rey de Edessa, con Jesús de Nazareth

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Correspondencia de Abgaro Ukkama,
rey de Edessa, con Jesús de Nazareth

Recibida por Jacob Lorber en 1844

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PRIMERA CARTA DE ABGARO AL SEÑOR JESUCRISTO

1 Carta de Abgaro de Edessa a Jesucristo, el buen Salvador, que ha aparecido en la región de Jerusalén, ¡Salve!.

2 He oído hablar de Tí y de las curaciones que haces sin medicinas ni plantas. Pues se dice que Tú devuelves la vista a los ciegos, que haces andar a los paralíticos, que purificas a los leprosos y expulsas los espíritus impuros y curas a aquellos que sufren de enfermedades crónicas en fin, que resucitas hasta los muertos.

3 Después de haber oído estas cosas sobre Tí, he sacado en mí la conclusión que una de las dos cosas tienes que ser cierta: o bien eres Dios descendido del Cielo, - o bien, para cumplir tales cosas, eres al menos un hijo del gran Dios.

4 Por lo tanto te ruego, por medio de esta carta, que vengas a mí para curar la enfermedad que tengo.

5 También he oído decir que los judíos murmuran contra Tí y quieren causarte daño. Yo tengo una ciudad, sin duda pequeña, pero está bien dispuesta, y para nosotros dos será suficiente. Por consiguiente, mi sumamente estimado amigo Jesucristo, quédate conmigo en mi ciudad y en mi país. Todo el mundo aquí Te mimará y guardará en su corazón. Te espero con la mayor ansia de mi corazón.

6 Enviado por mi fiel servidor Braceo.

 

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RESPUESTA DEL SEÑOR JESUCRISTO

1 »Abgaro, bienaventurado eres, porque sin haberme visto tienes fe. Porque sobre Mí está escrito. que aquellos que me hubieren visto no creerán en Mí, para que aquellos que no me hubieren visto crean y vivan en la Eternidad.

2 Mas respecto a lo que me dices de que vaya porque aquí en el país de Judea seré perseguido, te digo: Es necesario que todo aquello por lo cual he venido mundo se cumpla en Mí, en este lugar, y que Yo mismo al poco tiempo de que todo haya sido cumplido en Mí, ascienda hacia Aquél del cual he venido desde la Eternidad.

3 Pero sé paciente en tu leve enfermedad. Tan pronto como Yo haya subido al Cielo te enviaré mi discípulo para que cure tu enfermedad y te de la verdadera salud, a tí y a todos los que estén junto a tí.«

4 Escrito por Santiago, un discípulo del Señor Jesús y enviado desde las cercanías de Genezareth por Braco, mensajero del rey.

5 Poco tiempo después que Abgaro hubo recibido esta celestial respuesta, sucedió que el primogénito, príncipe heredero de este rey, cayó en una fiebre mortal que los médicos de Edessa dijeron que era incurable. Esto llevó al desdichado Abgaro casi a la desesperación. En su grandísima aflicción escribió nuevamente al buen Salvador.

 

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SEGUNDA CARTA DE ABGARO AL SEÑOR JESUCRISTO

1 Abgaro, mezquino soberano de Edessa, a Jesucristo buen Salvador que ha aparecido en la región de Jerusalén, ¡Salud y honor divino!.

2 ¡Oh Jesucristo, buen Salvador! Mi hijo primogénito, heredero del trono, quien esperaba conmigo, con gran paciencia y gozo, Tu llegada a mi ciudad, ha enfermado mortalmente. Una fiebre maligna se ha apoderado de él, poniéndolo en peligro de morir en cualquier instante. Pero yo se, como el mensajero me ha asegurado, que Tú curas estas enfermedades sin medicinas, solamente con Tu palabra y Voluntad, incluso a distancia.

3 ¡Oh Jesucristo, buen Salvador! ¡No me conformes esta vez a mí, que también estoy enfermo, con el tiempo de Tu Ascensión al Cielo que me has anunciado, sino, ayuda, ayuda, ayuda ahora mismo a mi hijo!.

4 Escrita en mi ciudad de Edessa, enviada por el mismo fiel mensajero.

 

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RESPUESTA DEL SEÑOR JESUCRISTO

1 »Abgaro, grande es tu fe. Por ella bien podría mejorar tu hijo. Mas como Yo he encontrado en ti más amor que en Jerusalén, por eso quiero hacer mucho más por tí que si sólo hubieras creído.

2 Yo, el Señor de toda la Eternidad, ahora un maestro de los hombres y un libertador de la eterna muerte, daré a tu hijo la vida eterna antes de Mi Ascensión, porque sin verme ni conocerme, antes de saber Mi pasión que sufriré por todos los hombres, me ha amado con todo su corazón. Así, Mi querido Abgaro, perderás a tu hijo en el mundo según la carne, pero lo ganarás mil veces más según el espíritu en Mi Reino Eterno.

3 Mas no creas que tu hijo, cuando muera, morirá de verdad. ¡No, no! Cuando muera despertará del sueño mortal de este mundo a la Verdadera Vida Eterna en Mi Reino, la cual es espiritual y no corporal.

4 Por eso no te aflijas en tu alma. Ve y oye en silencio: ¡Sólo Yo soy el Señor, y fuera de Mí no existe ningún otro! Por eso Yo hago libremente lo que hago Nadie puede decirme: haz esto o no lo hagas.

5 Mas lo que Yo hago y permito ahora -ser perseguido como un hombre débil- eso Yo lo había previsto ya aún antes de que la tierra fuera fundada y antes que el sol, la luna y las estrellas iluminaran la tierra desde el firmamento. Por eso salí del Padre, el cual está en Mí, como Yo en Él. El Padre es el Altísimo porque Él es el Amor en Mí, Mi Voluntad. El Espíritu que emana de Mí y del Padre, actuando de Eternidad en Eternidad, es el Santísimo. Y Yo soy todo esto, Yo el que te revela tales cosas.

6 No te aflijas ahora que sabes quien es Él, el que te ha manifestado estas cosas. Pero cállalo todo hasta que Yo sea levantado en el madero por los judíos, de lo que tendrás noticias tan pronto como suceda; porque si hablas en tiempo importuno, el mundo tropezará antes de tiem­po.

7 En días próximos llegará a tu ciudad un joven pobre A éste acógelo y hazle bien y con eso alegrarás mi corazón. Hazle todo el bien a causa de la gracia tan grande Yo he demostrado para con tu hijo, al enviarlo antes que Yo, debido a su gran amor, allí donde Yo mismo iré de haber sido levantado en el madero. Amén.«

8 Escrita en Caná de Galilea por el discípulo Juan y enviada por el mensajero del rey.

 

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TERCERA CARTA DE ABGARO AL SEÑOR JESUCRISTO

1 Abgaro, pequeño príncipe de Edessa, a Jesucristo el Salvador que apareció en la región de Jerusalén, ¡Eter­namente toda alabanza!.

2 En tu magnífica carta de gracia, que Tú Señor, Señor Dios desde toda la Eternidad, me has enviado a mí gusano del polvo, en Tu infinita bondad, para mi gran consuelo y el de mi hijo, ya había reconocido con toda lucidez y claridad, antes de esta carta que te envío hoy, que el Amor Supremo tiene que habitar en Ti. Si no fuera así, sería imposible que Tú, el único Dios de todos cielos así como de esta tierra, me hayas concedido a mi, un gusano ante Ti, tal poderoso reconfortamiento al hablarme también de mi hijo que te ama sobre todas cosas. No puedo, Señor, darte a cambio otra cosa más, bajándome al polvo de mi inanidad ante Tu nombre santísimo, que ofrecerte mi agradecimiento en prenda de nuestro amor tan entrañable; acuérdate siempre de nosotros en Tu incomprensible clemencia.

