Quien quiera evitar lo malo tiene que primero conocerlo, de otra manera permanece siendo como un niño menor de edad, incapaz de discernir, uno que no encuentra diferencia entre el estiércol y el pan, entre la serpiente y el pez y se mete a la boca tanto lo uno como lo otro cuando tiene hambre.

29 de marzo de 1847

1 Yo sé que no va a gustar a muchos estos relatos que son algo demoniacos, pero también sé que algunos se tropezarán con alguna aparente contradicción. Pero esto no afecta al tema. El que está sentado le va mejor que al que tiene que estar de pie. Una cama cómoda es mejor que una piedra debajo de su cabeza. Por eso quien esté sentado o acostado sobre la cama que se quede así porque le va bien de esa manera. Pero nosotros no deseamos ni estar sentados ni acostados, y mucho menos quedarnos parados, sino caminar y, para ser más exactos, caminar avanzando y no retrocediendo. Por eso, que no nos importe si nos enteramos de algo que tenga un sabor algo amargo, pero que es muy saludable para nuestro espíritu. Si ya es difícil pelear contra un enemigo que se ve y se conoce, ¡cuánto más difícil es una pelea contra un enemigo al cual no se le ve ni se le conoce! Por eso es también necesario conocer al enemigo para saber comó hacerle frente para así salir victorioso ante la lucha eminente.

2 Una vez que el grano ha sido separado de la paja y almacenado en el granero, entonces se quema la paja. Esto no le afectará en nada al grano ni al granero. Por eso, si alguien ha encontrado la Gracia Conmigo, entonces ha sido colocado bajo protección en el mejor granero como un grano de trigo viviente. Y si su paja corporal recibe algunas rajaduras por parte de Satanás, esto no hará daño sobre el espíritu.

3 No se necesita demostrar el desagrado que causa al lector y al dador de la Palabra cuando, ante los ojos de los vivos, se pone al descubierto situaciones satánicas y sus efectos. Pero un buen farmacéutico tiene que poder manejar con habilidad, no solamente las esencias de vida, sino también todo tipo de veneno; de lo contrario no sería un farmacéutico hábil. Así pues, para la vida eterna del espíritu, es de suma importancia conocer desde el fundamento al infierno tanto como el cielo.

4 ¿Quién de vosotros sería tan necio de recurrir a una lavandera para la ropa limpia? Al contrario, se contrata a la lavandera para la ropa sucia que tiene que lavarla conforme al orden del contrato.

5 Por eso los espíritus angelicales, y también los hombres, no están buscando limpiar y barrer en el cielo, sino solo lo que desde el pasado estuvo constantemente sucio.

6 Por eso, es más necesario conocer con mayor precisión el lugar de la suciedad que el de la pureza. Pues sólo el primero tiene que ser trabajado. Cuando el lugar se vuelva limpio, entonces el cielo saldrá a relucir por sí solo.

7 Una doctrina sería muy vana y necia si exige de alguna comunidad humana que haga resaltar constante y exclusivamente su parte buena y elogiarla por sobre la medida y que ella nunca busque meditar sobre lo malo como tampoco reprenderse respecto a su maldad. Lo bueno no necesita que lo resalten ni que lo elogien porque esto se distingue y se elogia automáticamente. Pero sí es muy necesario, que cada hombre haga la caza de sus malos pensamientos, pasiones y obras y las mate como si fueran animales salvajes en el bosque mundano del desorden. Todo esto para que se cumpla en él el dicho: "Y cuando hayáis hecho todo , reconoced: ¡Siervos inútiles somos!" (Lucas 17,10)

8 Y, a decir verdad, es mucho mejor decir: “¡Señor, ten piedad y misericordia conmigo que soy un pobre pecador!” que decir: “¡Señor, yo te agradezco que no soy como otra gente, como por ejemplo esos publicanos y todo tipo de pecadores que hay por allí!” (Lucas 18:9-14). Porque de otra manera uno se asemejaría a un fariseo soberbio o a un monje del claustro que es extremadamente necio. O también al hombre que peregrina hacia una estatua o imagen de idolatría y que se santigüa con toda seriedad tanto ante el diablo como al crucifijo.

