bien», le respondí, «voy a darte una fórmula con la que todos pueden saber qué postura tomar ante el amor propio, el amor al prójimo y el amor a Dios.

2. Toma la cifra 666 que, según sean las circunstancias, buenas o malas, puede significar tanto un hombre perfecto como un diablo perfecto.

3. Divide el amor del hombre en 666 partes iguales, dando a Dios 600, al prójimo 60 y a ti mismo 6. Si quieres ser un diablo perfecto, entonces da seis a Dios, al prójimo sesenta y a ti mismo seiscientas.

4. Los servidores, los mozos y las criadas son los que labran los campos de sus amos. Según tu opinión debieran quedarse con toda la cosecha porque se la han ganado con su trabajo. Sin embargo, la llevan a los graneros de sus amos y se alegran de poder decirles: “Señor, los graneros están llenos y todavía queda la mitad de la cosecha en el campo. ¿Qué debemos hacer?”. Y aún más se alegran cuando el amo les diga: “Alabo vuestra gran diligencia y vuestro afán desinteresado.

Llamad a los albañiles para que construyan rápidamente otros almacenes donde poder guardar esta abundante cosecha para años futuros en los que, quizá, no sea tan copiosa”.

Fíjate que nada tienen los sirvientes: ni graneros, ni almacenes. Pero, por un jornal escaso, trabajan como si todo fuese suyo. Pues saben que no padecerán miseria si el amo tiene todos sus almacenes llenos.

5. En la manera como procede un sirviente honrado se refleja la relación de cada verdadero hombre consigo, con su prójimo y con Dios. El verdadero sirviente se preocupa por sí mismo 6 veces, por sus compañeros —para que estén en buenos términos con él— 60 veces, y por su amo 600 veces. Así, sin que esta hubiera sido su intención, las 666 veces le tocan a él mismo: Los compañeros de trabajo le apreciarán mucho más por ser el más humilde y el amo le dará un puesto sobre todos ellos.

Sin embargo, sus compañeros no mirarán con buenos ojos a un sirviente que trabaja sólo para llenar su propio bolsillo y rehuye los trabajos pesados, haciendo sólo los más fáciles. Y pronto también su amo se dará cuenta que este sirviente egoísta es un holgazán y nunca le dará un puesto importante: por el contrario le rebajará el jornal y le pondrá el último en la mesa.

Si este sirviente egoísta y perezoso no se enmienda, le despedirán con malos informes, de manera que difícilmente conseguirá otro empleo. Pero si acaso todavía tiene aunque sea un solo amigo con el que haya sido altruista, ese le acogerá en su casa y el amo no le despreciará por ello. ¿Lo entiendes?

6. Todo ser humano tiene, y debe tener, un cierto grado de amor propio, de lo contrario no podría vivir; pero, como he explicado, el menor grado posible. El menor exceso de amor propio, medido por la báscula del Orden divino con grandísima precisión, desequilibra la relación, incluso en el entorno humano. Lo dicho te explica los límites por los que preguntabas; ya veremos cómo te comportas en el marco de los mismos».

7. «Hace falta tener mucha sabiduría para poder juzgar si se ha logrado dar con la medida correcta del amor propio», dijo Judas. «¿Cómo podrá saberlo un ser humano de cortos alcances?».

8. «Que honradamente haga lo que pueda hacer», le respondí. «El resto lo hará Dios. Desde luego, poca probabilidad hay de que un hombre pueda quedarse con menos de seis partes, y menos tratándose de gente como tú».

9. Con esto Judas se calló y se fue pensativo de la mesa para preparar un lecho donde pasar la noche, ya avanzada.

10. A continuación se levantó el muchacho Josoé y dijo: «¡Cómo me ha irritado la necedad de este hombre! Es un discípulo, pero tan torpe como la nocturna lechuza a la clara luz del día. Yo comprendí enseguida todo lo que Tú, Señor, le has dicho. Pero él no entendió nada, preguntando y replicando una y otra vez, y al final se fue igual de necio como si Tú, Señor, no le hubieras dicho ni una sola palabra. Que un niño pregunte de esa manera es perdonable.

Pero que, de manera maliciosa, lo haga un hombre maduro que, además, pretende ser más sabio que sus semejantes, ¿no es para indignarse? ¡Que me muera tres veces si este hombre se corrige en este mundo! Al parecer es además tacaño y no hace sino calcular cómo, si pudiera hacer todo lo que Tú haces, convertir todo en montañas de oro y plata. Tan cierto como que me llamo Josoé que estoy dispuesto a dar todo lo que tengo y a sufrir todo lo que un hombre sea capaz de sufrir para que este Judas cambie alguna vez su vida».

11. «Mi querido Josoé», le respondí, «¡tranquilízate! Para construir un nuevo Cielo y una nueva Tierra, hacen falta peones de todas clases. Judas es precisamente uno de los que necesitamos. Pero dime: ¿qué contarás a tus padres terrenales cuando te presentes ante ellos?».

Capítulo 78. Astuto plan de Josoé

1. Josoé, sonriendo feliz, respondió: «Señor, será bastante fácil. Cuando vuelva a casa acompañado por mi tío Jairo, seguro que mis padres todavía estarán llorando mi muerte. Entonces se sorprenderán sobremanera viendo que me parezco extraordinariamente a su Josoé. Jairo les puede decir que soy un hijo desamparado y que incluso llevo el nombre del muerto. Mis padres me aceptarán sin más y me amarán incluso más que a su propio hijo. Mediante aparentes coincidencias, podrán ir sabiendo poco a poco la verdad y, finalmente, no podrán por menos de convencerse que yo soy su auténtico hijo Josoé. Más tarde, cuando te parezca bien, se les podrá decir todo. ¿Está bien, Señor?».

2. «No está mal pensado, mi querido Josoé», le dije. «Sin embargo, en esta historia hay una mentira consciente y toda mentira es mala porque vuelve a producir un mal. Obviamente no eres un hijo desamparado. ¿Cómo justificarás este calificativo ante tus padres y ante Dios?».

3. «Señor», respondió el muchacho, «buena señal es que sonrías, porque eso es que estoy justificado ante Ti, tal como antaño lo estuvo Jacob ante Isaac, su padre ciego, cuando llevaba sus manos envueltas en piel de cordero. Señor, aquello fue más mentira que presentarme ante mis padres como si fuera un hijo desamparado; no obstante, la primogenitura de Jacob fue aceptada como justa ante Dios.

Si Dios pudo bendecir y considerar benévolamente un engaño evidente que era una perfecta mentira, no se enojará por esto del “hijo desamparado”, además, tratándose realmente de un auténtico “hijo desamparado” como no hay otro en toda la Tierra de Dios, y ello en el verdadero sentido de la palabra. Pues creo, Señor y Dios mío, que no puede haber en toda la Tierra nadie más desamparado que uno que ha muerto. En consecuencia, tampoco puede haber en toda la Tierra nadie más amparado que uno que ha...15 Señor, Tú ya sabes de quién hablo…».

4. «Bien dicho», le respondí. «Ya sabía que ibas a encontrar un buen argumento. Pero todavía quisiera oírte cómo harás para manifestar tu verdadera identidad ante tus padres sirviéndote de aparentes coincidencias».

5. «Oh, Señor», dijo Josoé, «es fácil. Una vez que esté en casa, me comportaré tal como me comportaba antes. Preguntaré poco a poco por una u otra cosa de las de antes, sacaré mis juegos y jugaré con ellos tal como solía. Esto llamará tanto la atención de mis padres que finalmente tendrán que decir: “¡Es nuestro Josoé!”. ¿Será que Boro le ha resucitado de la tumba con sus remedios secretos y que se ha curado del todo? Les dejaré un tiempo con su opinión hasta que, cuando llegue el momento adecuado, les diga toda la verdad. Creo que la cosa irá bien así».

6. «Pero aquí hay otra mentira», le dije, «pues dejar conscientemente a alguien en el error, equivale a mentirle. ¿Cómo vas a justificarte?».

7. «Señor», dijo Josoé, «que sonrías poniéndome a prueba, sigue siendo una buena señal. Creo que la mentira tiene dos caras. Mentir a alguien fingiendo que es la verdad, es una maldad satánica. Sin embargo, una mentira aparente con la que se tapa la cruda verdad mientras sea insoportable para la persona a la que afecta, por hacerle más daño que beneficio, no puede ser mala porque procede de un corazón y una voluntad nobles y bondadosos.

8. Tendríamos que considerar una perfecta mentira cada parábola tras la cual se oculta una verdad sublime. Sin embargo, los padres más sabios y los profetas han hablado frecuentemente en forma de parábolas. En el fondo sería una cosa parecida a que Boro, médico celebre y bien conocido como es, ocupara tu lugar, o como cuando en los tiempos de Abraham los tres ángeles se presentaron ante él representando a Jehová, o como la mentira de José en Egipto cuando sus hermanos vinieron buscando trigo, que siempre me pareció muy dura. Sin embargo, Dios mismo lo quiso así y no consideró pecado el comportamiento de José frente a sus hermanos. Por eso creo que la mentira aparente es sólo una astucia prudente de los Cielos, mientras que la mentira verdadera pertenece a la malicia diabólica de Satanás».

9. «Ven aquí, Josoé, ¡voy a darte un abrazo! Aunque seas todavía un muchacho muy joven, ya eres más sabio que cualquier escriba experimentado».

10. Enseguida vino corriendo del otro lado de la mesa, y me abrazó impulsivamente. Después de un rato, dijo con una sabia cordura y de excelente humor: «¡Eternos espíritus, poderes y fuerzas celestiales, mirad y sed conscientes de lo que ha sucedido aquí, algo que nunca antes visteis! ¡El Padre eterno y santo, plenamente presente aquí ante nosotros en su Hijo Jesús, permite que le acaricie una de sus criaturas que todavía está en la carne!

11. ¡De modo que Aquel que existe eternamente, atrae lo temporal y, abrazándolo, lo iguala a Él! ¡Oh, Padre verdadero y único de todos los hombres, qué dulce es tu Amor!».

Capítulo 79. Dos ángeles ofrecen sus servicios a Josoé

1. Tras estas palabras, se le acercaron los dos ángeles y le dijeron: «¡Querido niño! Verdaderamente, has hablado bien. Nunca ha pasado una cosa así ante nuestros ojos, los cuales han traspasado el universo de Dios antes de que cualquier Sol anunciara su presencia lanzando sus rayos por el espacio eterno. ¡Permanece siempre en este espíritu que acaba de vivificarte con la pureza divina, y seremos siempre hermanos!».

2. «¿Quiénes sois», preguntó Josoé, «para poder decir tan sabias palabras? ¿No sois hombres como yo?».

3. «Hermano», respondieron los ángeles, «en espíritu somos lo mismo que tú eres ahora. Pero no somos de carne y hueso. Somos ángeles del Señor y estamos aquí para servirle a Él en todo momento. Pero si fuera su Voluntad que un día estemos en la carne como Él, entonces también seremos en esto igual que tú. Pero, por el momento, estás más aventajado que nosotros. Aunque la eternidad es infinita y en su curso todas las diferencias se igualarán. Por de pronto, te ofrecemos nuestros servicios; si deseas algo, dilo y te serviremos».

4. «¿Qué podría pediros?», preguntó Josoé. «Todos tenemos el mismo Dios y Señor, el Padre de eternidad en eternidad. Sólo a Él le corresponde dar órdenes, tanto a mí como a vosotros. Sin embargo nosotros, que hemos sido creados por Él, no debemos darnos órdenes unos a otros sino servirnos mutuamente por amor cuando el otro, sea ángel u hombre, necesite algo.

5. No considero perfecto ni siquiera al que ayuda, por voluntariamente que lo haga, al hermano necesitado que pide auxilio. Pues así sólo se ayuda a quien aprovecha la oportunidad y tiene el valor y la fuerza para quejarse de su necesidad ante el hermano que puede más. Pero ¿quién ayuda a quien no tiene la oportunidad ni el valor de hacerlo? Si no puedo aprobar una ayuda solicitada, menos aún una ordenada.

6. Por eso os digo en presencia de Aquel que es el Señor de la Vida y de la muerte: Si veis que me preciso ayuda, ayudadme entonces sin que os lo pida ni mucho menos aún que os lo ordene como si fuese un señor. Lo mismo haría yo si supiese cómo ayudaros. De lo contrario no necesito ayuda ni servicio ninguno de vosotros, y en manera alguna uno que haya sido ordenado, porque es peor que ninguno.

7. Un hermano bien provisto, sea con lo que sea, debería observar atentamente a sus hermanos necesitados por si alguno necesita ayuda; y cuando lo encuentre, debe ofrecérsela: pienso que así será agradable al Señor, nuestro Padre, Quien actúa siempre de este modo, corresponderá adecuadamente a la santa imagen de Dios creada en él. Pero quien asiste a su prójimo sólo cuando este le pide ayuda, ¡está todavía muy lejos de esta imagen y semejanza perfecta, y mucho más lejos lo está aquel a quien obligan a prestar ayuda!

8. Os digo, mis queridos amigos, que si vuestra sabiduría no llega más allá de ofreceros para que los hombres os manden cuando necesiten vuestra ayuda, yo, tan sólo un muchacho, no quisiera estar en vuestro lugar. Pero si sólo queríais probarme, entonces espero haber pasado el examen. Y si acaso algo de lo que he dicho os ha sonado un poco rudo, no me lo tengáis en cuenta, pues no abrí mi boca para aleccionaros sino sólo en defensa de la Verdad porque vuestro ofrecimiento no correspondía a sus exigencias. Como espíritus perfectos del Cielo, habríais debido mirar antes mi interior y daros cuenta que vuestro ofrecimiento, tal como lo hicisteis, teníais que contar con una respuesta como la que os di. Entonces seguramente habríais enfocado de manera distinta este ofrecimiento, por el que no puedo estaros agradecido en manera alguna».

9. Los dos jóvenes se retiraron algo humillados y dijeron: «En verdad, ningún ángel habría sospechado que una sabiduría tan elevada y puramente divina resida en este muchacho».

10. «Si, queridos míos», les dije, «el ojo de Dios ve con agudeza y descubre manchas incluso en los ángeles más perfectos, pero también el corazón purísimo del hombre puede hacerlo, pues es como un ojo de Dios. Si permití que sucediera esta escena, no fue por vosotros sino para que los invitados escucharan por boca de un muchacho despierto cuánto les faltaba todavía para asemejarse a Dios. Por lo demás, el muchacho posee desde su nacimiento una mente extraordinariamente aguda y nadie debe creer que haya sido Yo quien, en estos momentos, he puesto esas palabras en su corazón y en su boca. Son exclusivamente de su propia cosecha. Por eso, en su día, será un instrumento extraordinario para Mí».

Capítulo 80. Cirenio acoge a Josoé

1. «Señor, si él aceptara me gustaría llevarme este muchacho a mi casa, no sólo para tenerle por hijo y tratarle como a ellos, sino incluso para ponerle por encima», dijo Cirenio. «Tener a este maravilloso muchacho, que tiene más ángel que de humano, sería verdaderamente mi mayor felicidad. Con sus padres carnales tendrá una vida difícil; además, dudo que ellos le acepten todavía. Puedo hacer lo necesario para que sus padres, seguidores obcecados del Templo pues los conozco, le reconozcan fácilmente. Si están dispuestos a aceptarle, pueden hacerlo pero con la condición que se quede en mi casa y esté conmigo a dónde yo vaya, sea a Asia, a Europa o a África. Pues su sabiduría vale para mí que nada en el mundo».

2. «Este asunto lo tienes que arreglar con Jairo y con el muchacho», le dije. «Estoy de acuerdo en todo, porque mi querido Josoé me será fiel en todas partes».

3. «Padre», respondió el muchacho, «¿dudarás de eso? Nunca dejaré de serlo salvo que Tú mismo cambies mi modo de pensar. Pero como no lo harás nunca, te seré fiel eternamente. Si pudiese decidir mi existencia futura en la Tierra, preferiría quedarme siempre contigo. ¿Puede haber algo más sublime, más valioso y más bienaventurado en todo el infinito y en todos los antiguos y nuevos Cielos que estar cerca de Ti, fuente primaria del Amor, de la Sabiduría y de toda Vida? Aunque esto es sólo el deseo más ferviente de mi corazón pues también sé obedecer e iré voluntariamente al lugar al que me destine tu santa Voluntad. Puedo irme con Cirenio, a quien respeto y estimo sobremanera, pero también con mis padres terrenales, a los que amo y respeto. Sin embargo, sin tu Voluntad no haré nada».

4. «Que quieras quedarte conmigo —y con el tiempo lo harás—, pone de manifiesto todo tu ser», le respondí. «Pero por el momento necesitas todavía un descanso fuera de mi entorno para que se establezca una unión más firme entre tu alma y tu nuevo cuerpo. En un año estarás preparado para volver conmigo y mantenerte lo suficientemente estable junto a Mí, sin que Yo tenga, como ahora, que retener tu alma en tu cuerpo con la fuerza de mi Voluntad. Esta es la razón por la que conviene, por tu propio bien, que te alejes algún tiempo de Mí . Pero pregúntate si quieres ir con el gobernador romano Cirenio o si prefieres volver con tus padres terrenales. A Mí me da lo mismo. Sólo una cosa es cierta: que en casa de Cirenio estarás mejor que siendo un hipotético “hijo desamparado” en casa de tus padres que, durante mucho tiempo, no sabrán a qué atenerse contigo».

5. «Está bien entonces», contestó Josoé, «sabiéndolo, me iré con el gran gobernador Cirenio. Aunque quisiera ver a mis padres y fijarme en la cara que pondrán al verme».

6. «Mañana lo podemos hacer fácilmente», respondió Cirenio, «cuando vayamos a Sidón y Tiro pasando por Cafarnaúm. Allí almorzaremos en casa de mi hermano Cornelio, a quien ves aquí a mi lado. Además de algunas personalidades de la alta sociedad de la ciudad, también invitaremos a tus padres. Entonces tendrás ocasión suficiente para observarlos y escuchar lo que dicen sobre ti. Pero debes tener mucho cuidado en no descubrirte con alguna palabra imprudente. Por tu vestimenta no te reconocerán. Mañana te traeré una toga como la que llevan los romanos para que te la pongas. Pero como ya he dicho, ten cuidado con tus palabras para no descubrirte antes de tiempo».

7. «No te preocupes por eso», dijo el muchacho. «Domino bastante bien la lengua romana, igual que la griega. Si me preguntan algo hablaré en esos idiomas. Naturalmente mis padres también los dominan, pero eso no importa. Con la ayuda del Señor, que me ha resucitado, sabré hacer todas las cosas de la mejor manera».

8. Cirenio abrazó cariñosamente al muchacho y, dándole un beso, dijo: «Te quiero mucho y te considero desde ahora como un hijo mío a quién amo más que a todos mis hijos carnales y a muchos otros niños para quienes me he vuelto un padre. Pues a todos les servirás mucho con tu espíritu».

9. «Eso será mi mayor alegría», dijo el muchacho, «pues siempre he sido muy feliz cuando he podido ser útil a alguien».

10. «Bien, mi Josoé», le contesté. «En cuanto vea que eres fiel a tu propósito, te proveeré también con una fuerza de los Cielos con la que serás capaz de realizar aún más cosas buenas. En qué consistirá esta fuerza, sólo lo sabrás cuando te llegue. Pero ahora vamos a acostarnos, pues ya es medianoche. Mañana será otro día y todos aceptaremos lo que nos traiga. Tomaremos parte en lo bueno, y lo malo sabremos rechazarlo». Tras estas palabras mías, todos se fueron a descansar.

La muerte de Juan Bautista. Jesús en el desierto y en el lago de Genesaret

(Mt. 14).

Capítulo 81. Relato de Robano acerca del nuevo superior

1. La mañana siguiente fue una de las más alegres. Muchos de los invitados que se habían acostado pronto, ya se estaban regocijando cuando Yo, los discípulos, los romanos y Kisiona salimos de la casa.

2. Al poco rato llegó Bab de la ciudad con su familia, pues la noche anterior, aunque era tarde, se había ido a su casa para no causar molestias en la mía. Nos contó a toda prisa que en la ciudad había un gran tumulto, especialmente en la sinagoga, pero que no se había atrevido a preguntarle a nadie el motivo. Sin embargo debía ser algo muy importante porque nunca había observado alboroto semejante entre los señores y los siervos de la sinagoga.

3. «Probablemente será consecuencia de la llegada desde Jerusalén, tras la dimisión de Jairo, del nuevo superior de los fariseos que querrá visitar Nazaret. No tiene importancia y no nos impedirá tomar nuestro desayuno que ya está preparado», le contesté.

4. Entonces me dirigí a los dos jóvenes todavía presentes: «Id sin demora a la sinagoga y traedme al anciano Robano. Tengo que hablar con él. Pero id despacio para no llamar la atención». Los dos ángeles hicieron inmediatamente lo que les había pedido, mientras nosotros tomamos el desayuno con mucho apetito.

5. Después de levantarnos de las mesas, llegó Robano con los dos ángeles, hizo una reverencia ante Mí y los señores romanos todavía presentes, y dijo muy afligido: «Oh, Señor, aquí está el Cielo y en la sinagoga el infierno con toda su furia. Señor, no te lo tengo que decir porque sé que nada de este mundo te es desconocido. Pero en verdad, lo que está haciendo nuestro nuevo superior es para desesperarse.

6. Si este hombre no es un verdadero hermano de sangre de Satanás, renuncio totalmente a mi condición de ser humano. Primero nos roba no sólo el dinero sino también todos nuestros bienes, de modo que no sabemos de qué viviremos con nuestras familias en el futuro. Nos quita la harina, las legumbres, el trigo y el pescado ahumado. Ha proclamado que todos nuestros bueyes, vacas, terneros, ovejas y burros son propiedad del Templo, que nos los confiscará sin piedad. Encima nos llama renegados del Templo, y para colmo quiere ponernos toda clase de multas. Dice que en Jerusalén se sabe hasta el menor detalle de todo lo que pasa aquí. Al mismo tiempo afirma que tiene orden de capturarte como demagogo y agitador para entregarte a los juzgados. ¿Qué dices sobre esta barbaridad?

7. Además, dice que Herodes conoce cada paso que das y que ya habría tomado serias medidas contra Ti si no le contuviera un vaticinio, tal vez erróneo, de su vidente, el cual fue secretamente discípulo de Juan, que le ha dicho que Tú eres Juan reencarnado. Pues Herodes mandó que decapitaran a Juan en la cárcel porque se lo exigió su concubina Herodias, ofreciéndole su cabeza en una bandeja como prueba de haber cumplido el juramento que había prestado a la misma.

8. Por estos pocos sucesos, Señor, puedes deducir cómo están las cosas. Te digo que estarás perdido físicamente, junto con todos los que están aquí contigo, si no te enfrentas a ello con todo tu Poder. No puedo decir sino que los infiernos se han desatado literalmente. ¡Han puesto precio a tu cabeza: sólo diez mil libras de oro!».

9. Entonces llamé a Mateo y le dije: «Lo que vas a oír ahora, ¡anótalo!».

10. Mateo trajo inmediatamente su material para escribir y se preparó a tomar nota.

11. Para ello me dirigí de nuevo a Robano: «Amigo, ya nos has contado en términos globales la triste historia de Juan. Haz el favor de relatarla tal como os la contó el nuevo superior. Pues me importa mucho que el asunto quede documentado detalladamente».

12. Robano contestó: «Lo haré con mucho gusto. Sólo temo que me echen de menos, porque entonces corremos el riesgo de que el superior, un auténtico diablo, salga y cause aquí un terrible espectáculo».

13. «No temas nada», le dije, «pues aquí tenemos suficiente Poder para controlarle».

14. «Si es así», contestó Robano, «entonces relataré la historia de Juan literalmente, tal como nos la ha explicado el nuevo superior».

Capítulo 82. El fin de Juan Bautista (Mt 14, 1—12)

1. Robano continuó: «Hace poco que los esbirros recaudadores del tetrarca Herodes le contaron los rumores que circulan sobre Ti y tus hechos (Mt 14,1). Le dijeron que cuando estaban recaudando, Tú les hiciste emprender la huida porque eran impotentes ante tu Poder. A continuación Herodes llamó a su vidente. Este era un tipo astuto, discípulo secreto de Juan, que no perdonaba a Herodes el asesinato del profeta. Aquí encontró la ocasión para vengarse de Herodes, y le dijo con gesto firme: “Es Juan que ha resucitado de entre los muertos y obra estos milagros contra ti”.

2. Herodes se asustó mucho, volvió temblando y dijo a sus servidores: “Éste no es el carpintero Jesús al que conozco, el que apenas hace cinco años hizo un nuevo trono para mí con su padre José y que, aunque se comportaba como un hombre ingenuo, mostraba una habilidad especial en este trabajo de ebanista. No, es Juan, decapitado por mí y resucitado de entre los muertos, que ahora, como espíritu indestructible, se venga de mí mediante hechos que no puede realizar ningún mortal (Mt 14, 2). Por eso no debéis intentar nada contra él, pues podría causarnos, a vosotros y a mí, una gran desgracia”.

3. Dicen que los esbirros se asombraron al escuchar semejante afirmación, pues sabían muy bien que Tú no eres Juan. Pero no se atrevieron a contradecir a Herodes que estaba bastante excitado.

4. Tras este relato del superior, le preguntamos cómo había sucedido realmente el asesinato de Juan, porque sabíamos que Herodes le había encarcelado, pero ignorábamos por completo que hubiera mandado asesinarle. Entonces el superior dijo: “Al principio, el propio Herodes era discípulo de Juan, aunque superficialmente, y le respetaba como a un sabio especial. Le acogió en su corte pues quería aprender sus conocimientos secretos. Pero como no quería abandonar su amor adúltero por Herodias, mujer de su hermano Filipo (Mt 14,3), Juan se exaltó y, en tono de reproche, dijo a Herodes: ‘No es lícito ante Dios y ante tu hermano tenerla (Mt 14,4). Pues escrito está que no desearas la mujer de tu prójimo’. Estas palabras enfurecieron al orgulloso Herodes de tal manera que encarceló a Juan e incluso le habría gustado matarle si no hubiese temido a la muchedumbre que le tenía por profeta” (Mt 14,5).

5. Herodes celebró su cumpleaños pocos días después e hizo bailar a la hija de Herodias ante todos los invitados, con lo que disfrutó mucho (Mt 14,6). Tanto le gustó que, bajo juramento, prometió dar a la hermosa bailarina cuanto le pidiera (Mt 14,7). Pero la hija fue antes a su madre, que había jurado venganza a Juan por haber querido quitarle a Herodes. La madre convenció a su hija para que pidiera la cabeza de Juan.

6. Entonces la hija dijo a Herodes: “Dame la cabeza de Juan Bautista en una bandeja de oro” (Mt 14,8). El rey se entristeció, no tanto por Juan sino más bien porque temía que el pueblo se vengara. Pero como había hecho un juramento en presencia de los invitados, ordenó dársela (Mt 14,9). Entonces los servidores, después de alejar con pretextos a sus discípulos, degollaron a Juan en la cárcel (Mt 14,10) y llevaron su cabeza en una bandeja a la sala de los comensales para entregarla a la joven, quien la llevó a su malvada madre (Mt 14,11).

7. En esto vinieron los discípulos de Juan y, aterrorizados, vieron con dolor el cadáver de Juan. Lo cogieron y lo enterraron (Mt 14,12) ante muchas personas que lloraron, maldiciendo a Herodes y a toda su casa. Se dice que Herodias, al ver la cabeza de Juan, cayó muerta al suelo y, tras unos instantes, también su hija. Herodes y todos sus convidados huyeron aterrorizados de la sala.

8. Señor, esta es literalmente la triste historia de Juan Bautista, el del río Jordán, no lejos del desierto de Betania, donde el río se vierte en el lago y, pasando por él, desemboca finalmente en el Mar Muerto. ¿Qué dices a esta historia? ¿Será posible que haya hombres que se convierten en diablos hasta este extremo, y esto cuando Tú, a quien obedecen el Cielo y la Tierra, andas por la Tierra como hombre? ¿No tienes rayos y truenos para aplastar esta infamia?».

9. Tras estas palabras, Cirenio y Cornelio se acercaron a Mí y dijeron furiosos: «Señor, ¡estamos ante un gran peligro! Ya no podemos consentir tu gran Paciencia y Benevolencia; aquí es necesario poner manos a la obra, ¡y eso inmediatamente! Dentro de diez días como máximo ese engendro del infierno, e incluso Jerusalén y el Templo, han de desaparecer de la Tierra».

10. «Escuchad», les dije, «estos dos jóvenes bastarían para hacer en un momento lo que ningún poder romano podría conseguir en cien años. Si no fuera porque todo esto tiene que suceder según el Orden divino, creed que me sería fácil destruirlo todo en un instante. Pero todo esto debe suceder en el mundo exterior para la formación de un nuevo Cielo y una nueva Tierra.

11. No obstante, procurad alejaros ahora de aquí, porque este nuevo superior es un hombre malvado y Satanás le muestra mil caminos por los que puede dañaros notablemente.

12. Yo también me iré hoy y tardaré en volver a esta región. Pues es preciso mantenerse lejos de un perro rabioso. Este es uno que posee mucho oro y mucha plata, de lo contrario no habría podido comprar este puesto administrativo. Con mucho oro y plata uno puede conseguir mucho en el mundo de los hombres mundanos. Y quien compra tal puesto sólo por el afán de lucro y poder —como lo ha hecho este— no merece la confianza de nadie. Así que preparaos todos para abandonar este lugar. Tú, Robano, vuelve también a casa, porque todavía no te han echado de menos».

13. «Pero ¿qué debo decir cuando me pregunten por Ti?», preguntó Robano.

14. «Te será puesto en el corazón y en los labios», le respondí.

Capítulo 83. Escena en Nazaret con el nuevo superior del Templo

1. Tras estas palabras, Robano se marchó rápidamente a casa. Apenas había llegado, cuando se presentó un mensajero instándole a que fuera a la sinagoga donde el nuevo superior le esperaba para hablar con él sobre Mí. Pues había sabido que Robano estuvo en Sicar a causa mía. Acto seguido, Robano se presentó allí y el superior no tardó en atacarle con duras palabras.

2. Robano le respondió: «Soy un anciano de Nazaret que ha vivido setenta u ochenta años, mientras que tú no habrás vivido ni treinta. Pero que seas nuestro superior gracias a tu dinero no te transforma ni en Moisés ni en Aarón: nada me podrás enseñar que no supiera yo antes que te engendraran. Todos nosotros hemos desempeñado nuestros cargos a satisfacción de tu digno predecesor y de todo el Templo, observando todos los acontecimientos con los ojos justos de unos judíos sumisos a la Voluntad divina y poniendo límites donde hacía falta. Pero si tú entiendes los asuntos mejor y quieres incluso convertir de golpe al judaísmo a todos los griegos y romanos, sigue como hasta ahora y te garantizo que dentro de poco serás el único judío de toda Galilea.

3. La importante localidad de Jesaira se ha hecho griega por un motivo parecido y todos los fariseos, escribas y sacerdotes han tenido que abandonarla. Ve y empieza allí tus estrictas investigaciones. Verás lo que los jesairos te dicen: no encontrarás una forma lo suficientemente rápida para alejarte de allí. ¿Por qué han apostatado los jesairos? Por la rigurosa explotación de los sacerdotes, de modo que ahora son partidarios de Pitágoras vez de serlo de Moisés.

4. Poco falta para que lo mismo ocurra aquí, y tú y todos nosotros tendremos que huir. ¡No seas ciego y reconoce la verdad!

5. Los altos dignatarios del estado son romanos y griegos, y ven con agrado que los judíos se pasen a su doctrina. ¿Cómo quieres evitar tales conversiones, si es público en toda Galilea que el Templo se ha vuelto vacío como una nuez hueca? ¿Y quiénes son los culpables de ello si no los mismos avariciosos sacerdotes del Templo que abren el “santísimo” a los extranjeros por dinero y éstos, pese a todos los juramentos, divulgan después entre risas y burlas toda la historia al pueblo? Ve y pregunta a los ciudadanos del lugar y te dirán lo que nos contaron».

6. «¿Qué dices», respondió el superior, «todo eso lo sabe el pueblo?».

7. «Claro, toda la gente lo sabe. ¡Ve ahora y quítaselo de la cabeza!».

8. El superior se puso muy serio y, dando pasos de un lado a otro de la sinagoga, dijo al cabo de un rato: «Seguramente ese profeta nazareno tendrá gran parte de culpa en esto. Hay que hacer con él lo que Herodes ha hecho con Juan».

9. «Sí, sí, sólo habrá que probar qué es lo que pasa si se intenta poner las manos sobre el médico milagroso», le respondió Robano. «El pueblo, los romanos, los griegos y los judíos, quienes le veneran como a un Dios, te dirán lo que piensan. Yo, como anciano de Nazaret, te doy el siguiente consejo confidencial: ¡Sigue los pasos modestos de tu digno predecesor Jairo, y vivirás en paz mucho tiempo! Si intentas volver todas las cosas del revés como hasta ahora, entonces pronto tendrás que buscarte otra oportunidad en Jerusalén. Jairo mismo está en manos de los griegos. Boro, el segundo médico milagroso, es su yerno y tiene poderes de todas clases. Él te contará enseguida cómo está la situación. Inténtalo y dime después si te he aconsejado mal».

10. El superior, dando patadas de rabia al suelo, dijo: «¡Al diablo con todos vosotros! Parece que estéis más del lado de nuestros adversarios que de nosotros y que os hayáis vuelto partidarios de la doctrina del seductor del pueblo. Así que os echaré a todos de la sinagoga, os entregaré a la justicia y traeré gente nueva de Jerusalén. Por eso te pregunto otra vez: ¿Qué tuviste que hacer en Sicar junto a los samaritanos?».

11. «Tengo ahora setenta y nueve años y sé lo que hago y debo hacer. Tus amenazas no me asustan ni a mí ni a nadie. Pero si nos quieres entregar a la justicia, ¡inténtalo! Ya veremos quién será condenado al final, nosotros o tú.

12. Por suerte, el gobernador, hermano del emperador Augusto y con gran influencia en Roma, nos ve con buenos ojos y no nos condenará tan fácilmente como crees. Sin embargo, hay que agradecer a Jesús, a quien el Templo odia por puro egoísmo y afán de poder, que los romanos todavía no lo hayan echado abajo.

13. Seguramente habrás oído algo sobre el famoso robo de impuestos cometido hace apenas cinco semanas por agentes del Templo que suplantaron al gobernador. Los vigilantes de Kisiona —el hombre más rico del país— interceptaron en Kis la vil caravana que también llevaba muchos otros objetos robados y hurtados violentamente. Precisamente Jesús, a quien incluso los poderosos romanos veneran más que a su Júpiter, pero odiado sin motivo por los del Templo, fue quien frenó la tormenta que amenazaba al Templo de Jerusalén con su Palabra y sus milagrosas obras sin precedentes. Pero esto no quiere decir que la tormenta esté totalmente apaciguada. Cualquier muestra de testarudez por vuestra parte la desatará de nuevo.

14. Por otra parte sólo hace falta una señal de Boro, de Jairo, o mía, y te recomendaré que mires por última vez tu Jerusalén y tu Templo, porque en pocos días no volverás a encontrar el lugar donde estuvieron antes. ¿Me has entendido?».

15. Otra vez el nuevo superior volvió a dar patadas al suelo lleno de rabia y dijo: «¿Quién puede afirmarlo bajo juramento? Los que lo hicieron están en el Templo».

16. «Las leyes romanas nunca permiten que el malhechor testimonie, sólo pueden hacerlo los testigos, de los que, en caso necesario, se podrán convocar hasta diez mil. Creo que serán suficientes para denunciar a unos diez delincuentes», le contestó Robano.

17. El superior, totalmente deprimido, exclamó: «¿Entonces nadie cumplirá ya los mandamientos de Jehová, de Moisés y de los profetas por culpa de los romanos?».

18. «No me hables de Moisés, de Jehová ni de los profetas. Ni rastro de ellos queda en ti y mucho menos en los superiores y sumos sacerdotes del Templo. Hace ya treinta años que el Templo se ha convertido en tienda de mercaderías y casa de cambio, y nada conserva del verdadero espíritu de Jehová o de Moisés. Lo que hay todavía es pura máscara y los lobos hambrientos acechan para apresar a los pobres corderos. Si quisieras cumplir los mandamientos de Moisés, nunca se te habría ocurrido comprar este puesto con grandes cantidades de oro y plata. Apuesto por mi vida que Moisés no mandó comprar los cargos de los sumos sacerdotes con oro y plata».

19. Ante esta respuesta de Robano, el nuevo superior explotó de ira gritando: «¡No pasa nada! Ya encontraré un amo para vosotros que os sorprenderá. Sé muchas cosas que ignoráis y conozco muchos caminos que vosotros desconocéis».

20. «Puede ser. Pero también puede que conozcamos todos tus caminos mejor que tú y que los hayamos cerrado antes de que puedas atraparnos por la espalda como habrás pensado en secreto. Lo dicho: inténtalo una sola vez y sabrás de lo que hemos de comunicarte».

21. Entonces los demás dijeron a Robano: «Pero hermano, ¿por qué proteges a este hombre malvado de su perdición segura? Está en nuestras manos y puede pedir ayuda al Cielo cuando nos tomamos la libertad de hacerle “saborear las piedras de Nazaret”».

Y, volviéndose hacia el superior, le dijeron: «Nosotros somos fariseos y escribas igual que tú, y quizás algo más, porque procedemos de Leví, mientras que sabemos que tú te has comprado la ascendencia, como actualmente se compran todas las cosas, incluido el Cielo. Por lo tanto eres un intruso del Santísimo y un farsante, y mereces ser lapidado por tal delito. ¡Así que no cometas más errores si no quieres que levantemos piedras contra ti!».

22. Esta seria advertencia hizo reflexionar al superior, al menos aparentemente, aunque se revolvió más amargado todavía. Al cabo de un rato dijo: «No me interpretéis mal, pues conozco los grandes defectos del Templo igual que vosotros. De lo que se trata ahora es de cómo podríamos ocultarlos y qué podríamos hacer para restablecer su antiguo prestigio».

Capítulo 84. Testimonio de Chiwar sobre Juan y Jesús

1. En este momento intervino el Chiwar y dijo: «¿Por qué nos tomamos tantas molestias si sabemos todo lo que pasa? He sido servidor del Templo desde los once hasta los veinticinco años y conozco demasiado bien cómo funcionan las cosas. Si hubiese querido ser indigno, ¡cuántas denuncias habría podido hacer! Pero pensé que, pese a todo, el pueblo ciego sigue dependiendo del Templo como siempre.

2. ¿Por qué habría de minar su fe, que sigue siendo el fundamento de su esperanza, si gracias a ella los sacerdotes nos damos al menos una buena vida? Si tensamos demasiado la cuerda sin motivo, se romperá y ¡adiós para siempre a nuestros cánticos! No nos quedará otra solución sino buscar redes para pescar en el fondo del mar.

3. ¿Qué es lo que podemos hacer contra el poder de nuestros enemigos, los cuales aumentan cada día? ¿Crees que nos protegerá el Templo? ¡Nada de eso! En Roma viven ya muchos judíos que han construido casas espléndidas con los grandes tesoros de los que se han ido apoderando ilegalmente. No nos defenderán ni ellos ni tampoco el Templo actual que, como las golondrinas, extiende ya sus alas para emprender el vuelo hacia Italia a la primera oportunidad que se presente y no volver nunca más a Asia.

4. Por eso es un buen consejo que sigamos desempeñando nuestro sacerdocio lo más dignamente posible con toda serenidad y, además, hacer caso a la expresión romana “In medio beati”16: de lo contrario tendremos que dedicarnos a la pesca en breve.

5. Además, en estos días han aparecido dos hombres cuyo increíble poder sería capaz de ganar en pocos años la Tierra entera a sus enseñanzas. Juan, que ya no está físicamente entre los mortales, es el primero cuya doctrina han confesado y siguen confesando, con más fervor todavía que cuando él vivía, la gente de media Judea y de media Galilea. Herodes, con su ciego poder, pudo decapitar físicamente a un profeta verdadero pero, ¿será capaz de hacer lo mismo con su espíritu y su divina enseñanza espiritual? No lo creo en manera alguna. Las persecuciones no sólo consiguen que cualquier doctrina se extienda sino que también la fortalecen de manera extraordinaria.

6. Aunque Juan haya desaparecido físicamente, ha ocupado su lugar el referido Jesús, frente al cual Juan es como un montón de tierra comparado con el poderoso monte Ararat. Su conducta es sobremanera afable y liberal. Sus modales sumamente dulces. Cada frase de su conversación está llena de la sabiduría más profunda. Y no hay hombre cuyo corazón tenga un mínimo de entendimiento que albergue duda ninguna de que esta Verdad puramente divina procede de los Cielos. Finalmente están sus obras, ante las cuales todo hombre tiene que exclamar: “¡Esto sólo le es posible a Dios!”…

7. ¿Qué queremos o qué podemos hacer contra Él? Lo único que podemos hacer es atraernos su odio, aunque seguramente sólo en nuestro propio perjuicio.

8. Por ello debemos comportarnos con la mayor prudencia posible, sin mirar al presente sino pensando únicamente al futuro; si no, acabaremos de la noche a la mañana».

9. «¿Entonces», respondió el superior, «crees que ese Jesús no debe ser prendido y que debemos esperar que acabe con nosotros totalmente?».

10. «Captúrale si puedes», respondió Chiwar «Hemos emprendido muchas cosas contra Él, pero ¿cuáles han sido los resultados? Que Él tiene mil discípulos más y nosotros mil menos. Además, por poco los romanos acaban con nosotros. Le toman por un verdadero dios.

11. Encima siempre lleva algunos ángeles en su séquito, cosa nunca vista en la Tierra, los cuales, pese a su aparente dulzura y debilidad infantil, poseen un poder y una fuerza que no podemos imaginar ni en sueños. ¿A ese quieres ponerle las manos encima y apresarle? ¡No seas necio! Serás neutralizado antes que des el primer paso contra Él. ¿Crees acaso que Él ignora lo que estamos hablando aquí? Estás en un gran error. Todos los aquí presentes son testigos que, hace unos días, Él supo cada detalle de lo que habíamos hablado y acordado en secreto contra Él durante la noche.

12. Puede ser interesante que te hablen de una tormenta en la mar, pero otra cosa es sufrirla uno mismo. Por eso te digo que administres tranquilamente tu cargo sin llamar la atención. Porque si empiezas a actuar como un tirano, podemos garantizarte que seréis derrumbados no sólo tú y tu Cafarnaúm, sino también toda Jerusalén. Si actuamos con gran prudencia podremos mantener Jerusalén quizás todavía cincuenta años más, pero si lo hacemos desatinadamente podremos provocar su fin en pocas semanas.

13. Puedes elegir lo que quieras. Los romanos están a dos pasos de nosotros y, gracias a Dios, son amigos nuestros. Pero para ti el camino aún será largo porque la astucia humana siempre se las arregla para escoger la nuez hueca y despreciar la llena17. ¿Qué quieres sacar todavía del codicioso Templo que es como una nuez hueca ya hace tiempo? ¿No es mucho más prudente apostar por lo bueno que crece? Te digo con toda claridad que los grandes y poderosos señores de Roma se dejan llevar por Jesús como las ovejas. Si los tiene a su favor y a favor de su enseñanza pura y divina, ¿qué podremos contra Él? Si haces el menor gesto por apresarle, no tardarás en ser apresado tú mismo y nadie se tomará la menor molestia por pedir tu liberación. Pero si te comportas con prudencia, los romanos serán también tus amigos y llevarás una buena vida, al igual que Jairo. ¡Haz lo que estimes conveniente! Por las consecuencias verás si te hemos dado un consejo de amigos o de enemigos».

14. El sermón de Chiwar surtió su efecto. El superior se suavizó y empezó a reconocer que tanto Robano como Chiwar tenían razón, prometiéndoles seguir fielmente sus consejos. Así se apaciguó la primera tormenta en la sinagoga.

Capítulo 85. El Señor elogia a Robano y a Chiwar

1. Una hora después, Chiwar vino a verme para contarme la discusión que habían tenido en la sinagoga con el nuevo superior.

2. Pero Yo le dije: «Amigo, ahórrate el esfuerzo. Sabes que nada me es desconocido. Te digo además que Robano y tú habéis hecho muy bien las cosas, porque el superior habría intentado más locuras todavía. Ahora está convencido que emprender algo contra los romanos sería un desatino. Así estará tranquilo por lo menos durante un tiempo. Sin embargo no debéis confiaros demasiado: estad siempre atentos y no le perdáis de vista. Como has sido y sigues siendo mi paladín más activo, te otorgaré la capacidad de sanar los enfermos imponiéndoles las manos y rezando una buena oración, así como la de adivinar en tu corazón los planes del nuevo superior para poder oponerte a ellos de manera adecuada, lo que ha de hacerse siempre de inmediato pues, de lo contrario, no surtiría efecto. También te serán indicados los medios adecuados. Así que recibe ahora mi Bendición para ello».

3. Acto seguido Chiwar se puso de rodillas ante Mí y me pidió fervorosamente mi Bendición. Puse mi mano derecha sobre su corazón y mi mano izquierda sobre su cabeza. Al instante se hizo luz en él y dijo: «Señor, ahora toda oscuridad ha desaparecido dentro de mí. Todo mi interior está iluminado y me parece como si mi cuerpo fuera de una materia transparente como el diamante, que puede ser traspasada sin problemas por la luz del día. Oh Señor, deja que esta Bendición permanezca siempre en mí. Sabré cuidarla y respetarla siempre con agradecimiento».

4. Y yo le contesté: «Sé siempre fiel a mi enseñanza, y nunca tendrás que lamentar su pérdida».

5. Tras estas palabras, Chiwar se levantó y se dio cuenta que, excepto Boro y Jairo, María y mis hermanos, no había ningún invitado presente. Tampoco estaban los doce discípulos principales. Por eso me preguntó qué es lo que había sucedido mientras tanto.

6. «Tenía que ocurrir así», le dije. «Pronto vendrá el otoño y después el invierno. Ha llegado el tiempo de la recolección y tengo que reclutar trabajadores para el campo y las viñas. Después de recoger la cosecha podremos descansar durante el invierno. Y con la nueva primavera recuperaremos fuerzas para poner manos al trabajo que nos espera.

7. Hoy mismo me iré de esta región, pues Herodes es un zorro astuto y el nuevo superior está a su servicio. Por eso cuido que mi casa no se convierta en un campo de batalla de Satanás. Hace ya unas horas que he mandado a mis discípulos que acompañen a mi hermano Kisiona y que se reúnan en Kis con los discípulos de Juan y les anuncien que el Reino de Dios está cerca. Volverán con los discípulos de Juan para reunirse conmigo todavía hoy y abandonaremos este lugar por la noche. Percibirás en tu interior a dónde iremos y algunas otras cosas más.

8. En cuanto a ti, colabora y actúa asiduamente con Boro y con Jairo. Ellos son los dos hombres más dignos de Nazaret, a quienes he dedicado mi pleno Amor y, a través de Mí, también la plena Misericordia de Dios. No hay nadie entre todos mis discípulos que me ame y conozca como ellos.

9. No tardará el tiempo en que todos mis discípulos se distanciarán de Mí. Sin embargo, ellos dos no se dejarán confundir por nada de lo que me suceda porque me conocen plenamente. Así que permanece siempre con ellos y también conseguirás lo que ellos han conseguido».

10. Chiwar se puso muy contento con estas palabras y sólo me preguntó qué había sucedido con los dos ángeles, puesto que no los veía en ninguna parte.

11. Le dije: «¡Levanta tus ojos! No solamente los verás a ellos dos, sino también a una multitud de ángeles alrededor».

12. Cuando Chiwar alzó sus ojos, vio a los dos arcángeles en una luz resplandeciente y, alrededor de ellos, a miríadas de ángeles dispuestos a servirme en cada momento.

13. Entonces Chiwar bajó su mirada y dijo: «Señor, como soy un pecador, mis ojos no pueden soportar esta santísima imagen. Pero me esforzaré constantemente en ser digno de tal presencia».

14. «Haz todo de la forma más justa», le dije, «y tu recompensa en los Cielos — a cuyas afueras acabas de echar una ojeada— será grande. Pero vuelve ahora a la sinagoga para que el superior, que se quedará todavía algunos días aquí en Nazaret, no te eche de menos pues ahora aprecia mucho tus consejos».

Capítulo 86. Chiwar y el nuevo superior Kora en la sinagoga de Nazaret

1. Tras estas palabras, el honesto Chiwar se fue a la sinagoga y se dio cuenta inmediatamente que el superior ya le había echado de menos, porque le preguntó al instante dónde había estado y qué había hecho durante tanto tiempo.

2. «Señor, había un enfermo grave al que tuve que ayudar», le respondió Chiwar. «Ahora está curado y puede seguir su camino, pues iba de viaje».

3. «¿A dónde va, cuándo sale y de dónde vino?», preguntó el superior. «¿Puedo verle y hablarle todavía?».

4. «Es judío, vino del Norte y ya ha salido hacia el Sur», contestó Chiwar. «No puedes verle ni hablarle, hasta que vuelva, para lo que faltan todavía muchos días».

5. «Tu hábil respuesta no me satisface en absoluto. ¿Dónde se albergó? Quiero ir yo mismo para informarme directamente sobre el viajero que me dices que has curado. Una curación hecha por un fariseo es una cosa muy importante que debe ser confirmada por el mayor número de testigos posibles. De lo contrario no tendrá valor ni credibilidad alguna».

6. «Si quieres saber más de lo que yo sé», dijo Chiwar, «dirígete entonces a quienes saben más que yo. Te he contado fielmente lo que conozco. ¿Qué más puedo decirte? Se albergó en casa del carpintero José. Ve allí si quieres enterarte de más detalles. Pero no olvides guardarte bien las espaldas, porque golpes no te faltarán. ¿Crees acaso que la gente respeta especialmente a hombres como nosotros? ¡Nada de eso! A la menor imprudencia puedes estar seguro que te darán unas palizas que no te las podrá quitar del cuerpo ni Dios. Como ya te dije antes, debes hacer la prueba porque te servirá de experiencia».

7. Contestó el superior: «De lo que me dices deduzco claramente que vosotros y todos los habitantes de Nazaret os habéis conjurado contra mí. Pero no importa: construiremos un mango para esta azada. Por lo menos ya sé a qué atenerme. No obstante espero desentrañar pronto esta conspiración. ¡Entonces, ay de vosotros y de toda la ciudad! ¿Dónde está el camino a casa del carpintero?».

8. «Asómate a la ventana. A unos dos mil pasos verás la casa del carpintero y el camino que conduce a ella. Ve y convéncete de todo lo sucedido, pero toma nota también de las palizas, que son seguras».

9. «Vosotros me acompañaréis», ordenó el superior, «y seréis mis guardaespaldas».

10. «¡Ni que fuéramos imbéciles!», contestaron todos. «¡Nunca! A quien le pique, ¡que se rasque y vaya!».

11. «Bien», dijo el superior, «Iré yo sólo en el nombre de Jehová y ya veremos si alguien se atreve a tocar a un ungido de Dios. Pues escrito está: “Que nadie ponga las manos sobre un ungido. ¡Ay de aquel que toque la cabeza de un ungido!”».

12. «Sí, sí», dijo Chiwar, «lo que tú sabes, lo sabemos también nosotros ya hace mucho tiempo. Pero ungidos como nosotros, cuya unción no es sino una fantasmada miserable, no valen nada ante Dios: Él no protegerá nuestras pseudo—ungidas cabezas cuando sean expuestas, justamente, al castigo de nuestros enemigos. Pues, como ya dije antes, el pueblo sabe demasiado bien lo que ocultamos y la falsedad que hay en el Templo».

13. «No importa, yo voy», dijo el superior. «Pero ¡ay de vosotros si me entero que las cosas son diferente a lo que tú, Chiwar, me has contado al preguntarte dónde estabas!».

14. «Lo que quieres saber», respondió Chiwar, «difícilmente lo sabrás, pero te enterarás de otras cosas que podrán causarte bastante daño».

15. Tras estas palabras, el superior se marchó apresuradamente.

16. Apenas había dado unos pasos en la calle, cuando niños y niñas empezaron a gritar: «¡Este es el malvado superior nuevo que quiere nuestra perdición! ¡Fuera con él!». Y de todas partes acudió gente con palos y piedras, algunas de las cuales le alcanzaron haciéndole cardenales.

17. El superior no tardó en darse cuenta de que no se podía jugar con los nazarenos. Se volvió rápidamente a la sinagoga y cerró la puerta tras de sí. Todavía cayó sobre la misma un montón de piedras, demostración clara de la actitud de los nazarenos contra el nuevo superior.

18. Cuando el superior se reunió con los fariseos, dijo lleno de ira: «¡Esto es obra vuestra! Sabré vengarme».

19. «¡Qué dices, chalado estúpido!», contestó Chiwar muy enfadado. «¿Cómo puede ser obra nuestra, si te hemos avisado a tiempo? Sólo podrás hablar y negociar con el pueblo cuando nosotros te recomendemos. Mientras no lo hagamos, siempre te tratarán mal cuando salgas solo a la calle. El pueblo te desprecia por haber comprado el puesto que ocupas. Y como, además, apenas llegado ya quieres tiranizarnos a todos y poner “orden” mediante el terror, todos te odian como a la peste. Te digo que harías mejor revendiendo tu puesto a otro más digno, pues no doy ni un céntimo por tu futuro.

20. Si quieres que la gente sienta simpatía por ti tendrás que convertirte en un hombre totalmente diferente. Pero parece que eso te resultará sencillamente imposible. Mostrar cara amable pero tener el corazón de lobo feroz no funciona entre nosotros porque, sorprendentemente, poseemos dotes adivinatorias lo suficientemente desarrolladas para poder saber claramente lo que maquine tu mente perversa.

21. Pero si transformas totalmente tu corazón, dejando que lo empapen la Sabiduría y la Verdad puras y divinas, entonces podremos presentarte favorablemente al pueblo y tendrás una vida feliz. Ni tu sumo sacerdote, ni Pilato, y mucho menos aún tu Herodes, te serán útiles en este lugar».

22. «¿Cómo sabes», preguntó el superior, «que he pensado seriamente que me ayudaran los tres?».

23. «Porque también yo poseo dotes proféticas», contestó Chiwar, «y puedo conocerte a fondo, impidiendo que puedas fingir ante nosotros aquí o en Cafarnaúm. Aunque estuvieses a mil leguas sabríamos quién eres en verdad. Así que lo tendrás difícil, porque sabemos de antemano cuáles son los medios más eficaces que debemos emplear contra ti. ¿Estás contento con esto?

24. Somos todavía sacerdotes de la antigua época, y el Espíritu de Jehová, aunque haya abandonado hace tiempo el Templo de Jerusalén, aún está en nosotros. Si quieres que te respetemos debes ser un sacerdote auténtico. Siéndolo sólo en apariencia, nunca podrás mantenerte en nuestro grupo y, como ya te dije antes, tendrás que vender tu puesto a otro más digno».

25. «¡Malditos sean los hijos de rameras del Templo de Jerusalén!», exclamó el superior. «Mi oro y mi plata mucho os gustaron, ¡pero no tuvisteis en cuenta que en vez de un puesto respetuoso y lucrativo compré un auténtico nido de avispas! Pronto sabréis que Kora no ha tirado en balde a vuestras fauces su oro y su plata». Al cabo de un rato de reflexión, volvió a dirigirse a Chiwar, y le preguntó: «¿Qué debo hacer para merecer vuestra amistad y la de la gente?».

26. Chiwar le contestó: «Robano y yo ya te hemos aconsejado y encima de la mesa tienes las Escrituras que te muestran claramente la Voluntad de Jehová. Obra conforme a ellas, no sigas las leyes condenables de los hombres del Templo, y así tendrás una vida feliz entre nosotros. Has de ganar la Benevolencia de Dios; todo lo demás te será dado».

27. «Pues sí, eso haré a partir de ahora», contestó Kora, «en todo lo que pueda. ¿Os molestaría que traslade por un año mi residencia aquí a Nazaret? Aquí con vosotros, podré aprender más que en Cafarnaúm, en Corozaín o en las demás ciudades pequeñas que hay a orillas del mar de Galilea, donde sólo se encuentran aduladores».

28. «Harás bien quedándote con nosotros», dijeron todos, «y será una gran alegría poder servirte verdaderamente como a nuestro superior. Pues aquí no hay fraude, ni se venden cachivaches del Templo, ni se negocia con bueyes, vacas, terneros o corderos en la casa de oración: en la sinagoga no se cambia dinero y nuestra pequeña casa de oración es lo que debe ser.

29. Aunque el fuego no llamee en ella sobre el arca de la alianza, en nuestros corazones arde la verdadera llama viva, lo que complace a Dios más que cualquier servicio del Templo de Jerusalén, en el cual ya no existe el menor destello de la Verdad. Se está poniendo de manifiesto lo que Dios habló a través de la boca del profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí”. La corrupción de Jerusalén es evidente. ¿No arreglan los sacerdotes cada año las falsas tumbas de los profetas que fueron lapidados por sus antecesores? ¿Acaso los que viven ahora actúan de manera distinta? ¡No!, siguen exactamente los pasos de sus malvados antecesores. Mataron a Zacarías entre el altar de sacrificio y el “santísimo”, Herodes ha mandado decapitar a Juan. Responde, ¿qué servidores de Dios son estos? Te lo diremos claramente: Son servidores de Satanás. Menos mal que están en nuestras manos, lo que saben muy bien. Por eso nos dejan tranquilos.

30. Por muy amablemente que inviten a cualquiera de nosotros a alguna celebración en Jerusalén, no iremos por nada en el mundo: preferimos esperar aquí nuestra muerte natural al honor de la muerte violenta que nos esperaría en cualquier sala secreta del Templo. Créenos, somos tan listos como los señores del Templo y olemos el asado antes que hayan encendido el horno. ¡Mantente fiel a nosotros y no te arrepentirás!».

31. «Ahora os comprendo mucho mejor», dijo Kora, «y me agrada mucho como sois. Pero el Templo se pondrá contento con los muchos gestos “amistosos” que le haremos llegar cada vez que se presente la ocasión».

32. «¿Sabes?, no queremos hacerle daño al Templo», contestó Chiwar. «Pero si nos ataca, ¡ay de él! No nos faltan medios para hacérselo».

33. Tras esta conversación llegó el cocinero, llamándolos a todos a comer.

Capítulo 87. Chiwar y Kora: sobre la resurrección de Sara

1. Cuando todos estaban sentados a la mesa disfrutando de la comida y conversando apaciblemente sobre cosas espirituales, entró Boro, saludó a todos y les presentó a su mujer Sara, pidiendo también, pues ella era judía, que la inscribiesen en los registros como mujer legítima suya.

2. Chiwar sacó inmediatamente el gran registro de matrimonios e inscribió a ambos como matrimonio legítimo ante Dios y ante el mundo.

3. El superior le preguntó a Chiwar si eso resultaba posible siendo Boro oficialmente griego.

4. «Amigo», dijo Chiwar, «entre nosotros, todo es posible; sería una estupidez no unir oficialmente a un matrimonio que Dios ha unido ya hace tiempo».

5. «¿Cómo lo sabes?», preguntó el superior.

6. «Sé muchas cosas que tu ignoras todavía. Así que tranquilízate: aquí actuamos de otro modo que en el Templo».

7. El superior sonrió y se contentó con la respuesta.

8. Según la tradición, Boro tenía que pagar una tasa. Para ello sacó de su alforja una bolsa de monedas de oro ya preparada, de mucho mayor valor que lo que la costumbre prescribía, y la entregó. A continuación se despidió.

9. Cuando Boro salió del comedor, el superior abrió la bolsa y dijo: «¡Pero esto son más de cinco libras de monedas de oro puro acuñadas con la efigie de Augusto; incluso hay algunos “tiberios”! ¿Esta es aquí la costumbre? En el Templo, una libra de oro ya habría sido un donativo extraordinario».

10. Chiwar respondió: «Tales donativos no son raros aquí. Pero Boro —el mejor médico del mundo después de Jesús— es un hombre honorable y, además, tan rico que no va a mostrarse tacaño».

11. «¿Quién es su bellísima y amabilísima mujer?», preguntó el superior.

12. «Es la hija del superior Jairo», contestó Chiwar, «la cual, como te informé, ha sido resucitada de la muerte dos veces seguidas por el milagroso sanador Jesús.

13. «Quizás tuvo sólo un profundo desmayo», dijo el superior, «lo que no sería nada extraño tratándose de una joven tan delicada».

14. «¡Vaya!», replicó Chiwar, «tras más de cuatro días en la tumba con todos los ungüentos y pomadas, y cuando cualquiera con un olfato normal hubiera notado el hedor fétido que nosotros tuvimos que soportar al visitarla, el desmayo está descartado. A Jesús, el Salvador maravilloso, le resultó posible lo que sólo puede Dios: devolver la vida a la muerta, y ello sólo con la Palabra, sin ningún otro medio. Como es todavía muy joven pues sólo tiene dieciséis años, ahora está más fuerte y más sana que nunca».

15. «¿Cuánto tiempo hace que resucitó?», preguntó el superior.

16. «Hace unos seis o siete días como máximo», contestó Chiwar. «No sabría decirlo con exactitud, pero volvió de la muerte a la vida al principio de la semana pasada».

17. El superior exclamó asombrado: «Esto es algo que no se ha visto nunca en el mundo. Teniendo en cuenta que estuvo cuatro días muerta en la tumba, la salud y la lozana vitalidad de esta bellísima doncella son increíbles. Es algo sin precedentes, suponiendo que me estéis diciendo toda la verdad, lo que no quiero poner en duda porque veo que aquí ocurre milagro tras milagro».

18. «Es completamente cierto», contestó Chiwar. «Jesús, el Sanador milagroso del que te he hablado, es el centro de la atención general porque sus obras sobrepasan grandemente cualquier cosa que haya sido escrita sobre los patriarcas, Moisés o los grandes profetas. En efecto esto no tiene precedentes porque no existe enfermedad, por maligna que sea, que no cure instantáneamente con su Palabra, sin ver ni tocar al enfermo. Lo que su Voluntad quiere, se realiza en el mismo momento.

19. Hace unos cuatro días, por ejemplo, dimitió Jairo. En el mismo instante, el escrito correspondiente fue presentado al sumo sacerdote en el Templo de Jerusalén, lo que es más que un milagro porque, por vía normal, habría llegado a sus manos quizás hoy. Así es como tú has podido llegar desde Cafarnaúm hace ya dos días y estar aquí con nosotros desde esta madrugada. De esta manera milagrosa eres ya el superior de los sacerdotes de toda Galilea y la dimisión de Jairo, con todos los documentos y declaraciones necesarios, está en manos del sumo sacerdote del Templo. Unos testigos fidedignos nos han contado también que este Jesús calmó hace pocas semanas una terrible tormenta en el mar, y que las aguas y los vientos obedecieron al instante la Palabra del Salvador. Podría contarte todavía más historias de esta clase, pero ahora no hay tiempo para ello. Se podría pensar que este hombre es un servidor de Satanás si no fuera por sus palabras, enseñanzas y advertencias, amables pero serias, que demuestran lo contrario.

20. Te lo digo sincera y abiertamente: Sus obras son increíblemente maravillosas. Pero se desvanecen como niebla ante el poder majestuoso de sus palabras y de sus enseñanzas. Con ellas transmite verdades que nunca hubiera podido soñar un profeta. Te explica la vida de un ser humano de manera tal que no deja lugar a dudas sobre la inmortalidad de su alma. Te describe la inmortalidad de un modo tan comprensible que no puedes dudar ni un momento de que a la muerte física le sigue la Vida eterna del alma gracias al espíritu divino que vive en ella.

21. En resumen, este Jesús es un ser con capacidades completamente insólitas, de modo puede decirse con la conciencia tranquila que, desde Adán, nunca la Tierra ha tenido un habitante como éste, al que todos los elementos obedecen, y a cuyo servicio están siempre miríadas de espíritus. También me he enterado por algunos de sus discípulos que durante un viaje desde Sicar a Caná, en Galilea, hizo que el Sol se oscureciese totalmente en pleno día, devolviéndole unos momentos después todo su esplendor.

22. Robano y varios centenares de testigos a los que hemos preguntado, nos contaron que, en Sicar, reconstruyó en un sólo instante con su sola Palabra dos viejos castillos en ruinas: la vieja casa de José y Benjamín, y el palacio de Esaú, que ahora pertenecen al rico comerciante Jairut. Todos los maestros de obra de aquél lugar confesaron que para reconstruir los dos viejos castillos con los medios habituales habrían necesitado, poniendo todo su empeño, por lo menos diez años. Y encima, el extenso palacio de Esaú, además de haberse levantado en un solo instante con materiales rústicos de construcción, quedó provisto, de modo práctico y hermoso, con todos los enseres necesarios: ni de los mejores constructores de la Tierra hubiera podido esperarse algo semejante.

23. También un griego llamado Filopoldo que vino de Caná, en Samaria, me contó unos sucesos increíbles que hube de creer forzosamente debido a la multitud de testigos que me presentó.

24. Pienso que un hombre que hace tales cosas debe ser no sólo un hombre extraordinario sino incluso más grande que el mayor de los profetas. Hace algunos días, creo que fue con ocasión de una pesca también milagrosa, dijo que cualquier ser humano podría realizar milagros semejantes con tan sólo tener una fe inquebrantable. También opino que una fe así sería por sí misma un enorme milagro. Creo que esta fe sólo puede ser una consecuencia obvia de la capacidad, totalmente consciente, de hacer lo que se pretende.

25. Quien conoce bien sus propias fuerzas, confía en ellas porque es consciente de las mismas y sabe por experiencia que son eficaces para hacer una cosa u obra determinada. Pero si el hombre quiere llevar su fe en el éxito de algo más allá de las fuerzas que conoce, creo que muy pronto le surgirán dudas cuando ve que la carga que quiere levantar es demasiado pesada para las fuerzas propias de las que tiene consciencia.

26. Si en la calle, por ejemplo, me estorba una piedra de varios kilos, no dudaré en quitarla de en medio. Pero si estoy ante una roca de miles de kilos, pienso que tendré dificultades para quitarla aunque mi fe esté exenta de dudas. Aunque tense al máximo mi voluntad, creo que no servirá de nada porque me falta la convicción subjetiva de que mi capacidad para levantar unos cien kilos a lo más, sirva también para levantar varios miles de kilos.

27. Pero Jesús, como Dios mismo, todo lo puede. Para su Voluntad, una montaña es como un grano de arena. La tierra, el aire, el viento, el agua y el fuego le obedecen como las ovejas a su pastor. Conduce el rayo con mil veces más precisión que la del mejor arquero cuando lanza su flecha. ¿Qué podemos deducir de todo esto? Te ruego que, como superior nuestro, nos digas lo que opinas al respecto».

Capítulo 88. Opinión de Chiwar sobre el Templo

1. «Si todo es tal como dices, lo que no pongo en duda», respondió el superior, «entonces Él debe estar unido estrechamente, de un modo que no comprendemos, con el espíritu poderoso de Jehová, al igual que Moisés o Elías, el último de los cuales también era capaz de dominar el fuego al que hacía caer del cielo. Quizá Elías obró también otros milagros que no se han escrito, pero que se han conservado como leyendas populares las cuales, pese a que no se les pueda conceder mucha credibilidad, puede que encierren bastante verdad.

2. Por ejemplo se dice que Elías una vez —si no recuerdo mal— reanimó un montón de esqueletos en un campo de batalla, devolviéndoles carne, piel y pelo. También dicen que en otra ocasión ordenó a las nubes que se mantuvieran fuera del cielo durante tres años e hizo que se secaran durante el mismo tiempo todas las fuentes subterráneas del gran río Éufrates. Sólo cuando los hombres realizaron una verdadera penitencia, abrió de nuevo los manantiales de los ríos y ordenó a las nubes que dieran la lluvia necesaria a la tierra totalmente seca. Cuentan muchas otras historias de este notable profeta, las cuales, probablemente, habrán sido tergiversadas a lo largo de los tiempos.

También se dice que precisamente este Elías volverá a la Tierra antes del fin del mundo para convertir a los hombres con grandes testimonios. Parece que este enigmático profeta no murió nunca sino que ascendió a los Cielos en un carro de fuego. Así que podría ocurrir que el espíritu del gran profeta se haya encarnado en este Jesús, el cual realizaría obras sólo posibles a Dios, debido a que está en estrecha alianza con el Poder de Jehová».

3. «No está nada mal tu opinión», contestó Chiwar, «y casi la corroboraría, si no fuera porque he visto con mis propios ojos en este Jesús más de una cosa que deja infinitamente atrás a Elías y todas sus obras milagrosas. Preguntarás: “¿Cuáles son? ¿De qué tratan?”. Pero tengo que admitir sinceramente que me faltan palabras para describirlo. Habría que haberlo oído, visto y sentido personalmente para hacerse una idea. Por eso soy de la opinión, como miles de otros ya, que este Jesús es verdaderamente el Mesías prometido. A todos pregunto: ¿Quién puede obrar signos mayores que éste? ¿Acaso habrá de venir en otro tiempo futuro? Además, Él desciende en línea recta de David, según la crónica que llega hasta el viejo José (Mt 1,1—17). Aquim fue el padre de Eliud; Eliud el padre de Eleazar; este fue el padre de Matán; este, a su vez, el padre de Jacob; Jacob fue el padre de José, y este el padre de nuestro Jesús. Siguiendo la crónica hacia atrás, llegarás en línea recta a David. Y está escrito que el Mesías procederá de la ascendencia de David y que todo el mundo le conocerá por sus obras.