3 El amor hacia Ti de mi hijo tan enfermo, ha suscitado en mí, desde hace unos días, un ansia de amor por Ti. Señor, perdóname que te lo participe en esta carta.

Bien se que Tú sabes nuestros pensamientos ya antes de que yo y mi hijo los hayamos pensado. Te escribo sin embargo, como se escribe aun hombre, y lo hago conforme al consejo de aquel joven pobre que me encomendaste y que ahora se encuentra bien atendido en mi casa. Él me dijo que quien quiera recibir algo de Ti, tiene que acercarse así a Ti.

4 Este joven afirma haberte visto. Tiene un talento descriptivo muy sencillo y Te detalla, me parece, con suma exactitud y acierto. Este joven, que a causa de su talento me es muy querido, para nuestra gran alegría nos describió recientemente Tu figura de una forma tan clara, que yo y mi hijo, que aún vive, pero que por cierto ya está muy débil, creímos verdaderamente verte. En mi ciudad vive un gran artista en el arte de pintar. Siguiendo a descripciones del joven, hizo inmediatamente un retrato de Tú cabeza con el pecho. Esta imagen nos sorprendió tanto más, para mi mayor alegría y la de mi hijo, cuando el joven pobre aseveró que Tú, oh Señor, justamente así parecías.

5 Por lo que aprovecho también esta ocasión, para enviarte Tu propio retrato a través del fiel portador de ésta mi carta, con el correspondiente agradecimiento a Ti, para que lo examines y me digas si este cuadro se parece verdaderamente a Ti.

6 ¡Oh Señor Jesucristo, Tú, buen Salvador de todos los, hombres, no te enojes con nosotros por eso!. Pues no una vana curiosidad, no, sino un puro y grandísimo amor hacia Ti nos impulsó a ello, haciéndonos pintar de este modo la más valiosa alhaja de nuestro corazón, para que pudiéramos hacernos alguna idea de Ti, que has llenado nuestro corazón con Tu Amor hasta la profundidad más honda, y has llegado a ser nuestra mayor riqueza, nuestro mayor consuelo y el más delicioso adorno nupcial de nuestro corazón, en la vida y en la muerte.

7 ¡Oh Señor!, ¡no dejes jamás de acordarte de nosotros en Tu corazón!. ¡Que se haga Tu Santa Voluntad!

 

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RESPUESTA DEL SEÑOR JESUCRISTO

Enviada por el mismo mensajero del rey días después.

1 »¡Mi bendición, Mi Amor y Mi Gracia, a ti, mi muy querido hijo Abgaro!.

2 Yo digo frecuentemente aquí en Judea, a aquellos que he curado de toda clase de males corporales: "Mira, esto lo ha hecho tu fe". Mas a ninguno he preguntado todavía: ¿Me amas? Y ninguno me ha dicho desde el fondo de su corazón: Señor, te amo.

3 Pero tú ya creías mucho antes, que Yo soy el Único, sin haberme visto. Y ahora ya me amas como uno que ha renacido por el fuego del Espíritu desde hace mucho.

4 ¡Oh Abgaro, Abgaro! Si supieras y pudieras com­prender cuanto te quiero por eso y que gran alegría das a mi eterno Corazón de Padre, una felicidad demasiado grande te ahogaría de tal modo que no podrías vivir nunca más.

5 Sé firme ante todo lo que durante un tiempo oirás sobre Mí de los malos judíos, que pronto me entregarán en las manos del verdugo. Mas si no te escandalizares cuando lo oigas decir, serás espiritualmente el primero después de tu hijo, que participará vivamente en Mi Resurrección de la muerte.

6 En verdad, en verdad te digo: los que creen que Mi Doctrina ha salido de Dios, esos resucitarán en el último día, cuando cada uno reciba su justo juicio. Pero los que me aman como tú, esos jamás gustarán de la muerte. Sino que como el más rápido pensamiento, así tan deprisa, así serán transfigurados de esta vida del cuerpo a la más luminosa vida eterna, y habitarán conmigo, su Padre desde la eternidad. Tales cosas sin embargo, guárdalas cuidadosamente en secreto hasta que Yo haya resucitado.

7 Poco después, como ya te había prometido en mi primera carta, llegará a tu casa un discípulo y te hará sanar a ti y a toda tu casa, corporal y espiritualmente, excepto a tu hijo, el cual entrará sin dolor delante de Mí en Mi Reino.

8 En cuanto al parecido entre Mi aspecto físico y el retrato que me has enviado por tu mensajero, te lo dirá fielmente él, tu mensajero, quien ya me ha visto ahora tercera vez. Quien desea una imagen de Mí con esa intención tuya, no peca. Porque el Amor soporta todo. Pero desgraciado de aquél que quiera hacer de Mi imagen un ídolo. Guarda igualmente este cuadro en secreto.

9 Escrito en Judea por Mi discípulo, uno que está próximo a mi corazón, y de nuevo enviado por el mismo mensajero.

10 Que Mi salvación sea en tu casa.«

 

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CUARTA CARTA DE ABGARO AL SEÑOR JESUCRISTO

Escrita a las siete semanas después de la tercera.

2 Abgaro, un pequeño príncipe de Edessa, a Jesucristo, el buen Salvador de toda salvación, que ha aparecido en los alrededores de Jerusalén, y que es ahora perseguido de una punta a otra del país por los necios y ciegos judíos que no reconocen la Luz Santa Original, el Sol de los soles en medio de ellos.

3 ¡Oh mi buen Salvador Jesucristo!, en verdad le ha sucedido a mi querido hijo lo que Tú, oh Señor, me habías predicho en la segunda carta. Murió hace unos días, y en su lecho de muerte me suplicó aún encarecidamente, con lágrimas en los ojos, que te expresara en este escrito su más profundo agradecimiento por el hecho de haberle dejado partir clementemente, sin dolor alguno y sin temer la muerte del cuerpo.

4 Miles de veces apretó Tu imagen contra su pecho. Sus últimas palabras fueron: ¡Oh Tú, mi buen Padre Jesucristo!, ¡Oh Jesucristo, Amor eterno!. Tú solo eres la verdadera Vida desde toda la eternidad, Tú que ahora caminas como hijo del hombre en medio de aquellos que Tu Omnipotencia llamó a la existencia, dándoles forma y vida! ¡Sí, Tú solo eres mi amor eterno!. ¡Yo vivo, vivo, vivo por Ti, en Ti eternamente!.

5 Después de haber pronunciado estas palabras, mi querido hijo expiró. Tú, oh Señor, debes bien saber que así fue el fin terrestre de mi hijo y que yo y mi casa lo hemos llorado mucho. Sin embargo te lo escribo como un hombre a otro hombre, porque mi hijo agonizante lo había deseado ansiosamente antes de su fin terrenal.

6 ¡Oh Señor!, perdóname, pobre pecador ante Ti, si te importuno por medio de una cuarta carta causándote quizás algún incomodo en Tu santísimo e importantísimo negocio.

7 Finalmente tengo aún la osadía de adjuntar a esta carta el ruego de que no me prives de Tu consuelo. Pues después de la partida de mi hijo, una gran tristeza se ha apoderado de mí, la cual no puedo superar ni con la mejor y más firme voluntad. Por lo tanto te ruego, buen Salvador, Tú el mejor Padre desde la eternidad, que quieras librarme de este gran dolor. Pero que se haga, no mi voluntad, sino la Tuya santísima.

 

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RESPUESTA AUTÓGRAFA DEL SEÑOR JESUCRISTO

A la cuarta carta de Abgaro, escrita en lengua griega, mientras que las precedentes estaban escritas en lengua judía.

1 »Mi querido hijo y hermano Abgaro. En lo que respecta a tu hijo lo sé todo. Me es sumamente grato que haya tenido un fin terrenal tan hermoso y, aún más, un comienzo mucho mejor en Mi Reino.