9 Juzgad por vosotros mismos, qué es más necesario entre estas dos posibilidades: ¿Conocer el piso sobre el cual se camina, o el firmamento contra el cual jamás nadie se ha golpeado la cabeza? El piso nos lleva y nos soporta. Por eso debemos averiguar qué firmeza tiene, si es que existen precipicios en los que podemos caer y, si los hay, cómo podemos evitarlos.

10 ¿De qué le serviría a alguien si tuviera ante su nariz todo el cielo revelado como una enciclopedia abierta y se tropezara en el camino contra una buena piedra, la más próxima, cayéndose sobre su nariz junto con todo su cielo?

11 Naturalmente es mucho más exquisito, da más alegría y es más edificante navegar con los ojos por el cielo estrellado que por el suelo que está lleno de suciedad e inmundicia. Habría que preguntarle a alguien, que se ha acostumbrado a navegar con sus ojos solo a través de las estrellas pero que ha caído en un pozo de excrementos, cómo retirará de su vestimenta la suciedad. ¿Lo hará con la ayuda de las regiones estelares? ¿O del agua pura que se encuentra sobre el suelo terrestre? Yo pienso que para esta tarea no será necesario ninguna de las doce constelaciones del firmamento, tampoco de Orión, Casiopea, Castor o Polux, sino tan solo de agua o, si es que la suciedad no es mucha, de un cepillo, un instrumento hecho de madera y cerdas que provienen de los animales más impuros pero que para la limpieza es mucho más apropiado que Orión, Casiopea, Castor y Polux.

12 Como ya se dijo anteriormente, por supuesto que no es algo agradable dar a conocer el infierno, el diablo y a Satanás. Pero si alguien tiene que pasar durante un tiempo en la casa de estos señores para conocer el lugar que deberán limpiar en el futuro junto con estos malos señoríos de esta casa, entonces sería la mayor necedad hacer aquí una señal de la cruz con el fin de protegerse como una oruga de todos estos diablos, en vez de aumentar diez veces más la atención y observación para que no se escape nada de las propiedades de esta casa.

13 Quien quiera evitar lo malo tiene que primero conocerlo, de otra manera permanece siendo como un niño menor de edad, incapaz de discernir, uno que no encuentra diferencia entre el estiércol y el pan, entre la serpiente y el pez y se mete a la boca tanto lo uno como lo otro cuando tiene hambre.

14 Pero Yo quiero deciros que tales temores provienen simplemente porque vosotros, tanto del cielo y mucho menos del infierno, no habeís tenido otra idea que la que os ha enseñado el amoroso y muy humano padre Kochheim o san Ignacio de Loyola, y, después de estos dos "sabios" ( que por cierto no son sabios provenientes del oriente) también la que os ha enseñado todo el sacerdocio católico, ya sea con sotana o sin sotana. Estos logran impresionar solo en forma imponente, interesante y al diafragma de los parroquianos que son muy obtusos cuando ellos, dentro de una sola prédica, maldicen y condenan al infierno a toda la pobre audiencia por lo menos unas treinta veces. Claro está que antes han descrito a los habitantes del infierno de una manera muy visible y tan candente que si un predicador, como san Ignacio y Kochheim, hubiera soltado su prédica en el polo norte ya hubiera barrido con todo el hielo hasta su fundamento. Por supuesto que tal prédica, ante la cual incluso Satanás tendría respeto, y que ha sido inculcado en el corazon de un niño, tiene que generar los efectos más extraños.

15 Lo mejor del asunto es que justamente este asunto no tiene ningún fundamento y nunca encontrará alguno, por eso que a menudo sucede que entre 500 oyentes de tal prédica de tormenta infernal por lo menos 200 duermen; 200 no le prestan atención, y 100 solo se acuerdan el amén de toda la prédica. Todo esto lo logra el espíritu de tal prédica, por eso está bien que se reconozca lo malo desde su fundamento para que cada uno reconozca fácilmente dentro de sí cuando lo malo se encuentre cerca. Y por este motivo se os dará a continuación varios temas de reflexión relacionadas de los cuales vosotros no tenéis que temer gracias a esta instrucción previa.

 

Fuente: tl57
"La Tierra y la Luna" Capítulo 57
recibido el 29 de marzo de 1847
por Jakob Lorber