4. En mi opinión, a este Jesús no le falta nada para demostrar que su ascendencia es auténtica. En cuanto a sus obras, las hay en tal abundancia que la Tierra no ha visto nunca nada igual. Verdaderamente no sé qué nos impide aceptarle como Aquel que ha sido anunciado.

5. Resulta más que lógico que el tiránico Templo no esté fácilmente dispuesto a reconocerle. Pero, precisamente por eso, no debiéramos seguir al Templo que, en mi opinión, está muerto18, pues no nos puede ofrecer ni protección, ni enseñanzas, ni mucho menos sustento duradero, salvo si antes le pagamos por una plaza un dineral con el que podrían vivir fácilmente por lo menos diez personas durante cien años.

6. Calcula la suma de oro y plata que has pagado para obtener el puesto de superior del Templo y verás que con ese dinero podrías haber vivido como un rey hasta los cien años. Supón que los romanos de aquí te acosan y pides protección al Templo: no sólo no te podrán ofrecer ninguna sino que tampoco querrán. A lo sumo y contra el pago de un puñado de monedas de plata, te despacharán con algún consejo de doble sentido al estilo del oráculo de Delfos, el cual siempre acierta tanto si después al solicitante le va bien como si le va mal.

7. Gracias a Dios conozco el encanallamiento actual del Templo y no tengo mala conciencia cuando le engaño de una manera u otra. Te digo que quien hoy quiere evitar ser engañado vilmente por el Templo, tiene que engañar al Templo con toda la astucia imaginable. ¿O crees acaso que podrás lograr algo actuando honrada y legítimamente con él? Nadie puede presumir de ello. Pero si vas con cara de granuja, te aseguro que los del Templo se pondrán a tus pies.

8. Todavía recuerdo a un tal Baro, griego circunciso. Debía poseer grandes riquezas porque sus ropas estaban repletas de perlas y diamantes. Tenía una acusada cara de bribón, hablaba poco, y lo que hablaba era una pura mentira. Pedía mil libras de oro por un rollo de papiro que valía a lo sumo medio estater19. Aunque el sumo sacerdote se mostró perplejo, Baro hizo un gesto como no he visto en mi vida, y dijo irónicamente: “Hum, ¡aut Caesar, aut nihil!”20. El sumo sacerdote empalideció —Dios sabe por qué razón— y entregó inmediatamente a Baro las mil libras de oro, de las que el Templo nunca ha podido recuperar nada. Al cabo de un año se supo que este Baro era todo un estafador descarado ungido por Satanás, que consiguió sacarle mil libras de oro incluso al sumo sacerdote.

9. Al Templo vinieron muchas veces por el contrario judíos muy honestos pidiendo un préstamo y ofreciendo sólidas garantías. No les dieron nada porque se presentaron de forma muy correcta y con cara demasiado honesta. Por eso he llegado a la conclusión de que hay que engañar al Templo si uno no quiere ser engañado por él. Así que nunca preguntaré al Templo si Jesús es el Mesías prometido o no; yo sé que lo es. ¿Qué dices de esta opinión mía?».

Capítulo 89. Conversación entre Kora y Chiwar sobre el Mesías. Satanás desafía a Chiwar

1. Dijo el superior: «Amigo, te amo; nunca encontré un alma tan honesta. Verdaderamente, tienes toda la razón. Conozco demasiado poco a este Jesús para poder asentir espontáneamente a tu creencia. Se sabe que, desde David, las profecías nunca se han confirmado, por lo menos no en sentido mundano. Todo lo contrario: frente el prometido reino eterno de David, la presencia de los romanos es una prueba palpable contra la profecía mayor aún que los cuarenta años de cautividad babilónica. Con tal que la profecía no sea una nuez completamente hueca no me opongo a aceptar tu creencia. Pero ¿qué pensáis todos vosotros y los sacerdotes y fariseos de las demás ciudades?».

2. «Lo que te acabo de decir, es lo que opinamos todos nosotros en esta ciudad», respondió Chiwar. «A los de Cafarnaúm, a raíz de algunas duras lecciones que tuvieron que pasar, ya no les falta mucho. Referente a las demás ciudades, dejémoslos de momento tranquilos con sus antiguas convicciones.

3. Si este va a ser tu puesto en el futuro, puedes confiar en lo que te digo: en pocos años Galilea quedará totalmente independizada del Templo. Como de todas formas Galilea figura en la última hoja del pergamino en el Templo, no importará si arrancamos esta última hoja. Los romanos y los griegos están de nuestra parte y podemos confiar en ellos, igual que podemos contar un poco con la gran Misericordia viva de Dios, de modo que al Templo le será muy difícil tocar nuestro cultivo de hisopo21».

4. «Te doy la razón en todo», respondió Kora, «y estoy cada vez más convencido de ello. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que el arcángel Miguel, el espíritu celestial más poderoso después de Dios, tuvo que mantener con toda su fuerza y poder durante tres días y tres noches una dura lucha contra Satanás por el cuerpo de Moisés. Si Satanás nos quisiera desafiar ahora, ¿cómo podríamos vencerle?».

5. «No sólo con uno sino con diez mil diablos me atrevería a luchar, aunque no soy ni mucho menos el arcángel Miguel. Para pararle los pies al Malo sólo hace falta tener valentía ; así no conseguirá nada aun con todo el infierno lleno de diablos. Pero si uno muestra debilidades a las que puede aferrarse, entonces la lucha será cien veces más dura.

6. Aunque te aseguro que nunca construiré un templo ni incensaré a Satanás para que me deje en paz. Si tiene ganas de pelear, que venga a luchar con Chiwar. Vosotros seréis testigos de que terminaré con él antes de tres días».

7. «Amigo», dijo el superior, «arriesgas demasiado siendo un mosquito como eres. En vez de desafiar a un león y luchar con él, harías mejor pidiendo a Dios que te ampare para siempre de las persecuciones de Satanás».

8. «Amigo», respondió Chiwar, «conozco un nombre que vence a legiones de Satanases y diablos. ¿Dónde está Satanás, si es que tiene la valentía de enfrentarse conmigo?

9. Aunque el mosquito no es nada comparado con la fuerza del león, pondrá en fuga al león más fuerte si así lo quiere. Si se mete en el oído del león y zumba, el rey de los animales creerá que es una fuerte tormenta y huirá asustado.

10. No hace falta tener más poder que el poderoso, lo que vale es la maña. Tú mismo has venido grandemente impregnado de satanismo, que se ha podido vencer gracias a la prudencia que empleé. Ahora eres un hombre libre, elegido por nosotros como superior, y Satanás no ha podido hacernos daño ni nos lo hará en el futuro.

11. Sé lo que sé y puedo lo que puedo, y afirmo que Satanás nunca será mi amo y señor».

12. «Amigo, no hables demasiado alto», respondió Kora. «Lucifer tiene ojos y oídos en todas partes. Con la ayuda de Jehová y de tu Mesías, al que todavía conozco poco, no podrá hacernos daño alguno. Sin embargo, tampoco hay que desafiarle. ¡Dios nos guarde de su visita, sea como sea!».

13. «Yo tampoco deseo la lucha», añadió Chiwar, «pero no la temo».

14. Apenas Chiwar hubo pronunciado estas palabras, entró de repente un gigante tremendo en la sala, se plantó delante de Chiwar y le dijo con una voz de trueno que hacía temblar sus pilares: «¿Eres tú la mosca atrevida que quiere desatar una tormenta en el oído del león? ¡Atrévete, gusano miserable, veremos cómo resistes la lucha contra mí! Tengo un poder especial que tu desconoces todavía. Tu Mesías depende únicamente de mi magnanimidad, porque es deshonroso para mí prestarme a luchar con mosquitos. Pero si hace demasiadas pamplinas contra Mí, mandaré que le cuelguen sin más en el madero. Entonces podrás adorar a tu Mesías allí colgado. Pero tú, ¿qué harás si te despedazo ahora mismo en mil pedazos?».

15. Acto seguido, Chiwar se levantó suavemente de su asiento y lanzó al gigante, —es decir, a Satanás— las siguientes palabras: «¡Miserable!, ¡sal inmediatamente de aquí tal como has entrado, pero con el propósito serio de no volver nunca a pisar este lugar sagrado! En caso contrario, ¡que Jesús, el Señor, te juzgue!».

16. Cuando pronunció el nombre de Jesús, el gigante retrocedió varios pasos, y, loco de ira, mandó que nunca más se pronunciara ante él ese nombre odioso.

17. Chiwar dijo sin embargo: «Tengo que hacer ruido en tu oreja para que te des cuenta de cómo el león huye ante un mosquito zumbador».

De modo que continuó: «¡Que Jesús, el Hijo del Altísimo, te juzgue y te castigue! ¡Que Jesús, el Hijo del Altísimo, te eche fuera para siempre! ¡Que Jesús, el Hijo del Altísimo, te castigue por tus innumerables sacrilegios!».

18. Satanás, sin esperar a que terminara con la última invocación, se alejó con gritos de furia.

19. Entonces Chiwar dijo a Kora, que temblaba de miedo como un sauce llorón al viento: «¿Ves ahora cómo se puede ahuyentar al león? ¿Por qué no me ha hecho polvo inmediatamente? ¡Por su gran debilidad! ¡Si se pica, que vuelva!; puedo asegurarte que, en el nombre de mi Jesús, saldrá de aquí más rápidamente de lo que ha salido ahora!».

20. «Amigo», respondió el superior, «admiro tu increíble valentía, y me parece como si hubiéramos vuelto a los tiempos maravillosos de nuestros patriarcas. Pero, permíteme que te pida que no vuelvas a desafiar nunca más a Satanás a otra lucha. Pues él tiene mil ideas y reviste cualquier aspecto para presentarse, incluso el de un ángel de Luz, y creo que en una forma celestial será mucho más peligroso que como hemos tenido ahora el honor infernal de verle».

21. «Tenemos la piedra de toque», respondió Chiwar, «por la que podemos conocer inmediatamente su calaña, no importa el aspecto con el que se presente. Pero de momento podemos estar tranquilos, pues esta vez ha recibido para bastante tiempo».

Capítulo 90. Kora recuerda cuando el Señor limpió el Templo de Jerusalén

1. Tras estas palabras, Kora preguntó a Chiwar si Yo seguía todavía en el lugar y si podía conocerme más de cerca. Y añadió: «Ahora me he dado cuenta que tu Mesías tiene algo extraordinariamente divino, porque Satanás no le favorece sino todo lo contrario: sólo oír su nombre es el mayor sufrimiento para él. Estos dos hechos innegables, que he visto con mis propios ojos de forma milagrosa, me tranquilizan y me convencen de que la razón te asiste por completo cuando exclamas “Hijo del Altísimo”. Sin embargo, me gustaría conocerle personalmente si fuera posible. ¡Llévame hasta Él!».

2. «Eso estaría bien y yo soy el primero que quiere llevarte hacia Él», dijo Chiwar. «Pero como el pueblo todavía no te acepta completamente, correremos el riesgo de que la muchedumbre nos apedree. Además, Él se está preparando para su viaje, de modo que quizás no convenga que le estorbemos. Sin embargo volverá aquí o a Kis para pasar el invierno. Entonces tendremos oportunidades más que suficientes para conocerle más de cerca. Por eso creo que más vale posponer ese encuentro hasta entonces».

3. «Es completamente cierto lo que dices», respondió Kora, «pero no puedo reprimir el anhelo de conocer personalmente a este hombre tan extraordinario, a través del cual actúan toda la plenitud del Poder, la Fuerza y la Magnificencia divinas. Ahora mismo estoy recordando un hecho que ocurrió un postsábado, día en el que precisamente este Jesús expulsó del Templo a todos los compradores y vendedores, y volcó todos los puestos de los cambistas. Los animales que estaban allí para ser vendidos empezaron a aullar y huyeron atemorizados de las naves del mercado instaladas en el Templo.

4. Aquel hombre, al que yo mismo hablé aunque no de manera amable, era galileo y también se llamaba Jesús. Le acompañaba un gran número de hombres y mujeres de aspecto bastante ordinario que más bien parecía un grupo de vagabundos galileos. Su guía, Jesús, era sin embargo diferente; algo extraordinario le distinguía.

5. No hablaba mucho. Pero lo que decía era profundo, verdadero y sustancioso. También había curado muchos enfermos en Jerusalén. Pero cuando el asunto llegó a conocimiento de Herodes, a quién este Jesús temía por lo visto bastante, el milagrero desapareció repentinamente durante la noche y no pudimos saber a dónde se había dirigido. No parece posible que viniera directamente a Galilea, puesto que habríamos tenido pronto noticias a través de los espías que enviamos.

6. Después de algunas semanas, nos llegaron rumores sobre Jesús, el hijo del carpintero. Pero no pudimos suponer en absoluto que este hombre conocido por todos, sencillo, callado, sin formación pues ni siquiera dominaba la lectura y la escritura, pudiera ser precisamente el Jesús poderoso ante el cual miles de personas temblaron en el Templo de Jerusalén como si hubiese llegado el día del juicio final. Pero si el conocido carpintero Jesús es quien lleva a cabo estas obras divinas, entonces también será Él quien atemorizó a toda Jerusalén en la Pascua. Si esto es así, entonces ya le conozco de antes y no tengo que molestarle ahora».

7. «Si, efectivamente es el mismo», respondió Chiwar. «Yo le conozco ya desde hace algunos años, igual que al viejo José que murió el año pasado. Sin embargo, no he descubierto en Él nada raro, aunque, como me han contado aquí y allá, ocurrieron sucesos extraordinarios cuando nació en un establo de Belén y siguieron sucediendo hasta sus doce años. Pero a partir de entonces se fueron perdiendo tanto las grandes esperanzas de sus padres como todo lo que había de espectacular en Él y, hasta que cumplió los treinta, siguió siendo sólo lo que es: un humilde carpintero que no llamaba la atención.

8. Siempre fue parco en palabras, algo insociable. Siempre hacía el bien a los niños y a los menesterosos. Se dice que se le ha visto orar frecuentemente y también llorar, pero nunca reírse. Se alejaba de las diversiones ruidosas y amaba la soledad. Resultó sorprendente verle muy escasas veces en una sinagoga o en una escuela, que sólo visitaba algunas veces al año por el ferviente deseo de sus padres, saliendo rápidamente de ellas visiblemente enojado. Nunca se le ha visto en una casa de oración. Estas singularidades fueron las que hicieron que se le considerara un retrasado.

9. Sin embargo, a los treinta años desapareció de pronto de la casa paterna y cuentan que se permaneció un tiempo en el desierto de Betania, donde, en la otra orilla del Jordán, actuaba el famoso Juan, por el que incluso se hizo bautizar. Desde entonces, provisto de la Fuerza divina, caminó de un lugar a otro instruyendo al pueblo sobre el Reino de Dios, curando a los enfermos y expulsando de los poseídos los espíritus malignos. Este es, en un breve resumen, su vida: parte lo he visto yo mismo y lo demás me lo han contado».

10. «Sí, sí, puedes tener razón», contestó Kora. «La historia de Belén causó mucho revuelo hace aproximadamente treinta años. Y si no me equivoco, el viejo Herodes ordenó la cruel matanza de varones recién nacidos justamente a causa de Él, aunque su familia pudo huir con Él a Egipto. Ahora entiendo muchas cosas: ¡es efectivamente el mismo Jesús! Desde luego es cierto que le distingue algo especial. Quisiera hablarle personalmente antes de que abandone este lugar».

11. «Como quieras, me da igual», contestó Chiwar. «Pero entonces conviene informar antes al pueblo mediante un pregón que, como superior legítimo, estás enteramente a su favor. De lo contrario, no sería recomendable pasar por las calles sin protección, pues conozco a mis nazarenos».

12. «Pues bien», respondió Kora, «manda rápidamente algunos pregoneros que anuncien favorablemente mi nombre al pueblo, no sea que Él se nos vaya antes».

13. Chiwar, sin más dilación, envió doce pregoneros que presentaran muy favorablemente el nuevo superior al pueblo. La gente les interrumpió varias veces con gritos de júbilo y empezó a reunir diversos obsequios valiosos para ofrecerlos al nuevo superior el siguiente antesábado.

14. Cuando los pregoneros volvieron a la sinagoga con la buena noticia, el superior dijo a Chiwar: «¡Vayamos rápidamente a buscarle no sea que al final no quiera recibirnos: deseo decididamente hablarle!».

15. «Ya estoy listo», respondió Chiwar. «Sería una atención hacia Él que le despidiéramos todos con una visita. Pero vayamos nosotros dos solos».

16. Chiwar y el nuevo superior abandonaron inmediatamente la sinagoga. Pero a pocos pasos tras la puerta de la ciudad, se encontraron con Boro, Jairo, su mujer Sara y la madre María, quienes les dieron la noticia, muy triste para ellos, que hacía media hora que el Señor había emprendido el viaje con sus doce discípulos y con los siete discípulos nuevos de Juan.

Capítulo 91. Los amigos de Jesús en casa de Boro

1. Esta noticia entristeció mucho al superior. Boro aprovechó la ocasión y les invitó a él y a Chiwar a su hermosa casa, grande como un palacio, donde inmediatamente mandó prepararlo todo para agasajar espléndidamente al nuevo superior.

2. También se reunieron con ellos Bab y Robano, de manera que durante toda la noche no se habló de otra cosa sino de Jesús, el Señor.

3. Finalmente, el superior preguntó: «Decidme, ¿cuál ha sido el motivo por el que no se ha atrevido a quedarse aquí teniendo en cuenta todo lo que he oído de Él? Cosa distinta sería que tuviese que ausentarse un tiempo a causa de su excelsa profesión. Pero da la impresión que lo que le ha impedido quedarse ha sido el temor a Herodes. Un hombre como Él —cuya verdadera naturaleza entiendo ahora— al que obedecen Cielo y Tierra y cuyo mejor amigo es el gobernador romano, no debiera tener motivo alguno para huir del débil rey de Jerusalén.

4. De cualquier manera que se interprete el asunto, seguramente no es un buen ejemplo para los habitantes de la Tierra que este Dios empiece a temer a los diablos y huya de ellos.

¡Hum, hum!, cuanto más pienso sobre ello, más enigmática me parece esta historia.

5. Si no me dais más explicaciones sobre el particular, he de decir francamente que vosotros, y yo, nos hemos equivocado grandemente sobre este hombre. Pues el Todopoderoso no necesita en absoluto temer a Herodes, que quizás tampoco ha pensado nunca en perseguirle. Yo soy uno de sus favoritos y le conozco mejor que cualquiera de vosotros: por ello sé que ya se ha arrepentido miles de veces de haber matado a Juan. La muerte repentina de Herodias y de su hija le ha causado un miedo tal que seguramente nunca volverá mandar matar a un profeta.

6. Así que Jesús debe haberse ido tan rápidamente de aquí por otras razones. Por horribles que sean las cosas que, alterados, le hayan contado los siete discípulos de Juan, me pregunto si un hombre de una sabiduría elevada, procedente de Dios, que sabe lo que estamos hablando aquí sobre Él, puede dar crédito a los que han inventado mentiras palmarias sobre Él. ¿Nadie me puede dar explicaciones sobre su repentina partida que me tranquilicen?».

7. «Querido amigo», respondió Boro, «tenemos problemas para hacerlo pues a todos nos extrañó su huida, aunque estamos totalmente convencido que Él es y sigue siendo el que hemos reconocido y aceptado. Por otra parte, y hablando francamente, también estaba preocupado por tu causa, razón por la que esta mañana se despidió de todos los que le siguen y de las autoridades romanas que estuvieron con Él durante varios días. Aunque no debería tener motivo alguno para temerte puesto que ahora estás a su favor. Así que debe haber decidido emprender este viaje repentino por alguna otra razón completamente diferente».

8. «Pero cuéntame, por favor», insistió el superior, «¿qué sucedió antes de su partida? Quizá yo, o más bien su amigo Chiwar, consigamos descubrir la verdadera razón».

9. «Pues el asunto fue el siguiente», contestó Boro. «Durante la mañana mandó a sus doce discípulos, a los que Él llama “apóstoles”, que fueran a la mar y prepararan un barco para Él y, quizás, también a averiguar si habían llegado de Jerusalén algunos espías o asesinos pagados. En la ciudad fronteriza de Sibara hay un puesto de aduana que pertenece a un tal Mateo, igualmente discípulo de Jesús. Allí se reunieron los sus discípulos con los siete discípulos de Juan, con los que ya se habían reunido anteriormente para que comunicaran al mismo, entonces encarcelado, las palabras de Jesús. Estos siete discípulos contaron a los apóstoles todo lo que le había sucedido en Jerusalén a su maestro Juan.

También les contaron que Herodes confesó abiertamente a los espías y asesinos que le tenían al corriente sobre Jesús, que Jesús era Juan resucitado y que, después, los había enviado secretamente tras Jesús con las siguientes instrucciones. Si se confirmaba que Jesús era realmente Juan resucitado, debían dejarle ileso y volver tranquilamente a casa. Pero si se trataba del demagogo Jesús, tenían que intentar matarle y, si tenían éxito, podrían esperar una buena recompensa de su parte. Si no lograban matarle por ser Jesús un Hombre—Dios invulnerable, también recibirían la misma recompensa, y él y toda su corte se convertirían en seguidores suyos. Estas son las noticias que los discípulos de Juan trajeron al Señor Jesús cuando vinieron a Nazaret con sus discípulos.

10. Jesús dijo cuando las escuchó: “Con esta comprobación indigna de mi Divinidad, Herodes nunca será discípulo mío. La Tierra es grande y Yo encontraré un sitio donde sus despreciables esbirros no me encuentren. ¿Acaso el Hijo del hombre ha venido para llegar a ser lo que es gracias a asesinos a sueldo? ¡No!, ¡eternamente no! Nunca tendrá respuesta quien me pregunte quién soy con las armas en la mano. De todas formas, ya es tiempo que nos vayamos de aquí. Veremos si en otras regiones podemos ganarnos a personas que crean lo que somos sin levantar armas contra nuestra vida física”.

11. Tras estas palabras de Jesús, emprendieron inmediatamente el viaje y Él dijo: “Quiero que salgamos inmediatamente porque veo que cerca de aquí se han reunido aproximadamente unos seiscientos esbirros de Herodes. Así que ¡vámonos enseguida!”. Acto seguido todos emprendieron el camino hacia Sibara. Ahora ya estarán en alta mar».

Capítulo 92. Misericordia del Señor con la humanidad

1. Tras estas explicaciones, el superior dijo: «El asunto cambia totalmente. Jesús no ha huido por miedo sino por pura prudencia. Por un lado para evitar que Herodes, que es difícil que mejore, caiga en la tentación de volverse peor de lo que es y, por otro, para evitarle un castigo bien merecido. Ha actuado muy bien por lo que no tengo sino elogios para Él.

2. Nadie sabe como es realmente Herodes. Por una parte una persona benévola que hace el bien aquí y allá y, por otra, un diablo de primer orden. Un día cualquiera, en un impulso de bondad y magnanimidad, hace grandes promesas y las cumple en la persona que llega a poco de haberlas hecho. Pero ¡ay de aquel que venga el día siguiente a recordárselas! No sólo no recibirá nada de lo prometido sino que incluso será rechazado de modo tan insultante y grosero que se le quitarán las ganas de volver posteriormente a recordárselas.

3. Por eso es imposible llegar a ningún acuerdo amistoso con él pues no lo cumple. Nuestro venerado salvador Jesús lo sabe igual que nosotros y por eso se fue con toda razón. Aunque Herodes se haya convencido cien veces que Jesús es invulnerable, eso no es ninguna prueba para él. Lo que sucede hoy, mañana le trae sin cuidado. O bien no tiene memoria alguna, o sus normas de actuación sólo tienen en cuenta sus propios intereses, intereses que excluyen las necesidades de los demás.

4. Que es un zorro astuto no precisa prueba alguna. Domina el arte de recaudar impuestos a la fuerza, igual que el de estar en deuda con los romanos por arrendarle su cargo. Yo sé cómo lo hace, pero de ello hablaremos en otro momento.

5. Quisiera que me dijerais si nuestro salvador Jesús volverá algún día a Nazaret. ¿No os ha dicho nada sobre ello?».

6. «No dijo nada en concreto», contestó Boro. «Espero que pasará el invierno con nosotros. Pero también puede ser que lo pase en Sidón o en Tiro. En este caso Él nos lo dirá e iremos a reunirnos con Él temporalmente».

7. «Seguramente vendrá aquí pero, como otras veces, sólo por unos días», dijo con cara triste la madre María.

8. «Oh, querida madre, no te preocupes», respondió el superior. «No se olvidará de nosotros y mucho menos de ti».

9. «Es cierto, no nos olvidará», dijo la madre. «Pero para mí es muy triste que haya de ver cómo los hombres ciegos y malvados desprecian intencionadamente a su eternamente mayor benefactor, persiguiéndole y ofendiéndole».

10. «Querida madre», respondió el superior, «los hombres son como son. David, en su desesperación, tuvo motivos para exclamar: “¡Vana es la ayuda de los hombres, porque ninguno puede socorrer al angustiado!”. De todas formas, este ha sido el triste destino de todos los grandes hombres dotados por Dios con facultades sublimes y misteriosas: los gusanos humanos siempre los persiguieron al igual que el águila poderosa persigue a las menudas golondrinas. Y es porque los insignificantes humanos quieren ser grandes pese a toda su inanidad, y no pueden soportar la aparición de un hombre realmente poderoso ante el cual se dan forzosamente cuenta de su gran pequeñez.

11. Mira los grandes profetas. ¿Cuál fue su destino en la Tierra? Sólo pobreza desde que nacieron, escasez y privación de todas las cosas. Padecieron envidia, persecución y, finalmente, una muerte violenta a manos de los egoístas gusanos humanos. Por qué Dios lo quiere así, siempre ha sido un enigma para mí. Sin embargo, la experiencia nos enseña una y otra vez que, lamentablemente, así ha sido siempre y que no podemos hacer nada en contra, al igual que no podemos evitar que los días sean cortos en invierno. Dios lo ha establecido de esta manera y no lo podemos cambiar; podemos esperar sin embargo que será mejor en la otra vida.

12. Por lo que he oído de Él, tu hijo divino tiene Poder más que suficiente para acabar de un golpe con toda esta inmundicia de los hombres. Pero en el hecho de que prefiera alejarse de Herodes y huir de él, podemos ver claramente que no quiere derrotarle con un soplo. Él, que podría hacerlo, no lo hace, y nosotros no podemos . Así el asunto sigue siempre igual de mal. Si alguna vez vuelve aquí, mantendré con Él una conversación seria sobre esto».

13. «Sin embargo, no será muy fructífera», respondió Boro. «Yo estaba presente cuando el gobernador —que es, además, tío del emperador— le hizo una propuesta tras otra para intentar mejorar el mundo. Todo fue en balde. Nos mostró claramente cual es la naturaleza de la humanidad y que la mejor manera de guiarla para que llegue al destino eterno que Dios le ha preparado es mediante la enseñanza pura, sin juicios ni castigos especiales, dejándola después que decida libremente por sí misma. El gobernador y todos nosotros tuvimos que darle toda la razón, y lo las medidas de castigo varias veces propuestas quedaron suspendidas. Por eso puedo asegurarte de antemano que tampoco conseguirás nada con la conversación que te propones».

Capítulo 93. Boro habla de la naturaleza del ser humano

1. «Ya lo veremos», respondió el superior. «Pues desde el punto de vista de las condiciones terrenales la humanidad ha empeorado en vez de mejorar. ¿Qué importancia tienen hoy Moisés y los grandes profetas? Os puedo decir que la “buena sociedad” se ríe de ellos. Como mucho los toman por hombres píos, pero para la mente humana sus palabras no son sino fábulas inútiles. Por el contrario ponen por las nubes, por encima de todos los profetas, las doctrinas de un Pitágoras y de un Aristóteles. Ello es una prueba viva de que los mandamientos y las enseñanzas de Jehová, por elevados y verdaderos que sean en el fondo, no cumplen el objetivo que con ellos se pretendía conseguir de los hombres.

2. ¿De qué sirve toda la revelación si no son utilizados también medios contundentes, únicos con los que es posible conseguir que los hombres respeten siempre fielmente la manifestación divina? ¡Que los padres intenten educar a sus hijos sin el látigo: pronto verán cuánto estiman los niños la educación, por sabia y buena que sea!

3. Por ello no confío en enseñanzas ni leyes, si no van acompañadas por el riguroso castigo correspondiente. El hombre es malo desde su nacimiento y ha de ser corregido mediante sanciones».

4. «En este sentido estoy de acuerdo contigo», respondió Boro. «Pero existe un gran inconveniente que sólo conocerás cuando Él te lo explique personalmente.

5. Si, por ejemplo, tenemos delante de nosotros un instrumento mecánico con el que queremos realizar algún trabajo, al principio estamos admirados por su fantástico funcionamiento. Pero cuando empezamos a trabajar con él de manera más detallada, nos damos cuenta de una gran cantidad de defectos que nos incitarán a querer corregirlos de forma inmediata. Entonces nos dirigiremos al constructor de la máquina para hacer las reclamaciones oportunas.

6. El constructor, sin embargo, se sonreirá y nos explicará los pormenores del mecanismo, diciendo por ejemplo: “Queridos amigos, teóricamente sería posible. Pero en la práctica no, porque hay que tener en cuenta muchos puntos esenciales de la máquina. Quien la construyó lo hizo según sus propias necesidades, para las que sólo necesita los dispositivos que hemos visto. Cualquier aditamento sería el fracaso de la máquina misma. Está concebida para una fuerza determinada, por lo que no puede aplicársele otra mayor de la necesaria para cumplir su fin. Si poseyera otra mayor de la que, por ejemplo, es precisa para producir un tejido, el tejedor rompería de golpe el producto. El mecanismo de la máquina corresponde pues al objetivo que ha de cumplir y cualquier cambio, en más o en menos, producirá un fallo seguro. Una vez que el uso prolongado desgasta la máquina es cuando llega el momento de repararla y recuperar el estado original que puede asegurar el funcionamiento correcto que garantice la finalidad para la que fue concebida”.

7. Así nos aclarará el buen constructor la situación y, finalmente, comprenderemos que tiene razón. Pues cada maestro conoce su oficio obviamente mejor que nosotros, unos pseudo—maestros. Si le preguntásemos a Jesús el Señor cómo es posible que los hombres pueden convertirse en auténticos diablos viviendo al lado de la Sabiduría divina, nos daría una respuesta parecida.

8. ¿Qué sabemos nosotros de la constitución y características interiores de los humanos? Muchas veces quisiéramos condenar lo que el Señor bendice. Porque, en el fondo, no entendemos ni lo bueno ni lo malo.

9. Todo hombre, por bueno que sea, alberga en su mente algo de egoísmo. Debido a ello juzga a sus semejantes y, en cuanto actúen de manera no compatible con su egocentrismo, los culpabiliza. Pero como cada persona piensa sólo en sí misma, continuamente se producen juicios equivocados sobre el prójimo. Estas interpretaciones erróneas no producen sino insatisfacciones mutuas, enfados, envidia, rabia y muchas otras cosas parecidas.

10. ¿Quién es entonces culpable del envilecimiento de los hombres? ¡Los mismos hombres! La máquina de la vida se va desgastando con el tiempo, por lo que su noble constructor ha de repararla de tanto en tanto, e incluso reconstruirla de nuevo.

11. Ahora, al cabo de casi un milenio, parece que ha llegado el momento de una reconstrucción así. Los hombres se conservarán posteriormente algo más perfeccionados durante un cierto tiempo. Sin embargo no permanecerán de esta manera más que, como máximo, unos dos mil años. Nosotros seremos testigos desde el Más Allá de que sucederá lo que acabo de decirte».

12. «Pues bien, te felicito», respondió el superior. «Eres un discípulo digno de tu Maestro. Ya veo que de momento no puedo competir contigo en la Sabiduría verdadera. Pero me esforzaré junto a mi amigo Chiwar para llegar a ser capaz de conversar contigo sobre estos temas. Con la actual sabiduría del Templo no se llega muy lejos, puesto que tampoco tiene un origen profundo».

Capítulo 94. Los amigos del Señor conviven en Nazaret

1. Después que el superior hizo la anterior observación, llegaron unos hombres de la ciudad y trajeron un enfermo endemoniado desde hacía muchos años. Era muy pobre y su familia no se había atrevido a pedir la ayuda de un médico, ni tampoco a traérmelo porque entre la población corría el rumor de que quien se dejara curar por Mí tendría que consagrar su alma a Belcebú. A Boro también le calumniaban diciendo que había aprendido esas obras “diabólicas” de Mí.

2. Cuando Boro vio al loco y a sus algo topes amigos, les dijo: «¿Qué ha pasado para que me traigáis este enfermo? ¿Qué hizo para que queráis entregarle al diablo?».

3. «Señor», respondieron los dos acompañantes, «nos han convencido que era mejor traértelo a ti».

4. «¿Quién os ha convencido?».

5. «Señor», contestaron ambos, «precisamente aquellos que antes nos habían convencido de lo contrario y nos mantenían en una ceguera total».

6. «Entiendo, entiendo», respondió Boro sonriendo, «pero ¿qué queréis que haga con el loco? Su mal ha ido empeorando a causa de vuestras pamplinas y será muy difícil ayudarle por vuestra falta de fe».

7. «Pero, señor», se indignaron los dos, «si no tuviéramos fe como dices, no le habríamos traído aquí».

8. «Pues bien», contestó Boro, «veamos qué es lo que puede la fuerza de Dios en el hombre». Se acercó al enfermo y le dijo en voz alta: «Quiero que en nombre de Jesús, el Señor desde la Eternidad, vuelvas a estar sano, te cures y sigas tu camino libremente».

9. En ese mismo instante, el enloquecido quedó curado, honrando a Dios por haber dotado al hombre de esta gran fuerza.

10. El mismo Boro también alabó fervientemente a Dios y colmó de regalos al curado y a sus dos amigos, dándoles igualmente de comer y de beber de lo que había quedado en las mesas de los invitados.

11. Acto seguido el superior se acercó a Boro y le dijo: «Verdaderamente nunca hubiera esperado esto de ti. Hoy he visto en la sinagoga que en el nombre de Jesús hay una fuerza especial que respetan grandemente incluso los poderes de las tinieblas. Pero que invocando este nombre también desaparezcan las enfermedades físicas, sean de la clase que sean, sólo lo he visto aquí y ahora. En la persona de este Jesús debe haber verdaderamente algo mucho más importante que un profeta como el que fue Elías, pues, a lo que sé, nunca se curó un enfermo simplemente en su nombre. Amigos míos, tendremos que hablar todavía mucho sobre el nombre de Jesús».

12. Tras estas palabras, el superior se acercó al curado para preguntarle si se sentía totalmente sano.

13. «Tan sano como ahora, nunca lo estuve antes, y tengo ya cincuenta años. ¡Esto sí que es una curación!».

14. El superior le felicitó y le dio una moneda de oro.

15. Sin embargo, el curado la rechazó diciendo: «Señor, hay personas más pobres que yo en Nazaret, dásela a ellos. Ahora puedo trabajar y eso es para mí la mayor riqueza».

16. «Eso sí que es altruismo», contestó el superior. «Verdaderamente, no me lo hubiera esperado de ti. Soy el superior de la sinagoga de Nazaret y de toda Galilea y tengo mi domicilio aquí, y no en Cafarnaúm. Me tienes a tu disposición cuando necesites algo».

17. «Quedan pocos hombres verdaderamente buenos», respondió el curado. «Los pobres harán bien en recordarlos cuando padezcan necesidad. Agradezco tu ofrecimiento y me dirigiré a ti cuando lo necesite».

18. Tras estas palabras, el curado y sus acompañantes se levantaron, dieron las gracias a Boro y al superior, y se pusieron en camino hacia su casa. Tenían una vivienda alquilada a varios cientos de pasos a las afueras de la ciudad, al igual que la mía que también se encontraba en las afueras de Nazaret, pero en el lado opuesto.

19. Tras lo sucedido en casa de Boro, el grupo aún continuó hablando sobre ello durante muchas horas. Ya era más de medianoche cuando se disolvió; sólo la madre María se quedó en la casa de Boro porque allí estaba en buenas manos. Mis dos hermanos mayores cuidaron mi casa durante mi ausencia, y Boro les procuró todo lo necesario. De esta manera vivieron mis amigos en comunidad y en la mejor armonía, y conversaron día tras día sobre Mí, sobre mis enseñanzas y sobre aquellas de mis obras que ellos mismos habían podido presenciar.

20. El nuevo superior todo lo seguía controlando cada vez con más rigor. Pero siempre se le pudo convencer de que lo atenuara. Él también era de esos hombres que al día siguiente toman a la ligera lo que han vivido el día anterior y olvidan lo que han prometido. Chiwar y Robano tuvieron la vida difícil con él, que, por lo demás, era muy bueno. Se había propuesto actuar y ser rigurosamente justo, pero siempre vacilaba entre la justicia y la arbitrariedad porque siempre se preguntaba qué era lo “recto”.

21. Y aunque se le explicara mil veces que lo verdaderamente recto consistía en vivir conforme a los mandamientos de Dios, hoy lo entendía perfectamente bien, pero al día siguiente tenía tal cantidad de argumentos en contra que a Chiwar no le resultaba fácil refutarlos. A esas alturas Chiwar comprendió por qué Yo le había advertido que prestara especial atención al nuevo superior porque todavía no se podía confiar completamente en él.

22. Lo que preocupaba al superior más que todo era el poder de mi nombre. Aunque frecuentemente se comportaba de manera insoportable, Chiwar le podía corregir fácilmente sólo nombrándome. Además, Boro ejercía una influencia positiva sobre él, de manera que, al menos durante unos días, creyó firmemente en mi nombre.

23. Con esto se da a conocer lo que hicieron los nazarenos después de mi partida, de modo que podemos hablar de nuevo sobre Mí y sobre lo que hice y enseñé después.

Capítulo 95. El milagro de la curación y de la multiplicación de los panes y los peces

en el desierto. (Mt 14, 13—24)

1. Por lo que los discípulos de Juan me contaron, y como Yo ya sabía lo que ocurriría después, mandé a su debido tiempo que la multitud saliera de Nazaret, lo abandoné yo también y, con mis doce discípulos, me fui a las orillas de la mar, en Sibara. Allí me embarqué en dirección al norte de Betania. Los discípulos me contaron en el barco lo que habían hecho y enseñado el día anterior, y Yo elogié su trabajo.

2. Llegados a donde íbamos, pedí a los discípulos que se quedaran un rato solos en la barca, mientras que Yo desembarqué acompañado por algunos de ellos para buscar un lugar apartado del desierto donde poder meditar y para elegir un sitio seguro de las persecuciones de Herodes.

3. A bastante distancia nos siguieron muchas pequeñas embarcaciones. La gente supo rápidamente donde me encontraba, y no era mi intención esconderme totalmente de semejante muchedumbre de menesterosos.

4. Así que no llevaba en el desierto ni un día cuando desde las ciudades, los mercados y los pueblos, acudió una gran multitud, además de ochocientos discípulos que se me habían unido a lo largo de mis viajes anteriores por ciudades y mercados, a los que había mandado volver a sus casas la mañana del día anterior.

5. Algunos de ellos procedían de Caná de Galilea y de Caná de Samaria, otros de Jesaira, y otros de Kis y Sibara, de Cafarnaúm, de Corozaín, de Cesárea, de Genesaret y de Betania. Además, se había corrido la voz en muchos otros lugares, de manera que me seguía una gran muchedumbre tanto por el lago como a pie por el desierto, por donde también acudían muchos enfermos y necesitados. Apenas rompió el día y ya había unos mil peregrinos donde Yo estaba.

6. El sitio que había elegido era una cueva amplia, algo elevada, sin salida por detrás, y rodeada de árboles y arbustos. Delante había una gran explanada en la que se habían reunido ya muchas personas con todos sus enfermos.

7. Mis discípulos, que sabían donde me encontraba, empezaron a temer por Mí al ver que me rodeaban más y más personas que iban llegando de todos lados. Así que dejaron el barco al cuidado de los marineros y subieron a la colina para informarme de la gente que se estaba congregando, entre la que temían que pudiera haber algún esbirro de Herodes.

8. Después que me contaron con todo su cariño y preocupación lo que ocurría —aunque Yo ya lo sabía todo—, salí de la caverna para contemplar la inmensa muchedumbre, y me compadecí de ellos porque me pedían llorando que curara los enfermos que traían.

9. Por ello curé instantáneamente a todos los enfermos presentes y también a todos los que se encontraban todavía en camino. Hubo un gran clamor de alabanza y agradecimiento que duró hasta la noche porque, aunque sus enfermos ya habían sido curados en el camino, llegaban más y más personas para darme las gracias y alabarme. La explanada de delante de la caverna estaba repleta, de modo que los discípulos empezaron a angustiarse. La gente joven incluso se había subido a los árboles para verme mejor.

10. Llegado el atardecer, los discípulos se me acercaron y dijeron: «Señor, estamos en el desierto y ya es tarde. Como vemos que nadie tiene nada que comer, te sugerimos que digas a la gente que vaya a comprar comida a los pueblos».

11. «No es necesario», les respondí, «dadles de comer vosotros. Para beber tienen abundante agua pues aquí hay muchos manantiales».

12. Los discípulos, algo sorprendidos ante mis palabras, respondieron: «Señor, no tenemos más que cinco panes de cebada y dos pescados fritos. ¿Qué es eso para tantas gente?».

13. «¡Traédmelos!», les dije.

14. Mandé a la multitud que se echara sobre la hierba, tomé los cinco panes y los dos pescados y, alzando los ojos al cielo y dando gracias al Padre, partí los panes y se los di a los discípulos para que los repartiesen entre la gente, apartando los pescados y algo de pan para los discípulos.

15. Y todos comieron y se saciaron. Con las sobras llenaron doce grandes cestas de las que se llevaban en bandolera. Y los que comieron fueron unos cinco mil, sin contar mujeres y niños.

16. Se puede entender fácilmente que esta comida, que duró más de una hora, produjo un gran asombro entre la multitud, que decidió nombrarme Rey suyo.

17. Pero como Yo adiviné su intención, mandé a los discípulos que subieran inmediatamente a la barca y que me esperaran en la otra orilla mientras Yo despedía a la muchedumbre. Lo hice para evitar que llevara a cabo su plan, puesto que algunos hombres ya estaban hablando con los discípulos para poner en práctica su idea por el inmenso agradecimiento que me tenían. Pero nadie se atrevía a acercarse a Mí.

18. Al mandar que los discípulos se fueran, interrumpí los arreglos de la muchedumbre con ellos. Así que cuando ya noche embarcaron a la luz de la Luna, la muchedumbre desistió poco a poco de su plan. Una vez adentrados en la mar, Yo despedí a toda la gente, que se fue voluntariamente.

19. Entonces subí a un monte cercano para estar solo y orar con el deseo de unir mi naturaleza humana más íntimamente con el Padre. Allí, estando solo, pude ver con mis ojos físicos, a la luz de la Luna, como la barca de los discípulos era azotada en medio de la mar por las olas que levantaba un fuerte viento contrario.

Capítulo 96. Los discípulos en el mar tempestuoso

1. Fácil es imaginar que los discípulos no estaban contentos. Me hacían numerosas críticas, e incluso Pedro dijo: «¿No pudo darnos esta noche otra cosa mejor que entregarnos a la muerte segura sobre las olas? ¡Esto es verdaderamente muy raro en Él! No me atrevo seguir remando, pues unos metros más y chocaremos contra rocas y bancos de arena; aunque soy un veterano marinero, no puedo garantizar nada. Es mejor que nos quedemos aquí hasta el amanecer».

2. «También quisiera saber», intervino Tomás, «por qué nos despidió tan repentinamente, ordenándonos que saliéramos de allí antes que Él».

3. «Según sé», dijo Andrés, «a lo largo de toda esta costa salvaje no hay ninguna barca; me pregunto cómo podrá seguirnos ¿Acaso por tierra? Si es así, por la costa sur, pasando por Sibara y Kis, tardará más de catorce horas en llegar hasta donde queremos desembarcar. Y si va por la costa norte necesitará por lo menos dos días, porque en esa parte la mar es más ancha y tiene grandes entrantes con extensos terrenos pantanosos».

4. «No sabéis nada», intervino Judas Iscariote. «Me he dado cuenta hace tiempo que le molestamos, aunque no se le presentó una ocasión propicia para deshacerse de nosotros. Y ahora que se ha presentado, se ha librado de nosotros y nosotros nos hemos librado de Él. Aunque le busquemos con todas las antorchas posibles, difícilmente le volveremos a ver. Esto, dicho sea entre nosotros, es poco loable por su parte».

5. «¡No, eso no lo haría nunca!», respondió Juan, el discípulo amado. «Le conozco demasiado bien y desde hace mucho. No lo haría siquiera como hombre, mucho menos como Hijo de Dios, que lo es, sin duda alguna, en toda la plenitud y posesión del Espíritu divino. Lo que ha hecho seguramente implica —como todo lo que viene sucediendo— una sabia razón. Presiento claramente que nos convenceremos de ello de aquí a poco.

6. ¡Dios mío!, si Él, al que obedecen Cielo y Tierra, quisiera deshacerse de nosotros, no haría falta sino un ligero soplo de su boca para enviarnos al fin del mundo, igual que sucedió hace tres o cuatro semanas en la montaña de Kis —que podemos ver desde aquí— cuando precisó sólo un soplo de su boca para que llegáramos hasta la cima de la montaña donde se encontraba, atravesando el aire en un abrir y cerrar de ojos.

Hermano Judas, no me vengas con estas ideas necias y ridículas sobre Él, pues así lo único que haces es poner de manifiesto tu falta de fe».

7. Natanael, que también se encontraba en la barca, dijo: «Soy de la misma opinión que nuestro hermano Juan. Sin embargo creo que podría ocurrir que hayamos pecado contra Él de algún modo y en algún momento, pese a que vigilemos constantemente nuestra conciencia, y Él no haya querido decírnoslo, prefiriendo dejar que nosotros seamos mejores observadores. Cuando nos hayamos enmendado completamente Él volverá a reunirse con nosotros.

8. Yo ya he examinado muy seriamente la mía, pero lamentablemente no encuentro nada que pudiera haber hecho mal. Un pecado consciente sería verdaderamente para mí un alivio muy grande, pues me serviría para aceptar que he merecido esta amonestación del Señor: el arrepentimiento sincero sería un bálsamo para mi corazón. Por eso busco afanosamente algún pecado en mi interior y no encuentro ninguno que merezca hacer penitencia con saco y ceniza. Incluso envidia le tengo a un pecador, aunque no quisiera serlo yo en manera alguna; pero estaría más aliviado sabiendo exactamente cuál ha sido mi pecado ante Dios y ante los hombres. Pero ¿cómo puede un hombre justo vestirse de penitencia sin quedar en ridículo ante Dios?».

9. A esto intervino Bartolomé: «¡Qué ideas más raras tienes algunas veces! ¿A quién se le ocurre decir que un pecador es más feliz que un justo?».

10. «¡No está del todo equivocado!», respondió Juan. «Naturalmente aquí se habla de un pecador por debilidad y quizá algunas veces por una pasión impetuosa, pero no de un curtido siervo del infierno. Nuestro hermano Natanael debe estar en lo cierto».

11. «¡Sí, sí, hermano!», observó Jacob, «Natanael es un hombre del cual ni siquiera somos dignos, en lo que se refiere a la sabiduría sublime y profunda que sabe sacar desde lo hondo. Calla siempre, es de pocas palabras, pero cuando habla hay que escucharle, pues sus palabras son de peso».

12. «¡Pero hermano Jacob, no me alabes siempre que digo algo! El Señor sabe mejor lo que valgo y lo que vale mi débil sabiduría. Si yo tuviera alguna importancia, ya habría llegado a ser un mensajero. Pero sigo siendo un discípulo porque el Señor conoce lo que me falta todavía. Quizá tenga espíritu poético, pero ni mucho menos profético. Mira nuestro joven hermano Juan que es profeta de nacimiento. Como el Señor lo sabe, le ha nombrado escribiente privado suyo».

13. «¡Pero bueno!», contestó Juan. «¿Qué es entonces el hermano Mateo?».

14. «Su escribiente público», dijo Natanael, «pero tú eres el privado».

15. «Puede ser», respondió Juan, «y si así fuera, sería porque el Señor lo quiere; nosotros tenemos que aceptar lo que el Señor nos da».

16. «¡Probablemente ya no os dará nada más!», dijo Judas Iscariote gruñendo. «La arena del reloj ha caído ya cuatro veces, mientras estamos aquí peleando con el viento y con el agua, lo que significa con la vida y con la muerte. Todavía no veo ninguna embarcación que nos siga».

17. «Tampoco eso importa», intervino Juan, «porque Él no nos dijo cuándo nos seguiría».

18. Judas contestó: «Sus justos motivos tendrá. Eso lo entendemos».

19. «Amigo», respondió Juan, «dime sinceramente si después de todo lo que has podido ver con tus propios ojos, oír con tus propios oídos y seguramente también sentir con tus propios sentidos, todavía no crees que, como que me llamo Juan, nuestro Señor Jesús es el Dios verdadero y posee todo el Poder para crear, conducir y obrar plenamente en los Cielos infinitos y en esta Tierra. ¡Te pido que me lo digas con toda sinceridad!».

Capítulo 97. Judas alaba los milagros de los esenios

1. Judas respondió: «Para creer todo eso sin reparos, debería ser tan crédulo como tú y como algunos de vosotros. Hace apenas seis meses que estamos con Él y hemos visto y oído muchas cosas indiscutiblemente extraordinarias y maravillosas. Vosotros, sois gente ingenua que nunca vio ni oyó a otro hombre sino a este Jesús, que a todos nos parece un ser superior, y es natural que le atribuyáis la Divinidad perfecta. Os bastan sus obras y sus prédicas. Pero mi caso es diferente. He viajado por muchos lugares y he visto y oído aquí y allá muchas cosas maravillosas. ¡Id con los esenios y ved las obras que realizan! Os aseguro que a todos ellos los tomaréis por dioses, como los romanos y los griegos quienes, creyéndolos tales, incluso les ofrecen ricas ofrendas.

2. Todo lo que hace nuestro Jesús, e incluso cosas más extraordinarias, podéis verlo entre los esenios. Y como en la Tierra existen también muchos hombres que hacen lo mismo que nuestro maestro Jesús, no veo la razón por la cual debamos atribuirle, en exclusiva y sin duda alguna, los privilegios de la Divinidad perfecta.

3. Si Él fuese el único en la Tierra al que obedecen los elementos, sería fácil creer en su Divinidad. Pero como hay varios hombres así en nuestra Tierra que según he podido comprobar llevan vestido sin costuras, creo que nuestro Jesús debería realizar muchas más obras si queremos atribuirle en exclusiva los privilegios de la Divinidad, creerle sin dudar y afirmar que Él es Jehová de eternidad en eternidad.

4. Vosotros consideráis milagros divinos resucitar los muertos, multiplicar instantáneamente la comida y la bebida, reconstruir los edificios y dibujar signos en la Luna y en el Sol. Pero eso no basta para demostrar la Divinidad de quien es capaz de hacerlo pues yo he visto frecuentemente como también lo hacen los esenios. Curan a los enfermos de forma habitual. Yo mismo fui testigo de cómo el superior de los esenios escribió sobre la Luna en tres idiomas. También fui testigo de cómo oscureció el Sol en pleno mediodía. Había hecho sus números y cálculos y nos dijo: “Dentro de una hora mandaré una plaga a los hombres. Oscureceré completamente el Sol durante un rato, de manera que toda la Tierra permanecerá en tinieblas”.

5. Quedamos atónitos ante promesa tan poco agradable y esperamos temerosos la llegada de la plaga anunciada que, poco a poco, se iba haciendo realidad a medida que el entorno empezaba a oscurecerse. Pasado el tiempo establecido, el superior extendió sus brazos y dijo dramáticamente: “¡Que el Sol se vuelva negro!”. Y, efectivamente, el Sol se oscureció y en toda la Tierra se hizo de noche. Tras algunos instantes, movido sobre todo por nuestros ruegos fervorosos, extendió de nuevo sus manos cuyos dedos resplandecían como fuego, y dijo al Sol: “Los hombres ya tienen suficiente. ¡Vuelve a encenderte e ilumina y calienta de nuevo el globo terrestre!”. Y con esta orden el Sol volvió a iluminarse y, al cabo de media hora, había recobrado todo su calor.

6. Había cerca del gran castillo habitado por los esenios, dentro de un gran jardín cercado por altos muros, un monte bastante elevado que tenía dos veces la altura del castillo. Yo solía visitar los esenios cuatro veces al año. Una vez me dijo uno de ellos: “Si quieres presenciar de nuevo un gran milagro producido por la fuerza de voluntad de nuestro superior, quédate aquí para ver cómo también los montes tienen que obedecerle. Mira, aquel monte nos estorba. Todavía lo verás hoy como es, pero mañana habrá en su lugar un palacio magnífico”.

7. Mirando detenidamente el monte, que se encontraba a unos cuatrocientos pasos del castillo, vi que era efectivamente un bloque rocoso desnudo en el que, aquí y allá, crecían matorrales y musgo. Entonces dije sonriendo a uno de los esenios: “No pongo en duda que es un monte rocoso. Si vuestro superior es capaz de convertirlo durante la noche en un palacio, deberá poseer una fuerza puramente divina”.

8. El esenio me respondió: “Si dudas que el monte sea un inmenso bloque de roca, ven conmigo y te convencerás”. Pero yo le contesté: “Amigo, lo que mis ojos ven claramente, pues a una distancia de cuatrocientos pasos puedo distinguir incluso los más pequeños objetos, no lo tienen por qué tocar mis manos para creerlo”. “Pues bien”, dijo el esenio, “quédate con nosotros, que voy a hacer unos cuantos milagros”. ¡Cuál no fue mi asombro ante lo que vi a continuación!

9. El esenio me llevó a una gran estancia oscura en la que, por lo menos, había unos cien cadáveres colocados sobre sus lechos mortuorios. La gran fetidez me indicaba claramente que todos esos cuerpos ya no eran hombres vivos. Mientras pasábamos entre ellos, tocándolos de vez en cuando, cuatro enterradores trajeron dos más, y los pusieron en dos lechos todavía vacíos, saliendo después de la estancia.

10. Pregunté entonces a mi guía, si no tenía miedo a tantos muertos. Me contestó: “¿Por qué? Mientras estén muertos no nos pueden hacer nada. Y cuando los resucite, me darán las gracias por haberlos salvado de la muerte definitiva. Entre ellos hay hombres, mujeres y muchachas. Lástima que en esta ocasión no haya ningún niño. Pero sé fuerte y no te asustes cuando los llame y todos se levanten de sus lechos”.

11. Entonces me coloqué muy cerca de la puerta para poder salir corriendo en caso de necesidad.

12. El esenio levantó sus manos y grito con voz poderosa: “¡Despertad, vosotros los muertos, volved a la vida y ganaos honradamente el pan con vuestras manos! Pero sobre todo, ¡honrad y alabad al altísimo Espíritu divino por habernos dado a los hombres esta sabiduría y esta fuerza!”.

13. Tras estas palabras, todos los muertos se levantaron completamente sanos y alegres, dando fervorosamente las gracias al esenio por haberlos resucitado. Él, a su vez, también los saludó amablemente y permitió que se fueran.

14. ¿No es una verdadera resurrección, resucitar más de cien cadáveres de una vez? Entonces pregunté al hombre prodigioso si esto lo hacía varias veces al año. “Una vez cada semana”, respondió. “El superior es incluso capaz de reanimar esqueletos sin carne, que vuelven a vivir como estos que acabo de resucitar. Pero yo no tendré semejante fuerza antes de que pase mucho tiempo”.

15. A continuación me llevó a otra estancia todavía más oscura y me mostró una gran cantidad de esqueletos repartidos sobre unos bancos en fila. Una pequeña luz iluminaba algo este horripilante lugar, de modo que se podían distinguir bastante bien los esqueletos.

16. Estuvimos mirando durante un rato esos huesos sin vida, cuando entró el superior con la cara muy seria, preguntando a mi guía si había logrado resucitar los cadáveres. Entonces dijo el guía con profundo respeto: “¡Sí, venerable y sabio maestro!”. “Pues bien”, contestó el superior, “entonces presta mucha atención. Voy a iniciarte, en presencia de este extraño, para que en el futuro puedas resucitar también los esqueletos. Ve y toca con el pulgar y el dedo corazón de ambas manos el pecho y el cráneo de los esqueletos. Después cuenta lentamente hasta siete y exclama: ‘¡Que la carne y la piel os envuelva de nuevo y que el fuego de la vida os traspase para restableceros y para que seáis nuevamente hombres normales!’”.

17. Apenas mi guía acabó de hacerlo, brotaron repentinamente grandes llamas resplandecientes de los esqueletos —eran unos cien— y los mismos se convirtieron en hombres perfectos, llenos de vida y actividad, que nos saludaron y agradecieron al superior esta gran merced. El superior los mandó fuera para que respiraran el aire fresco que les hacía mucha falta.

18. ¿Qué decís de todo esto? ¿No se queda muy atrás nuestro Maestro?

19. Seguidamente me invitaron a comer y nos sentamos todos en una mesa larga donde no había comida alguna. El superior pronunció una oración en un idioma extraño, miró hacia el cielo y nosotros seguimos su ejemplo. De repente se produjo un gran estruendo, como si se hundiera el techo de la habitación. Sin saber cómo sucedió, la mesa estuvo de pronto repleta de los mejores alimentos y bebidas como se merece una cena real. Al acabar la cena volví a mirar una vez más el monte que debía ser convertido durante la noche en palacio y, según me ordenaron los esenios, me fui a una estancia aparte para dormir.

20. A la mañana siguiente llegó muy temprano mi guía y me dijo: “¡Ven y mira!”. Fui con él y... ¡no quedaba ni rastro de la roca! En su lugar se alzaba un palacio magnífico cuyas amplias estancias me fueron mostradas, de modo que me pude convencer plenamente de que todo el milagro no era una falsedad.

21. Ahora os pregunto: ¿Ha realizado nuestro maestro Jesús algo más importante y maravilloso para que podáis declarar que es el mismo Jehová?

22. Yo no lo creo y si tenemos otra vez la suerte de verle, no debéis enojaros si de vez en cuando le hago preguntas que no os gusten ni a vosotros ni a Él. Pues ya antes de Jesús he visto y oído muchas cosas maravillosas; así que tenedlo en cuenta y, si os tenéis por hombres hechos y derechos, no os extrañéis ni os enojéis que de vez en cuando me comporte de forma especial».

Capítulo 98. Juan y Bartolomé explican a Judas los milagros aparentes de los esenios

1. Dijo Juan: «Lo que acabas de contarnos de los esenios, yo y algunos otros ya lo sabíamos antes que tú. Pero todavía sabemos más, y es que tus famosos esenios son unos estafadores aún mayores que los videntes del oráculo de Delfos, los cuales ya han perdido todo crédito.

2. Porque estos hombres —un resto de la vieja casta sacerdotal egipcia, poseedora de grandes tesoros en oro, plata, perlas y piedras preciosas— han ido preparando un “taller de milagros” justo en la frontera entre nuestro bendito país y Egipto, y también tienen ahora otro cerca de Jerusalén con el que hacen los mejores negocios. Esto es lo que sabemos y nos extraña que tú —que no eres nada tonto— no lo sepas».

3. «Es verdad que no soy tonto», dijo Judas, «¡porque he tenido siempre mis cinco sentidos bien despiertos!».

4. «Y aun así no te diste cuenta de nada. ¿Crees acaso en verdad que los muertos que viste resucitar eran muertos reales?».

5. «¿Qué eran, si no?».

6. «¿Ves como has caído en la trampa de la trucada habitación oscura? Por eso no viste que los muertos que te mostraron estaban tan vivos como tú y que el llamamiento era la señal para levantarse de los falsos lechos mortuorios. Pregunta a nuestro hermano Bartolomé que trabajó dos años de muerto al servicio de los esenios. Pasados esos dos años tuvo por fin una buena ocasión para escapar secretamente del siniestro convento de semejantes embaucadores. Él te podrá contar cómo los esenios resucitan sus muertos.

7. Según me ha contado, actuaba de muerto cuatro días cada semana. Primero en la cámara de los recién fallecidos y, a continuación, en la de los esqueletos colocados en cajas negras, la mayoría de las cuales sólo tenían el muerto pintado en la tapa, porque sólo en la primera fila de cajas los huesos estaban tallados en madera para que pudieran tocarlos los invitados de fuera. Estos artilugios eran bancos de dos piezas con tapas semicirculares. Sus tapas estaban fijadas con cintas y se podían abrir y cerrar hacia ambos lados. Los vivos se colocaban sobre los bancos y, a continuación, se cerraban por encima de ellos las dos alas en cuya parte exterior estaba pintado el esqueleto. Cuando entraban extraños en la cámara, que se mantenía en la oscuridad, se producía la resurrección. El grito “¡levantaos!” era la señal para que doce mozos, que aguardan en el exterior de la estancia delante de unas aberturas prefijadas, produjeran grandes humaredas poniendo un fino polvo de resina en unos bambúes colocados sobre carbón vegetal encendido y soplando por las aberturas.

8. Dicen que los visitantes se asustaban enormemente cuando las llamaradas salían de las paredes. En la confusión, los muertos aparentes abrían rápidamente las tapas y se levantaban de los bancos, dando gracias a su “salvador” con toda unción.

En eso consistía la resurrección de los muertos de la cámara de los esqueletos. Aquí tienes al hermano Bartolomé como testigo».

9. «¡No está mal!», dijo Judas estupefacto, comprendiendo ahora el engaño. «Lo tienen bien organizado esos canallas; el fraudulento espectáculo debe suponerles un buen negocio. Pero, ¿cómo hicieron para convertir la roca en un palacio?».

10. Bartolomé tomó la palabra: «El palacio lleva tiempo construido. ¿No viste sobre él una gran cúpula colocada encima de un alto y fuerte pilar?».

11. «Sí que la he visto y la he admirado», respondió Judas.

12. «Precisamente en la cúpula —envuelta en telas de lino— está el secreto de los esenios que, en media hora, convierten el palacio en un monte aparente y tardan lo mismo en volver a convertirlo en el palacio verdadero. ¿Me entiendes o tengo que hablar más claro?».

13. «¡Te comprendo perfectamente!», respondió Judas. «¿Quién iba a pensar que estos miserables, que fingen ser tan píos y tan sabios, estén ungidos con un bálsamo de esta especie? ¿Y qué pasa con la escritura en la luna llena y el oscurecimiento total del Sol?».

14. «¡Esto sí que raya en lo ridículo!», dijo Bartolomé. «Yo mismo, con otros cincuenta hombres fuertes, tuve que sujetar muchas veces esa luna artificial, montada en sentido oblicuo en una pértiga larguísima al aire libre desde un saledizo del castillo. La propia luna consiste en un aro de dos palmos22 de ancho y un diámetro de más de diez palmos23 que —igual que un tambor— está revestido por ambos lados con pergaminos blancos. Entre ambos pergaminos, en el centro interior del círculo, hay cuatro lámparas de aceite que, encendidas, producen una luz intensa. La cara orientada hacia el palacio lleva escrita grandes letras negras en tres lenguas. Cuando llega un visitante, le llevan rápidamente a una ventana determinada desde la que ve en el firmamento la luna ficticia con sus letras, la cual, como te acabo de decir, está sujeta por cincuenta hombres fuertes en una pértiga quizás a más de doce brazas24 de la ventana del visitante. ¿Qué te parece ahora la luna llena?».

15. «¡Para, para, por favor!», respondió Judas, «¡esto ya alcanza extremos horrorosos de fraude! ¿Y qué pasa con la historia del oscurecimiento del Sol, que es real?».

16. «Uno me explicó un día que se basa en el cálculo preciso de un futuro eclipse solar natural, cuando la Luna pasa ante el Sol y lo oculta. Pero lo único que es real en todo esto es sólo este cálculo, que pertenece a los conocimientos científicos que los esenios aprendieron de los egipcios. La mesa, primero vacía y luego repleta de comida, también se consigue mediante un mecanismo sumamente sencillo, a la manera de los bancos de los esqueletos de la estancia oscura.

17. Así son los milagros de los esenios de los que no has visto ni la centésima parte, pero que resultan muy adecuados para convencer incluso a la persona más razonable y experimentada.

18. En un rincón apartado del terreno vallado por los altos muros hay un pequeño bosque donde el visitante ingenuo escucha como hablan los árboles; en otra parte son las rocas las que hablan, y en otro sitio puedes oír un manantial que brota del suelo y también habla. En un pozo de más de una braza25 de profundidad, hecho de adoquines, hay una gran cantidad de serpientes mansas a las que alimentan diariamente con leche. ¡También hablan de vez en cuando! ¡En otro lado del jardín habla incluso la hierba!

Habría mucho más que contar todavía, pero basta con que te diga que, día tras día, convencen, a cambio de mucho oro y plata, a 30 ó 40 visitantes».

Capítulo 99. La filosofía de los esenios

1. Siguió Bartolomé: «Lo más insólito de todo esto es que de vez en cuando recogen, para resucitarlos, a hijos realmente fallecidos de padres ricos. Sin embargo, no devuelven los hijos o hijas resucitados a sus padres antes de uno o, a veces, dos años. Cuando a fuerza de muchos ruegos y contra el pago de mucho oro y plata un hijo o una hija fallecidos es admitido en el “instituto de resurrección” de los esenios, una especie de sanador esenio visita a los padres afligidos para informarse con todo detalle sobre el niño muerto. Los padres tienen que decirle la edad exacta, así como todo lo que el niño haya oído, visto y aprendido, qué le gustaba comer y beber, cómo era su cama y su habitación, quiénes y cómo eran sus amigos, qué había ocurrido entre ellos, en qué situaciones y en qué lugares. No debía omitirse nada, porque de lo contrario —según el esenio— la resurrección no se podría llevar a cabo.

2. Los buenos padres contaban con gusto todos los detalles y no dudaban que aquel sanador esenio necesitaba estas informaciones para resucitar a su amado hijo muerto.

¡Pero el esenio lo necesitaba para otra cosa totalmente diferente!

3. En la frontera de Egipto los esenios tienen un gran “establecimiento de creación de hombres” de todo tipo y constitución. Cuando consiguen un cadáver para resucitarlo, hacen una copia del mismo antes de enterrarlo profundamente, y con ella van a su establecimiento para buscar entre varios miles de niños de todas las edades el que más se parezca al muerto. Entonces se lo llevan y le educan de la manera más cuidadosa en todo lo que saben del fallecido. A veces le llevan secretamente a los lugares que frecuentaba el fallecido y también invitan gradualmente a sus amigos al monasterio para que el “resucitado” haga amistad con ellos.

Le dan a conocer los detalles del equipamiento de su futura casa paternal, describiéndole todas las habitaciones para que pueda preguntar a sus padres por todo y ellos tengan verdadera alegría con su hijo o hija recuperada. En resumen, el asunto se maneja con tal habilidad que los padres no tienen ni la menor duda sobre si el hijo o la hija que le devuelven vivo es auténtico o no. Naturalmente, a la hora de la devolución, el pago es abundante y se hace con gusto.

4. Lógicamente, los padres menesterosos casi nunca tienen una suerte así. A cambio se les consuela cariñosamente, reconfortando su fe mediante algunos milagritos no costosos y prometiéndoles que su niño fallecido ha subido directamente al “Elíseo”26, lo que, naturalmente, alegra a los pobres padres.

5. Los principios de los esenios no están nada mal en el fondo. Dicen: “Debe haber en la humanidad una sociedad de hombres altamente cultos que tengan todos los medios adecuados para hacer felices a sus semejantes. Tal sociedad ha llegado a la conclusión mediante sus estudios, pensamientos e investigaciones de años, que la muerte es el final de todo y que después de ella no existe ni consciencia ni vida en forma ninguna. Los miembros de esta sociedad poseen no obstante la suficiente filosofía para despreciar la vida y no considerarla como el más valioso de todos los bienes. Pero para hacer felices a los hombres del mundo hay que predicarles una vida más perfecta del alma después de la muerte. Para ello se necesita la ayuda de milagros ficticios. ¡Cuanto más extraordinarios sean, tanto más eficaces resultan!

6. Con tal fin es preciso que los iniciados, cada uno de los cuales está obligado a ocultar la verdad ante los hombres del mundo, mantengan siempre la más estricta discreción. Pues la verdad convierte al hombre en esclavo de la muerte. Por eso Moisés explicó en su Génesis esta peculiaridad de la verdad pura en una sola frase breve: ‘Si comes del árbol de la sabiduría —lo que significa del árbol de la verdad— morirás’. Y esto es lo que pasa con todo hombre que busca la verdad y se arroja en sus brazos, es decir, en los brazos de la muerte. Por eso Moisés, iniciado en toda la sabiduría y la verdad de la casta sacerdotal egipcia, estableció para los judíos una clase sacerdotal que se ha mantenido hasta hoy, aunque de forma bastante degradada.