2 Haces bien en llorar un poco por él. Porque buenos hay pocos en este mundo. Mas los que son como tu hijo bien merecen que se les llore.

3 Yo mismo vierto una preciosa lágrima por él. Así fue creando el mundo, en un principio, de una lágrima de mis ojos. Y así mismo será también hecho el nuevo cielo.

4 Yo te digo que las lágrimas vertidas por al algo bueno, son de un grandísimo valor en el cielo. Porque con estas joyas preciosas se adornará eternamente el cielo. Mas las malas lágrimas del odio, de la envidia y de la cólera fortificarán el infierno en su solidez.

5 Que tu mayor consuelo sea afligirte por el bueno. Conserva ese dolor un corto tiempo aún, hasta que en breve llores Mi muerte. Entonces irá mi apóstol a librarte de todo.

6 ¡Continúa siendo muy misericordioso y encontrarás también gran misericordia!. No olvides a los pobres, porque todos, sin excepción, son mis hermanos. Lo que les haces a ellos, lo haces conmigo y Yo te lo devolveré centuplicado.

7 ¡Busca lo grande, es decir Mi Reino, así lo pequeño de este mundo te será igualmente concedido. Pero si buscas lo pequeño, entonces no podrás ser tenido por digno de lo grande!.

8 Tienes en la prisión de tu reino un criminal que, en virtud de tus sabias leyes, ha merecido la muerte. Pero Yo te digo: el Amor y la Misericordia están en un grado más alto que la sabiduría y la justicia. Trátalo, por ello, el amor y la compasión, así tu serás uno conmigo y con Aquél que está en Mí y del cual he venido para ser un hombre al igual que tú. Amén.

Escrita de mi propio puño en Cafarnaúm y enviada con u mensajero.«

 

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QUINTA CARTA DE ABGARO AL SEÑOR JESUCRISTO

Escrita a las tres semanas de la respuesta del Señor a la cuarta carta.

1 Abgaro, un pequeño príncipe de Edessa, a Jesucristo el buen Salvador que apareció en la tierra de los judíos en los alrededores de Jerusalén, como la Luz original y la eterna fuerza de la creación que renueva todo: el cielo, los mundos y los seres, y pese a ello, no es reconocido por los primeros llamados, pero si por aquellos que languidecían ya después de milenios en las tinieblas. ¡A Él toda salud, de parte nuestra, los hijos de la noche!.

2 ¡Oh Señor!, ¿qué mortal podrá comprender la inmensidad de Tu Amor por nosotros los hombres, que no somos más que tus criaturas?. Ese Amor por medio del cual Tú quieres renovar todo, andando Tú mismo un camino que, según mi entendimiento humano, parece casi imposible e inimaginable para Dios.

3 Estás presente aquí en esta tierra que Tú podrías disipar con un soplo, como un hombre sencillo entre los hombres, gobernando y manteniendo sin embargo, con tu Divinidad interior, todo el universo. Y todo el polvo de la tierra, cada gota en el mar, el sol, la luna y las estrellas, obedecen la voz omnipotente de tu corazón que es el centro eterno de todas las cosas y todos los seres del universo entero.

4 ¡Oh Señor!, qué infinitamente dichosos tienen que ser tus discípulos, que te conocen en el día más claro de sus espíritus, como ahora yo, pobre pecador, te conozco en mi noche.

5 ¡Oh, si yo no estuviera paralítico en mis pies!. Cuánto tiempo hace ya que estaría junto a Ti. Mis desgraciados pies han llegado a ser un obstáculo a mi mayor bienaventuranza. Pero ahora todo lo soporto de buena gana, porque Tú, oh Señor, me has encontrado digno hasta el punto de hablarme por carta, a mí, pobre necio, enseñándome tantas cosas maravillosas que sólo pueden ser enseñadas por Ti, jamás por un hombre.

6 ¿Qué sabia yo antes de una Vida después de la muerte? Ningún sabio de este mundo hubiera podido revelarme ese enigma. Existe en nuestro politeísmo una inmortalidad poética, pero se parece tan poco a la realidad como un sueño vano en el que tan pronto se va a pie ,sobre el mar como por la tierra en barco.

7 Mas Tu, oh Señor, me has mostrado con la palabra y en el hecho que después de la muerte de este nuestro cuerpo tan quebradizo, da comienzo una perfecta, verdadera y totalmente libre Vida del Espíritu, que nunca variará, por toda la eternidad.

8 Por todo lo cual considero un deber inexcusable presentarte en esta carta mi efusivo agradecimiento, oh Señor, por la infinita y gran gracia que me has hecho; aunque estas gracias frente a tu gracia, en la pura nada se desvanecen.

9 Pues ¿qué podría yo darte, oh Señor, que no me hayas Tú dado de antemano?.

10 Pienso que la gratitud verdadera, brotada del corazón, es lo más apropiado para el hombre, porque la ingratitud es, sin duda, su entera propiedad. Por eso no puedo, oh Señor, más que ofrecerte esta mi gratitud ínfima, sin embargo con la seguridad completa que desde ahora mismo estoy dispuesto a establecer en mi pequeño estado todo lo que Tu, oh Señor, te dignes pedirme.

11 No solo he sacado de prisión al gran criminal de Estado, sino que, acto seguido, he hecho que lo llevarán a mi escuela y a mi mesa. Si en eso actué bien o, como suele decirse, hice ya demasiado, mi humana razón no alcanza a juzgarlo. En este asunto también me dirijo a Ti, oh Señor, en este escrito, para que te dignes darme instrucciones sabias y justas.

12 ¡Mi amor, mis gracias y mi más filial obediencia a Ti, oh Señor Jesucristo, solo a Ti!. ¡Que se haga tu Voluntad!

 

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REPUESTA DEL SEÑOR JESUCRISTO

1 »Escúchame. mi querido hijo y hermano Abgaro. Tengo ahora setenta y dos discípulos, entre ellos doce apóstoles, pero todos juntos no tienen una clarividencia como la tuya, siendo un pagano que jamás me ha visto, como tampoco los innumerables milagros hechos desde mi encarnación y nacimiento.

2 Está pues, lleno de esperanza. Porque ha sucedido y sucederá, que quitaré la luz a los hijos y os la daré en abundancia a vosotros los paganos. Porque he encontrado en poco tiempo, entre los paganos que viven aquí, griegos y romanos, más fe que la que se pueda encontrar en todo Israel. El amor y la humildad han llegado a ser cualidades del corazón humano completamente extrañas a los judíos, mientras que, con frecuencia, las encuentro en vosotros abundantemente.

3 Por eso le quitaré a los judíos Mi Reino temporal y eterno y os lo daré vosotros. Los hijos que se alimenten con las inmundicias del mundo.

4 Quieres que mi voluntad sea Ley en Tu reino. Por ahora no es posible, porque para todo se requiere cierta madurez. Ahora bien, Mi ley no es más que Amor. Si quieres introducir en tu reino algo de Mí, entonces introduce esta ley; te será fácil obrar con Mi Voluntad. Porque Mi Voluntad y Mi Ley son enteramente una misma cosa, del mismo modo que Yo y el Padre somos Uno.

5 Sí, es verdad que en Mi Voluntad hay muchas cosas que tú no podrías comprender todavía. Cuando mi discípulo vaya a tu casa, te iniciará en todo y así que seas bautizado por él en Mi Nombre, el Espíritu de Dios vendrá sobre ti y él mismo te instruirá en todas las cosas.

6 Con el criminal has obrado perfectamente bien. Yo hago lo mismo con vosotros los paganos. Que tu acción te sirva como un buen espejo de lo que yo ya hago ahora y haré en abundancia más adelante.

7 Esto, para tu paz y tu bendición. Amén.«

 

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SEXTA CARTA DE ABGARO AL SEÑOR JESUCRISTO

Escrita diez semanas después.

