Bajo el místico número siete se entiende lo original divino en cada uno de los pensamientos salidos de Dios y en cada idea formada y proyectada de Él.

El verdadero numero de la perfección es el 7.

Bajo el místico número siete se entiende lo original divino en cada uno de los pensamientos salidos de Dios y en cada idea formada y proyectada de Él.

Los grandes espíritus originales creados de Dios son justamente los pensamientos en Dios y las ideas que resultan de ellos.

Número 1:

El primer Espíritu en Dios es el Amor.

Este se halla en todas las cosas creadas; pues sin él nada sería posible.

Número 2:

El segundo Espíritu es la Sabiduría como Luz surgida del Amor.

Puedes verla en la forma de cada ser; pues cuanto más receptivo es un ser a la Luz, tanto más desenvuelta, perfecta y hermosa será también su forma.

Número 3:

El tercero, proveniente del Amor y de la Sabiduría, es la Voluntad activa de Dios, la Omnipotencia.

Por ella los seres pensados e ideados reciben una realidad, para que se hagan.

De lo contrario, todos los pensamientos e ideas serían como los del hombre que nunca se realizan.

Número 4:

El cuarto, resultante de los tres, es el Orden.

Sin este Orden ningún ser podría tener una forma constante y por ello tampoco una finalidad determinada.

Por ejemplo, si al comer un fruto este se transformase delante de tu boca en una piedra, ¿qué beneficio tendrías del fruto?

O si al andar sobre un camino fijo se transformara en agua bajo tus pies, ¿de qué te serviría?

Todo esto y mucho más lo evita el cuarto Espíritu de Dios, el Orden divino.

Número 5:

El quinto Espíritu de Dios se llama seriedad divina, sin la cual no sería posible la consistencia de cosa alguna, porque es igual a la Verdad eterna en Dios y da ante todo a todos los seres durabilidad y existencia verdaderas, poder de procreación, prosperidad y la perfección final.

Sin tal Espíritu en Dios, la situación de todos los seres iría muy mal: serían visibles como las fantasmagorías que dan la impresión de existir, pero que pronto modifican las condiciones que las habían creado, porque en ellos no obra la seriedad y las formaciones hermosas y maravillosas se desvanecen.

Donde haya el supremo Amor y la suprema Sabiduría, la Omnipotencia, el Orden más perfecto y una seriedad inmutable, allí, evidentemente, también tiene que haber la suprema paciencia nunca alcanzada.

Porque sin ella todo tendría que precipitarse y finalmente entrar en un caos impenetrable.

Si Dios no tuviese este Espíritu desde hace infinito tiempo, en el espacio infinito no le luciría un Sol a la Tierra y el mundo de los espíritus tendría un aspecto extraño, enteramente sin seres ningunos.

Número 6:

La paciencia es la madre de la eterna e inmutable misericordia de Dios, y si no existiese este sexto Espíritu en Dios, ¿dónde estarían y qué serían todas las criaturas frente a Dios omnipotente?

La paciencia Divina, junto con los cinco espíritus precedentes, podría crear innumerables criaturas en los planetas y mantenerlas constantemente; pero en este caso el hombre tendría que vivir épocas infinitas en un cuerpo pesado y no se podría hablar de la liberación del alma de las cadenas de la materia.

Al mismo tiempo la procreación de animales, plantas y hombres no acabaría y al fin habría tal acumulación de ellos en un cuerpo celeste de espacio limitado que sería imposible que una criatura dejase sitio a otra.

Todo eso , teniendo en cuenta que la paciencia divina es infinita, con la condición de que un cuerpo celeste pueda madurar hasta tal punto que sea capaz de producir y alimentar plantas, animales y hombres.

Hasta con la ayuda de los seis espíritus la creación de un mundo material sería infinitamente lenta y habría que considerar que bajo estas circunstancias jamás aparecería un mundo material.

Número 7:

Pero la paciencia es la madre de la Misericordia divina.

Con lo que el séptimo Espíritu en Dios es justamente la Misericordia, a la que también queremos llamar mansedumbre o benignidad.

Ella lo ajusta todo: organiza todos los espíritus precedentes y lleva a cabo la madurez oportuna de un cuerpo cósmico así como de todas las criaturas que hay en él.

Para todo fija un tiempo determinado y los espíritus madurados y evolucionados pueden aguardar con seguridad la liberación para entrar en el estado de su libertad eterna y de su independencia completa de vida.

Este séptimo Espíritu hizo que Dios mismo se encarnara para liberar a todos los espíritus encadenados al juicio necesario de la materia, y esto lo más brevemente posible, de manera que puede clasificarse su obra -la Salvación-, como reforma de los Cielos y de los mundos, y por tanto pueda ser considerada la mayor obra de Dios.

En esta obra actúan equilibradamente los siete espíritus de Dios, lo que antes no era el caso, ni lo debía ser a causa del Espíritu del Orden de Dios.

Pues anteriormente este séptimo Espíritu sólo colaboraba con los demás espíritus en la realización de todos los pensamientos e ideas de Dios; de ahora en adelante obra más poderosamente y la consecuencia de ello es justamente la salvación completa.

He aquí los siete Espíritus de Dios.

Todo lo creado de ellos corresponde en todo y también individualmente a estos siete espíritus de Dios y los engloba.

Y la Creación eternamente continua y constante es lo que los sabios de la antigüedad de esta Tierra llamaban “Guerras de Jehová”».

Fuente: gej07.020
El Gran Evangelio de Juan
Tomo 07, cap. 20
recibido por Jakob Lorber