7. El principio esencial debe ser el amor, en cuyo ámbito inalterable debe vivir la humanidad por demanda de Dios. Por ello es preciso inculcar estrictamente a los hombres —incluso mediante leyes manifestadas por Dios— el ejercicio de esta virtud. Para que los hombres la practiquen cada vez más y se hagan más conscientes de la existencia real de la Divinidad predicada, es preciso hacerles ver que este amor a Dios es lo más importante, además de enseñarles que Dios mismo es, por un lado, el Padre bueno del Amor perfecto y, por otro, frente a los rebeldes, el juez más justo que recompensa todo lo bueno hecho según el amor predicado y castiga temporal y eternamente todo lo malo hecho contra ese Amor. Estas medidas refrenan la humanidad de la manera más fácil y son útiles para muchas cosas buenas.

8. Pero si se presenta un hombre que empieza a predicar a sus semejantes la Verdad, suscitando sospechas sobre instituciones como la suya, debe hacerse todo lo posible para eliminar lo más rápidamente posible a tal monstruo que resultará mortal para millones de hombres a causa de su prédica de la Verdad o, mejor todavía, ganarle para la institución. Pues dicen que nada es más peligroso para los hombres del mundo que cualquier tipo de aclaración sobre la fe en un Dios y en una Vida eterna”.

9. Estos son los principios de vida de los esenios que nos has presentado y que tan célebres son según tu entender, hermano Judas. Desde un punto de vista mundano no se les puede criticar excesivamente, pero espiritualmente, como hemos sido enseñados desde una Luz totalmente distinta, son sobremanera reprobables. Pues un no iniciado nunca escucha de su boca ni una palabra veraz. Y quien quiere decir ante ellos la verdad, escribe así su propia sentencia de muerte».

10. «¡Qué endemoniados!», exclamó Judas muy irritado. «¡Nunca habría pensado que eran tan falsos como para engañar a cualquiera, si no fuese por ti que fuiste uno de ellos y ahora nos lo has aclarado todo! Pero ¿cómo pudiste escapar sano y salvo del monasterio?».

11. «Una vez finalizada mi iniciación», respondió Bartolomé, «realicé mis pruebas y me encomendaron atender a los visitantes de fuera, cosa en la que consintieron porque gozaba de su plena confianza. El monasterio concede esta ventaja con gusto, porque sólo puede sacar de ello provecho y nunca perjuicio.

12. Pero ahora, como frente a las mentiras he llegado a conocer la Verdad total, me quedo fuera con mayor certeza aún. Por mí, nunca los que están dentro del monasterio sabrán lo que yo sé. Pero, con el tiempo, los que están fuera deberán saber lo que los esenios hacen dentro de él».

Capítulo 100. Los discípulos atemorizados en el mar

1. Dijo Pedro: «Será ya la tercera vigilia27 y todavía no puede verse barca ninguna en la mar».

2. Andrés, que tenía muy buenos ojos, afirmó: «Mire dónde mire tampoco yo veo nada».

3. «¡Si por lo menos se calmara el viento contrario!», añadió Mateo, el aduanero. «Los remeros están agotados de tanto remar pese a que les hemos ayudado enérgicamente varias veces. Sólo empleando todas nuestras fuerzas podremos mantenernos en alta mar. Espero que amanezca pronto, pues por la mañana seguramente cambiará el viento».

4. «No me inquietaría por nada, si al menos nos hubiese seguido el Señor», intervino Natanael. «Quizá sería aconsejable que volviésemos a buscarle. ¡A ver si finalmente ha caído en manos de los siervos de Herodes!».

5. «¿Qué más todavía?», dijo Simón. «¿Qué pueden hacerle los miserables siervos de Herodes a Aquel a quien obedecen los Cielos y todos los elementos? Él nos dijo que nos seguiría en cuanto hubiera despedido a la muchedumbre, y que fuéramos navegando delante de Él. Lo que Él nos dice es sagrado y por ello más que cierto. Ya veréis como estará con nosotros antes que este viento contrario nos deje alcanzar la otra orilla. Pues quien puede mandar a los vientos, vendrá fácil y rápidamente por sobre las olas».

6. «Soy totalmente de tu opinión», respondió Juan. «Debemos confiar firmemente en Él, pues Él no nos abandonará nunca. Nuestros remos apenas nos habrían servido de nada contra este fuerte viento que nos está agotando desde hace casi cinco horas, si su Poder sobre los elementos no nos hubiese mantenido a salvo a esta altura del mar. Sin su intervención estaríamos otra vez en el mismo sitio del que salimos. Me he dado cuenta que nuestro barco sigue como anclado en el mismo punto, y creo que, si confiamos en Él, podríamos dejar de remar tranquilamente, cosa que cansa mucho a los remeros. El barco no se moverá del sitio porque probablemente el Señor querrá encontrarnos aquí, si no ya estaríamos Dios sabe dónde con esta tormenta».

7. «Sí, sí», dijo Pedro, «verdaderamente tienes razón. Yo también noto que el fuerte viento no nos hace nada, puesto que nuestros remos no serían capaces de resistirlo si su Poder divino no nos ayudara claramente. Diré pues a los remeros que dejen de esforzarse con los remos».

8. Pedro se acercó a los marineros y les dijo que no se esforzaran tanto remando.

9. Pero estos respondieron: «Vemos que a lo largo del desierto la costa está blanca de espuma. Tiene que haber una marea muy violenta. Si no nos mantenemos a flote hasta la mañana, nos hundiremos todos».

10. Dijo Pedro a los marineros: «¡Entonces no seríamos discípulos del todopoderoso Señor Jesús! Pero como lo somos, la tormenta no nos hará nada grave aunque no rememos. Ya no queda mucho para que amanezca; cuando llegue el día todos estaremos mejor».

11. Tras estas palabras de Pedro, los marineros dejaron poco a poco de remar y se dieron cuenta que el barco se mantenía efectivamente en el mismo sitio. Así que también los ocho remeros empezaron a creer en que el barco se mantenía verdaderamente a flote gracias a mi Fuerza.

Capítulo 101. La fe de Pedro, a prueba (Mt 14, 25—33)

1. Llegó la cuarta vigilia nocturna. El viento amainó un poco y Andrés, mirando en todas direcciones la superficie fuertemente agitada del mar con su vista aguda, vio una persona andando sobre sus olas como si caminase sobre tierra firme.

2. Andrés llamó la atención de los hermanos para que mirasen la persona que andaba sobre el mar: «¡Hermanos, esto no es una buena señal, es un fantasma marino! Cuando estos seres se dejan ver, nada bueno espera a los marineros».

3. Todos empezaron a pensar lo mismo que Andrés y comenzaron a gritar de miedo: «¡Oh, Jesús! ¿Por qué nos has abandonado y ahora pereceremos todos? ¡Si estás en alguna parte, acuérdate de nosotros y sálvanos de la perdición segura!».

4. Mientras los discípulos atemorizados todavía gritaban pidiendo ayuda, llegué Yo a diez pasos del barco y les dije: «Tened confianza, soy Yo. ¡No temáis!». Y los discípulos se calmaron.

5. «¡Cielos, es Jesús, nuestro Señor y Maestro!», exclamó Andrés.

6. Sin embargo, Pedro dudaba todavía un poco y dijo: «Si en verdad es Él, ha de permitirme andar sobre el agua como Él lo hace para que mis pies puedan pisar en firme».

7. «Si te lo manda, ¿tendrás el valor de caminar hacia Él sobre las olas?», preguntó Andrés.

8. «¡Naturalmente!», respondió Pedro. «Sé perfectamente que el mar es aquí muy profundo. Si en verdad es Él no me pasará nada. Pero si, por el contrario, es un fantasma que se burla de nosotros, entonces estamos perdidos de todas formas. Os precederé a todos unos instantes en el abismo para prepararos una morada».

9. Tras estas palabras, Pedro se dirigió al centro del barco desde donde me grito: «¡Señor, si eres Tú, mándame ir a Ti sobre las aguas!».

10. «¡Ven y convéncete!», le dije.

11. Entonces, Pedro salió del barco mientras los hermanos gritaban de miedo. Pero cuando vieron que Pedro no se hundía sino que andaba sobre las olas como Yo, les abandonó toda duda y creyeron firmemente que era Yo.

12. Pedro, no obstante, se dio prisa en llegar hasta Mí. Pero a una distancia de apenas siete pasos y viendo que el viento levantaba fuertes olas, se asustó enormemente y empezó a pensar que las olas podrían arrastrarle. Entonces, perdiendo un poco de su gran fe, empezó a hundirse en las aguas hasta las rodillas y comenzó a gritar desconsoladamente: «Señor, ¡ayúdame!».

13. Al instante, Yo le tendí la mano y le agarré, colocándole de nuevo sobre la superficie del agua que le soportó como antes. Le dije: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudas? ¿No sabes acaso que sólo la fe inquebrantable es la dueña de todos los elementos?».

14. Pedro dijo: «¡Señor, perdóname! Soy todavía un hombre débil. El fuerte viento y las grandes olas me asustaron».

15. «Bueno, ya ha pasado todo», le respondí. «¡Subamos al barco!».

16. En el mismo instante en que subimos al barco, la tempestad se calmó.

17. Todos los discípulos y marineros se postraron ante Mí, alabándome, y exclamaron: «¡Ahora hemos conocido que Tú eres verdaderamente el Hijo de Dios!».

18. Juan me abrazó con todas sus fuerzas y me dijo: «¡Oh, mi amado Jesús, por fin te tenemos de nuevo! ¡Ahora ya no tememos nada! Pero no nos abandones nunca más, porque terrible es estar sin Ti. Toda mi vida recordaré esta travesía nocturna, pues nunca he pasado tanto miedo. Ya puede el viento zarandearnos como quiera; ahora tenemos con nosotros a nuestro Maestro que puede ordenarle que se calle: el bárbaro deberá obedecer la voz del Todopoderoso».

Capítulo 102. Llegada a la ciudad de Genesaret (Mt 14,34)

1. «No importa que me veáis o no, Yo siempre estoy con vosotros», les dije. «Si me creéis, confiáis y esperáis en mi nombre y me amáis de todo corazón, siempre estaré entre vosotros. Pero no estoy con quien duda aunque me vea físicamente a su lado.

2. El hermano Bartolomé ha hecho bien abriéndole los ojos a Judas sobre como actúan los esenios. Aunque él no sacará de ello mucho provecho espiritual, vosotros sí. A Judas le gustan estas trampas ilusorias y piensa: “Si no puedo aprender estos trucos milagrosos con Jesús, me iré con los esenios”. Es y sigue siendo un avaro; prefiere tener diez libras de oro a la Verdad más celestial más la Vida eterna. En cuanto Herodes le haga una oferta sustanciosa, nos traicionará y nos venderá a todos. Será muy difícil que se enmiende en esta vida terrestre.

3. No hay nada más peligroso para impedir que el hombre alcance la Vida eterna que los grandes tesoros del mundo. Pero ¿de qué le sirve al hombre poseer todos los bienes del mundo si daña su alma? Antes de que se dé cuenta, su alma será arrojada a las grandes tinieblas, donde eternamente será el llanto y el crujir de dientes. ¿De qué le servirán entonces todos sus bienes?

4. Por eso os digo: ¡Acumulad los tesoros del Espíritu que no son destruidos por el orín ni por la polilla y todo lo tendréis en abundancia!

5. En el fondo del mar hay hundidos muchos barcos cargados de bienes, junto con sus tripulantes. ¿Qué beneficio tienen ahora aquellos que quisieron ganar mucho dinero en los mercados? Una tempestad puso fin a todo su afán y sus almas se hundieron con ellos en las profundidades.

6. Sin embargo el barco vuestro, con el que tuvisteis que bregar en la noche contra el fuerte viento, sólo venía cargado con los tesoros imperecederos del Espíritu y de la Vida en Dios. Y habéis visto como la tormenta con su fuerza impetuosa no fue capaz de arrojaros al abismo. Yo fui andando hacia vosotros sobre las rugientes olas para demostraros que Aquel que lleva los tesoros eternos del Cielo dentro de sí, supera fácilmente las tempestades y olas del tumulto mundano sin sufrir daño alguno, y es y seguirá siendo siempre Señor sobre todas las desgracias del mundo.

7. Pero si alguien carga el barco de su vida con bienes terrenales y la tormenta le alcanza a través de las olas de sus preocupaciones mundanas, entonces barco y marinero se hundirán. ¿Habéis comprendido bien lo dicho?».

8. «Sí, Señor», contestaron todos, «es claro y comprensible además de totalmente verdadero».

9. «Pues bien», les dije, «dirijámonos a la ciudad de Genesaret en la pequeña comarca que lleva su nombre».

10. Los marineros empezaron a remar y no tardamos ni media hora en llegar a la costa sur de Genesaret. Viniendo a Genesaret desde el mar hacía falta pasar por un estrecho de apenas diez brazas28 para entrar en la bahía llamada “Lago de Genesaret”. Desembarcamos por la punta izquierda, porque los barcos que atravesaban el estrecho para adentrarse en la bahía, tenían que pagar aduana. Atracamos nuestro barco en la orilla y dejamos en él a dos marineros vigilándolo. Los otros seis vinieron con nosotros a la ciudad para comprar pan, sal y algo de vino, con los que poder recuperar las fuerzas que la noche había agotado.

11. Yo bendije lo poco que habían comprado para que tuviesen de comer y beber durante varios días.

12. Me quedé en Genesaret durante algunos días, por ser una ciudad libre en la que nadie podía ser atacado ni por el Templo ni por Herodes, pues se encontraba bajo la estricta protección de los romanos quienes mantenían allí un cuartel permanente mandado desde Cafarnaúm. Este detalle no viene reflejado en escritura alguna por ser demasiado insignificante, pero así es.

Capítulo 103. El Señor y los suyos con el tabernero Ebalo

1. Llegados a la ciudad, hicimos un alto en el albergue de un hombre honrado, Ebalo de nombre.

2. Nos acogió amablemente y dijo: «Por lo que parece y según vuestra vestimenta sois galileos de la región de Nazaret, ¿verdad?». Nosotros lo afirmamos y él hizo que nos trajeran pan, vino y pescado, diciendo: «Podéis quedaros aquí gratuitamente durante tres días y tres noches. Pero si, como nazarenos que sois, podéis informarme sobre el famoso sanador llamado Jesús, de quién se dice que cura maravillosamente toda clase de enfermedades, os invitaré de por vida y podréis comer y beber lo que queráis.

3. Si los hechos del famoso Jesús son verdaderos, entonces haré todo para encontrarle y pedirle de rodillas que venga aquí. Y es que nuestra región, por lo demás buena y libre, tiene sin embargo, la desgracia de estar azotada constantemente por diversas enfermedades. Aunque no sean mortales, son molestas y no podemos libramos de ellas.

4. Si fuese posible traer a este sanador aquí, por Jehová que no sabría cómo pagárselo. Yo mismo tengo el albergue lleno de enfermos que no pueden proseguir su viaje a causa de los dolores que padecen, y algunos vienen de muy lejos. Entre ellos hay incluso egipcios, persas e indios que no pueden continuar viajando. También hay fariseos y escribas de Jerusalén y dos hermanos esenios muy enfermos. Por más médicos y curanderos que han venido aquí de todas partes, nadie pudo curar estas enfermedades.

5. Si podéis hacer que venga este Jesús de Nazaret o por lo menos decirme dónde le puedo encontrar, seréis, como ya he dicho, mis invitados de por vida».

6. «Sabiendo que Él está en Nazaret, ¿por qué no has enviado un mensajero ya hace tiempo?», le pregunté.

7. «No sólo lo hice una vez sino muchas», respondió Ebalo, «pero nunca tuve la suerte de que los mensajeros me dijeran que lo habían encontrado. Sólo me contaron miles de cosas milagrosas de Él que otros les habían dicho. Pero ellos mismos nunca tuvieron la suerte de conocerle personalmente».

8. «Pues bien», respondí, «como veo que acerca del sanador Jesús no te impulsa interés propio alguno sino que únicamente te mueve el deseo de ayudar a los enfermos sin importarte de qué nación vienen —y esto es lo que me ha conducido aquí— entonces sabe para tu alegría y consuelo que Yo mismo soy este Jesús al que has buscado tantas veces. ¡Los enfermos de tu albergue quedan curados en este mismo instante! ¡Envía allí a tus sirvientes para que comprueben si todavía queda algún enfermo!».

9. Ebalo, al oír esto, se puso loco de contento y dijo: «Maestro, creo totalmente que eres Tú y no seguiré buscándote. Además, ya puedo dar las gracias, alabar y glorificar a Dios por haber concedido inesperadamente a mi casa tan inmensa Gracia. ¡Maestro, gran Maestro divino! Pide lo que necesites para Ti y los Tuyos. Eres el Señor total de esta casa. Todo lo que encuentres en ella debe someterse a tu Voluntad».

10. Mientras hablaba, de su albergue llegó la noticia que unos dos mil enfermos se habían curado por completo. Dijeron que debía haber sido un milagro porque sin él no hubiera sido posible. Los mismos curados vendrían pronto aquí para dar las gracias más fervorosas, en palabras y hechos, al dueño del albergue.

11. «Id y decidles que de momento no es necesario», intervino Ebalo, «pues el agradecimiento no me corresponde a mí en absoluto sino únicamente a Dios quién, por su Misericordia, ha conducido el médico milagroso a nuestra ciudad. ¡Pedid a los extranjeros más acomodados un precio moderado por su alojamiento, pero no seáis exigentes con nadie! Los lugareños, sin embargo, no pagarán nada».

12. Los mensajeros se fueron tras estas palabras y cumplieron lo que su señor les había mandado.

13. Ebalo volvió a arrodillarse ante Mí y me dio las gracias con lágrimas de alegría en los ojos por la gran Gracia que había concedido a su casa.

14. Yo le dije que se levantara y que me mostrara a sus mujeres y a sus hijos.

15. Entonces él se fue para cumplir mi deseo.

16. Al traer ante Mí a sus dos mujeres y dieciséis hijos, diez varones y seis hembras, Ebalo dijo: «Ves que soy todavía un verdadero israelita. Como antaño Jacob, el padre de nuestro linaje, tuvo dos mujeres, Lea y Raquel, con las que engendró sus hijos, yo también he tomado dos mujeres, que no son hermanas. Con la mayor he engendrado diez varones y con la menor seis hembras. Como ves, hoy los niños son ya hombres y muchachos hechos y derechos, y las seis niñas, las cuales tienen todas ya más de diez años, se han hecho doncellas; yo tengo ya setenta años.

17. Todos estos hijos han sido educados según la Escritura. Mi hijo mayor es escriba, sin embargo, no a sueldo del Templo sino sólo para sí mismo y, más adelante, para sus descendientes. Mis otros hijos también están bien instruidos en la Escritura, conocen la Voluntad pura de Dios y siempre se les dan consejos para que la cumplan. Aman a Dios, pero también le temen. Pues el temor a Dios es el principio de la sabiduría. En mi casa rigen estrictamente las divisas sabias de Jesús de Sirac29. ¿Estás Tú, gran Maestro, contento con la manera como se lleva mi casa?».

18. «Según las costumbres actuales», le respondí, «no hay nada que criticar a tu organización doméstica. Yo no prohibo a nadie que tenga dos, tres o más mujeres; pues la mujer ha sido creada para la procreación de los seres humanos. Una mujer infecunda no complace a Dios a no ser que sea estéril por naturaleza, cosa de la que nadie es culpable.

19. Sin embargo, que en adelante ningún varón tome como esposa más que a una virgen o a una viuda que sea todavía fértil. Porque si hubiese sido la Voluntad de Dios que un varón tuviera más de una esposa, habría creado para Adán más de una sola mujer. Dios quiere que cada hombre tenga sólo una esposa.

20. Que los hombres hayan violado este primer mandamiento —lo que se convirtió en un vicio perverso especialmente entre los paganos cuando, por ejemplo, un príncipe tomaba como mujeres todas las doncellas más hermosas de su país e incluso compraba más a otros príncipes extranjeros—, no fue Voluntad de Dios sino la voluntad sensual de los hombres. Pues muchas de las mujeres de un príncipe, o de otro personaje rico, no eran hembras para procrear sino puras concubinas para excitar la virilidad perdida y el deleite sensual. Todo varón que no cumple este mandamiento primero de Dios, ya no vive plenamente en el Orden divino perfecto.

21. Distinto resulta cuando la esposa única es infecunda, como ocurrió con Raquel. Entonces el varón puede tomar otra mujer para engendrar con ella a sus descendientes. En tu caso todo está en orden, pues tu mente fue siempre limpia y agradable a Dios. Por eso eres considerado justo ante Dios y ante los hombres, de lo contrario Yo no habría llegado a tu casa».

Capítulo 104. El Señor bendice a la familia de Ebalo y amonesta a los esenios

1. Tras estas palabras bendije a los hijos y a las dos esposas que eran como una sola porque ambas estaban unidas en alma y espíritu y nunca discutían o se peleaban. A continuación me despedí de ellas y de los dieciséis hijos y dije a Ebalo: «Estos hijos serán una gran alegría para ti, pues no hay entre ellos ninguno que esté ni espiritual ni físicamente degenerado. Todos tienen una salud fuerte y son puros, devotos y obedientes en su corazón; tus dos esposas todavía tienen un aspecto muy joven. Al parecer el ambiente enfermizo de este lugar no ha afectado tu casa».

2. «Es cierto», contestó Ebalo, «el aire y el agua de esta región son inofensivos para los nativos, no así para los forasteros. Frecuentemente, apenas un extranjero lleva sólo unos días aquí, enferma tan gravemente que no puede levantarse de la cama durante un año. Una vez que supera la enfermedad, ya puede quedarse aquí cuando quiera que no volverá a caer enfermo.

3. Pero esto es una desgracia para nuestra región, pues es difícil traer trabajadores aquí. Los viajeros extranjeros la rehuyen como la peste. Pero si, por asuntos importantes, tienen que permanecer inevitablemente unos días aquí, más de la mitad no pueden irse por haber caído enfermos. Más de dos tercios de los soldados romanos están enfermos y ningún médico es capaz de curarlos. Aunque al cabo de uno o dos años se curan ellos mismos y conservan la salud.

4. Lo más extraño es que nunca dos personas contraen la misma enfermedad. A una le da fiebre, a otra una erupción de la piel, una tercera sufre diarrea y una cuarta una fuerte tos. Así que cada cual tiene una cosa distinta y ningún médico sabe qué hacer. Por ello hay en nuestra pequeña región muchas personas que sufren las enfermedades más diversas sin que les podamos ayudar. La mortalidad no es elevada pero el número de los que sufren aumenta continuamente.

5. ¿Quizás podrías curar todos los enfermos y darme un medicamento para toda la zona de manera que, utilizándolo a tiempo, las personas puedan protegerse de estos males previamente?».

6. «Como me quedaré aquí varios días, los enfermos del lugar sabrán por los curados que estoy aquí. Los que vengan a Mí, serán ayudados. Pero los que no vengan, no lo serán, pues nadie en la comarca está tan enfermo como para no poder caminar hasta aquí».

7. «Si fuese de tu agrado, mi divino Maestro», respondió Ebalo, «enviaré mensajeros por todo el país».

8. «No hace falta», le dije, «todos se enterarán a su tiempo».

9. Pasados unos momentos, llegaron varios curados, entre ellos unos fariseos y unos escribas de Jerusalén y dos hermanos esenios, para agradecerme su curación y, si era posible, para aprender de Mí la ciencia con la que había podido curar a los enfermos instantáneamente con la sola Palabra.

10. Pero Yo no me entretuve mucho con ellos sino que únicamente les dije: «¿Qué buscáis? Este mundo y su materia tan valiosa para vosotros, es cosa vuestra; aquí, sin embargo, se trata de algo puramente espiritual. Si vosotros no habéis comprendido nunca lo que es la materia, ¿cómo queréis comprender lo que es puramente espiritual? Y a vosotros, esenios, os digo especialmente: Predicáis a vuestros seguidores un dios y una resurrección, pero habéis construido costosos y falsos artilugios para ganar nuevos adeptos a vuestras doctrinas engañosas. Vuestro lema es: “Para hacer felices a los hombres hay que engañarles y mentirles con buena voluntad, pues la verdad mata su bienestar en esta Tierra”.

11. Puesto que para vosotros la base para hacer felices a los hombres es la mentira, ¿cómo vais a querer oír de Mí la Verdad? Todo os falta para reconocer el Reino de Dios en la Tierra y, aunque queráis ser los primeros, seréis los últimos. En verdad, si queréis seguir siendo como sois, nunca tendréis parte en el Reino de Dios.

12. ¿De qué os sirve vuestra buena voluntad para hacer felices a los hombres mediante el engaño y la mentira, si con ello matáis las almas de los espiritualmente ciegos?

13. Sin embargo Yo quiero salvar el alma, aunque sea en perjuicio del cuerpo y de todo su bienestar, para prepararle una vida verdadera y eterna.

14. ¿Cómo os sentiréis en el Más Allá donde los engañados se convertirán en vuestros jueces? Aunque no lo creáis, será como os lo acabo de decir.

15. Si no queréis creer mis palabras, ¡creed al menos las obras que hago y que nunca ser humano alguno hizo antes de Mí!

16. Si mis obras son verdaderas y dan testimonio de mis palabras, ¿cómo no lo serán mis palabras?

17. Nadie os puede contar cómo es la India sino aquel que ha estado allí y ha vuelto. Tampoco nadie os puede explicar el Más Allá sino aquel que ha venido de allí: Yo.

18. El que cree en mi Palabra tendrá la Vida eterna. Pero el que no cree irá a la muerte eterna. Pues mi Palabra no es la de un hombre de este mundo sino es y da Vida a aquel que la acoge en su corazón y actúa según su sonido y su espíritu vivificador».

19. Y, dirigiéndome particularmente a los esenios, dije: «Sin embargo, las palabras que vosotros predicáis a la gente son sólo engaño y mentira, porque vosotros mismos no creéis lo que decís. Os servís de dos doctrinas: una para el pueblo y otra para vosotros, que decís que es la verdadera, pero que el pueblo no debe conocer para mantenerse tranquilo y feliz en la mentira.

20. Pero Yo os digo que con vuestra supuesta mentira dais al pueblo más verdad que a vosotros mismos. Pues lo que consideráis como verdad entre vosotros, es en realidad pura mentira, mientras que de todo lo que predicáis al pueblo sólo la mitad es mentira, razón por la cual Dios tolera vuestra existencia.

21. En el futuro, enseñad sólo la Verdad y cread en ella; así seréis siervos meritorios en la viña de Dios. Debéis abandonar totalmente la mentira y el engaño, si no caerá un duro juicio sobre vosotros».

22. «Maestro», respondieron los dos esenios, «comprendemos perfectamente que es cierto lo que has dicho. Haremos todo lo posible para transmitir tus palabras a nuestra gran comunidad, aunque no podemos garantizar nada. Nuestros hermanos no son crueles y, a puerta cerrada, podemos hablar libremente y se nos escucha. Pero otra cosa es que lo que se habla produzca el efecto que se desea. No obstante, los dos les hablaremos y estamos seguros que nos oirán con toda atención».

23. «Haced lo que debáis hacer, y Dios no dejará de hacer lo Suyo. ¡Acoged en vosotros la Verdad pura y ella os hará libres para siempre!».

24. «Señor y Maestro», respondieron los esenios, «permítenos quedarnos durante el tiempo que Tú estés también aquí».

25. Y Yo les dije: «Sois libres y podéis quedaros aquí hasta que queráis».

Capítulo 105. El Señor y el capitán romano

1. Ambos quedaron satisfechos con estas palabras mías. Después llegó Ebalo para invitarnos a Mí y a mis discípulos a tomar la comida que había hecho preparar en abundancia. Aparte de la familia ningún otro huésped debía participar en ella, lo que disgustó bastante a los fariseos, puesto que ansiaban ser siempre los primeros y hacerse saludar y honrar por todos. Aunque les sirvieron muy bien en otra habitación, no quedaron contentos porque se dieron cuenta que Ebalo me prestaba mucha más atención que a ellos. Incluso después del almuerzo preguntaron a un servidor si el amo de la casa les consideraba demasiado indignos para dejarles comer en su mesa.

2. El sirviente era prudente y dijo: «A causa de los muchos enfermos, el amo tenía que preguntar innumerables cosas al médico milagroso por lo que quería estar solo con Él».

3. Los fariseos y escribas contestaron: «¿Acaso no sabéis tú y tu amo que todos los asuntos secretos de una casa en la que hayamos entrado deben sernos comunicados? Nosotros somos quienes os limpiamos si habéis quedado impuros, y nosotros somos los que os curamos si habéis contraído enfermedades malas».

4. «Si tan importantes benefactores sois», dijo el sirviente, «¿por qué no habéis podido curaros a vosotros mismos? Si el médico milagroso de Nazaret no hubiese venido aquí por casualidad, vuestros fuertes dolores reumáticos habrían seguido lo mismo. Sólo gracias a su Poder milagroso estáis ahora totalmente sanos en este comedor. Supongo que quien es capaz de hacer esto, merece ser atendido muy por delante de vosotros».

5. Ante la respuesta tan acertada del sirviente los fariseos y escribas no dijeron nada y se mostraron conformes, aunque no de corazón sino por pura obligación.

6. A la caída de la tarde llegaron más de cien personas desde todas las casas de la ciudad y desde sus alrededores con toda clase de enfermedades, pidiéndome que los curase. Entonces me mezclé entre ellos y los curé con una sola Palabra.

7. Y los curados alabaron y glorificaron a Dios que me había dado tal Poder, y se fueron a sus casas sanos y contentos.

8. Por la noche llegó también un capitán que tenía en la región unos soldados bajo su mando, y me pidió que por favor ayudara a los muchos soldados que habían caído enfermos.

9. «Ve y todo será según tu fe», le dije.

10. El mencionado capitán se fue al campamento y encontró que ningún soldado estaba ya enfermo. Inmediatamente volvió a Mí lleno de alegría para recompensarme con oro y plata.

11. Pero Yo los rechacé y le dije al capitán: «Amigo, Yo no curo a nadie a cambio de los tesoros de este mundo sino sólo por los tesoros de los Cielos. Y estos son primero una fe viva y después un amor verdadero y altruista hacia Dios y el prójimo, no importa la posición que tenga.

12. Yo amo a tus subordinados como si fueran tus hermanos carnales. No los trates con demasiada dureza, así me recompensarás de la forma más valiosa. El oro y la plata que me quieres dar, ¡dáselo a Ebalo! Su albergue le causa muchos gastos y es necesario mantenerlo.

13. De todas formas sería mucho mejor que, en adelante, vosotros los romanos construyáis más albergues para los pobres y no tantos templos para los ídolos. Pues vuestros dioses de madera, hierro y piedra son figuras muertas hechas por manos de hombres. Podéis arrodillaros ante ellos durante años, pero no os podrán ayudar porque están muertos. Sin embargo, si cuidáis los muchos pobres, los enfermos, los achacosos, los mutilados, los paralíticos, los ciegos y sordos, construyendo para ellos buenos albergues y procurándoles cura, entonces el uno y verdadero Dios vivo considerará vuestras buenas obras y os bendecirá de forma múltiple. Pero vuestros dioses muertos ni os bendecirán por lo bueno que hagáis ni os castigarán por lo malo.

14. Cuando os preocupáis por hacer justicia y mantener el orden en vuestro país, tenéis que serviros de espada y lanza. Armas en mano, apenas conseguís lo que Dios haría por vosotros si le reconocierais y cumplierais sus mandamientos».

Capítulo 106. La experiencia sobre el mundo del capitán romano

1. El capitán contestó a estas palabras: «Querido amigo, entiendo perfectamente que dices la Verdad y que todo debería ser tal como me lo has manifestado tan sabia y amablemente. Pero el mundo de los hombres es como una corriente poderosa contra la cual es difícil nadar. Al que lo haya intentado alguna vez se le han tragado los violentos remolinos. Lo que pretendes sólo es posible en pequeñas aldeas tranquilas donde no llega el torrente con su poder destructor. Perdido está quien se atreve a arrojarse en medio del torrente.

2. Por lo tanto, querido amigo, es fácil hablar de la Verdad en un lugar tranquilo donde el pueblo es sencillo y dócil, porque todavía no ha respirado los pestilentes efluvios del lujo del gran mundo. Pero ve a Roma, Atenas o Jerusalén y verás —caso que no seas íntegramente un dios— que muy pronto te alcanzará la espada despiadada de los poderosos del mundo tal como le ha sucedido a Juan de Betania al que el tirano Herodes ha hecho decapitar en la cárcel.

3. Sabemos de cierto que este Juan fue un hombre completamente alejado de todos los afanes mundanos, que decía a los hombres la cruda verdad con palabras arrolladoras y en la más humilde abnegación, de modo que miles aceptaron su enseñanza iluminada por el Espíritu divino, hicieron penitencia por su propia voluntad y se volvieron buenos. Pero —según me contaron— cuando hace unos meses abandonó Betania para predicar y bautizar a orillas del Jordán, cerca de Jerusalén, sólo pasaron unos días y los esbirros de Herodes le apresaron y le encarcelaron. Antes que le decapitaran, sólo algunos de sus discípulos acomodados consiguieron permiso para visitarle algunas veces, contra pago de una tasa determinada. Me enteré de ello hace poco. Ahora, naturalmente, sus discípulos pueden transmitir en secreto a sus amigos y familiares la enseñanza que recibieron, y estos a sus hijos; pero es dudoso que, pasados algunos siglos, su doctrina se mantenga tal como fue explicada por él.

4. Nuestra doctrina romana sobre Dios tiene seguramente el mismo origen que la de los judíos, porque también se basa en un único Ser primario al que están sometidos todos los dioses, sin distinción. La mitología le designa con diferentes nombres: los griegos le llaman el “Dios desconocido” de entre los dioses, los romanos el hado, al que todo otro poder está subordinado.

5. Para toda persona que piensa, la doctrina actual de los griegos y romanos sobre la divinidad no consiste sino en fábulas y cuentos pueriles y baladíes, surgidos a veces de virtudes humanas, pero más frecuentemente en pasiones, debilidades y vicios de hombres. Y esto se lo inculcan a hierro y fuego como doctrina divina. ¡Cámbialos si puedes! Por mi parte, no me opondré.

6. El mejor ejemplo te lo suministra tu propia Doctrina divina dada a través de Moisés. Léelo y mira después qué pasa en el Templo. Dime si queda todavía un atisbo de la antigua Enseñanza de Sabiduría. Es cierto que Dios mismo, con rayos y truenos, dio en el monte Sinaí, en el desierto próximo al Mar Rojo, mandamientos verdaderamente edificantes escritos en las Tablas de la Ley al pueblo atemorizado, confirmando así la antigua Alianza entre Él y su pueblo. Los que se atrevieron renegar de Dios fueron castigados inmediatamente con diversos males, incluso con la muerte. Pero ¿de qué sirvió todo eso? ¡Fíjate mediante qué misterios más que repugnantes, testimonio mayúsculo de su propia vanidad, actúa el Templo ahora!

7. ¿Dónde está la maravillosa Arca de la Alianza sobre la cual flotaba Dios en forma de columna de fuego? Si eres romano y quieres ofrecer al Templo algunas monedas de oro y plata a cambio, podrás ver una llama de naftalina. Pero del Arca maravillosa no queda ni rastro.

8. Así que, según mi torpe opinión, nada fructífero queda de las enseñanzas o manifestaciones divinas. Por puras que sean en su origen, en las manos del hombre se transforman en poco tiempo de manera tal que en nada se parecen a su estado original, lo mismo que un anciano de cien años no se parece en nada a cuando estaba recién nacido. El tiempo y las diversas pasiones y necesidades del hombre convierten lo más puro en lo más impuro. Esta verdad está indiscutiblemente apoyada por un testigo invencible y supremo: la historia de todos los tiempos y pueblos.

9. Amigo, escucha, además, lo siguiente. Sin que quiera vanagloriarme de ser capaz de enseñarte a Ti, puesto que no hay duda que posees el conocimiento más profundo de las fuerzas secretas de la naturaleza, creo entender algo de la condición humana y te aconsejo —porque soy amigo de hombres como Tú— que huyas como de la peste de las grandes urbes en las que los hombres están corrompidos hasta el fondo; de lo contrario tus sagrados pies no pisarán mucho tiempo el suelo de la Tierra.

10. No confíes ni en los fariseos ni en los escribas que pretenden predicar tu propia Doctrina divina, y evita visitar aquellas regiones en las que Herodes ejerce su despótico mando. Así podrás seguir haciendo el bien a la pobre humanidad por mucho tiempo. Pero si haces caso omiso a lo que te digo, sufrirás lamentablemente la misma suerte que Juan. Estoy en condiciones de saber desde abajo lo indescriptiblemente malvados que son los hombres de este mundo. Si hoy quitaras la espada de las manos del gobierno de Roma y suprimieras las leyes aplastantes, al día siguiente verías cómo se comportan los hombres entre sí: peor que una gran manada salvaje de tigres, osos, lobos y hienas. Los varones se convierten en diablos y las hembras en furias».

Capítulo 107. El Señor da algunas indicaciones al capitán sobre su naturaleza y su misión

1. «Eres mi amigo y un buen hombre», le respondí. «Lo que acabas de decir es, lamentablemente, la pura verdad. Si Yo fuese un hombre como los hombres del mundo, seguiría tu consejo sin vacilar, pues en tu pecho late un corazón honesto. Sin embargo, soy un hombre y un ser totalmente diferente de lo que tú crees. Escucha, todas las fuerzas del Cielo y de la Tierra me obedecen. Por lo tanto no temo nada. Es cierto que las Escrituras se cumplirán en Mí de manera amarga y dolorosa, pero no según la voluntad de este mundo sino según la Voluntad del Padre en el Cielo que también está en Mí, como Yo estoy en Él desde la Eternidad. No por ello mi Poder sobre Cielos y Tierra sufrirá menoscabo alguno. Si quisiera, esta Tierra y todo lo que respira, vive y se mueve en ella y sobre ella se convertiría en polvo al instante. Pero como mi objetivo se llama “conservación”, eso no ocurrirá.

2. Puede suceder que Yo sea acusado de agitador del pueblo y de hereje por la cólera y envidia del Templo y que después sea crucificado. Sin embargo, todo eso no quebrará mi Poder ni menoscabará mi Enseñanza, hasta el fin de este mundo.

3. Aun siendo así, con el paso del tiempo, los hombres de este mundo harán con gran parte de mi Enseñanza lo mismo que los egipcios, griegos y romanos hicieron con la Doctrina originaria que recibieron Adán y sus primeros descendientes. Sin embargo, además de esta idolatría, habrá muchos que conservarán y poseerán mi Enseñanza y mi Poder tan puros como han salido de mi boca. De esta manera poseerán también el Poder que les ha sido concedido mediante la fe viva en mi Palabra y, en el Más Allá, lo tendrán eternamente. Puesto que Yo soy el Señor, no temo a ningún otro señor ni a sus leyes».

4. «Amigo», respondió el capitán, «mucho has dicho con pocas palabras. Después que he visto lo que has hecho aquí, podría creer que efectivamente tienes el poder de realizar milagros que, aunque no en medida tan amplia, no me son desconocidos, pues sabido es que determinados fenómenos extraordinarios pueden tener una influencia maravillosa sobre la salud física o anímica de una persona en función de su temperamento. Por ejemplo, un gran sobresalto ha devuelto el oído y la palabra a un sordomudo. Podría contarte numerosos casos similares, pero no disponemos ahora de tiempo para ello.

5. Sólo quiero decirte brevemente que tu manera de curar —por extraordinaria que sea y por la que te estamos muy agradecidos— no me convence plenamente que ningún poder del Cielo o del mundo pueda perjudicarte. No quiero discutir esta posibilidad pues, según se dice, para Dios todo es posible. Sin embargo, amigo, hay un gran abismo entre posibilidad y realidad. A medida que te vaya conociendo mejor, quizás también crezca mi fe.

6. Te ruego, amigo mío, que no tomes a mal mis palabras quizás algo pretenciosas. Hablo sólo tal como lo entiendo, en manera alguna movido por la maldad sino desde mi buen corazón. Pero ahora me llaman los asuntos administrativos que tengo que atender; mañana estaré todo el día a tu disposición».

7. «Si quieres quedarte», le respondí, «puedes hacerlo, pues tu trabajo ha sido hecho en tu nombre».

8. «Ya es bastante tarde», respondió el capitán, «sin la luz de la luna sería de noche. Iré un momento al campamento para echar un vistazo y comprobar si las guardias nocturnas están bien repartidas y colocadas. Después volveré enseguida».

9. Con estas palabras el capitán salió rápidamente de la habitación. Ebalo le elogió por ser un jefe como no se podía encontrar fácilmente otro igual, y dijo que Genesaret se podía considerar dichosa por tener un jefe militar tan prudente, bueno, experimentado y justo en su campo.

10. «Esto es ciertamente para avergonzar a muchos judíos que tienen la Palabra y los mandamientos de Dios», observé. «Sin embargo, sus corazones están llenos de mentira y falacia, ira, cólera, adulterio y fornicación. Por ello sucederá que el Reino prometido a David y profetizado por Daniel será quitado a los judíos y dado a los paganos, y los descendientes del hijo de Hagar reinarán sobre los descendientes de Isaac, aunque la Salvación de toda la Tierra vendrá de la estirpe de Judá».

11. «Maestro», dijo Ebalo, «Tú eres un Salvador mejor que cualquier profeta. Todavía no puedo comprender por qué los profetas siempre han anunciado, sin excepción, sólo cosas malas y nunca buenas. ¿Así ha de ser o es que creen que pueden mantener su halo misterioso profetizando a los hombres sólo un castigo de Dios tras otro?

12. Querido Maestro, he notado por tus prédicas que, además de ser un médico milagroso, también eres un profeta similar a los cuatro grandes. Así que seguramente me podrás explicar cuál es la naturaleza específica de un profeta. Como ya dije, los profetas siempre han sido un enigma para mí; por eso me gustaría oír de Ti algo más detallado».

Capítulo 108. La relación de un profeta con Dios y con los hombres

1. Entonces le expliqué: «Un profeta es un hombre sencillo y común, con muchas debilidades como tú. Pero puesto que tiene un corazón sensible en el que no pueden enraizar ni la cólera ni la venganza, ni la envidia ni la soberbia, ni el adulterio ni la fornicación, el Espíritu divino purifica este corazón de las diversas inmundicias del mundo para poder verter a continuación en él la Luz de los Cielos.

2. Puesto que el profeta reconoce fácilmente que lo que se manifiesta en todo momento en su corazón, en forma de palabras claramente perceptibles, es una Luz de los Cielos, puede repetir en voz alta lo que percibe. Así actúa plenamente como profeta.

3. Cuando se necesita, Dios empuja la voluntad del profeta para que hable al pueblo y haga ante él lo que percibe en su corazón. Esto es una profecía verdadera y, al mismo tiempo, la pura Palabra de Dios; como si Dios mismo hablara a la humanidad.

4. Pero no por eso un profeta vale más ante Dios que cualquier otro ser humano que no dispone de ese don. Pues el profeta ha de cumplir también por voluntad propia lo que el Espíritu de Dios habla a los hombres a través de su corazón y de su boca. Si no lo hace le alcanzará el mismo juicio que a cualquiera que ha escuchado la Voluntad de Dios pero no actúa según ella. En tal caso, un profeta tiene una vida mucho más difícil que cualquier otro ser humano. Pues si alguien, en la debilidad y oscuridad de su alma no puede creer lo que el profeta ha dicho, sufrirá un juicio menos grave porque no puede creer. Pero para el profeta no hay excusa ni tampoco para quien cree y, pese a ello, no hace, por amor al mundo y sus tesoros, lo que el profeta le manda hacer.

5. No obstante, la recompensa de un profeta será en su día mayor que la de cualquier otro ser humano pues tiene que soportar siete veces más que un hombre normal. Todos aquellos a los que ha hablado un profeta, los buenos y los malos, le serán entregados en el Más Allá y él les pedirá cuentas en mi nombre por cada palabra que les dijo en balde.

6. Quien acoge a un verdadero profeta en mi nombre y, en nombre del propio profeta, le cuida y es su amigo, o quien apoya a un profeta para hacerle más fácil su difícil tarea, también recibirá en su día la recompensa correspondiente a un profeta. Pues, en el Más Allá, el ayudante del profeta estará con él en el mismo peldaño e incluso le será permitido juzgar a los espíritus sometidos al profeta, reinando sobre ellos; y su reino no tendrá fin.

7. Pero ¡ay de aquellos que abandonan a un profeta a causa del mundo o que incluso le calumnian! Y peor aún, ¡ay de los que persiguen a un profeta!: nunca llegarán a ver a Dios. Al que ejerce violencia contra un profeta le tocará el fuego eterno del peor de los infiernos. Porque el corazón de un profeta es de Dios. Su boca es de Dios. Y sus manos, pies, ojos y orejas son de Dios. Donde está un profeta, también está Dios. Por eso pisad su hogar con profundo respeto, ¡porque el lugar donde está es santo! Esto hay que tomarlo a pecho, no a causa del profeta, que es un ser humano, sino a causa de Dios que habla y actúa a través del corazón del profeta.

8. La razón por la cual un verdadero profeta anuncia al mundo siempre un juicio tras otro se debe sencillamente a que Dios sólo llama a un profeta cuando el mundo se ha olvidado de Él y ha caído en todos los vicios mundanos.

9. Dime, Ebalo, si ahora entiendes mejor la misión de un verdadero profeta».

10. «Sí, totalmente, mi más apreciado Maestro», respondió Ebalo. «Por lo tanto, Tú también eres un profeta».

11. «Yo no soy ningún profeta», contesté, «pues escrito está: “De Galilea no saldrá ningún profeta”. Yo soy más que un profeta, pues en mi pecho mora el mismo Espíritu que habló y hablará todavía más a través de boca profética. Pues el Espíritu profético también vivirá en aquellos que, con toda su fe, llevan mi nombre en su corazón. ¿Lo entiendes?».

12. «Señor y Maestro», respondió Ebalo, «me parece que ningún hombre normal puede hablar como Tú. Dentro de Ti se esconde otro ser que tu ropa y tu piel ocultan a nuestros ojos».

Capítulo 109. Los profetas como mensajeros de Dios y su diferencia

respecto a la naturaleza del Señor

1. Mientras Ebalo, que empezaba a vislumbrar esta cuestión algo más claramente, seguía preguntándose, volvió el capitán, contando con alegría y asombro cómo todo lo encontró en perfecto orden y cómo sus centuriones se habían extrañado ante el hecho —según sus explicaciones— de que hubiera vuelto por segunda vez para preguntar si todo estaba en orden, habiendo estado allí media hora antes para disponerlo y ordenarlo todo. Él eludió la respuesta fingiendo haber querido efectuar sólo una revisión posterior, con lo que todas las demás preguntas quedaron contestadas.

2. Pero a Mí me preguntó intrigado quién podía haber sido ese segundo yo suyo que había hecho el trabajo en su lugar de forma tan perfecta.

3. «¿No te he dicho antes que todos los poderes de los Cielos y las fuerzas de la Tierra están siempre a mi servicio?», le recordé, «Pero tú no quisiste creerme. Espero que ahora creas que no he de temer nunca muerte alguna y que Yo soy el Señor que puede hablar y mandar con toda autoridad».

4. «Cierto es, Señor y Maestro», respondió el capitán. «Tienes que ser un dios. Nuestra religión romana ya no me parece ahora tan fabulosa como antes, porque Tú mismo eres para mí un testimonio palpable de que, de vez en cuando, un dios abandona realmente su Cielo y, durante algún tiempo, se manifiesta de una u otra manera a sus hijos mortales. Y les da riquezas espirituales y terrenales para que los mortales puedan cultivar la tierra —de por sí desértica— de manera que en su día pueda ser también una morada para dioses inmortales. ¿Tengo razón o no?».

5. «Eso no es sino una invención vana», le contesté, «que parece muy bonita pero que sigue siendo pagana y, tal como tú la entiendes, no contiene ni una chispa de verdad.

6. Si por “tierra” entendieras los conocimientos y la voluntad de los hombres30, entonces podrías tener razón, por lo menos de una manera que corresponde a la Verdad. Pero dioses que no son nada ni están en ninguna parte, poco pueden haber pisado el suelo de la Tierra. Los hombres por cuya boca habló el Espíritu de Dios a los seres humanos de la Tierra, y por cuya voluntad han sucedido muchos milagros, no eran dioses sino profetas, hombres como tú, que han muerto en la carne pero no en su alma ni en el espíritu.

7. En Mí, el Espíritu de Dios viene por primera vez a esta Tierra. Es el mismo Espíritu del que todos los patriarcas, los antiguos sabios y todos los profetas han profetizado muchas veces sus visiones puras».

8. Mientras hablaba así al asombrado capitán, entró un sirviente en la habitación diciendo que fuera había otra vez un gran número de enfermos esperando mi ayuda y pidiendo que les socorriese.

9. Dije al sirviente: «Sal y diles que vuelvan tranquilamente a su casa».

10. Salió a toda prisa y cuál no fue su asombro al ver que todos los que habían ocupado el pasillo de la casa llorando y lamentándose, ahora se paseaban alegres y felices, alabando a Dios. Al poco dijo a los curados lo que le había encargado, y los curados volvieron a su patria.

11. Todavía se siguió hablando sobre estos hechos unas dos horas en el mismo sentido que se había hablado con motivo de la curación precedente, que todo ello procedía del mismo Espíritu, por lo que no es preciso repetirlo aquí. Tomamos pan y vino a lo largo de las conversaciones y después nos fuimos a acostar.

Capítulo 110. La pradera bendita. Paseo sobre las aguas del mar

1. Al día siguiente, toda la plaza se llenó desde muy temprano con enfermos que sufrían las más diversas dolencias.

2. Ebalo se acercó a Mí y me pidió que le ayudara porque la muchedumbre llenaba de tal manera el espacio ante su casa que nadie podía entrar ni salir. Dijo que también había visto que el capitán quería entrar, pero que se lo impedían los muchos enfermos.

3. Entonces fui al pasillo de la casa y alcé mis manos sobre ellos. Al instante se curaron y gritaron de alegría alabando a Dios en las alturas que había dado semejante Poder al hombre.

4. Les mandé que guardaran silencio, que volvieran a sus casas y que en lo sucesivo no cometieran pecado alguno. Todos obedecieron y se fueron.

5. A continuación dije a Ebalo que si llegaban más personas a lo largo del día buscando ayuda, debían situarse para recibirla en la gran pradera que había frente a la calle y no en la misma calle, y que no se podría ayudar a quien estuviera en la calle. Seguidamente bendije la pradera para que cualquier enfermo que la pisara quedase curado.

6. En ese mismo día llegaron varios centenares de enfermos de todas las ciudades, mercados y aldeas, y todos sanaron.

7. Conforme pasaba el tiempo los dos esenios estaban cada vez más asombrados, mientras que los pocos fariseos y escribas presentes se enojaban más y más porque veían que iban perdiendo prestigio. Ya nadie les hacía ya caso ni les preguntaba nada. Incluso los sirvientes de Ebalo les daban a entender que estaban de sobra en la casa y que, puesto que hacía buen tiempo, podían volver a Jerusalén. Sin embargo, no siguieron el consejo y permanecieron allí.

8. Al cabo de un rato, se acercó un fariseo y me preguntó si las peculiares propiedades de la pradera se mantendrían en lo sucesivo.

9. Le contesté: «Sólo hoy hasta la puesta del sol».

10. «¿Y por qué no siempre?», preguntó el fariseo.

11. «Porque hay ciertas personas que no tardarían en construir un muro muy alto a su alrededor para pedir oro y plata a quienes quieran curarse. Y como deseo evitarlo, la pradera sólo curará hasta la noche, mientras el número de enfermos sea todavía grande. Cuando mañana acudan menos personas para curarse, serán sanadas mediante su fe y su confianza».

12. Tras esta explicación, los curiosos me dieron la espalda y no me preguntaron nada más en todo el día; en cambio los dos esenios hablaban continuamente conmigo.

13. Debido a ello el capitán ya empezaba a disgustarse y le hubiera gustado decirles que ya bastaba de conversación conmigo. Pero, por amor a Mí, se refrenaba como podía.

14. Por la tarde aconsejé a los esenios que se reunieran con Mateo y con mis otros discípulos, entre los cuales se encontraron —para gran satisfacción suya— con Bartolomé quien, como se sabe, también fue esenio. Las conversaciones con los discípulos sobre mis enseñanzas, mis obras y mi naturaleza divina se alargaron hasta después de medianoche.

15. Más tarde di un paseo por la orilla del mar, acompañado por el capitán, por Ebalo y por su familia. Encontramos a los ocho marineros trabajando diligentemente en la reparación del barco. Se alegraron de verme y le comentaron al capitán que Yo había andado sobre las aguas y que no podían quitarse el asunto de la cabeza.

16. Al saberlo, el capitán me preguntó cómo era posible una cosa así.

17. «Ayer te conté cuales son los poderes que deben obedecerme y servirme», le dije. «¿Por qué me lo preguntas entonces? Además, si te atreves a poner los pies sobre el agua, y si Yo lo quiero, también tú podrás andar sobre ellas todo el tiempo que Yo desee. Hagamos la prueba. Pero no deberás dudar sino sólo seguirme decidida y valientemente».

18. «Todo estaría bien», contestó el capitán, «si el mar no fuese tan profundo aquí en la misma orilla. Bastaría un paso en falso para hacer compañía a los anfibios del fondo».

19. «Hombre de poca fe», le dije, «¿crees que me atrevería a hacer algo semejante si no supiera quién soy y quiénes están sometidos a mi Voluntad?

¡Que me siga quien tenga ánimo y fe!».

20. Acto seguido comencé a andar por la superficie del mar que me sostenía como si fuera tierra firme. Cuando di diez pasos, me volví e invité al grupo a seguirme, pero nadie se atrevió.

21. Luego llamé a la hija menor de Ebalo, doce años, y la muchachita se animó. Puso precavidamente el pie sobre las aguas. Al ver que no cedían, anduvo alegremente dando saltitos hacia Mí. Sentía un gran placer en que las aguas la sostuvieran.

22. Después de la muchacha, también los otros lo intentaron, menos el capitán. Todos estaban muy contentos y se sentían bien y seguros sobre las aguas de la mar, ahora muy sosegada y en calma.

23. El capitán, lleno de asombro y un poco más animado, me preguntó: «¿Qué pasaría si se levantara una tempestad?».

24. «¡Ven acá y convéncete!», le respondí.

25. Por fin también el capitán puso un pie sobre las aguas. Como quedó convencido que el agua no cedía, muy cuidadosamente puso también por fin el otro y, conteniendo el aliento para hacerse tan ligero como fuera posible, avanzó los diez pasos para llegar a Mí. Se sentía muy feliz de encontrarse en un suelo que nunca había pisado así.

26. Yo dije: «Como estáis convencidos que también el agua es suelo seguro para quienes creen firmemente, continuemos nuestro paseo».

27. Verdad es que el capitán prefería volver al suelo firme de la orilla; sin embargo, las seis hijitas de Ebalo, corriendo alegremente adelante y atrás, le infundían ánimo, de modo que anduvo con nosotros cerca de cinco mil pasos mar adentro.

28. Luego se levantó un viento bastante violento y empezaron a alzarse fuertes olas. Todos tuvieron miedo y el capitán me rogó que diese la vuelta.

29. Pero le dije: «¡No tengas miedo! Las olas sólo vienen para convencerte que también ellas y el viento que las empuja tienen que obedecerme».

30. Sin embargo, cuando al poco se hicieron más fuertes, el capitán regresó corriendo a más no poder, llegando pronto sano y salvo a la orilla. Después de unos temblores febriles estaba feliz por volver a tener un suelo firme bajo sus pies. Al cabo de un rato, nosotros también volvimos a la orilla para reencontrarnos con el asombrado capitán.

Capítulo 111. La oración verdadera

1. Cuando todos estuvimos de nuevo en la orilla, el capitán dijo: «Señor, ahora tengo abundantes pruebas de que Tú eres el mismo Dios o un Hijo suyo, porque estas cosas no pueden hacerlas los mortales».

2. Tras estas palabras todos se arrodillaron ante Mí y quisieron adorarme.

3. Pero les mandé levantarse del suelo diciéndoles: «¡Escuchad! Todo esto no lo necesita Dios ni tampoco Yo. La única oración verdadera consiste en amar sinceramente a Dios, el Padre en el Cielo, e igualmente a vuestro prójimo. Todas las demás formas de oración no tienen valor alguno ni ante Dios ni ante Mí.

4. Dios nunca ha enseñado a los hombres a honrarle con los labios teniendo frío el corazón. Mas como Samuel oraba en voz alta ante el pueblo, al igual que algunos profetas, y como David cantaba sus salmos a Dios, el Señor, y Salomón su Cantar de los Cantares, el pueblo empezó a orar hueramente sólo con los labios y a hacer sacrificios vanos.

5. Semejantes oraciones y sacrificios horrorizan a Dios. Si uno no puede rezar con su corazón, más vale entonces que no lo haga de ninguna forma para no comportarse indignamente ante Dios. Dios no ha dado al hombre pies, manos, ojos, orejas y labios para que ore vanamente con ellos. Sólo el corazón sirve para la verdadera oración.

6. Aunque también todo hombre puede orar con los pies, con las manos, con los ojos, con las orejas y con los labios. Con los pies, si acude a los pobres y les socorre, llevándoles ayuda y consuelo; con las manos, si las tiende a los menesterosos, amparándoles; con los ojos, si mira a los pobres con gusto; con las orejas, si escucha las palabras de Dios deleitosamente, las toma en consideración, obra según ellas y no cierra sus oídos a las súplicas de los pobres; y, finalmente, con los labios, si conversa gustosamente con las viudas y los huérfanos, pobres y abandonados, consolándoles, y si intercede —dentro de sus posibilidades— ante aquellos que frecuentemente detienen a pobres inocentes, pidiéndoles que los liberen.

7. También ora el hombre con los labios si instruye a los ignorantes, llevándoles a la fe verdadera, al conocimiento justo de Dios y a practicar diferentes virtudes útiles. Todo esto son oraciones sumamente gratas a Dios.

8. Sabiéndolo, obrad según mis palabras y nunca os faltarán las bendiciones de Dios. Porque esto es lo que se llama adorar a Dios en el Espíritu y en toda la Verdad.

9. Escrito está que el hombre debe orar sin cesar si no quiere caer en la tentación. ¡Qué necio y absurdo sería que Dios exigiese a los hombres que rezasen incesantemente con los labios! Los hombres, para complacer y agradar a Dios, deberían entonces arrodillarse continuamente, día y noche, y recitar maquinalmente sin corazón ni sentido oraciones vacías. ¿Cuándo tendrían tiempo de hacer el trabajo necesario? Pero si estáis siempre activos con las manos, los pies, los ojos, las orejas y los labios, como he dicho antes, y si amáis en vuestro corazón a Dios y a vuestro prójimo necesitado, entonces oráis a Dios verdadera y efectivamente sin cesar, por lo que os retribuirá bendiciéndoos siempre y os dará la Vida eterna y bienaventurada en el Más Allá. ¿Lo habéis comprendido bien?».

10. «Si, Señor y Maestro», contestaron todos, «es tan claro y verdadero como la luz del Sol, y todos queremos actuar en consecuencia».

11. «Pues bien, mis queridos amigos», les respondí, «volvamos ya a la ciudad».

12. Ebalo aconsejó a los ocho marineros que algunos nos acompañaran; seis de ellos vinieron efectivamente y él les aprovisionó abundantemente de pan, vino, pescado y fruta.

Capítulo 112. Orden doméstico y amor

1. Al llegar a casa de Ebalo, sus hijos e hijas querían quedarse junto a Mí.

2. Pero Ebalo, para quien un estricto orden doméstico tenía mucha importancia, reprochaba, especialmente a sus hijas y a sus mujeres, que se comportaran así. «Ya habéis visto y oído bastantes cosas. Retenedlas, obrad según ello, y recibiréis la Bendición del Señor, como el Señor mismo os lo ha prometido a orillas del mar. Pero ahora volved a vuestras ocupaciones».

3. Las muchachas y las dos mujeres se excusaron y se retiraron con el corazón triste a las muchas alcobas que tenía la casa, la más grande de toda Genesaret.

4. Yo le dije a Ebalo: «Amigo, ¿por qué mandas que se vayan? Bueno es mantener un orden doméstico estricto y beneficioso para hijos e hijas, y muy laudable proteger adecuadamente a las muchachas; pero en mi presencia no hay peligro alguno: sino el Cielo bendito del cual no deberías privar a tus hijos».

5. Cuando Ebalo escuchó esto, me dijo: «Si no te importunan, les llamaré enseguida. Pero a mis hijos e hijas les gusta charlar y curiosear; les mandé irse para que no te incomodaran».

6. «Salvo la gran maldad de los hombres, ¿qué hay en el mundo que pueda molestarme?», le respondí. «¡Ve a buscarlos a todos!».

7. Ebalo se fue y los hizo volver. La muchacha más pequeña se sentó rápidamente a mi lado y empezó a acariciarme.

8. Sin embargo, Ebalo le riñó diciendo que eso no era de buena educación.

9. Mas Yo le dije: «Amigo, permíteselo porque ha escogido lo mejor. A ti y a todos os digo: quien no venga a Mí como esta muchachita, no encontrará el camino del Reino de Dios; ella ya lo ha hallado. Si queréis ganar la Vida eterna tenéis que venir a Mí con un amor intenso.

10. Esta muchachita, con lo que hace, muestra lo que siente su corazón. En cambio vosotros habláis prudentemente y mantenéis fríos vuestros corazones. ¿No comprendéis en realidad todavía quién soy?».

11. Acto seguido todos se arrodillaron, y Ebalo me besó los pies. Después me dijo con profundo respeto: «Señor, lo he sentido desde hace mucho tiempo, pero me faltaba valor para decirlo».

12. «Pues no castigues a la muchachita que a todos os animó para que vinieseis a mi lado sobre las aguas de la mar», le contesté. «Y ahora ha vuelto a animaros para que me améis. ¡Cuánto cariño le tengo! Ella ya posee lo que vosotros aún tendréis que buscar y no hallaréis pronto. ¡Empeñaos en el verdadero amor a Dios y al prójimo y tendréis en abundancia la Gracia y la Bendición desde arriba!».

13. «Señor», dijo el capitán, «aparte de mi esposa y de mis hijos que viven en Roma, no he sentido amor por nadie, pero siempre he actuado con sinceridad y justamente. Nunca apliqué la ley con rigidez sino con templanza, y no me ha ido mal así. Pero ahora siento que se puede amar efectivamente a los hombres y hacerles el bien por amor, lo que significa hacer a los demás, según se pueda, lo que quieres que te hagan justa y necesariamente a ti. Esto es el amor al prójimo.

14. Al amar al prójimo de esta manera, también se ama al mismo tiempo a Dios. Como Dios mismo es el Amor único y perfecto, por cuyo amor ha creado el mundo sensible y el espiritual, el amor al prójimo despertará consecuentemente el amor a Dios en el hombre creado por Él, y el hombre amará con todas sus fuerzas a Dios, maravilloso creador de todas las cosas.

15. Después de lo que he visto y oído de Ti en estos días, creo sin duda alguna que Tú eres el Creador mismo, o si no su Hijo desde la eternidad, que te has encarnado en un cuerpo humano de la Tierra para enseñarnos a conocerte a Ti y a Dios. Es pues necesario que yo te ame también sobre todas las cosas. Aunque no tenga el valor de acariciarte como lo hace esta tierna muchachita, te abrazo en el corazón y te glorifico. Creo que hago bien así».

16. «Está bastante bien», le dije. «Pero mejor es todavía que ese amor crezca como el de esta muchachita. ¡Miradla cómo arde de amor por Mí!».

Capítulo 113. El elogio justo y peligros de los elogios

1. Dijo la hermana mayor, a la que empezaban a atormentar los celos: «Yara siempre ha sido de naturaleza apasionada, y se encariña fácilmente con todo lo que ve. No es de extrañar que se enamore perdidamente de un hombre tan hermoso como Tú. También yo puedo hacerlo. Pero ¿de qué me sirve, si ella se ha apropiado totalmente de Ti?».

2. «Escucha, hermana celosa», le respondí, «si tuvieras un amor verdadero en tu corazón, no hablarías así. Pero como, debido a los mimos que has recibido, nunca lo has tenido, ahora no puedes impedirte hablar como lo has hecho.

3. Yara ama sin preguntar si es amada. Le da igual si son amigos o enemigos. Es tan feliz que todo lo puede abrazar con amor. Nunca se le ocurre pensar si también es amada; te ama a ti, a todos sus hermanos y hermanas y a sus padres, más de lo que es amada por vosotros. Ocupa el último lugar en vuestro amor, lo que nunca ha estorbado su gran amor hacia vosotros. Eso se llama amar verdaderamente.

4. Cuando tú amas, siempre quieres que te amen diez veces más. Y si no se responde a este amor esperado, tu corazón, que conoce sólo el amor a ti misma, se siente despechado.

5. Yara, en cambio, nunca exige ser correspondida. Por eso le permito amarme con todo su corazón. Sólo por ella vine aquí y por amor a ella me quedaré todavía unos días en esta casa. Todos vosotros debéis agradecerle que Yo haya venido y curado a vuestros enfermos, y que todavía cure otros más.

6. Allá donde voy siempre busco lo más ínfimo y lo más oprimido. Todo lo demás, lo que el mundo considera respetable y muy importante, es un horror ante Dios. Esforzaos en ser como mi querida Yara y también os encontraréis física y espiritualmente, ahora y eternamente, tan cerca de Mí como lo está ella ahora.

7. Si alabáis a alguien, alabad a quien verdaderamente lo merezca. Si la persona alabada se jacta del elogio, no la alabaréis más pues la vanidad es el origen de la soberbia, la cual es el espíritu de Satanás».

8. «Pero Señor», preguntó Ebalo, «cuando alabas a Yara delante de sus hermanos y hermanas de esta manera, ¿no hay que preocuparse de que se vuelva vanidosa?».

9. «No te preocupes por eso», le respondí, «quien me ha acogido una vez, no conocerá la vanidad nunca más. Yara, dime, ¿te consideras superior a tus hermanos y hermanas porque te amo sobremanera?».

10. «Oh, Señor de mi corazón», dijo tímidamente Yara, «de eso no tengo la culpa yo ni tampoco mi hermana. Sin embargo, quisiera que Tú amaras a mis cinco hermanas todavía más que a mí, porque son más hermosas y más inteligentes que yo. Me han llamado siempre fea y tonta porque lo merezco. Pero como todavía soy joven, también habré crecido en inteligencia cuando tenga su edad.

11. No quiero que hablen mal de mis queridas hermanas. Me enseñan muchas cosas útiles y todas me quieren como yo las quiero con todas mis fuerzas. Señor, te pido que seas bueno con ellas, pues si las veo tristes enseguida siento un gran dolor en mi alma y todo lo daría para que mis hermanas y hermanos volvieran a estar alegres.

12. No me gusta ver a los hombres tristes y desgraciados. Preferiría soportar yo toda su tristeza y su desdicha, si con ello los desgraciados, los tristes y los afligidos fueran felices, y estuvieran alegres y contentos. Por eso te pido, mi Señor Jesús, que seas tan bueno con mis hermanas como lo eres conmigo: ellas también lo merecen».

13. «En verdad, Yara, no puedo rehusar tus deseos», le respondí. «Pero ahora tus hermanas comprenden por qué te amo tanto. Si te igualan en su corazón, también las amaré como te amo a ti; no te preocupes por eso.

14. Así como tú no puedes ver a las personas tristes y desgraciadas sin sentir el deseo de ayudarlas, lo mismo me ocurre a Mí, aunque en mucha mayor medida: siento el deseo, y con él la voluntad fuerte y omnipotente de ayudar a todas las criaturas, ahora y eternamente.

15. Buscar lo perdido, curar lo enfermo y salvar todo lo que está preso, ese es mi designio, mi deseo y mi voluntad, aunque sin influir en el libre albedrío de cada persona. ¿Te parece bien, mi querida Yara?».

Capítulo 114. Yara habla sobre sus experiencias al orar

1. Dijo Yara: «¡Cómo no! También yo querría hacerlo si pudiese. ¿Pero de qué sirve mi buena voluntad si nada puedo hacer? Sólo en cosas pequeñas puedo pedir a mis padres que ayuden a los pobres y a los menesterosos. En situaciones así casi siempre me hacen caso, aunque a veces me regañan un poco por ser tan blanda e ingenua; pero con tal que algún pobre reciba ayuda, eso no me afecta.

2. Sin embargo, cuando rezo a Dios, el Señor omnipotente, no siempre tengo tanto éxito. Le he rogado frecuentemente pero cuando pensaba que Dios había escuchado mis ruegos y me dirigía a donde fuere para convencerme que mi oración infantil había sido escuchada, me sumía en la desesperación viendo que todo seguía como antes.

3. Naturalmente le preguntaba a mi padre por qué Dios omnipotente era algunas veces tan duro de oídos.

4. Y mi padre me contestaba que Dios sabía bien por qué, para su salvación, hacía sufrir más o menos a esta o aquella persona. Que Dios sabía bien cuánto tiempo le faltaba a este o a aquél para su expiación; que en tales casos de nada sirven los ruegos, a no ser que el pecador se arrepienta seriamente enseguida. Con esto me quedaba más tranquila, aunque no por ello dejaba de pedir por los pobres.

5. Algunas veces el gran Dios amoroso escuchaba mis ruegos sin tardanza y esto era mi mayor alegría. No hay mayor bienaventuranza y felicidad para un corazón compasivo que ver como el gran Dios presta oídos incluso a una muchacha pequeña.