1 Abgaro, pequeño príncipe de Edessa, a Jesucristo el buen Salvador, ¡toda salud a aquél que ha aparecido en la región de Jerusalén como salvación para todos los pue­blos con buen corazón y la buena voluntad de poner en práctica Su Palabra!.

2 ¡Oh Señor, perdóname mi gran atrevimiento y ya descarada impertinencia!. Pero Tú sabes que los buenos médicos siempre tuvieron la mayor consideración entre los hombres porque siempre poseían los conocimientos más ciertos, también en las cosas de la naturaleza, y por eso todo el mundo se dirigía preferentemente a ellos para obtener aclaraciones en caso de grandes y extraordinarios fenómenos naturales. ¡Cuán infinitamente más alto que todos los médicos expertos del mundo en todas las ciencias naturales estás Tú, que no solamente eres un médico en todas las cosas, sino también al mismo tiempo, el Creador y el Señor eterno de toda la naturaleza!

3 Es a Ti solo, y sólo a Ti, a quien puedo exponer la presente desgracia particular y extraña de mi nación, y suplicarte desde lo más hondo de mi corazón que apartes esa singular desgracia.

4 Como Tú sabes perfectamente hace tiempo, un pequeño terremoto se sintió aquí diez días, el cual,

eternamente seas agradecido, pasó sin dejar huellas; sin embargo, unos días después de ese terremoto empezaron a ponerse turbias todas las aguas. Todo aquel que bebió ese agua empezó a tener dolor de cabeza y se volvió loco.

5 Promulgué enseguida una orden severa: que nadie utilizara el agua en todo el país, hasta que yo lo autorizase nuevo. Todos mis ciudadanos, durante ese tiempo, debían venir a mi casa en Edessa, donde recibirían vino y agua que, para tal fin, hice traer expresamente desde bastante lejos en grandes embarcaciones.

6 Creo no haber cometido ninguna mala obra, pues me impulsó sólo el puro amor y la verdadera piedad por mi pueblo. Por esto te pido a Ti, oh Señor, con toda humildad y contrición de mi corazón, que accedas a ayudarme a mí y a mi pueblo en este apuro.

7 Porque el agua no se aclara y sus efectos dañinos siguen siendo los mismos. Oh Señor, se que todos los poderes, buenos y malos, están a Ti sometidos y tienen que ceder a Tu menor señal. Por lo que te suplico que, misericordiosamente tengas piedad de mí, librándome de esta plaga, por mi pobre nación, ¡Hágase Tu divina y santa voluntad!

8 Cuando el Señor hubo leído esta carta se indignó profundamente en su interior y exclamó en voz alta como un trueno: ¡ Oh Satán, Satán!. ¿Cuánto tiempo aún quieres tentar a Dios, Tu Señor? ¿Qué te hizo, malvada serpiente, este pobre, buen pueblecito para que le envíes plagas de esta manera tan monstruosa?

9 Para que sepas que Yo Soy Tu Señor, que cese al instante tu maldad sobre este pueblo, amén.

10 No te limitaste antaño a tentar solamente la carne de los hombres, lo que Yo te permití como con Job. ¿Qué haces ahora con Mi tierra? Si tienes valor atácame a Mí. Pero deja en paz mi tierra y a los hombres que me llevan en su corazón, hasta cuando Yo te lo permita para tu última prueba de libertad.

Al terminar esta exclamación, por medio de un discípulo fue escrita la siguiente

 

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RESPUESTA DEL SEÑOR JESUCRISTO

1 »Mi querido hijo y hermano Abgaro. Esta mala pasada no te la ha jugado tu enemigo, sino sólo el mío. Tú, sin embargo, no conoces a este enemigo, pero Yo lo conozco desde hace ya muchísimo tiempo.

2 Éste, mi enemigo, es el antiguo príncipe invisible de este mundo. Hasta ahora, tuvo un gran poder, no sólo sobre esta tierra, que es su morada, sino también en las estrellas. Pero su poder no durará sino muy poco y pronto el príncipe de este mundo será vencido.

3 Ya no le temas nunca jamás. Porque por ti y por tu nación lo he derrotado ahora. Por lo tanto, vuelve a usar tranquilamente el agua de tu país. Porque en este mismo instante se ha vuelto limpia y sana.

4 ¿,Ves? Como me amas te ha sucedido algo malo. Pero como tu amor por Mí se ha hecho más poderoso en la aflicción, con ello tu amor venció todo el poder del infierno y ahora estás para siempre libre de semejantes tentaciones infernales.

5 Sucederá que la fe estará expuesta a grandes tentaciones y tendrá que caminar por fuego y agua. Pero fuego del amor sofocará el fuego que prueba la fe evaporará con toda su fuerza el agua.

6 Lo que le ha pasado a tu país, en el orden natural, sucederá más tarde espiritualmente a muchos a causa de mi Enseñanza. Se volverán también completamente insensatos quienes beban en los charcos de los falsos profetas.

7 Mi Amor, Mi bendición y Mi Gracia para Ti, Mi hermano Abgaro. Amén.«

 

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SEPTIMA CARTA DE ABGARO AL SEÑOR JESUCRISTO

A las nueve semanas después de recibir la sexta respuesta escrita del Señor y cinco días antes de la entrada Triunfal en Jerusalén.

1 Abgaro, un pequeño príncipe de Edessa, a Jesucristo , el buen Salvador, ¡Toda salvación a aquél que apareció en los alrededores de Jerusalén, una salvación para todos los pueblos, un Señor y un Rey ungido desde la Eternidad, Dios de las criaturas todas, de todos los hombres y de todas las divinidades, buenas y malas!.

2 ¡Oh mi Dios y mi Señor, Tú, el único que colma mi corazón. Tú, absoluta esencia total de todos mis pensamientos!. Bien se ya por Tu primera carta tan que debe cumplirse enteramente en Ti, según Tu propia e incomprensible Voluntad y decreto divino, lo que han propuesto contra Ti los malos judíos de Jerusalén. Puedo imaginarme oscuramente, que es necesario que así Pero, hablando humanamente, mi corazón que te quiere sobre todas las cosas, se subleva en contra, eso 11 comprenderás Tú, oh Señor, aún mejor que yo, débil tuya.

3 A lo largo de este escrito mostraré que tengo buenos argumentos para exponer lo siguiente.

4 Como vasallo romano y pariente cercano de Tiberio, que es emperador de Roma, tengo también en Jerusalén mis fieles observadores romanos que vigilan especialmente al sacerdocio sumamente soberbio de allí. Estos observadores míos me han informado exactamente de lo que estos orgullosos y petulantes sacerdotes y fariseos intentan hacer contigo.

5 No solamente lapidarte o quemarte según sus costumbres; no, eso es demasiado poco para ellos; quieren hacer de Ti un ejemplo de las más inhumana atrocidad. Escucha, oh Señor. Estas bestias feroces en figura humana quieren clavarte en la cruz con clavos afilados y dejarte suspendido allí el tiempo necesario para que mueras lentamente de espantosos sufrimientos en la picota. Esta obra maestra de maldad humana la quieren llevar a cabo esta próxima Pascua.

6 Señor, será como fuera, pero me ha indignado en lo más profundo de mí. Se que estas bestias voluptuosas y tiranas no quieren matarte porque Tú te hayas declarado ante el pueblo como su Mesías prometido, esto poco le importa a esta ralea sacerdotal de hienas. Pues se muy bien que no creen en ningún Dios y mucho menos aún en Ti, y entre ellos poco caso hacen de una blasfemia.

7 Su plan es completamente diferente. Estas bestias saben que Roma los observa atentamente con ojos suspicaces a causa de sus maquinaciones ocultas. El año pasado, el perspicaz Pilatos descubrió un día un intento de motín del alto clero, aunque fue sutilmente preparado. Y en la fiesta, como Tú sabes, hizo detener ante el atrio exterior alrededor de quinientos hombres, pobres y también ricos, desgraciadamente la mayoría de ellos galileos, los hizo decapitar en el acto, con lo que se atrajo por cierto la hostilidad de Herodes, ya que la mayoría de las víctimas eran súbditos suyos.

