En las montañas, así como en el aire, y como en la tierra, en el agua y en el fuego, viven ciertos espíritus naturales que aún no han pasado por la carne.

6 Mira, en las montañas, así como en el aire, y como en la tierra, en el agua y en el fuego, viven ciertos espíritus naturales que aún no han pasado por la carne, porque aun no se ha ofrecido la pertinente oportunidad en la que hayan podido entrar a la carne (encarnar) durante un acto de procreación humano para así poder nacer corporalmente en el mundo a través del cuerpo de una mujer. Cantidades enormes de tales almas no encarnadas se encuentran en todos los elementos.

7 Ahora bien, los espíritus naturales que moran en las montañas han adquirido una mayor consistencia (condensación) a través del aire. No tienen el menor deseo de ser concebidos en la carne y después nacer de una mujer. Ellos prefieren seguir permaneciendo en estado libre y sin ataduras tanto como les sea posible, en especial en los que poseen a veces una inteligencia bastante aguda. Incluso pueden tener un sentido de la justicia y el temor al Espíritu divino del cual tienen un buen conocimiento a veces altamente claro. Es decir siempre solo algunos de ellos que han alcanzado una elevada edad. Los espíritus jóvenes que han sido aceptados en este colectivo son habitualmente bastante oscuros y entre ellos también algunos son malvados y podrían causar muchas calamidades si es que los mayores no los retuvieran. Su tarea principal es modelar, ordenar y hacer que se desarrollen los diversos metales en las grietas y galerías de las montañas.

8 Estos espíritus también toman a veces alimentos de la naturaleza, aunque sólo del reino vegetal. Lo hacen cuando trabajan duramente en el reino de las montañas transformando las rocas, separando grandes partes montañosas, sacando el agua sobrante de las cuevas, y tareas parecidas. Frecuentemente están implicados en tales trabajos agotadores para que pierdan su amor a las montañas y para que acaricien la idea de ser engendrados en la carne; sobre todo porque, a partir de ahora, ningún espíritu alcanzará la plena bienaventuranza si no ha pasado por el camino de la carne.

»El Gran Evangelio de Juan«, Tomo 2, capítulo 64,
recibido por Jakob Lorber