6. Y que Tú, Señor, hayas venido a nosotros, es como si el gran Dios atendiera mis ruegos. Todos habíamos oído decir a muchas personas que pasaban por aquí, que en Nazaret y sus alrededores cierto carpintero, de nombre Jesús, realizaba curaciones hasta ahora sin precedentes: resucitaba a los muertos, hacía que los ciegos volverán a ver, que los sordos oyeran, que los mudos hablaran y que los cojos e inválidos volvieran a andar normalmente. En pocas palabras: no había enfermedad que no curara al instante.

7. Al principio no lo creíamos, pero cuando siguió llegando gente a nuestra casa, incluso personas que habían sido curadas maravillosamente por Jesús, empezamos a pensar que debía ser verdad.

8. Entonces fue cuando creció en mí un gran amor por ese hombre capaz de realizar tales milagros, y rogaba cada día al Dios amado, tan ferviente y confiadamente como me era posible, que su Omnipotencia te condujera a nuestra casa. Y Dios me ha oído verdaderamente y te ha enviado a nosotros.

9. Cuando supe que habías llegado, sentí una felicidad indescriptible. Te habría abrazado inmediatamente si hubiese tenido suficiente valor, pero hube de contenerme a causa de mis padres y de mis hermanos y hermanas. Por eso este es el momento más feliz de mi vida: puedo sentarme junto a mi Maestro y Señor, al que llevo amando sobremanera desde que oí la primera palabra sobre Él.

10. Te tengo cerca, te puedo amar y soy amada por Ti. Ni siquiera los ángeles perfectos del Cielo pueden ser más felices que yo. Te ruego que no nos abandones nunca, de lo contrario me moriría de tristeza».

11. «¡No, no, corazón mío!», le respondí, «nunca te abandonaré. También te digo que no verás ni sentirás la muerte. Mis ángeles te llevarán de este mundo y te traerán a Mí, tu Padre desde la Eternidad. Pues Aquél a quien has pedido tan cariñosamente que viniera, ahora está sentado en mi persona a tu lado y te ama con la llama divina de todos los Cielos. Tienes razón al decir que eres más feliz que los ángeles más perfectos de todos los Cielos. Levanta los ojos y verás que es como te he dicho».

Capítulo 115. Yara ve los Cielos abiertos

1. Yara alzó su mirada al cielo y, como transfigurada, vio las profundidades de los Cielos abiertas a sus hermosos ojos azul celeste. Después de bastante rato empezó a balbucir más que a hablar con una voz celestial, pura y suave: «¡Oh, santo Dios! ¡Qué encantos indescriptibles veo! Los Cielos infinitamente inmensos están llenos de ángeles bienaventurados. ¡Qué dichosos y felices deben ser! Sin embargo, la pobre Yara es todavía más feliz y dichosa. En el gran centro de los Cielos inmensos, está vacío el trono eterno alrededor del cual se hallan arrodillados una gran multitud de ángeles sobre nubes claras como la luz solar, que exclaman continuamente: “¡Santo es Aquél cuyo trono está aquí! ¡Regocijaos, porque Él terminará pronto la gran obra en la Tierra y vendrá a ocupar este trono de la Gloria de Dios!”. El único que tiene derecho a ocupar este trono, está ahora como hombre aquí con la pobre Yara. ¡Alabadle y ensalzadle, pues de Él es este trono eterno de Gloria y Poder divinos!».

2. Tras estas palabras y desvanecida la visión, se reclinó sobre mi pecho y exclamó: «¡Oh, santo Dios! No rechaces a la pobre y débil Yara, que se atreve a amarte todavía más por todo lo que he visto».

3. «Si, corazón mío», le dije, «por eso es por lo que te acabo de mostrar mi Gloria y mi Reino, para que me ames cada vez más. Por más que me ames, este amor no te hará daño alguno».

4. Yara, impulsada por su gran amor, me abrazó apretándome el pecho con fuerza y Yo dije a los que estaban a nuestro lado, mudos de asombro: «Mirad y tomad ejemplo de esta muchachita. Sólo tiene doce años y me muestra un amor como no lo ha habido antes en todo Israel. A quien me ama de esta manera, le daré una recompensa abundante y sin igual».

5. Tras esta escena tan reconfortante que duró más de una hora, llegaron los sirvientes de Ebalo y preguntaron si ya era momento de traer la cena.

6. Ebalo les dijo: «Si es del agrado de nuestro Señor Jesús, traedla ya».

7. «Traed lo que tenéis. Pues el amor da y recibe, y Yo quiero recibir también lo que he dado. Sin embargo, mi alimento preferido es esta muchachita; pues ella me da lo que la Eternidad pudo darme y todavía no me dio».

8. Entonces los sirvientes salieron para traer los platos de comida. Pero cuál no fue su asombro cuando vieron que no quedaba nada de lo que habían preparado, y que la despensa estaba repleta por el contrario de las más exquisitas comidas, de las frutas más deliciosas y del más excelente vino. Al poco volvieron para contar entusiasmados lo que había ocurrido en la cocina. Preguntaron si debían traer esas comidas o tenían que empezar de nuevo a guisar otras.

9. «Traed lo que hay en la despensa», les ordené, «pues hoy sois todos invitados míos. Los platos que habéis preparado ya han sido llevados a mis discípulos, a los dos esenios y a los fariseos. No les molestéis porque, en mi nombre, todavía tienen que cumplir una misión que requiere sus esfuerzos hasta más de medianoche».

Los sirvientes se fueron para traer el alimento celestial.

10. Ebalo y el capitán dijeron muy animados: «Señor, hechos como este ya no nos extrañan en absoluto, puesto que vemos claramente que Tú eres el Señor al que nada es imposible. Sólo nos queda una importante pregunta: ¿Cuál es la causa por la que nos has hecho dignos de tanta Gracia? Aunque como ya llegan los alimentos celestiales, hablaremos después de la cena».

11. Una vez servida la cena y pronunciada la oración de gracias, los invité a empezar y todos se pusieron a comer con gran satisfacción. El capitán comentaba que nunca había tomado comida ni vino tan excelentes. Mi Yara también disfrutaba mucho del buen sabor de los alimentos, lo que todos confirmaron, alabándome a Mí y al buen Padre en el Cielo.

Capítulo 116. Las enseñanzas de Jesús han de ser un bien común

1. Sin embargo, Yo les dije: «Bienaventurados sois porque creéis que el Hijo del hombre ha salido del Padre en el Cielo para venir a este mundo a levantar lo caído y a liberar lo aprisionado. Pero guardaos de contar a nadie las señales especiales que habéis visto en Mí, porque eso causaría un doble mal.

2. La mitad de quienes os escuchen, se irritarán, no os creerán, y os difamarán, tildándoos de necios: un ciego rabioso es más peligroso que cien que ven. La otra mitad aceptaría demasiado fácilmente vuestros relatos y se abstendría de cualquier actividad, de manera que después ya no podrían actuar libremente. Y eso significaría matar el espíritu libre del hombre.

3. Podéis transmitir las enseñanzas que habéis escuchado a vuestros amigos y conocidos. Pues mis palabras son Verdad eterna que libera a todo aquel que la acoge en su corazón, las hace lema de su vida y, así, va aceptando que la Verdad eterna proviene de Dios, y que es y será siempre la Esencia y la Vida eterna para todo hombre que la mantiene viva en sí.

4. Lamentablemente habrá muchos que no querrán escuchar ni aceptar esta Verdad y la perseguirán como enemiga. Y otros huirán de ella como de la peste por miedo a los poderosos de la Tierra, a quienes no les espera la Vida eterna sino la muerte eterna.

5. Quien ama la vida del cuerpo y lo hace todo por conservarla, con la vida del cuerpo, que pronto acaba, perderá también la Vida eterna del alma. Pero quien huye la vida del cuerpo ganará la Vida eterna del alma. ¡Recordadlo siempre! Quien todavía quiera preguntar, que pregunte, Yo le contestaré».

6. «Señor y Maestro», respondió el capitán, «¿qué vamos a preguntar todavía? Sabemos y sentimos quién eres Tú. Sabemos también lo que hemos de hacer y conocemos su importancia. Sabemos y sentimos profundamente que Tú tienes la Vida eterna y la puedes dar, y la darás, a todo hombre que viva y actúe según tu Palabra. Sería inútil para nosotros los hombres saber más y más cosas todavía porque —como me lo ha asegurado vivamente un discípulo tuyo— con una fe viva y en tu nombre podemos curar a los enfermos.

7. Te debemos eterna gratitud por esta Gracia inesperada e inmerecida, y te aseguramos sinceramente que has erigido en nuestros corazones reconocidos un monumento que ni el poder del infierno ni las tempestades de los tiempos derrumbarán jamás. Pero como ya se ha hecho muy tarde, pienso que deberíamos acostarnos. Sin embargo no insisto, aunque en lo que a mí se refiere, debo dar otra vez una vuelta para ver si va todo bien con mis soldados».

8. «Puedes estar tranquilo», le dije, «pues todo está perfectamente, tal como ayer. Sin embargo, Yo me quedaré aquí velando hasta más de medianoche, y veréis que no será en balde. Pues esta misma noche llegarán unos viajeros de Jerusalén, entre ellos algunos fariseos y escribas que nos darán más de un quebradero de cabeza».

9. «¡Qué fatalidad!», se lamentó Ebalo, «ya podrían quedarse donde están. Huéspedes de este tipo no me agradan en absoluto, pues sólo uno de ellos requiere tanta atención como cien forasteros cualesquiera que pagan honestamente su alojamiento. En cambio estos quieren recibirlo todo gratis, especialmente cuando viajan por encargo del Templo para, finalmente, no quedar tampoco satisfechos. Oh, Señor, verdaderamente no me anuncias nada agradable. ¡Ay, ay! ¿Qué habrá que preparar para ellos?».

10. «No te preocupes», le tranquilicé, «la despensa y la bodega están repletas. En cuanto a camas, la casa está preparada para hospedar a cientos de personas. Han sido enviados a Nazaret por mi causa. Y como me encontrarán aquí, ya no proseguirán el camino. Mañana todos vosotros estaréis hartos de ellos, pero Yo les hablaré sin rodeos de manera que, rabiando de ira, se irán mañana mismo».

11. «Pero entonces el diablo no nos dejará tranquilos», insistió Ebalo, «pues hablarán sobre nosotros en el Templo, de modo que no saldremos indemnes».

12. «También eso se arreglará», le respondí, «de manera que no hablen mucho en el Templo». Tras esta explicación mía todos se tranquilizaron y permanecieron silenciosos y ensimismados en sus pensamientos.

Capítulo 117. Llegan enfermos a casa de Ebalo. Los huéspedes de Jerusalén y su misión

(Mt 14, 35)

1. Al poco se produjo cierto alboroto delante de la casa. Se oían voces en distintas lenguas y los perros del vecino —que era griego— empezaron a ladrar.

«¡Ya llegan los visitantes de Jerusalén!», exclamó Ebalo.

2. «¡Aún no!», le tranquilicé. «Éstos son enfermos, pero no tardando mucho también llegarán quienes te he anunciado. Los enfermos se quedarán aquí hasta mañana, pues hoy ya se han curado muchos. Sal afuera y dispón que los lleven a un albergue, y da de comer y beber a los hambrientos y sedientos».

3. Tras estas palabras mías, Ebalo y sus sirvientes salieron al gran patio que encontraron repleto de enfermos, entre ellos griegos, romanos y egipcios. Todos querían verme para que los curase.

4. Ebalo les recomendó que fueran a un albergue y les dio las provisiones que cada cual necesitaba. Cuando volvió a nuestra sala exclamó: «¡Gracias a Dios! Estos ya están colocados y abastecidos, y no me han dado mucho trabajo. ¡Ojalá que pueda despachar de la misma forma a los anunciados visitantes de Jerusalén! Seguramente, no será tan fácil».

5. Mientras Ebalo —quejándose todavía para sus adentros— estaba organizando a los vigilantes para cuando llegasen los escribas y fariseos, entró un sirviente en la sala anunciando su llegada, para gran susto de Ebalo. Salió a toda prisa a recibirlos y, para ayudarle, le acompañaron sus mujeres, sus hijas mayores y sus hijos. Sólo se quedó conmigo la pequeña Yara

6. El capitán, que estaba también a mi lado, dijo: «Si estuviese en el lugar de Ebalo, sabría muy bien qué hacer. Mandaría que mis mozos les dieran una buena paliza. No sería la primera vez que aquí o allá los reciben así. Cortaría enseguida por lo sano. Y si entrasen aquí, no bromearía sino que les daría una lección de padre y muy señor mío por haberse atrevido a venir a medianoche a un lugar protegido por un destacamento romano. Les enseñaría la autorización que tiene un comandante local para encarcelar a cualquiera —no importa qué rango tenga ni de qué confesión sea— y para entregarle a la justicia si no puede justificarse legalmente. No lo haré, naturalmente, pero les causaré tal terror que temblarán de miedo».

7. «Amigo, haz lo que quieras que no te pondré impedimento alguno», le dije. Y le advertí: «Pero si quieres actuar oficialmente, debes salir y arreglar el asunto con ellos fuera con ayuda de algunos de tus centuriones».

8. «Entonces, Señor, déjame actuar a mí», respondió el capitán, «conozco muy bien mis leyes y derechos».

9. Tras estas palabras, llamó al sirviente que hacía guardia en el patio, que entró diligentemente y se puso a sus órdenes.

10. «Envía enseguida un mensajero al campamento», le ordenó el capitán, «para que el centurión destaque aquí inmediatamente unos treinta hombres. ¡Vete ya!».

El guarda salió de la sala, y a los diez minutos entraron los treinta hombres junto con el centurión.

Los fariseos, que descansaban en la calle disfrutando los elogios y alabanzas de la gente, no se habían dado cuenta. El centurión preguntó al capitán qué es lo que iba a pasar.

11. «De momento nada importante», le respondió. «Sólo se trata que los que acaban de llegar sean respetuosos. Quizás desconocen la ley de campamento romana, ya se la enseñaremos. Así que, por el momento, guardad silencio, quedaos tranquilos y estad atentos a mis indicaciones».

12. Inmediatamente después, Ebalo abrió la puerta de la sala de par en par e hizo entrar a los veinte escribas y fariseos. Como es comprensible, traían también algunos acompañantes con burros de carga y mulas que llevaban sus equipajes. Así que hubo que atender también tanto a los acompañantes como a los animales y los equipajes. Una vez escribas y fariseos dentro de la sala, preguntaron inmediatamente al hostelero qué hacían allí los militares romanos.

13. Ebalo tomó la palabra, explicándose: «Como supieron que ibais a llegar; vinieron para presentaros sus respetos».

14. «¡Pero esto es muy raro entre romanos!», dijo uno de los fariseos. «Sea como fuere, tenemos hambre y sed. Haz que nos traigan comida y bebida».

15. Ebalo movilizó inmediatamente todo el personal que había en la casa, excepto a mi pequeña Yara, y en pocos minutos estuvo servida una gran mesa con los mejores manjares.

16. Los fariseos se lavaron las manos y empezaron a comer. En poco tiempo todo se agotó; se tomaron unas sesenta copas de vino. El vino suelta la lengua como es sabido, por lo que empezaron a charlar y a contar del motivo de su viaje. Quisieron saber cosas sobre Mí y preguntaron: «¿No conocéis a un vagabundo procedente de Nazaret? Se dice que el tipo, carpintero de profesión, está haciendo brujerías sin precedentes y divulgando una nueva doctrina divina, que cura a los enfermos, conjura a los espíritus, e incita al pueblo contra el Templo y el emperador. Esta es la razón por la que viajamos a Nazaret para comprobar allí el asunto. Pero como se dice que actúa por toda Galilea, seguramente sabréis algo más sobre él».

Capítulo 118. Escena entre el capitán y los del Templo

1. Tras estas palabras el capitán se levantó y dijo: «Conozco muy bien al hombre sobre quien queréis informaros, y sé de todas sus obras. Estoy al tanto de lo que pasó hace unas semanas en Kis, dónde —gracias a su Espíritu profético divino— informó al juez Fausto sobre como los impuestos imperiales recaudados y otros tesoros procedentes del Ponto y de Asia Menor fueron robados astutamente a la caravana romana por gente vuestra. Esto puso al gobernador Cirenio en un gran apuro y en gran peligro a toda Galilea, e incluso a Judea.

2. El gobernador y toda Judea —vosotros mismos incluidos— deben agradecer sólo a este Jesús estar todavía vivos. Pues si esos dineros imperiales que robasteis no hubiesen aparecido, todo el país habría sido saqueado y todos los tesoros de Judea no habrían bastado para compensar vuestro acto criminal. Que todo haya transcurrido bien y tranquilamente para vosotros en Jerusalén, así como en toda Judea, se debe exclusivamente a la intervención de Jesús, el mayor de los profetas. Por eso es infame que pretendáis perseguir precisamente al hombre al que todo lo debéis, vuestra vida y vuestra existencia.

3. Estáis en un gran error hablando de Él como si fuera un terrible criminal que debéis capturar e interrogar. A nadie incita contra vosotros y mucho menos contra el emperador, de lo contrario Cirenio no sería su amigo.

4. Pero ahora otra cosa, señores del Templo. Sabréis seguramente que aquí en Genesaret se asienta desde hace algunos años un campamento militar romano. Por eso toda persona sin excepción, no importa cual sea su rango ni de qué país venga, tiene que llevar un salvoconducto firmado por una autoridad romana para pasar sin problema por el lugar. Puesto que habéis llegado aquí durante la noche, os pido que me enseñéis tal documentación, sin la cual yo, capitán y comandante mayor de este lugar y toda la región, debo apresaros, castigaros mañana públicamente y después devolveros a Jerusalén. Así que, por favor, enseñadme vuestros salvoconductos».

5. El superior de los fariseos argumentó: «Señor, yo mismo soy un superior de Jerusalén y como tal un “salvoconducto vivo” para todos, no necesitamos otro. Pues igual que tú eres señor, también yo lo soy y estoy autorizado por privilegio imperial para viajar de día y de noche por todo Israel. Estamos ungidos por Dios, y ¡ay de aquel que nos ponga la mano encima!».

6. «El privilegio imperial es válido sólo para lugares sin campamento romano», objetó el capitán. «Pero en las regiones donde hay un campamento militar no vale para nada».

7. «Nunca se nos ha comunicado tal disposición», afirmó el superior, «por lo que no podemos cumplirla. No somos tan necios como para emprender un viaje sin proveernos de todo lo necesario a nuestra seguridad. No obstante, si eso se necesita aquí, enviaremos inmediatamente un mensajero a Jerusalén y mañana, a estas horas, tendrás en tu poder la documentación requerida».

8. «No es preciso», respondió el capitán, «pues depende de si creo o no vuestras palabras. Sin embargo, os vigilaré de cerca y tan pronto note algo sospechoso podréis consideraros presos. De momento y durante vuestra estancia os vigilarán unos soldados que, posteriormente, contra el pago de cien monedas de plata, os acompañarán hasta la frontera de esta región. Si llevarais con vosotros el salvoconducto exigido, no haría falta pago alguno».

9. «Lo abonará por nosotros el amo del albergue», replicó el superior, «pues no estamos autorizados a llevar dinero en los viajes. La Tierra es de Dios y nosotros somos sus servidores. Dios nos ha otorgado el derecho a considerar toda la Tierra como nuestra y a cosechar donde no hemos sembrado. Cada judío sabe que todo lo que posee es un bien prestado por nosotros que podemos recobrar en cualquier momento. Por ello no nos movemos en Israel como extranjeros sino como señores y propietarios, autorizados por Dios, de cada casa, de cada terreno y de cualquier dinero o tesoro. Nada hay pues que nos impida pedir a Ebalo que pague por nosotros las cien monedas, porque él las ha ganado en nuestra tierra y propiedad. Si no lo hiciera, entregaríamos todas sus posesiones a otro a quien no le importe pagarlas».

10. Como esto tocó a Ebalo muy de cerca, abrió la boca, y dijo: «Señores míos, en eso andáis algo equivocados. Primero, esta es una ciudad libre desde hace mucho, por lo que nadie puede exigir aquí nada —excepto Dios y el emperador— y, segundo, he adquirido esta tierra por matrimonio con mi segunda esposa que es griega de nacimiento y se ha hecho judía por mí. Es hija única, por lo que toda esta gran propiedad pertenece a mi segunda esposa y después a sus hijas, y no a mí. Por consiguiente, nada tengo y nada me puede ser quitado. Las cien monedas tendréis que pagarlas vosotros mismos. Si no queréis creerme, preguntad al capitán que es mi único superior, él os lo confirmará».

11. «Así es efectivamente», respondió de inmediato el capitán. «Vosotros mismos tendréis que pagar las cien monedas, y no hay vuelta de hoja. Aquí yo soy el único autorizado a mandar y exigir».

12. «Pero si enviamos rápidamente un mensajero a Jerusalén, un buen jinete, mañana estará aquí de vuelta con la documentación necesaria».

13. «Da lo mismo», respondió el capitán, «ya tenéis que pagar las cien monedas por haber llegado sin el referido salvoconducto. Así que, ¡no se hable más!».

14. «Pero nosotros no llevamos nunca dinero cuando viajamos», replicó el superior, «porque nos lo prescribe la ley. ¿De dónde lo sacaremos?».

15. «Yo me ocuparé de esto», declaró el capitán. «Dónde falta el dinero, actúa el derecho de embargo. Las abundantes pertenencias que habéis traído serán seguramente suficientes para compensar las cien monedas».

16. «Tendrán mil veces este valor», respondió el superior. «Pero todas son cosas consagradas a Dios, y Dios castigaría sin tardar a quien se apodere de ellas. Por eso, ¡no las tocarás ni nos las quitarás de ningún modo!».

17. «¡No será para tanto!», exclamó el capitán. «Ya veremos si el asunto de vuestras pertenencias consagradas a Dios es realmente tan grave».

18. A esto todos los fariseos empezaron a gritar: «¡No, no, no! Trataremos de reunir las cien monedas, pues el personal que nos acompaña lleva algo de dinero».

19. Al momento salió un fariseo y volvió con una bolsa de cien monedas que entregó al capitán. Este lo pasó al centurión que las contó. Una vez comprobado que la suma era correcta, el capitán mandó que el centurión la pusiese en la caja de multas de los pobres pecadores, lo que este cumplió inmediatamente.

20. «¡Qué cosa más extraña», comentó el superior, «poner el dinero consagrado en la caja de multas de los pecadores, sabiendo que somos servidores de Dios! ¿Acaso ignoras que el que ultraje a un servidor de Dios insulta también a Dios?».

21. «¿Qué me importa vuestro Dios?», respondió el capitán. «Yo soy romano y sé lo que sé y lo que creo. Sin embargo el Dios al que vosotros servís, no es ni será nunca mi Dios. Para mí sois por lo tanto grandes pecadores y el dinero consagrado a vuestro Dios debe ir por lo tanto a la caja de multas de los pobres pecadores. ¿Habéis entendido?».

22. «Sí, Señor, lo entendemos y nos damos cuenta también que estamos tratando con un auténtico pagano quien —como todos los romanos— nos desprecia y desprecia profundamente nuestra doctrina divina».

23. «No tan profundamente como creéis», replicó el capitán. «Pues al antiguo y verdadero judaísmo lo reconocemos nosotros también. Sólo despreciamos más que a la muerte vuestros nuevos reglamentos, vuestra falta de fe y vuestras trampas de todas clases, que claman al cielo. Pues entre vosotros ya no queda nada del antiguo judaísmo, salvo los nombres. ¿Dónde están las excelentes obras de aquellos de quienes descendéis y de quienes os dieron sabias leyes y doctrina? Sé muy bien lo que era antes vuestra Arca de la Alianza. ¿En qué estado se encuentra ahora? ¿Dónde está el Espíritu divino que debiera flotar sobre ella?».

24. «Todo sigue igual que en los tiempos de Arón», replicó el superior.

25. «Más bien completamente diferente», dijo el capitán. «Yo mismo estuve hace menos de tres años en vuestro llamado “santísimo”, tras pagar setecientas monedas de plata. Pero ¿qué vi y olí allí? Una caja de hierro sobre un artilugio, de cuyo centro salía una llama viva de naftalina cuyo olor no fue precisamente un placer para mi nariz. El contenido del Arca de la Alianza era ciertamente mucho más reciente que los tiempos de Moisés y Arón. Y mi monedero ha lamentado mucho que lo vaciara a causa de vuestro engaño. ¡No me habléis más de esto! He descubierto vuestros tejemanejes. Sabed que, sabiendo lo que sé, si fuese el emperador mañana mismo haría pasar por las armas a todo el Templo; de modo que tenéis suerte que no lo sea. Pero lo que este emperador no hace, seguramente lo hará su sucesor».

26. «Señor, si efectivamente lo sabes», comentó el superior, «te ruego que mantengas silencio por el bien del pueblo. Pues si el pueblo se entera, habremos de temer la peor de las revueltas».

27. «No tienes nada que temer», contestó el capitán. «Este asunto lo conocen ya casi todos los galileos, y nadie habla de revueltas populares. Los romanos somos aquí lo suficientemente poderosos para aplastar cualquier sublevación desde sus comienzos».

28. «Pues bien, Señor», dijo el superior, «ya hemos pagado y estamos por lo tanto en paz. ¡Dejemos el asunto! Pero si sabes algo más del desacreditado mago Jesús, de su doctrina dudosa y de sus actuaciones, te rogamos que nos informes para poder decir algo al Templo sobre el particular».

29. «Ya os he dicho», respondió el capitán, «que le conozco muy bien y hace tiempo que le habría apresado si hubiera ocurrido algo parecido a un motín. Aunque estoy convencido precisamente de todo lo contrario y sólo puedo dar los mejores informes sobre Él. Si vosotros fuerais como Él, Jerusalén sería por todos los tiempos la primera y eterna ciudad de Dios y el Espíritu de Dios flotaría sobre el Arca como en los tiempos de Arón. Sin embargo, sois exactamente lo contrario, por lo que vuestra ciudad y vuestro Templo no se mantendrán ya mucho tiempo. Esto es lo que podéis comunicar a vuestros colegas para que sepan sobre qué suelo de arena han construido su ciudad y su Templo. Mañana podréis ver con vuestros propios ojos más cosas, así que deberíais descansar ya».

30. «Permaneceremos en la mesa, pues tus ambiguas palabras nos han quitado el sueño por completo. Quien pueda dormir, que duerma. Yo estoy totalmente despabilado. Allí en la esquina de la mesa hay un huésped sentado con una doncella. ¿Quién es? ¿Debemos prestarle atención o son presos vuestros, él y la jovencita? ¿Quizá tampoco tiene los documentos de viaje?».

31. «No tenéis que preocuparos por Él pues está bajo mi protección», dijo el capitán. «Espero que mañana le conozcáis».

Capítulo 119. El poder del Amor

1. Tras estas palabras ninguno de los fariseos volvió a preguntar nada.

2. Yo me levanté, saludé al capitán que respondió a mi saludo cálida y cordialmente, y que me acompañó junto con Yara, Ebalo, sus esposas y los demás hijos, a otro aposento donde había preparado un buen lecho para pasar la noche.

3. «Si queréis quedaros todos conmigo durante la noche, entonces quedaos», les dije. «Pero si preferís ir a acostaros, hacedlo. Por otra parte, tú, mi buen amigo, has hablado muy bien a los fariseos. Ahora están con gran temor y tensión, contando impacientemente las horas hasta el nuevo día.

4. Menos mal que mis discípulos, que mientras tanto se estaban ocupando de los dos esenios y de los otros fariseos, —a los que casi tenían de su parte— no entraron en el comedor debido al enorme ruido que se produjo, lo que habría causado una situación incómoda. Sin embargo, como esa fue mi voluntad, así tuvo que suceder. Pero ¿qué haré con mi querida Yara? Esta muchachita ya no me deja».

5. «Señor, mientras permanezcas en nuestra casa, Yara no se irá de tu lado», dijo la pequeña. «Si murieras, Yara moriría contigo. Pero cuando abandones nuestra casa y Yara no pueda acompañarte, ella se quedará sollozando y pidiendo al Padre en su corazón que vuelvas a ella, pues Yara no puede seguir viviendo sin Ti».

6. «Ved, este es un buen ejemplo de cómo se debe amar a Dios para ser amado por Él en la misma medida. El Amor de Dios lo abarca todo, no hay en él ni ira ni venganza. Sin embargo, hay grandes diferencias entre como ama a Dios una persona u otra. Mientras el hombre viva y respire, ello es prueba de que Dios le da la vida mediante su Amor, de otro modo ya estaría muerto.

7. Pero el que ama a Dios como esta pequeña, le obliga a que venga a él y tome morada en su corazón. Tal persona ha recibido con ello la Vida eterna, y está ya con Dios.

8. No obstante, no todos tienen el don de amar tan poderosamente a Dios como Yara. Eso no quita que cualquiera puede amarle con todas sus fuerzas y Dios llenará su corazón con su Espíritu y su Misericordia y no dejará que caiga en el abismo. Si tropieza, Dios le ayudará a levantarse y la Vida eterna siempre estará y permanecerá en él.

9. Y ahora, Yara, puesto que me amas tanto, tienes que contarme alguna pequeña historia, pues Yo sé que conoces muchas».

10. Dijo Yara, sonriendo inocentemente: «¡Oh, Señor, perdóname, no me pidas eso! Sería demasiado absurdo, teniendo en cuenta tu Sabiduría».

11. «No, no, mi querida Yara», le contesté, «eso no debe preocuparte. Siempre podrás esperar de Mí la mayor indulgencia. Entiendo el llanto de los niños pequeños, y su lenguaje. Algunas veces tienes sueños muy extraños. ¡Cuéntame uno de ellos!».

Capítulo 120. Los sueños de Yara sobre la Crucifixión y la Resurrección del Señor

1. «Bueno, pero mis sueños son terribles por lo general; los hombres mundanos aparecen en ellos con formas repugnantes, y entonces veo diablos en su lugar. Hace poco tuve uno de esta clase: vi a un hombre de espléndido aspecto que se parecía mucho a Ti, Señor. Lo vi a atado con cuerdas, como un criminal.

2. Pregunté a quienes le seguían llorando qué es lo que había hecho este hombre magnífico para que se portaran tan mal con Él. Todos los que lloraban me dijeron lo mismo: “Era un gran bienhechor de la humanidad. Jamás cometió injusticia alguna y la Verdad más pura salía de su boca. Ha dicho demasiadas verdades a los poderosos y arrogantes fariseos y a los escribas egoístas; y por esto el débil prefecto romano le ha condenado a morir crucificado. Ahora le llevan a la cruz. Fíjate con qué desprecio y con qué insultos pagan los hombres malvados al mayor amigo de la humanidad”.

3. Me uní a los que lloraban hasta que llegamos a un monte pequeño; vi que al hombre honesto le salía sangre por unas heridas debidas a los golpes recibidos. Pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas para aumentar el dolor. Tenía que arrastrar su pesada cruz. Al llegar al lugar del suplicio, le pusieron sin misericordia sobre la cruz después de haberle desnudado. Cruelmente, a martillazos, le clavaron en ella las manos y los pies con grandes clavos. ¡Oh, Señor, qué imagen tan horrorosa! Cuando pienso en este sueño, se me desvanecen los sentidos. Finalmente levantaron la cruz y la colocaron en un hoyo cavado para tal fin, asegurándola con cuñas.

4. Lo más extraño fue que este hombre extraordinariamente honrado no dio un solo grito de dolor, mientras otros dos reos, a los que no martirizaban con tanta crueldad, gritaban horriblemente.

5. En este momento desperté y todo mi cuerpo temblaba. Señor, semejante sueño no es cosa de broma para un corazón sensible como el mío. Enseguida rogué al Padre en el Cielo que no me enviase otros sueños tan crueles. Y efectivamente, hasta hoy no me ha vuelto ningún otro tan doloroso. Mi padre me dice siempre que los sueños son vientos y que nacen de una sangre pesada. Pero entonces yo debería ser más pesada y torpe de lo que soy; sin embargo, soy una joven bastante ágil y viva. ¿Cómo, entonces, mi sangre podría ser torpe y perezosa?».

6. Dije Yo un poco triste y sombrío por el relato: «Claro, Yara, pero este sueño tuyo es de gran importancia. El tiempo te lo demostrará. Puedes considerarte bienaventurada por tener tales visiones, pues sólo a pocos profetas se les ha concedido sueños semejantes.

7. Muchas cosas resultan ocultas al hombre de esta Tierra; el gran “por qué” no lo sabrán sino en el Más Allá. Y ahora cuéntame otro sueño que tuviste con el mismo hombre tres días más tarde».

8. «Oh, Señor, me gusta mucho más contar este sueño porque fue maravilloso. Me encontraba muy temprano en un hermoso jardín desde el que podía ver a lo lejos el lugar de suplicio que mencioné en el primer sueño. Tal contemplación me dio mucho miedo. Empecé a rogar al Padre en el Cielo para que me librara de semejantes visiones, pero todavía continuaba viendo el lugar del suplicio con las tres cruces.

9. Pronto vino un joven hermoso que me consoló y fortificó con las siguientes palabras, que retuve bien en la memoria: “¡No temas nada, querida alma pura y delicada! Lo que viste hace tres días debía suceder según el designio y la Voluntad de Dios, de lo contrario ningún hombre podría llegar a ser bienaventurado ni a contemplar a Dios. Quien fue crucificado fue el Hijo de Dios, y Dios estaba en Él. Más ahora, después de tres días, este Hijo de Dios resucitará de su propia carne divina por su propia Omnipotencia. Continuará reinando sobre todo el Infinito. Su Reino y su Gloria nunca tendrán fin. Ante Él se humillarán todos los poderes y echará a la perdición a quienes se opongan a Él. Llega el momento feliz: Pon suma atención a la pesada piedra de la tumba”.

10. Cuando el joven terminó de decir tales palabras, la pesada piedra se levantó espontáneamente de la tumba, y el mismo hombre a quien yo había visto crucificar tan horriblemente tres días atrás, salió con un rostro lleno de dignidad. No dudé ni un momento que fuera Él, pues vi los estigmas de sus manos y sus pies.

11. Y el hombre se acercó a mí, diciendo con una voz extremamente melodiosa: “Lo que acabas de ver en este sueño es una prueba de lo que sucederá un día no muy lejano. Sin embargo, antes me verás todavía en persona y más tarde, después de mi Resurrección, me verás muchas veces”. Después de haber oído estas palabras me desperté. Con frecuencia he pensado en este sueño; salvo Tú, Señor, ningún otro hombre se ha parecido nunca al hombre del sueño».

12. «Quizás sea Yo», respondí. «Pero no hablemos más de esto».

Capítulo 121. Conversación entre el capitán Julio y el Señor sobre la maldad

de los del Templo

1. Y continué: «Los fariseos que han venido desde Jerusalén y a los que nuestro amigo ha tomado el pelo astutamente, me atacarán mañana duramente en cuanto me descubran. Yo, sin embargo, les diré las cosas claras, es decir, les arrojaré la pura verdad a la cara.

2. Los enfermos que están aquí y los que aún vendrán sólo habrán de tocar el borde de mi túnica y se curarán instantáneamente. Mis discípulos deberán tomar el desayuno con las manos sin lavarse. Esto será suficiente para enfurecer a los engreídos escribas y fariseos, que inmediatamente empezarán a plantear sus preguntas capciosas. Les daré las respuestas correspondientes que les sabrán tan amargas como la misma hiel que acostumbran a dar a los pobres pecadores para saciar su sed. Pero ahora, permanezcamos en silencio hasta el amanecer».

3. Mis discípulos, junto con los dos esenios y algunos fariseos y escribas a los que habían logrado ganar a mi favor con sus conversaciones, se habían acostado entretanto. Dos fariseos jóvenes, Pilah de Kis y Ahab de Jesaira —ambos buenos oradores y hombres muy prudentes— llevaban ya algún tiempo acompañando a mis discípulos. Por eso, cuando ayer por la mañana llegaron aquí, se unieron inmediatamente a ellos, ayudándoles eficazmente en la conversión. Mis discípulos —casi todos pescadores— no son muy elocuentes, por lo que los dos jóvenes fariseos les fueron de gran utilidad.

4. Le dije a Ebalo: «Avisa a los discípulos que mañana vayan a desayunar sin haberse lavado las manos, y a los fariseos, escribas y los dos esenios que ya se han convertido, que se mantengan apartados hasta que se marchen los de Jerusalén. Diles que salgan después para que Yo los bendiga. Si quieren cambiar sus ropas y quedarse conmigo o si, por el contrario, desean seguir ante los hombres lo mismo que antes, depende exclusivamente de ellos. ¡Transmíteles a todos lo que te digo!».

Ebalo no tardó en cumplir con exactitud lo que le había mandado y todos estuvieron contentos con estos mensajes, prometiendo que todo lo harían tal como Yo había dispuesto.

5. Cuando, tras cumplir su misión, Ebalo volvió, el capitán dijo: «Tengo mucha ilusión en que llegue el día de mañana. Pero como el sueño visionario de Yara me ha indignado digo que no bromearé con esos tipos. En cuanto me planteen algún problema, pueden estar seguros que recibirán la paliza correspondiente, pues castigar con palabras a esos energúmenos no es suficiente, incluso les incita a vengarse. Sin embargo, una buena zurra enfriará sus ánimos acalorados. No estoy seguro aún de hacerlo, pero es una posibilidad.

6. Es muy probable que ellos y sus ayudantes de Jerusalén quieran hacer contigo, oh, Señor y amigo, exactamente lo que la muchachita vio en su primer sueño. A la menor ocasión, y habida cuenta de la debilidad femenina del prefecto Poncio Pilato, te clavan sin más en el madero.

7. Si yo fuese prefecto en Jerusalén, ¡que alguien intentara ponerte las manos encima! Le colgaría diez veces en el madero y sólo al final le rompería los huesos. Por desgracia mi puesto está aquí y no te podría ayudar, ni tampoco tus amigos Cirenio y Cornelio. Así que para intimidarles y evitar que se atrevan a ponerte las manos encima, a ti que eres realmente un hombre divino, es preciso callarles la boca desde el principio.

8. ¡Canallas, mañana será un día violento para vosotros: os hervirá la sangre! Una vez que hayan recibido una buena lección, apuesto a que cederán por lo menos en las partes más brutales de sus actuaciones. No obstante, siempre es más eficaz aplicar primero una buena zurra».

9. «Puedes hacer lo que quieras», le respondí, «no te lo impediré, porque eres uno de mis amigos más inteligentes; eres ecuánime en tus palabras y actos. Pero te aviso que un mal trato no remediará nada sino que lo empeorará y avivará su astucia. Los que son siervos de Satán, lo son íntegramente, y lo único que sirve con ellos es tratar de corregirlos de vez en cuando con palabras duras tal como lo hicieron mis discípulos y como ocurrió en Nazaret, donde el superior y todos los fariseos y escribas se convirtieron a mi Enseñanza. La mayoría de las veces no es posible cambiarlos con tus métodos . Pues si expulsas a un diablo a latigazos, vuelven a aparecer en su lugar otros diez, cada cual peor».

10. «Como me llamo Julio», respondió el capitán, «que no aplicaré el látigo antes de verme en una situación extrema. Pero si fuese el caso, entonces ¡ay de ellos!».

11. «Has hablado bien», le dije, «primero se debe tener la mayor paciencia posible. Pero una vez que llegados al límite, hay que actuar enérgicamente sin contemplaciones; si no los pecadores pueden pensar que jugamos y bromeamos con ellos como con los niños pequeños».

12. «Soy de la misma opinión», añadió el capitán Julio. «Han de pasar muchas cosas antes de que aplique un castigo. Pero si alguien se muestra incorregible y me obliga, entonces nunca olvidará el castigo recibido. Pero creo que ahora lo mejor es dormir un par de horas porque casi está amaneciendo».

13. Asentí a lo que acababa de decir y todos nos fuimos a descansar.

14. Se hizo silencio y cada cual pudo disfrutar de un dulce sueño, aunque algo corto. Pero al despertar nos levantamos todos fortalecidos como si hubiésemos dormido la noche entera en una cama confortable.

Capítulo 122. Muchos enfermos se curan con sólo tocar la orla de la túnica del Señor

(Mt 14, 36)

1. El Sol ya iluminaba la cumbre de los montes y todos se sorprendieron de un sueño tan reconfortante. Ebalo mandó a sus esposas a preparar un buen desayuno abundante con ayuda de las hijas mayores, lo que no fue difícil porque las despensas estaban hasta arriba de excelentes alimentos.

2. Los fariseos ya habían ocupado completamente la mesa del comedor, de manera que no había sitio para nadie más. Ebalo les hizo servir inmediatamente el desayuno que consistía en pan, vino, algún pescado frito y miel. Una vez que terminaron, se puso otra mesa grande para Mí, mis discípulos, el capitán, Ebalo y sus esposas e hijos.

3. Antes de entrar en la sala mandé a Ebalo que llevara a la gran habitación de huéspedes a los enfermos que me estaban esperando, y que les dijera que se curarían con sólo tocar mi túnica.

4. Cuando Ebalo cumplió mi encargo, entré en el comedor acompañado por el capitán, mis discípulos y la pequeña Yara —que no se separaba de Mí— y me senté a la mesa sin mirar a los fariseos ni saludarlos, cosa a la que daban gran importancia.

5. Tan pronto como estuvimos sentados en la mesa, entraron en la sala unos doscientos enfermos, pidiéndome que les dejara tocar la orla de mi manto. Yo se lo permití mientras desayunábamos. Todos los enfermos se acercaban a Mí, tocaban la orla de mi manto y se curaban instantáneamente.

6. Pero los envidiosos escribas y fariseos se pusieron detrás de algunos de ellos y les susurraron al oído: «No toquéis el manto del nazareno, que conocemos bien; de todos modos os curaréis».

Quienes se dejaron convencer por los fariseos y no tocaron mi manto, siguieron estando enfermos por supuesto.

7. Al darse cuenta, volvieron a Mí y me pidieron les dejase tocar mi túnica. Yo, sin embargo, me negué y dije: «¿Habéis venido aquí por Mí o por los fariseos que os han impedido tocarla? Debéis ir a que os curen aquellos en quienes habéis creído».

8. Los fariseos, naturalmente, escucharon mis palabras y se pusieron rojos de ira. El superior se acercó a Mí y dijo: «Entonces ¿Tú eres por quien hemos tenido que viajar desde Jerusalén?».

9. Yo no contesté a su pregunta. Pero el capitán, que estaba sentado a mi derecha, dijo con voz de trueno: «Sí, Él es aquel cuya faz no sois dignos de contemplar. ¿Por qué habéis impedido que estos pobres toquen su vestido y se curasen como sus compañeros? Perros malvados, ¿no tenéis otra cosa que hacer en el mundo que volver desgraciados a los hombres cada vez que se presenta la ocasión?».

10. Hice una señal al capitán para que se moderara, pues de lo contrario podría producirse una disputa desagradable.

11. Aunque el capitán se calmó un poco, pidió al superior que explicara por qué había impedido que algunos enfermos tocasen el vestido del Maestro divino para curarse como los demás.

12. «Sólo hemos querido convencernos», respondió el superior algo confuso, «que únicamente se curaban quienes tocaban el vestido. Ahora tenemos la prueba que así es efectivamente y no impediremos que lo haga todo aquel que pueda ser curado».

13. Al escucharlo, los que seguían todavía enfermos se levantaron y dijeron: «Si no estuviésemos tan enfermos y débiles os daríamos la recompensa que merecéis, que no olvidaríais en la vida. Pero si no es hoy, será mañana. Con la ayuda de Dios algún día nos curaremos y nos volveremos a ver en algún sitio. ¡Veréis entonces la que os espera!».

14. Sin embargo, Yo dije a los enfermos: «¡Alejad la venganza de vuestro corazón! Si queréis que os cure, debéis limpiar la mente y el corazón de toda ira y venganza».

15. «Maestro», contestaron los todavía enfermos, «según tu Voluntad haremos todo lo que nos pidas. Pero, por favor, líbranos también a nosotros, pobres de espíritu, de nuestras dolencias».

16. «Entonces venid y tocad mi túnica», les dije.

17. Se acercaron efectivamente y tocaron los flecos de mi túnica y, en el mismo instante, quedaron curados.

18. A continuación, el capitán dijo muy excitado: «Pues bien, vosotros videntes ciegos de la ciudad santa de Dios, ¿creéis todavía que el hombre del que estáis tan mal informados y al que queréis interrogar y apresar, es efectivamente el hombre malvado que describisteis ayer?».

19. «Nos hemos convencido más que suficientemente», replicaron el superior y los otros fariseos, «que emana de Él una fuerza curativa extraordinaria. Pero de ello no se puede concluir que lo haya hecho por una fuerza divina; vemos que ni Él ni los que están sentados a su lado cumplen los preceptos de los ancianos. Donde sucede esto, en absoluto se puede hablar de divinidad».

20. «No lo entiendo», dijo el capitán, «hablad con Él personalmente».

Capítulo 123. El Señor y el superior de los fariseos (Mt 15, 1—9)

1. Entonces el superior se acercó a Mí y me preguntó: «Maestro, ¿quiénes son los que están sentados contigo en la mesa?».

2. «Son mis discípulos», le respondí.

3. «¿Por qué estos tus discípulos infringen los preceptos de los ancianos?», siguió preguntando el superior. «¡No se lavan las manos cuando comen pan!».

4. Me levanté y me planté delante del superior, preguntándole seriamente: «¿Por qué infringís vosotros los mandamientos de Dios con vuestras costumbres? Dios dijo: “Honra a tu padre y a tu madre, y sea muerto quien maldijere a su padre o a su madre”. Pero vosotros incitáis a que el hijo o la hija digan a sus padres: “Te resultará más provechoso que haga ofrendas en el Templo por ti, en vez de que te siga honrando según la tradición”. Y decís a ese hijo o hija: “Has hecho bien”. ¿Cuál es la consecuencia? Que casi nadie honra hoy a su padre y a su madre. Habéis anulado el mandamiento de Dios con vuestros preceptos. ¿Quién os dio derecho para ello? Actuáis así porque nunca habéis creído en Dios: el que está muerto espiritualmente no tiene conciencia».

5. «¿A eso hemos llegado?», intervino el capitán, «Tomo nota de ello. ¡Por eso es por lo que no podéis reconocer lo puramente divino en nuestro Maestro y Salvador! ¡Valientes servidores de Dios! Ahora os conozco. Vuestro dios es primero vuestra barriga y después los sacos de oro y plata. ¡Pero seguid con vuestra conversación!».

6. «Nosotros somos servidores de Dios según el orden de Arón», dijo el superior.

7. «¡Hipócritas!», intervine. «Bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí. Me rinden un culto vano enseñando al pueblo doctrinas que son preceptos humanos”».

8. «Nuestros preceptos, también instructivos para los hombres, no anulan los mandamientos de Dios», replicó el superior.

9. «Ya os lo he demostrado con un mandamiento de Dios», le dije, «¿queréis escuchar cómo pisoteáis los demás mandamientos divinos y colocáis vuestros preceptos por encima de ellos?».

10. «Déjalo, a causa de la multitud aquí presente», pidió el superior.

11. «Pero entonces», contestó el capitán, «dad testimonio ante el pueblo del Maestro, afirmando que Él vive y actúa completamente de acuerdo con la Ley divina».

12. «Eso no lo podemos hacer nosotros», replicó el superior, «sólo lo puede hacer el sumo sacerdote ungido por el Templo».

13. «A eso, los romanos decimos: “¡Ars longa, vita brevis!”31, o sea, que para no hacer algo por algún motivo, dar largas al asunto. Pero yo os digo delante del pueblo que vuestro mejor testimonio de un Maestro como Jesús de Nazaret sería demasiado pobre y malo. Si os atrevéis a hacer a vuestros hipócritas colegas del Templo un informe tergiversado sobre Jesús, yo informaré al instante al emperador de Roma, con detalle y avalado por los testigos necesarios, cómo habéis hecho vosotros y vuestros colegas el famoso robo de impuestos. No pasaría un año y vuestro nido infernal sería arrasado. ¡Recordadlo bien! Un romano cumple lo que ha dicho, aunque se hundan Cielo y Tierra: “¡Fiat iustitia, pereat mundus!”32.

¿Me habéis entendido?».

Capítulo 124. Serias palabras de Julio sobre la Bendición del Señor

1. Tras estas palabras del capitán Julio los fariseos se retiraron sorprendidos y discutieron cómo debían proceder. Uno opinó que deberían informar sobre Mí como pedía el capitán.

2. Sin embargo, el superior dijo: «¿Cómo vamos hacerlo si desprecia las leyes del Templo? Y si fingimos que lo hacemos, no nos servirá de nada. En su día se sabrá lo que hemos dicho y toda la culpa y el castigo caerán sobre nosotros. Mejor es que hagamos lo que quiere el capitán. Si algo ocurre, tendremos motivo para disculparnos ante nuestros sumos sacerdotes». Los escribas y fariseos se dieron por satisfechos con estas palabras definitivas y no abrieron más la boca.

3. A esto me levanté y me dirigí con toda seriedad al superior: «O sea, porque no cumplo los reglamentos mundanos hechos por vosotros que han olvidado a Dios, no puedes ni quieres testimoniar sobre mi persona, porque temes por tu frágil cuerpo. Si lo hubieras hecho, ¡qué feliz estarías ahora y eternamente! Pero ya es tarde. El Hijo del hombre no necesitará nunca más un testimonio de tu parte, pues sus obras y palabras son testimonio sobrado. Para que tú y tus colegas veáis que el Hijo del hombre no teme a los humanos, Yo diré a todo el pueblo que cumplir vuestros preceptos no sirve para nada; por el contrario, quien sigue vuestras instrucciones y las cumple, comete un grave pecado contra Dios».

4. «¡No lo hagas!», respondió el superior, «eso te colocaría en una situación muy difícil».

5. «Sí que lo hará», observó el capitán, «y no le sucederá nada. ¡Recordadlo, ambiciosos! Aquí estáis bajo mi poder. Cualquier gesto sospechoso por vuestra parte os acarreará el castigo correspondiente. La historia muestra hace más de trescientos años que los del Templo no han hecho nada bueno por los hombres. Y si, de vez en cuando, hubo un alma noble entre ellos, hicieron con ella lo que apenas hace treinta años con el bueno y piadoso Zacarías. Si alguno destacó entre sus correligionarios por su veracidad, honestidad y fuerza divina, y porque colmó a los pobres con obras buenas de toda clase, ya estos energúmenos le acechan para aniquilarle. ¡Este oficio vuestro se acabará pronto!

6. Llegó este verdadero hombre divino a la región, famosa por su falta de salubridad. En ella había varios miles de enfermos, del lugar y forasteros, e incluso más de la mitad de mis soldados padecían fiebres malignas, algunos hacía más de un año. Entonces este hombre divino llegó aquí y curó a todos los que buscaron ayuda. ¿No se le debería construir un altar y hacerle sacrificios como a un Dios, consagrándole todos los honores? ¿Qué cosa buena habéis hecho por la gente de aquí desde que habéis llegado? Por el contrario, las despensas de Ebalo ya han menguado al menos por un valor de cien monedas.

7. Y para agradecer que en todas partes os llenáis gratis la barriga de buena comida, queréis llevar a la perdición al mayor benefactor. Y eso a un hombre al que tenéis que agradecer que Cirenio no haya reunido todos los poderes en Asia para destruir vuestro prostíbulo y casa de ladrones. ¡No, es demasiado horroroso pensar en ello! Y para que no os delaten vuestros fraudes, los cuales vendéis por mucho dinero como cosas divinas al pueblo, intentáis quitar de en medio con astucia satánica incluso a vuestros mejores amigos y benefactores si sospecháis en ellos la menor lucidez. Decidme vosotros mismos, ¿no sois peores que el propio Satanás?».

8. Dicho esto, el capitán se volvió hacia Mí y agregó: «Señor y Maestro de la escuela de Dios, enséñanos sin rodeos la Verdad y lo que el pueblo ha de hacer a partir de ahora con los reglamentos humanos. Sé que te obedecen el Cielo, la Tierra y todos los elementos y que puedes pulverizar a estos energúmenos con una sola palabra, al igual que ordenaste al mar que nos soportara como si fuera tierra firme. Aunque pese a todo mi poder, que no es poco, soy frente a Ti un hombre débil, estoy a tu servicio con todos mis hombres y hasta la última gota de sangre. Estos endemoniados no se olvidarán nunca de Genesaret».

9. El superior se dirigió al capitán, levantando la voz muy ofendido: «¡Señor capitán! Danos una prueba de que hemos venido aquí exclusivamente para atacar a este hombre. Cierto es que investigamos y comprobamos los hechos, lo que no se nos puede tomar a mal. Tú puedes hablar fácilmente porque has tenido suficientes ocasiones de conocer sus obras y enseñanzas. Pero nosotros no hemos oído ni visto casi nada, salvo la maravillosa curación de hoy, por no hablar de tus amenazas muy poco humanitarias. Por lo tanto, teniendo en cuenta de que somos todavía ajenos al asunto, deberíamos tener la libertad de examinar un poco a este hombre milagroso.

10. Somos conscientes que nosotros, los del Templo, pisamos suelo quebradizo. Pero mejor es que ninguno, y el Estado debe protegerlo hasta que a Dios le plazca crear otro más firme. Por ello te rogamos que no nos amenaces inmediatamente con la espada porque queramos intercambiar algunas palabras con el milagroso Jesús. Que haga lo que quiera y que enseñe y predique de manera que sepamos algo más sustancioso que lo que hemos oído hasta ahora por terceros y a través de muchos informes, seguramente erróneos. Ya veremos si el asunto es cierto y podemos cambiar nuestro juicio sobre Él. No somos tontos y nuestro corazón es todavía capaz de juzgar justamente».

11. «El que os hayáis negado a testimoniar sobre Él», contestó el capitán, «no habla a favor de la justicia de vuestro corazón, sino en contra. “Ex trunco non quidem mercurius33”.

Pero ya veremos».

Capítulo 125. Tres documentos (Mt 15, 10—14)

1. Entonces llamé a la multitud que había llegado, parte de Genesaret y parte de la gran ciudad, celebrando el día como antesábado festivo.

2. Cuando la sala se llenó, les dije: «¡Oíd y entendedme bien! No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre, sino lo que sale de la boca. Comer pan sin lavarse las manos no hace impuro al hombre. Esto es lo que digo y con ello anulo para siempre esos preceptos humanos». La respuesta de la muchedumbre fueron gritos de júbilo y alabanzas a mi persona.

3. A esto se acercaron los discípulos y me preguntaron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».

4. Y Yo les respondí en voz alta: «Toda planta que no ha plantado mi Padre celestial será arrancada. Dejadlos, son guías ciegos. Cuando un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la fosa. Estos pueden escandalizarse tanto cuanto quieren, pues su padre es otro que el nuestro. Nuestro Padre está arriba, el de ellos abajo».

5. Al oír esto, los fariseos se enfurecieron sobremanera y el superior dijo con voz estruendosa: «¡Ya hemos oído bastante! Esto es blasfemar de Dios y de nosotros. Ahora sabemos quién es este Jesús de Nazaret. ¡Vayamos pues a anunciar al sumo sacerdote qué clase de hombre es este nazareno!».

6. «Se puede llegar a una ciudad por decisión propia, como vosotros», replicó el capitán. «Pero salir depende de la voluntad de su mandatario. Aunque digáis: “¡vámonos!”, el mandatario se opone y dice: “¡os quedáis!”». Estas últimas palabras las dijo con voz de trueno.

7. La voz hizo temblar sobremanera a los fariseos que se pusieron pálidos de terror, sin poder pronunciar palabra alguna.

8. Cuando el capitán vio que su amenaza surtía efecto, siguió diciendo: «Antes de que os deje marchar, todavía tengo que solucionar algunos asuntos con vosotros. Firmaréis de vuestro puño y letra unas estipulaciones y un testimonio en presencia del pueblo. Pero bien entendido: las estipulaciones y el testimonio son obligatorios, y a vida o muerte. Pues si a través de mis astutos espías sé que no cumplís aunque sea un solo punto de ellos, tenéis segura la muerte inmediata».

9. Dicho esto, el capitán mandó que sus servidores trajeran útiles para escribir y escribió lo siguiente:

«Estipulación Nº 1: Si uno de vosotros se atreve pronunciar una sola blasfemia contra Jesús de Nazaret, ya sea entre vosotros o ante extranjeros, inmediatamente que se sepa será entregado a la justicia y a la muerte.

Estipulación Nº 2: Si uno de vosotros dice aunque sólo sea una palabra de lo que ha sucedido y se ha hablado aquí en Jerusalén o en el Templo, dando un testimonio malicioso sobre Jesús, el Señor, en el Templo o en otra casa, será entregado a la justicia y pagará con la muerte.

Que nadie se consuele, diciendo: “Eso no llegará a saberse”. Porque, como ya he dicho, si no mantenéis el silencio exigido en estas estipulaciones, mis espías lo sabrán inmediatamente y os caerá encima el duro castigo anunciado».

10. A continuación, el capitán escribió el testimonio que decía así: «Todos nosotros con nuestra firma al final de este escrito, afirmando así la verdad pro memoria aeterna34, que hemos cometido el sabido robo de los impuestos imperiales y los tesoros del Ponto y de Asia Menor, habiéndolos sustraído astutamente a los porteadores, y que fuimos denunciados en Kis, durante su transporte a Jerusalén, por Jesús de Nazaret, si no personalmente, por su influencia. El juez Fausto nos habría condenado a muerte, si no hubiese sido por Jesús de Nazaret quien nos liberó. Esta es la verdad por la que damos la vida».

11. Una vez redactado estos documentos, el capitán los leyó tranquilamente a los escribas y fariseos. A cada renglón se les ponía la cara más larga y al escuchar finalmente el testimonio, quedaron estupefactos y gritaron: «¡Qué!, ¿eso debemos firmar?».

12. «Sí, porque es la pura verdad», respondió el capitán. «Pero si os negáis, allí están preparados los soldados con palos, látigos y hachas».

Cuando los fariseos se volvieron y vieron a los verdugos, pidieron inmediatamente los útiles de escritura. El capitán les recordó que firmasen con sus nombres verdaderos, pues si ponían uno falso, tendrían la muerte segura. Entonces firmaron debidamente y quien de la multitud sabía escribir, tuvo que firmar como testigo.

13. Cuando el capitán tuvo los tres documentos, dijo: «Ahora tengo lo que quería tener de vosotros hace mucho tiempo, y vosotros sabéis lo que es. También sabéis lo que siempre tendréis que cumplir, y con ello hemos terminado. Ahora podéis ir a dónde queráis. Hasta la frontera tendréis una escolta segura».

14. Tras estas palabras, los escribas y fariseos recogieron inmediatamente sus efectos y no había pasado ni media hora, cuando habían dejado atrás Genesaret, cabizbajos y en silencio.

Capítulo 126. Advertencia del Señor sobre la astucia de los del Templo

1. Una vez que los listos investigadores se hubieron alejado, me dijo el capitán: «Señor, espero que mantendrán silencio, porque creo que las tres cuerdas35 los sujetarán bien. Por otra parte es totalmente cierto que me enteraré, ocho días a más tardar, si alguno de ellos habla en algún lugar, aunque sea secretamente. Además de mis espías, repartidos por todo el país, su gran temor los mantendrá callados y no dirán a nadie lo que han visto aquí. De eso estoy seguro».

2. «Si, se callarán», afirmé, «pero mayor será su rabia contenida. Pues nunca olvidarán lo que les ha sucedido aquí. Os advierto sin embargo que su maldad es grande y carece de límites. En sus corazones viven diablos que no escatimarán esfuerzos para vengarse de quien les ha insultado. Tened cuidado, pues ahora están maquinando qué hacer. El testimonio que han firmado es, no obstante, la mejor traba y les hará callar. Sin embargo, enviarán tras de vosotros más espías que vosotros tras ellos, y reclutarán testigos falsos. Esta es mi advertencia».

3. «Señor, te agradezco la advertencia de todo corazón», dijo el capitán. «Sabiéndolo, cualquier forastero que se acerque a esta región, especialmente los que vengan de Jerusalén, deberá tener cuidado. Al menor movimiento sospechoso será apresado, de modo que a esos diablos se les quitará la gana de enviar otro espía aquí».

4. «Sí, sí, pero, justamente por eso, tened cuidado», respondí. «Exteriormente son mansos como palomas, pero interiormente son más venenosos que serpientes. Vendrán personas de apariencias diferentes hablando distintos idiomas; una vez serán comerciantes persas, otra griegos o egipcios, o también romanos, muy difíciles de distinguir de los habitantes verdaderos de dichas naciones. Pero si los examináis detenidamente, encontraréis su verdadera identidad».

5. «Oh, Señor, te agradezco profundamente tus advertencias», dijo el capitán. «Ahora sé lo que tendré que hacer en lo sucesivo. Y si se presenta un caso muy difícil, me permitirás que invoque tu nombre santo y todopoderoso, pidiéndote: “¡Oh, Espíritu todopoderoso de mi Señor y Maestro Jesús! Ilumina mi mente y mi corazón para que vea claramente lo que debo hacer”. Tú escucharás seguramente mi ruego hasta en el fin del mundo».

6. «Oh, amigo y hermano», le dije, «si permaneces así siempre en Mí, mi Espíritu estará siempre en ti y te prestará ayuda día y noche».

7. «Pero, Señor», dijo Yara, «estás hablando como si quisieses abandonarnos pronto. Oh, Señor, te ruego que te quedes todavía unos días con nosotros, pues Tú eres mi vida. Sin Ti no puedo vivir. Tienes que quedarte; no te dejo ir, porque me moriría».

8. «Oh, mi querida Yara», le dije con ternura, «no te abandonaré nunca. Aunque partiré en persona dentro de unos días por asuntos de mi misión, permaneceré en Espíritu siempre contigo; tú hablarás conmigo y Yo responderé a tus preguntas claramente. Puedes estar segura de ello. ¿Me entiendes?».

9. «Sí, mi querido Señor Jesús», respondió la pequeña Yara, «lo entiendo y sé que para Ti nada es imposible. Pero preferiría que te quedaras en persona más tiempo con nosotros. Pues cuando estás con nosotros, todo está iluminado con una luz celestial. No puedo imaginarme más hermoso el Cielo. Por eso debes quedarte aquí personalmente aún unos días más».

10. «Pues bien», le respondí, «a tal amor no se le puede negar nada, particularmente cuando ha elegido la mejor parte. ¡Alégrate, tu amor nunca estará solo!».

11. Mis palabras causaron a Yara tal alegría que fue corriendo a Ebalo y le dijo: «¡Padre, el Señor se queda todavía con nosotros, y eso para siempre!».

12. «Mi querida niña», contestó Ebalo, «eso es una gran Misericordia hacia nosotros que no nos merecemos; pues Él es Señor sobre el Cielo y la Tierra. Lo que Él hace y quiere hacer, está en su eterna Voluntad inescrutable, según la cual cada pelo de nuestra cabeza está contado, como la arena del mar, y nosotros los hombres no podemos cambiarlo. Pero también pienso que a Él, para quien mil años son como un día, no le importará quedarse un día más con nosotros. Así que sujétale bien, pues a ti es a quien más ama».

13. «Oh, sí, le sujetaré firmemente y no le soltaré nunca», afirmó Yara.

Capítulo 127. El Señor habla sobre el espíritu del Amor

1. Entonces me acerqué silenciosamente a Yara y la cogí en brazos. «Hija mía», le dije, «¿cómo vas a poder sujetarme, si Yo soy mucho más fuerte que tú?».

2. Cuando la volví a dejar en el suelo, me respondió: «Sé muy bien que Tú eres mucho más fuerte que yo, que soy un mosquito ante Ti. Con tu Voluntad todopoderosa sostienes el Cielo y la Tierra y mantienes el mar con su profundidad. ¿Cómo voy a querer medir mi fuerza con la Tuya? Pero pienso que como yo te amo tanto, indescriptiblemente, te dejarás sujetar un poco más aquí a causa de mi amor hacia Ti».

3. «En esto tienes razón», respondí, «pues todo se consigue de Mí con el amor. El Amor por vosotros los hombres fue justamente lo que me trajo a esta Tierra. Mas quien posee un amor como tú, puede hacer conmigo lo que quiera, pues tal amor es mi Espíritu en el corazón del hombre. Y lo que exige y quiere tal amor surge de la profundidad del Orden divino. Por lo tanto puedes sujetarme en tu corazón y no me separaré nunca de él.

4. Sin embargo, mi presencia física no vale nada, todo depende únicamente de mi Espíritu. Todo lo que hago no lo hace mi persona sino sólo mi Espíritu. Pero por Amor a ti me quedaré todavía mañana que es sábado y pasado, postsábado. Posteriormente seguiré mi ruta a Sidón y Tiro. Después volveré y me quedaré con vosotros quizá la mitad del invierno».

5. La pequeña exclamó llena de regocijo: «¡Oh, toda la alabanza a Dios, el Padre santo! Ahora estoy contenta».

6. Todos se admiraron ante la muchachita de doce años de edad y se sorprendieron de su capacidad de entendimiento. Un anciano dijo: «¡Es una Misericordia de Dios muy especial! En esta tierna piel se esconde un ángel de Dios. Su físico y su espíritu son prueba de ello».

7. Y otro añadió: «Sí, cierto es. La muchacha tiene sólo algo más de doce años, pero parece que tenga dieciséis. Su cuerpo está totalmente desarrollado y su alma no deja nada que desear. Mente y corazón están en su justo lugar. Feliz quien la lleve como esposa a su casa cuando llegue el día».

8. Yara, al oírlo, replicó: «Un corazón que ama a Dios no necesita el amor de un novio egoísta, pues ya está como novia en la casa de Dios. Yo amo a los hombres en su miseria y hago el bien a los pobres a toda hora. Pero el amor de un hombre joven no lo conozco ni lo conoceré nunca, a no ser que su corazón esté, como el mío, sólo lleno de puro amor a Dios».

9. «¡Ay, ay, muchachita!», intervino un judío anciano, «tus palabras suenan como si viniesen de un ángel. Sin embargo, estás hecha de carne y sangre, y cuando llegues a la edad correspondiente, verás si carne y sangre no tienen nada que decir en el ser humano».

10. «Ya sé desde mi niñez que el hombre no es Dios», replicó Yara. «Pero el ser humano puede llegar a ser dueño de su carne y de su sangre mediante su verdadero amor a Dios, porque puede contar con la ayuda de Dios. Y a quien Dios ayuda, le ayuda totalmente y no sólo en parte, tal como habéis visto esta mañana en vuestra propia carne y sangre. No fue la ayuda de un hombre sino ayuda verdadera de Dios».

Tras estas palabras de Yara, los ancianos se callaron y nadie se atrevió volver a decir una palabra.

11. Yo me dirigí entonces a Yara cogiéndole de la mano: «Lo has hecho muy bien. Hablas como un profeta experimentado».

12. «Es fácil hablar proféticamente», me respondió Yara, «cuando se está cerca de Ti y Tú nos pones las palabras en el corazón y en la boca. Si hubiese hablado por mi misma, seguramente habría dicho muchas tonterías».

13. «Podría ser», le dije a media voz. «Pero a partir de ahora podrás hablar siempre con sabiduría a condición que nunca me seas infiel cuando te vayas haciendo mayor».

14. «Señor, preferiría morir antes que eso ocurra», dijo Yara.

15. «¿Crees entonces que eso será imposible?», le pregunté.

16. Yara me abrazó fuertemente apretándome contra su pecho y dijo: «Sí, será eternamente imposible. Pues estaría uno totalmente loco si cambiara una libra de oro por una libra de basura maloliente».

17. «Entonces, ¿a ti también te importa el oro?», le pregunté.

18. «Sí, me importa mucho el oro del alma», respondió Yara. «El mundano lo he puesto sólo como ejemplo».

19. «Está bien, naturalmente te he comprendido», le dije. «Pero como te amo tanto, puedo bromear un poco contigo, ¿no?».

20. «Oh, bromea conmigo lo que quieras; no por eso te amaré menos», respondió Yara. «Sé desde hace mucho que Dios azota a los hombres que más le aman. Así que, si Tú, oh Señor, te burlas de mí, sé que me amas más».

21. «Oh, mi querida niña, Dios nunca se burla de las personas que tienen un corazón tan puro como tú, y solamente pone en aprietos a aquellos que pretenden amar a Dios, pero siguen jugando con el mundo de vez en cuando. Les pone a prueba con toda clase de “bromas” hasta que dejen su amor por el mundo y se vuelvan de verdad puros de corazón. ¿Lo entiendes?».

22. «Oh, Señor, eres miel para mi corazón», respondió Yara, «lo comprendo perfectamente».

Capítulo 128. Conversación entre los del Templo y los esenios (Mt 15, 15—20)

1. A esto, Pedro volvió a intervenir diciendo como para sí mismo: «No comprendo la rapidez con la que esta mucha entiende las cosas. Soy viejo y he pasado por muchas experiencias, pero mi entendimiento no capta con tanta presteza lo que oigo. Por ejemplo no comprendo lo que Él ha querido decir con la frase “No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre, sino lo que sale de la boca”. Cuando un hombre vomita, tose o escupe, ¿cómo va a ser impuro por eso? Moisés nunca se refirió a ello».

2. «Te pasa lo mismo que a nosotros», dijeron los demás discípulos. «Tampoco lo entendemos. Ve y pregúntale en nombre de todos cómo debemos interpretarlo».

3. Entonces Pedro se acercó a Mí y preguntó: «Señor, explícanos esta frase; ninguno de nosotros la entiende».

4. «¿Tampoco vosotros la entendéis todavía?» les dije. «¿No comprendéis que lo que entra por la boca va al vientre y es expelido por el camino natural? Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que hace impuro al hombre. Porque del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias.