8 Este ejemplo causó fuerte impresión a los del templo. Para sacarse esa molesta espina, te han escogido a Ti; quieren acusarte ante Pilatos como agitador político, calificándote también como el principal cabecilla de la sublevación del año pasado. Con ello tratan de salir bien del asunto ante la corte romana y de esta manera apartar de sí la molesta mirada recelosa de Roma, y continuar fraguando así más fácilmente su proyecto de alta traición. Tú mismo ya ves, sin necesidad de esta carta, e infinitamente mejor, que Roma sabe exactamente sus intenciones.

9 Si Tú, oh Señor, quieres un servicio de mí, tu más entrañable amigo y adorador, en el acto envío a Roma y Poncio mensajeros urgentes, y te garantizo que estas bestias caerán en seguida en la misma fosa que habían para Ti.

10 Sin embargo, como ahora ya te conozco bien y bien se que Tú no necesitas ningún consejo humano, harás lo, que te parezca mejor. Pero corno hombre he considerado que mi primer deber es manifestarte este asunto y cómo es exactamente, expresándote aquí mi más ardiente agradecimiento por la gracia que Tú nos has mostrado a mí y a mi pueblo.

11 Oh Señor, hazme saber lo que debo hacer en este por Ti. ¡Hágase eternamente Tu Voluntad Santísima!.

 

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ULTIMA RESPUESTA DEL SEÑOR JESUCRISTO

1 »Escucha, mi querido hijo y hermano Abgaro, todo es cierto, exactamente como me los has anunciado. Pero tiene que suceder todo así en Mí porque si no ningún hombre podría alcanzar jamás la Vida Eterna, lo cual tú ahora, en verdad no comprendes, pero dentro de poco comprenderás como un gran misterio.

2 Por lo tanto no realices, por lo pronto, las que gestiones amistosamente me ofreces para Mi justificación. Porque poco fructuosas serían dónde gobierna y actúa el poder infinito del Padre, que está en Mi y del que he salido como hombre.

3 ¡Mi cruz, en la que seré clavado, no te espante!. Porque precisamente esa cruz llegará a ser para todos los tiempos venideros, la piedra angular del Reino de Dios, al mismo tiempo puerta para entrar en él.

4 Solamente durante tres días estaré muerto en lo que concierne al cuerpo, mas al tercer día resucitaré otra vez como un eterno vencedor de la muerte y del infierno y Mi juicio omnipotente caerá sobre todos los culpables del mal

5 Mas para aquellos que están unidos en el corazón Conmigo, abriré la puerta del Cielo de par en par ante sus ojos.

6 Si dentro de pocos días vieras que se obscurece completamente el sol, entonces piensan que Yo, Tu mejor amigo y hermano, he muerto en la cruz. ¡No te asustes!. Porque todo eso tiene que cumplirse así; a los Míos, sin embargo, no se les torcerá ni un pelo.

7 Cuando Yo resucite, al instante mismo recibirás una señal como símbolo cierto, por lo cual reconocerás inmediatamente Mi Resurrección.

8 A ti, Mi querido hermano Abgaro, Mi Amor, Mi Gracia y Mi bendición. Amén.«


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Comentario y Esclarecimiento místico

Fuente: Editorial Jakob Lorber Verlag, Biettigheim, Alemania

La reproducción de la correspondencia por carta que Jesucristo mantuvo con el rey Abgaro Ukkama de Edessa, fue dictada en el año 1844, por medio de la Palabra divina, al místico austríaco Jacob Lorber, nacido en Estyria en el año 1800. Esta correspondencia ilustra maravillosamente el verdadero camino de salvación por medio del amor a Dios y al prójimo, anunciado por Cristo.

Debe ser examinado aquí, de manera concisa, el contenido de este monumento escrito; por ser único, y al mismo tiempo por ser un ejemplo de como Dios instruye a los hombres y los atrae hacia sí, de un modo tan vivo y a la vez tan dulce y profundo, mediante sus escritos de la Nueva Revelación.

Para una información más completa sobre esta «Correspondencia», muy conocida en los primeros siglos del cristianismo y más tarde desaparecida, y, de la que el griego Eusebio de Cesárea, doctor de la Iglesia e historiador (falleció en 339) transmitió algunos fragmentos, léase el Prefacio.

Sabemos por relatos históricos que, Abgaro Ukkama era un rey pagano del país de Mesopotamia y que, en el curso de un viaje emprendido a Persia, con fines pacíficos, cayó gravemente enfermo, viviendo después en permanente padecimiento físico, por lo que finalmente llegó a estar paralítico de ambas piernas. ¡Pesada carga terrenal para un hombre en la mitad de su vida!.

Sucedió así que Abgaro, el pagano, habiendo oído hablar a sus servidores del milagroso Salvador Jesucristo, te escribe a éste: «Después de haber oído estas cosas sobre Tí. he sacado en mí la conclusión que una de las dos cosas tiene que ser cierta. o bien eres Dios descendido del Cielo, o bien, para cumplir tales cosas, eres al menos un hijo del gran Dios. Por lo tanto te ruego, por medio de esta misiva, que vengas a mí para curar la enfermedad que tengo [...]. Todo el mundo aquí Te mimará Te espero con la mayor ansia de mi corazón».

Por medio de un discípulo respondió el Señor a esta llamada de angustia: «Abgaro, bienaventurado eres, porque sin haberme visto tienes fe».

El Señor lo califica de bienaventurado, viendo la fe de Abgaro en medio de la desgracia que padece; lo que quiere decir tanto como estar en regla con Dios y en Dios salvado.

¿Cómo era, pues, la fe de Abgaro para que el Señor pudiera mostrarle tal absoluta y hermosa confianza?. No era una fe atolondrada y ciega, porque Abgaro se había informado exactamente a fondo, por medio de sus servidores, sobre el Salvador judío, sus milagros y obras, sus capacidades y sus sentimientos. Tampoco era por supuesto, una simple certidumbre, una simple creencia intelectual; sino que el honrado, bondadoso y harto probado príncipe, había tenido la clara percepción a través de la chispa divina en su fuero interno, de que este sabio, bondadoso y poderoso Salvador, tenía que ser o Dios, o el hijo de Dios y, esta creencia perceptiva suscitaba en él, en su corazón, la mayor ansia. Así pues, no era una creencia fundada en lo racional, sino que había concebido la fe del alma y, por lo mismo, un verdadero amor en el corazón. Y sólo en atención a esta creencia pudo Jesucristo responder al suplicante: «Bienaventurado eres porque tienes fe».

No obstante, Abgaro estaba aún al principio de la evolución de su fe y de su amor. Todavía pensaba que Jesucristo, como médico divino, tendría que dirigirse corporalmente en persona a 61 para curarlo. También en su petición, de ayuda, Abgaro había pensado solamente en sí mismo, en la curación, de su cuerpo individual. Así, el Señor Jesucristo, en la primera carta le dio una sorprendente respuesta, por cierto no muy satisfactoria para Abgaro: «Sé paciente en tu leve enfermedad. Tan pronto como Yo haya subido al Cielo te enviaré un discípulo para que cure tu enfermedad y te de la verdadera salud, a ti y a todos los que estén junto a ti».

Así que no. cura inmediatamente al rey, sino que le da esperanzas para un tiempo posterior, cuando vaya un discípulo a curarlo, después de la muerte del Señor.

¡Cuántos de nosotros hubiéramos reaccionado a una respuesta como ésta así!: «¡Valiente Salvador!. ¡Cualquiera habría podido escribirme con una promesa semejante, que nada quiere decir, y encima siendo bienaventurado a causa de ¡ni fe. No, con este Salvador prodigioso no hay nada que hacer! »

Quizás también en el alma de Abgaro se manifestara en el primer momento una voz parecida. Pero el a causa de su sufrimiento ensimismado rey, pronto escuchó en su corazón el susurro tenue de la Voz Divina, que le explica inteligiblemente la respuesta del Señor con verdadera lucidez, fortificando así su confianza y fe en esta prueba.

Poco tiempo después, cuando su hijo mayor, heredero del trono, cayó en una fiebre incurable, en su gran tristeza y desesperación, Abgaro se dirigió nuevamente a Jesucristo, «el buen Salvador», escribiéndolo en éstos términos: «Sé, como el mensajero me ha asegurado, que Tú curas estas enfermedades sin medicinas, solamente con Tu palabra y Voluntad, incluso a distancia. ¡Oh Jesucristo , buen Salvador! ¡Tú, hijo verdadero del Dios Altísimo, permite también que mi Hijo, que tantísimo te ama, que incluso quisiera ir a la muerte por Ti, se ponga otra vez bueno por medio de la Palabra poderosa de Tu Voluntad! ¡ No me conformes esta vez a mi, que también estoy enfermo, con el tiempo de Tu Ascensión al Cielo o que me has anunciado, sino, ayuda, ayuda, ayuda ahora mismo a mi hijo!».

A pesar de que Abgaro mismo no ha sido curado en su enfermedad, su fe ha crecido hasta tal punto que escribe: «Se [ ... ] que Tú curas estas enfermedades sin medicinas, solamente con Tu palabra y Voluntad, incluso a distancia». Aquí se hace bien palpable el progreso en la fe y el saber interior. Abgaro escribe igualmente que también su hijo ama tanto al Señor que hasta quisiera morir por Él. Por tal motivo el Señor responde sin demora su petición de ayuda: «Abgaro, grande es tu fe. Por ella bien podría mejorar tu hijo. Mas como Yo he encontrado en ti más amor que en Jerusalén, por eso quiero hacer mucho más por ti que si sólo hubieras creído».

De modo que una fe que había crecido tanto, podría muy bien conseguir que se pusiera mejor el hijo en cuanto al cuerpo terrestre, pero como en Abgaro y su hijo fue hallado más amor que en Israel, el Señor puede hacer mucho más ahora por ellos que si sólo hubieran creído.

¿En qué consistirá, ese «mucho más» causado por el amor?: «Perderás a tu hijo en el mundo según la carne -continúa el Señor dictando a su discípulo- lo pero lo ganarás mil veces más según el espíritu en Mi Reino Eterno».

¿A quién de nosotros no ha ocurrido ya esto?. Sí, siempre es así; cuando volvemos nuestro corazón a Dios y a su invisible reino, entonces perdemos «corporalmente en el mundo»; porque no se puede servir a dos señores a la vez. No podemos permanecer atados a lo temporal y pasajero si queremos abrazar lo eterno e inmortal. Así el padre Celestial, cuando nos quiere preparar para vivir las dichas del cielo, nos pone a «ración escasa» aquí en este mundo.

El Señor continúa fortificando a Abgaro con la promesa consoladora: «Mas no creas que tu hijo, cuando muera, morirá de verdad. ¡No, no! Cuando muera despertará del sueño mortal de este mundo a la Verdadera Vida Eterna en Mi Reino, la cual es espiritual y no corporal». También estas palabras valen para todos nosotros, los que damos y perdemos cosas terrenales por amor a Dios.

Pensemos por lo tanto siempre en tales casos, en esta respuesta del Señor y en la promesa hecha a Abgaro.

En la misma carta que responde, el Señor hace avanzar un grado en Su escuela de fe y amor al dócil y abnegado discípulo Abgaro, dejando que al final le escriban estos renglones: «En días próximos llegará a tu ciudad un joven pobre. A éste acógelo y hazle bien y con eso alegrarás mi corazón. Hazle todo el bien a causa de la gracia tan grande que Yo he demostrado para con tu hijo, al enviarlo antes que Yo, debido a su gran amor, allí donde Yo mismo iré después de haber sido levantado en el madero».

¿Cómo es esto un progreso en la educación del amor? Al mirar retrospectivamente la primera carta de Abgaro al Señor Jesucristo, vemos que en la petición de ayuda del rey, como ya se ha mencionado, solamente pide auxilio para sí mismo. De modo que en el aprendiz primerizo de la doctrina de la fe y del amor solo era activo el amor a sí, el amor propio que lo indujo a llamar al prodigioso Salvador judío para su propia curación corporal.

Por regla general así empezamos también todos nosotros, que hallándonos en apuros propios, en los que la sabia providencia deja que nos hallemos por nuestro modo de vivir, y habiendo fracasado todos los remedios posibles, buscamos ayuda en el Dios invisible. Y ya este comienzo suele ser para el que pide una bendición del Señor que, en su Amor y Piedad, amarra a su firme fondo de vida. la cuerda que le ha lanzado el amor a sí del suplicante.

Si bien el amor propio, el amor egoísta, constituye el punto inicial de partida para buscar ayuda en Dios, no con eso se queda Dios satisfecho. Nuestro amor debe ensancharse desde el punto de partida, saliendo del «Yo», para que poco a poco ese amor se expanda, y abarque no solamente a sus próximos, sino a todos los seres de la creación de nuestro Padre Celestial.

En la segunda carta de Abgaro vemos por lo tanto al dócil estudiante del Amor eterno avanzar ya a la próxima graduación superior, pidiendo la curación de su hijo, el heredero del trono, que es el amor más próximo a su corazón. El amor por los propios hijos carnales es ya una especie del amor al prójimo, por medio del cual, el Padre Celestial enseña a los hombres, y también a las almas de los animales superiores, a prescindir de sí mismos, dirigiendo sus cariñosos esfuerzos y afanes a otros seres, es decir a sus hijos o crías.

Esta clase de amor al prójimo que va dirigido a los descendientes corporales y demás parientes consanguíneos, tiene aún por cierto, como primer grado inferior del amor al prójimo, mucho egoísmo en sí. Ante nuestro Padre Celestial cuenta sólo como un comienzo y dista mucho de presentarnos ante Él como perfectos. Por otra parte es frecuente que, a causa de esta clase de amor, el hombre se detenga fatalmente en su evolución espiritual y que mimando e idolatrando a sus hijos o parientes, en verdad retroceda y sólo se ame perniciosamente a sí mismo.

Es por lo que el Señor enseguida continúa con Su ya empezado curso de salvación anunciándole al dócil escolar, al final de Su segunda respuesta, que próximamente llegará a la ciudad de Abgaro un pobre joven caminante.

«A éste acógelo y hazle bien y con eso alegrarás mi corazón».

Aquí se presenta la ocasión para que Abgaro ensanche su amor hacia un pobre caminante, totalmente extraño, a un pobre vagabundo errático, a un inferior. A éste, que le haga el bien porque el Señor concedió a su hijo una gracia enorme llevándoselo de esta tierra.

Alguno de nosotros hubiera dicho: « ¡Bonita compensación por la pérdida de mi hijo y heredero! ». ¿Pero cómo se comporta Abgaro?

En la tercera carta encontramos ]a respuesta. En ella el rey da las gracias por la celestial promesa concerniente a su hijo y de paso menciona lacónicamente que el joven anunciado se encuentra ahora bien atendido en su casa. Abgaro, pues, ha acogido, conforme al deseo del Señor, a este pobre, y a causa del largo viaje, extenuado vagabundo, y le ha dado el mejor cuidado y asistencia. Como hombre humilde y modesto, no hace alarde ni ostentación de ello, sino que comenta sólo incidental y sucintamente que el joven pobre está, atendido en su casa del mejor modo.