5. Esto es lo que hace impuro al hombre, no comer sin lavarse las manos. ¿Lo comprendéis ahora?».

6. «Sí, oh Señor, te damos las gracias por tu Luz sagrada», respondieron los discípulos.

7. Entonces dije a Mateo, el escribiente: «Anota la multiplicación de los panes en el desierto tras el viaje nocturno hasta aquí y lo que ocurrió en dicho viaje. A continuación escribe lo que ha pasado hoy, con pocas palabras pero precisas, porque es una parte esencial del Evangelio. El resto no lo menciones por el momento, quizás más tarde cuando añadamos algo».

8. A continuación, los discípulos volvieron a su habitación donde ya los esperaban impacientemente los pocos fariseos y escribas que se habían convertido, además de los dos esenios. Naturalmente quisieron saber qué había pasado con los escribas y fariseos de Jerusalén. Después de contárselo todo detalladamente, los discípulos añadieron: «Verdaderamente, hace falta ser muy taimado y falaz para persistir en la malvada necedad pese a las señales y testimonios que ha habido. ¿De qué les sirve ahora su astucia? Ahora están atados por la firma de los tres documentos, escritos de tal manera que ni siquiera pueden comunicarse sus propios pensamientos».

9. «Teniendo en cuenta que el asunto de Jesús está tan claro como el Sol, no se puede comprender la falsedad con la que actúan», intervinieron los esenios. «Nosotros, después de haber pasado por todas las escuelas de Persia, Egipto, Grecia, e incluso por la de los antiguos judíos, somos más instruidos que nadie en lo que concierne a nuestra comprensión del mundo. Aun así, y haciendo caso omiso a sus obras milagrosas sin precedentes, afirmamos, en lo referente sólo a sus palabras y a la profunda Sabiduría contenida en ellas, que nunca se han oído cosas semejantes en la Tierra: una prueba más que suficiente de que Jesús es Dios en toda su perfección. Pero si, además, tenemos en cuenta sus obras, hemos de reiterar que sólo son posibles al mismo Dios, en quien se unen todas las fuerzas de la Tierra y de los astros, del Sol y de la Luna, que recibieron su existencia por su Voluntad todopoderosa de modo inexplicable para nosotros.

10. Hemos visto como la Voluntad, la Palabra y el Hecho consumado son en Él una sola cosa. Los Cielos se abren a una señal suya e innumerables y sublimes seres etéreos están a su servicio; cuando Él lo ordena, las despensas quedan repletas de los manjares más deliciosos y las vasijas llenas del mejor vino.

11. Manda a la mar y solidifica su superficie —sin que se hiele— de modo que los hombres puedan andar por ella como si fuese un suelo de mármol. Todo les ha sido contado a estos incrédulos, además de que esta mañana han visto con sus propios ojos la milagrosa curación de varios cientos de enfermos. Pese a ello, siguen obstinados y tercos como una roca a la que ni la más terrible tormenta puede mover de su sitio. Hermanos, estos ya no son humanos: están poseídos por una bestia salvaje o por el mismo diablo. ¿Tenemos razón o no?».

12. «Estáis totalmente en lo cierto», respondieron los escribas y fariseos convertidos, «si uno no cambia ante semejantes hechos, ello prueba que es un auténtico diablo».

13. «Como estamos convencidos», respondieron los dos esenios, «que en muchas partes de este mundo existen espíritus malignos que frecuentemente hacen padecer a los hombres y los incitan a cometer actos perversos, somos de vuestra misma opinión. Pues personas que carecen de todo sentimiento hacia sus semejantes y que, como las bestias, sólo se preocupan de su gula y su barriga, ya no son hombres sino diablos. No escatiman medio alguno para conseguir llenar satisfactoriamente su barriga. ¿Qué Dios, qué Espíritu? ¡Hay que llenar la barriga! Todo lo demás carece de valor. El arte y la ciencia sólo les interesan si les permiten aumentar sus ingresos. Señor, ¡qué hombres! Efectivamente no son sino diablos».

14. Aquí intervino Judas, diciendo: «Si no estuviese totalmente convencido de su Poder divino, en verdad empezaría a temer seriamente por Él. Pues esta gente, si pudiera, arrebataría su trono eterno al mismo Dios para sentarse en él. Pues los del Templo —a los que les va estupendamente después de haber expulsado a los samaritanos que muchas veces les criticaban con dureza— se atreverán a todo con tal que su bienestar no disminuya».

15. «¿Crees en verdad que nuestro Señor está seguro ante la malicia de los del Templo pese a todo su Poder milagroso?», contestó Pedro. «Si no se presenta ante estos parricidas como un juez de los cielos armado de rayos y truenos, en breve será víctima de su venganza insaciable pese a todo su Poder y Sabiduría. Sí, un judío puede ser un ángel cuando es llamado a realizar grandes obras, pero a un judío malvado y perverso no le supera ni el peor de los diablos.

16. Por eso debe tener mucho cuidado de Jerusalén. Si llega allí como un hombre bueno, estará perdido como el predicador Juan, mientras Juan estaba seguro cuando enseñaba y bautizaba cerca de nosotros al otro lado del alto Jordán, cerca de Betania. Pero cuando hace sólo tres meses fue a Betania, al bajo Jordán en el gran desierto de Judea, no tardó en ser víctima del Templo, que supo esconderse astutamente detrás de Herodes. Herodes ya buscaba entonces a nuestro Señor y Maestro: si le hubiese encontrado, quién sabe lo que habría pasado. Aunque el Señor también ve de lejos los corazones de los hombres y sus planes y sabe esquivarlos. ¿Quién será más clarividente y sabio que Él?».

17. «Empezar a esquivarlos», observó un fariseo, «no es una buena señal para su plena seguridad. Puede que, mientras le sea posible, quiera evitar todo revuelo y ello sea lo que justifique su comportamiento huidizo. Pero si hay temor de algo, por pequeño que sea, entonces no confío en su seguridad. Sé demasiado bien que el Templo tiende sus redes perniciosas de manera tal que es casi imposible escapar a ellas. Seguramente Él no quiere levantar ningún revuelo importante y, al esquivar las trampas tanto tiempo como pueda, también evitará un choque violento con esta gente. Él no hará frente a la gran maldad de los hombres hasta que se haya colmado el vaso.

Teniendo en cuenta su carácter, así me parece que son las cosas».

18. «También es nuestra opinión», respondieron los esenios. «Pues hemos de tener en cuenta que con su Sabiduría divina y la plenitud de Fuerza divina que esconde, también sabrá cómo hacer frente al mundo malicioso. Si sólo tuviéramos la milésima parte de su Poder y de su Sabiduría, en tres años seríamos dueños del mundo entero. Por eso no tememos por Él. Y aunque se presentase voluntariamente ante este mundo perverso, diciendo: “Aquí estoy; demostrad en Mí, vuestro Creador, toda vuestra maldad para que os llegue cuanto antes el juicio desde arriba”, no perdería nada. Podría ser que permitiese que los hombres dañaran su cuerpo físico e incluso que le mataran.

Pero ¿quién puede destruir su Espíritu poderoso, eternamente invulnerable? No dudamos que Él sería capaz de hacer algo así, pero eso no les serviría de nada a sus enemigos. Pues antes que se den cuenta, se levantará como un juez irremisible para juzgarlos a hierro y fuego desde los Cielos. ¡Ay entonces de sus enemigos y de todos los diablos! Bajo las peores torturas sabrán quién era Aquel al que han perseguido en todos sus caminos. ¿Qué decís de lo que pensamos?».

19. «Aunque no estamos en contra de vuestra opinión, ¡ojalá que no pase!», respondieron los discípulos, «Para Dios todo es posible, incluso lo que un ser humano nunca puede pensar ni imaginar».

Capítulo 129. El Señor y los dos esenios

1. Mientras los discípulos, los fariseos y los dos esenios charlaban y Mateo seguía escribiendo, Ebalo llamó a todos a la mesa donde tomaron asiento de muy buen humor.

2. Entonces Yo les pregunté de qué habían estado hablando tan animadamente.

3. «Señor», respondieron los dos esenios, «¿por qué preguntas de qué hemos estado hablando, si tu Espíritu todo lo percibe al instante desde la eternidad? Puedes estar seguro de que no hemos hablado mal de Ti».

4. «Cierto es», les dije, «pues lo que habéis dicho no viene de vuestro entendimiento humano sino que os lo ha inspirado el Espíritu de Dios. No habléis de esto a nadie, pues los hombres son ciegos, necios y malvados. Pero comamos ya».

5. La mesa estaba preparada espléndidamente. Nuestros ocho marineros habían traído a Ebalo una gran cantidad de los mejores pescados, que este había hecho preparar deliciosamente: todos gozaron del exquisito plato. Los dos esenios que daban gran importancia a un paladar cultivado, pues fueron alumnos de Aristóteles y de Epicuro, no cesaban de elogiar tan exquisita comida. También el capitán ensalzó el buen gusto del guiso y se comió vorazmente varios trozos grandes, de modo que al acabar temía que le sentaran mal.

6. Pero le dije: «No temas, mi querido Julio, pues en presencia del médico nada te sentará mal».

7. Esto le tranquilizó y alegró al buen Julio de manera que esta frase mía se convirtió en un dicho popular entre los médicos del tiempo en que fue dicha.

8. Al acabar la comida el capitán me preguntó: «Señor, hoy hace un día precioso. ¿Qué tal si nos fuéramos a pasear por el campo?».

9. «Esto pienso Yo también. Esta vez podemos subir a un monte próximo».

10. «El monte más próximo», respondió el capitán, «que se llama “Cabeza Matutina” o, en la lengua de la región “Juitergli”, es el más alto y muy escarpado por todos lados; es una roca colosal. Si te refieres a él, no llegaremos a la cumbre antes de que caiga la noche. Aunque desde allí la vista debe ser increíblemente hermosa, no es aconsejable pernoctar en él, porque a esa altura siempre hay nieve y hielo».

11. «Amigo», le dije, «eso no nos debe impedir escalarlo, pues quien conoce el camino lo subirá antes que quien ha de buscarlo penosamente. ¡Quien tenga ganas de subir, que venga conmigo! En unas dos horas estaremos arriba».

12. «Señor», respondió el capitán, «Hasta el fin del mundo voy con tu Palabra, más aun a este monte. Si Tú eres el guía, no hemos de temer peligro alguno. Pero quizá deberíamos llevar algo de pan y vino, pues sé que después de subir a un monte como éste, uno tiene hambre y sed».

13. «Sí, podéis llevarlo», le dije, «pero ¿qué haremos con Yara, que quizás tenga dificultades en la subida?».

14. Respondió Yara: «Contigo, Señor, nada puede resultarme demasiado difícil; pero sin Ti, Señor, no soy capaz de hacer nada. Siendo de tu agrado, no sólo subiré a este monte sino que atravesaré literalmente el fuego, tal como también anduve la primera por la superficie del mar».

15. «Tu siempre sabes dar» le dije, «una correcta contestación desde tu corazón que está traspasado por el amor y la verdad. Por eso prepárate para venir con nosotros, pues el viaje no te será difícil». En un instante, Yara estuvo lista para partir y me preguntó si Yo estaba de acuerdo.

Capítulo 130. La maravillosa ascensión al monte

1. La muchacha, que se había puesto un vestido azul, unas sandalias ligeras y un sombrero de paja, me cogió de la mano y dijo «Señor, mi vida, dime por favor si te agrada que vaya contigo».

2. «Ya lo ves, mi querida Yara», respondí. «Si todas las personas me agradaran tanto como tú, todo sería mucho mejor. Pero lamentablemente existen en el mundo muchos miles que no me agradan tanto porque están apegados al mundo; pero tú eres un ángel. Ahora tenemos que partir, se nos hace tarde».

3. Salvo la servidumbre de la casa, todos me acompañaron a la ascensión del monte. Se da por entendido que la pequeña Yara iba siempre a mi lado, así como también Ebalo y el capitán.

4. Cuando llegamos a un sitio cortado por precipicios profundos, el capitán dijo: «Señor, de modo natural y con fuerzas humanas no es posible continuar subiendo. Las zarzas y las rocas resbaladizas nos impiden el camino».

5. «¿Ya estás tan cansado?», le pregunté. «¡Mira hacia atrás y verás qué altura hemos alcanzado ya!». El capitán volvió la cabeza y se asustó al darse cuenta que nos encontrábamos a media altura del monte, entre paredes muy escarpadas, casi perpendiculares.

6. Pasado el asombro, dijo con voz un poco temerosa: «¡Esto no hay quien lo entienda! ¿Cómo es posible que hayamos subido por este desfiladero sin sentir fatiga alguna? Y ahora, ¿cómo escalaremos estas paredes casi verticales que hay ante nosotros?».

7. «Pero ¿no ves que seguimos siempre subiendo?», le pregunté.

8. «Naturalmente que me doy cuenta», respondió el capitán. «Pero si miro arriba, creo que es imposible dar ni un solo paso más».

9. «Si eres un buen guía con experiencia», le dije, «encontrarás el camino recto a través de todos los obstáculos. Mira, la abertura que hay delante de nosotros es la puerta que lleva a la cima».

10. «Sí, pero ¿cómo hemos podido subir por estas abruptas paredes tan pronto? No ha pasado ni una hora y ya estamos sólo a unos pasos de la cima».

11. «Pero Julio», intervino Yara muy animada, «¿cómo puedes preguntar todavía siendo nuestro guía Dios, el Señor? Él podía habernos llevado por el aire hasta la cima donde ningún pie humano ha pisado todavía. Sabiendo que aquí actúa el Todopoderoso, cualquier pregunta resulta vana. Sólo podemos inclinarnos ante Él con amor y veneración, y darle las gracias eternamente desde lo más hondo de nuestra alma por la gran Misericordia que nos ha dispensado. Y si nos dijera cómo su Poder y Sabiduría lo ha podido realizar, es dudoso que lo entendiéramos, y tampoco nos haría poderosos. Sólo si Él quiere podemos hacer cosas maravillosas con nuestras fuerzas, pero nunca más allá de su Voluntad sagrada y todopoderosa».

12. «Oh, pequeña sabia», le dije. «¿Quién puede imaginarse en ti tanta Luz? En la Tierra hay muy pocos como tú. Sin embargo, con todo mi gran Amor por ti, debo decirte que debes ser más prudente manejando tu sabiduría, y hablar sólo cuando es verdaderamente necesario. Aquí no hace falta, pues Yo estoy presente y puedo contestar correctamente cualquier pregunta que me hagan.

13. Mira, si nuestro amigo Julio no fuese un hombre preparado, podrías haber herido su corazón. Como sólo tiene buenas intenciones hacia todos, no toma a mal tu advertencia hecha con tu inteligencia inocente. Sin embargo, debes comportarte en adelante con más modestia, sólo así te convertirás en mi verdadera novia. ¿Has entendido claramente mis palabras en tu corazón?».

14. «Oh, sí, Señor», respondió Yara triste, «temo que ahora ya no me querrás tanto como antes. Eso me entristece».

15. «No te preocupes por ello, ahora te querré incluso más que antes».

16. «Pero el buen capitán se enfadará conmigo», añadió Yara.

17. «Oh, no, Yara, mi pequeño ángel», le respondió el capitán. «Te estoy muy agradecido por haberme dicho la verdad pura desde tu también puro corazón. Oh, Yara, todavía tenemos que hablar de muchas cosas; siento que tu corazón puro está lleno de sabiduría celestial, y sólo por eso seguiremos siendo buenos amigos».

18. «Bien, mi querida Yara, ¿estás contenta?», le pregunté.

19. «Oh, sí. Pero en lo sucesivo cuidaré no hablar nunca demasiado. Ser indiscreta ha sido siempre una falta mía en la que no incurriré más, porque tus palabras son sagradas para mí».

20. «Muy bien. Entonces sigamos subiendo porque nos falta poco para alcanzar la cima», les dije.

Capítulo 131. En la cima de la “Cabeza Matutina”

1. Una vez alcanzada la cumbre, vimos que era muy escarpada y desmoronada por lo que apenas había sitio suficiente para treinta personas libres de vértigo.

2. Esto disgustó mucho al capitán que dijo: «La vista es realmente espléndida; pero este pequeño espacio rodeado de abismos me impide deleitarme en ella».

3. «Amigo», le dije, «siéntate cuando te entre vértigo. Y todos vosotros, haced lo mismo. Yo me quedaré de pie».

4. «Sería estupendo poder sentarse, pero ¿dónde?», replicó el capitán. «La vista es maravillosa: se puede ver toda Galilea, una parte de Judea, e incluso Samaria. Pero esta altura y el temor a caerse me impiden disfrutarla totalmente. Aunque sé que no me puede pasar nada, tengo miedo. ¿Por qué?».

5. «Tienes miedo», le expliqué, «porque no comprendes que es absolutamente imposible que te caigas. Mira como Yara salta alegremente como una gamuza, mientras que sus hermanos y hermanas, e incluso Ebalo, están paralizados por el miedo. Ella no se cae porque tiene la fe firme de que no le puede pasar nada en mi presencia. Si tenéis la misma fe que ella, estaréis también alegres como ella».

6. Dijo el capitán, bajo cuyo pie acababa de rodar una piedra: «El águila puede tener una fe firme, pues sus alas le permiten no caerse. Pero un hombre como yo, bajo cuyos pies ruedan a cada instante un trozo de roca tras otro, nunca tendrá, por más que quiera, una fe arraigada como Yara. Si intentara dar un solo salto como los que Yara da en esta reducidísima plataforma de la cima, ya me habría despeñado. ¡Ojalá estuviese ya abajo!».

7. En esto Yara vino saltando hacia el capitán y dijo: «Por favor, Julio, no seas tan temeroso. No te puede pasar nada, pues el Señor nos ha traído hasta aquí por encima de las paredes más abruptas, como elevándonos por el aire, porque nadie anduvo este camino nunca. ¿A quién le ha pasado nada durante este peligroso ascenso? Si, salvando todos los obstáculos, hemos llegados aquí ilesos, ¿por qué tener miedo ahora a caerse? ¡Anda, querido Julio, alégrate un poco! No puedo ver esa cara seria y asustada».

8. Entonces, la pequeña muchacha quiso coger al capitán de la mano para llevarle un poco por aquí y por allá; pero el capitán gritó: «¡Atrás! ¡No te acerques, pequeña bruja! Antes poco faltó para que un salto tuyo me echara paredes abajo. Te conozco. Normalmente eres una muchacha buena, afable e inteligente. Pero algunas veces haces tales travesuras que me asustas. Te quiero mucho, pero a esta altura —por lo menos dos mil veces la de un hombre— te pido que no te acerques. Cierto es lo que dices, pero el vértigo que tengo no es culpa mía. Sé y creo que no nos pasará nada. Pero no puedo evitar el vértigo; te pido que no te burles de mí».

9. «¡Oh, qué dices!», respondió Yara, «¿cómo puedes pensar que quiero burlarme de ti? Como estoy tan segura que aquí no puede pasarnos nada, he saltado hacia ti, el más miedoso de nosotros, para animarte. ¿Por qué te enfadas conmigo y me llamas bruja? No es muy amable por tu parte, querido Julio».

10. A Yara se le saltaron las lágrimas.

Cuando el capitán se dio cuenta, se arrepintió de haberle hablado con tanta dureza y le dijo: «Bueno, bueno, tranquila. En cuanto estemos abajo, podremos dar unos bonitos paseos por las praderas. Pero aquí no hay sitio y no puedo evitar este penoso vértigo».

11. «El vértigo también es una enfermedad», respondió Yara. «Aquí está el Sanador de todos los sanadores. El que pudo curar a tantos enfermos, también podrá librarte del vértigo. ¡Pídeselo, y Él te curará!».

12. «Mi querida Yara», dijo el capitán, «¡esto ha sido verdaderamente un acierto! Voy a seguir tu consejo inmediatamente».

13. Acto seguido, el capitán se dirigió a Mí y me rogó: «Señor, líbrame del miedo y del vértigo».

14. «Tráeme un vaso de vino», dije a Ebalo.

15. Y Ebalo me trajo una bota de vino y un vaso.

16. Entonces llené el vaso y se lo di al capitán con las palabras: «Toma y bebe, te sentirás mucho mejor».

17. El capitán bebió hasta vaciarlo. Inmediatamente desapareció el miedo y el vértigo, de manera que se animó y dejó que Yara le condujera por toda la superficie de la cima, mirando tranquilamente los profundos abismos desde los bordes.

18. Cuando los demás se dieron cuenta de lo que había pasado con el capitán, me pidieron que también les liberara de su gran miedo. Mandé entonces que les dieran vino a todos, y de pronto hubo en la cumbre una animación tal que parecía una feria.

19. Unos contemplaban el vasto paisaje circundante, otros empezaron a cantar salmos, y otros miraron pared abajo para ver si había ahí un camino apropiado para volver. Pero como no descubrieron ninguno y la puesta del sol ya estaba cerca, los discípulos me dijeron: «Señor, dentro de media hora se pondrá el Sol. ¿Qué haremos entonces aquí en el monte?».

20. «No os preocupéis por eso», les respondí. «El que tenga fe, verá aquí esta noche el esplendor de la Gloria de Dios. Nos quedaremos aquí».

21. Cuando los discípulos oyeron esto, se callaron y buscaron un lugar seguro para descansar.

22. También se acercó el capitán y me preguntó cuándo íbamos a regresar porque el Sol se estaba poniendo.

23. Le dije lo mismo que a los discípulos, y se quedó tranquilo, sentándose en una roca plana y bastante firme.

24. Sólo Yara, cuando el Sol iba a tocar el horizonte, dijo: «Señor, mi amor, espero que no regresemos todavía. Quisiera poder ver salir el Sol».

25. Y le respondí: «Nos quedaremos aquí durante la noche y volveremos a casa el sábado por la mañana. Pero durante la noche tú también verás el esplendor de la Gloria de Dios».

26. Al oír esto, la pequeña dio un salto de felicidad y cayó a mis pies, casi desmayada de gozo.

Capítulo 132. La naturaleza del miedo

1. Después de la puesta del Sol, hacia medianoche, se levantó un fuerte viento bastante frío, de modo que todos volvieron a tener miedo. El capitán dijo: «Si el viento aumenta, acabará arrojándonos al abismo. Además es insoportablemente frío».

2. «Deja soplar al viento, ahora es su momento», le respondí. «Pero piensa también que no es dueño de Aquél que le ha creado por la fuerza de su Voluntad y que sólo le permite soplar cuando Él quiere».

3. El capitán quedó satisfecho con la explicación pero, para asegurarse, se pegó fuertemente al suelo; los demás hicieron lo mismo.

4. Sólo Yara se quedó de pie a mi lado y dijo: «Señor, ¿por qué tienen tanto miedo, si ya han recibido muchas señales de que Tú eres el Señor de todos los elementos? Especialmente me asombran tus propios discípulos. Si Tú no estuvieses aquí, sería otra cosa. Señor, si quieres, dime por favor cuál es la razón por las que esto sucede».

5. «Se debe a que todavía no han abandonado el viejo mundo por completo», le expliqué. «Si se hubiesen librado totalmente de los temores antiguos, no volverían a tener miedo de nada, pues el Espíritu es tan fuerte que puede dominar la naturaleza entera.

6. Estamos en la cima de un monte que nunca ha sido pisado por hombre alguno. Como ves, sus paredes son tan escarpadas que no es posible subirlas ni bajarlas de modo natural; también has visto que después de haber ascendido de manera natural hasta la mitad del monte, ya no había posibilidad de seguir subiendo porque las paredes eran perpendiculares. El capitán y todos los demás se preguntaban: “¿Qué haremos ahora?”. Sin embargo, Yo subía contigo por ellas y todos los demás nos seguían sin fatigarse. ¿Cómo fue posible?

7. Porque el espíritu despertado por Mí dentro de las criaturas humanas, las llevó hasta la cumbre. Sin embargo, como sus espíritus no estaban acostumbrados a tal cosa, una vez llegados a la cima, de nuevo sus cuerpos volvieron a cansarse y las almas se llenaron de temor. Si sus espíritus hubiesen seguido despiertos en sus corazones, no habrían tenido miedo, porque los mismos espíritus habrían llenado sus almas de absoluta confianza y habrían puesto en sus corazones la entera convicción de que toda la naturaleza debe obedecerles. Pero como esto no es posible de forma duradera a causa del viejo mundo del que todavía queda una parte en sus almas, estas, como has podido comprobar, todavía son afectadas por el miedo mundano.

8. El alma del hombre que va por el camino incorrecto se introduce en su carne; pero la del que va por el camino correcto se entrega a su espíritu, que siempre es uno con Dios, como la luz solar es una con el Sol. Cuanto más se compenetra el alma con la carne, tanto más toda ella se vuelve una con la carne que está muerta, y que sólo por cierto tiempo recibe su vida del alma.

9. Y si el alma continúa integrándose en la carne —de manera que acabe siendo carne— entonces se apodera de ella una sensación de destrucción, lo que constituye una característica de la carne; este sentimiento es el miedo que, finalmente, enflaquece e incapacita totalmente al hombre.

10. Caso distinto es el del hombre cuya alma se ha entregado desde muy joven a su espíritu. Esa alma jamás sentirá una sensación destructiva. Pues sus sentimientos corresponden a la condición de su espíritu, eternamente indestructible. No puede ver ni sentir muerte alguna porque ahora es una con su espíritu eternamente viviente, el cual domina todo el mundo visible natural. Se comprende fácilmente que un hombre que no vive en la carne desconoce el miedo, porque donde no hay muerte tampoco hay miedo.

11. Este es el motivo por el que los hombres deben ocuparse de las cosas del mundo tan poco como les sea posible. Deben esmerarse en que su alma se vuelva una con su espíritu y no con su carne. ¿Qué provecho obtendrá el hombre si gana todo el mundo y pierde su alma? Este mundo que vemos ahora alrededor de nosotros, este mundo con sus magnificencias inconstantes, pasará a su debido tiempo como, igualmente, todo este cielo y sus estrellas: pero el espíritu permanecerá eternamente, así como cada una de mis palabras.

12. Es muy difícil ayudar a las criaturas que están intensamente integradas en las cosas del mundo. Piensan que su vida consiste en las cosas vanas del mundo, viven con un miedo constante y, finalmente, son inaccesibles por la vía espiritual. Acercarnos a ellas por la vía de la materia no les serviría de nada; favoreceríamos por el contrario su juicio y, con él, la muerte del alma.

13. Los hombres mundanos que quieran salvar su alma deben poner todo su empeño en ello, renunciando a todas las cosas mundanas que les agradan. Si lo hacen con gran aplicación y mucho celo, se salvarán y entrarán en la vida verdadera. Pero si no lo hacen, no se les podrá ayudar sino mediante grandes sufrimientos que les enseñen a despreciar el mundo y sus fastos, a volverse a Dios y, de esta manera, a empezar a buscar su Espíritu en sí mismos, uniéndose más y más con Él. Te digo que la felicidad del mundo es la muerte del alma. Yara, ¿lo has comprendido todo?».

Capítulo 133. Cristo, mediador entre el Cielo y la Tierra

1. Dijo Yara: «¡Oh Señor, amor mío, vida mía! Por tu Gracia en mí todo lo he comprendido bien, aunque es muy triste que los hombres no puedan o no quieran hacerlo. Habrá muchas almas muertas. ¡Oh, Señor!, haz que los hombres entiendan y comprendan tan santa Verdad y que obren según ella, de lo contrario tendré que vivir en este mundo entre muchos muertos».

2. «No te desanimes», le respondí, «precisamente ése es el motivo por el que Yo he venido a él. Hasta ahora faltaban caminos adecuados y los Cielos estaban separados de la Tierra; pero ahora se construye un camino seguro y justo, y Cielos y Tierra quedarán unidos por él: siguiendo este camino, cada cual podrá llegar fácilmente a los Cielos, ahora cercanos. No obstante, nadie debe ser influenciado en su libre albedrío.

3. En adelante, quien lo desee firmemente, puede alcanzar los Cielos, lo que hasta ahora no era posible, pues entre la Tierra y los Cielos había un abismo demasiado grande.

4. Pero, ¡ay de quienes lo sepan y hagan caso omiso! Estarán en peor situación que los hombres de antes quienes, muchas veces, querían atravesar dicho abismo pero no podían. ¿Lo comprendes?».

5. «Señor, lo he comprendido todo», contestó Yara. «La posibilidad es buena, pero existe el libre albedrío de los hombres. Ellos ven el mundo y lo disfrutan, pero no disfrutan de los Cielos porque no los ven; así que muchos no querrán ir por el camino preparado, con lo que se encontrarán en peores condiciones que antes. Como la abnegación es la cosa que más difícil les resulta a los hombres, sólo unos pocos elegirán el camino hacia el Cielo».

6. «¡No te preocupes!», le respondí. «Los establecimientos de enseñanza para la mejora se extenderán a gran escala entre este mundo y el Más Allá. Pero mira, durante nuestra conversación todo el grupo, incluido el capitán, se ha quedado dormido. ¿Qué hacemos ahora?»

7. «Señor, Tú lo sabrás mejor que nadie», dijo Yara.

8. «Sí, es cierto. Yo dejé que se quedaran dormidos para que vean en sueños lo que tú verás ahora realmente. Verás los Cielos abiertos y a los ángeles que nos sirven. Mañana, este monte tendrá una pendiente hacia el este por la cual podremos bajar fácilmente hasta Genesaret. Ahora presta atención a lo que va a suceder aquí».

9. Yara elevó sus ojos mirando un cierto tiempo hacia el cielo estrellado. Pero como no veía nada especial, me dijo con voz suave: «Señor, mi vida, mi amor, todavía no veo nada. ¿Cómo es aquello a lo que debo prestar atención?».

10. «Mi querida Yara», le contesté. «Debes mirar más con tu corazón que con tus ojos físicos. Así se te mostrarán cosas maravillosas en la luz más resplandeciente. ¡Inténtalo y te convencerás!».

11. Tras mis palabras, Yara elevó hacia arriba más bien su ánimo que sus ojos. De pronto todos los Cielos se abrieron y una gran multitud de ángeles de Dios, con un esplendor brillante, descendieron suavemente a la Tierra y cantaron: «¡Cielos todos, rociad de Misericordia y de Gracia a los justos de esta Tierra! Pues santo es Aquél que la pisó para salvar a los que cayeron antes que ningún Sol brillara con la Luz de la Gracia de Dios en todo el profundo espacio infinito.

12. Los hijos humanos procreados por Satanás, Él los adopta y los hace hijos de su Amor.

13. ¡Toda honra, toda gloria y toda alabanza únicamente para Él, porque todo lo que Él hace está bien hecho y su Orden es Amor y grandísima Sabiduría! Sólo Él es santo, sumamente santo, y ante su nombre han de hincarse todas las rodillas en el Cielo, en la Tierra y bajo la tierra. Amén».

Capítulo 134. El Mar de Galilea es levantado al cielo

1. Terminado este cántico sublime, Yara se dirigió a Mí, diciendo: «Señor, realmente es muy difícil saber si lo más hermoso y espléndido es la canción, las palabras, la bellísima luz multicolor o la belleza maravillosa de los incontables cantores etéreos. Ahora puedo hacerme una idea de lo que son los Cielos de Dios. Ahora deseo morir para entrar en las filas de estos cantores maravillosos. Pero dime, Señor, si lo deseas, ¿son estos cantores reales tal como aparecen, o fueron creados por Ti sólo para este momento?».

2. «Son ángeles y fueron creados en tiempos remotos, antes que hubiera indicios de creación material ninguna. Llama a uno de ellos y te convencerás que es un ser verdadero, al igual que todos sus semejantes. Debo decir también que aunque tengan una apariencia etérea, poseen una fuerza y un poder tan grandes que el más débil y pequeño de todos podría destruir la Tierra entera sin que quedase un sólo átomo de ella. ¡Llama a uno y compruébalo!».

3. «Señor, no me atrevo», respondió Yara, «porque su gran hermosura me inspira cierto temor».

4. «Pero hijita mía, ¿no acabo de explicarte lo que es el miedo? No debes temer nada, de lo contrario habré de suponer que también existe algo mundano en tu corazón. Si estás conmigo, tu Señor, ¿cómo puedes tener miedo?».

5. «Eso es totalmente cierto», respondió Yara. «Pero es normal que el aspecto tan desacostumbrado de una escena inusual conmueva por completo el corazón de una débil niña. Haré un esfuerzo y verás como tu pequeña Yara puede vencer el miedo».

6. Yara hizo una señal al ángel más próximo, y este se acercó a ella flotando y le preguntó con voz extraordinariamente suave y cariñosa: «Yara, hija magnífica de mi Dios, ¿qué desea de mí tu corazón puro?».

7. Un poco desconcertada por el brillo y la majestad del mensajero del Cielo, Yara contestó: «El Señor me dice que todos vosotros sois omnipotentes y yo quisiera persuadirme de ello; sin embargo, no sé cómo hacerlo».

8. Dijo el ángel: «Escucha, bella flor del Cielo, puedo ayudarte a salir del apuro. Mira, allí abajo está el extenso y profundo Mar de Galilea. ¿Y si lo levantara y lo hiciera flotar libremente ante tus ojos como un gran globo de agua?».

9. «Sería maravilloso», respondió Yara. «Pero ¿qué pasaría con los peces y con los muchos barcos que hay en sus orillas y mar adentro?».

10. Contestó el ángel: «A mí me corresponde velar porque no les pase nada. ¿Deseas que lo haga?».

11. «Si no van a sufrir daño alguno, hazlo», dijo Yara.

12. «¡Vuélvete!», le mandó el ángel. «El mar está vacío y sus aguas flotan ahora libremente en el aire ante tus ojos».

13. Yara quiso mirar al fondo del abismo, pero enseguida tocó con la frente la superficie húmeda y fría del globo de agua —un globo de casi cuatro mil brazas36 de diámetro— que flotaba en el aire al lado de la pared rocosa. «Pero ¿cómo te ha sido posible hacer esto instantáneamente?», preguntó con timidez. «¿Es cierto que el mar ya no tiene ni una gota de agua?».

14. «Ve y compruébalo tú misma», contestó el ángel.

15. «¿Cómo voy a poder ir?», preguntó Yara.

16. «Si me ha sido posible elevar la pesada masa de agua en un instante», respondió el ángel, «también me lo será llevarte velozmente al fondo del mar y volver a traerte aquí. Pero tienes que quererlo, de lo contrario no puedo hacer nada. Nosotros respetamos el libre albedrío de los seres humanos más que la fuerza y el poder que Dios nos dio. Dime pues, ¿qué hago?».

17. «Pues bien, convénceme», dijo Yara.

18. En el mismo momento ambos se encontraron en el fondo del mar, totalmente seco. El ángel cogió del suelo una bellísima concha de nácar y se la dio a Yara como recuerdo y para que pudiera enseñársela a los demás, que dormían corporalmente pero que veían en sueños todo lo que estaba pasando.

19. Cuando Yara guardó la concha en el bolsillo, el ángel le preguntó: «¿Crees ahora que toda el agua de este mar se encuentra en el globo gigante que flota sobre nuestras cabezas y que el fondo del mar está totalmente seco?».

20. «Lo hubiera creído de todas formas», dijo Yara. «Pero, por favor, llévame rápidamente junto al Señor, porque no puedo vivir sin Él».

21. Apenas había terminado la última palabra, cuando Yara se encontró de nuevo a mi lado en la cima del monte. Le pregunté si le había gustado la experiencia y cuál era su impresión.

22. «Señor», dijo Yara, «sé bien que todo lo puedes hacer; pero cómo tal Poder se encuentra también por Voluntad tuya en la voluntad de los ángeles, es algo que no entiendo, aunque es sumamente maravilloso».

23. «Tu pregunta es correcta», le respondí, «pero con el tiempo encontrarás en tu propio corazón la razón por la que a Dios le resulta posible hacer tales cosas. ¿Te gusta el ángel?».

Capítulo 135. Una prueba de amor para Yara

1. «En verdad es un hombre indescriptiblemente hermoso», contestó Yara, «y digo hombre porque se parece a un hombre. Sin embargo, al lado tuyo, oh Señor, toda la belleza y esplendor de todos los ángeles de los Cielos no son nada. Toda su belleza viene sólo de Ti y yo no podría amar a ninguno».

2. «¿Cómo voy a ser más hermoso que este ángel? Mis manos ásperas y toscas, mi piel quemada por el Sol y mi edad no son nada atractivas; sin embargo este ángel tiene toda la hermosura de los Cielos».

3. «Señor, nada me importa lo externo si lo interno no se parece en todo a tu corazón, pues sólo Tú eres el Señor», respondió Yara.

4. «Pero ¡los ángeles irradian todo mi Amor y mi Sabiduría! Si Yo sigo siendo el Señor, y si me amas únicamente por mi Amor, no entiendo por qué no puedes amar como a Mí a este ángel tan hermoso, pues sólo está hecho de mi Amor y de mi Sabiduría».

5. «¡Señor, mi amor y mi vida!», contestó Yara. «También todos los hombres consisten en estos dos elementos vitales, y no puedo amarlos como a Ti. Amo a todos los seres humanos, y más a los menesterosos, y quiero ayudar a los pobres con todas mis fuerzas aunque sean escasas; así amo también a este ángel. Pero no puedo amarle como a Ti, porque mi corazón y mi vida te pertenecen exclusivamente. Si rechazas mi amor ciertamente puro hacia Ti, estaré muy triste, pero pensaré: para Él, el más puro y santo, mi amor es todavía impuro e indigno».

6. Dichas estas palabras, la pequeña empezó a llorar y continuó entre sollozos: «Así será en efecto. He llevado demasiado lejos mi amor, sin pensar a quién se ha agarrado mi corazón. Por eso tu Amor sumamente santo rechaza suavemente el mío impuro y me da un ángel para que él primero purifique mi corazón y santifique mi amor. Aunque mucho me duela, sé que sólo Tú eres el Señor y por ello deseo soportar todo lo que me exijas».

7. «Oh, hija mía, ¡cuántos reproches vanos haces a tu amor! Quien no me ama como tú y ama cualquier cosa del mundo más que a Mí, en verdad es indigno de mi Amor. Pero como tú me amas a Mí igual que los ángeles de los Cielos, ya eres tu misma un hermoso ángel del que Yo estoy sobremanera enamorado. ¡Ven a mi corazón y recibe esta pequeña prueba como recompensa!».

8. La pequeña se consoló definitivamente con estas palabras y se acurrucó tiernamente contra mi pecho.

9. «¡Ved esta felicidad sublime!», dijo el ángel. «Aunque nosotros hayamos gozado de infinitas felicidades como espíritus perfectos, no son nada comparadas con la dicha inmensa de que Tú, santo Padre, acojas a tu pequeña hija en tus brazos y la estrechas con el mayor Amor en tu santo Corazón. ¡Qué gozo inconmensurable debe sentir esta niña!».

10. «Sí, el gozo es inmenso para la niña, pero también para Mí», le respondí. «Vosotros también gustaréis de él cuando todo esté consumado y hayáis comido en la mesa de mis hijos. Pero ahora, haz que el agua vuelva a su cauce. Después la niña te señalará otra tarea».

11. Con la niña tiernamente en mis brazos, le dije: «¿Verdad que me ayudarás a encontrar otras tareas para los ángeles?».

12. «Sí, por amor hacia Ti soy capaz de hacer cualquier cosa», dijo la pequeña con inocente voz infantil. «Si me lo pides me echaré al fuego o me arrojaré desde este precipicio al mar, si es que el agua está de nuevo allí».

13. «Sin embargo, no hay fuego en la Tierra que pueda quemarte y destruirte», le respondí, «porque tú misma estás llena de un fuego aún más poderoso. Tampoco podrían dañarte el agua ni las rocas porque tu confianza en mi Orden es más fuerte y dura que un diamante, y tu ánimo más suave que todas las aguas del Cielo. En pocas palabras, has penetrado mi corazón y por eso te doy la libertad de mandar a los ángeles lo que quieras: lo harán como si Yo mismo se lo hubiese ordenado. Piensa cualquier tarea porque este ángel ya está ansioso por cumplir tus deseos».

14. «Mi querido mensajero de los Cielos», dijo Yara, «Haz en nombre del Señor, si es posible hacerlo sin perjuicio alguno, que este monte tenga caminos fáciles para subir y bajar porque de modo natural es imposible, también hacia la mar, desde donde sólo es accesible a los pájaros».

15. El ángel hizo una reverencia ante la pequeña Yara y dijo: «Oh, adorable soberana en el nombre del Señor. Ve y mira a cualquier lado del monte y quedarás satisfecha. A veces somos lentos en nuestras acciones, pero también podemos ser más rápidos que el rayo».

Capítulo 136. El poder de los ángeles. Visita a una estrella

1. El ángel llevó a Yara a todos los lados del monte y ella quedó convencida que no había perdido altura y que se podía subir a él sin peligro alguno por todas sus vertientes, especialmente por la opuesta al mar.

2. «Esto es tan asombroso», dijo Yara, «que empiezo a dudar de mis sentidos y a pensar que duermo y sueño. Explícame un poco cómo has podido hacerlo. Antes levantaste toda el agua del mar y la mantuviste flotando libremente en el aire y, ahora, acabas de hacer accesible la cumbre del monte. ¿Cómo has podido conseguirlo sin ausentarte ni un momento?».

3. «Ahora no puedes comprenderlo», respondió el ángel. «Pero pronto lo comprenderás todo claramente. Sólo puedo decirte que no podemos hacer nada por nosotros mismos, sino que todo lo hacemos por la Voluntad omnipotente del Señor, al que tanto amas.

4. La Tierra y los Cielos no son sino pensamientos e ideas de Dios conservados por su Voluntad inmutable. Si retirara sus ideas y disolviera sus pensamientos, en ese mismo momento se desharía toda la creación visible. Pero si el Señor acoge un pensamiento nuevo y lo mantiene con su Voluntad omnipotente, entonces queda creado y existirá visiblemente para todos».

5. «¿Y cómo hacéis vosotros el trabajo?», preguntó Yara.

6. «Somos puros recipientes de la Voluntad divina y ejecutores de la misma», contestó el ángel. «Somos, por así decirlo, las alas de la Voluntad divina y, por ello, la Voluntad divina misma. Basta un ligero pensamiento nuestro unido al poder de la Voluntad divina, y la obra ya está hecha. En esto consiste nuestra rapidez en el obrar.

7. ¿Ves aquella estrella luminosa hacia levante? Si hubiera un camino recto hacia ella, en verdad te digo que un pájaro volando necesitaría más años para llegar que granos de arena tiene la Tierra. Para mí es posible ir y volver en un momento. Ni notarás mi ausencia, y sin embargo, habré ido. ¿Me crees?».

8. «¿Por qué no iba a creerte?», dijo Yara, «pero no puede decirse que me haya sido demostrado, pues ni puedo ni quiero viajar allá contigo como antes bajé al fondo del mar».

9. «¿Por qué no?», preguntó el ángel. «¿No sabes que para Dios todo es posible? Si conviene al Señor, te llevaré allá y yo y los innumerables ángeles que ves alrededor nos responsabilizaremos de que nada te suceda».

10. «Señor, ¿es posible?», preguntó Yara, dirigiéndose a Mí.

11. «Si este ángel se ocupa de ello, ¡sí!», le respondí. «Si lo deseas, puedes encomendarte a él y en pocos momentos estarás de nuevo sana y salva a mi lado. Pero no olvides traer también un recuerdo».

12. Yara se entregó entonces al ángel y dijo: «Seré valiente. Si puedes, llévame allí».

13. Entonces el ángel levantó a Yara del suelo, la apretó contra su pecho y desapareció. A los diez segundos volvió con Yara, que traía en su delantal una roca luminosa que despedía al aire libre una luz tan clara como la del lucero del alba.

14. Tras recobrarse un poco de su asombro, Yara me preguntó: «Oh, Señor, ¿todas las estrellas innumerables son como la que acabo de ver con mis propios ojos? Es un mundo inmenso. Comparada con él, nuestra Tierra me parece tan pequeña como una concha de caracol comparada con este monte. Hay allí hombres perfectos que habitan templos inmensos de construcción maravillosa. Pero son tan gigantescos que, si estuvieran aquí a orillas del mar, tendrían una altura tres veces mayor que la de esta montaña.

15. Estuvimos en la cumbre de un monte muy alto desde el que se veía en todas direcciones una llanura sin fin surcada hacia todos lados por hermosos ríos caudalosos cuyas ondas irisaban con todos los colores del arco iris, mientras que el suelo estaba cubierto por jardines maravillosos que rodeaban magníficos templos. Un instante después estábamos abajo, muy cerca de los templos, y veíamos a los hombres gigantescos. A distancia tienen buen aspecto, pero muy de cerca parecen montes que andan. Sería necesario usar una escalera para subir al dedo pequeño de sus pies.

16. En pocas palabras, podría continuar contando mucho tiempo lo que vi durante mi corta estancia en aquel mundo, pero sería malgastar el tiempo que Tú, oh Señor, tendrás para cosas mejores. Sólo deseo saber si todas estas innumerables estrellas también son mundos como el que acabo de visitar».

17. «Sí, hijita mía», respondí, «y todavía hay mundos aún mucho mayores y magníficos. Pero, ¿crees firmemente que has estado unos instantes en cuerpo y alma en aquella estrella? Dímelo».

18. «Señor, mi amor y mi vida», dijo Yara. «A la ida hicimos cuatro etapas. Hasta la cuarta, la estrella se veía igual que desde aquí; pero a la cuarta apareció tan grande como nuestro Sol durante el día. Entre ese momento y el siguiente llegamos a aquel mundo magnífico. Esta piedra luminosa que cogí en aquel monte, sirve como prueba de mi excursión estelar».

Capítulo 137. La facultad interior de contemplar la Creación

1. «Es totalmente suficiente», le dije. «Pero ahora te mostraré cómo un hombre perfecto puede visitar las estrellas sin alejarse de esta Tierra: en su corazón. Sobra decir que no puede traerse una piedra luminosa como prueba. ¿Recuerdas bien la estrella que has visitado?».

2. «Sí, Señor», contestó Yara.

3. «Imagina ahora vivamente en tu corazón la estrella que acabas de visitar», le dije. «Contémplala fijamente durante cierto tiempo con tus ojos y dime lo que ves».

4. Yara lo hizo y, pasados unos momentos, dijo: «¡Señor, mi Dios! Veo la estrella como en la cuarta etapa de mi vuelo. Se acerca rápidamente y cada vez se vuelve mayor; su luz es terriblemente fuerte, casi es insoportable, pero no duelen los ojos. Ahora todo el firmamento es un poderoso mar de luz. ¡Oh Dios, qué maravillosas son tus Obras! ¡Y Tú andas aquí encarnado como un hombre modesto y sencillo entre nosotros, los gusanos humanos de la Tierra!

5. ¡Oh, oh!, ahora me encuentro nuevamente en el mismo monte y veo alrededor de mí la misma región llena de magnificencias, veo los mismos templos con sus jardines hermosos y los mismos hombres. También veo flores hermosísimas, aunque la más pequeña es mayor que una casa de esta Tierra. Ahora veo animales y pájaros muy bonitos. De los árboles enormes cuelgan frutos extraños, muy grandes, y veo que algunos hombres tienden sus manos hacia ellos, los cogen y se los meten en la boca. Los frutos tienen un tamaño tal que miles de seres de esta Tierra tendrían suficiente comida para todo un año».

6. «Presta atención», le dije, «ahora llegas a una ciudad de aquel mundo. Dime si te gusta».

7. Yara quedó estupefacta y dijo entusiasmada: «Por tu santo nombre, ¡es tan maravilloso que ningún corazón humano podría imaginarlo! ¡Es indescriptible! ¡Qué templos! ¡Qué columnatas! ¡Qué cúpulas! ¡Qué lujo, tamaño y suntuosidad! Señor, te suplico que me hagas volver a la Tierra, porque tantas maravillas pueden matarme».

8. «¡Cierra tus ojos y piensa en Mí y en la Tierra», le dije, «y todo irá bien!». Yara lo hizo así y la estrella en cuestión le pareció otra vez una estrella pequeña.

9. Yara me preguntó tras recuperarse de su asombro: «Señor, ¿el ángel también me enseñó la estrella del mismo modo que Tú? Pues ahora la he visto mucho mejor que antes, pese a que estuve allí sólo espiritualmente. ¿Acaso sólo me llevó a ella aparentemente?».

10. «No, el ángel cumplió tu deseo verdaderamente», le dije. «Ha sido posible hacerlo contigo porque tu corazón está lleno de amor. Con cualquier otro ser humano no se habría podido. Si un ángel quisiera llevar a un hombre del mundo, lo mataría sólo acercándose a él.

11. Antes me preguntaste si todas las estrellas eran mundos semejantes y te respondí que sí. Ahora convéncete del mismo modo. Cuando en la Tierra un joven pretende a una mujer para hacerla su esposa, presenta ante ella todos sus bienes para inclinar el corazón de ella en su favor; si no le desea por su persona, al menos que lo haga por sus bienes. Y Yo hago ahora lo mismo para que en su día no te apartes de mi corazón por las tentaciones del mundo. Como Yo soy tu amado, convéncete de mis grandes tesoros para que veas que no soy tan pobre como mi apariencia hace suponer a los hombres».

12. «Señor, mi vida, si quisiera ver otra estrella más para no serte infiel, más valdría no verla nunca. Tú me importas más que todas las estrellas innumerables con toda su magnificencia. No necesito nada más. Pero por tu Amor, puesto que así lo deseas, también me gusta ver las maravillas de tu Poder y Sabiduría».

13. «Escucha, mi querida Yara. Veo en tu corazón lo mucho que me amas y también conozco tu fidelidad; pero todavía eres más una niña que una adolescente. Hasta ahora has permanecido siempre bajo la protección de mis ángeles y los malos espíritus del mundo no han podido acercarse a ti. Pero, cuando seas mayor, tendrás que resistir con tu propia fuerza al mundo malo y a sus vanidades para que así, según mi Orden inalterable establecido para todos los seres, ganes terreno firme para poder acercarte a Mí en espíritu y en toda Verdad. El mundo tiene un gran poder sobre el hombre porque casi todo él está dominado por el infierno. Muchas luchas atroces le cuesta al alma no ser devorada por su propia carne y sangre, o sea, también por el mundo.

14. Eres muy hermosa y pronto los jóvenes del mundo echarán el ojo sobre ti, ofreciéndote su corazón y su mano, y te será difícil resistirles. En ese momento acuérdate de Mí en tu corazón y de todo lo que has oído y visto en este monte. Así, la victoria sobre el mundo te resultará cosa fácil».

15. «Pero Tú ya sabes desde la eternidad que nunca te seré infiel», replicó Yara. «Y si ves que te seré infiel, ¿cómo me puedes amar entonces y cómo me permites acercarme a Ti?».

16. «Eso, Yara, es todavía demasiado complicado para ti. Pero por el gran Amor que te profeso, te digo: Verdad es que, si quiero saberlo, Yo puedo saber desde la eternidad todo lo que un hombre será en la madurez. Sin embargo, para que en la madurez de sus años el hombre pueda obrar con entera libertad y sin ser turbado, aparto mis ojos de él durante un tiempo y no presto atención a sus acciones libres, salvo que me ruegue encarecidamente que le ayude en la lucha que, libremente, sostiene contra el mundo. En ese caso me preocupo de él, le ayudo a tomar el camino justo y le concedo las fuerzas necesarias para que pueda luchar contra el mundo.

17. Para que actúes libremente no quiero ver lo que sucederá contigo en el futuro,. Pero te aviso ahora para que en el tiempo de la tentación te acuerdes de todas estas cosas. También tu ángel de la guarda te abandonará durante ese tiempo; sin embargo, en cuanto hayas vencido enteramente al mundo con tus propias fuerzas, se acercará a ti y te servirá en todo.

¿Me has entendido un poco?».

Capítulo 138. Una escuela de abnegación en el Más Allá

1. Contestó Yara: «Ciertamente lo he comprendido bien, pero es muy triste para mí y para todos los demás seres humanos; porque de entre mil hombres apenas uno tendrá la fuerza para afrontar el mundo tal como Tú lo deseas».

2. «Por tal razón he descendido del Cielo a vosotros, para que mis enseñanzas y hechos os proporcionen medios con los que podáis vencer fácilmente al mundo», le respondí.

3. «Pero en la Tierra hay innumerables criaturas», respondió Yara, «que quizás no sabrán nada de Ti en mil años. ¿Cómo se protegerán contra las tentaciones del mundo durante un tiempo tan largo? También son seres humanos como nosotros los judíos».

4. «Con los pueblos de la Tierra pasa igual que con los diversos hijos de un padre: unos, nacidos antes, han de ser educados de manera diferente a los que nacieron tres, cuatro o cinco años atrás. El primogénito ya es un hombre maduro, lleno de fuerza, mientras que otra hija llega a la edad núbil; junto a ellos hay hijos e hijas de tu edad, y otros están todavía en la cuna. Si el padre actúa prudentemente, ¿tratará a los hijos de la cuna exactamente igual que al primogénito?».

5. «Sería una gran necedad por su parte», respondió Yara.

6. «Ese es el motivo por el que unos pueblos recibirán mi Enseñanza más tarde, cuando posean la madurez necesaria. ¿Lo comprendes?».

7. «Sí, Señor, lo comprendo perfectamente», contestó Yara, «pero ¿qué destino tendrán en el Más Allá los pueblos que hasta ahora no han madurado?».

8. «Lo sabrás en un instante», le respondí. «Mira, allí en la parte septentrional del cielo hay una estrella de luz rojiza. ¡Mírala con el ojo de tu alma y también con tu ojo físico, y la estrella responderá tu pregunta de manera cumplida!».

9. Yara así lo hizo y pasados unos momentos dijo: «¡Oh, Señor, Creador omnipotente del Cielo y de todos los mundos! Este mundo es todavía mucho más grande que el anterior, y está rodeado por una luz aún más maravillosa. La luz es de un rojo claro, tirando un poco a amarillo dorado, mientras que la del mundo anterior era de un blanco puro. Ahora la luz de este mundo se hace insoportablemente fuerte; ya me veo transportada a su suelo. ¡Qué maravilla y qué diversidad! Pequeños montes que ascienden suavemente circundan maravillosos y fructíferos valles, en los que veo una especie de cabañas, que tan sólo consisten en un techo sostenido por columnas resplandecientes como rubíes. Sin embargo, esas cabañas, que se parecen entre sí como un huevo a otro, continúan ininterrumpidamente en series interminables por la cresta de los montes. Sus techos elípticos descansan sobre siete columnas de rubíes; todas son iguales. Hasta hora no veo hombres ni otros seres vivientes, pero debe haberlos, porque los cultivos extraordinarios de estos vastos paisajes son un testimonio evidente.

10. Es muy extraño que en este mundo soberbio todo sea igual: árboles, flores, todo está colocado en fila, y no hay nada en desorden.

11. Todo ello presenta un buen aspecto, pero este orden monótono cansaría con el tiempo a un hombre de nuestra especie. Ahora estoy en una de las cabañas y veo que en ella hay hombres como nosotros. Uno está en un lugar elevado y predica un sermón. Varios centenares de personas escuchan piadosa y religiosamente al predicador.

12. En la cabaña vecina veo a mucha gente con vestidos amplios, sentados en torno a una mesa donde comen; pero alrededor de los comensales hay muchos hambrientos que no reciben nada. En la tercera cabaña veo a varias muchachas hermosísimas. Están completamente desnudas y bromean con algunos varones. Al fondo aparecen muchos hombres jóvenes de apariencia sensual, que hacen señas a las hermosas jóvenes para conversar y bromear también con ellas. Pero no son atendidos y, al parecer, esto no les gusta nada.

13. ¡Qué extraño orden doméstico! Aunque las cabañas se parecen exteriormente como un huevo a otro, en su interior las ocupaciones de las personas parecen muy diferentes. Sin duda alguna esto es muy raro. Pero si este mundo enorme es por todas partes como la región que veo, entonces prefiero nuestra pequeña Tierra, menos los hombres malos».

14. «Todo lo que ves es sólo una escuela de abnegación y de dominio de sí mismo», le expliqué. «¡Continúa andando con tus ojos del alma y verás otras cosas!».

15. Así lo hizo Yara y se sobresaltó con un grito tal que habría despertado a los que estaban durmiendo si Yo no les hubiese devuelto al sueño.

16. Pregunté a Yara qué había pasado para que gritase tanto.

17. «Oh, Señor, este lujo, esta majestuosidad, vuelve a sobrepasar la comprensión humana», respondió. «Hay un palacio tan grande y alto como la mayor montaña de la Tierra. Los muros son de piedras preciosas. Miles y miles de escaleras y galerías doradas adornan exteriormente este enorme palacio, rematado con una punta dorada. A su alrededor brillan los jardines más hermosos, cuya gran variedad invita constantemente a que el ojo los admire. En los jardines también hay lagos hermosos, sobre los que flotan muchas obras de arte a las que nadie presta atención.

18. Señor, ¿qué significa todo esto? ¿Quiénes son los habitantes de este palacio enorme y para qué sirven todas estas obras de arte que flotan en los hermosos lagos?».

Capítulo 139. Una ojeada al orden cósmico

1. «Este palacio es la morada del maestro superior del territorio que has visto», le expliqué. «Todas las cabañas escolares están bajo su dirección, y los objetos que flotan en los lagos los necesitan a veces para la enseñanza de la gran sabiduría. Hay todavía muchos centenares de miles de moradas iguales, en este cinturón central37 de este mundo de luz, y también una gran cantidad de ciudades enormes.

Al lado de este cinturón —y tú no ves sino el menor de todos ellos— hay todavía en este mundo setenta y seis cinturones laterales, cada uno de los cuales tiene su propia organización. Este mundo, así como el que has visto antes, son en realidad dos Soles, parecidos al nuestro que ilumina la Tierra durante el día, con la diferencia de que el que has visto antes es mil veces mayor que el Sol de nuestra Tierra, y el que todavía estás viendo, cuatro mil, siendo nuestro mismo Sol aproximadamente un millón de veces mayor que la Tierra.

2. Los hombres de la Tierra tienen todavía ideas muy erróneas sobre la misma, así como sobre el Sol, la Luna y todos los astros. Pero cuando aumente su capacidad de calcular, también llegarán a hacerse ideas más correctas sobre los cuerpos celestes que hay en el espacio infinito de la Creación.

3. Has de saber que alrededor de cada uno de estos Soles giran, a diferentes distancias, numerosas Tierras como esta en la que estamos, llamadas planetas, y que varias de estas Tierras tienen también satélites que giran alrededor de las mismas como acompañantes permanentes, igual que la Luna alrededor de nuestra Tierra. El número de Tierras que están al cuidado de un Sol38 alrededor del cual giran, corresponde al número de cinturones en que se divide la superficie de ese Sol. Otra cosa es cuando se trata de Soles centrales39 cuyo deber es mantener y guiar a los Soles de sistemas planetarios que giran alrededor de ellos. Tales Soles centrales son un millón de veces mayor que diez millones de Soles de los cuales acabas de ver dos.

4. La superficie estos Soles centrales ya no está dividida en cinturones, sino en tantas zonas como Soles de sistemas planetarios giran alrededor de él. Cada una de las zonas presenta propiedades parecidas al Sol del sistema planetario al que corresponde, y su superficie es entre mil y diez mil veces mayor que el conjunto de superficies del sistema planetario correspondiente. Alrededor de tal Sol central giran al menos un millón de Soles de sistemas planetarios.

5. Luego hay Soles centrales40 alrededor de los cuales giran un millón de los Soles antes mencionados, junto con todos sus Soles de sistemas planetarios. Y, por último, hay Soles centrales41 que —junto con todo lo que rigen— giran alrededor de un astro central común que se encuentra en la profundidad inconmensurable de un cúmulo cósmico globular42 que ya no tiene otro movimiento sino el de rotación sobre su propio eje. Este Sol central principal es tan grande que el conjunto de Soles de los diversos grados, de las Tierras y Lunas que rige —incluso de los miles de cometas que no son sino Tierras en proceso de desarrollo que, en órbitas irregulares, giran alrededor de Soles de sistemas planetarios— no llenaría ni la cien milésima parte de este Sol central principal, si fuera hueco. Yara, ¿puedes hacerte una idea de lo que acabo de explicarte?».

6. «Señor, ¿quién puede abarcar tamañas dimensiones?», contestó Yara. «Puedo hacerme cierta idea, pero me da vértigo. Ahora he visto este Sol y me basta. Pero quisiera saber cómo transcurre en el Más Allá la existencia de los pueblos inmaduros o no evolucionados».

7. «¡Entonces aparta tus ojos de este Sol y escúchame!».

8. «Te escucho, Señor», dijo Yara.

Capítulo 140. Las etapas evolutivas en el Más Allá

1. «La mayoría de los hombres inmaduros llega a este Sol que acabas de ver, donde, en vastas escuelas, son instruidos sobre todas las cosas de la vida. A los niños que mueren a tierna edad se les instruye y educa en el cinturón central de nuestro Sol, su parte más espiritual.

2. Las almas inmaduras vuelven a recibir un cuerpo en el Sol que has visto, pero sin que tengan que nacer. Junto con su alma, este cuerpo se transforma en espíritu y puede volverse puramente espiritual. Tú misma has experimentado durante el viaje al primer Sol cómo y por quién es transportada tal alma de aquí para allá. El mismo ángel que todavía se halla a nuestro lado es el guía y soberano de todos los mundos y Soles de los que te he hablado. Así que ya puedes imaginar qué poder y qué sabiduría le he otorgado.

3. Los innumerables ángeles que ves a tu alrededor tienen una ocupación idéntica, pues en las profundidades eternas existe un sinnúmero de estos cúmulos cósmicos globulares, cada uno con un Sol central principal como el que te he descrito, cada uno de los cuales está dirigido por uno de estos ángeles. Bien es verdad que ahora ves muchos ángeles a tu alrededor; pero no son siquiera la millonésima parte de los grandes ángeles soberanos, sin hablar ya de los ángeles pequeños a los que está confiada la dirección particular de Soles y planetas individuales y de pequeñas zonas del universo. A pesar de ello, tengo en todo momento que cuidar en mi Espíritu de todos los cuerpos cósmicos; si descuidase un solo instante todo lo que acabo de mostrarte, todo perecería al momento, tanto lo mayor como lo menor. ¿Podrías hacer tú eso con tu espíritu?».

4. «Oh, Señor», dijo Yara, «¿cómo me lo preguntas? Yo, una motita de polvo de esta Tierra y Tú, en tu Espíritu ¡el único Dios eterno y poderoso! Si los ciegos fariseos de Jerusalén pudiesen verlo, entonces cambiarían su postura. Pero ni lo ven ni nunca podrán verlo y perecerán en su terquedad y en su maldad. ¿También serán enviadas sus almas a esas escuelas solares cuando pasen al Más Allá?».

5. «No será posible, porque pertenecen a un pueblo totalmente maduro. Las almas de un pueblo maduro, una vez que pasan enteramente a la maldad, van, forzadas por sí mismas, a las profundidades de la Tierra pues la materia es su elemento y no pueden separarse de ella. Todo se hará para su Salvación. Han de pasar todas las miserias y penas posibles para ser salvadas de la materia. Cuando finalmente se desprendan de ella, las almas serán llevadas a una escuela existente en la parte espiritual de la Tierra; sólo desde allí serán transportadas a la Luna. Una vez que hayan superado en la Luna todos los grados de abnegación, se las enviará a un planeta más perfecto para ser instruidas en la sabiduría correcta.

6. Si, posteriormente, el alma entra en una luz adecuada, a medida que esta se vuelve más intensa, producirá el calor de la vida espiritual; y el alma empezará a unirse con su espíritu, de manera que, poco a poco, toda su vida se hará amor. Al poseer el amor la fuerza necesaria, y una vez que el alma pasa a la verdadera llama de la Vida interior, será iluminada desde su interior y sólo entonces estará en condiciones de ser recibida en el mundo verdadero de los espíritus bienaventurados, donde podrá ser adoptada para ser guiada como a partir de su infancia.

7. Pero hasta que un alma llegue a este estado pueden pasar, en el mejor de los casos, centenares de años terrestres.

Leo ahora en tu corazón que quieres preguntarme otra cosa. Pregunta pues, porque tus preguntas son fundamentadas, pero dirígete al ángel que está a nuestro lado, él te dará la respuesta correcta».

Capítulo 141. Sobre la grandeza del espíritu humano

1. Yara se dirigió al ángel: «Dice nuestro Señor que tú contestarás correctamente las preguntas que te haga. Explícame por qué mis parientes terrenales y los discípulos del Señor duermen y sólo ven y oyen en sueños todo lo que yo veo con mis ojos físicos».

2. «Agraciada hija del Señor», respondió el ángel, «tu alma se ha integrado enteramente en el espíritu y casi no estás unida a la materia del mundo; tu ojo físico se ha vuelto ojo de tu alma y el ojo de tu alma se ha vuelto ojo de tu espíritu eternamente inmortal. Por ello, en tu esfera vital, estás organizada como todo ser humano debiera estarlo.

3. Todo espíritu humano abarca dentro de sí, al igual que el Espíritu de Dios, toda la infinitud. Por lo tanto, cuando en tu ánimo sumamente puro —que es un ojo del espíritu—, acoges una estrella muy distante u otro objeto y, a la vez, a través del ojo físico dirijes el ojo de tu alma al objeto observado con los ojos del espíritu, entonces se produce un conflicto entre la imagen interna existente en tu espíritu y la forma externa de esa misma imagen. Este conflicto hace que tu alma se ilumine respecto al objeto contemplado y te lo presente como es en realidad.

4. En verdad te digo que todos los seres humanos podrían hacer lo mismo si en su ánimo estuvieran constituidos y maduros como tú. Pero hay muy pocos que se parezcan a ti, como estos que están durmiendo aquí, que en absoluto se parecen a tu alma ni a tu ánimo. Aún les falta mucho para que su alma pueda mirar a través de su ojo físico y para que se abra su ojo espiritual. Por eso, primero hay que preparar su alma quitándole la visión mundana mediante el sueño del ojo físico, para que después, con sus sentidos más delicados, poder alcanzar la percepción y la contemplación de lo sobrenatural, de lo que trasciende a lo espiritual.

5. Por otra parte, el sueño de estos que descansan aquí es un estado de ensueño especial que sólo raras veces el ser humano experimenta de forma natural.

6. Algunos hombres de alma y espíritu fuerte pueden provocar este tipo de sueño en los hermanos más débiles imponiéndoles las manos, pero estos hermanos débiles nunca lo podrán hacer con hermanos y hermanas tan débiles como ellos. Pero tú nunca dudarás que el Señor puede hacerlo todo sólo con su Voluntad, ¿verdad?».

7. «El Señor te bendiga por la explicación que me has dado, que he comprendido perfectamente», respondió Yara. «Pero tengo otra pregunta: ¿cómo debo explicarme tu incomprensible rapidez?».

8. «¡Hija de Dios!», contestó el ángel. «Eso es algo que sólo un espíritu puro puede comprender, pues no tiene nada que ver con el espacio ni con el tiempo. Nosotros no somos nada en sí mismos; lo que ves en nosotros con los ojos de tu espíritu es el Pensamiento de Dios, la Idea de Dios, el Verbo de Dios. Por tal motivo somos espíritus puros; la materia no puede oponernos obstáculo alguno.

9. Si nada puede entorpecer a tal espíritu vivo, estar aquí o allí es lo mismo para él. Ninguna materia puede moverse tan rápidamente como lo podemos nosotros, espíritus, porque chocaría con alguna clase de obstáculo, incluso en el éter más fluido.

10. En el espacio infinito de la Creación, los Soles centrales de segundo grado merecen una atención especial, porque giran alrededor de un Sol central principal de primer grado que ya no gira. Las órbitas de todos estos Soles centrales de segundo grado, que giran a una velocidad inimaginable para ti, tienen un diámetro muy variado para que estos Soles se mantengan a la distancia adecuada de su Sol central principal.

11. Puedes hacerte una idea de las dimensiones de estas órbitas: Imagínate esta Tierra como una esfera que fuera en realidad un millón de veces mayor. E imagínate que esta gran esfera estuviera hecha de granos de arena como los de las playas. Piensa cuántos granos de arena cabrían en ella.

Y ahora imagínate que cada grano representara la distancia que hay desde aquí a la estrella que visitamos la primera vez; sumando todos los granos tendrías una idea del diámetro de tales órbitas. Para recorrerlas una sola vez, estos Soles centrales de segundo grado necesitan al menos un millón de años. Y, justamente por la enormidad de esta órbita, esos Soles ya andan en un sólo instante un trayecto mil veces mayor que la distancia desde aquí a la estrella que visitamos.

12. Tal vez pienses: “En ese caso, se desplazan mil veces más rápidamente que tú, espíritu puro. Porque si hubiésemos volado hasta la estrella con su velocidad, entonces tendríamos que haber llegado mil veces más pronto que con tu velocidad espiritual”.

13. Pero te puedo decir que la gran velocidad de esos Soles comparada con mi velocidad espiritual es la de la tortuga. Pues aun teniendo en cuenta tal velocidad, tremenda a tu entender, necesitan un millón de años para orbitar alrededor del Sol central principal, mientras que yo, u otro espíritu de mi especie, podemos hacer instantáneamente el mismo recorrido sin que notaras tiempo alguno entre mi salida y mi llegada. Incluso podría recorrer una órbita millones de veces mayor en el mismo tiempo.

14. Como ves, entre la velocidad de un espíritu y la de la materia en movimiento —aun aumentándola extremamente— siempre hay una diferencia infinita. Si la materia, tenga la velocidad que tenga, cubre la distancia de aquí a la estrella en un momento, para una distancia doble necesitará dos momentos. Y si se moviera tan rápidamente que en un momento recorriera cien mil veces esa distancia, para diez veces esa distancia también necesitaría diez veces más tiempo. Sin embargo yo puedo recorrer cualquier distancia instantáneamente.

15. Yo, y cualquier espíritu de mi especie, podemos hacerlo porque para nosotros no existe obstáculo alguno en toda la infinitud eterna. Pero la materia se encuentra, incluso en el espacio etéreo más puro, con diversos obstáculos y nunca podrá alcanzar la velocidad de un espíritu. Dime, hija agraciada de Dios, si has comprendido algo de esto».

Capítulo 142. Sobre la verdadera grandeza espiritual

1. «Con la ayuda de mi Señor», dijo Yara, «lo he comprendido; pero también me ha dado vértigo. Pues me he convencido de que un espíritu creado tiene que emplear casi una eternidad para llegar a conocer completamente uno de esos Soles centrales principales casi infinitamente grandes, de los que has dicho que su número es infinito en el espacio eterno infinito. Y que cada uno de ellos es portador, o más bien regente, de Soles centrales de tres diferentes grados que giran en órbitas inmensas, más los innumerables Soles planetarios que giran en órbitas también inmensas alrededor de sus Soles centrales. Si un espíritu creado necesita una eternidad para visitar uno de esos Soles centrales principales inmensamente grandes, ¡cuánto más necesitará para las cantidades innumerables que quedan!

2. ¡Tonta sería si quisiera hacerlo! Prefiero quedarme en casa con mi Amor, pensando: Uno de estos Soles es ciertamente algo tremendo, grandioso y un poderoso testimonio de la Sabiduría infinita y del Poder eterno del Señor. Pero no puede, como yo, ver, tocar ni amar al Señor, su Dios y Creador. Esto es, a mi entender, mucho más que ser un Sol gigantesco en la profundidad inconmensurable del espacio infinito de la Creación. Y ¡quién sabe si el Señor no me ama también tanto como a ese gran Sol!

3. Escucha», dijo Yara al ángel, «nuestra Tierra no será más que una motita de polvo comparada con ese Sol gigantesco, pero ahora ha pisado su suelo Aquel de cuyo aliento depende la existencia de todos los innumerables Soles centrales principales. Y por eso creo que a los ojos del Señor no siempre es más grande lo que en el espacio infinito de la Creación ocupa una parte inconmensurable, sino lo que es grande interiormente.

4. ¿Qué soy yo con mi estatura de niña en comparación con nuestra relativamente pequeña Tierra? Sin embargo, siento que en mi pecho hay un espacio abundante donde caben todos tus Soles centrales principales con sus innumerables Soles subordinados y las Tierras que tengan. Mi pequeña visión abarca de una mirada millones de estrellas, y uno se pregunta si todos estos grandes Soles pueden hacerlo. ¿Tengo razón o no?».

5. «Tienes toda la razón», le contesté, «tú sola equivales a miles de universos estelares de los que llenan el infinito espacio de la Creación. Sin embargo, siempre es bueno que el ser humano conozca mis Obras para que aumente su amor por Mí, su Padre.

6. Pero ya está apuntando el día y debemos despertar poco a poco a nuestros amigos. No debes contar a nadie nada de lo que has visto hasta que mi ángel, y ahora también el tuyo que te destino hasta tu madurez, te haga una señal. Los demás ángeles, ¡que se hagan invisibles!».

7. En aquel instante desaparecieron los ángeles menos uno que se llamaba Rafael y que estaba vestido a la manera de la gente de Genesaret.

8. Cuando Yara vio a Rafael vestido de este modo dijo: «Ahora sí que me gustas más que en tu gloria celestial de antes, pues te pareces más a un ser humano: te querré mucho. Pero ¿quién se ocupará de tus tareas de regir mundos?».

9. «No te preocupes por eso, preciosa hija de Dios», dijo el ángel, «puedo estar constantemente aquí y allá sin que apenas notes mi ausencia, salvo algunos instantes de vez en cuando. Además, siempre me apresuraré en volver a ti rápidamente, pues ya te amo más que a mis innumerables Soles, algunos de los cuales volveremos a visitar juntos en cuanto se presente la ocasión.

Pero el Señor quiere despertar ya a los hermanos y debemos estar callados».

10. «Sí, sí», dijo Yara, «ya estoy calladita».

Capítulo 143. Los discípulos despiertan del sueño

1. Dije a Rafael: «¡Despierta primero a Simón Judá (Pedro)!».

2. Cuando Pedro despertó, miró alrededor lleno de asombro y dijo al cabo de un rato: «¿En verdad he estado durmiendo? Me ha parecido estar despierto toda la noche. Aunque ahora me doy cuenta que he descansado muy bien. He tenido unos sueños maravillosos como nunca me parece que los tuve. En verdad, Señor, estos sueños no pueden haber sido figuraciones vanas».

3. «Entonces mira alrededor», le dije, «quizás veas que el monte ha sufrido algún cambio que también habrás soñado».

4. «Oh, Señor», contestó Pedro, «¡es verdad; lo he visto en sueños y resulta que es real!».

5. Pedro quiso seguir hablando, pero le dije: «Antes de seguir hablando, despierta primero a los demás discípulos». Pedro así lo hizo.

6. Cuando los discípulos se levantaron se asombraron sobremanera al darse cuenta que habían estado durmiendo; les parecía que habían estado despiertos toda la noche y que habían visto cosas maravillosas y extraordinarias.

7. Judas comentó: «No puedo creer que haya estado durmiendo. ¿No he estado hablando contigo, Simón Judá, que no estabas de acuerdo y me decías: “Todas estas maravillas no te impedirán convertirte en un traidor por unas monedas de plata”, lo que me enfadó tanto que quise arrojarte al mar? Pero Tomás me agarró y me contuvo. Dime, hermano Simón, ¿no recuerdas nada?».

8. «Ni una palabra», dijo Pedro, «no me acuerdo haber soñado contigo».

9. «Mirad un poco alrededor de vosotros», les recomendé, «para ver si se ha realizado algo de lo que habéis visto en sueños».

10. Entonces los discípulos fueron contorneando la cima y no salían de su asombro. Andrés dijo: «Durante los pasados seis meses hemos visto y oído tantas maravillas que hubiéramos podido pensar que no habría milagros todavía mayores. Pero otra vez nos quedamos atónitos al comprobar que nuestros sueños se han hecho realidad. Vi cómo el ángel elegido por Yara levantó toda el agua del mar en el aire en forma de globo gigante. Vi con mis ojos el fondo del mar totalmente seco y la bonita concha de nácar que Yara trajo como recuerdo guardada en su delantal. Después vi cómo el ángel, por deseo de esta preciosa hija de Dios, transformó el monte, formando a su alrededor pendientes fácilmente asequibles, ¡todo en un instante! ¡Y todo es real!

12. ¿Con qué palabras y obras podremos alabar a nuestro Señor y Maestro? ¿Dónde está el ángel que colocó en nuestros corazones pensamientos ardientes dignos de Él? ¡Oh, no somos nada ante Él, el Dios eterno y poderoso!

13. Nuestros padres temblaron al pie del Monte Sinaí, cuando Dios dio a Moisés los sagrados mandamientos del Amor entre rayos y truenos. Y cuando Moisés bajó radiante de la montaña penetrado por la Majestad divina, tuvo que taparse la cara con un grueso manto para que el pueblo se le pudiera acercar. Mucho tiempo después, los sagrados videntes del Señor, tras una preparación adecuada, todavía profetizaban sólo cubriéndose la cabeza con el manto de Moisés; aún hoy estamos asombrados de su elevada sabiduría. Y ahora, aquí está el mismo que habló con truenos en el Monte Sinaí. ¿Es posible que no nos quedemos helados ante su poderosa presencia? ¡Levantaos y acudid a Él! Porque sólo Él es el único Santo. ¡A Él todo el honor, gloria, amor y veneración!».

14. Tras estas palabras jubilosas de Andrés, todos los discípulos, salvo Judas que consideraba que Andrés siempre se comportaba como un optimista exagerado, se acercaron a Mí con el corazón ardiendo de amor, y cantaron un encendido “Hosanna”.

Capítulo 144. Palabras de alabanza de Yara

1. El cántico a pleno pulmón despertó a los demás durmientes que se unieron a la alabanza de los discípulos. Les dejé que desahogaran su ánimo y Yara abrazó mis pies, llorando de alegría y felicidad. Al cabo de un rato, la pequeña se levantó y dijo con voz seria: «Oh, Tierra, ¿cuándo volverás a ser tan dichosa de sentir sobre ti estos santos pies? ¿Sientes, muda madre de todos los vicios, Quién es El que te pisa? ¡No, no lo puedes sentir; estás muerta y eres demasiado pequeña! ¿Cómo podrías abarcar lo que es demasiado grande y santo para el espacio infinito y todas las miríadas de seres que lo pueblan? ¿Dónde empezaré y terminaré para alabar su Gloria, aunque sólo sea en una gota de rocío? Pues Él, Dios el Eterno, es quien ha creado tanto el rocío como los mundos inmensos de luz. ¡Oh, Señor, mi Dios, disuélveme, pues mi corazón no soporta mi amor ardiente por Ti!

2. Cuando todavía no conocía tu Magnificencia, te amé como a un hombre perfecto. En verdad intuí que en Ti habita el Espíritu puro y divino, y mi corazón amaba de forma indescriptible ese Espíritu santísimo que está en Ti. Pero sólo pensaba que eras un hijo del Altísimo. Ahora todo ha cambiado. Tú eres el Altísimo mismo. Perdona a esta motita de polvo que, en su ceguera, ha osado amarte como a un hombre».

3. «Mi pequeña hija, no tengo nada que perdonarte», le respondí. «Conserva ese mismo amor. A todos os digo: No puedo aceptar el amor de quien no me ofrezca uno como el tuyo, Yara mía.

4. Quien no ame a Dios por ser el hombre más perfecto, no podrá amar a su prójimo que es un hombre imperfecto. Pero si escrito está que Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza, ¿cómo será Dios diferente del hombre que está hecho a su imagen y semejanza, o sea, un hombre natural pero perfecto? ¿O tengo Yo ahora un aspecto distinto al del hombre porque tú, hijita mía, hayas visto una pequeñísima parte de mi Gloria?».

5. «Oh, no, sigues teniendo el mismo aspecto», respondió Yara, «mi corazón tampoco ha cambiado. Quisiera abrazarte fuertemente sin soltarte hasta que me explotasen las venas. Quisiera no parar de besarte. No sé qué querría hacer por puro amor a Ti. Pero como Tú eres el Ser divino, mi corazón me dice que soy totalmente indigna de amarte como a un hombre. Sin embargo, sé lo que quiero y mi corazón no se refrena, pues cada vez te ama más».

6. «Eso está bien», le dije, «Que tu alma siga siempre los impulsos de tu corazón y encienda en él una fuerte llama que la ilumine totalmente, y pronto el Espíritu de Dios saldrá resplandeciendo en ella como el Sol. Su luz y su calor harán brotar la siembra de Dios, y madurarán en el alma los frutos de la Vida para la eternidad.

7. El Espíritu de Dios sólo puede ser despertado en el hombre mediante el amor a Dios; a partir de este amor crecerá el amor al prójimo.

8. Por eso permanece siempre en este amor tuyo, pues vale más para Mí y para ti que todas las maravillas que has visto con tus propios ojos.

9. Pero dejemos que los demás nos digan también lo que más les ha impresionado esta noche».

Capítulo 145. La realidad del sueño común

1. El capitán fue el primero en levantarse lentamente del suelo diciendo: «¡Señor y Maestro! Para Ti todo mi agradecimiento porque sigo vivo a esta altura. Fácilmente hubiera podido despeñarme con sólo darme la vuelta; ahí habría acabado mi vida en este mundo. Pero sigo en el mismo sitio donde me acosté, por lo que te estoy sumamente agradecido. Aunque también te pido encarecidamente que nos facilites el descenso para que lleguemos sanos y salvos lo más pronto posible a Genesaret. Pues si sigo pensando en los riesgos de la bajada, no se me irá el mal humor».

2. «Querido amigo, ¿no has soñado nada esta noche?», le pregunté.

3. «Sí, es cierto», respondió el capitán, «El mucho miedo que tengo casi hace que olvide el maravilloso sueño. Si el monte fuera como lo he visto soñando, sería un placer subirlo una y otra vez; pero un sueño es un sueño».

4. «¡Amigo, nada de eso!», dijo Ebalo que estaba a su lado, «te aseguro que esta vez nuestro sueño común se ha convertido en realidad. Levántate y ve al borde de la cima; te convencerás como que el monte baja suavemente por todos los lados, incluso por el del mar, y que ahora es fácil subirlo y bajarlo sin peligro alguno».

5. «¿No será una visión engañosa?», preguntó el capitán.

6. «Lo he visto por todos los lados con mis mujeres y mis hijos, ¿crees que puede ser una ilusión óptica?», dijo Ebalo. «¡Levántate y convéncete tú mismo!».

7. Tras estas palabras, el capitán se levantó por fin y anduvo por la superficie de la cima: «Es cierto que durante la noche ha habido cambios maravillosos en este lugar; pero pisa tú primero el suelo nuevo para que yo vea que realmente es firme».

8. «Amigo, aunque eres un hombre estimable, no me gusta el escepticismo que manifiestas», le contestó Ebalo. «¿No te vale de nada mi palabra? ¿Acaso te he mentido alguna vez? ¡Ven y compruébalo tu mismo!».

9. «Sí, amigo, tienes razón. Voy a comprobarlo yo mismo», dijo el capitán.

10. Entonces el capitán fue andando despacio hasta el borde que daba a Genesaret y, cuando vio la pendiente tan suave del monte, dijo asombrado: «Es cierto, parece que todo el monte haya quedado aplastado, incluso su cima se ha alejado de Genesaret. Cuando ayer miré desde aquí, Genesaret me pareció que estaba a un tiro de piedra. Pero ahora se encuentra a más de cien caminos de campo43; necesitaremos unas seis horas para volver de nuevo a nuestra querida ciudad.

11. Quien todavía tenga dudas de que nuestro Jesús es Dios y hombre al mismo tiempo, no tiene remedio. Sí, hermano Ebalo, tienes razón al tratarme de escéptico empedernido. Pero ahora todas mis dudas se han desvanecido y creo y confieso ante todos vosotros que nuestro Maestro y Salvador Jesús es verdaderamente un Dios y que aparte de Él no puede haber eternamente ningún otro. Como lo que he soñado es verdadero, todo lo demás debe serlo también. Él es pues el Dios y Señor único sobre toda la infinitud.

12. Pero vayamos a ver a Yara que nos tiene que enseñar los recuerdos que ha traído. Cuando un espíritu celestial levantó toda el agua, vi como cogió una concha de nácar del fondo del mar y la guardó en su delantal. Y también vi que se trajo una piedra brillante del mundo estelar al que la llevó ese espíritu celestial. Si estas dos piezas existen tan realmente como las transformaciones de este monte, entonces tendremos más pruebas de las que se necesitan».

Capítulo 146. Yara enseña los recuerdos

1. Tras estas palabras, el capitán y Ebalo fueron hacia Yara, pidiéndole que les enseñase los dos objetos que trajo de recuerdo.

2. La apreciable Yara los sacó de su bolsillo y se los enseñó: «¡Mira, Julio, aquí tienes los objetos que confirman la verdad! ¿Puedes creer ahora y dejar ya de dudar tanto?».

3. «Sí, mi querida Yara», respondió el capitán. «Mi fe es ahora más firme que este monte y mis temores se han desvanecido para siempre con ayuda del Señor todopoderoso. Estos dos recuerdos tienen un valor terrenal incalculable. La concha y las veinticuatro perlas como pequeños huevos de gallina que contiene, valen tanto como toda Jerusalén, pues cada una de las perlas puede tasarse en unas cien mil libras de oro. ¿Y cuál será el valor de la piedra transparente, que es más hermosa y reluce más que el lucero del alba, con la que ninguna otra de la Tierra puede compararse?.

En pocas palabras, ahora eres la muchacha más rica del mundo no sólo espiritualmente sino también en dinero. ¿Qué te parece?».

4. «Me parece como si no tuviera nada», respondió Yara modestamente. «Estos dos objetos no tienen para mí más valor que el de recordatorio de las indescriptibles obras milagrosas de Dios con los pobres y débiles pecadores que vivimos en Genesaret y sus alrededores.

5. El Señor no se quedará siempre físicamente entre nosotros, como me dijo claramente ayer. Pero estas piezas siempre nos lo recordarán, estimulando nuestro amor hacia Él.

Esto es lo que pienso.

6. Aunque el Señor me ha dejado otra señal como recuerdo de esta noche milagrosa, que para mí ha sido como un día pleno de sol. Esta señal permanecerá visible conmigo y más tarde invisiblemente hasta que, pasado algún tiempo, vuelve a ser visible si soy digna de él».

7. «¿Dónde la tienes?», preguntó el padre Ebalo. «¿Nos la enseñas?».

8. «Aquí está, a mi lado», respondió Yara, junto a la que se encontraba el ángel Rafael, «si no tienes nada que objetar».

9. «¡Ese sí que es un recuerdo mucho más valioso!», respondió Ebalo, que miraba al ángel de pies a cabeza. «Aunque temo que te enamores demasiado pronto de este joven tan hermoso, y que cuando se haga invisible para ti, te desesperes de tristeza por su ausencia».

10. «No te preocupes por eso», dijo Yara. «Para quien ama a Dios, el Señor, tanto como yo, incluso todas las hermosuras del Cielo carecen de importancia. Pese yo también amo a este joven, porque ha demostrado ser sabio, fuerte, poderoso y veloz».

11. «¿De dónde ha salido?», preguntó el capitán. «No recuerdo haberle visto nunca en Genesaret, sin embargo está vestido a la usanza del lugar. Admiro sus rasgos y toda su figura sumamente delicados. En su manera de ser hay un encanto particularmente refinado.

12. Los calzones pulcros, la camisa blanca como la nieve, el pequeño manto de tela azul sobre sus hombros, además del pequeño bonete que cubre elegantemente su hermosa cabeza, le sientan tan extraordinariamente bien que uno no podría imaginar algo más exquisito. En verdad a este refinado joven no se le podría negar ningún deseo; un imperio entero le daría con tal que me manifestara su cariño.

13. Cuanto más le miro, más atractivo me parece. Sus padres deben ser sumamente felices por tener un hijo así, y tú, Yara, puedes considerarte sumamente agraciada con este regalo.

14. Pero ¿qué harás con este hermoso joven? Bien es verdad que tú también eres una muchacha amable y primorosa, pero el joven te excede con mucho en hermosura. Vas a cumplir los trece años y él tendrá unos dieciséis. Sería un gran placer para mí que llegara a ser tu esposo. Pero si sólo va a ser un compañero de juegos para ti, entonces tu corazoncito tendrá que sufrir bastante. Pero dinos ¿para qué le quieres?».

15. «Vosotros habláis según entendéis», respondió Yara, «porque no conocéis el espíritu. Este joven será mi protector y guía hasta que yo cumpla dieciséis años. Me enseñará la Sabiduría de los Cielos de Dios, y a vosotros también, si queréis escucharle».

16. «¿Y después de cumplir los dieciséis será tu esposo?», preguntó el capitán.

17. «Oh, mi querido Julio, ¿otra vez?», respondió Yara. «¿No te he dicho ya antes que cuando yo cumpla los dieciséis años me abandonará durante un tiempo, tal como el Señor lo ha previsto? Eso no me afectará, porque mi corazón pertenece plena y eternamente al Señor. Y si mi corazón pertenece a Dios, no puede pertenecer también a otro al mismo tiempo».

18. «Sí, sí, hija mía, tienes toda la razón», observó Ebalo. «Pero todavía no has llegado a esa edad. Cuanto llegues, tendrás que luchar enérgicamente contra tus apetitos carnales. ¡Ojalá que los domines!».

19. «Sí, sí, tu padre tiene razón», añadió el capitán. «Todavía eres una niña, pero tu corazoncito ya arde como una hoguera. Cierto es que ahora posee lo más alto que puede desear. Pero cuando esa felicidad se retire para ponerte a prueba, tu corazón enfermará de amor. Y si tiene que sufrir su falta durante mucho tiempo, empezará a buscar otros objetos para saciarse. Si el hambre es dolorosa para el estómago, el hambre de amor lo es mil veces más.

20. Tomemos el ejemplo de un general tiránico y cruel con sus soldados. Todos están desesperados por su culpa y, cuando han de ir a batallar con él, con gusto se entregarían al enemigo para perderle de vista. Pero si, por el contrario, un general es sabio y ama a sus súbditos como un padre a sus hijos, ¡que venga el enemigo! Los soldados pondrán en juego todo su valor y afecto por su querido general, derramarán hasta la última gota de su sangre y vencerán al enemigo.

21. Sí, mi querida Yara, el amor es un elemento muy poderoso que siempre necesita una guía sabia. De lo contrario, este elemento corre el riesgo de ir por un camino en el que se consume a sí mismo».

22. Al cabo de un rato dijo Yara en tono pensativo: «Sí, puede que tengas razón. Pero creo que el Señor no es un general tiránico con un corazón que le ama sobre todas las cosas».

23. «Desde luego que no», respondió Julio. «Pero, recuerda lo que ha hablado esta noche contigo. Él es y sigue siendo Dios, al que el espíritu humano sólo puede acercarse cuando se ha formado y consolidado gracias a las fuerzas que le han sido dadas. Durante ese periodo de formación Él deja al hombre completamente libre, siendo entonces como un tirano con los ojos vendados y los oídos tapados. Cuando este periodo anunciado por Él llegue para ti, Yara, hablaremos más sobre el asunto».

24. «Yo confío y creo firmemente que tampoco el Señor me abandonará en ese tiempo», contestó Yara.

25. «Naturalmente que no», respondió el capitán, «pero teniendo en cuenta tu gran amor por Él, te pesará grandemente su abandono, por corto que sea. ¡Pero vamos a hablar con Él, parece que nos quiere decir algo!».

Capítulo 147. La comunicación entre los creyentes y el Señor a través del corazón

1. Los tres se acercaron a Mí y el capitán preguntó: «Señor, ¿qué hay? Parece que nos quieres decir algo».

2. «¿No ves la maravillosa aurora?», le pregunté: «¡Prestad atención todos y veréis el más hermoso Sol saliente! Aunque sólo se trata del Sol físico, tiene sin embargo un significado espiritual profundo que ha de quedar claro para vosotros. Pues, en el espíritu, un amanecer se une con otro».

3. «Señor, ¿cómo hemos de entender esto?», preguntó Pedro.

4. «¿Cuánto tiempo he de soportaros todavía?», respondí. «Ya llevamos un cierto tiempo juntos y todavía no te das cuenta que, a través de Mí, ha alboreado desde los Cielos otro Sol para vuestras almas, que seguirá saliendo más y más».

5. «Señor, no te enojes», dijo Pedro. «Tú ya sabes que somos hombres sencillos que no han aprendido más que a leer lo necesario y a escribir un poco. De haberte comprendido, mi pregunta habría sido un insulto. Sin embargo, no entendimos tus palabras y por eso te preguntamos».

6. «Eso vale cuando uno no sabe que también se puede entender conmigo a través del corazón. Pero sabiéndolo, no es que la pregunta en sí sea un error sino un modo insensato de preguntarme: eso es lo que estoy reprendiendo. Mirad como los dos esenios y los fariseos se sorprenden que me hayáis preguntado tal cosa, porque vosotros, que sois maestros para ellos, deberíais saber que Yo puedo colocar la respuesta en el corazón de todo el que me pregunta.

7. Bien es verdad que la causa no es desconocimiento o terquedad vuestra, sino las viejas costumbres. Pero os exhorto a que seáis más precavidos en el futuro para que los hombres puedan saber que verdaderamente sois discípulos míos y no perdáis ante el mundo el respeto que necesitáis para vuestra nueva misión.

8. Ahora id con vuestros discípulos e informadles, si no os preguntarán de qué habéis hablado conmigo».

9. «Señor, ¿entonces nunca más podremos hablar una palabra contigo?», preguntó Pedro.

10. «Oh sí, pero todo a su tiempo y cuando Yo os lo diga», le contesté. «¡Haced ahora lo que os he mandado!».

11. Acto seguido, los discípulos se reunieron con los fariseos y los dos esenios y les dijeron: «No os sorprendáis si algunas veces todavía preguntamos al Señor hablándole, pues somos seres humanos aún presos de las viejas costumbres».

12. «Ya lo hemos pensado así», respondieron los dos esenios. «Pues, según vuestra enseñanza, se lo preguntamos al Señor a través del corazón y recibimos instantáneamente una clara respuesta. Por eso nos pareció algo raro que vosotros se lo preguntarais de viva voz. Pero pensando que esto todavía sucede por la fuerza de la costumbre, lo comprendimos. Esta noche hemos soñamos unas visiones tan extrañas como nunca hemos tenido otras parecidas. Y lo más milagroso es que todos hemos soñado lo mismo y que todo lo que hemos soñado se ha hecho realidad. ¡Esto no tiene precedentes!

13. Ahora sí que creemos firmemente que este nazareno es más que un hombre perfecto. Según la carne es un hombre como nosotros, pero en su interior y en su corazón habita la plenitud de la Fuerza y del Poder divinos, a las cuales obedece toda la infinitud.

Pero miremos ahora el alba, según nos dijo que hiciéramos, para ver los milagros que sucederán».

14. «No sé si podrá verse algún milagro especial», respondió Pedro. «Pero como ya nos avisan las nubes rosadas del horizonte, viviremos desde estas alturas el espectáculo más hermoso de la Creación de Dios, y podremos sacar de ello la enseñanza de que nuestras almas también han participado de un mismo amanecer que siempre permanecerá con ellas».

15. «Es cierto», dijo uno de los esenios, «un amanecer no sólo para nosotros sino para toda la Tierra y toda la infinitud. Pues nos parece que esta encarnación del Espíritu divino del Altísimo no está dedicada solamente a la Tierra y a sus criaturas, sino a toda la infinitud.

16. Que el Espíritu divino haya elegido especialmente la Tierra es un asunto inescrutable para nuestra mente, puesto que, como sabemos ahora, Él podría haber escogido para su encarnación cualquier mundo de las innumerables miríadas de magníficos mundos de luz que tiene a su disposición. Pero Él debe saber mejor por qué ha elegido precisamente nuestra Tierra.

17. Antes, cuando todavía estábamos convencidos de que la Tierra era el único mundo de todo el universo, la cosa habría sido comprensible. Creíamos que la Tierra era el único mundo infinitamente grande, cuyas aguas tocaban el firmamento, y creíamos que el Sol, la Luna y las estrellas existían sólo para iluminarla. Pero ahora sabemos qué es lo que son todas las estrellas, la Luna y el Sol, y qué pequeña es nuestra Tierra comparada con estos mundos solares.

18. Ahora sí que viene al caso la pregunta de cómo es posible que este pequeño grano de arena, llamada Tierra, sea digna de semejante Gracia. Puesto que, en nuestra opinión, la pregunta es muy importante para muchos, no estaría de más recibir una explicación satisfactoria al respecto. ¿Creéis que podríamos preguntarle sobre ello?».

19. «Intentadlo a través de vuestro corazón», dijo Pedro. «Si os llega una respuesta, será buena. Y si no, será señal de que aún no estamos maduros para una mayor instrucción.

Pero, ¡mirad ahora allí arriba: por las nubes resplandecientes que nos ciegan, se ve que está saliendo el Sol!».

20. «¡Oh, sí, es un espectáculo indescriptiblemente hermoso!», dijo el esenio. «¿No veis que por encima de las nubes se mueve algo como estrellas con un resplandor especial? ¿Qué será?».

21. «Lo sabrá únicamente el Señor», dijo Pedro. «Los pescadores llamamos a este fenómeno, que no es raro, “pececitos matutinos”. Cuando aparecen se puede pescar muy bien y por la tarde seguramente hará un tiempo tormentoso o por lo menos un viento fuerte. Aunque he de admitir que yo mismo no he visto nunca estos “pececitos” con tal frescura y vivacidad, el fenómeno no me es desconocido. Por lo menos, desde esta altura se ve mucho mejor que desde abajo».

22. «¿Sabéis lo que haremos?», dijo el esenio. «Vamos a hablar con el Señor que está junto a Ebalo y sus hijos. Él nos aclarará todo lo que queremos saber».

Capítulo 148. Los fenómenos naturales y su analogía espiritual

1. Tras estas palabras del esenio, todos se acercaron a Mí y les recomendé que presten mucha atención a todo lo que iba a suceder, pues serviría de gran instrucción.

2. «Señor, Señor», exclamaron los dos esenios, «que de ello podemos aprender muchas cosas, es una gran verdad. Pero ¿será capaz nuestra alma de captar su elevada enseñanza? Aunque veamos con ojos curiosos y con gran asombro las profundidades resplandecientes de tu maravillosa Creación, somos demasiado ciegos para apreciar y concebir el milagro de una gota de rocío, por no hablar de los milagros que, con su luz, tamaño y a distancias inconcebibles, aparecen y desaparecen en el firmamento. Acabamos de hablar con Pedro, tu discípulo, sobre los puntos luminosos que se mueven por encima de las nubes del alba; pero él no nos lo pudo explicar de manera satisfactoria. ¿Podrías, oh Señor, si te conviene, decirnos algo sobre este fenómeno?».

3. «No tiene mucha importancia y es un fenómeno totalmente natural, igual que las olas del mar», le dije. «Es como cuando tú estás en un determinado sitio desde donde se ve como los rayos del Sol se rompen y se refractan sobre un mar agitado.

4. El aire necesario para la respiración de los seres humanos y de los animales, no llega hasta las estrellas, a lo sumo hasta una altura, desde la superficie del mar, como cuatro veces la de este monte. Más arriba, la atmósfera está nítidamente delimitada tal como el agua del aire, y presenta, igual que el agua, una superficie reflectora que se mueve constantemente como las olas del mar.

5. Cuando la luz del Sol cae sobre la superficie de la atmósfera, se refleja como en un espejo. Si los movimientos del aire son fuertes, envían de vez en cuando a la Tierra la luz recibida, cosa que sucede con mucha facilidad cuando el Sol parece estar todavía debajo del horizonte y sus rayos, en cierto modo, llegan desde debajo a la superficie que delimita la capa de aire. Las lucecitas que se mueven allí no son otra cosa que el reflejo del Sol, y su movimiento se debe a la agitación de las olas del aire.

6. Que ahora, cuando el Sol está ya muy cerca del horizonte, estos “pececitos” puedan verse muy claramente sobre las nubecillas iluminadas, se debe a que las olas de aire reciben ahora la luz sobre todo de las nubes ya fuertemente iluminadas por el Sol, “jugando” con ellas. Esta es la explicación totalmente natural del fenómeno.

7. Pero más allá de ello, el fenómeno también tiene un significado espiritual que es el siguiente:

8. Imaginaos el Sol espiritual: La luz que irradia llega al mar de la vida creada cuya superficie se encuentra en un vaivén continuo que juega con esta luz. De esta manera se forman toda clase de imágenes enteramente deformadas que todavía reflejan cierto resplandor, pero que destruyen cualquier rastro de la forma primaria divina. Así es como el paganismo, y también el judaísmo de estos tiempos, son imágenes distorsionadas de lo Divino puro.

9. Para que la imagen de Dios se refleje tan pura y verdaderamente como el Sol de esta Tierra en la superficie del mar, se necesita igualmente un ánimo equilibrado y sin pasiones, lo que sólo se consigue con una abnegación total, con humildad y el con el amor más puro.

10. Cuando así sucede en el hombre, en su interior todo se vuelve Verdad, capacitando su alma para observar las profundidades de la Creación de Dios, en la abundancia de la Verdad más pura. Pero cuando algo se agita en su alma, las imágenes quedan destruidas y el alma se encuentra necesariamente en un marco de espejismos de todas clases y no puede tener una contemplación pura hasta que de nuevo esté en la calma completa de Dios.

11. Éste es el verdadero descanso sabático y por ello Dios ha ordenado la celebración del sábado. Durante este día el hombre debe abstenerse de todo trabajo físico porque todo trabajo físico obliga al alma a prestar sus fuerzas al cuerpo, con lo que se agita, provocando una fuerte perturbación en el espejo de su agua vital, lo que la imposibilita para poder conocer claramente la Verdad divina.

12. Por tal razón, el verdadero descanso sabático consiste en la abstención razonable de todo trabajo corporal duro; nadie debe trabajar sin necesidad, aunque en caso de necesidad, todo hombre está obligado a ayudar a su hermano.

13. Las almas deben renunciar, todavía más que a abstenerse del duro trabajo corporal, a todas las pasiones, porque las pasiones son las tormentas del alma. Agitan su agua vital y el reflejo divino queda tan desfigurado como la imagen del Sol en las olas del mar. Y si la tormenta es de larga duración, surgirán del mar vapores que llenarán la atmósfera celeste del alma de nubes pesadas, las cuales impedirán que la luz del Sol espiritual alcance sus aguas vitales; el alma se vuelve oscura, no puede diferenciar la verdad de la mentira y toma el engaño del infierno por una luz que sale del Cielo.

14. Un alma así ya está perdida a no ser que vengan fuertes vientos, es decir, duras pruebas desde arriba, que disuelvan las densas nubes de su atmósfera, y que el alma se retire al verdadero descanso sabático, devolviendo así la tranquilidad a su mar de vida. ¡De lo contrario no hay salvación para ella!

15. Este el sentido espiritual que os muestra la hermosa salida del Sol. Quien lo aplique a sí mismo, estará en la Verdad y en la Luz completa, y tendrá parte en la Vida eterna; pero quien desprecie esta enseñanza estará eternamente muerto».

Capítulo 149. Contemplación de una salida del Sol. Fenómenos matutinos

1. «Seguid prestando atención», dije. «El Sol muestra ahora mismo su cara occidental sobre el horizonte. ¿Qué veis?».

2. «Sólo su superficie brillante que aparece rápidamente», contestaron los dos esenios. «El juego de los pececitos luminosos ha desaparecido y las nubecillas se disuelven poco a poco. El globo del Sol ya está enteramente por encima del horizonte y nos llega un aire fresco de levante. Esto es todo lo que observamos».

3. «Mirad también abajo, a los valles y las llanuras, y decidme qué veis», les respondí.

4. Los dos esenios miraron hacia el paisaje de abajo y dijeron: «Los valles están llenos de niebla gris; también la superficie del mar está cubierta por una capa grisácea de vapor. La niebla se eleva por encima de los valles y, acá y allá, cubre las colinas más bajas. ¿También tiene este fenómeno matutino un significado espiritual?».

5. «Ciertamente», les contesté, «en la Tierra no sucede nada en vano, siempre hay un motivo espiritual.

6. El Sol corresponde enteramente al Ser de Dios. La Tierra con sus valles, llanuras, colinas, montañas, ríos, corrientes, lagos y mares, corresponde enteramente al exterior del hombre.

7. Las nieblas que se interponen entre el Sol y la Tierra corresponden a las diversas preocupaciones vanas y egocéntricas de los hombres, a través de las cuales poco puede penetrar la luz del Sol. Estas nieblas suben hasta las montañas, a las que cubre. Las colinas y las montañas corresponden a la comprensión más elevada de los hombres de esta Tierra. Esta mejor comprensión también está enturbiada por las preocupaciones vanas y fútiles de los hombres medio ciegos.

8. Por ello soplan vientos matutinos que empujan las nieblas de las montañas y de los campos y las deshacen para que montañas y campos puedan ser iluminados libremente por el Sol y maduren sus frutos vitales. Creo que entendéis bien la analogía, ¿verdad?».

9. «Sí, Señor, es tan claro como el Sol que está saliendo», respondieron los dos esenios. «¡Qué magnificencia en esta santísima enseñanza! ¡Cuánto ignoran los hombres de lo que, siendo seres vivos, deberían saber! Señor, nosotros nos ocuparemos de difundir entre ellos lo que nos has enseñado sobre el verdadero descanso sabático. Esta sobrepasa todo lo dicho y enseñado por Ti hasta ahora; en todas las instrucciones anteriores vemos una preparación para cumplir más fácilmente esta sagrada enseñanza. Pero ahora queremos preguntarte algo sobre nosotros.

10. ¿Cómo podemos darte las gracias dignamente por esta enseñanza pura y celestial? Sentimos en lo hondo del corazón que no nos merecemos tal Gracia ni el Amor que Tú nos concedes. Oh, Señor, dinos de qué manera podemos agradecértelo y alabarte por ello».

11. «Mis queridos amigos», les respondí, colocando mis manos sobre sus hombros, «obrad como os he enseñado, y mi alegría será tan grande como la que vosotros acabáis de experimentar y, si animáis a los demás seres humanos para que actúen de la misma manera, tendréis la recompensa correspondiente».

Capítulo 150. El Señor encarga a los esenios que creen escuelas

1. «Cread una escuela», continué, «y enseñad a los discípulos a guardar la fiesta del sábado. Y vosotros celebradla todos los días algunas horas; pronto sentiréis una gran bendición interna.

2. Cuando construyáis una gran casa para la escuela, tened presente que sus muros deben estar libres de rejas y cerraduras. Debéis llegar a ser verdaderos y diestros constructores de vuestras escuelas libres, las cuales estarán dedicadas a formar profetas y serán vuestra nueva obra. Vuestra preocupación principal debe ser la de mantener pura y fielmente toda la enseñanza que ya os ha sido dada y la que se os dará todavía, y no como los fariseos y los ancianos, que en todo mezclan sus propias reglas. Debéis abandonar por completo vuestros preceptos actuales y poner en su lugar mi Palabra.

De otro modo, mi Espíritu no puede actuar según las profecías que han sido dadas a los hombres por boca profética».

3. Los esenios agradecieron estas instrucciones y me prometieron seriamente cumplirlo todo al pie de la letra. Sólo me pidieron que les protegiese adecuadamente y les diera la fuerza suficiente para poner en marcha esta enseñanza divina, no para ellos en exclusiva, sino para muchos otros seres humanos que la quisieran escuchar, haciendo en el futuro de la misma una ayuda fructífera y salvadora por mucho tiempo.

4. «Yo no fallaré nunca, porque estoy siempre a vuestro lado», les respondí. «Pero procurad que no se produzcan disputas entre vosotros por mandar. Que el guía y dirigente de vuestra misión sea quien más experiencia tenga. Pero que nunca se crea más que los más humildes de entre vosotros. Eso no quiere decir que los más flacos le nieguen el debido respeto. Debe ser amado y respetado por todos y su consejo debe seguirse como si fuese una ley. ¡Ay de aquel que le falte al respeto! Su reprobación será mi respuesta.

5. Y cuando elijáis un guía para vuestra misión, rezad y aseguraos que no se otorgue el cargo a quien no sea digno de él. Pues el dirigente imprudente e infiel de una sociedad es como un mal pastor para su rebaño; cuando ve venir el lobo, se da a la fuga y abandona el rebaño a su suerte, o él mismo se vuelve un lobo, es decir, un asesino de sus ovejas, espiritualmente hablando, tal como lo son los fariseos y los sumos sacerdotes. Se visten con piel de oveja, pero son lobos feroces por dentro.

6. ¡No los imitéis! Habitan estancias de altas murallas, bien cerradas y vigiladas, que impiden que nadie pueda acercarse a ellos para que nadie vea sus engaños. Si algún audaz se atreve a entrar en el recinto del Templo, se le declara profanador del sagrario y se le lapida seguidamente.

7. Por eso os digo que vuestras escuelas sean abiertas y libremente accesibles para que permitan el paso a todo el que quiera entrar. ¡Que no haya ningún secreto en ellas! Podéis iniciar a quienes lo deseen hasta donde llegue su entendimiento. Mi enseñanza no da gato por liebre. Todo os lo digo sin secretos, abierta y claramente, salvo cuando lo aconseja la prudencia para bien del hombre. Vosotros también debéis estar abiertos hacia todo aquel que muestre su buena voluntad. Pero sed siempre prudentes pues no es aconsejable dar de comer perlas a los cerdos.

8. Todavía tengo mucho que deciros, pero no lo entenderíais ni lo podríais soportar. Pero cuando el Espíritu de la Verdad se despierte en vosotros, os conducirá en toda la Sabiduría. Este Espíritu es la justa medida divina en vuestros corazones y lo despertaréis en vosotros celebrando correctamente el sábado. Decidme, ¿lo habéis comprendido?».

9. «Sí, Señor», respondieron los esenios acongojados. «¿Quién no comprende tus sagradas palabras? Pues no son palabras de un ser humano sino que se manifiestan con luz, calor y vida. Cuando Tú, oh Señor, hablas, sentimos dentro de nosotros un crecimiento renovado, de modo que de cada Palabra tuya nos parece que surge una nueva creación inmensa.

10. De tus sagradas palabras entendemos lo que nos hace falta, aunque nunca llegaremos a penetrar su sentido último. Sentimos vivamente en nosotros que no sólo van dirigidas a nosotros sino a toda la humanidad y por toda la eternidad. ¡Alégrate, Tierra, por haber sido elegida entre los innumerables mundos para recibir al Señor de la Eternidad y escuchar su santísima voz! ¡Oh, deja que te alabemos, amemos, glorifiquemos y adoremos! ¡Toda gloria sea sólo para Ti, Señor!».

Capítulo 151. El desayuno bendito en el monte

1. «Bueno, bueno, mis queridos amigos y hermanos», les respondí. «Después de este alimento espiritual para el alma, procurémonos también un desayuno para el cuerpo. Ebalo, ¿tienes todavía algunas provisiones?».

2. «Señor», respondió Ebalo, «todavía queda algo de pan y de vino, pero no mucho. Anoche se gastó casi todo».

3. «Tráelo aquí para que Yo lo bendiga. Así todos tendremos suficiente para comer y beber». Ebalo hizo traer lo que había sobrado, es decir, media hogaza de pan y vino como para tres vasos. Bendije el pan y el vino, y le dije: «Repártelo, y veamos si todos podemos desayunar con ello».

4. Ebalo fue repartiendo el pan en pequeños trozos para que hubiese para todos. Sin embargo, la hogaza no se acababa. Cuando se dio cuenta que todavía quedaba más pese a haber repartido varias veces, empezó a dar trozos más grandes. Aun así la media hogaza no disminuía. Viendo que los presentes seguían con apetito, les fue dando pedazos todavía mayores. Después de haber satisfecho a las treinta personas que habían subido al monte, todavía le quedaba un buen trozo. Entonces me preguntó: «Señor, esto es lo que queda. ¿Será suficiente para Ti, para Rafael, para Yara y para mí?».

5. «Dáselo a Yara para que ella lo reparta», le dije, «entonces será suficiente». Ella me dio primero un trozo a Mí, después a Rafael, luego a Ebalo y el resto fue para ella. Y todos tuvimos bastante.

6. «¿Por qué, amigo Ebalo, no me has tenido en cuenta en el último reparto?», preguntó el capitán. «¿No me has considerado digno de ello?».

7. «Amigo, ¡no te enfades por eso!», le dije. «Ebalo contaba con que no quedaría nada, por lo que repartía al principio muy poquito. No quiso que estuvieras entre los que al final no recibirían nada. Pero como, por mi Voluntad, todavía quedó algo, se hizo el segundo reparto. Si te importa mucho este segundo reparto —que no es mejor que el primero— entonces dilo y Yo te cederé con gusto mi parte».

8. «Está bien así», dijo el capitán. «En este momento me vino a la cabeza la necia costumbre romana de tener muy en cuenta los rangos. Ya se me ha pasado. Pero lo que más me sorprende es que el celestial Rafael se ha comido el pan con tantas ganas como si fuera el más hambriento de todos nosotros. Es más espíritu que hombre carnal, ¿y come como si hubiese nacido de esta Tierra? Eso me gusta mucho. Pero este pan tan fresco y gustoso da mucha sed, así que quisiera ahora algo de beber».

9. «Reparte el vino», dije a Ebalo, «y empieza por nuestro amigo Julio».

10. «Señor», respondió el capitán, «te ruego que bebas Tú primero; pues en la mesa hace falta observar mínimamente los rangos».

11. «Naturalmente soy de tu opinión», asentí. «Pero como aquí no tenemos ni mesa ni estamos invitados, podemos tomar el vino según lo necesite cada cual. El que más sed tenga, que beba primero, y los que tengan menos sed, que le sigan después según su necesidad».

12. Esta explicación alegró al capitán que se bebió hasta la última gota del vaso de vino que le ofrecían. «Señor, te doy las gracias», dijo, «me ha sentado muy bien; nunca me gustó el vino por la mañana tanto como aquí hoy; pero, claro, es un vino celestial como no hay otro igual en la Tierra».

13. «Todos nos alegramos que ahora estés tan contento en estas alturas», le dije.

14. «Señor, perdóname si digo algo impropio», respondió el capitán, «pero me parece que incluso Satanás se sentiría maravillosamente aquí».

15. «Si quieres verle y hablarle, podemos llamarle para que venga, y enseguida podrás comprobar si de verdad está a gusto aquí».

16. «Si ciertamente existe Satanás en persona, entonces que venga», respondió el capitán.

Capítulo 152. Satanás aparece en el monte

1. Apenas dichas estas palabras, hubo un gran relámpago acompañado por un fuerte trueno y Satanás apareció en forma de gigante arrojando fuego. Dando una fuerte patada en el suelo que hizo temblar todo el monte, dijo al capitán: «¡Miserable violador de tu madre!, ¿qué quieres de mí? ¿Por qué me llamas a este lugar que me resulta mil veces más terrible que todo el fuego infernal?».

2. El capitán, furioso por haber sido llamado “violador de su madre”, exclamó: «¡Enemigo de todos los hombres y de Dios mismo!, ¡ten cuidado con lo que dices! ¡En presencia de Dios, tu Señor, no te corresponde juzgar! Si durante el sueño he pecado por la ofuscación de mis sentidos, sólo me he perjudicado a mí y no a ti. Pero creo que Dios es más que tú y Él nunca me ha saludado como tú, miserable embustero.

Aunque es cierto que cuando tenía catorce años cohabité una vez con mi madre, fue ella la que me sedujo. Se había disfrazado de hermosa mujer griega, llevaba una fina máscara griega en su ya muy agraciado rostro, y vino de noche a mi lecho mostrándome todos sus encantos, con lo que me sedujo.

Ella no tenía entonces más que veintiocho años; cuando me dio a luz como primeriza sólo tenía trece años y medio. Tuve en Roma fama de ser uno de los jóvenes más guapos y atractivos, y no es extraño que mi propia madre se apasionara por mí y, disfrazándose, gozara conmigo. ¡Miserable! ¿Acaso por haber caído en las redes de mi madre y cohabitar con ella soy un “violador de mi madre”? ¿Quieres castigar a un hombre por asesinato porque al caerse del tejado mató a alguien? ¡Habla, viejo asno del infierno!».

3. Satanás, enfurecido por el insulto del capitán, contestó: «Yo sólo miro el hecho y no cómo se hizo. No admito circunstancias atenuantes: desde mi punto de vista estás condenado y perteneces al infierno y a mi poder».

4. «Entonces mira, viejo y ciego asno del infierno, Quién está aquí a mi lado», le contestó el capitán. «¿Le conoces? ¿No has oído nunca hablar de Jesús de Nazaret?».

5. Inmediatamente que el capitán pronunció mi nombre, Satanás se arrojó violentamente al suelo y amenazó al capitán diciéndole que nunca volviera a pronunciar ese nombre que le resultaba tan extremadamente odioso. Dijo que conocía al nazareno y que le maldecía por querer arrebatar el poder a la Divinidad para ser finalmente Señor de Cielos y Tierra.

6. «¡Ciego asno del infierno!», le contestó el capitán. «Lo que Él ha sido desde la eternidad, lo sigue siendo y lo será siempre. Sólo Él nos juzgará a ti y a mí, no tú, diablo malvado. Si pretendes ser tan poderoso, ¿por qué te atemorizas tanto sólo oyendo el nombre puro del santo nazareno? ¡Mira qué bien estamos aquí todos! Si no fueses una bestia tan estúpida, podrías estar tan a gusto como nosotros. ¡Conviértete y reconoce en tu corazón —si todavía tienes— que Jesús es el Señor del Cielo y de la Tierra: así serás considerado igual que nosotros!».

7. «Has vuelto a pronunciar ese nombre odioso que me tortura más que miles de infiernos a fuego vivo», replicó Satanás con sonrisa irónica. «¿Por qué no le llamas de otra manera? Además, soy un espíritu y he de seguir siéndolo por vuestra salvación. Nunca podré convertirme a vuestro Dios y Señor. Estoy condenado eternamente; ¡para mí no existe salvación alguna!».

8. «Si eso me lo hubiera dicho otra persona, lo podría creer», dijo el capitán. «Pero a ti no te creo nada. Pues si quisieras convertirte, estoy convencido que el Señor te aceptaría a ti y a todos tus servidores. Pero debido a tu malvada obstinación no querrás hacerlo nunca porque para ti es una diversión diabólica oponerte a Dios, el Señor, gracias al libre albedrío que Él te otorga. Sin embargo puedo asegurarte que el Señor todavía no ha cerrado su corazón ante ti ni te ha juzgado aún. Así que, ¡da la vuelta y dirígete a Él; Él te acogerá y te perdonará todos tus miles de millones de pecados!

9. Yo soy un pagano y, en mi juventud, adoré la naturaleza y las obras artísticas productos de la fantasía de los hombres y hechas por su mano. Pero a mí, ser humano débil y ciego, me ha costado poco tiempo reconocer que estaba equivocado y andaba por caminos que no llevan a ningún sitio.

10. Tú has sido creado desde los tiempos originales como un espíritu puro de Aquel que ahora habita en el corazón de este nazareno santo, ante el cual se someten completamente Cielo y Tierra. Para ti el reconocimiento puro de la Verdad eterna no sería nada difícil, en tanto que yo tuve que buscar mucho tiempo en la oscuridad. Por eso no te hace falta sino quererlo y volverás a estar de nuevo en la Luz original. ¡Dirígete al Señor que se encuentra ahora entre nosotros en cuerpo físico, y yo te aseguro por mi propia vida que Él te acogerá!».

11. «¡No puedo hacerlo!».

12. «¿Por qué no?».

13. «¡Porque no quiero!».

14. «Entonces ¡lárgate en nombre de Jesús!», respondió el capitán con voz muy irritada. «¡Esto me asquea! Eres en verdad una bestia infernal cuyos sufrimientos y penas eternos no merecen compasión alguna. ¡Que el Señor te juzgue, viejo zorro del infierno!».

15. Tras estas palabras, Satanás se derrumbó en el suelo como tocado por un rayo y empezó a rugir como un león hambriento. Pero Yo hice una señal al ángel Rafael para que se ocupara de él.

16. El ángel se interpuso rápidamente entre el capitán y Satanás, y dijo: «¡Satanás! Yo, un humilde servidor del Señor Jesús Jehová Sebaot, te ordeno irrevocablemente que desaparezcas de inmediato de este lugar y de esta región a la que hace tiempo que has contaminado con tu aliento maléfico, perjudicando animales y hombres!».

17. «¿A dónde he de ir?», respondió Satanás iracundo.

18. «Donde te están esperando y maldiciendo tus servidores», contestó el ángel. «¡Vete y desaparece! ¡Amén!».

19. Tras las palabras del ángel, Satanás se levantó y, como catapultado en una bola de fuego, huyó hacia la medianoche con gran estruendo y velocidad de rayo.

20. Al instante, el ángel arrancó del sitio donde había estado Satanás un bloque de más de cien quintales de peso y lo arrojó hacia el mar con tanta fuerza que, por la resistencia del aire, se desintegró inmediatamente en una nube de polvo.

21. Todos quedaron atónitos ante la fuerza del ángel y el capitán dijo: «¡Caray!, ¡como catapulta humana, sería más eficaz que diez legiones romanas!

Pero, Señor, te doy las gracias por esta manifestación. Ahora he podido conocer personalmente el eterno enemigo del Amor, de la Luz, de lo bueno y lo verdadero, y sé que no cambiará ni en la eternidad ni en el fuego infernal.

22. Para Dios todas las cosas son posibles. Pero creo que, en este caso, incluso al Poder divino le será difícil llevar este espíritu al arrepentimiento y la penitencia. Si se le deja libre albedrío, no cambiará nunca. Y si no se le deja, entonces dejará de ser él mismo y no habrá Satanás en toda la infinitud. En mi opinión, lo más sensato sería encerrarle eternamente, sin dolor, en alguna cárcel; así no podrá seguir influyendo sobre los humanos vivos».

23. «Amigo, estas son cosas que ahora mismo no puedes comprender», le expliqué. «Pero algún día las entenderás. Por supuesto, en la Tierra el concepto de tiempo no tiene patrón para poder medir todo esto; pero sí lo tiene un Sol central principal. Una vez que transcurra dicho tiempo, entonces la conversión de Satanás, todavía posible, no estará muy lejos. Pero, ¿dónde estarán entonces esta Tierra y este Sol? Pues un cuerpo material como es el Sol central principal necesita un tiempo impensablemente largo hasta que toda la vida existente en él —que es materia aparentemente muerta— se haya disuelto enteramente para entrar en la vida espiritual libre.

24. Pero, como he dicho, no lo comprenderás en mucho tiempo. Ni los ángeles lo entienden ahora. Día llegará en el que desaparecerán todas tus dudas y creerás cosas que todavía ignoras. Pero ¡basta por hoy! ¡Emprendamos poco a poco el viaje de regreso!».

Capítulo 153. La bajada del monte

1. Yara, que había cubierto su cara con una tela durante la presencia visible de Satanás, tomó la palabra: «Señor, vuelvo con gusto a la ciudad pues la presencia de ese me ha hecho aborrecer este monte para siempre; no lo olvidaré nunca pero tampoco volveré aquí jamás».

2. «Bueno, bueno, ya ha sido expulsado y también Rafael ha limpiado el lugar», le respondí. «De todas formas, subir de nuevo a este monte o no, no será para ti ni mejor ni peor. La mejor altura a escalar es el propio corazón. El que ha penetrado en su interior, ha alcanzado la máxima altura de la vida.

Pero marchémonos ya, pues ha pasado la tercera hora de hoy, que es sábado. Seguidme y llegaremos a Genesaret por el camino más corto».

3. «Señor», dijo el capitán, «me parece haber oído que quizás nos quedaremos todo el día aquí».

4. «Me has malentendido», le respondí. «Sólo he hablado de la altura de la celebración del sábado en el corazón. Pero no tiene importancia, vámonos. Abajo nos esperan varias personas enfermas a las que debo ayudar para que no quede ningún enfermo en esta región cuando me vaya».

5. Tras estas palabras, Yo, la pequeña Yara y Rafael nos pusimos en marcha señalando el camino, y todos nos siguieron. El descenso fue rápido y fácil, y al cabo de unas dos horas y media estábamos ya en las cercanías de Genesaret.

6. Entonces reuní a todos los que habían estado en el monte y dije: «¡Escuchadme todos! Lo que os dije en el monte, lo repito ahora: Guardad silencio sobre todo lo que ha pasado arriba. Pero en cuanto recibáis una gran señal de los Cielos, entonces predicadlo a todos los hombres de buena voluntad, aunque debe permanecer oculto a la gente de mala fe. Pues, humanamente hablando, no lo comprenderán nunca y os despreciarán como a gente estúpida. Y eso sería también la muerte de sus almas.

7. Recordadlo siempre: Mis palabras, enseñanzas y obras son más valiosas que las enormes perlas de Yara y no son para echárselas a los cerdos. Por eso sed siempre prudentes. Pues todo lo que viene de arriba está destinado sólo para los que proceden de arriba; para los que son del mundo es la suciedad del mundo.

Por ello recordad mi consejo dentro del corazón».

8. «Señor», dijo el capitán, «pero si los curiosos no nos dejan tranquilos y quieren saber lo que ha sucedido en el monte, ¿qué debemos responder?».

9. «Decidles la verdad», les contesté. «Decidles que Yo os he prohibido divulgarlo al mundo, y quedarán conformes».

10. El capitán también quedó satisfecho y nos fuimos hacia la casa de Ebalo.

Capítulo 154. Una curación milagrosa en el albergue de Ebalo

1. Al poco de llegar a la casa de Ebalo, se acercaron los mozos y servidores diciendo que en el albergue se habían reunido unos cien enfermos preguntando por el Señor y sanador Jesús de Nazaret.

2. Y Yo les dije: «Id y decidles que pueden volver tranquilamente a casa sin tener en cuenta que hoy es sábado. Pues su fe en la fuerza de mi Palabra les ha ayudado».

3. Acto seguido, los mozos fueron al albergue a hablar con ellos y no poco fue su asombro al ver que allí ya nadie estaba enfermo. Todos habían sanado instantáneamente, sin importar que fueran judíos o paganos. Los mozos no escucharon sino cantos de alabanza de la gente por haber recuperado la salud de su cuerpo: los curados deseaban verme.

4. Pero los mozos respondieron: «No somos quienes para permitíroslo, aunque enviaremos un mensajero para avisarle. Si Él lo quiere, podéis ir verle y hablarle. En caso contrario, según su Palabra, podéis marcharos tranquilos y contentos. No siempre está en condiciones de recibir visitas y mucho menos de dar conversación». Después de estas palabras, llegó un mozo y me preguntó.

5. «Yo os he dicho que se vayan todos tranquilos y contentos a casa, y así debe ser», le contesté. «Han recibido lo que buscaban y para algo más elevado no tienen ni el ánimo ni el entendimiento suficiente. ¡Que regresen pues a sus casas!».

6. El mensajero transmitió estas palabras a los curados, los cuales respondieron: «Es torpeza preguntar previamente a quien uno quiere honrar y dar las gracias. Mejor es ir y ofrecerle la alabanza y el agradecimiento merecido de forma sincera y modesta; después puede uno marcharse con la conciencia tranquila. Así que vayamos a verle que no nos impedirá la entrada, pues vamos con la mejor intención».

7. Tras estas palabras fueron todos a mi casa y llamaron a la puerta de nuestro gran comedor. Pero nadie les invitó a entrar. Entonces volvieron a llamar varias veces y Yo dije a Ebalo: «¡Déjalos entrar a causa de su insistente muestra de fe!». En cuanto Ebalo les abrió la puerta, entraron todos los que cabían en la habitación y empezaron a alabarme y a darme las gracias en voz alta.

8. Pero Yo les hice callar y les dije: «La alabanza y el agradecimiento sólo de palabra no tienen valor ante Dios ni tampoco ante Mí. El que quiera acercarse a Mí, que venga con su corazón y entonces le miraré. Pues las vanas palabras de los labios sin un sincero sentimiento del corazón me contrarían tanto como el hedor de la carroña. Lo que buscabais lo habéis recibido. Otra cosa no os interesa y vuestras vanas alabanzas no me gustan. Por ello volved a vuestras casas y no molestéis en esta. Y apartaos de la lascivia, de la fornicación, de la gula y de la embriaguez; de lo contrario caerán sobre vosotros otras enfermedades peores que las de antes».

9. Estas palabras tocaron sus corazones y se preguntaron unos a otros cómo Yo habría podido saber que sus enfermedades eran sobre todo consecuencia de su vida lasciva. Les dio miedo de Mí y pensaron: “Podría sacar a la luz muchos más actos nuestros no muy loables. ¡Vayámonos pues!”. Entonces abandonaron la sala y emprendieron el regreso a sus respectivos lugares.

10. Esto le llamó la atención al capitán que me preguntó: «¿Cómo es que se han marchado tan rápidamente? Apenas mencionaste sus pecados y se apresuraron a irse».

11. «Estos son unos auténticos maestros de la fornicación», le respondí. «Llevan una vida lasciva de lo peor, el adulterio les es habitual, las mujeres son para ellos un bien común y seducir a una virgen les divierte. También los hay pederastas y quienes se divierten con las mujeres de manera pervertida y antinatural así para evitar contagiarse de enfermedades malignas. Por eso los he recibido y despedido con palabras duras; únicamente una palabra ruda puede aportar alguna mejora a los de esta especie».

12. «¿De qué región han venido?», preguntó el capitán.

13. «Vienen de la región de los gerasenos», le informé. «Hacia el ponente existen algunas aldeas y cuatro pueblos suyos. Los habitantes son una mezcla de judíos, egipcios, griegos y romanos. Tienen poca o ninguna religiosidad y su trabajo consiste principalmente en la cría y el comercio de cerdos con Grecia y Europa, donde la gente come la carne de estos animales y utiliza su grasa en sus comidas. Sólo por esto ya se han vuelto gente impura. Pero su impureza exterior no sería pecado si no lo fuera mucho más su forma de actuar. Su comportamiento los coloca muy por debajo de los cerdos y será difícil que cambien».

14. «Me alegro de saberlo», dijo el capitán. «Esos pueblos están bajo mi mando y no dejaré de ponerle a esta gente quien vigile su conducta, que les castigará adecuadamente en cuanto cometan alguna desvergüenza. ¡Veréis cómo mañana mismo terminará vuestra vida lasciva y se acabará vuestra lujuria!

15. Señor, cierto es que también soy un hombre, pero he podido darme cuenta por mi experiencia en materia de gobierno que, para el hombre común, lo mejor es gobernarle con mano de hierro y corregirle de vez en cuando a latigazos. Si estas medidas no se aplican en una comunidad grande, todo el orden se deshace».

16. «Tienes razón, pero sólo respecto a la comunidad de la que hablas», le respondí. «Si pones en práctica estas medidas en todas partes, causarás más daño que beneficio. La medicina siempre tiene que adaptarse a la enfermedad y no al revés. Sin embargo, como ya he dicho, en el caso de dicha comunidad esta medicina tuya logrará por lo menos que abandonen la lujuria. Pero los azotes no deben darse con mano airada sino con verdadero Amor».

Capítulo 155. Sobre el celo del amor

1. «Señor, eso lo entiendo perfectamente», respondió el capitán, «pero me sucedió un caso en que ni todo el amor pudo lograr nada. Fue como sigue. Entre los muchos soldados que me han servido había un joven ilirio44, fuerte y de estatura gigantesca. Su espada pesaba cincuenta libras pero la manejaba como una pluma. Este mercenario, armado de coraza y escudo, rendía en una batalla más que cien soldados. Por eso resultaba muy útil en la guerra, aunque no en la paz porque era pendenciero y revoltoso y organizaba continuos escándalos.

Yo siempre le trataba con amabilidad reprochándole su actitud por el mal que hacía y los escándalos que daba. Cada vez me prometía que se enmendaría y durante unos días se comportaba en efecto sobria y modestamente. Pero no pasaban ni diez días y volvían a llegar quejas de todas partes, las cuales nos obligaban a pagar importantes indemnizaciones. Cuando se le preguntaba por qué actuaba así, contestaba siempre lo mismo: “Practico el arte de la guerra y por eso no respeto nada, sólo perdono las vidas humanas. Tengo que probar mi espada en los más variados objetos”.

2. Sus ejercicios militares no le impedían meterse entre los rebaños de ganado y cortar la cabeza de un tajo a bueyes, vacas y terneros. Una vez se la cortó a un rebaño entero de cien bueyes, pavoneándose además de su acto heroico que nos costó mil monedas de plata de indemnización. Entonces me puse furioso con semejante energúmeno al que yo mismo hubiera querido hacer pedazos.

3. Le encadené a un árbol, atándole pies y manos con fuertes sogas, e hice que le azotaran durante una hora: quedó totalmente agotado. Después mandé que le curaran y, al cabo de veinte días, se repuso totalmente. Mientras que todo el amor anterior no sirvió de nada, esto sí: hizo que cambiara por completo. Se volvió una persona equilibrada y modesta, de modo que al cabo de un año le nombré centurión. Todavía hoy me felicito por este castigo ejemplar sin el que nunca habría llegado a este rango. El amor nunca me habría hecho castigarle así, sólo la ira justificada contra él. Por ello creo que la ira justa frecuentemente es más eficaz que mucho amor, por puro que sea».

4. «Sí, pero eso no es ira en sentido propio», le expliqué, «sino un celo especial del amor del corazón, el cual tiene virtudes curativas. También Yo lo empleo cuando es necesario. Si el amor no tuviese este celo, entonces el infinito aún estaría vacío, sin vida alguna. Toda la Creación y sus criaturas deben su existencia únicamente al gran celo del Amor de Dios.

5. Por lo tanto, lo que movió tu corazón a aplicar a ese soldado revoltoso un castigo duro pero justo, no fue la ira ni la venganza, sino un celo especial de tu amor por el soldado que te importaba mucho por su destreza. Si hubiese sido ira, habrías mandado que le matasen.

6. Con esos pueblos podrías proceder así en caso de necesidad, pero el primer intento ha de ser mediante el verdadero amor y la instrucción justa. Pues si las personas entienden que las leyes estrictas y los castigos inflexibles que se les imponen son para salvarlos, entonces lo soportarán bien. Pero si, por el contrario, son entendidos como una arbitrariedad tiránica del gobernante, no sólo no podrán cambiar a nadie sino que finalmente convertirán en diablos incluso a las personas más angelicales, las cuales sólo tratarán de vengarse de aquel que les hace sufrir sin motivo razonable. ¿Entiendes todo esto?».

7. «Sí, Señor, está claro como el día», respondió el capitán. «Hoy mismo enviaré un mensajero con una orden dirigida al centurión para que la dé a conocer a los habitantes de esa región y la haga cumplir. Voy a reunirme con mis subordinados para tomar las medidas necesarias».

Capítulo 156. Sobre el sexo de los ángeles de la Creación primaria

1. Acto seguido, el capitán se preparó para regresar a su casa. Ebalo le rogó que no tardara mucho en volver porque la comida estaba casi terminada. El capitán le dijo cuando se iba: «Si no ha pasado nada importante, volveré rápidamente. De lo contrario te enviaré un mensajero».

2. Cuando el capitán llegó a su casa, quedó estupefacto cuando sus centuriones le informaron de todo lo que había sucedido entretanto, y que la orden concerniente a aquellos pueblos de la región de los gerasenos antes mencionados ya se encontraba encima de su escritorio, escrita en un pergamino con su propia letra. La leyó rápidamente y encontró que estaba enteramente redactada tal como la había pensado. Entonces mandó que viniera rápidamente un mensajero, y ¡oh sorpresa!, precisamente llegó nuestro Rafael, vestido de soldado romano.

3. Al principio, el capitán no reconoció al ángel y creyó que era un joven soldado que Cornelio le había mandado de Cafarnaúm. Por eso le preguntó si se atrevía a hacer el viaje, bastante largo, para llevar un mensaje al centurión de Gergesa.

4. «Señor, dámelo», dijo el ángel, «y lo llevaré a su destino con la velocidad de una flecha; en pocos momentos tendrás la respuesta en tu poder».

5. Sólo en ese momento el capitán se fijó en él y le reconoció . «Sí, naturalmente, tú puedes hacerlo», dijo, «te he reconocido».

6. El capitán entregó la orden a Rafael que estuvo de vuelta al cabo de quince minutos con una respuesta del comandante de Gergesa en la mano, en la que este confirmaba haberla recibido de manos de un joven soldado y que la cumpliría inmediatamente.

7. El capitán ya no se asombró de la velocidad de Rafael sino más bien de que hubiera tardado un cuarto de hora en llevar el mensaje.

8. «La tardanza fue el tiempo que tu centurión de Gergesa necesitó para escribir; así que no te extrañes, yo no empleé tiempo ninguno. Pero volvamos junto a Ebalo cuya comida nos espera; los huéspedes tienen hambre después de bajar del monte».

9. El capitán volvió entonces a casa de Ebalo junto con el ángel que, de pronto, apareció de nuevo con su vestido de nazareno. El capitán le preguntó a dónde había llevado con tanta rapidez su uniforme de soldado.

10. El ángel sonrió y dijo: «Lo tenemos más fácil que vosotros. Todo nuestro armario, repleto de los más diversos ropajes, siempre lo llevamos con nosotros en nuestra voluntad. Cuando queremos vestirnos de una u otra manera, nuestra voluntad lo hace. Pero si me vieras dentro de mi vestido de luz, quedarías ciego y tu cuerpo se desharía ante mí, pues el resplandor del Sol de vuestra Tierra es pura oscuridad comparado con el de mi vestido».

11. «Amigo de los hombres de esta Tierra», respondió el capitán, «poder vestirse como uno quiera, sin materia, sólo a fuerza de voluntad, es cosa que me gusta mucho pues sería muy útil a los pobres, especialmente en invierno. Pero la extraordinaria luz de tu vestido resplandeciente a la que ningún ser humano puede resistir, no me hace ninguna gracia, por lo menos ahora en este mundo. Así que no insistiré más en ello. Una sola cosa sin embargo me gustaría saber de ti; ahora estamos solos y no hay nadie ante quien avergonzarse: ¿Me puedes decir si entre vosotros hay diferencias de sexo?».

12. «Esa sí que es una pregunta algo torpe», dijo el ángel, «pero como la motiva tu afán de saber, te la contestaré claramente. ¡No! En todos nosotros, incontables espíritus de Creación primaria, está exclusivamente activada la identidad masculina—positiva; aunque, incluso así, en todos, también está plenamente presente la identidad femenino—negativa. De esta manera cada uno de los ángeles equivale al matrimonio perfecto en los Cielos de Dios. De cada uno de nosotros depende mostrarnos en forma masculina o femenina, ambas manifestaciones dentro de la misma envoltura espiritual.