Vemos ahora como del amor a sí mismo y a los allegados consanguíneos, nuestro rey Abgaro ha avanzado hacia el completo amor altruista hacia un extraño, uno de los de menor condición. La misma carta de Abgaro continúa relatándonos algo muy significativo y memorable. Que precisamente por esa buena acogida, el rey y su hijo llegan a poseer de forma maravillosa pero espiritualmente concebible, una fiel imagen del Señor Jesucristo. «En mi ciudad - escribe Abgaro - vive un gran artista en el arte de pintar. Siguiendo las descripciones del joven, hizo inmediatamente un retrato de Tú cabeza con el pecho. Esta imagen nos sorprendió tanto más, para mi mayor alegría y la de mi hijo, cuando el joven pobre aseveró que Tú, oh Señor, justamente así parecías».

¿Qué significa esto espiritualmente?. ¿De qué modo existe una correspondencia analógica entre el grado de evolución anímica y el hecho de recibir la imagen del Señor?

El hecho de que Abgaro reciba esta imagen, no significa ni más ni menos, al igual que en nosotros, que trascendiendo el amor egoísta pasamos al amor puro y desinteresado al prójimo, el cual acoge con agrado también al prójimo más pobre y abandonado, socorriendo sus necesidades. Desde ese momento comienza y se hace perceptible el retrato correspondiente del Señor, en forma de pura chispa divina generada en nuestra. alma, para nuestra mayor salud y suma dicha.

El Señor, mediante un discípulo, le responde a Abgaro respecto a su última noticia: «¡ Oh Abgaro, Abgaro! Si supieras y pudieras comprender cuanto te quiero por eso y que gran alegría das a mi eterno Corazón de Padre, una felicidad demasiado grande te ahogaría ... »

Respecto al amor tan grande a Dios y al prójimo que se expresa en Abgaro, escribe el Señor: «Los que creen que Mi Doctrina ha salido de Dios, esos resucitarán en el último día, cuando cada uno reciba su justo juicio. Pero los que me aman como tú, esos jamás gustarán de la muerte. Sino que como el más rápido pensamiento así tan deprisa, así serán transfigurados de esta vida del cuerpo a la más luminosa vida eterna, y habitarán conmigo, su Padre desde la eternidad».

En posesión de estas maravillosas palabras de consuelo y promesa, y también del retrato excelso del Señor, Abgaro pudo escribir con profunda serenidad en su cuarta carta al Señor, que su hijo había fallecido hacía unos días, rogándole antes que él, su padre, expresara al Señor su más íntimo agradecimiento, de todo corazón, por haberlo dejado partir, en verdad, tan clementemente. Su hijo, dice Abgaro, murió en una exaltación de alegría celestial, exclamando: «Tú solo eres mi amor eterno!. ¡Yo vivo, vivo, vivo por Ti, en Ti eternamente

Las cartas relatan como en esta solícita entrega de lo más grande y querido que le había ofrecido el mundo y, en esta manifestación de absoluta firmeza de fe y ardiente amor, aparece, por otra parte, un nuevo acontecimiento aún más significativo.

Mientras que hasta ahora las cartas de Señor no habían sido escritas personalmente, sino por sus discípulos, llega ahora una de Su propio puño y letra en griego, lengua común de los pueblos paganos, en tanto que las anteriores ores fueron redactadas en lengua judía.

También, mediante analogía, este asunto aparentemente accidental contiene una enseñanza profunda.

Cuando ya hemos llegado al punto de abandonar todo lo terreno, incluso lo más querido, y a deshacemos totalmente de las propias posesiones egoístas, con una fe inquebrantable y con un ardiente amor al Señor, entonces Él Mismo viene a nosotros; Él, que hasta ahora se relacionaba con nosotros por medio de sus servidores (espíritus protectores y ángeles), viene en persona a nosotros para hablarnos en el corazón, no más en la lengua judía, es decir en la palabra exterior, en la Palabra de Dios Bíblica, sino con la palabra intrínseca en nuestra propia lengua del alma o corazón (el griego era la lengua usual en que Abgaro se comunicaba).

¿Y qué nos dice y enseña esta Voz?: «¡Continúa siendo muy misericordioso y encontrarás también gran misericordia!. No olvides a los pobres, porque, todos, sin excepción, son mis hermanos. Lo que les hace s, a ellos, lo haces conmigo y Yo te lo devolveré centuplicado. ¡Busca lo grande, es decir Mi Reino, así lo pequeño de este mundo te será igualmente concedido. Pero si buscas ¡o pequeño, entonces no podrás ser tenido por digno de lo grande!».

Estas palabras que el Señor personalmente dirige a Abgaro en su propia lengua, tratándole (en el encabezamiento de la carta) con el significativo título de «Mi querido hijo y hermano tratándolo de forma tan personal, son también el núcleo, la esencia de todas las enseñanzas igualmente depositadas en nuestros corazones.

En la misma carta, el Señor conduce a Abgaro inmediatamente más allá: al grado más alto del amor al prójimo, es decir al amor al enemigo, al añadir como si fuera por casualidad: «Tienes en la prisión de tu reino un criminal que, en virtud de tus sabias leyes, ha merecido la muerte. Pero Yo te digo: el Amor y la Misericordia están en un grado más alto que la sabiduría y la justicia. Trátalo, por ello, según el amor y la compasión, así tu serás uno conmigo y con Aquél que está en Mí y de¡ cual he venido para ser un hombre al igual que tú».

Esto no era para Abgaro exigencia de poca monta. Otra vez nuestro amigo real se encuentra aquí confrontado con una nueva tarea, y en su corazón con una inmensa prueba, para que aprenda aún lo más difícil para su evolución en el camino de la salvación: a un criminal del estado, es decir, a un hombre en extremo malvado y peligroso que habla amenazado la vida y el trono del rey y que éste había encerrado en su prisión, quizás después de persecución y lucha, debía tratarlo, no con sabiduría y justicia, sino con amor y compasión.

También aprobó Abgaro esta enseñanza y este examen. Ya tres semanas después podía escribir al Señor de este modo en la siguiente carta: «No solo he sacado de prisión al gran criminal de Estado' sino que, acto seguido, he hecho que lo llevaran a mi escuela y a mi mesa. Si en eso actué bien o, como suele decirse, hice ya demasiado, mi humana razón no alcanza a juzgarlo. En este asunto también me dirijo a Ti, oh Señor, en este escrito, para que te dignes darme instrucciones sabias y justas».

Abgaro, que ahora en este grado del amor puede reconocer en el hombre exteriormente tan sencillo a Jesucristo, la Esencia de Dios que crea y domina el infinito y todo el universo, quisiera introducir sin demora en su reino entero, todo lo que Él, el Señor, desee misericordiosamente encomendarle, y, eso en agradecimiento y con toda su alma.

Ante esta entrega total, el Señor le promete en su respuesta a «Su querido y hermano Abgaro» que la dará a él, al pagano, la plena luz y dicha dé los hijos de Dios, revelándole el fundamento de Su completo Reino y de toda la salvación, con las palabras siguientes:

«Mi ley no es más que amor». Sí, es verdad -continúa diciendo- que en Mi Voluntad hay muchas cosas que se deducen de esta ley fundamental que Abgaro no podía comprender. todavía. Pero cuando el Espíritu de Dios descienda sobre él le instruirá en todas las cosas. En cuantas al criminal, Abgaro ha actuado perfectamente porque «Yo hago lo mismo con vosotros los paganos. Que tu acción te sirva como un buen espejo de lo que yo ya hago ahora y haré en abundancia más adelante».

Ahora que Abgaro ha llegado al grado más alto del amor a las criaturas, a causa de su generoso trato hacia su peor enemigo, uno podría pensar que debería irle mejor que nunca y que su amor, hecho extensivo a toda su nación, podría expresarse sin -la menor perturbación.