13. Como nuestra identidad íntima es dual, nunca envejecemos debido a que los dos polos de nuestro ser se apoyan eterna y mutuamente. En los seres humanos los polos están separados y se diferencian en personalidades de diferente sexo, por lo que cada polo, aislado, carece del apoyo interior del otro.

14. Por eso pierden su fuerza y se parecen a una bota de vino que se arruga cuando se le extrae su contenido. Pero si piensas una bota de vino que reproduce por sí misma una y otra vez lo que se saca de ella, nunca más verás las arrugas. ¿Lo entiendes?».

15. «No lo veo totalmente claro», respondió el capitán, «aunque me hago una ligera idea. Quizá tendremos otra ocasión más adecuada para volver a hablar de ello. Vayamos a la casa, que nos estarán esperando».

16. «Sí, vamos», dijo el ángel, «también empiezo a sentir en el estómago lo que vosotros llaméis hambre».

17. «¡Pero bueno! ¿No eres un verdadero espíritu? ¿Cómo podrás digerir un alimento material?».

18. «Mejor que tú», respondió Rafael. «En mi caso, todo lo que tomo se aprovecha por completo y se transforma en vida visible. En el tuyo sólo se aprovecha lo que corresponde a tu polaridad vital individual; lo que no corresponde a tu polaridad, es eliminado por su conducto natural. Por lo tanto, estoy mejor situado que tú respecto a la comida y la bebida».

19. «¿También se come y se bebe en el Cielo?».

20. «Oh, sí, pero no a la manera de la Tierra, sino de forma espiritual», contestó el ángel. «Llevamos dentro de nosotros, desde la eternidad, la Palabra de Dios, de la que están llenos el Cielo y toda la Creación. En la Palabra se basa la existencia de nuestro ser. Ella es también el único y verdadero pan de Vida que llena nuestros intestinos de pan divino, y el verdadero vino de Vida que circula por nuestras venas como la sangre por las vuestras».

21. «Oh, estas son palabras demasiado elevadas y sabias que mi mente no puede entender aún», respondió el capitán. «El Señor mismo me las tendrá que explicar más detalladamente. Pero no perdamos más tiempo con esta conversación y entremos en la casa».

Capítulo 157. Sobre la limosna y la celebración de los días de fiesta

1. Justo cuando el capitán pronunciaba estas palabras, llegó mi devota Yara y dijo: «¡Cuánto tardáis! Parece, mi querido Rafael, que te tomas todo el tiempo del mundo. Ahora no actúas tan rápidamente como en nuestro viaje a aquel Sol lejano. ¡Entrad deprisa!, la comida ya está en la mesa». Ambos entraron y me saludaron muy afectuosamente.

2. El capitán quiso darme las gracias por haberme ocupado de sus asuntos, pero le dije: «Amigo, tu corazón me basta. Ahora la comida espera y hay que darle al cuerpo nuevas energías para luego pueda ocuparse otra vez de lo espiritual».

3. Todos dieron las gracias y empezaron a comer y beber con ganas. El capitán miraba continuamente al ángel que, con mucho apetito, tomaba comida de las fuentes y llenaba su vaso de vino, también continuamente.

4. Finalmente no pudo contenerse y dijo medio en broma: «Bueno, bueno, los espíritus puros tienen por cierto buen apetito. Rafael come por tres. ¡Nunca se ha visto cosa igual!».

5. «También a mí me sorprende», terció Ebalo. «Pero hay algo que me extraña todavía más. Su plato no merma. Aquí puede aplicarse en verdad la sabia frase: “Lo que el Cielo coge, lo devuelve al momento”. Esta mesa permanecerá aquí como santuario permanente y será honrada por mis descendientes por todos los tiempos. Cada año celebrarán en ella una fiesta en la que se dará comida y bebida a todos los pobres del lugar».

6. «Deja la mesa como está y tú sigue siendo como eres», le dije. «Si un pobre llega a tu casa y tienes algo para darle, ayúdale ese día. Una comida conmemorativa al año, no le servirá al pobre ni a ti, y a Mí no me alegra. Quien se acuerde de Mí, que lo haga todas las horas del día; de nada sirve que me recuerden una vez al año.

7. Si establecieses una fiesta así te parecerías a los del Templo de Jerusalén que celebran un día de fiesta tres veces al año, en cada uno de los cuales tienen la costumbre de repartir pan a los pobres, como si el pobre pudiese vivir sin más comida que un trozo de pan desde una fiesta hasta la siguiente. ¡Qué fiestas más ridículas y sin sentido! Los fariseos recaudan en estas ocasiones tantos donativos que muy bien podrían vivir con ellos más de un siglo. Sin embargo, el pobre ha de conformarse con recibir tres veces al año un trozo de pan que ni siquiera llega a cien gramos. ¡Qué necedad, qué ceguera y qué malicia egoísta! Así que deja la mesa como está. Celebrarás la fiesta más digna de Mí si, conforme a tus posibilidades, sacias a diario a algún pobre en esta o en cualquier otra mesa.

8. Y si cada día viene el mismo pobre, no le preguntes si no le socorren también en otro sitio. Pues con ello le intimidarías de tal manera que no regresaría durante mucho tiempo y tu buena acción perdería su valor ante mis ojos.

9. Pero tampoco deseo que repartas el pan de los pobres a holgazanes con fuerzas para trabajar. A estos dales una tarea que puedan hacer, y de comer y beber cuando la acaben. A los que no quieran afanarse tampoco les des comida ninguna porque no debe recibirla quien tiene fuerzas para trabajar pero no quiere.

10. Un comportamiento así será para Mí la conmemoración más agradable. Olvídate de una anual porque no servirá a nadie más que al organizador de la fiesta, el cual sacará de ella uno u otro beneficio.

11. ¿Por qué un año cuenta más que un día? Si uno quiere honrar a su padre el día de su cumpleaños, también debería honrarle cada día a la hora de su nacimiento, lo que sería mucho mejor que hacerlo anualmente.

12. Te digo que las celebraciones de los hombres carecen de valor alguno ante Mí, salvo cuando se las celebra vivamente en el corazón cada día y cada hora. Las lunas nuevas, los años de jubileo, la fiesta de la liberación de Jerusalén del poder de Babilonia, la fiesta de Moisés, de Aarón, de Samuel, de David, de Salomón, son pamplinas que importan tanto como la lluvia que cayó al mar hace mil años.

13. Cierto es que al principio se celebran estas fiestas como en un arrebato piadoso en las que los participantes recuerdan una persona o un acto importante que vivieron. La fiesta se convierte en una ceremonia vacía de contenido para las siguientes generaciones, y casi nadie sabe ya por qué se celebra, transformándose posteriormente el asunto, en un asunto completamente pagano.

14. Con esto no quiero abolir las verdaderas fiestas. Pero han de celebrarse íntimamente en el corazón no sólo todos los años sino también cada día; de lo contrario son ineficaces, muertas».

15. «Todo lo que nos has explicado con tu bondad es verdadero, oh Señor, y será observado fielmente», dijo Ebalo. «Por ello lo festejaremos en nuestros corazones, cada día, y practicaremos el amor al prójimo con todas nuestras fuerzas; así celebraremos las más hermosas fiestas».

16. «Si os mantenéis en mi Enseñanza, Yo permaneceré con vosotros y se sabrá que sois verdaderos discípulos míos.

17. Ya hemos comido y bebido bastante. Vayamos pues afuera a reunirnos con los marineros. Os contarán muchas cosas raras. Aquí no tendremos tranquilidad suficiente porque dentro de una hora llegará una nueva caravana de Belén y, entre la gente, algunos jovencísimos fariseos incorregibles con los que no deseo encontrarme. ¡Ocupaos de que sigan hoy mismo su camino hacia Sibara!».

18. «Nos ocuparemos de ello», dijo el capitán. «A nadie aborrezco más que a un fariseo incorregible». Tras estas palabras salimos todos y nos dirigimos aprisa hacia los barcos que estaban a orillas del mar.

Capítulo 158. El salmo 47 de David

1. Encontramos a los ocho marineros justo cuando estaban leyendo los salmos de David. Se levantaron y nos saludaron al vernos, y su patrón me dijo: «Señor, sólo Tú podrías sacarnos de este aprieto. Ayer por la tarde llegaron algunos fariseos y escribas y nos exigieron que los lleváramos hacia Cebulón y Corozaín. Nos negamos explicándoles que no éramos los amos del barco sino sólo los marineros y que, como era antesábado, estábamos demasiado ocupados con la lectura de los salmos. Entonces un escriba joven pidió el papiro de los salmos y empezó a leer el salmo 47:

2. “¡Oh pueblos todos!, batid palmas, aclamad a Dios con voces jubilosas. Porque Yavé el Altísimo, es terrible, Rey grande sobre toda la tierra. Él sujetará a los pueblos debajo de nosotros y a las gentes bajo nuestros pies. Él nos deja en herencia, la magnificencia de Jacob, a quien Él ama. Subirá Dios con júbilo, y Yavé, al son de trompetas. ¡Cantad a Dios, cantad! ¡Cantad a nuestro Rey, cantad! Porque Dios es el Rey de toda la tierra. Cantad a Dios con buen criterio. Reina Dios sobre las gentes. Está sentado Dios en su santo trono. Los príncipes de los pueblos están unidos como un sólo pueblo ante el Dios de Abraham. Únicamente Él está elevado sobre todo a pesar de todos los escudos de la Tierra; Él es ensalzado sobremanera”.

3. Acabado de leer este salmo, nos preguntó muy serio: “¿Entendéis este salmo?”. Lamentablemente tuvimos que contestar que no. Desde esta mañana hemos estado reflexionando sobre él, pero no sabemos más que ayer. Miles de veces nos hemos acordado de Ti, oh Señor, y te pedimos alguna explicación al respecto».

4. «¿Veis a esta muchacha que llevo de la mano?», les pregunté. «Consultadle y ella os podrá dar la explicación justa».

5. «No llegará ni a catorce años», respondió el patrón. «¿Cómo va a tener la sabiduría de Salomón?».

6. «Sí, sí», les respondí, «en su puro corazón habita no sólo la sabiduría de Salomón sino la de todos los sabios de la Tierra y mucho más. Hasta ahora ningún ser humano ha podido ver más allá de las estrellas. Pero preguntadle a ella y os revelará lo que hay. Lleva en su bolsillo la famosa “piedra filosofal”, será capaz también de explicaros el importante contenido de este salmo».

7. El patrón dijo a sus compañeros: «Es cierto que parece muy inteligente. Pero, además, su figura es tan hermosa como la de un ángel, lo que no habla mucho a favor de su sabiduría. Lo común y natural es que las muchachas más hermosas sean también siempre las más tontas, porque las malcrían y las miman demasiado, favoreciendo así su vanidad: no aprenden nada o muy poco. Mientras que a un niño o a una niña menos favorecidos no se les presta tanta atención. Cada una de sus travesuras es castigada rápidamente, y así se vuelven humildes y modestos, obedientes, tolerantes, con todo lo cual aprenden mucho. Pero oigamos lo que esta bellísima muchacha nos puede decir sobre el salmo».

8. Con estas palabras, el patrón dirigió su pregunta a Yara y esta le contestó muy afablemente: «Queridos amigos, no es que lo haya aprendido en algún sitio y lo sepa ahora como un escriba, sino que siento vivamente dentro de mí que lo que el espíritu profético de David profetizó hace varios siglos se ha cumplido ahora enteramente ante nuestros ojos. De eso ya os habréis dado cuenta a primera vista, ¿no?

9. ¿No habéis visto que Este de quién David habla —que ahora se halla aquí entre nosotros en cuerpo humano— anduvo sobre las olas del mar como si fueran tierra firme? ¿Y no habéis visto cómo hace unos días curó de sus enfermedades a miles de personas sólo con su Palabra? Los ciegos recuperaron la vista, los sordos el oído, los leprosos quedaron limpios y los paralíticos volvieron a andar derechos. Mirad el monte que hay delante de nosotros: en una noche cambió su forma. ¿Quién puede mover las montañas y elevar el mar de su fondo? ¿Quién es Este al que todos los ángeles y elementos obedecen? Él está aquí con nosotros, en carne y hueso, y es al que se refiere David.

10. A Él es a quien debemos aclamar con las obras del verdadero y puro amor al prójimo, aclamarle con las voces jubilosas de la verdad sin mentira, sin falsedad y sin engaño. ¡Ay de aquel que quiera alabarle con el júbilo impuro de la mentira! Lo amoroso y manso está con los justos, pero lo terrible es para aquellos que albergan en su corazón la falsedad y la mentira, tal como está escrito: “Es terrible caer en las manos de Dios; pues Dios es un Rey todopoderoso en toda la Tierra, nadie se puede esconder de Él”.

11. Ahora Él está aquí para obligar a todos los pueblos, gracias al Poder de su Enseñanza, que se entreguen a nosotros, hacerlos partícipes de la Salvación y poner a las gentes, es decir, a los hijos del mundo, bajo nuestros pies para que los juzguemos. Pues sólo a nosotros nos ha elegido como herederos de la Vida eterna, nosotros tenemos su herencia. De Él dijo Jacob: “Oh Señor, sólo Tú eres mi magnificencia”. Y porque Jacob lo confesó en su corazón, fue un hijo preferido de Dios, de Este que está aquí.

12. Sin embargo, Él no se quedará siempre con nosotros sino que dentro de poco ascenderá a sus Cielos eternos, con la voz jubilosa de la Verdad eterna, mediante la cual creó una nueva Tierra y un nuevo Cielo para toda la eternidad. Él es y será el Señor, y el son de su trompeta, la Palabra que nos dirigió a nosotros, lo comunicará a todas las criaturas que hay sobre la Tierra y todas las estrellas, material y espiritualmente.

13. Debemos cantarle nuestras alabanzas con la fuerza de David, pues es nuestro Dios y nuestro Rey eterno.

14. Sabiendo lo que es, debemos honrarle y alabarle con un corazón puro y sabio, no a la manera de los fariseos hipócritas que rezan a un Jehová falso con los labios y cierran su corazón ante este Jehová verdadero y vivo, alejándose así de Él.

15. Pero Él no es únicamente nuestro Dios y Rey sino también él de todas las gentes de toda la Tierra. Porque Él está sentado en el trono eterno de su Poder y Gloria ilimitados sobre toda la humanidad y toda la Creación infinita. Ante Él deben reunirse todos los príncipes de la Tierra como sus pueblos ante ellos. Pues Él es el Dios único de Abraham, de Isaac y de Jacob. Sólo Él es ensalzado por sí mismo sobre todo, incluso sobre los escudos de los poderosos de nuestra vasta Tierra.

16. Que haya venido a nosotros es una Misericordia inconcebible incluso para los ángeles. Pero cuando vino no lo hizo sin haberlo anunciado; todos los profetas le anunciaron. Aunque muchas profecías no han sido entendidas por los hombres a causa de la dureza cada vez mayor de sus corazones. Pero ahora ha llegado Este del que los profetas han profetizado y Él mismo se manifiesta ante los hombres de buena voluntad.

17. Para los que tienen un corazón malvado y soberbio, no puede ser sino terrible. La maldad tiene sobre sí la justicia eterna y todopoderosa como un juez inexorable e incorruptible. Así como el fiel de una balanza muy sensible se mueve mucho sólo colocando un pelo en uno de sus platillos, ante Él, que está aquí, no pasa desapercibido ni un atisbo de falsedad, perversidad, malicia, injusticia o cualquier otra inmundicia del corazón. Por eso debe parecer terrible a todo pecador en cuyo pecho late un corazón duro, obstinado o malvado. ¿Entendéis ahora el salmo 47 de David?».

Capítulo 159. Sobre el amor a los enemigos

1. «¡Qué muchacha maravillosa!», exclamó el patrón de los marineros. «¿Quién te enseñó tal sabiduría? Verdaderamente, eres más sabia que Abraham, Isaac y Jacob».

2. «Acabo de explicaros Quién es El que está entre nosotros», dijo Yara. «Como esto es irrefutablemente así, ¿por qué me preguntáis todavía que quién me ha enseñado esta sabiduría? Aquí, ante nosotros, está el gran donante santo de todos los dones buenos. Sólo Él es sabio y totalmente bueno. Quien le ama y cree en su corazón que Él es el Señor Jehová Sebaot desde la eternidad, recibirá su eterna Luz no—creada que iluminará todo su ser. La verdadera Sabiduría divina le penetrará totalmente. Si tenéis entendimiento suficiente, comprenderéis a qué debemos atenernos sobre nosotros mismos».

3. «Sí, sí, querida niña», respondió el patrón, «lo entendemos muy bien y debe ser como nos lo has explicado. Pero las personas que anoche nos exigieron llevarlos a Cebulón y Corozaín, no lo aceptarían ni lo comprenderían. Nosotros somos gente sencilla y no necesitamos milagros para creer. Pero para ellos un milagro traerá peores frutos que ninguno».

4. «También Él les parecerá terrible», dijo Yara, «porque los vientos llevarán su Palabra por toda la Tierra. ¡Ay de aquel que escuche su Palabra, la comprenda y, finalmente, la rechace!».

5. «¿Qué os parece el entendimiento de esta hija mía?», les pregunté a los marineros.

6. «¡Señor y Maestro! Si en verdad eres Ese del que habla tan sabiamente esta afable muchacha angelical, no es ningún milagro que hable así. Pues a quien fue capaz de soltar la lengua de la burra de Balam45 para que profetizara, más fácil le resultará mover la hábil lengua de una muchacha de catorce años para que profetice.

7. Ahora creemos todos que Tú eres El que nos ha descrito claramente esta muchacha. Pero teniendo en cuenta tu Grandeza, Señor, mira nuestra gran debilidad y transfórmala en fortaleza para que podamos protegernos ante los enemigos permanentes de la Luz y la Verdad. Triste es ciertamente que los judíos tengamos que buscar Luz y Verdad entre los paganos. Jerusalén, en vez de ser una luminaria para todos los hombres, se ha convertido en un lodazal de la más oscura noche y en una fosa mortal para el antiguo espíritu puro de los judíos. Si queremos recibir Luz y Verdad, tenemos que ir a buscarlas a Sidón o a Tiro entre griegos y romanos. Señor y Maestro, como a Ti todo te es posible, ¡danos Luz y fuerza para que veamos la Verdad y la podamos proteger ante los enemigos!».

8. «¡La Paz sea siempre con vosotros y entre vosotros!», les dije. «Que nadie se alce sobre otro. Todos sois hermanos, pero el que se tenga por el menor de todos y sirva a los demás, en el Reino de los Cielos será tenido por el mayor. Y cuando os necesite como servidores, también tendréis todo mi Poder. Así cada siervo es la fortaleza de su Señor y el Señor la justicia de su siervo. Amaos los unos a los otros, haced el bien a vuestros enemigos, bendecid a los que os ofenden y orad por los que os maldicen. No paguéis el mal con la misma moneda sino con el bien, no prestéis vuestro dinero a los que os puedan devolver altos intereses, y así tendréis la Bendición y la Gracia de Dios en abundancia. De ella recibiréis la Luz, la Verdad, todo el poder y la fuerza; pues así como midáis a los demás, así seréis medidos».

9. Tomó la palabra uno de los marineros y dijo: «Señor, vemos y sentimos que tu Enseñanza es verdadera; pero también nos parece que será difícil de cumplir. Seguramente es loable y sumamente hermoso hacer el bien a los que continuamente intentan hacernos daño. Pero ¿quién puede hacer frente a la maldad de los hombres siempre con la misma paciencia? Habría que ver si con ello no se apoya aún más la mala voluntad de los hombres que castigándolos por su actos malvados. Si los ladrones y asesinos son recompensados por sus crímenes, cada vez habrá menos hombres sobre esta Tierra. Por eso es preciso hacer siempre frente al enemigo. De modo que conviene que cada uno valle su casa con zarzas de espino para que el enemigo pierda para siempre las ganas de seguir haciendo daño. Seguramente, si no le hacemos el bien cuando cometa un acto malvado, su ánimo se suavizará».

10. «Esto está pensado a la manera humana», le contesté, «pero no tiene nada divino. Cierto es que el castigo hará que el hombre que te hizo daño se atemorice y no vuelva a intentarlo sin más ni más. Pero nunca se hará amigo tuyo. Si le devuelves el bien por el mal que te hizo justamente cuando estabas necesitado, entonces reconocerá el pecado que cometió contigo, se arrepentirá y se volverá amigo tuyo.

11. Así, el bien que le hiciste por su acto malvado le enmendará para siempre. Un castigo tuyo le convertirá en un enemigo mucho más duro para ti.

12. Si el primer pecado cometido contigo fue por una especie de petulancia o por alegrarse del mal ajeno, el siguiente será por rabia y venganza contra ti. Por eso os digo otra vez: Haced lo que os he enseñado, y podréis estar seguros de la Gracia y Bendición de Dios en toda su abundancia.

13. Quien verdaderamente quiere ser bendecido por Mí, tiene que aceptar mi Palabra, la cual contiene toda la Gracia, toda la Luz, toda la Verdad y todo el Poder; de lo contrario no es posible concederle Gracia alguna.

14. Tomad ejemplo de Mí: Yo soy amable y humilde de todo corazón y tengo la mayor paciencia con cada hombre. ¿No sale el Sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos y no cae la lluvia fructificadora en los campos de los pecadores y en los de los justos? ¡Sed perfectos en todo como es perfecto el Padre en los Cielos, y tendréis Gracia y bendiciones de los Cielos abundantemente! ¿Lo entendéis?».

15. «Sí, Señor, lo comprendemos muy bien», respondieron todos. «Todo es verdadero, bueno y está en perfecto orden. Aunque al principio nos cueste mucho, nos esforzaremos en lo posible por cumplirlo según tu Palabra».

16. «Sí, mis queridos amigos, en este tiempo el Reino de los Cielos requiere violencia46», les contesté. «Los que no se apoderen de él por la fuerza, no lo poseerán. Pero todo aquel que lucha en su interior por conseguir el Reino de los Cielos, es un constructor sabio y prudente que edifica su casa sobre una base firme y no sobre arena. Cuando llueva y vengan los torrentes, cuando soplen los vientos, nada podrán hacerle a la casa porque está fundada sobre la roca.

17. Esto pasa también en la lucha interior por el Reino de los Cielos. Quien lo ha conquistado una vez, lo tiene indestructiblemente para siempre. Pueden caerle encima todas las tormentas del mundo que nada le harán. Pero quien no ha luchado por él con todas sus fuerzas y ánimos, será arrastrado por las tormentas del mundo y perderá todo lo que tenía.

¡Recordadlo siempre! Vendrán tiempos que lo necesitaréis mucho».

18. «Oh, Señor», respondieron los marineros, «sólo podemos darte las gracias humildemente; vemos claramente que el hombre no puede dar nada a Dios, el Señor, por sí mismo si no lo ha recibido anteriormente de Él. Oh Señor, acepta por favor nuestro agradecimiento como si fuera algo Tuyo y ordénanos lo que podamos hacer en tu honor y por amor hacia Ti».

19. «Ya os lo he dicho: Poned manos a la obra, no hace falta más.

Pero ahora contadnos lo que habéis visto u oído esta noche; pues los marineros ven frecuentemente durante la noche cosas muy extrañas. Limitaos a lo esencial; no inventéis nada pero tampoco dejad de contar lo que sabéis con certeza».

Capítulo 160. Los marineros relatan lo que les pasó la noche anterior

1. Todos nos sentamos en el césped alrededor de los marineros, sólo Rafael se quedó en pie. Uno de ellos le dijo: «Oye, muchacho, siéntate también; el césped es un bien común y no hay que pagar por sentarse».

2. Pero el ángel respondió: «¡Empezad a contar! Ya me sentaré cuando esté cansado. Podría ser que alguno de vosotros perdiera el equilibrio y así puedo ayudarle mejor».

3. «¿Qué quieres, criatura de leche, quinceañero?», terció uno de los marineros. «Todavía te cuelgan los pañales de las piernas y crees que, si uno de nosotros se cayera, tendrías fuerza suficiente para levantarle. Me parece que presumes demasiado».

4. «Empezad ya a contar según la Voluntad del Señor», respondió el ángel. «Lo demás ya se verá cuando llegue el momento».

5. Con esto el marinero se quedó callado y su patrón empezó el siguiente relato: «Era la primera vigilia47, y de pronto hubo una claridad como si fuese de día. No vimos la fuente de la luz por lo que pensamos que tras los montes debía haber una luz de Bengala que fuera la que iluminaba así todo el aire. La enorme claridad duró casi toda la noche, y alguna vez era tan intensa que parecía de día. Se comprende que esto nos haya producido una gran inquietud. También llegaron algunas personas de la ciudad porque creían que era el mar el que alumbraba tanto.

6. Pero pronto pudimos observar otro fenómeno mucho más asombroso. Al acercarnos más al mar para ver el agua mejor, ¿sabéis lo qué paso? — por favor, no os riáis — no había en él ni una gota de agua: nuestro barco estaba anclado sobre suelo seco y acostado sobre una roca saliente. Podíamos ver todo el fondo marino. ¡Fue espantoso! Alrededor de la roca había un abismo de una profundidad de varios cientos de veces la altura de un hombre. En la bahía, hacia Genesaret, había un cauce llano de arena por el que anduvimos y del que recogimos un montón de bonitas conchas y caracolas raras.

7. Pero cuando estábamos entretenidos recogiendo conchas, cayó de pronto un rayo estrepitoso, seguido de un fuerte trueno. Huimos apresuradamente hacia la orilla, olvidando todas nuestras bonitas conchas sin atrevernos a volver a buscarlas, por lo que se quedaron donde las habíamos encontrado, salvo algunas que yo había metido en mi saco. Pasaron las horas hasta la tercera vigilia48, y las aguas volvieron a llenar el mar. No dejábamos de preguntarnos qué es lo que había ocurrido para que las aguas hubieran podido desaparecer totalmente.

8. Entonces, un hombre viejo que habita en esta región, nos dijo que eso ocurre a veces cuando los espíritus de la montaña y del aire se enfurecen y castigan así a los espíritus del agua. Nos reímos aunque en caso de duda, una explicación mala vale más que ninguna. Sólo hacia la cuarta y última vigilia49 volvió la oscuridad y nos metimos en la barca para dormir un poco. Cuando nos despertamos, nuestro querido Sol ya estaba alto en el cielo y nosotros nos pusimos a preparar algo de comida.

Dicho brevemente, eso fue lo que sucedió anoche y lo que nosotros vimos».

Capítulo 161. El marinero y Rafael

1. Acababa el patrón su relato, cuando el mozo que se había mostrado anteriormente algo grosero, dio un paso en falso al entrar en el barco para buscar las conchas que se había llevado apresuradamente del fondo del mar, y cayó todo lo largo que era. Sus compañeros se rieron de él y dijeron: «¡Siempre tan torpe!», lo que le enfureció enormemente.

2. Pero Rafael acudió rápidamente y le ayudó a levantarse, diciendo: «¿Ves ahora por qué me he quedado de pie? Mi espíritu ya me había prevenido que hoy te ibas a caer, como acaba de pasar, y yo, criatura de leche como me llamaste, he podido levantarte a tiempo y ayudarte a ponerte sobre tus pies, algo torpes».

3. El marinero, avergonzado, gruñó algunas palabras en su espesa barba: «Sí, está bien. Pero muchachos como tú siempre están urdiendo bromas pesadas para que nos pase algo. Los conozco muy bien. Aunque pareces buen zagal, estás en la edad, lo que es suficiente para que se te puedan ocurrir mil travesuras. Así que no te acerques demasiado a mí».

4. «Amigo», respondió Rafael, «estás en un gran error. Pero yo te perdono, porque no sabes a quién tienes delante».

5. «Bueno, bueno, ¿qué importancia se puede tener a los quince años?», dijo el marinero. «Quizás pudieras ser un príncipe de Roma o de otra parte. ¿O eres acaso un “apéndice” poderoso de nuestro Señor?».

6. «Sí, algo así», respondió Rafael. «Pero ve a buscar tus conchas».

7. El marinero fue al barco refunfuñando y al cabo de unos instantes volvió con algunas conchas y un caracol raro y nos los enseñó.

8. Las piezas eran muy bonitas, pero no tenían gran valor, por lo que Rafael le dijo: «Están muy bien como recuerdo, pero no valen nada. ¿Qué quieres hacer con ellas?».

9. «¡Oh, chiquillo!», respondió el marinero. «No me engañas. ¿Acaso lo dices para quedarte con ellas? Pero el viejo Dismas no es tan tonto como parece. Estas tres piezas cuestan tres monedas de plata y ni un céntimo menos. Si tienes ese dinero, dámelo y yo te daré estas conchas tan bonitas».

10. «Las tres monedas no tienen importancia para mí», contestó Rafael. «Pero no me gusta que quieras vender cosas que, estrictamente hablando, ni siquiera son de tu propiedad. Desde antiguamente nadie más que los ciudadanos de Genesaret, o sus arrendatarios, tienen derecho de pesca en esta bahía. Tú has cogido estas tres conchas del suelo que Ebalo tiene arrendado; por lo tanto, hablando rigurosamente, son suyas. Si él te las regala, entonces son tuyas y puedes hacer lo que quieras con ellas».

11. «¡Fijaos en el chiquillo!», respondió Dismas. «Habla como un juez de Roma y se toma la libertad de impugnar hasta la ropa que llevo. El mar es en todas partes propiedad del marinero. Lo que el mar le da —en una bahía o en alta mar— a él sólo le pertenece: con eso quedan rebatidas todas tus leyes librescas. Uno como yo también conoce algo de derecho. Así que dame las tres monedas y las tres conchas son tuyas».

12. «Nada de eso», contestó Rafael. «Mientras que Ebalo no diga que son tuyas no te las puedo comprar».

13. Tras esta afirmación, Dismas preguntó a Ebalo qué le parecía la insistencia del muchacho.

14. «Estrictamente hablando, Rafael tiene razón», contestó Ebalo. «Es cierto que yo tendría derecho a tomar posesión de estas tres piezas. Pero quien nunca haría ni hará uso de este derecho, soy yo. Por lo tanto, las conchas te pertenecen materialmente, aunque espiritualmente, como toda la Tierra, son de Dios, el Señor».

15. Con esta contestación Dimas quedó satisfecho y le preguntó a Rafael: «¿Qué pasa ahora con las tres monedas de plata?».

16. «Aquí las tienes», respondió Rafael, «pero dale las conchas a Ebalo para que las guarde como recuerdo de este momento».

17. Dismas tomó las tres monedas y puso las conchas delante de Ebalo. Este, sin embargo, se las pasó a Yara y le dijo: «Tómalas y guárdalas junto con los otros recuerdos; tendrán un gran valor para nosotros».

18. Yara las recibió con gran alegría y exclamó: «¡Qué piezas tan bonitas! ¡Brillan en todos los colores! Verdaderamente debemos exclamar como Job: “¡Qué maravillosas, oh Señor, son tus Obras! ¡Quien las admira se regocija de ellas!”. ¿Quién enseñó al caracol a construir su hermosa casa? ¡Sin pilares ni tejas es más maravillosa que la magnificencia real de Salomón!».

19. Yara dio las gracias a Rafael por el bello regalo y, como tanto las conchas como el caracol estaban vacíos, le preguntó a dónde habrían ido los animalitos que vivieron en ellas.

20. «Mi querida Yara», respondió Rafael, «Esos animalitos murieron ya hace varios miles de años y por lo tanto están descompuestos. Pero sus cascarones pueden durar todavía miles de años más sin perder su forma ni su belleza. Su materia es cal pura y no se descompone nunca en estado libre, menos aún debajo del agua. Esto es lo que conviene que sepas por ahora. Lo demás lo conocerás en toda su profundidad en el Más Allá».

Estas palabras respecto a la antigüedad de las conchas asombraron a Yara sobremanera.

Capítulo 162. El recibimiento de los fariseos en Genesaret

1. En estos momentos se supo que el grupo de escribas y fariseos “recién fabricados” habían llegado de Belén. Traían una orden escrita y firmada por el Templo, diciendo que, bajo sanción, los ciudadanos de Genesaret tenían que transportarlos por agua o por tierra hasta Nazaret sin demora y sin gasto alguno.

2. Ebalo, completamente indignado ante las exigencias del Templo, dijo: «Señor, año tras año, siempre es lo mismo. Apenas llevas aquí cinco días y ya has visto la cuarta expedición de estos holgazanes que van de aquí para allá por todo el país y que dejan desolados tras de sí los sitios por donde pasan. Si sucediera más o menos diez veces al año, todavía podría aceptarlo. Pero tener que soportar cada semana dos, tres y hasta cuatro expediciones de este tipo, teniendo que hacérselo todo gratis además, acaba hasta con la paciencia de un ángel y nos sumirá en la pobreza. ¿Qué hago? En verdad me gusta ayudar diariamente a todos los pobres según mis fuerzas, pero desearía que estos sinvergüenzas, torturadores de la humanidad, se murieran y se fueran al diablo».

3. «Tranquilízate amigo», le respondí. «Con la paciencia siempre llegarás más lejos. Además, deja que actúe nuestro amigo Julio. Los despachará rápidamente y no olvidarán “los favores” recibidos, de modo que lo pensarán tres veces antes de visitar tan a menudo la ciudad de Genesaret».

4. El capitán dijo a su centurión: «Ve rápidamente a la ciudad y lleva veinte hombres contigo. Explícales a esos fariseos desvergonzados que el lugar se encuentra todavía en estado de excepción por ocupación militar, y que nadie puede pisarlo sin una orden expresa de un comandante en jefe romano. Si alguien lo hace, tras el castigo que se le infligirá, se le vendarán los ojos y se le taparán los oídos con barro, además de atarle de pies y manos. A continuación se le llevará a una barca, con paja en la cubierta, en la que se le transportará al lugar indicado donde se le quitarán las vendas y se le dejará en tierra, tras amonestarle rigurosamente y amenazarle con castigos si vuelve a infringir las órdenes militares romanas. Si los de Belén no disponen del permiso requerido, tratadlos de este modo. Si tienen dinero deben pagar doscientas libras de plata y con ello pueden librarse del castigo, pero no de los cuatro vendajes. Y si no lo tienen o no quieren soltarlo, entonces , antes de vendarlos, cada uno debe recibir quince azotes sobre la espalda desnuda. ¡Dixi, fiat!50».

5. Tras estas palabras del capitán, el centurión fue a la ciudad con veinte hombres y encontró en la casa de Ebalo a catorce personas, entre fariseos y escribas, los cuales estaban insultando a los sirvientes de la misma porque estos se negaban a servirles por la forma arrogante como lo habían exigido.

6. Cuando el centurión les preguntó por el salvoconducto, dijeron los desvergonzados: «Somos sacerdotes de Dios; aquí está la señal del Templo y no necesitamos nada más en todo el mundo».

7. «Este lugar se encuentra actualmente en estado de sitio», replicó el centurión. «Existe una rigurosa ley imperial según la cual ningún extraño, sin excepción, puede pisarlo sin la documentación legal obligatoria. El desconocimiento de la ley no exculpa a nadie. Como veo que no tenéis el permiso, habréis de pagar doscientas libras de plata o, si lo preferís, recibir cada uno quince azotes sobre la espalda desnuda. A continuación se os pondrán los grilletes y se os llevará adonde digáis. Todo esto ha de realizarse sin protestas puesto que la menor protesta aumentará el castigo».

8. Cuando los escribas y fariseos escucharon semejante veredicto, llamaron al posadero encargado de la casa de Ebalo y le exigieron que les prestase inmediatamente doscientas libras de plata. Este respondió sin embargo: «Mi amo no os ha pedido que vinierais. ¿Por qué tiene que pagar por vosotros? Porque prestaros algún dinero es lo mismo que tirarlo al mar. Ahí fuera tenéis catorce mulos cargados, no tenéis sino que aligerar su carga en doscientas libras de plata, y vuestras espaldas quedarán libres de los latigazos. ¡No os daré moneda alguna!».

9. Al escuchar estas firmes palabras del buen y fiel posadero, los escribas y fariseos se enojaron y, refunfuñando, fueron hacia sus mulos de carga, acompañados contra su voluntad por el centurión y —como les había dicho el encargado— aliviaron en doscientas libras de plata su pesada carga.

10. Una vez recibido el dinero, el centurión les puso inmediatamente los grilletes, y los hizo conducir junto con sus mulos a una barca espaciosa, acostándolos sobre la paja como los terneros, y llevándolos, acompañados por los debidos vigilantes, al lugar que indicaron. Naturalmente, los jóvenes escribas y fariseos se lamentaron sobremanera, pero no les sirvió de nada. Al cabo de una hora, el centurión volvió con nosotros y nos contó cómo había ejecutado todo lo que el capitán le ordenó.

11. El capitán le elogió y le preguntó, dónde había dejado la plata.

12. El centurión respondió: «Señor, he dado las doscientas libras de plata al posadero de Ebalo, que es un hombre muy honrado, para que las guarde hasta que tú dispongas lo necesario».

13. «Bien hecho. Estos tipos se acordarán de Genesaret. ¿Por dónde van?».

14. «Para evitar cualquier sensacionalismo a causa de que hoy es el sábado de los judíos, les he dicho que vayan por donde menos llamen la atención».

15. «Otra vez muy acertado e inteligente», respondió el capitán. «Pronto recibirás un ascenso; te lo dice Julio, el capitán. No olvidarán Genesaret y no volverán tan pronto».

Capítulo 163. Julio, el capitán, relata algunas acciones de los del Templo

1. «Os digo», siguió el capitán, «que con esta gente hay que proceder sin miramientos. Nunca he disfrutado castigando a un delincuente malvado y terco obligado por las circunstancias. Siempre he sopesado todos los detalles que pudieran haber inducido a un hombre a cometer un crimen. Pero a estos judíos del Templo tengo ganas de matarlos, porque verdaderamente son para la pobre humanidad unos criminales grandísimos e irremediables. Cuando se mira de cerca su fachada, blanqueada con una especie de moralidad religiosa, la misma pone de manifiesto su verdadero origen diabólico.

2. Cuando estuve destinado en Jerusalén, pude ver personalmente cómo obligaron, bajo amenazas de condena eterna, que un hombre que llevaba algunas monedas en su bolsillo las pusiera en la caja consagrada a Dios. Pero el buen, y débil, hombre sólo puso una y se disculpó de no poder poner otra porque todavía le quedaba un largo camino a su casa y necesitaba el dinero para la comida. Sus palabras no sirvieron de nada. Los fariseos le hicieron comprender que sería sumamente bueno para su alma morirse de hambre durante el camino por amor a Dios y su Templo. Si guardaba la moneda que Dios le pedía a través de sus bocas, nunca su alma llegaría a disfrutar la prometida cercanía de Dios, y su suerte sería la de arder en el fuego de la ira de Dios. El hombre se quedó pálido como la nieve y, temblando de miedo, sacó hasta su última moneda y la colocó en la “caja de los pobres”. A continuación, los sinvergüenzas murmuraron alguna oración por el pobre diablo y le dejaron marcharse.

3. Pero yo seguí a ese hombre sumido en la tristeza y, cuando nos encontramos totalmente fuera del recinto del Templo, le dije en un tono medio serio, medio amable: “Buen amigo, ¿cómo puedes ser tan débil para permitir que esos ladrones te quiten hasta la última moneda? Lo que te han explicado en el Templo, ni ellos mismos lo creen. Sin embargo, saben que los hombres débiles en su ceguera los toman por semidioses omnisapientes, por lo que los atemorizan para que entreguen sus bienes y ellos puedan derrocharlos mientras que el pobre tiene que morirse de hambre. Toma, aquí tienes otras dos monedas para que llegues a tu casa, pero todos vosotros, ¡nunca más volváis a este lugar! ¡Os aseguro que el Templo —que debiera ser la casa de Dios— es un antro de ladrones y asesinos que nunca puede ser del agrado de Dios!”.

4. El hombre me miró con asombro durante un rato, tomó el dinero y dijo finalmente: “Gran Señor, tú debes saber más que yo y tendrás razón”. Después se puso en camino hacia su casa.

5. He podido ver en el Templo cosas parecidas miles de veces. Estuve presente cuando, por ejemplo, uno de esos clerizontes quería convencer a una muchacha cuya madre era rica pero, como mujer razonable y de pensamientos lúcidos, nunca había echado dinero a la caja de los pobres del Templo. El clerizonte explicaba a la hija que era claro como el Sol que se condenaría eternamente si no se esforzaba en robar secretamente a la madre para llevar el dinero a la caja de los pobres. Por suerte la hija, como su madre, era samaritana, y no se dejó engañar por el hipócrita y timador, lo que me dio una gran alegría.

6. Siempre he pensado que si yo fuese gobernador de Jerusalén, ya habría limpiado el Templo de toda esta inmundicia. Pero estando sometido al gobernador romano, no puedo hacer nada más que cumplir sus órdenes.

7. Con ese Poncio Pilato no hay nada que hacer; es un investigador de la naturaleza, un amigo íntimo de los eruditos de Pompeya y Herculano que no se preocupa mucho por las tareas del gobierno. Deja que Herodes y los del Templo actúen según su libre parecer con tal que paguen correcta y puntualmente su tributo a Roma. Por suerte, aquí no estoy bajo el mando de Poncio Pilato sino bajo el de Cornelio, y este, a su vez, está a las órdenes del viejo sabio y justo padre Cirenio que, como yo, es un enemigo declarado de Jerusalén. Por eso, en mi posición libre y totalmente independiente de Jerusalén, puedo dar a estos fariseos y escribas blasfemos el trato que se merecen. Y ahora bien, mi Señor y Dios verdadero, ¿considerarás esto un pecado?».

Capítulo 164. Sobre la imitación de Jesús

1. «Para Mí, eres puro», respondí. «¡Pero cuando guíes a los hombres nunca olvides que el pecador también es hermano tuyo!

2. Cuando sientas ira en tu corazón a causa del pecador que merece que se le castigue justamente, aleja el mango del látigo; porque tu ira hará que este instrumento de castigo no sirva para curar y se convierta por el contrario en una serpiente cuya mordedura envenena y mata al caminante.

3. No pienses tampoco que te desembarazas de un enemigo matándole. Si durante la vida terrenal era un simple enemigo tuyo, después de la muerte corporal será para ti —como espíritu libre que se ha vuelto— un enemigo múltiple que te torturará durante toda tu vida con muchos males: no encontrarás medio alguno para librarte de ese enemigo invisible.

4. Por ello nunca castigues a nadie con ira, sino con amor. En lo sucesivo, tampoco exageres con los fariseos. Piensa que son ciegos que guían a ciegos. Quien los hace ciegos es el mundo que está dominado por Satanás, al cual has conocido.

5. En Mí habita todo Poder sobre Cielo y Tierra. Con un solo pensamiento podría aniquilar a todos mis perseguidores y, pese a ello, los tolero con toda paciencia hasta el tiempo oportuno, hasta que su medida haya sido colmada.

6. También a Mí me irritan los hombres, y sus actos incorregibles me entristecen el Corazón. Pero a pesar de todo, los tolero y los castigo siempre con Amor para que se enmienden y entren en el Reino de la Vida eterna, único para el que han sido creados. Si quieres ser un juez justo, imítame en todo.

7. Bien es verdad que resulta más fácil condenar a alguien que sufrir una sentencia; pero quien asume la sentencia de un hombre condenado y se preocupa por que tenga la oportunidad de enmendarse, será grande en mi Reino. ¡No lo olvidéis nunca! Si Yo quiero que sea así, ¿cómo vais a querer hacerlo de otra manera? Yo soy el Señor y el Amo de la Vida y de la muerte. Sólo Yo sé lo que es la Vida y lo que se necesita para conservarla eternamente y para poder gozarla en toda bienaventuranza.

8. Si vivís según mi Enseñanza, mantendréis la Vida en total bienaventuranza; pero si la contravenís, la perderéis y entraréis en la muerte que es el estado más desdichado de toda vida, un fuego que nunca se extingue y un gusano que nunca muere».

9. «Señor», observó el capitán, «comprendo perfectamente la justeza de tus palabras pero también la enorme dificultad de vivir según ellas. Allanar pequeñas colinas no necesita gran heroísmo; pero cuando ante nosotros hay montañas de dificultades y obstáculos, es casi imposible seguir el camino recto. ¡Señor, Tú nos has de ayudar!».

10. «Precisamente Yo he venido a este mundo para ayudaros dónde no seáis capaces de encontrar la solución. Confiad siempre en mi nombre y lo que os parece imposible os resultará realizable. Pero volvamos a la casa, que el Sol se está poniendo».

11. Entonces el patrón de los marineros preguntó hasta cuándo habían de tener dispuesto el barco para una eventual salida.

12. «Tenéis que estar dispuestos a todas horas», le contesté, «para que, cuando venga su amo, no os encuentre ociosos y tenga que quitaros el jornal o despediros de su servicio. Pues servir a Dios es fácil pero servir a los hombres es difícil».

13. «Señor», intervino de nuevo el patrón, «si mañana vuelven los fariseos, probablemente para convertir a la gente de Jesaira y volver a ganar para el Templo a los judíos convertidos al paganismo griego, y quieren discutir con nosotros sobre el salmo 47, ¿qué les diremos?».

14. «Si os explican bien el salmo ofrecedles siete monedas», le respondí. «Si lo explican mal, no les deis nada; y si no lo saben explicar, entonces sois vosotros quienes tenéis el derecho a pedirles las siete monedas, advirtiéndoles que si no pagan, será aplicada fuerza militar».

15. «Acudid a mí en tal caso», dijo el capitán, «y tendrán que pagar sin contemplaciones siete veces siete monedas».

16. Los marineros quedaron satisfechos con esta solución, y nosotros regresamos a casa de Ebalo, donde los sirvientes ya preparaban una buena cena. El capitán se hizo cargo de las doscientas libras de plata y las entregó a Ebalo con las siguientes palabras: «Acepta este dinero como una pequeña compensación por los cientos y cientos de pobres y enfermos que has atendido sin exigirle nunca moneda alguna.

Eres verdaderamente el único de esta ciudad que merece ser llamado hombre, pues todos los demás no son seres vivos sino que están muertos; no se preocupan de nada ni nada hacen. ¿Creéis acaso que todos los milagros de estos días atrás, han dejado alguna huella en ellos? ¡Nada de eso! Los que estaban enfermos se han dejado curar, pero apenas han dado las gracias por ello, y hoy ya casi ni recuerdan su curación milagrosa. Ebalo es el único hombre verdadero de esta ciudad, los demás son más bestias que hombres».

17. Ebalo aceptó entonces el dinero y aseguró que sólo lo utilizaría para los más elevados fines humanitarios.

Capítulo 165. Escena entre Rafael y Yara

1. Acto seguido los sirvientes trajeron pan, vino y una gran cantidad de pescado bien preparado, y todos se sentaron alrededor de la mesa. Yara llevó a la mesa a Rafael y le sirvió un gran pescado. Sin embargo, Rafael dijo: «Querida hermana, es demasiado para cenar; por favor, dame uno más pequeño».

2. «Sin embargo, hoy a mediodía te he visto comer varios pescados iguales», replicó Yara, «así que también podrás acabar con este. Jesús, mi Señor, es un ser espiritual mucho mayor y excelso que tú; sin embargo, se está comiendo con gusto ya el segundo pescado, acompañado con pan y vino. ¡Haz lo mismo! Ahora eres un hombre entre nosotros los hombres y, por ser un ángel de Dios, no debes menospreciar nuestra condición humana».

3. «Bueno, si me lo pides con tanta insistencia, tendré que hacer lo que digas; eres una muchacha tan cariñosa que no se te puede negar nada». Rafael cogió entonces el pescado, que pesaba por lo menos cinco libras, y se lo comió en un santiamén.

4. Cuando Yara lo vio, dijo atónita: «¡Por el amor de Dios! ¿Dónde has metido tan rápidamente el enorme pescado? Con tu capacidad de comer podrías tragarte —como si de una broma se tratara— incluso un monstruo marino como el gran pez en cuya barriga Jonás padeció tres días».

5. «También sería como una broma para mí», respondió Rafael, «comerme en un instante muchos miles de pescados como este. Pero el que tú me has ofrecido era suficiente y, por cierto, deliciosísimo. Igualmente hubiera podido comérmelo despacio como tú, pero entonces habrías pensado que soy un hombre totalmente terrenal y esto no sería bueno para ti, porque podrías enamorarte de mí. Pero si de vez en cuando te muestro que no soy un hombre del todo terrenal, freno tus impulsos y permanecerás más fácilmente en tu camino y yo en el mío. Ya verás más adelante otras de estas travesuras mías. En ocasiones también puedo ser malicioso, aunque siempre por un sabio motivo».

6. «No me gusta nada», respondió Yara, «que quieras conseguir un buen fin mediante una acción maliciosa. Mira el Señor que es mi único amor. Él también consigue fines buenos sin realizar acciones malas. ¿Por qué tú no? Soy de la opinión —y no me la quita nadie— que lo malo vuelve a producir lo malo y lo bueno produce siempre lo bueno. Quien quiera conseguir algo bueno de mí con algo malo, está en un gran error, aunque seas mil veces ángel. Te aseguro que para venir con algo malo puedes quedarte donde estás. Ante ti sólo soy una muchacha débil, un gusanito. Pero en mi corazón mora el Amor de Dios y este no soporta nada malo, aunque sólo lo sea aparentemente.

¿Entiendes, Rafael?».

7. «Naturalmente; lo entiendo muy bien. Pero como me riñes, se ve claramente que no has comprendido el sentido de mi momentánea malicia. Cuando lo hayas comprendido, no te enfadarás más conmigo. Para que veas que la malicia celestial también es una virtud, te lo demostraré con un pequeño ejemplo.

8. Nosotros los espíritus celestiales tenemos una visión muy amplia y clara, a la que tu pensamiento nunca podrá llegar. De vez en cuando sucede que un hombre de esta Tierra se vuelve extraordinariamente malo. Lo alejamos entonces cientos de veces del gran peligro que le amenaza, pese a lo cual vuelve a dejarse arrastrar al mismo y a caer en él. Si todo lo que hacemos no sirve de nada, permitimos que vuelva a caer en el peligro con toda su petulancia y que se atasque totalmente en él, para que quede escarmentado por bastante tiempo. Podemos decir entonces que la experiencia le enseña, con lo que abandona su petulancia y su locura, y se vuelve más sensato.

9. Con frecuencia los padres no consiguen advertir lo bastante a sus hijos sobre los peligros de los diferentes juegos. Entonces llegamos con nuestra seriedad celestial y hacemos que estos niños se lesionen ostensiblemente en el transcurso de esos juegos peligrosos. Incluso a veces, para escarmentar a los demás, llegamos al extremo de que alguno pague su desobediencia con la muerte. Entonces los niños se asustan, les cogen miedo y no vuelven a jugar a ellos. Podríamos aplicar aquí la frase: “Gato escaldado del agua fría huye”.

10. En tu caso también hice, hace algunos años terrestres, algunas de estas serias advertencias celestiales que te han servido perfectamente para transformarte en una niña verdaderamente devota.

¿Qué dices ahora de mi “malicia”?».

Capítulo 166. Sobre el amor, la mansedumbre y la paciencia

1. «Bueno, si es así, entonces debe ser justo», respondió Yara, algo afectada. «Si me lo hubieras dicho antes, no te habría sermoneado. Pues si, respetando siempre el libre albedrío del hombre, es imposible lograr nada positivo con métodos suaves, entonces no quedará más remedio que utilizar herramientas más duras. Ya nos entenderemos en lo sucesivo, pero ¡no te violentes tanto! Me gustas mucho cuando hablas de forma suave. Pero cuando me atropellas con tantas palabras vehementes, no me agrada escuchar ni la Verdad más pura.

2. Creo que los espíritus más perfectos de los Cielos deberían esforzarse en hablar como habla el Señor y Creador de todos los espíritus, astros, mundos y hombres. Sus palabras son como leche y miel, suaves hasta en asuntos serios. Todos los maestros y guías deberían imitarle pues, según veo, esta manera suave de hablar tiene el máximo poder para conseguir su fin. Quien habla con vehemencia y grita, muchas veces ofende donde quería curar. Mirad al Señor, siempre muestra el mismo semblante amable, tanto con los amigos como con los enemigos; así no es sorprendente que los enfermos se curen sólo con su mirada. Cuando tú, Rafael, le imites en hechos y palabras, conmigo y con cualquiera, entonces cada paso tuyo sobre esta Tierra traerá más que bendiciones».

3. Tras estas palabras Yo estreché a Yara contra mi pecho y dije a todos los presentes: «Ella es hasta ahora la más perfecta de mis discípulos, de la que pueden aprender incluso mis ángeles. Me ha comprendido y captado de la forma más viva y profunda. Por eso posee también mi Amor en su plenitud.

4. Cuando tengáis que salir y enseñar a los pueblos en mi nombre, acordaos entonces de las palabras que esta tierna y afable muchacha ha dicho a mi ángel, y todos vuestros pasos estarán acompañados por mi Bendición. ¡Sed pacientes y mansos, así derramaréis la bendición plena en los corazones de los hombres! Mi ángel Rafael tuvo que hablar de este modo para incitar a Yara a que pronunciara esta enseñanza, aunque él, por lo demás, es tan delicado como el aire suave y fresco de la tarde».

5. Todos estuvieron de acuerdo con lo dicho y guardaron estas palabras en su memoria. Sólo el capitán replicó: «Todo esto es divino, puro y verdadero. Pero si yo hablara suavemente con mis soldados, haría el ridículo ante ellos y no me obedecerían. Cuando les hablo con rayos y truenos, entonces todo marcha a la perfección».

6. «No se trata aquí de una suavidad exterior sino más bien de una verdadera mansedumbre interna», le respondí. «Donde es absolutamente necesario servirse inteligentemente de la malicia celestial, está indicado hacerlo. La verdadera regla de toda sabiduría es al fin y al cabo: “Ser astuto como la serpiente y manso como la paloma”».

7. El capitán, con alegría en los ojos, dijo: «Señor, ahora sé todo lo que quería saber; de esta manera, el comportamiento de un justo está justificado por todos los Cielos. Sin embargo hay que ser ducho en los cálculos para no equivocarse en la cantidad de astucia a aplicar. Quiero decir que a una determinada cantidad de astucia debe sumársele la misma cantidad de amor, paciencia y mansedumbre. Entonces el resultado será exacto».

8. «Sí, es cierto», le respondí, «el cálculo estará bien hecho así y el resultado será en verdad bendecido. Entonces toda justicia y todo juicio tendrán su plena justificación. Este es un fundamento sobre el cual se puede construir; donde no hay fundamento, tampoco se puede edificar. Por eso, antes de construir, echad este cimiento y vuestros esfuerzos no serán en balde.

9. Vosotros sois de Dios y por esto debierais haceros idénticos a Él en todo; sin embargo, Dios no tiene prisa en crear. Primero se coloca la semilla, de la que surge el germen. De este nace el árbol que da brotes, luego hojas, flores y, finalmente, frutos sabrosos, en los cuales se halla la semilla original que, cuando ha madurado, sirve para una nueva germinación.

10. Veis el mismo proceso en todas las cosas del mundo. El Sol no aparece en el horizonte sin anunciarse y la tempestad siempre avisa mediante sus mensajeros.

11. Puesto que Dios observa con rigor este orden en todas las cosas con la máxima paciencia y perseverancia, vosotros, discípulos míos verdaderos, también podéis entonces imitarme en todo lo que os he enseñado, pues os he allanado el camino para que no os extraviéis. ¿Todos lo habéis comprendido?».

12. «Señor, yo lo he comprendido perfectamente», respondió el capitán, «y creo que no hay ninguno de nosotros que no haya entendido estas verdades clarísimas de los Cielos. ¡A Ti todo el honor y agradecimiento por ello!».

13. «Tú estás seguro que todos los aquí presentes han comprendido bien mis palabras», le dije, «y puedes estar en lo cierto, incluyendo al que no quiero nombrar, aunque este sólo con su cerebro, no con su corazón».

14. Tras estas palabras, los discípulos se quedaron perplejos y me preguntaron quién era “este”.

15. Pero Yo les advertí: «Todavía no es tiempo adecuado para hacerlo público. Pero cuando llegue el momento, os acordaréis de mis palabras. Y si alguno de vosotros tiene alguna sospecha, ¡que la guarde en su corazón!».

16. Con esta advertencia mía los discípulos se dieron cuenta de que había pensado en Judas Iscariote. Pero se callaron y no hicieron nada para confirmar que su sospecha era cierta.

17. Mateo y Juan me preguntaron si podían dejar constancia escrita de esta maravillosa Enseñanza para el bien de los hombres.

18. «Podéis anotar la Enseñanza sobre el amor, la mansedumbre y la paciencia en una hoja aparte», les dije, «pero no añadirla a lo que ya tenéis escrito en el libro principal porque hablaré más veces sobre ello y os indicaré cuándo lo debéis anotar.

Pero vamos a retirarnos y a dedicarnos a la introspección, que es una verdadera celebración del sábado de Dios».

19. Tras estas palabras mías reinó el silencio en la casa, y así estuvimos sentados unas tres horas.

20. Pasado este tiempo les dije: «Ahora está consumado el sábado y podemos permitir al cuerpo su merecido descanso». Y todos se acostaron para relajar el cuerpo; y cuando abandonamos los lechos ya estaba bien entrada la mañana.

Capítulo 167. Despedida del Señor y salida hacia Sidón y Tiro (Mt 15,21)

1. Tras haber desayunado nos ocupamos en diversas actividades. Yo di a Ebalo varios consejos sobre cómo tratar sus huertos y viñas para lograr buenas cosechas. Le enseñé cómo mejorar y multiplicar la fruta así como a reconocer plantas útiles que, desde entonces, se siguen utilizando en la cocina.

También le mostré diferentes raíces y tubérculos comestibles, que eran buenos alimentos, y como se cocinaban. En resumen, durante los dos días que todavía permanecí en Genesaret enseñé a Ebalo muchas cosas sobre agricultura y alimentación que antes no conocía ningún judío.

Le enseñé igualmente a preparar la carne de liebres, conejos, corzos y ciervos y disfrutar de un asado puro y sabroso sin ser impuro por ello. También le dije cuáles eran los momentos apropiados para cazar y matar dichos animales. Ebalo estuvo muy contento por estas enseñanzas y se mostró muy agradecido.

2. También preparé junto con mis discípulos una pequeña huerta para Yara, donde planté diferentes plantas, hierbas y tubérculos útiles, y le recomendé que lo cuidara con mucho cariño. Me lo prometió con lágrimas de alegría en los ojos y me dijo que cuando Yo volviera lo encontraría crecido y floreciente. Todo quedó así en el mejor orden en la casa de Ebalo.

3. En estas ocupaciones útiles pasaron el domingo, el lunes y el martes, y empecé hacer los preparativos para el viaje. Pero debido a los ruegos encarecidos del capitán, de Ebalo y de toda su familia, en especial de Yara, me quedé todavía hasta el miércoles por la mañana.

4. Durante la mañana llegaron algunos marineros y contaron cómo los fariseos de Jesaira se habían acercado a ellos, no para decir nada del salmo 47, sino para preguntarles sobre Mí y hacerme responsable de haber influido en la gente de Jesaira para que se apartara del Templo de Jerusalén. Pero los marineros confirmaron que no les habían dado las informaciones exigidas, aunque sí les habían cobrado las monedas de plata que los fariseos, finalmente, les pagaron. A continuación los marineros dijeron que los fariseos habían tomado un barco para continuar su travesía a Cafarnaúm, probablemente para hacer averiguaciones acerca de Mí, que era la misión que les habían encomendado el Templo y Herodes.

5. Al escuchar el relato de los fieles marineros, mandé que el barco estuviese listo para poder partir en una hora, lo que cumplieron inmediatamente.

6. Cuando Yara, viniendo de su huerta, entró en la habitación y supo mi partida, empezó a llorar amargamente y me pidió que me quedara todavía una hora más. Dijo que se le rompía el corazón pensando que no me volvería a ver hasta Dios sabe cuándo.

7. Pero le consolé y le aseguré que sería pronto y físicamente, porque espiritualmente podría hablar conmigo siempre que quisiera y Yo pondría respuestas claras en su corazón. Además, el ángel Rafael la acompañaría en mi lugar y la conduciría por el camino correcto. La pequeña se tranquilizó con esto.

8. Entonces bendije la casa de Ebalo y, acompañado por toda la familia de Ebalo, por el capitán y por una gran multitud, me fui al mar donde nos esperaba el barco.

9. Los dos esenios y los pocos escribas y fariseos que se habían convertido me preguntaron si podían acompañarme dónde Yo iba.

10. Pero Yo les dije: «Quedaos aquí, para que el mundo no se alborote antes de tiempo. Los pájaros tienen sus nidos y los zorros sus madrigueras, pero el Hijo del hombre no tiene ni una piedra donde reposar su cabeza. Puesto que no tengo posesión terrenal alguna y sin embargo llevo tras Mí una gran muchedumbre, podrían decir: “¿Con qué los alimenta? No tiene ni campos, ni prados ni ganado. O es un ladrón o un farsante.” Para evitarlo, quedaos aquí. Vosotros, los esenios, reuníos con vuestros hermanos y contadles todo lo que habéis visto y oído. Así se convertirán y enmendarán su espíritu.

11. Y si a vosotros, escribas y fariseos, os llamara el Templo para que testimoniéis sobre Mí poniendo en peligro mi vida, no digáis nada de mis obras pero exponed abiertamente mis enseñanzas. No temáis a quienes en el peor de los casos pueden matar vuestro cuerpo pero no pueden hacer daño a vuestra alma que vive eternamente. De todas formas no os atacarán; pero si os expulsan, uníos a los esenios: ellos os acogerán con los brazos abiertos».

12. «También podéis veniros conmigo», propuso el capitán. «Os daré vestidos romanos y una espada y os convertiré en romanos; así el Templo y sus esbirros malvados os dejarán tranquilos».

13. «También lo podéis hacer», afirmé. «Pero sed astutos como las serpientes y mansos como las palomas, así os irá bien en el mundo».

14. Tras estas palabras, subí al barco acompañado por unos veinte discípulos míos. Como había un viento favorable, avanzamos rápidamente en dirección a la otra orilla. Desde la desembocadura del Jordán todavía quedaba mucho para llegar a Sidón y Tiro, a orillas del Mar Mediterráneo.

Capítulo 168. Escena con la mujer cananea en el término de Tiro (Mt 15, 22—29)

1. Después de desembarcar, y habiendo ya entrado en Fenicia51, todavía nos quedaba una larga marcha para llegar al término de esas dos ciudades. Cuando, ya muy tarde, lo hicimos, vino corriendo una mujer procedente de Caná de Galilea que me había reconocido por el camino, ya casada desde hacía quince años con un griego, y empezó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! ¡Mi hija está atormentada malamente por el demonio!». Pero Yo la dejé gritar sin decirle ni una palabra y continué mi camino.

2. Como la mujer seguía gritando de manera que ya molestaba a los discípulos, estos se me acercaron y me preguntaron: «¿Por qué no la despachas? Ya hace media hora que nos sigue gritando. Si no quieres o no puedes ayudarle, haz que se vaya para que la gente que viene andando por este camino no crea que le hemos hecho algo y nos moleste con sus preguntas».

3. «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel», les respondí.

4. Los discípulos se miraron extrañados unos a otros sin saber cómo interpretar mis palabras. Judas Iscariote me tachó de inconsecuente y le dijo a Tomás: «Estas tremendas contradicciones entre su forma de hablar y de actuar le pueden sacar a uno de quicio. Sobre esta pobre mujer medio judía medio griega que busca su ayuda dice que sólo ha sido enviado para las ovejas de la casa de Israel. Pero cuando se trata de los romanos, que son mucho más paganos, ni mucho menos piensa que sólo vino por las ovejas de la casa de Israel».

5. «Quizás tengas algo de razón en este caso», contestó Tomás. «Sin embargo, creo firmemente que el Señor debe tener un motivo especial para no ayudarle».

6. Mientras los discípulos intercambiaban opiniones, la mujer se postró ante Mí y me imploró: «¡Señor, socórreme!».

7. Pero Yo la miré y le dije: «No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perros52».

8. «Cierto, Señor», dijo ella, «pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

9. Esta respuesta dejó atónitos a los discípulos y Pedro comentó: «¡Esto sí que es sorprendente! Sólo raras veces he visto tanta sabiduría en una mujer judía. Y eso a pesar de que, aunque haya nacido en Caná de Galilea, es griega desde su nacimiento; la conozco desde hace quince o dieciséis años cuando le vendía algún pescado que otro».

10. Yo miré a la mujer y dije: «¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como deseas».

11. La mujer se levantó dándome las gracias y fue corriendo hacia su casa, donde encontró curada a su hija. La gente que se había quedado con la muchacha le contó cómo hacía media hora que el diablo la había abandonado visiblemente, vociferando y arrojando maldiciones. La mujer se dio cuenta entonces que había sido en el mismo momento en que Yo le había dicho: “¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como deseas”.

12. Entretanto se había hecho de noche y los discípulos me preguntaron si quería seguir el camino hasta Tiro o si, en caso contrario, debían buscar un albergue en la región, puesto que Tiro quedaba todavía a unas tres horas de camino.

13. Pero Yo dije a los discípulos: «En vez de continuar hacia poniente en dirección a Tiro, desde aquí tomaremos un rumbo entre levante y mediodía53. Así llegamos otra vez a orillas del Mar de Galilea, donde se eleva un bonito monte cuya cumbre podemos alcanzar de aquí a unas dos horas. Allí es donde pasaremos la noche».

14. Tras estas palabras mías emprendimos la marcha y al cabo de una hora llegamos al Mar de Galilea, al pie del monte mencionado, cuya cumbre pudimos alcanzar cómodamente después de otra hora.

15. Alcanzada la cumbre, nos sentamos en la suave pradera para descansar, sin dormirnos enseguida.

Capítulo 169. Sobre la posesión

1. Al cabo de un rato de merecido descanso dijo Pedro: «Señor, comprendo ya muchas cosas. Pero la posesión diabólica, especialmente en el caso de niños inocentes que son torturados miserablemente por el malo, no la entiendo. ¿Cómo puede tolerar tu Sabiduría y tu Orden tales abusos? La hija de la mujer que nos siguió esta mañana tendría no más de trece o catorce años y, según las palabras de la madre, ya llevaba poseída de la manera más horrible por el espíritu diabólico siete años durante siete horas al día. ¿Por qué se permite eso?».

2. «Son cosas que vuestro entendimiento no puede comprender todavía», le respondí. «Pero como aquí estamos en un lugar tranquilo, te daré algunas explicaciones sobre ello.

3. La Tierra es portadora de dos clases de criaturas. Una de estas clases —la mejor— viene de arriba ya desde el principio: se trata de los hijos de Dios. La otra, la peor, procede exclusivamente de esta Tierra. Su alma es en cierto modo un conglomerado de elementos básicos de vida que, sustraídos a Satanás, están presos en el conjunto del cuerpo terrestre, formando su materia. A partir de esta materia, los elementos básicos de la vida pasan por el reino vegetal para entrar en el animal, donde migran por la cadena infinita de una evolución54 en etapas, hasta que finalmente formen una potencia compuesta de innumerables partículas anímicas primitivas que se desarrolla como alma de seres humanos.

Estas almas, sobre todo en casos de procreación no bendecidos, es decir cuando estos fueron realizados por mero instinto sexual, en los cuerpos de las mujeres se visten con la carne, siguiendo el mismo proceso que las de los hijos de la Luz procedentes de la esfera espiritual de los Cielos.

4. Ahora bien, como todo el ser de tales criaturas ha sido tomado de Satanás, siempre están más o menos expuestas al peligro de ser poseídas por cualquier espíritu malvado, es decir, por el alma negra de un hombre diabólico que ya estuvo encarnada en esta Tierra. Esto sucede especialmente cuando esa alma joven formada de las partículas satánicas de la Tierra empieza a tomar un rumbo bueno y celestial. Como así una parte vital se arranca de la esfera del infierno, tal acto origina un sufrimiento insoportable a todo él, por lo que el infierno hace todo lo que puede para evitar tal herida.

5. Seguramente te preguntarás: “¿Cómo es posible que eso pueda causar daño al infierno si comparada con él esa alma debe ser indeciblemente más pequeña e insignificante que un cabello comparado con todo el hombre?”. Y Yo te digo que eso está bien pensado; pero coge uno de los cabellos más pequeños de tu cuerpo y arráncalo. Sentirás, no sólo en el sitio del cabello sino en todo el cuerpo, un dolor punzante que te volvería loco si durase una hora seguida.

6. Con esta explicación puedes comprender de manera más profunda por qué en la Tierra existe y existirá la posesión hasta el fin de la misma.

7. Sin embargo, la posesión también tiene sus ventajas, porque el alma cuyo cuerpo es poseído por algún diablo, será purificada por las torturas: tal alma no tendrá gana ninguna de volverse sierva de su carne que no le produce sino gran daño. En el momento oportuno vendrá la ayuda desde arriba y esa alma, que procede exclusivamente de esta Tierra, será salvada y ganada enteramente para el Cielo. Dime, ¿lo has comprendido?».

8. «Sí, Señor», respondió Pedro, «pero en este caso, ¿no sería mejor no ayudar a una persona tan gravemente poseída?».

9. «Si alguien viene y te pide ayuda», le respondí, «has de prestársela siempre; porque mi providencia cuida que en casos semejantes ningún poseído pida ayuda antes del tiempo oportuno. ¿Comprendes esta explicación importantísima?».