Pero la impetración en la sexta carta de Abgaro nos anuncia otra cosa muy diferente. En ella escribe el que tanto ha sido puesto aprueba: «¡Oh Señor, perdóname mi gran atrevimiento y ya verdaderamente descarada impertinencia!. Pero Tú sabes que los buenos médicos siempre tuvieron la mayor consideración entre los hombres [ ... ] Es a Ti solo, y sólo a Ti, a quien puedo exponer la presente desgracia particular y extraña de mi nación. [...] Como Tú sabes perfectamente hace tiempo, un pequeño terremoto se sintió aquí diez días ha, el cual, eternamente seas agradecido, pasó sin dejar especiales huellas; sin embargo, unos días después de ese terremoto empezaron a ponerse turbias todas las aguas. Todo aquél que bebió ese agua empezó a tener dolor de cabeza ' ay se volvió loco. [ ... ] Por esto te pido a Ti. oh Señor, con toda la humildad y contrición de mi corazón, que accedas a ayudarme a mí y a mi pueblo en este apuro».

En estas palabras de Abgaro nos llama la atención que él, que hasta entonces había hecho todo lo que el Señor le pidió, que acogió al joven pobre y perdonó al enemigo de su reino, no se presenta ante el Señor, tras esta nueva tribulación, despechado y descontento, ni acusa con orgullo herido diciendo: «Señor, ¿qué soy? ¿Por qué dejas queme caigan en suerte estas desgracias?». Por el contrario, leemos en su carta: «Por eso te pido a Ti, con toda la humildad y contrición de mi corazón... ». A pesar de la nueva y en verdad infernal desgracia de su pueblo, continúa escribiendo con absoluta confianza en el Señor: «Oh. Señor, se que todos los poderes, buenos y malos, están a Ti sometidos y tienen que ceder a Tu menor señal».

Podemos constatar que la fe de Abgaro (puesta de relieve en la primera carta) ha progresado, convirtiéndose en un saber y en una confianza absoluta.

Dicha correspondencia nos describe a la vez muy gráficamente que: «Cuando el Señor hubo leído esta carta se indignó profundamente en su interior y exclamó en voz alta como un trueno: ¡Oh Satán, Satán!. ¿Cuánto tiempo aún quieres tentar a Dios, Tu Señor?. [ ... 1 Para que sepas que Yo Soy Tu Señor, que cese al instante tu maldad sobre este pueblo». Y a Abgaro le escribe el Señor: «Esta mala pasada no te la ha jugado tu enemigo, sino sólo el mío. [ ... 1 Ya no le temas nunca jamás. Porque por ti y por tu nación lo he derrotado ahora».

¿Qué quiere decir ahora esta contestación del Señor, y qué significan todos estos últimos sucesos en la vida de Abgaro y en el desarrollo espiritual?

Cuando el polo antagónico de Dios, que es el príncipe de este mundo, nota que un alma valiosa por su madurez en la fe y en el amor, amenaza con desvanecerse de su ámbito, pone entonces todo en movimiento para impedir que se escape. Como ya no puede asir y quebrantar directamente el terreno espiritual de tales almas, es decir su fe y amor a Dios, la emprende entonces con el fundamento material del hombre en su suelo terrestre, causando allí con toda su fuerza, a ser posible, un. inmenso «terremoto» que intenta conmover y destruir su existencia material , y, además, si tales cosas no condujeran a dicha finalidad, envenenando las fuentes y pozos; es decir, aspirando a corromper a los hombres con un desbordamiento de calumnias venenosas. Esta es una realidad frecuentemente observada en la vida espiritual. Quizá todos hemos sentido algo parecido. Cuando el hombre permanece inmutable en su humildad, o sea que no se deja conmover con tales pruebas extremas, sino que pone más bien su absoluta confianza en el Padre Celestial y en todo Su poder, siempre de manera creciente, entonces llega el instante en el que lo malo pierde tanto su fuerza tentadora como acosadora contra él, y en el que el Señor «derrota y ata al enemigo» de ese hombre; porque el alma madura ya no necesita como medio, de educación y consolidación la fuerza tentadora y opresora del polo adverso.

Este profundo sentido de su última experiencia, se lo aclara el Señor a Abgaro magníficamente con las palabras siguientes: «Como me amas te ha sucedido algo malo. Pero como tu amor por Mí se ha hecho más poderoso en la aflicción, con ello tu amor venció todo él poder del infierno y ahora estás para siempre libre de semejantes tentaciones infernales».

Después de haber recibido Abgaro esta profunda explicación sobre la forma maravillosa con que Dios lo conduce y educa en Su camino hacia Él, ya todo lo mundano terminó para él, por decirlo así, y en su corazón solo hay sitio para el Señor. En sus pensamientos ya no figuran en primer término su propio yo egoísta, ni su hijo, ni el joven vagabundo, ni el criminal, ni su pueblo, sino que en el más exaltado agradecimiento y amor solamente puede invocar: « ¡Oh -mi Dios y mi Señor, Tú, el único que colma mi corazón. Tú, absoluta esencia total de todos mis pensamientos!».

Sólo puede pensar en el Señor y en su próximo destino en la Cruz, y su sentimiento y voluntad es: «Oh Señor, hazme saber lo que debo hacer en este caso por Ti. ¡Hágase eternamente Tu Voluntad Santísima!».

Aquí vemos a Abgaro en ese fervoroso ardor espiritual y en esa solicitud de los ángeles perfectos qué ya no quieren nada para sí, cuyas miradas sólo están puestas en el Señor, y que están fervientemente dispuestos a llevar a cabo la Voluntad de Dios.

«Señor, hazme saber lo que puedo hacer por Ti». Esta es la cumbre de la perfección a la que se sube afanosamente por la vía salvadora de la fe y del amor, en la que se hallan en forma de ángeles aquellos espíritus que han pasado por la dura escuela terrenal de la carne, y que han llegado a la nieta siguiendo. dócilmente la enseñanza divina.

A ellos, el Señor puede descubrirles por completo los misterios más insondables de la Creación y de sus gran­ des designios. Por ello el Señor descubre a Abgaro en Su última respuesta por escrito el porqué tiene que suceder así con Él, o sea con el Señor, descifrándole él sentido del misterio de la Cruz: .« ¡Mi cruz, en la que seré clavado, no te espante!. Porque precisamente esa cruz llegará a ser para todos los tiempos venideros, la piedra angular del Reino de Dios, y al mismo tiempo puerta para entrar en él.».

Pero también le predice los resultados victoriosos del gran acontecimiento: «Solamente durante tres días estaré muerto en lo que concierne al cuerpo, más al tercer día resucitaré otra vez como un eterno vencedor de a muerte y del infierno y Mi juicio omnipotente caerá sobre todos s los culpables del mal».

«Mas para aquellos -termina la correspondencia con una maravillosa y grandiosa perspectiva- que están unidos en el corazón Conmigo, abriré la puerta del Cielo de par en par ante sus ojos».

Si miramos retrospectivamente desde esta altura sublime la versión de la correspondencia nuevamente transmitida mediante Jakob Lorber, veremos qué en este pequeño Evangelio de ideas tan profundas, bajo la forma viva de una historia verídica, nos es dada una enseñanza sumamente clara y convincente del único y verdadero camino que, segura e infaliblemente, conduce a Dios.

Vemos todos los grados del desarrollo espiritual, desde la simple creencia en un maravillosos y prodigioso salvador divino, hasta el conocimiento inquebrantable del Amor Infinito, de la omnisciencia y omnipotencia de Dios en Jesucristo. Por otro lado, vemos todos los grados y clases de amor, desde el amor egoísta, que solamente toma en cuenta su propia curación corporal, hasta el supremo, más puro y entregado amor espiritual de Jesucristo.

El que haya comprendido así esta admirable obra: ¿Podría dudar todavía de que este escrito sea obra humana, ni de espíritus, ni incluso del demonio, sino que tal Luz, únicamente podía venirnos de los más altos cielos, únicamente de la Fuente más pura de la Verdad y del Amor divino por nosotros?.