10. «¡Sí, Señor, por eso sea sólo para Ti todo el agradecimiento, todo el amor y toda la honra! Porque de esta manera se ve que el entendido en cosas divinas puede reconocer en todas partes el Amor y la Sabiduría sublimes de Dios».

11. «Sí, así es», le dije, «y por ello no debéis desanimaros ante las manifestaciones adversas y contrarias de esta Tierra; pues el Padre en el Cielo las conoce y también sabe por qué las permite.

12. Así pues, la mayoría de las enfermedades sufridas por los hombres no son sino providencias para que el alma no se una con la carne, la cual es tomada, incluso para los hijos de la Luz, de la esencia vital sustraída a Satanás y presa en la materia. Aunque en el caso de los hijos de la Luz existe la diferencia de que cuando su alma quiere volverse demasiado carnal, sus sufrimientos les son enviados directamente desde el Cielo. Por supuesto, también los dolores de los hijos del mundo son permitidos por el Cielo, pero aun así, son en el fondo dolores del infierno en los que el cuerpo humano toma una gran parte, porque el mismo cuerpo no es sino parte del infierno.

Cada vez que, por la influencia poderosa de los Cielos, le es arrancada al infierno una parte de la esencia de su ser, sufre un dolor punzante. ¿Comprendes también esta explicación?».

13. «Sí, mi Señor, ¡todo mi agradecimiento y amor para Ti eternamente!», contestó Pedro.

Capítulo 170. El manantial milagroso

1. «¿Os habéis dado cuenta si alguien nos ha visto subir a este monte y descansar aquí?», pregunté a los discípulos.

2. «Señor, durante toda la marcha, que duró más de dos horas, no hemos encontrado persona alguna, así que creemos que nadie nos ha visto».

3. «Sin embargo», les recordé, «aquella mujer vio que nos habíamos echado aquí a descansar. Eso es suficiente para que mañana este monte esté repleto de gente».

4. «Señor, como no estamos muy fatigados», dijeron los discípulos, «vayámonos de este lugar después de media noche y dirijámonos a otro sitio donde no nos moleste la gente y podamos descansar varios días».

5. «No, nos quedaremos aquí», les respondí. «Es Voluntad del Padre que libre de sus males a muchas personas achacosas. Por ello permaneceré tres días en este monte. Por la mañana podéis ir a buscar suficiente pan para estos tres días».

6. «Tendremos que ir muy lejos entonces», replicó Judas Iscariote, «pues obviamente esto es un desierto y a menos de tres o cuatro horas de camino no encontraremos panadero alguno».

7. «De eso me ocuparé yo», dijo Pedro, «pues conozco todos los pueblos de esta costa y sé dónde hay que ir para encontrar pan. Dos horas de ida y dos de vuelta».

8. «Bueno», le dije, «ocúpate tú, Simón Juda, de este asunto. Elige al que te debe acompañar».

9. «Señor, somos unos veinte aquí», respondió Pedro, «si vienen conmigo diez, podremos traer una gran cantidad de pan y pescado, suficiente para los tres días».

10. «Pues bien», respondí, «descansemos entonces».

11. Cada cual buscó un sitio lo más cómodo posible para el descanso nocturno; en breve hubo silencio en el monte y todos los discípulos se quedaron dormidos. Yo permanecí despierto y sólo dormí un poco en la madrugada. Cuando desperté a la salida del Sol, Pedro ya había llegado con una gran cantidad de pan, pues había salido tres horas antes del amanecer y había encontrado a orillas del mar un barco cargado de pan y pescado procedente de Mágdala que iba en dirección a Jesaira.

Pedro se había hecho cargo de casi la cuarta parte de la carga de pan, así como de una caja de pescado recién frito y Mateo, el joven aduanero, lo había pagado todo. Así pues había en la pradera del monte comida en abundancia, pero faltaba un manantial. En ninguna parte se pudo encontrar ni una gota de agua y la provisión de vino no era suficiente ni para medio día.

12. Entonces se acercaron Pedro y Juan, y me dijeron: «Señor, Tú eres más que Moisés. Si le dijeras a esta roca enorme que diera agua, seguramente surgiría un manantial del agua más pura».

13. «Como tenéis bastante fe», les respondí, «poned vuestras manos sobre la piedra y ordenad en mi nombre que surja en el sitio que habéis tocado un manantial del agua más pura y fina».

14. Acto seguido, los dos discípulos buscaron un lugar adecuado sobre el que colocaron sus manos. Sin embargo, la piedra no dio agua alguna. Tras una hora de imposición de manos, la piedra empezó a moverse y se deslizó de su sitio anterior más de diez pasos. Y es que la roca era un meteorito que había caído del cielo hacía varios miles de años y había taponado el único manantial del monte, de modo que no había podido salir ni una gota de agua más. Pero como la roca se había corrido, el antiguo manantial caudaloso quedó al descubierto, dentro de una poza que se había formado al caerle encima el meteorito, la cual tenía una profundidad de cinco pies.

15. De esta manera el monte se encontró provisto para siempre, hasta hoy, de la mejor agua. Pero ni Pedro ni Juan comprendieron cómo la roca había llegado a deslizarse sólo poniéndole las manos encima. Más tarde los demás discípulos intentaron también hacer lo mismo para ver si la roca seguía moviéndose. Sin embargo, no se movió más.

16. Pero cuando Pedro y Juan volvieron a colocar sus manos sobre la roca, esta se movió de nuevo. Entonces me preguntaron los discípulos: «Señor, ¿por qué no somos capaces de hacerlo nosotros?».

17. «Porque vuestra fe es todavía algo quebradiza, demasiado débil», les respondí, «y no tiene la suficiente fuerza. Si tuvierais una fe firme y no dudarais ante lo que queréis hacer, entonces podríais mandar a todo el monte que se moviera imponiéndole las manos. Incluso os digo que si vuestra fe fuese verdaderamente firme, podrías mandar desde aquí a aquella montaña, la que está cerca de Genesaret, que se levantara y se arrojara a la mar. Y la montaña lo haría según vuestra palabra y voluntad. Sin embargo, lo que hoy no podéis hacer todavía, lo podréis hacer en el futuro. Vayamos a desayunar, porque no pasará mucho tiempo para que estemos rodeados de multitud de gente».

18. Después de haber recuperado fuerzas con el desayuno, echamos un vistazo al hermoso paisaje que se extendía alrededor de nosotros. Desde allí podía verse en días claros algunas orillas del Mar Mediterráneo, las torres de Sidón y Tiro y muchas otras aldeas. El panorama que disfrutábamos era reconfortante para nosotros y no desmerecía del que podía verse desde otras montañas más altas cuyo ascenso necesitaba todo un día. La cumbre alcanzaba —según las mediciones de aquella época— una altura de algo más de cuatro mil pies. Era tan extensa y amplia como para edificar en ella toda una ciudad. Sólo los accesos eran bastante empinados, de modo que costaban mucho esfuerzo subirlos. Al cabo de aproximadamente una hora empezamos a oír, por el lado por el que habíamos llegado nosotros, las voces de una muchedumbre que subía, voces quejosas y gemidos de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes.

Capítulo 171. El gran milagro de curación sobre el monte (Mt 15, 30—31)

1. Cuando Judas los escuchó, se indignó y dijo: «¡No, esto es demasiado para mí! Por ahí vienen otra vez cientos o incluso miles de personas, seguramente enfermos. ¡Adiós, maravillosa paz de este monte! Aquí se organizará otra vez una feria y ya no podremos hablar de tranquilidad».

2. «¿Qué te importará eso a ti?», le contesté. «Ningún alma se te acercará ni tendrás que curar ningún enfermo. Si te parece que hay demasiado jaleo alrededor de Mí, puedes volver a tu patria y vender tus vasijas en los mercados. Mientras quieras seguir conmigo, tendrás que aceptar a mis órdenes porque de mis caminos Yo solo soy el Señor. Si alguna Yo vez fuese contigo a los tuyos, me adaptaría a tus disposiciones y te aceptaría como el señor de la causa. ¿No crees que ahora es lo contrario?».

3. «Bueno, bueno, sí», murmuró Judas Iscariote. «No tengo sino que abrir la boca, y ya fallo. En lo sucesivo seré mudo como una piedra».

4. Aquí intervino el sabio Natanael, dirigiéndose a Judas Iscariote: «Sería una muy sabia actitud que hasta ahora echo de menos en ti. Hablar en el momento oportuno es cosa buena para el que tiene que decir algo importante y sabe hablar; pero a un necio le conviene más enmudecer totalmente».

5. Mientras Natanael recordaba a Judas Iscariote algunas sabias frases de Salomón, fue llegando gente y más gente procedentes de diversas regiones, trayendo consigo a paralíticos, ciegos, mudos, cojos y muchos otros enfermos, cuya cifra llegaba a unos cinco mil, que se echaron a mis pies alrededor de Mí y me pidieron que los curase. Los curé con una sola Palabra y dije a los curados: «¡Levantaos y andad!».

6. Los ciegos se dieron cuenta que podían ver tan limpiamente como recién nacidos. Los mudos hablaban, los paralíticos y los cojos se movían, probando sus miembros antes rígidos y endurecidos. No había ni uno que pudiera decir que no se le había ayudado completamente. Todos los demás enfermos quedaron curados igualmente.

7. Cuando el pueblo vio que los mudos hablaban, los ciegos veían, los paralíticos y los cojos andaban y los demás enfermos estaban curados, se maravilló y glorificó al Dios de Israel. Todos se quedaron todavía tres días conmigo en el monte, aunque sus provisiones se agotaron ya a los dos días.

8. Aquí podría preguntarse qué fue lo que hizo en el monte la multitud durante esos tres días. La respuesta es fácil: los varios miles de personas de ambos sexos recibieron mis enseñanzas de Mí y de los discípulos. Y no hubo ninguno que defendiera a escribas y fariseos. Explicaron por el contrario muchas historias sobre sus contactos lamentables con los del Templo en diferentes ocasiones y sus peores experiencias con ellos.

Capítulo 172. Profecía del Señor sobre el futuro de su Enseñanza

1. Entre la muchedumbre había también muchos griegos que se asombraron enormemente de esta Enseñanza. Uno de ellos dijo: «Esto es en verdad una Enseñanza desde el fundamento de la naturaleza. Nada más positivo ni nada más constructivo hubiera podido ser ideado por un hombre para destacar como legislador entre millones de seres humanos obligados a cumplir sus leyes: Esta Enseñanza contiene reglas que atañen primero y fundamentalmente a la vida del hombre, y por ello son muy apropiadas para mantener la vida en las condiciones más puras y agradables. Aquí no asoma por parte alguna el provecho propio y mucho menos el afán de mandar, sino que se cuida a cada individuo y a toda la comunidad. Verdaderamente, si se comprendiese y se cumpliese esta Enseñanza de manera generalizada, la Tierra se convertiría en el Cielo mismo.

2. Pero para ello haría falta toda una nueva generación. Para que hubiera un cambio, habría que eliminar de la Tierra toda la basura irrecuperable de los seres humanos. El lujo y el afán de comodidades han llegado ya al último extremo; el poderoso se aprovecha de los pobres y de los débiles; sólo muy pocas personas viven felices, mientras que la mayoría tiene que pasar toda clase de penurias. Por esto es por lo que el pobre pierde finalmente la esperanza en la providencia divina, aunque también el rico y el poderoso olvidan a Dios a causa de su bienestar y felicidad. La consecuencia es que al final ambos serán presa de Satanás.

3. Sí, Señor y Maestro, tu Enseñanza contiene en sí misma la más pura y divina Verdad; diría que, en sí, es la pura Vida misma. Pero, lamentablemente, seguro que la alta sociedad, que no cree en nada, no la aceptará. Porque, sobre la base del paganismo, han organizado la vida de una manera que les permite vivir muy a gusto. En comparación con Cesar Augusto, con Lúculo y con cientos otros, Adán, pese a su Paraíso, parece un desgraciado.

Los grandes y poderosos del mundo argumentarán: “Todo lo hemos conseguido con Zeus, con Apolo con Mercurio, etcétera; de modo que con esos dioses de fantasía se puede vivir estupendamente. ¿Para qué, entonces, la Verdad?, ¿para qué el amor, la mansedumbre, la paciencia y la sabiduría?”. Y perseguirán tu sagrada y amistosa Enseñanza como sea, como el lobo hambriento persigue al cordero.

4. Será imposible que acepte tu divina Enseñanza aquél que esclaviza a sus semejantes para satisfacer sus propias apetencias. Sí, Señor, Maestro, y verdadero Salvador de la pobre humanidad que sufre; ve y realiza milagros, predica la esclavitud eterna y enseña al pueblo necesitado que sólo el Cesar tiene derecho a vivir en la Tierra mientras que el pueblo sólo mientras le guste al Cesar. Proclama además que el Cesar tiene derecho inalienable a disponer arbitrariamente sobre la vida y la muerte de cualquiera y de recaudar todos los bienes y tesoros de la Tierra: así te vestirán de rey y te honrarán con esplendor y majestad.

5. Pero como tu Enseñanza predica la hermandad entre todos y afirma que todo hombre es hijo de Dios, sé que tu Enseñanza y Tú —para mí un Maestro verdadero, santo y amado— seréis perseguidos sin piedad».

6. «Amigo, lo que acabas de decir es lamentablemente cierto», le respondí. «A los grandes y poderosos paganos les costará una gran lucha aceptar mi Enseñanza plenamente. Pero cuando lo hagan, los césares y los reyes serán mis apóstoles más activos y afanosos. Ellos mismos derribarán los templos de los ídolos y construirán en su lugar templos a Dios, donde todos los hermanos se reunirán para honrar al único Dios verdadero. Sus hijos serán instruidos en la Enseñanza que Yo explico ahora para la salvación temporal y eterna de todos los hombres.

7. Sin embargo, esto no sucederá de hoy para mañana sino a su tiempo y según las circunstancias. Pues para que la semilla pueda dar buenos frutos al final, primero hay que sembrarla.

8. Desde la eternidad sé que esta Enseñanza mía será siempre atacada por el mundo.

9. Sí, mi Enseñanza dulce y amorosa con el tiempo incluso encenderá las guerras más sangrientas. Pero esto no se puede evitar, pues la Vida surgió a partir de una lucha violenta en Dios; por lo tanto es y sigue siendo una lucha continua y sólo podrá ser mantenida mediante una lucha adecuada.

¿Lo entiendes?».

10. «Señor y Maestro», respondió el griego, «esto es demasiado profundo para alguien como yo. Tú y tus discípulos lo comprenderéis, pero para mí es demasiado enigmático».

11. «Sí, eso creo Yo también. Sin embargo, es y seguirá siendo tal como te he dicho».

12. También la multitud se asombró mucho de estas palabras mías y algunos comentaron entre sí: «Nuestro gran sabio, el griego procedente de Patmos, ha hablado con mucha agudeza. Aun así, se nota claramente que hablaba sólo como un hombre. Pero cuando habla este Maestro, todavía bastante joven, es como si no hablase Él sino Dios mismo a través de Él. Cada Palabra suya entra en el corazón y, como un buen vino añejo, lo alegra totalmente». Se hicieron muchas observaciones de este tipo, especialmente el tercer día cuando la muchedumbre estuvo ya más iniciada en mi Enseñanza.

Capítulo 173. La segunda multiplicación milagrosa de los panes (Mt 15, 32—39)

1. Hay que señalar que la multitud, debido a la alegría y a la admiración que sentía ante mi Benevolencia y mi Enseñanza, olvidó por completo que ya no le quedaba nada de comer. Al caer la tarde empezaron a sentir hambre y se preguntaban entre sí si alguien tenía algunas provisiones. Pero desde el día anterior nadie tenía ya ni un pedacito de pan.

2. Como Yo era consciente de ello, llamé a los discípulos y les dije: «¡Escuchadme! Me compadezco de la muchedumbre porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos hambrientos para que la vuelta no les resulte penosa: algunos han venido desde muy lejos. ¡Dadles de comer!».

3. «Señor», respondieron los discípulos, «Tú sabes que se han agotado las provisiones. ¿De dónde sacaremos en este desierto todos los panes que hacen falta para saciar a tanta gente?».

4. «¿Cuántos panes os quedan todavía?», pregunté a los discípulos.

5. «Todavía quedan siete hogazas de pan y algún pescado en buen estado», respondieron.

6. «Traedlos aquí», les ordené.

7. Los discípulos trajeron pues los panes y los peces y Yo los bendije. Entonces mandé a la muchedumbre que se recostara en el suelo, cogí los panes y los peces y, dando gracias al Padre que habita en mi corazón en su plenitud, los partí y los di a los discípulos y ellos a la gente. Y comieron todos lo que quisieron y se saciaron completamente. Y se recogieron de los pedazos que quedaron siete espuertas llenas. Los que habían comido eran cuatro mil hombres, sin contar otras tantas mujeres y niños.

8. Una vez saciada la muchedumbre, les mandé volver a casa puesto que el día se estaba acabando, lo que hicieron acto seguido. Todos, mayores y pequeños, me dieron las gracias y emprendieron el camino de regreso.

9. Cuando al cabo de media hora la muchedumbre se dispersó y sólo quedábamos en la cumbre los discípulos y Yo, también nosotros emprendimos el descenso hacia orillas del mar donde había un barco esperando una carga de pasajeros. Les vinimos muy bien a los marineros, los cuales se inclinaron ante Mí cuando me vieron pues me conocían de Caná de Galilea, razón por la cual tampoco me pidieron dinero alguno y me rogaron que bendijera su nuevo negocio.

10. «Si no es mucha vuelta para vosotros», les dije, «llevad el barco cerca de Mágdala, tengo allí algo que hacer».

Los marineros levaron anclas y un viento favorable nos llevo en poco tiempo a las cercanías de Mágdala.

Jesús en la región de Cesárea de Filipo (Mt 16)

Capítulo 174. Unos fariseos y saduceos tientan al Señor (Mt 16, 1—12)

1. En la región fronteriza había un gran albergue en el que se reunía siempre mucha gente de toda clase y procedencia: judíos, griegos, romanos, egipcios, samaritanos, saduceos, esenios y también escribas y fariseos. Cuando llegué con mis discípulos, sobre todo los escribas y los fariseos quisieron informarse de quién era Yo y quiénes mis discípulos. Pero esa tarde nadie supo quiénes éramos.

2. En el albergue había también una criada que había estado entre la muchedumbre en el monte y había sido curada de su lepra. Me reconoció, cayó de rodillas ante Mí y me dio otra vez las gracias por haberla curado, cosa que vieron algunos fariseos, los cuales empezaron a sospechar que Yo era el famoso Jesús de Nazaret.

3. La tarde de mi llegada nos dejaron tranquilos a Mí y a mis discípulos. Pero durante la noche, y teniendo en cuenta que el día siguiente era precisamente postsábado, se confabularon con los saduceos para ver cómo podrían tentarme en hechos y palabras.

4. Cuando a la mañana siguiente desayunaba al aire libre con mis discípulos y les decía que en este lugar no había mucho que hacer, se me acercaron los fariseos y los saduceos y, fingiendo mucha amabilidad, quisieron ponerme trampas desafiándome con diversas preguntas. Alabaron mis obras, ya famosas, e intentaron enredarme con la conversación. Uno de los saduceos incluso llegó a decir: «Maestro, nos gustaría seguirte y convertirnos en discípulos tuyos, si Tú, —hijo de Dios como muchas personas te llaman— nos mostraras una señal del Cielo. Haz un milagro delante de nuestros ojos, y seremos Tuyos».

5. Yo, sin embargo, vi lo que había en sus corazones. Cada palabra suya era la mentira más maliciosa. Por eso les respondí: «Por la tarde decís: “Mañana hará buen tiempo, pues el cielo está colorado”. Y a la mañana siguiente afirmáis: “Hoy hará mal tiempo, pues el cielo está colorado y oscuro”. ¡Hipócritas! Sabéis discernir el aspecto del cielo, pero no sabéis discernir las grandes señales de los tiempos en la esfera de la Vida espiritual de los hombres. Habiendo escuchado, como decís, tantos sucesos extraordinarios, y asegurando que entendéis la Escritura, ¿no os dais cuenta que en Mí se realiza todo lo que los profetas han anunciado? Vuestros modales pueden ser tan dulces y amables como queráis, pero vuestros corazones están llenos de hiel, odio, fornicación y adulterio».

6. Estas palabras tocaron profundamente a los embaucadores, de modo que se fueron avergonzados y no se atrevieron a dirigirme ninguna palabra más, pues la muchedumbre que se había reunido alrededor los miraba extrañada.

7. Cuando se alejaron, la multitud me felicitó por haber dicho la cruda verdad a estos sectarios.

8. Sin embargo no me entretuve con la multitud —que en el fondo tampoco era mejor— y dije de pasada a los discípulos: «Esta especie malvada y adúltera quiere una señal mía; pero no se le dará otra sino la del profeta Jonás». Acto seguido me fui con mis discípulos, subimos al barco que nos estaba esperando todavía y les dije a los marineros que volvieran a llevarnos al sitio de donde habíamos venido.

9. Durante la travesía, conversamos animadamente bajo un sol espléndido sobre los lugares y las personas que nos habían acogido bien. Pero sólo cuando llegamos otra vez al pie del monte dónde muchos miles de personas habían sido saciadas con siete panes y algunos peces, los discípulos se acordaron que habían olvidado comparar pan antes de embarcar. Algunos de ellos decidieron entonces ir a buscarlo o incluso volver a Mágdala a donde, con buen viento, se podía llegar en una hora.

10. Pero cuando me pidieron un consejo adecuado, les dije: «¡Haced lo que queráis! Pero tened cuidado con el moho de fariseos y saduceos».

Cuando los discípulos escucharon estas palabras mías, pensaron entre sí: «Es una pequeña reprimenda por haber olvidado traer pan».

11. Siendo consciente de sus pensamientos temerosos, les dije: «¡Hombres de poca fe! ¿Por qué os preocupáis por no haber traído pan? ¿Ya no recordáis los cinco panes repartidos entre cinco mil personas antes del viaje a Genesaret y cuántas cestas llenas sobraron? ¿Tampoco los siete panes de ayer repartidos entre cuatro mil, sin contar mujeres y niños, y cuántos canastos llenos recogisteis? ¿Cómo no habéis entendido que no os hablaba del pan que no habéis traído sino que lo que os dije, “tened cuidado con el moho de fariseos y saduceos”, había que aplicarlo a la falsa doctrina que estos hipócritas siembran entre el pueblo con dulces maneras, con promesas esperanzadoras, riéndose en secreto cuando atrapan a una buena cantidad de pobres almas ingenuas?

12. ¿Quién sino los saduceos predican más fervorosamente la inmortalidad del alma humana y quién sino ellos hablan de un Edén eterno, del purgatorio y del infierno? Pero ellos mismos no creen nada de lo que dicen, por lo que son los mayores blasfemos. ¿Entendéis ahora lo que quise decir con lo del moho?». Entonces los discípulos cayeron en cuenta que no les había dicho que se guardasen del moho del pan sino de la mala doctrina de fariseos y saduceos. Durante la noche nos quedamos en el barco donde nos dieron algo de pan y pescado.

13. Al día siguiente mandé que algunos discípulos se adelantaran hacia Cesárea de Filipo, una pequeña ciudad fortificada en la región griego—galilea, situada un poco tierra adentro. Les pedí que averiguaran si los habitantes de allí ya habían oído algo de Mí y qué es lo que pensaban.

14. Algunos discípulos que conocían muy bien aquella región, partieron hacia el lugar inmediatamente después del desayuno y preguntaron a mucha gente lo que habían escuchado y lo que pensaban de Mí. ¡Cuál no sería su asombro cuando vieron que en ese lugar, que Yo nunca había pisado, todas las personas interrogadas contaban muchas cosas sobre Mí!. Como los discípulos fingían saber algo sólo a través de terceros, dichas personas tuvieron oportunidad de explayarse ampliamente.

15. Es fácil imaginar que en lo que contaban había también muchas exageraciones; por ejemplo una, cuya divulgación prohibieron seriamente los discípulos a quien se la dijo. Contaba nada menos que Yo era capaz de crecer hasta un tamaño gigantesco y a continuación transformarme en un enano del tamaño de un dedo. También que en un momento dado era viejo y al instante completamente joven, o que me convertía en una mujer. Algunos incluso decían haber oído que podía transformarme en animal.

16. Cualquier persona sensata podrá comprender que los discípulos prohibieron severamente estas historias. Pero cómo fue posible que surgieran semejantes disparates, incluso en lugares donde Yo había enseñado y sanado, es algo que sigue siendo un enigma hasta para más de un ángel del Cielo. Sobre esas fabulaciones se basa la aparición incontrolada de unos cincuenta evangelios apócrifos, quemados por el concilio eclesiástico oriental, lo que fue un acierto porque, en el fondo, sólo los Evangelios de Juan y de Mateo son totalmente auténticos, al igual que los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas y el Apocalipsis de Juan. Los Evangelios de Marcos y de Lucas tienen un importante valor espiritual, aunque en algunos pequeños episodios difieren del de Mateo. Una vez sabido esto, continuemos el relato evangélico.

Capítulo 175. El Señor en una choza en el término de Cesárea de Filipo (Mt 16, 13)

1. Mientras los discípulos enviados como avanzadilla se informaban sobre el terreno tanteando a los habitantes de la región de Cesárea de Filipo, permanecí en la bahía cercana al monte. Pero pocas horas antes de la puesta del Sol también Yo me puse en marcha con los demás discípulos, y llegué al término de Cesárea de Filipo antes del anochecer. Encontré a los discípulos que se habían adelantado en una pobre choza cuyos humildes habitantes estaban preparándoles la cena.

2. Preguntaron inmediatamente quiénes éramos y se les explicó sin rodeos que Yo era el mismo Jesús del que habían estado hablando anteriormente.

3. Cuando el amo de la casa lo oyó, dejó todo de lado, se arrodilló ante Mí, y dijo: «¿Qué cosa buena he hecho yo, pobre pecador, para que me hagas llegar una Gracia tan inestimable como esta? Santo hombre de los Cielos que has sido enviado a nosotros, pobres pecadores de la Tierra, ¿cómo podré yo, pobre hombre ingenuo, honrarte y alabarte dignamente? ¿Qué puedo hacer que te agrade?».

4. «Amigo», le respondí, «levántate y mira si podemos cenar pan, pescado y algo de vino. Si también puedes procurarnos un sencillo lecho para descansar, habrás hecho todo lo que deseo de ti».

5. Acto seguido, el pobre amo de la casa se levantó y dijo con mirada triste: «Buen Maestro, lo que tengo te lo doy, porque a mi choza llegó un inmenso honor y Gracia. Sé que Tú eres un hijo de David y, además, un gran profeta. Para hoy y para mañana tengo pan y pescado, pero el vino es más difícil de conseguir, no sólo en mi casa sino en toda la región hasta Cesárea de Filipo. Tengo un poco de zumo de frambuesa y de mora, pero ya es algo viejo y se ha agriado. Nosotros lo tomamos para saciar la sed con agua y con un poco de miel.

6. También tengo algunas cazuelas llenas de leche de cabra cuajada. Quizá te agrade, pues con pan es una buena comida».

7. «Bien, trae lo que tengas», le dije. «Pero veo que guardas en tu casa varios pellejos de vino. Si no lo cosechas, ¿para qué estos pellejos?».

8. «Sí, sí, pellejos tengo porque yo mismo los fabrico. Pero jamás hubo en ninguno una gota de vino. He hecho unos cincuenta para el próximo mercado que se celebrará en la ciudad y los vendo a una moneda la pieza».

9. «Ve y llena todos los pellejos de agua», le dije.

10. «Buen Maestro, ¿de qué servirá?».

11. «Amigo, no preguntes y haz lo que te mando: serás feliz temporal y eternamente».

12. Tras estas palabras mías, el hombre llamó a su mujer y a sus ocho hijos adultos —seis hijas y dos hijos— y todos se pusieron a llenar los cincuenta pellejos con agua del pozo. Cuando acabaron, me preguntó qué debía hacer con ellos.

13. «Llévalos todos a la fresca cueva que está detrás de tu casa», le ordené.

14. El hombre que tenía guardada su paja en la cueva, la esparció por todo el suelo y, ordenadamente, colocó encima todos los pellejos llenos de agua. Terminado el trabajo, salió de la cueva y dijo: «Señor y Maestro, todo se ha hecho tal como me lo has mandado. ¿Hay que hacer algo más?».

15. «Todo está bien», le respondí. «Ahora llena algunas de tus mejores jarras de uno de los pellejos y prueba si te gusta el agua así preparada».

16. El pobre hombre se fue a llenar doce jarras. Sólo con abrir un pellejo ya se sentía un delicioso perfume de vino; pero cuando probó un poco, quedó atónito por la sorpresa y dijo a sus hijos que le ayudaban: «Esto sobrepasa el entendimiento de cualquiera. El agua con la que hemos llenado los pellejos y la que acabo de poner en las jarras, se ha convertido en un noble y excelente vino. Probadlo para convenceros vosotros mismos».

17. Los hijos probaron y no acababan de asombrarse del milagro. El mayor dijo: «Padre, tú sabes que conozco bien la Escritura. Conozco todos los profetas y sus hechos, pero un milagro así ninguno lo ha realizado. Este forastero debe ser más que un profeta».

18. «Sí, padre, a nosotras nos parece lo mismo», añadieron las hijas. «A lo mejor es Elías que ha de volver a la Tierra a preparar a los hombres para la Venida del gran Mesías. ¿O quizás es el mismo Mesías?».

19. «Tanto puede ser lo uno como lo otro», dijo el padre. «Pero ¿cómo ha sucedido esto tan de repente y tan inesperadamente?».

20. Mientras el hombre cavilaba sobre el asunto, llegó su mujer corriendo y exclamó casi sin aliento: «¡Venid, venid y ved lo que ha pasado! Nuestra despensa está llena de los mejores alimentos. No lo puede haber hecho nadie más que el Maestro que llegó hace una hora a nuestra casa pidiéndonos cena y alojamiento».

21. «De eso no hay duda», respondió el hombre. «Pero ¿quién es? ¿Quién nos puede responder esta pregunta? Si decimos: “Es un profeta”, diremos demasiado poco. Si decimos: “Es un ángel”, tampoco añadimos mucho más. Pero si decimos: “Es un dios”, entonces habremos dicho demasiado, pues Dios es sólo espíritu. Este, sin embargo, es de carne y hueso. ¿Será quizás un dios griego, Zeus o Apolo? Pero lo que importa ahora es sacar vino, pan y pescado con toda humildad, amor y agradecimiento, pues este gran favor es insuperable».

22. Vino pues el hombre con las jarras llenas de vino y su mujer e hijos con pan, pescado y otras comidas. Se inclinó profundamente ante Mí y dijo con voz muy humilde: «¡Oh, Señor y Maestro! ¿Quién eres Tú que puedes hacer estas cosas con la sola Voluntad? Tiemblo de veneración por Ti. No es posible que seas un hombre corriente como nosotros, pero ¿quién eres entonces, para que podamos honrarte dignamente?».

23. «Amigo, te diré algo con lo cual podrás hacerte una idea por ti mismo», le respondí. «Cuando por la mañana notas que cada vez hay más claridad y que el cielo se colorea, dices: “Está saliendo el Sol”. Pero también hay claridad cuando sale la Luna. Sin embargo, tras la salida de la Luna no viene la aurora. Y cuando la Luna llena ilumina suavemente la Tierra con su luz plateada, ninguna flor abre sus pétalos para respirar estos rayos fríos que no vigorizan.

24. Las nubes pequeñas, heraldos luminosos del Sol bañados en su poderoso resplandor, dan mucha más luz que la Luna llena. Pero si a estos mensajeros no les siguiera el Sol, toda la Tierra sería como la región yerta de medianoche55, donde durante casi nueve meses del año no llega un rayo del Sol. Algo parecido sucede también en el mundo eterno del Espíritu, gracias al cual surgió y sigue existiendo el mundo material.

25. Surgen muchos maestros y profetas para adoctrinar a los hombres de una u otra manera. De vez en cuando hay algo de verdad en sus enseñanzas, pero esa chispa de Verdad está acompañada por miles de mentiras que, con ella en su centro, tratan de aparentar que son la Verdad misma. Todos esos maestros, profetas y sus doctrinas son parecidos a la luz de la Luna que cambia su luz constantemente y, muchas veces, cuando más falta hace que luzca en la noche, ni siquiera aparece.

26. Además de los maestros y profetas falsos, también los hay verdaderos, cuyos ojos, corazones y bocas irradian la Luz de Dios. Se parecen a las nubecillas iluminadas que anuncian la salida del Sol. Aunque si no hubiera más que las nubecitas resplandecientes —es decir, los profetas verdaderos— el interior de los corazones de los hombres acabaría pareciéndose a la región de la medianoche de la Tierra: yerto, frío y muerto.

Pero a las nubecillas verdaderas que anuncian el Sol, les sigue el Sol mismo y con el primer rayo que lanza sobre las montañas y valles oscuros de la Tierra, todo empieza a despertarse y se llena de vida y alegría. Los pájaros trinan sus cándidos salmos a la madre de la luz y del calor; los insectos vuelan en el aire herido de luz y ofrecen su alegre zumbido a la maravillosa madre del día; las flores de los campos abren sus pétalos y exhalan su delicado perfume.

27. De esta exposición cierta puedes deducir todo lo necesario para llegar en tu interior a la Luz y para que me pongas en tu corazón en el lugar que me corresponde. Ni el brillo de las estrellas, ni el de la Luna, ni el de las mañaneras nubecitas resplandecientes son capaces de despertar la vida encerrada en la materia de la Tierra y de elevarla a su plena libertad: únicamente puede hacerlo la luz del Sol.

28. ¿Quién, entonces, puede ser Aquél a cuya Voz y Voluntad obedecen los espíritus presos en la materia convirtiéndose en lo que Él quiere? ¿Y quién es Aquél cuya Venida han profetizado todos los verdaderos profetas?».

29. Estas palabras dejaron perplejo al hombre que, sumido en sus pensamientos, se fue con los suyos a la cabaña para no molestarnos en manera alguna durante la cena.

Capítulo 176. Testimonio de los discípulos sobre Cristo (Mt 16, 13—20)

1. Acabada la cena, la familia de la choza nos preparó lo mejor que pudo unas camas para la noche. El hombre les dijo a su mujer y sus hijos: «¡Escuchad! Este forastero es sin duda el Mesías prometido. Entonces es Jehová mismo, el eterno Sol primario del mundo espiritual al que han precedido todos los profetas iluminados por la Luz divina como las nubecillas matutinas. No sé qué hacer. No me atrevo hablar con Él, el Santísimo, al que, aunque no los veamos, seguramente sirven innumerables ángeles que reciben órdenes suyas a cada instante y las ejecutan a la velocidad del pensamiento atravesando el universo hasta el fin del mundo. ¡Y Éste, al que obedecen los Cielos eternos, se queda hoy a descansar en nuestra pobre choza!

2. ¡Estad jubilosos! La Tierra entera es indigna de esta inmensa Gracia, no digamos nuestra mísera choza y nosotros mismos, que no somos sino pecadores».

3. Mientras el hombre de la choza hablaba con su familia sobre mi persona, pregunté a mis discípulos, especialmente a los que habían ido a informarse a la región: «La gente de aquí, ¿Quién dicen que soy?».

4. Ellos contestaron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista resucitado. Otros creen que eres Elías, del cual está escrito que volverá a la Tierra antes del gran Mesías y exhortará a todos los hombres a que hagan penitencia y vuelvan seriamente a Dios. Otros dicen que eres el profeta Jeremías, que el pueblo cree que bajará de los Cielos antes del Mesías. También hay quien dice que podrías ser uno de los otros profetas, pues antes de que venga el gran Mesías deben precederle todos ellos. Estas son las opiniones más favorables sobre Ti. Pero hay también otras que tuvimos que desmentir, dando explicaciones a la gente para que tuvieran una idea más correcta. Muchos incluso creen que eres el Zeus de los griegos disfrazado».

5. «Y bien», les contesté, «¿Quién creéis vosotros que Yo soy? Os lo pregunto seriamente, pues más de una vez me he dado cuenta que cuando veis mis hechos mundanos opináis sobre Mí de otra manera que cuando he realizado un gran milagro. Así que decidme abiertamente quién creéis que soy, reflexionando con vuestro entendimiento de manera seria y realista».

6. Estas palabras dejaron perplejos a los discípulos y, excepto Simón Juda, no supieron qué contestar. Judas Iscariote dijo a Tomás: «¡Ahora puedes hablar! Siempre pretendes ser muy sagaz y muy sabio. Contestar esta pregunta del Maestro será para ti un juego de niños, ¿no?».

7. «¡Habla tú si crees saber tanto!», dijo Tomás. «Yo le tomo por Aquél que Él mismo ha dicho hace tiempo que es: “Yo soy un hijo del hombre y Dios es mi Padre y vuestro Padre”. Si Él testimonia así sobre sí mismo, ¿qué otro testimonio válido pudiéramos pedir a nuestro entendimiento? Hace obras que hombre ninguno ha hecho desde tiempos de Moisés y los demás profetas. Si lo tenemos en cuenta, veremos que es el Espíritu de Dios que actúa a través de un hombre puro, elegido por Él. Sabido es que al Espíritu de Dios lo mismo le da mover o destruir montañas a través de un hombre elegido que hacer cualquier pequeño milagro mediante un profeta,».

8. «Así pues, ¿crees que es un profeta?», preguntó Judas Iscariote.

9. «Ciertamente», respondió Tomás, «además, el mayor que jamás ha pisado esta Tierra, lo que no es mérito suyo, sino únicamente de Dios. Pues sólo Dios puede despertar a un hombre para que sea profeta, tal como lo hizo con Samuel cuando todavía era un niño, y como convirtió en verdadero profeta a la burra del falso profeta Balam y después, a través de ella, también al mismo Balam. Si aceptamos este hecho y el testimonio que Jesús mismo da de sí, es decir, que es un hijo del hombre aunque la Fuerza divina milagrosa esté en Él y se exprese de vez en cuando a través del Yo divino, según mi humilde opinión no podemos dar entonces otro testimonio sobre Él que el que Él mismo da. Él es un Hijo predilecto de Dios, como también lo somos nosotros aunque no en el mismo grado inmenso que Él».

10. Judas Iscariote tomó la palabra : «Entonces, ¿que hacemos con la opinión de muchos de que Él es el Mesías prometido y con la de los romanos y griegos más cultos que le toman por el único Dios verdadero y todopoderoso?».

11. «Tienen igualmente razón», respondió Tomás. «Pues la fuerza de Dios que está en Él, es también el único verdadero Mesías e incluso Jehová mismo».

12. Con esto Judas Iscariote se quedó satisfecho; Yo no hice ningún comentario.

13. Sin embargo Pedro se dio cuenta de mi silencio, se levantó y dijo: «Señor, veo que también entre los hermanos existen opiniones diferentes sobre Ti. Permíteme entonces que —a causa de los hermanos— yo también exprese abiertamente mi testimonio».

14. «¡Hazlo! ¿Tú qué piensas?».

15. Pedro, también llamado Simón Juda, dijo: «Desde el fondo de mi alma confieso ante todo el mundo que Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo».

16. «Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jona», le dije, «porque no es la carne ni la sangre quien te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los Cielos.

17. Y Yo te digo que tú eres Pedro, roca, y sobre esta roca edificaré mi comunidad, y las puertas del infierno serán impotentes contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos y cuanto atares en la Tierra será atado en los Cielos, y cuanto desatares en la Tierra será desatado en los Cielos».

18. Entonces dijo Pedro: «Señor, te agradezco esta inmensa Gracia, de la que me siento totalmente indigno porque siempre fui un gran pecador y, lamentablemente, sigo siéndolo. Pero en lo que se refiere a atar y desatar, he de admitir que no lo entiendo. ¿Podrías aclararme un poco más qué es lo que eso significa?».

19. «Se te aclarará totalmente cuando llegue el momento adecuado», le dije. «Pero, por ahora, os ordeno no decir a nadie que Yo soy Jesús, el Cristo mismo».

20. Tras esta importante conversación, Mateo, el escribiente, preguntó si tenía que ponerlo todo por escrito.

21. «No tienes que escribir el milagro de hoy ni la conversación entre Tomás y Judas Iscariote. Pero sí las importantes palabras que hablé con Pedro. Y escribe siempre tal como Yo te pongo las palabras en el corazón, así todo estará correcto y de la mejor manera».

Con esto el escribiente se dio por satisfecho y se fue a descansar. Pero nosotros nos quedamos en la mesa hasta cerca de medianoche, hora a la que llegaron los inquilinos de la casa y nos hicieron una agradable compañía.

Capítulo 177. El hombre de la choza cuenta historias crueles del Templo

1. El hombre de la choza, llamado Marco, sabía muchas historias de escribas y fariseos, los cuales se creían muy sabios. Entre otras cosas nos contó las crueldades ocultas del Templo y cómo se volvían enemigos encarnizados de todo aquél en quien notaban alguna tendencia espiritual y, por lo tanto, profética. Dijo que a muchas de esas personas con tendencias espirituales las mataban en secreto. Al principio las invitaban amablemente, honrándolas e incluso estrechándoles la mano amistosamente. Pero tan pronto entraban en los aposentos traseros del Templo donde vivían los fariseos principales, ya podían despedirse de este mundo pues no se les volvía a ver jamás.

Y añadió que resultaba incomprensible cómo Dios podía seguir permitiendo estas atrocidades. En Sodoma y Gomorra sucedían cosas terribles, pero sin comparación con lo que pasa en Jerusalén. Sin embargo Dios, desoyendo los muchos ruegos de Abraham, mandó desde el cielo un fuego que las arrasó a ambas y a las aldeas limítrofes. Y ahora, pese a la cantidad de brutalidades que se cometen día tras día en Jerusalén, Dios, el Señor, parece que se desentiende de ello sin preocuparse de los hombres. ¿Cuál será la razón de esta actitud?

2. «Amigo», le respondí, «Dios sabe todo lo que pasa. Él conoce las numerosas atrocidades que hacen los escribas y fariseos. Yo vine a este mundo para que esta camada de víboras pueda colmar por completo su medida del mal, actuando contra Mí mismo. Cuando llegue este momento, ¡ay de ellos!».

3. «Sí, Señor, Maestro y bienhechor de la humanidad», dijo Marco. «Si no puedes despachar al otro mundo a miles de personas con un soplo, te compadezco si se te ocurre ir a Jerusalén y hacer obras milagrosas. Soy ciertamente un hombre sencillo, pero comprendo más cosas que las que nunca pudo soñar ningún fariseo. A sus ojos —porque a menudo me encuentro con ellos— finjo ser un pobre diablo para que no puedan sospechar en absoluto que poseo conocimientos secretos.

4. Puesto que me tratan ya hace algún tiempo y me toman por un idiota que no sabe ni contar hasta tres, a menudo me dejan ver sus secretos maliciosos. Así me he enterado de cosas que —lo tengo que confesar— me han hecho dudar algunas veces de la existencia de Dios. Pues pienso que si, como nos enseña la Escritura, existe un Dios todopoderoso, omnisapiente, justo y bondadoso que lleva la humanidad en su Corazón, es imposible que permita tales barbaridades.

Por eso llegué a la conclusión de que no existe Dios alguno. Según Platón, el hombre desciende corporalmente del mono y anímicamente de las bestias salvajes, motivo por el cual siempre debe haber a la cabeza de una comunidad numerosa un Sansón56 fuerte y sabio, capaz de sacar a latigazos lo animal de este ser de doble identidad que se llama “hombre” para que, después de años, aparezcan los primeros rasgos de un ser verdaderamente humano.

5. Estos pensamientos y otros peores atormentaban a menudo mi ánimo cuando conocía los actos atroces de esta camada de víboras, como Tú los llamas justamente. Por eso, Señor y Maestro, si tu intención es ser despachado de este mundo de la manera más cruel y dolorosa, ve a Jerusalén, y sabrás que te he dicho la pura verdad sin que para ello necesite ser profeta.

6. Para ponerte sólo un ejemplo de la basura con la que nos encontramos en el Templo, te contaré brevemente lo que yo mismo vi hace poco. Lo que me resulta inexplicable es quién puede haber incitado a esta ralea de víboras a hacer algo parecido, porque para algo así ni siquiera Satanás es suficientemente malvado».

Capítulo 178. Una historia sobre el Templo

1. «En el Asia Menor interior», empezó relatando Marco, «hay una zona habitada donde las mujeres frecuentemente no son fértiles. Es un hecho sabido, cuya causa ignoro, que si estas mujeres cohabitan con judíos o samaritanos son tan fecundas como las nuestras. Pues bien, los fariseos, que envían sus sagaces espías por todo el mundo, conocían hacía tiempo su existencia y muchas veces acudían allí en masa para fecundarlas. Esto fue siempre considerado como un “servicio amistoso” bien pagado.

Pero la cosa no paró aquí porque, poco a poco, los varones de la región empezaron a darse cuenta del engaño del que eran víctimas. Sus mujeres no se quedaban realmente embarazadas en el instituto de fecundación que los misioneros de Jerusalén habían establecido hacía mucho en la frontera de aquellas comunidades, sino que compraban aquí, y también en Judea, niños recién nacidos y los llevaban a ese establecimiento donde las mujeres —aunque estériles, ciertamente hermosas y bien hechas— tenían que estar diez meses.

Al cabo de los diez meses, durante los cuales tales hembras eran cohabitadas por esos apóstoles lascivos del Templo casi hasta la muerte, se les presentaba los recién nacidos comprados, tan astutamente que incluso ellas creían que los niños eran suyos. Pero, como ya he dicho, con el tiempo los hombres de esas bellas hembras se enteraron del engaño a través de un samaritano honrado que los informó de los tejemanejes de los presuntos apóstoles piadosos de Jerusalén, la ciudad de Dios.

2. Los hombres engañados fueron entonces a ver a los “apóstoles” al instituto de fecundación y les dijeron claramente lo que habían oído del ciudadano de Sicar, cosa que también sus mujeres les habían confirmado.

3. Sin embargo los “apóstoles”, ungidos con un bálsamo de la peor especie, encontraron una “buena” salida al dilema hablando tan mal de los samaritanos que los denunciantes empezaron a creer seriamente que la única culpa de la esterilidad de sus mujeres era de esos samaritanos, considerados ya desde hacía años como judíos apóstatas.

4. Así que los buenos samaritanos fueron objeto de un juramento de venganza doble. Primero el de los fariseos, porque un samaritano los había denunciado. Segundo, el de los mismos maridos de las mujeres infecundas que empezaron a creer la acusación de los fariseos: que los samaritanos eran unos magos malvados, creencia que se basaba en un hecho histórico ocurrido hace muchos años, cuando una vez un samaritano fue asesinado por cohabitar con una de aquellas mujeres.

Para colmo, los fariseos hicieron creer a la gente que poseían un remedio muy eficaz que podrían recomendar a los maridos de las mujeres infecundas e incluso facilitárselo directamente contra el pago de cierta suma.

Y ahora, Maestro, viene lo más inaudito e increíblemente satánico».

5. «¡Sigue contándolo!», le animé. «Aunque Yo no lo necesito, pero para que lo sepan mis discípulos».

6. Marco prosiguió su relato: «¿En qué creéis que consistía el remedio recomendado por el Templo de Jerusalén, contra pago de mucho dinero, para hacer fecundas a las mujeres de la región ? Según el consejo de esos embaucadores consistía nada más ni nada menos en que los habitantes de la región procuraran conseguir la sangre de los niños de los samaritanos y, cuando sus varones llegaran a la edad núbil, beberla, bien fresca o seca en polvo. Y también las mujeres, cada vez antes de la cohabitación.

Esto, decían los malvados, anularía el poder mágico de los samaritanos y haría que las mujeres fueran fecundas de nuevo.

Pero, ¿cómo conseguir sangre de los niños samaritanos?

De eso ya se ocuparían los del Templo, cobrándolo por supuesto.

7. Entonces los del Templo prepararon un contrato y los hombres de aquella región lo aceptaron. Y los fariseos empezaron una verdadera caza de niños de samaritanos, la cual aún continúa hoy día57.

8. Llevan los niños de uno a doce años al susodicho establecimiento de fecundación y los alimentan durante cierto tiempo de una manera que favorece la producción de sangre. Cuando tienen una salud perfecta y están repletos de sangre, los llevan al matadero y los entregan a matarifes especialmente encargados, y pagados, de esta tarea.

Les vendan fuertemente las manos y los pies y los atan a un palo colocado en medio de una especie de bañera. Después vendan los ojos de los desgraciados niños y les cortan las venas. Mientras los desamparados se desangran y mueren a los pocos momentos, los que se llaman “apóstoles de Dios” se dan a la buena vida. Los restos mortales de los niños así asesinados los queman en una gran estufa, especialmente construida para ello, y la sangre fresca así recogida o convertida en polvo, se vende para lo que expliqué antes.

El mismo infierno debe haber bendecido este remedio más que satánico, porque se dice que las mujeres que toman la sangre se vuelven realmente fecundas.

9. Si Dios no es una vieja fábula judía, deberá encontrar una solución. Pero hasta hoy no ha intervenido. ¿Cómo es posible que Dios siga presenciando tranquilamente estas crueldades sin hacer nada, al igual que permitió que, por orden de un tirano, hace aproximadamente treinta años mataran en Belén de la manera más cruel a los niños varones de uno a doce años, aproximadamente cinco mil?

10. Como he aprendido de la Escritura, Dios es sumamente bueno, sabio y misericordioso. Pero si observo todas estas atrocidades con la mente fría, no me queda otro remedio sino creer que o no existe Dios alguno o se trata de un dios que no se preocupa en absoluto por los hombres de este mundo. Si hablo así es porque en mi pecho late un corazón lleno de amor hacia la pobre humanidad.

11. Si en Ti, Señor y Maestro, hay algo de divino, entonces ¿por qué no realizas un milagro y destruyes a estos degenerados diablos del Templo? No dudo en absoluto que seas capaz de hacerlo porque lo que he visto hoy en mi casa es una demostración más que suficiente de que para Ti —si Tú lo quieres— todo es posible: Tú eres más que todos los profetas juntos».

Capítulo 179. Excitación de los discípulos a causa de la historia sobre el Templo

1. «Amigo», le respondí, «lo que acabas de contar apenas es sombra de lo que Yo veo y sé. Pero te falta conocer más profundamente el Orden divino, por lo que incluso culpas —quizás con alguna razón— la aparente pasividad de Dios. Puesto que tu corazón es sincero y verdaderamente bueno, me quedaré seis días contigo y con los tuyos para explicaros todo lo que para vosotros es oscuridad total. Y como ya es casi medianoche, vayamos a acostarnos a las camas que nos has preparado».

2. «Señor, hoy lo mismo da que sigamos despiertos o que nos acostemos, en las camas o aquí al aire libre», dijeron los discípulos. «El relato del amigo Marco nos ha quitado el sueño por completo y no podremos dormir por nada del mundo. Nuestra sangre hierve de ira contra esas bestias que pretenden ser hombres del Templo. Para comportarse así, sería mil veces mejor no haber nacido. Señor, ¡permite que el fuego del cielo caiga sobre ellos! Lo que acabamos de oír excede en mucho lo que sabíamos».

3. «Precisamente por eso debéis dormir», les respondí, «y apaciguar vuestra ira. Mañana, cuando la sangre se os haya calmado un poco, podremos hablar mejor sobre este asunto».

Tras estas palabras mías todos se fueron a descansar sin protestar.

4. La mañana del día siguiente llegó pronto y nos levantamos recuperados y con nuevas fuerzas.

5. Al salir fuera, dijo Simón Juda: «Señor, he dormido efectivamente un buen rato; pero el relato de nuestro anfitrión Marco no se me va de la cabeza. ¡Eso no tiene precedentes! En verdad yo mismo no entiendo a veces tu paciencia y tranquilidad. Cuando pienso que a nosotros, que estamos apegados a Ti como niños, nos tratas sin miramientos y nos castigas con una palabra o con una mirada tal que no nos atrevemos a volver a preguntar nada después, no comprendo cómo eres capaz de permitir tranquilamente durante siglos que se cometan estas atrocidades sin que te molesten. Tú puedes mirar pacientemente donde nosotros reventaríamos. Y donde ni nuestro ojo ni nuestros sentidos ven ni perciben nada, Tú estás completamente alerta y actúas como si la salvación de toda la Creación dependiera de ello.

6. Señor, estas son cosas que no podemos entender en absoluto. Marco seguramente está en lo cierto cuando piensa de Dios de la manera que expresó ayer tan ingenuamente. Es seguro y cierto que Tú, oh Señor, recompensas abundantemente en la eternidad a todos los mártires por los momentos de sufrimiento que han padecido en la Tierra. Sin embargo sigue siendo una pena terrible y amarga ser martirizado de forma tan dolorosa por unos hombres malvados. Y hay que tener en cuenta, Señor, que aunque la tortura sólo dure poco tiempo, para el torturado resulta una pequeña eternidad».

7. «Ya os dije ayer, a ti y a Marco, que os explicaré estas cosas durante mi estancia aquí. Así que esperad hasta que llegue el momento apropiado. Ahora id y ayudadle a traer el pescado a la orilla, pues hoy se fue muy temprano a su trabajo. Yo le bendije y por eso necesitará ayuda para guardar los pescados en cajas y traerlos».

Capítulo 180. La pesca bendecida. Sobre el estiércol del Templo

1. Acto seguido, todos los discípulos fueron a ayudar a Marco y sus hijos. Los dos varones, aunque todavía jóvenes, eran muy fuertes; pero las cuatro hijas mayores ni juntas tenían la misma fuerza que uno de ellos.

2. Una vez guardada la pesca con ayuda de los discípulos y mientras Yo estaba sentado en un cómodo banco del jardín, Marco, bañado en sudor, vino hacia Mí y me dijo: «Señor y Maestro, dirás lo que quieras, pero estoy seguro que al igual que ayer llenaste mis cincuenta pellejos de un vino excelente, hoy has hecho también que la pesca sea abundante y maravillosa como nunca. Por eso he venido corriendo a darte las más sinceras gracias. Con el corazón conmovido y pleno de reconocimiento te agradezco, oh Señor y Maestro, todos los inmensos beneficios que has querido depararnos a mí y a los míos.

3. Eché la red grande, que tiene ciento cincuenta varas58 de largo y una hondura de siete59, y cuál no fue mi asombro cuando se llenó de los mejores pescados. Ahora las diez cajas grandes están repletas pues pudimos sacar los peces a tierra de una sola vez. Si estás de acuerdo, haré que mi mujer, que es muy mañosa, prepare inmediatamente algunos para el desayuno».

4. «Hazlo, pues tengo mucho apetito», le dije. «Después puedes mandar que tus hijos lleven varios barriles de pescado a Cesárea de Filipo para venderlos a buen precio».

5. Marco se inclinó ante Mí y se fue rápidamente a la cocina para decirles a su mujer y a sus seis hijas que empezaran a preparar el desayuno. A su vez los dos hijos llenaron dos grandes barriles con los mejores pescados y, cuando desayunaron, emprendieron el viaje a la ciudad que no estaba sino a una hora de distancia.

6. Una vez que el carro, del que tiraban dos burros, llegó al mercado, no tardaron en acudir muchos compradores, vendiéndose todo el pescado a muy buen precio en pocos minutos. De modo que ambos jóvenes volvieron al cabo de unas horas con los barriles vacíos y entregaron al padre el dinero que habían ganado. Este se alegró sobremanera y los elogió sinceramente.

7. Los hijos le preguntaron si no debían llevar más pescado a la ciudad porque muchas personas no habían podido comprarlo. El padre estuvo de acuerdo, así que llenaron otra vez los barriles y se fueron, vendiéndose la segunda carga mejor y más rápidamente que la primera.

8. Marco no sabía como agradecerlo, pues de un golpe había sido salvado de una miseria que duraba ya varios años.

9. Mientras los dos hijos llevaban la primera carga a la ciudad, nosotros desayunamos unos veinte peces, muy buenos y muy bien preparados, pan y vino. La conversación giró exclusivamente sobre los servidores del Templo. La hija mayor de Marco, una muchacha de diecinueve años, nos enseñó una vieja tinaja llena de estiércol del Templo hasta la mitad, y nos preguntó si en verdad fertilizaría campos y huertas tan extraordinariamente como decían los vendedores con insistencia.

10. Se produjo una gran algarabía y muchas risas entre los discípulos, los cuales conocían muy bien este fraude del Templo. Tomás exclamó: «¡Qué barbaridad! Esa estafa vienen haciéndola los “siervos de Dios” desde hace ya cincuenta años. Cierto es que algunos sumos sacerdotes respetables se quejaron, pero no consiguieron nada porque el estiércol proporciona al Templo una ganancia de por lo menos dos mil monedas al año. Pero los hombres están ciegos y creen que semejante porquería puede fertilizar sus campos y huertas».

11. «Oh, querido amigo», respondió la hija mayor, «ya no es así. La mayoría de la gente como yo no cree esta mentira; pero ¿qué podemos hacer? No comprar el estiércol a los vendedores nos acarrea muchas complicaciones. Además, los vendedores se comportan de manera tan insistente y grosera, incluso violenta, que al final uno prefiere comprar algo con tal de librarse de ellos. Ni se preocupan porque tiremos el estiércol al agua delante de ellos: siguen su camino. Pues saben muy bien que al cabo de un año nuevamente nos obligarán a volvérselo a comprar».

12. «Sí, sí, las virtudes de esos servidores del Templo, que se llaman a sí mismos “siervos de Dios”, sólo consisten en mentiras y engaños», afirmó Pedro. «Tienen cara de seres humanos pero por dentro son engendros del infierno. La razón por la cual, oh Señor, permites y consientes todo esto, la conoces sólo Tú y nadie más en todo el mundo».

13. Pero Yo les dije a todos: «Dejemos eso ahora, ya es casi medio día. Como hace un tiempo agradable, podríamos pasear un poco por los alrededores para ver si encontramos un lugar que tenga hermosas vistas. Podríamos acondicionarlo para estar cómodos y pasar allí conversando los días que estemos aquí».

14. «Señor», respondió Marco, «justamente a unos cien pasos por encima de la gruta a la que está adosada mi cabaña, hay un sitio como el que buscas. En la parte alta de la colina hay un viejo castaño frondoso desde el que se disfruta una hermosa vista de todo este extenso paisaje; alrededor de él he hecho un banco con césped. Se ven perfectamente Cesárea de Filipo y el mar. En días claros, puede contemplarse fácilmente Genesaret e incluso Kis que está más lejos; algunos hasta pretenden haber visto Sibara. Mis ojos son demasiado débiles para eso, pero veo fácilmente Gergesa y otras aldeas».

15. «Pues bien», le dije, «vamos a ese sitio para pasar en él nuestro tiempo de la manera más provechosa. ¡Llévanos!».

16. Acto seguido, Marco nos condujo al lugar por una senda muy estrecha aunque no incómoda; efectivamente el sitio no dejaba nada que desear. Desde allí se podía verse Cesárea de Filipo, todo el Mar de Galilea y muchas otras poblaciones.

Capítulo 181. Marco y los cazadores de diezmos

1. Vimos que algunos fariseos llegaban por el camino a la pobre cabaña de Marco. Entonces Mateo, el joven recaudador de aduanas procedente de Sibara que ya había dado una seria lección a los fariseos de Cafarnaúm cuando Yo curé a un enfermo que bajaron por el techo, rompiendo el tejado de la casa y colocándole delante de Mí para evitar las miradas de la muchedumbre, dijo: «Esta camada de víboras debe haberse enterado que Tú te encuentras aquí. ¿Pero a través de quién? Sólo pueden habernos descubierto los hijos de Marco que fueron dos veces con pescado a la ciudad».

2. «Es posible», contestó el viejo Marco, «pues mis hijos son tan buenos como parlanchines, lo que me ha causado ya más de un disgusto. Bajaré a preguntarles».

3. «¡Puedes estar tranquilo!», le dije. «No me han delatado ni tus hijos ni nadie de la región; han venido sólo por pescado pues quieren llevarse regalados unos cien peces de los que han visto en la ciudad y no han comprado. Ya sabes que tienen derecho a una décima parte de todas las cosechas. Consideran que la abundante pesca también es una cosecha y por eso creen que pueden exigir la décima parte de la misma. Así que baja y dales los cien peces. Te lo agradecerán y se irán inmediatamente a casa con el pescado».

4. «¿Pero cómo lo llevarán?», preguntó Marco.

5. «No te preocupes por eso», le respondí, «es asunto suyo. Mira y verás que vienen con un mulo ya preparado para cargar pescado».

6. Marco vio que lo que le había dicho era cierto. «Señor, efectivamente es tal como has dicho», afirmó, «voy corriendo a prepararles cien peces en un gran recipiente; seguramente se quedarán sorprendidos».

7. «Ve y hazlo. Pero si te preguntan cómo has podido saber a qué venían, respóndeles con cuidado porque no debes despacharlos con una mentira».

8. Acto seguido, Marco se fue a preparar los cien peces. Apenas había terminado el trabajo cuando llegaron unos jóvenes fariseos y preguntaron por Marco, el pescador. «Yo soy», respondió Marco que estaba todavía junto al recipiente, «y en esta vasija hay algo por lo que seguramente habéis venido aquí. Es la décima parte, escogida para vosotros, del mejor pescado que nunca se ha cogido en nuestro mar».

9. Los fariseos se quedaron perplejos al oírlo y uno de ellos dijo: «Viejo, ¿acaso eres profeta para saber de antemano el motivo por el que hemos venido aquí?».

10. «No hace falta ser profeta, tengo despierta mi cabeza y mis cinco sentidos para saber por qué habéis venido aquí. Coged el pescado y seguid en paz. Tengo todavía mucho que hacer y pronto será mediodía. Hemos trabajado duramente y he de ocuparme de la comida».

11. Uno de los fariseos replicó: «Además de los cien peces tendrás que añadir treinta más como multa. Teniendo en cuenta que somos siervos de Dios que oramos constantemente a Dios, el Todopoderoso, por tu salvación, no ha sido muy atento por tu parte no habernos entregado inmediatamente las primeras piezas cuando tus hijos estuvieron en la ciudad».

12. «¡Aquí tenéis no treinta sino cuarenta piezas extra!», respondió Marco. «Pero ahora os pido que os conforméis con ello y me dejéis tranquilo».

13. «Tenemos derecho ante Dios de venir y de irnos cuando queramos», replicaron los fariseos. «Carga pues el pescado en las vasijas que hemos traído y nos vamos».

14. Marco ordenó inmediatamente a sus hijos que cumplieran la voluntad de los fariseos, y estos llenaron sus barriles con los ciento cuarenta peces.

15. Una vez terminado el trabajo, dijo Marco: «Todo se ha hecho como queríais. ¿Estáis satisfechos?».

16. Saltó entonces un joven fariseo atrevido y dijo: «¡No, no y no! Hablas con nosotros como si fuéramos gentes del mundo y olvidas que somos siervos de Dios, el Todopoderoso, y podemos aniquilarte con un soplo. Tu rebeldía ante nosotros no se paga con ciento cuarenta peces sino que ha de ser castigada con la entrega de todos tus bienes».

17. La paciencia de Marco se agotó. Fue de inmediato a la cabaña y trajo un rollo de pergamino en el que estaba escrito claramente que él era romano y, como tal, tenía todos los derechos de un ciudadano libre de Roma.

18. El atrevido fariseo, algo perplejo, insistió: «Bueno, pero ¿cuánto tiempo llevas siendo pagano? Según nuestras informaciones hace poco eras todavía judío».

19. «Nunca fui judío», replicó Marco, «soy ciudadano romano y he servido a Marte treinta años con espada, yelmo y escudo. Durante un período de prueba de tres años fui judío incircunciso. Pero, pese a la sublime doctrina divina de los judíos, pronto pude convencerme que sus siervos, secretamente, pisotean a su Dios y a su doctrina, y que engañan continuamente a la pobre humanidad cada vez que se presenta la ocasión. Son unos hipócritas sin escrúpulos que sólo sirven a su Dios aparentemente para engañar al pueblo. Pero sus corazones los tienen enterrados en el infierno más profundo, comerciando con la sangre de inocentes niños samaritanos, comercio que clama al Cielo

Ante esta situación, he vuelto a ser romano y así moriré. ¡Tomad pues lo que habéis robado y marchaos a casa! Sólo os lo doy porque hace poco fui judío incircunciso durante tres años».

20. «Pero Marco», se sorprendieron los fariseos, «¿qué ha pasado que ahora eres un hombre tan lúcido? Hace tiempo que te conocemos sólo como un hombre de escasas luces. ¿Cómo es que ahora eres tan listo?».

21. «Fue mi astuta máscara romana», respondió Marco, «para parecer un idiota y poder conocer todos vuestros engaños y maldades. Sin embargo os aseguro que, aún siendo romano, entiendo a Moisés y los profetas mejor que vosotros; de corazón soy un verdadero judío».

22. «Sin circuncisión nadie puede ser judío ni acercarse a Dios», argumentaron los fariseos.

23. «Nunca he pretendido aspirar a vuestra manera de acercarse a Dios», replicó Marco, «sino que me acerco a Él sólo con el corazón según la enseñanza del profeta Isaías, y esto me basta. Pero si Dios me condenara por no haber sido circuncidado, no sería problema vuestro. Dios es más sabio que los hombres y mucho más sabio, más bueno y más justo que vosotros, pues Él sólo mira un corazón puro circunciso60, y nunca la circuncisión del prepucio que puede tener un sentido mundano, pero que espiritualmente es una estupidez. A pesar de todo, y puesto que soy judío de corazón, os doy voluntariamente el diezmo, aunque no tenéis derecho a exigírmelo porque soy ciudadano romano. Marchaos, de lo contrario os vuelvo a quitar el pescado.

¿Me habéis entendido?».

24. Ante estas palabras enérgicas de Marco los fariseos no replicaron nada en absoluto y se fueron con el pescado.

Capítulo 182. El Señor anuncia su muerte y resurrección

1. Marco ordenó inmediatamente que preparasen la comida y luego vino a reunirse con nosotros en la cima de la colina para contarnos lo que había sucedido con los fariseos.

2. Yo le elogié y dije: «Marco, la profecía que le fue dada a este pueblo desde los principios viene ahora a cumplirse. Pero como este pueblo es terco y no quiere reconocer el gran tiempo de su prueba y del castigo divino, busca su bienestar en los pantanos de este mundo que desaparecerá como una visión de ensueño. Dios permitirá que esta ralea colme la medida de sus atrocidades incluso matando a su Señor y Dios.

3. A continuación le será quitada la Gracia, la Luz y la Justicia, las cuales se os entregarán a vosotros los paganos; pues tenéis buena voluntad y, siendo ciegos, habéis aceptado lo que los judíos, que ven, han rechazado.

4. Por eso os llega la Luz desde arriba e ilumina vuestros corazones. Pero los hijos de la Luz serán expulsados a las tinieblas más profundas. Habrán de buscar las migas de pan entre pueblos extraños y les será quitado el nombre “pueblo” porque en el futuro ya no serán un pueblo».

5. «¿Entonces es posible que, en su gran ira, te apresen y maten tu cuerpo, tal como hicieron con todos sus profetas?», preguntó Marco.

6. «Sí, eso harán conmigo», respondí. «¡Pero no les saldrá la cuenta!».

7. «Precisamente es lo que dije anoche», añadió Marco. «Esa camada de víboras es capaz de cualquier crimen imaginable. Por lo tanto procura evitar tanto como puedas ir a la mencionada “ciudad de Dios” pues allí te matarán, a no ser que emplees todo tu Poder divino contra ellos y seas lo más cauto posible.

Conozco muy bien los llamados “servidores del Templo”. Quien se atreva a cuestionar su doctrina —que hace tiempo es una doctrina del espíritu malvado— se pone en guerra con el infierno entero. Su amistad es maldición, y su maldición muerte. Para ellos la vida humana no tiene más valor que la de un mosquito al que nadie presta atención por su insignificancia».

8. «Conocemos a nuestro Señor y Maestro», dijeron los discípulos, «todas las malvadas artimañas del Templo fracasarán ante su Sabiduría; no podrán matar al que puede resucitar los muertos».

9. «Así es. No será posible matarle en toda la eternidad», añadí Yo a sus palabras, «mas aun así será muerto61 como testimonio contra ellos mismos, para que se colme la medida que les será aplicada. Atentarán también contra Mí al igual que han atentado contra los santos de Dios: así crearán su propio juicio. No es una injusticia que quien quiera actuar así sea después condenado por ello. Si han cometido muchas atrocidades con numerosos mensajeros, tampoco respetarán a Aquél que los envió.

10. Será terrible para ellos que Aquel al que habrán dado muerte resucite después de tres días, para consuelo eterno de sus amigos y hermanos, en la plenitud de sus fuerzas y rebosante de Vida, gran vencedor poderoso de la muerte y de todos sus enemigos. Deliberarán entonces con gran temor y desesperación sobre cómo podrían volver a matar al resucitado. Pero no encontrarán solución alguna y su fin se acercará.

11. Así sucederá y mi profecía se cumplirá enteramente.

12. Vosotros estaréis muy tristes y tendréis gran temor a causa mía. Pero vuestra tristeza, vuestro desaliento y vuestro miedo se convertirán en gran alegría cuando volváis a ver con todo Poder sobre la Vida y la muerte al que mataron».

13. «Si es así», respondió Marco, «no será entonces tan gran aprieto dejarse matar sólo en apariencia. En esas circunstancias, si quieres, puedes ir a Jerusalén pues nada puede ocurrirte. Si eres Señor sobre la vida y la muerte, ¿qu